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viernes, 28 de febrero de 2014

Alegoría de Andalucía






Este retrato siempre me ha fascinado. La niña es Rosario Romero de Torres y se trata de un oleo pintado por su padre, Rafael Romero Barros. La obra se expone en el Museo de Bellas Artes de Córdoba.

Hoy, que se celebra el Día de Andalucía, he querido enseñárosla.

Ah, la niña era hermana de Julio Romero de Torres...




jueves, 27 de febrero de 2014

De otros tiempos






El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador.

-¿Nada para el coronel?

El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:

-El coronel no tiene quien le escriba.

Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la sastrería mientras los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos. Habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías. Pero cuando cerraron la sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba.

-Nada –preguntó.

-Nada –respondió el coronel.

El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regresó a su casa sin la carta esperada. “Ya hemos cumplido con esperar”, le dijo esa noche su mujer. “Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años.” El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos.

-Hay que esperar el turno –dijo-. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés.

-Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería –replicó la mujer.


Gabriel García Márquez - El coronel no tiene quien le escriba




martes, 25 de febrero de 2014

Una mujer soñada







A Nélida algunas veces podía verla con absoluta claridad, sobre todo después de una noche que soñó con ella. No sus rasgos exactos y no siempre el color de su pelo o la forma de su peinado, pero sí el alto perfil, el paso rápido, sus delgados tacones, la manera lenta y tan dulce que tenía de echar a un lado la cabeza y sujetarse el pelo con una mano mientras se inclinaba para encender un cigarrillo. Lo encendió, contra un fondo de cortinas azules, con el mismo mechero que a la mañana siguiente encontró Santiago Pardo sobre la mesa de noche, y que fue la súbita contraseña para el recuerdo del sueño. Aún en el despertar le había quedado un tenue rescoldo de la figura de Nélida, y para avivarlo le bastaba pronunciar su nombre y recordarla a ella, desnuda, en una habitación de su infancia en la que nada sucedía sino la felicidad. “Aunque sólo sea eso –pensó, enfilando la última calle que debía recorrer antes de llegar a la plaza donde la estatua, y tal vez Nélida, lo estaban esperando-, le debo al menos un sueño feliz.”



Antonio Muñoz Molina, El hombre sombra




sábado, 22 de febrero de 2014

jueves, 20 de febrero de 2014

Mediterraneo







Anoche, arrastrado por el mar, llegó al pueblo un loco. Decía que era nuestro rey pero se cubría con unas calzas pardas y con una capa teñida de mugre. Dando gritos, se empeñó en hablar con la reina y los soldados tras expulsarlo del palacio, al ver que no se iba, tuvieron que azuzarle los perros. Huyendo de las fieras, el loco encontró refugio en la taberna de Aristo, donde se sintió confuso al ver que nadie reconocía su majestad. Alguien le ofreció un vaso de vino caliente y él, con ademanes exaltados, habló de sus viajes por mares por los que nunca antes habían navegado los hombres, de sus hazañas en guerras de fantasía que ya nadie recordaba, de sus amores con sirenas que devoraban a los marinos y de cómo había matado a un ser monstruoso que tenía un solo ojo en la frente y que criaba cabras en los riscos de un islote que ni siquiera tenía nombre. Escuchando sus palabras de majadero todos reían. Solo el ciego Homero, con el semblante adormecido por el vino, dijo que quizás alguna de esas hazañas mereciera ser fabulada algún día por los poetas.


A la mañana siguiente, el loco insistió en hablar con la reina y los soldados, cansados de tanto alboroto, lo apalearon. Algo después se le vio abandonar el pueblo tambaleándose, camino nuevamente del mar. Una bandada de chiquillos lo acompañaba. Mientras caminaban a su lado, se reían de él y le tiraban piedras. Dicen que a Safo, una niña que no le insultaba y que lo miraba con aire de tristeza, le dijo, entre los ladridos de los perros y las risotadas de los niños, que se llamaba “Nadie”.




sábado, 15 de febrero de 2014

El silencio de la noche






Al poco, cuando salíamos de la librería yo llevaba en mis manos un ejemplar de “Tirano Banderas”, una novela de tierra caliente de Valle-Inclán, en tanto que Ricardo se había hecho con una edición antigua de “El Empecinado visto por un inglés”, de Federico Hardman, traducido por Gregorio Marañón. A los dos les faltaban sus últimas páginas.

Paseamos, entre risas por lo extraño de la situación que habíamos vivido, por las callejas del viejo Madrid. Queríamos llegar al Mercado de San Miguel, ya que habíamos decidido comprar algo de fruta que nos serviría para, ya en la tranquilidad de nuestro hotel, cenar esa noche. Allí, en el mercado, mientras saboreábamos con nuestras miradas el bello espectáculo de luz y color que los puestos nos brindaban alguien nos dijo que iba a ser clausurado próximamente. Al parecer algún grupo inmobiliario había decidido transformarlo en un lujoso espacio de ocio y de bares.

-Vaya –no pude dejar de pensar-, hoy todos estamos de acuerdo en que alguien que se dedica a destruir siquiera sea parcialmente un libro tiene que ser un loco. Nadie, sin embargo, piensa lo mismo cuando lo que se decide mutilar es un viejo mercado, pleno de color y de vida, para transformarlo en una creación que sintonice más con los tiempos modernos.

Aquella noche, en el hotel, Roberto, alborotado en su sueño, vivió una y otra vez una carga de fusilería de los hombres del cura Merino que al grito de “¡Mueran los polacos! ¡Acordaros de Ocaña!” estaban masacrando a los coraceros de una columna napoleónica a los que mantenían encerrados en un corral al que habían prendido fuego. En medio de la inmensa humareda, Roberto podía ver como las balas de los guerrilleros atravesaban los cuerpos chamuscados de los franceses. Mientras tanto, yo, no menos enloquecida, no cesaba de repetir que:

“Tirano Banderas salió a la ventana, blandiendo el puñal, y cayó acribillado. Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas, en la Plaza de Armas: El mismo auto mandaba hacer cuartos el tronco y repartirlos de frontera a frontera, de mar a mar. Zamalpoa y Nueva Cartagena, Puerto Colorado y Santa Rosa del Titipay, fueron las ciudades agraciadas.”

Fue al amanecer, cuando parloteábamos abrazados contemplando como los rayos de luz se filtraban por la persiana, cuando reparamos en que los espíritus que viven en los libros, atrapados en aquellos ejemplares sin final, habían decidido alojarse esa noche en nuestras mentes. No obstante, nos sentíamos tranquilos. Intuíamos, sin saber porqué, que para combatir su embrujo nos bastaría con apropiarnos, después del desayuno, de algunos de los poemas de “Las nubes”, de Luis Cernuda, que la librera nos había regalado.

Unas horas después, cuando tomábamos el sol en los jardines del Retiro, sentados en la “Santa Tierra”, comencé su lectura. Tan pronto como leí los primeros versos tuve la certeza de que con ellos los espíritus que viven en las palabras podían ser fácilmente conjurados:

“Vida tras vida, fueron
olvidando los hombres
aquella diosa virgen
que misteriosamente, desde el cielo,
con amor apacible
asiste a sus vigilias
en el silencio dulce de las noches…”

Me pareció que el regalo de la librera había sido providencial.





(Este texto supone la segunda parte y terminación del cuento que había publicado hace unos días... Ver más abajo...)

 




miércoles, 12 de febrero de 2014

Libros del misterio







Llegamos a Atocha, procedentes de Andalucía, a las 10.50. Habíamos reservado un par de noches en un hotel del Paseo de las Delicias y teníamos intención de disfrutar de unos días en Madrid. Tras presentarnos y dejar los trastos en la habitación salimos a dar un paseo por la Gran Vía y almorzamos gambas a la plancha y calamares fritos. Luego, con una copa de helado en “La Veneciana”, seguimos contentando nuestros cuerpos y finalmente unos cortados que nos tomamos en el café “Las Tres Ninfas” nos animaron el espíritu.


Fue después, cuando íbamos paseando por el Madrid de los Austrias, cuando nos topamos con “La Fontana de Quevedo”, una librería de viejo. Entramos en el local dispuestos a fisgar un poco y cuando estábamos curioseando en sus anaqueles un montón desordenado de libros llamó la atención de Roberto:

-Oye, ¿has visto esos libros apiñados y ese cartel que han colocado encima?

Me giré hacía el lugar que me señalaba. Pude leer lo que estaba escrito en el cartel:



LIBROS DEL MISTERIO

Estos ejemplares están incompletos. En todos los casos, las últimas hojas han sido arrancadas. Compra un libro por cinco euros e inventa tú el final. Si lo haces, te regalaremos un libro de poemas de Luis Cernuda.



-Pero, ¿qué es eso, por qué les han arrancado las páginas?

-Verá, joven –me dijo una mujer que atendía la tienda-, pensamos que el motivo puede ser variopinto. Posiblemente se trata simplemente de la acción de un loco, pero quien sabe. Hace unos días uno de nuestros clientes nos sugirió que quizás se tratase de un acto de espiritismo. Es posible que alguien quiera evitar que los espíritus que se manifiestan cuando se lee un libro queden liberados una vez que el lector lo termina. Quizás arrancando el final de cada libro se consigue que esos espíritus sigan atrapados en su interior, presos para siempre, aunque sinceramente creo que nunca llegaremos a saber la causa.

Al escuchar las explicaciones de la librera no supe que decir. Estaba sorprendida. Ni siquiera se me ocurrió preguntar como aquellos libros mutilados habían llegado a los estantes de “La Fontana de Quevedo”. Unos instantes después, reaccioné:

-Ricardo, ahora mismo compro uno de los libros por cinco euros, y me invento el final. Y me llevo los poemas de Luis Cernuda. Claro que sí. ¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Te animas?






- Continuará en una segunda parte...



domingo, 9 de febrero de 2014

El hombre que se soñaba






Anoche, cuando veía la televisión sentado en el sofá me quedé dormido y alguien inesperadamente se introdujo en mis sueños, plantándose delante de mi. Era un hombre de edad mediana al que vi pasar delante del televisor con la cabeza agachada. Su expresión era de desconcierto.

Después, cuando hablamos, me dijo que se llamaba Luis y que no sabía lo que hacía en mi sueño. Estuvimos charlando un rato y me confesó que estaba intranquilo ya que en las últimas semanas, por las noches, cuando dormía, siempre soñaba con el niño que había sido, y ese niño que venía de otros tiempos le contaba cosas que él tenía olvidadas.

Cómo puede suceder, pensé en mi sueño, que esté hablando con alguien que según me dice sueña con el niño que fue y ese niño, en su sueño, le cuenta cosas que ya nadie recuerda. Quizás, me dije, existan recodos en nuestra mente en los que todo lo que nos ha sucedido ha quedado almacenado, listo para ser vivido de nuevo si nos servimos de algún artificio como el que usa este hombre cuando se sueña como el niño que fue.

Gracias a las palabras del niño, Luis me ha contado que ha llegado a conocer, a su pesar, algo que le atormentaba: saber cómo murió su madre. Me ha dicho que ha visto como fue aquella muerte que nunca se había aclarado. Ahora, todo ha llegado a su mente. Solo él, que entonces tenía cinco años, sabía lo que había sucedido y solo él es ahora consciente de lo que pasó y olvidó. Sabe por desgracia que ya es tarde para todo y le pesa tener la certeza de que él fue el culpable, con su travesura, de lo que todos pensaron que había sido un accidente desgraciado.

Lo malo de todos estos desasosiegos es que desde que conocí a Luis han pasado siete días y todas las noches se sigue introduciendo en mis sueños y con sus palabras imposibles no me deja descansar.





sábado, 8 de febrero de 2014

Melancolía






Tu imagen melancólica
en el cristal tan tenue
borrado por la lluvia
es la imagen de un niño
que aún se asoma a su adentro
buscando a tientas la quebrada imagen
de lo que quiso ser.

José Ángel Valente – Retorno





- La fotografía la hice en la Plaza Mayor de Valladolid, este verano pasado.




martes, 4 de febrero de 2014

Retrato






El hombre es una nube de la que el sueño es viento…
Luis Cernuda




Una mujer de grandes ojos dulces
destaca entre los tórridos difuminos del patio
con un lánguido gesto de intimidada
por la inminencia de la fotografía…

José Manuel Caballero Bonald – Mestizaje




domingo, 2 de febrero de 2014

Panorama de Córdoba






Es verdad la belleza, y esto es todo
cuanto el hombre precisa conocer en la Tierra…



Justo Jorge Padrón, Escrito en el agua



sábado, 1 de febrero de 2014