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miércoles, 28 de octubre de 2015

lunes, 26 de octubre de 2015

Otoño en Santorini






Por la ventana, encima de la mesa, entraba la tarde madura, y sin embargo adolescente, del otoño. El cielo, de un azul sin mancha, se alzaba falto de gravidez… Se oyó una risa de niño, el ruido de un mueble ligero al caer, otra risa, las voces de una mujer en mitad de la tarde, tersa como la piel de una manzana…


Antonio Gala – El imposible olvido





miércoles, 21 de octubre de 2015

Los payasos son hombres tristes





Cuando sea mayor, creo que seré payaso –dijo Dill. Jem y yo nos paramos en seco. –Si, señor, payaso –repitió él-. En relación a la gente, no hay cosa alguna en el mundo que pueda hacer si no es reirme; por lo tanto, ingresaré en el circo y me reiré hasta volverme loco. –Lo tomas al revés, Dill –advirtió Jem-. Los payasos son hombres tristes; es la gente la que se ríe de ellos. –Bien, yo seré un payaso de una especie nueva. Me plantaré en mitad del círculo y me reiré de la gente.

Nelle Harper Lee – Matar a un ruiseñor





lunes, 19 de octubre de 2015

La casa azul





Se me ocurre que aquí puede residir una de las diferencias entre la juventud y la vejez: cuando somos jóvenes, nos inventamos futuros distintos para nosotros mismos; cuando somos viejos, inventamos pasados distintos para los demás.

Julian Barnes – El sentido de un final





sábado, 17 de octubre de 2015

lunes, 12 de octubre de 2015

El gato que miraba las nubes





Y de pronto me encontré envuelto en las tinieblas del estudio. Sentí deslizarse debajo de mi mesa algo que no me pareció un cuerpo vivo sino una presencia sobrenatural que me rozó los pies, y salté con un grito. Era el gato con la hermosa cola empeñachada, su lentitud misteriosa y su estirpe mítica, y no pude evitar el calofrío de estar solo en la casa con un ser vivo que no fuera humano.

Gabriel García Marquez – Memoria de mis putas tristes





lunes, 5 de octubre de 2015

Venecia





Olía a almendras. Las escaleras de mármol de una iglesia descendían hasta mojarse en el agua; un mendigo, de pie en uno de los peldaños, presentaba su sombrero exponiendo su miseria, y mostraba el blanco de los ojos como si estuviera ciego; un vendedor de antigüedades, ante su tenducho, invitaba a los que pasaban, con gestos humildes, a entrar, con la esperanza de poder engañarlos. Así era Venecia, la bella insinuante y sospechosa; ciudad encantada de un lado, y trampa para los extranjeros de otro, en cuyo aire pestilente brilló un día, como pompa y molicie, el arte, y que a los músicos prestaba sones que adormecían y enervaban.

Thomas Mann – La muerte en Venecia





sábado, 3 de octubre de 2015