jueves 12 de noviembre de 2009

A UNA MUJER MUERTA





“Al excelente espíritu de Ankhiry:

Quiero que sepas, Ankhiry, tú que fuiste mi esposa, que yo, Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, nunca cometí ningún crimen contra ti… Todas las noches, sin embargo, estoy sumergido en el miedo que me produce contemplar, horrorizado, como tu espíritu se manifiesta ante mi corazón. Los estremecimientos que me produces, desde hace muchos meses, impiden que Ahmosis pueda dormir. No se porqué has decidido que el miedo sea el señor de mi cuerpo… ¿Qué falta cometí para que cada noche me acose tu espíritu?, ¿qué es lo que hice para quedar esclavo de ese temor que tú, la mujer a la que tanto amé, me produces cada noche?

Quiero que sepas que yo, Ahmosis, siempre te traté del modo en que un oficial del faraón debe tratar a su esposa… Solo una vez me aleje de ti. Fue cuando nuestro rey me ordenó viajar a la Tierra del Horizonte. Su Majestad deseaba que Ahmosis trajera de aquel país lejano una Mujer Belluda y un Hombre Niño… Cuando regresé supe que Ankhiry ya no vivía en la Tierra Negra… Tu espíritu se había ido al Reino de los Muertos. Sabes que lloré por ti y que hice todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta.

Sabes también que antes de ese viaje a la Tierra del Horizonte, del que regresé con riquezas y esclavos, siempre te traté como una mujer debe ser tratada. Nunca permití que tu corazón sufriera. Siempre quise que estuvieras a mi lado. Nada te oculté en los días de tu vida. No consentí que sufrieras dolor alguno. Nunca me acusaste de que te sintieras desatendida. Nunca te traté como si yo fuera un campesino que entra en una casa extraña y desconoce como debe comportarse. Sabes que repartí entre tu cuerpo y el de nuestra amada esclava Gilukhipa mis deseos sexuales, tal y como debe actuar un oficial del faraón. Ahmosis siempre quiso complacer tanto a su esposa como a la Mujer de Ojos Ardientes a la que hizo esclava tras derrotar a los Hombres de las Arenas. Bien sabes que nunca entré en la noche en los cuartos de tus hermanas. Sabes también, Ankhiry, que nunca dejé que te faltaran tus ungüentos, tus provisiones y tus ropas. Nunca me desentendí de ti. Siempre dije a los hombres: “Ella está aquí y Ahmosis cuida de ella”.

Pero, mira, Ankhiry, no sabes apreciar el bien que hice contigo. Desde que supe de tu muerte ordené que todas las cosas buenas estuvieran en tu Casa de Eternidad. Nunca han faltado en tu tumba las ofrendas de carne, cebada y espelta. Todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta lo ha hecho Ahmosis por Ankhiry. Sabes también que hice que Gilukhipa, la “Mujer de las Arenas”, llorase también tu ausencia.

¿Porqué, entonces, no eres capaz de distinguir el bien del mal?, ¿porqué tu espíritu se manifiesta todas las noches y me produce miedos intensos?, ¿porqué no dejas que mi cuerpo descanse por las noches?. Mira, Ankhiry, he escrito esta carta, que voy a depositar en tu Casa de Eternidad, para que sepas que he decidido emplazarte ante el Tribunal de la Enéada de dioses. Ra y los grandes dioses sabrán que Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, está siendo atormentado por tu excelente espíritu. Ellos serán, cuando sepan que el miedo invade mi corazón, los que decidirán que es lo que se tiene que hacer.”


Nota del traductor
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Esta documentado que los antiguos egipcios, en ciertas ocasiones, no dudaban en escribir cartas a los muertos. La carta que nos ocupa habría sido depositada junto con algunas ofrendas en la tumba de su esposa por un viudo atormentado por el excelente espíritu de ella. En el texto el hombre hace saber a la difunta que va a denunciarla ante el Tribunal de los dioses.

Deseando profundizar en esta inquietante cuestión, Antiqva no dudó en consultar los archivos de la Casa de la Vida del templo de Amón en Tebas. Al poco, tuvo la suerte inmensa de encontrar en un antiguo papiro el reflejo de las actas de ese juicio celestial. Un escriba Ágil de dedos se había encargado, hace miles de años, de reproducir lo que Ankhiry había argumentado en el proceso y lo que, finalmente, los dioses habían establecido conforme a Maat. Supo así Antiqva que lo que la difunta reprochaba a su esposo era que cuando ella murió su cuerpo había sido momificado y se le había practicado la magia de la Apertura de la Boca. Luego se había depositado su momia en la Casa de Eternidad, pero nadie se había ocupado de realizar el ritual de las Cuatro Antorchas de Glorificación, a través del cual la Luz divina de Ra tendría que haber iluminado al espíritu de Ankhiry cuando este, en la noche, estaba atravesando el Inframundo de Osiris en busca del Reino Celeste de Ra.

Sin la luz de Horus que emiten las antorchas y sin las palabras mágicas de los rituales, Ankhiry había quedado atrapada en el Reino de la Noche y por eso, una y otra vez, su espíritu, lleno de terror y angustia, se manifestaba ante su viudo, solicitando su auxilio. Lo que ocurre, seguro que todos lo sabéis, es que los muertos no son capaces de traducir a los vivos, en palabras, lo que desean. Ese fue el motivo de que Ahmosis, tras las continuas apariciones del espíritu de la difunta, hubiera estado a punto de enloquecer de miedo.


Nota final
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Debe Antiqva dejar constancia de que todo lo que el lector ha leído es una mera fabulación. Sin embargo, en el Papiro Leyden 371 se ha conservado el texto de una carta real que un viudo dirigía a su esposa muerta, llamada precisamente Ankhiry, nombre que hemos querido mantener en nuestro cuento. Parece que el papiro se encontró enrollado en torno a una figurita femenina en la tumba de la mujer.

Digamos, finalmente, que Antiqva ha sabido que una vez que se realizaron los rituales de las Cuatro Antorchas de Glorificación, tal y como están establecidos en el capítulo 137 del “Libro de los Muertos”, Ankhiry cesó de manifestarse a su atormentado esposo. Desde entonces, en el Cielo, luce una estrella más.


martes 10 de noviembre de 2009

EL REINO DE LOS CUENTOS





A veces suceden cosas prodigiosas, como que los lectores del “Blog de los Cuentos” decidan conceder cierta distinción a uno de los relatos que Antiqva había publicado en ese bello cuaderno. Tocaba el tema “Magia” y uno había concurrido con “El estigma del diablo”

Amig@s, si no conocéis el “Blog de los Cuentos” os invito a visitarlo. Para Antiqva es un honor pertenecer al grupo de personas que colaboran en este espacio que creó hace algo más de un año nuestra entrañable amiga Natacha.



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domingo 8 de noviembre de 2009

LA ARQUITECTURA DEL MISTERIO

A estos ídolos oculados rendían culto las gentes que alzaron los dólmenes.
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Corredor del dolmen de la Pastora

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Ciertos lugares atraen especialmente el interés de los amantes de la fotografía...


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Cámara funeraria central. Sobre una base de lascas de pizarra se han situado bloques ciclópeos que dan forma a una falsa cúpula que se cubre con una inmensa losa pétrea.
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Imágenes: Antiqva




Este fin de semana, Antiqva –con un grupo de amigos- ha tenido la gozosa oportunidad de viajar a la población sevillana de Valencina de la Concepción, en el extremo norte de la cornisa del Aljarafe, en donde los arqueólogos tienen identificado un extenso yacimiento que se ha datado en los tiempos de la Edad del Cobre y el Bronce Antiguo. En él sobresalen diversos dólmenes (monumentos funerarios), que fueron construidos hace unos 4.000 años. Teníamos especial interés en visitar el denominado dolmen de la Pastora, que fue descubierto de manera fortunita en 1860, oculto bajo un cúmulo de tierra, cuando las gentes del lugar realizaban trabajos agrícolas.

El dolmen de la Pastora es un sepulcro tipo “tholos”, dotado de un largo corredor que culmina en una cámara funeraria. Las paredes de la construcción, levantadas con lajas de pizarra, están luego techadas con losas de dimensiones espectaculares. El impresionante corredor, que alcanza 46 metros de longitud y cuya escasa altura obliga a la persona que lo transita a caminar agachada, está dividido en tres tramos que están separados por losas que sobresalen a modo de puertas internas.

Cuando Antiqva, con la cabeza agachada, caminaba por ese interminable pasillo alumbrado por una luz tenue, tenía la clara certeza de que los hombres de la Prehistoria, cuando lo recorrieron igualmente, no hubieron de tener ninguna duda de que estaban dirigiendo sus pasos al Reino de la Muerte. Allí, sepultados bajo una colina artificial, en ese pasillo tan angosto y de difícil tránsito, la sensación de estar uno dominado por la magia y el misterio es claramente palpable.

Cuando, al fin, tras esos 46 metros de corredor funerario, llegamos a la propia cámara sepulcral, de planta circular, pudimos comprobar que sus paredes eran igualmente de lajas de pizarra, sustituidas a partir de cierta altura por sillares ciclópeos que por aproximación paulatina iban conformando una falsa cúpula techada por una losa pétrea inmensa. ¿Cómo fueron capaces los hombres de la Prehistoria de construir este tipo de sepulcros? Quizás sea cierta esa afirmación de la Biblia que dice (Génesis 6, 4) que hubo un tiempo en que habitaban en la tierra los gigantes…

De esta impresionante construcción, que nos remonta a los momentos iniciales de la historia de la arquitectura en España, nos llamó poderosamente la atención que su entrada no está orientada al sol del Levante, como es usual en los megalitos andaluces, sino hacia el sol del Poniente. No se orienta a la Luz, sino directamente al Inframundo…

Allí, en las inmediaciones del dolmen, alguien nos hizo saber que en el Aljarafe sevillano se tienen identificados más de veinte dólmenes, si bien en estos momentos solamente se puede visitar el de la Pastora, en el que nos encontrábamos. Nos causó cierta extrañeza que las autoridades responsables de la cultura no hayan decidido poner en valor, al menos de manera paulatina, esta sugestiva riqueza patrimonial que está situada a menos de veinte kilómetros de Sevilla. Esperemos que algún día alguien decida poner en marcha lo que sería una sugestiva ruta por los dólmenes del Aljarafe sevillano. Una ruta que nos llevaría, en suma, por los misterios de la vida y la muerte en los momentos finales de nuestra Prehistoria.


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lunes 2 de noviembre de 2009

ALAMBRADAS

Imagen: Antiqva




La señora R. habría la marcha. Con una linterna alumbraba débilmente el sendero por el que un grupo de amigos caminábamos contemplando las estrellas en una noche de prodigio, sin nubes ni luna. La negrura de la noche, en las alturas de la sierra, lo envolvía todo y arriba, en el cielo, las estrellas se manifestaban con un porte lujurioso.

Admirando la belleza de la Vía Láctea, yo cerraba la marcha. Delante de mi, a tres o cuatro metros, temiendo dar algún traspiés en la oscuridad, caminaban Lucía y el señor H. Charlaban entre ellos amigablemente.

Aquella noche, conscientemente, me iba quedando rezagado. No quería que las conversaciones distrajeran mi atención de lo que consideraba importante: contemplar el cielo. La verdad es que nunca antes había tenido una conciencia tan clara de lo bella que resulta la Vía Láctea cuando se contempla desde una cierta altura, envuelto uno en la oscuridad.

En cierto momento, sin embargo, dejé de contemplar las estrellas. Había reparado en que el señor H. le estaba contando algo a Lucía. Entre los susurros de la noche, había creído escuchar ciertas palabras que remitían a algo que habría sucedido en un campo de concentración en los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. Pensé que hablaban de algún documental emitido en la televisión.

Algo después, terminado el paseo nocturno, ya en el hotel, me interesé por esa conversación de la que había escuchado palabras inconexas.

-Fíjate –decía Lucía- lo que me ha contado H. es realmente increíble… Tan increíble como terrible o maravilloso. Todo ello se aúna.

Miré interrogante a mi amigo, el señor H., un hombre nacido en Bélgica…

-Hace unos meses –comenzó a hablar él- uno de mis sobrinos, desde Bélgica, se puso en contacto conmigo y me hizo saber que había descubierto que en cierta web alguien había puesto a la venta unos manuscritos de cuentos infantiles que habrían sido escritos por mi padre… Mi sobrino sabía que él había sido escritor y se le había ocurrido escribir su nombre en el buscador de Google intentando acceder a alguna información que pudiera existir en Internet sobre él. Había sido así como había reparado en ese ofrecimiento de venta.

-En 1940 –prosiguió el hombre- mi padre fue deportado por los alemanes, junto con otros belgas, a un campo de trabajo en el que estuvo internado hasta los momentos finales de la guerra. Él no solía hablar de esos años terribles pero cuando alguna vez lo hizo nos dijo que su vida allí había sido relativamente soportable. Trabajaban talando árboles en un bosque cercano al campo y aunque la comida era escasa lo cierto es que allí no morían de hambre. Considerando la barbarie nazi, lo cierto era que en aquel campo, destinado mayoritariamente a franceses y belgas, se podía sobrevivir.

-Sin embargo –decía el señor H.- junto al campo de trabajo de mi padre había otro, en el que las personas retenidas eran mujeres polacas de origen judío a las que los alemanes, simplemente, dejaban morir de hambre. Cada mañana, mi padre, y tantos otros –proseguía nuestro amigo- cuando marchaban al trabajo en el bosque, intentaban llevar algún mendrugo de pan que arrojaban a esas mujeres, por encima de las alambradas, cuando pasaban a su lado. Él nunca pudo olvidar como ellas, esqueléticas y enfermas, se arrastraban por el suelo intentando alcanzar los trozos de pan. Esa fue, sin duda, su peor experiencia en aquellos espantosos años.

Supe así en el transcurso de la conversación, que ahora, pasado tanto tiempo de aquello, alguien había puesto a la venta unos manuscritos, dos sencillos cuadernos, que contenían diversos cuentos que nuestro hombre había escrito en aquellos tiempos. El vendedor, que resultó ser una persona que vivía en Polonia, afirmaba que además de la firma del autor, en la primera página estaba escrito su nombre y una fecha: 1943. El señor H. nos dijo que todo eso encajaba. El sabía que su padre había sido una persona meticulosa y que en sus manuscritos dejaba siempre constancia, además de su propio nombre, del año en que lo había terminado.

Supimos, finalmente, que gracias a la ayuda de una intérprete, el señor H. había podido ponerse en contacto con el vendedor del libro de cuentos, que manifestó que desde siempre había pertenecido a su familia. Al parecer un hombre se lo había regalado a sus abuelos que le habrían proporcionado comida cuando esa persona, en los tiempos finales de la guerra, llegó a su granja. El vendedor había escuchado decir a su madre que en aquellos tiempos eran muchas las personas desplazadas por los vaivenes bélicos y quién dejó los manuscritos en su casa parece que les había dicho que intentaba, simplemente caminando, retornar a su patria.

Así fue como, al fin, por un modesto precio, unos 180 euros, el señor H. pudo conseguir esa obrita de incalculable valor para sus sentimientos. De un modo inesperado había llegado a sus manos un par de cuadernos en los que su padre había escrito diversos cuentos infantiles en unos tiempos terribles. En este punto de la narración, el hombre tenía los ojos enrojecidos. Lucía y yo sentíamos una presión inusual en nuestras gargantas.

Nos dijo, finalmente, nuestro amigo que su padre, en los cuadernos había plasmado once cuentos que destacaban por la ingenuidad que desprendían las historias. Sin duda, habían sido creados para ser leídos a niños. Ninguno de ellos estaba ambientado en algún espacio que pudiera ser reconocible, si bien en uno, el último que escribió, la acción se desarrollaba en un paisaje boscoso en el que, de manera vaporosa, su padre hablaba de cierta alambrada y de cierta persona, quizás un soldado, que la vigilaba. Los niños que protagonizaban ese cuento tenían prohibido acercarse allí.

Pienso que es posible que el padre del señor H., cuando fue internado en el campo, hubiera hecho saber de sus habilidades literarias a sus guardianes, que habrían sido quienes le habrían suministrado aquellos cuadernos con la idea, posiblemente, de que creara cuentos destinados a los hijos de los mandos nazis del campo. Así se podría explicar que a pesar de estar detenido hubiera podido escribir estos sencillos relatos. Nunca lo sabremos. Lo que si nos dijo el señor H. es que su padre, antes de que estallara la guerra, había publicado varios libros de poesía. Sin embargo, cuando la guerra terminó, jamás volvió a escribir un poema. Desde entonces solamente escribió cuentos. Quizás las experiencias vividas con los hombres en aquellos años terribles tuvieran algo que ver con esa decisión que tomó.

En todo caso, el padre de nuestro amigo –según este nos decía-, en las escasas ocasiones en que hablaba de esos tiempos, solía decir que su vida en el campo nazi había sido relativamente soportable. Lo peor habría de ocurrir cuando a punto de terminar la guerra los soviéticos liberaron el campo. Fue entonces cuando los soldados del Este atemorizaron a los detenidos y les robaron todas sus pertenencias, tan escasas como pobres: relojes, medallas, ropa… Igualmente, las mujeres que encontraron fueron violadas. Para entonces la inmensa mayoría de las mujeres polacas internadas en el vecino campo habían fallecido. Todo sugiere que los manuscritos habrían pasado desapercibidos para los saqueadores. Los soldados, sin duda, no prestaron especial interés a esos cuadernos en los que alguien, en una lengua que les sería desconocida, había escrito cosas incomprensibles.

Tras la desbandada nazi, los detenidos de aquel campo de trabajo, violentados y robados por sus liberadores, habrían de ser luego abandonados a su suerte en aquella tierra de nadie situada entre Alemania y Polonia. Comenzaba ahora una penosa odisea para el padre del señor H. en su deseo de lograr volver a casa. El Ejército Rojo no tenía tiempo para ocuparse de ellos. Al modo de un lobo inmenso y hambriento todas las fuerzas soviéticas se dirigían al corazón de Alemania. Tenían prisa por conquistar Berlín.

Habría sido en este contexto cuando nuestro hombre, famélico y desorientado, con el único equipaje de aquellos cuadernos, habría llegado a esa granja en la que sus atemorizados habitantes le dieron algo de comida. El hombre nunca pudo pensar que aquellos manuscritos que les regaló en señal de agradecimiento, habrían de llegar algún día a manos de su propio hijo.


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martes 27 de octubre de 2009

FOTOGRAFÍA EN EL ALCÁZAR



Timoteo de las Casas, funcionario de Correos, cuando falleció dejó una herencia tan modesta como su propia vida. Su viuda, doña Paula, tras los funerales, convocó a sus dos hijos en la cocina familiar. Allí, sobre la mesa, había colocado tres cajas de hojalata en cuyo interior se conservaban a salvo de las humedades las pertenencias del difunto.

En la primera de las cajas, envuelto en plástico, estaba guardado un pequeño fajo de billetes. Doña Paula, ante sus hijos, lo contó: “Aquí hay 20.800 pesetas”, concluyó la mujer. “Con este dinero y con la pensión de la Mutualidad podremos irnos defendiendo”, sentenció.

En la segunda de las cajas, envuelta en un trapo anaranjado, había guardado el difunto una máquina fotográfica Leika que en los últimos años le había proporcionado momentos felices. Amante de la fotografía nuestro hombre, privándose de otros caprichos, había adquirido esa máquina con la que en ocasiones especiales retrataba a su familia.

En la tercera caja, finalmente, estaban amontonados varios cientos de imágenes que Timoteo había tomado en esos años de afición. A su lado, envueltas en plástico, estaban también depositadas ocho monedas, algunas de plata y otras de cobre, emitidas en los tiempos en que en España reinaba Alfonso XII. Nadie supo nunca donde guardaba Timoteo los negativos de las fotografías. Jamás aparecieron.

Requeridos por doña Paula para que se repartieran esos “recuerdos” de su padre, Esperanza, la hija, más sentimental, se decidió por la colección de imágenes y por las monedas alfonsinas que, ¿quién sabe porqué?, uno de los abuelos del difunto había decidido hacía muchos años conservar.

Salvador, el hijo, tras escuchar las palabras de su hermana, decidió quedarse la maquina Leika. Aunque no sentía interés alguno por la fotografía se prometió a si mismo que aprendería a usarla, quizás como un acto entrañable de homenaje a su padre.

.../…

Era sábado y aquella tarde Salvador se acercó a los jardines del Alcázar de la ciudad con la idea de tomar algunas fotografías. En su mano, enfundada, portaba la cámara que había heredado de su padre. De manera paulatina, ¿quien sabe como?, se había ido aficionando a su uso, de modo que al fin compartía la pasión que había poseído a don Timoteo durante los últimos años de su vida.

En la escalinata de la torre de los Leones, se topó Salvador con una niña que vestida “de Primera Comunión” jugueteaba con sus primos. “Niños –exclamó- posad un momento y os haré una foto”, pero no tuvo tiempo de hacerlo… En el momento en que los niños, formalitos, posaban, llegó allí un grupo alborotado de jóvenes. Salvador no lo dudó y los invitó a unirse al grupo. Ninguno de ellos conocía a los niños, pero aceptaron entre risas.

Fue entonces, en el instante en que pulsaba en el disparador, cuando el fotógrafo reparó en el modo tan bello en que estaba posando una de las jóvenes, rubia, que parecía mirar al cielo mientras sonreía de una manera angelical… Entonces, al momento, cuando apretó el pulsador, fue cuando sucedió algo insólito…

“Que ocurre –le dijo la muchacha rubia de la sonrisa- que todos se han quedado inmóviles… Nadie se mueve… ¿Qué pasa…?” En los ojos de ella se percibía el modo en que la sorpresa y el miedo, en similares proporciones, se habían mezclado…

“No te preocupes –respondió él- me ha pasado alguna otra vez… Son cosas de la cámara, creo que tiene demasiados años… A veces, cuando tomo imágenes, al pulsar, pasa algo y durante un tiempo el mundo queda en suspenso… Pero no es nada grave… Solamente algunas personas especiales, como es tu caso, escapan de esa influencia. A mi, por lo que ves, tampoco me afecta. No te preocupes, amiga, pronto todo volverá a ser normal…”

“Ven -prosiguió Salvador- vayamos a aquella fuente y bebe un sorbo de agua, te encontrarás mejor… No tengas miedo… Nada va a suceder… Ven… Toma mi mano…”

La muchacha, confusa, como caminando entre las nubes, aceptó la mano de Salvador y los dos se encaminaron al cercano surtidor… No entendía nada de lo que estaba pasando, pero se sentía atraída por aquel joven que no parecía apreciar nada extraño en la tan insólita situación que estaba viviendo.

Para entonces, él solamente pedía al cielo que “aquello” duraba todo el tiempo posible… Aquella joven, tan encantadora, le resultaba bellísima y deseaba tener tiempo para conocerla. Así fue como caminando de la mano, entre las sonrisas de él y el indudable sentimiento de temor de ella, llegaron a la fuente. La joven sentía el frescor del agua en sus labios cuando algo, de súbito, rompió el hechizo. Se escuchó una voz… Alguien gritaba:

“María, por Dios, ven aquí, que todos se han ido –exclamaba un joven delgado cuya silueta, al lado de ella, se recortaba en la fotografía-. “¡Vamos…, que nos quedamos rezagados…!”

¡Adios, adios…! –exclamó la muchacha-, “Me está llamando Antiqva…! ¡Adios, amigo…! Espero que algún día nos des una copia de esa fotografía” –terminó diciendo mientras se alejaba-.

En aquel momento, ella no podía sospechar que muchos años después, cuando contemplaba una colección de fotografías anónimas alojadas en Internet, Antiqva habría de reconocer la imagen.



domingo 25 de octubre de 2009

COSAS DE LOS MARES

Imagen: Antiqva



La Luz, cuando deseó crear el mar, no era consciente de que ciertos ángeles habrían de quedársele atrapados en las olas.





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miércoles 21 de octubre de 2009

SE DESPRENDIÓ MI SANGRE...

Imagen: Antiqva



Se desprendió mi sangre para formar tu cuerpo.
Se repartió mi alma para formar tu alma.
Y fueron nueve lunas y fue toda una angustia
de días sin reposo y noches desveladas.

Y fue en la hora de verte que te perdí sin verte.
¿De que color tus ojos, tu cabello, tu sombra?
Mi corazón que es cuna que en secreto te guarda,
porque sabe que fuiste y te llevó en la vida,
te seguirá meciendo hasta el fin de mis horas.

Concha Méndez Cuesta (Niño y sombras)

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Quizás ninguna mujer ha reflejado como lo hizo Concha Méndez la terrible angustia producida por la pérdida de su primer hijo.



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lunes 19 de octubre de 2009

LA DAMA DEL LAGO

Imagen: Antiqva


“Mirad, habiendo descendido al estanque que está próximo a estos pastos, vi allí a una mujer; no era de la raza de los hombres. Mis cabellos se erizaron cuando vi su peluca ensortijada, y como era de lisa su piel. Jamás haré yo lo que ella dijo: el temor que ella me ha causado está aún en mi cuerpo…”
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(Así comienza un texto egipcio que se conoce con el nombre de “El pastor que vio a una diosa”. Se trata de un relato fantástico o maravilloso que se ha conservado incompleto y que está fechado en los tiempos del Reino Medio.

Todo sugiere que el pastor se ha topado con una diosa o un espíritu que ha intentado seducirle. Se sabe que las mujeres egipcias, como un reclamo de tipo sexual, gustaban de utilizar pelucas.

La versión íntegra del cuento se puede encontrar en "Mitos y cuentos egipcios de la época faraónica", de Gustave Lefebvre.)

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viernes 16 de octubre de 2009

GRAFITOS DE POMPEYA

Pintura en una casa de Pompeya
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Imagen: Antiqva


“Primero con el embrujo de tus ojos me has hecho arder de pasión,
y ahora das rienda suelta a las lágrimas por tus mejillas,
pero las lágrimas no pueden apagar mis llamas:
ellas me queman el rostro y me consume el corazón.

Ésta es una composición poética de Tiburtino.”

(Este poema fue escrito hace dos mil años en una de las paredes de un teatro de Pompeya. Hoy día, como se aprecia en la imagen, los gráfitos son ciertamente deplorables. Los modernos turistas no dudan en garabatear sobre los preciosos frescos romanos...)


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miércoles 14 de octubre de 2009

SOLEDADES

Imagen: Antiqva



Pensaba que lo más doloroso del dolor era no poderlo compartir.

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