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viernes, 22 de mayo de 2015

El viajero enamorado








El viajero, tras haber visitado una torre museo de raíces medievales disfrutaba ahora de las delicias primaverales del otoño del sur. Estaba paseando por un viejo puente cuyos orígenes se remontaban a otros tiempos en que los héroes de los antiguos mitos habían vivido en la tierra. Dirigía sus pasos a la Mezquita Aljama de la ciudad, cuya silueta se alzaba majestuosa al otro lado del río.

Cuando llegó a la altura de una estatua pétrea de San Rafael, protector de la ciudad en otros tiempos en que había más devoción, fue cuando le llamó la atención una muchacha morena, de rasgos agitanadamente bellos, que estaba haciendo ejercicios de malabarismo con una pequeña antorcha. Supo que la chica no actuaba para nadie salvo él, ya que en ese momento no había allí ninguna otra persona. Echó una moneda en el plato de plástico que estaba en el suelo y al mirar a la muchacha reparó en que también ella lo estaba mirando y le sonreía. En ese mismo instante, en ese cruce de miradas, fue cuando la magia lo envolvió todo y el viajero supo que esa chica iba a ser la mujer de su vida. El también la sonrió. Tenía la certeza de que el amor había atracado en el cuerpo de su alma, tan desolado por tantos naufragios anteriores. Se dijo que iba a hacer lo imposible para conseguirla. No podía permitirse que como en tantas otras ocasiones esa mujer terminara esfumándose.

Unos instantes después una pareja se les acercó. Estuvieron observando las acrobacias y echaron también una moneda. La muchacha, ante este gesto, y para desesperanza del viajero, también les sonrió como antes le había sonreído a él. El viajero se sintió traicionado. Quedó inmóvil, entristecido, mientras ellos se fueron alejando y la chica se agachaba para recoger las monedas. Ya no le prestaba ninguna atención.

Pasó un tiempo antes de que el viajero, al fin, saliera de su letargo. Estaban llegando ahora a sus oídos los sones melodiosos del Adagio de Albinoni. Alguien los estaba interpretando. El viajero quiso saber quién era y al alzar sus ojos observó que algo más allá una muchacha de aspecto eslavo, rubia, menuda de cuerpo pero de bellas facciones estaba tocando el violín.

El viajero no lo dudó. Sacó otra moneda de su bolsillo y con ella en la mano, sonriendo de amor, se dirigió a la violinista.




sábado, 16 de mayo de 2015

Mundos sutiles

 
 
 
 
... yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles
como pompas de jabón.
 
Antonio Machado – Proverbios y cantares