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lunes, 25 de agosto de 2014

Miradas





En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto.


Alessandro Baricco – Novecento





domingo, 13 de abril de 2014

La mujer de Oriente





Hervé Joncour esperó durante un par de horas. Después lo acompañaron por un largo pasillo hasta la última puerta. La abrió y entró.

Madame Blanche estaba sentada en una gran butaca, junto a la ventana. Vestía un kimono de tela ligera completamente blanco. En los dedos, como si fueran anillos, llevaba unas pequeñas flores de color azul intenso. El cabello negro, reluciente; el rostro oriental, perfecto.

-¿Qué os hace pensar que sois lo suficientemente rico como para acostaros conmigo?

Hervé Joncour permaneció de pie, frente a ella, con el sombrero en la mano.

-Necesito que me hagáis un favor. No me importa el precio.

Después sacó del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña hoja de papel, doblada en cuatro, y se la tendió.

-Tengo que saber qué es lo que hay escrito.

Madame Blanche no se movió ni un milímetro. Tenía los labios entrecerrados, parecían la prehistoria de una sonrisa.

-Os lo ruego, madame.

No había ningún motivo en el mundo para que lo hiciera. Sin embargo, cogió la hoja de papel, la abrió, la miró. Levantó los ojos hacia Hervé Joncour, volvió a bajarlos. Dobló de nuevo la hoja, lentamente. Cuando se adelantó para devolvérselo, el kimono se le entreabrió apenas, a la altura del pecho. Hervé Joncour vio que no llevaba nada debajo, y que su piel era joven y de un blanco inmaculado.

-Regresad o moriré.

Lo dijo con voz fría, mirando a Hervé Joncour a los ojos y sin dejar escapar el menor gesto.

-Regresad o moriré.

Hervé Joncour volvió a meter el papel en el bolsillo interior de la chaqueta.

-Gracias.

Esbozó una pequeña reverencia, después se dio la vuelta, se dirigió hacia la puerta y quiso dejar algunos billetes en la mesa.

-Dejadlo estar.

Hervé Joncour dudó un instante.

-No hablo del dinero. Hablo de esa mujer. Dejadlo estar. No morirá y vos lo sabéis.

Sin volverse, Hervé Joncour depositó los billetes en la mesa, abrió la puerta y se marchó.


Alessandro Baricco - Seda





jueves, 19 de septiembre de 2013

Preludio del otoño

Apertura f/16
Tiempo de exposición 1/40 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 18 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR



El resto de su tiempo lo consumía en una liturgia de costumbres que conseguía preservarle de la infelicidad. De vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

Alessandro Baricco, Seda



viernes, 13 de septiembre de 2013

Tarde de domingo en Castilla

Apertura f/11
Tiempo de exposición 1/80 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 18 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR




Solamente silencio a lo largo del camino…

Alessandro Baricco, Seda




¡Que tristes son los caminos
polvorientos, por la tarde!,
el sol, los dora, no sé
cómo, ni nadie lo sabe…

Juan Ramón Jiménez, La tristeza del campo


lunes, 6 de septiembre de 2010

DEL JAPÓN Y DE LOS MARES

Imagen: Antiqva



Hace unas semanas, leyendo una entrada en el blog de Susana, entrañable amiga, supe que en el siglo XI había vivido en Japón una mujer llamada Murasaki Shikibu que habría escrito una novela titulada “Historia de Genji”. Uno nunca había escuchado nada acerca de esa mujer pero la defensa que Susana hacía de su obra hizo que me sintiera atraído por ella, de modo que hace unos días me desplacé a la Biblioteca Provincial y consulté si disponían en sus archivos de esa novela.

Resultó que en la base de datos aparecían dos ejemplares de la “Historia de Genji”, pero para mi decepción los dos estaban prestados en ese momento. Hice otra consulta y finalmente me facilitaron una obra titulada “Libro de Amor de Murasaki - Poesía de la historia de Genji”, libro editado por Alberto Silva que según pude comprobar brindaba una colección de poemas que estarían engarzados en la novela de Murasaki Shikibu.

Varios de esos poemas me atrajeron especialmente. Veamos algunos:

“tú que compartes
los mismos sentimientos
podrás entender, mejor que nadie,
cuánto me arrastra
el viento de la tarde de otoño”

“si el barco no amarra
ni hay cita en el muelle,
entonces, mañana,
el hombre que espero
llegará de vuelta”

He de reconocer que la lectura de este libro de poemas, comentados con rigor por Alberto Silva, que va explicando en cada caso el ambiente de la novela en el que cada poema se integra, me ha brindados bellos momentos de disfrute y reflexión. Aquel mismo día, en mi visita a la biblioteca, me hice también con un ejemplar de “Océano mar”, de Alessandro Baricco. Se trata de una novela que en una primera ojeada me pareció compleja por ir desarrollando tramas diversas que se insertan todas ellas en ambientes marinos. Pensé que esta obra me podría resultar idónea para leerla en las orillas del Mediterráneo, donde íbamos a pasar unos días de vacaciones.

Como uno, a veces, actúa movido por desconocidos impulsos, “Océano mar” se quedó finalmente en lo alto de la mesita del dormitorio, aguardando turno para su lectura. Había decidido, al fin, llevar a la playa, “Tartessos”, una novela del historiador Jesús Maeso que evoca las andanzas de las gentes de aquel mítico Reino del Fin del Mundo, en los tiempos en que reinaba Argantonio. La novela describe con interesantes detalles históricos los viajes de los tartesios (los antiguos andaluces) a las islas Casitérides (Gran Bretaña) en busca del estaño que necesitaban para fabricar los productos de bronce, atravesando las aguas tenebrosas del Océano. También se ocupa de los ambientes de las costas del Mediterráneo Oriental (Grecia y Fenicia) en donde se desarrolla una buena parte de la acción. Compré “Tartessos” hace varios años y siempre había encontrado excusas para demorar su lectura. Posiblemente porque tiene casi 500 páginas y a uno, a estas alturas, los libros de dimensión desmesurada le producen ciertos sudores. La novela, aunque muestra una trama un tanto repetitiva (marinos antiguos que van recalando por diversos lugares de las costas atlánticas y mediterráneas) me está resultando interesante, sobre todo, porque por su carácter de novela añade algo de vida a lo que sería pura historia. A veces, a la historia le falta la vida y una buena novela histórica puede aportarla. No puedo sino evocar ahora aquel magnífico estudio sobre “Tartessos” publicado en 1922 por Adolf Schulten, el arqueólogo alemán que abrió la visión de nuestra historia acerca de los orígenes de Andalucía. Conservo, como “oro en paño”, una edición publicada hace demasiado tiempo en la prestigiosa Colección Austral.

Cuando regresamos en estos días pasados de las costas de Málaga, bien aprovisionadas las mochilas digitales con multitud de fotografías de mares e hibiscos, decidí que podría dedicar algo de tiempo a “fabricar” uno de esos cuadernos de fotografías que de vez en cuando hago llegar a las personas que habitualmente dejáis vuestros comentarios en el blog, personas a las que considero amigas. En esta oportunidad, las palabras serían algunos de esos poemas japoneses del libro que venimos comentando.

Por cierto, la imagen que ilustra esta entrada corresponde a la decoración de una vieja caja japonesa de madera que ha estado desde siempre en la casa familiar de María. Nadie recuerda hoy las circunstancias en que esa bella caja llegó a la casa… Siempre la han visto en ella…




jueves, 24 de septiembre de 2009

VUELOS

Imagen: Antiqva



"Hervé Joncour siguió llevando durante días una vida retirada, dejándose ver poco en el pueblo y empleando su tiempo en trabajar en el proyecto del parque que antes o después construiría. Llenaba hojas y hojas de dibujos extraños, parecían máquinas. Una noche Hélene le preguntó

-¿Qué son?

-Es una pajarera.

-¿Una pajarera?

-Sí.

-¿Y para qué sirve?

Hervé Joncour mantenía los ojos fijos en aquellos dibujos.

-Se llenan de pájaros, todos los que se pueda, y después, un día en el que suceda algo feliz, se abren sus puertas de par en par y se mira como vuelan libres..."

Alessandro Baricco (Seda)

lunes, 2 de febrero de 2009

SEDA





Hervé Joncour vagabundeó por la aldea respirando el aire fresco de la noche y perdiéndose entre los callejones que recorrían la ladera de la colina. Cuando llegó a su casa vio que un farol encendido oscilaba tras las paredes de papel. Entró y encontró a dos mujeres de pie ante él. Una muchacha oriental, muy joven vestida con un sencillo kimono blanco. Y ella. Tenía en los ojos una especie de febril alegría. No le dejó tiempo para hacer nada. Se acercó, le cogió una mano, se la llevó a la cara, la rozó con los labios y después, apretándola fuerte, la puso sobre las manos de la muchacha que estaba a su lado, y la mantuvo allí, durante unos instantes, para que no pudiera escapar. Por fin, retiró su mano, dio dos pasos hacia atrás, cogió su farol, miró por un instante a los ojos de Hervé Joncour y salió corriendo. Era un farol anaranjado. Desapareció en la noche, como una pequeña luz que huye.

Alessandro Baricco (Seda)

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