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lunes, 16 de junio de 2014

Cuento egipcio de amor y muerte






Cuando dijo sus palabras, terminados los rituales de la Apertura de la Boca, el sacerdote Sem, que vestía una túnica blanca y cubría sus hombros con una piel de leopardo, penetró en las profundidades de la mastaba y se situó al lado del sarcófago donde los hombres habían depositado el cuerpo de Ahmosis. De una bolsa de cuero fue sacando puñados de polvo ocre que fue espolvoreando sobre la momia. El intenso color rojo del mineral había de permitir que el aliento de la vida retornara al difunto. El sacerdote sabía que un poder desconocido facilitaba que gracias al ocre los cuerpos, tras haber sido momificados en la Casa de la Muerte, se pudieran preservar eternamente de la descomposición.


Entonces, cuando el cuerpo quedó impregnado del polvo rojo, el sacerdote hizo una señal y Nofret, la esposa de Ahmosis, se acercó al sarcófago y colocó sobre él un ramillete de flores. Afuera, los hombres bailaban la danza mau mau y las plañideras, simulando desesperación, se golpeaban los pechos y se tiraban de los cabellos. Después, mientras Nofret chillaba, cuatro hombres rodearon el sarcófago y se dispusieron a esperar a que llegara la noche. Sería entonces cuando habrían de ser recitadas las fórmulas mágicas de las Cuatro Antorchas de Glorificación, con las que llegarían a su término los rituales. Todos eran conscientes de que gracias a ellos, en el nuevo amanecer, Ahmosis, convertido en un dios tras atravesar victoriosamente el inframundo y superar el juicio de Osiris, se elevaría al reino celeste de Ra y volvería a la vida en las Estrellas Imperecederas, creadas por el Gran Dios para que en ellas habitasen los hombres Justos de Voz. Allí, en la Campiña de las Felicidades, más allá de la niebla matutina, seguiría viviendo Ahmosis durante Millones de Años, junto a los espíritus glorificados que conocen los secretos del fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.

Algunas noches después, Nofret soñó que Ahmosis la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Algo después, cuando estaba a punto de amanecer y la noche se iba diluyendo, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Nofret se había levantado y estaba contemplando las Estrellas Inmortales, que todavía lucían débilmente. Dirigió su mirada a Orión, la residencia de los dioses, y fue entonces cuando notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Fue así como supo que Ahmosis, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.





martes, 3 de abril de 2012

Hombres de bronce en Egipto

Imagen: Internet



Fue en este contexto de inquietud cuando los dodecarcas, en el transcurso de una de sus asambleas de amistad, celebrada en Sais, decidieron hacer libaciones en el templo de Ptah. Para ello, el Profeta del templo tenía preparadas doce copas de oro, una para cada uno de ellos. Inexplicablemente, cuando el sacerdote comenzó a repartir las copas entre los príncipes todos repararon en que solo había once copas, faltaba una, de modo que Psamético, que aguardaba su turno al final, sin pararse siquiera a reflexionar en lo que hacía, como movido por algún impulso divino, no dudó en usar su magnífico casco de bronce e hizo sus libaciones con esa copa improvisada. En ese momento, todos fueron conscientes de que de acuerdo con lo que el oráculo de Amón había establecido, Psamético debía ser el rey de la Tierra Negra.

Los otros once príncipes, no obstante, interpretaron el acto de Psamético como una acción impía y tras enfrentarse a él decidieron desterrarlo a los marjales del Delta, de modo que Psamético, al igual que Horus cuando era perseguido por Seth, se vio obligado a vivir oculto en las tierras bajas de nuestro país. Fue entonces cuando mi Señor, angustiado por los acontecimientos, decidió consultar el oráculo de Buto, que le hizo saber lo siguiente:

-La venganza –habría dicho el oráculo- habrá de venir del mar, del Dios del Mar, cuando este haga que en la costa aparezcan hombres de bronce.

Algunos meses después, el oráculo se cumplió. Un ejército de piratas helenos, revestidos con pesadas corazas de bronce, llegó a las costas del Delta. Algunos dijeron que eran ladrones; otros que eran mercenarios griegos que habían sido enviados por Giges, rey de Lidia, que habría recibido en sueños esa orden del propio Dios del Mar.

Con la ayuda de los guerreros de bronce, Psamético derrotó a los otros once príncipes, de modo que fue así como la Tierra Negra, de nuevo, pasó a ser gobernada por un solo rey, mi Señor, gracias a que yo, Meriamon, capitán de marinos, habia sido capaz de complacer los deseos de su corazón, tras viajar a Tartessos, el lejano Reino del Ocaso.

Todos los hombres de la Tierra Negra sabemos que Psamético, tras conseguir que los otros príncipes lo aclamaran como rey y contando con el apoyo de los helenos, que para entonces se habían establecido en Naucratis, no dudó en perseguir a los asiáticos hasta las tierras de la lejana Palestina, de modo que estos nunca más habrían de volver a pisar nuestro país. Psamético, mi Señor, se ocupó de que el silencio cubriera esos pasados años de vergüenza en que los hombres de Asiria habían dominado nuestra tierra. Las inscripciones que ellos habían grabado en los templos, fueron borradas, de modo que nadie ha conservado el recuerdo de su memoria. Desde entonces, aclamado como nuevo faraón de la Tierra Negra, todas las cosas se volvieron a hacer tal y como se había hecho en los tiempos precedentes, en los tiempos antiguos. Gracias a Psamético, mi Señor, el Orden y el Equilibrio de Maat volvieron a reinar en el valle del Nilo(6).


NOTAS

-6) En este relato, que ahora termina, hemos intentado respetar lo que las fuentes antiguas nos dicen acerca del contexto histórico en el que se enmarcan los orígenes del reinado de Psamético I (664-610 a.C.), faraón con el que arranca la dinastía XXVI.

martes, 27 de marzo de 2012

El casco de un rey

Imagen de Internet



Cuando las gentes supieron que el hijo de su rey había sanado un sentimiento de gozo embargó el espíritu de todos. Orisón, pleno de felicidad quiso mostrarme su gratitud. Me dijo que estaba en deuda con el mago que había sido enviado por el Príncipe de Sais y que cualquier cosa que le pidiera él me la otorgaría. Le hice saber entonces que Psamético, mi Príncipe, me había ordenado realizar el viaje para pedir al Rey de Tartessos que le fabricara un magnífico casco de bronce, que fuera envidiado por los propios dioses. En un sueño profético Amón, el Gran Dios, había transmitido a mi Señor que portando ese casco en su cabeza llegaría a reinar en la Tierra Negra.

Orisón me dijo:

-Mago que has llegado de las lejanas tierras del levante debes saber que me siento feliz al contemplar que Norax, gracias a tus conjuros, ha sanado de las quemaduras que le infirió el Dios de las Tormentas. Me dices que tu Príncipe, para cumplir los vaticinios de su dios, precisa de un casco de bronce como el que nunca haya sido visto por los ojos de los hombres. Yo me ocuparé de ello. Yo ordenaré a los alquimistas de mi palacio, a los hombres que funden y modelan el cobre, el estaño, el oro y la plata, que fabriquen para tu Señor un casco que nunca nadie haya soñado poseer. Utilizarán para ello el cobre que extraemos de las montañas de la Sierra Negra de Corduba y el estaño que compramos a nuestros aliados en la isla de Albión. Ordenaré que ese excepcional casco de bronce esté fabricado antes de que pasen treinta días.

La promesa de Orisón se cumplió y antes del plazo indicado nuestra nave abandonó el puerto de Tartessos. Tras presentar de nuevo nuestros respetos a los sufetes de Gádir dejamos atrás las aguas del Océano y las Columnas de Atlante e iniciamos el regreso a las tierras fértiles del valle del Nilo. Orisón, agradecido por los presentes que le habíamos entregado y por haber sanado a su hijo quiso, además de entregarnos el casco de bronce que Psamético habría de usar, regalarnos una cantidad tan inmensa de oro y de plata que una vez abarrotadas las bodegas de la nave decidió Albaal, con la plata que sobraba, fabricar unas nuevas anclas.

Cuando llegamos a las tierras del Nilo fuimos recibidos por el Príncipe, que manifestó su deseo de conocer si nuestra misión había tenido éxito. Cuando contempló el casco de bronce que habían fabricado los alquimistas de Tartessos se sintió feliz y me brindó su gratitud. Me hizo saber que en agradecimiento por haber logrado que se hiciera realidad todo aquello que él había deseado en su corazón ordenaría que se construyera para mi la más bella tumba que nunca los hombres hubieran visto en la Ciudad de la Muerte de Sais. Él, me dijo, ordenaría que los mejores constructores, canteros, carpinteros y pintores trabajaran en esa tumba y los sacerdotes lectores del templo de Amón se ocuparían de que mi Casa de la Eternidad estuviera revestida con palabras de poder que habrían de permitirme transitar, cuando me llegara el momento de la muerte, libre de preocupaciones, por el Inframundo y arribar en estado de bienaventurado al Reino Celeste de Amón.

En aquel tiempo sucedía que la Tierra Negra, tras haber sido liberada de los asiáticos, seguía sin ser regida por un rey. El país estaba dividido en doce partes que habían sido atribuidas a los doce príncipes más poderosos. Estos doce señores se habían dado entre si una ley que debía ser fielmente cumplida. Ante todo, se habían prometido que no habrían de guerrear entre ellos sino que debían contentarse con lo que cada uno tenía y debían esforzarse por mantener vínculos de amistad entre sus principados. Habían pactado que ninguno de ellos ansiaría ser el rey de los otros.

Sin embargo, mientras yo, Meriamon, capitán de marinos, navegaba a Tartessos había sucedido que el oráculo del dios Amón había hecho saber a los príncipes que era su deseo que el gobierno de la Tierra Negra fuera para aquel dodecarca que usando una copa de bronce hiciera libaciones a la divinidad en el templo de Ptah. En ese momento nadie había sabido interpretar el significado del oráculo, pero todos eran conscientes de que Amón quería que los hombres supieran de su deseo de que la Tierra Negra fuera de nuevo regida por un solo hombre, por un nuevo faraón...

martes, 20 de marzo de 2012

Orisón, Rey de Tartessos

Imagen: Antiqva

Dejamos atrás Gádir y costeando las tierras del Reino del Ocaso llegamos a la desembocadura del río Tartessos. Allí, aguas arriba, en una isla fortificada entre dos brazos del majestuoso río se alzaba la ciudad desde la que Orison, en un inmenso palacio que sostenían columnas de plata, regía aquel reino en el que ningún hombre de la Tierra Negra había puesto antes sus pies.

Cuando, con el aval de los sufetes gaditanos, fuimos recibidos por el Rey de Tartessos esté, complacido por la estatua de Isis y los demás presentes que Psamético había ordenado que pusiéramos a sus pies, nos dijo que él era hijo de Habis, el héroe que tras haber sido amamantado por una cierva había transmitido a los hombres los conocimientos de la agricultura, y que su abuelo fue Gargoris, que había descubierto el modo en que las gentes pueden obtener provecho de las colmenas.

Todo en su reino, que ocupaba ambas márgenes del río Tartessos hasta alcanzar las fuentes en que este río nace, en las montañas de plata próximas a Castulo, era prolífica riqueza. Nos dijo que era tanta la riqueza de minerales que había en su reino que en cierta ocasión “habiéndose incendiado una vez los bosques, estando la tierra compuesta de plata y oro, subió fundida a la superficie, por lo que todo el monte y colina era como un tesoro acumulado allí por una pródiga fortuna.” Pronto tuvimos ocasión de contemplar que era tanta la riqueza que se acumulaba en los pueblos de Tartessos que sus habitantes se servían de pesebres y de toneles de plata(4).

Sin embargo, a pesar de la colosal riqueza que acumulaba en su reino, Albaal y yo, en el encuentro que tuvimos con Orison, nos dimos cuenta de que el rey estaba entristecido. Pronto, por su propia boca, supimos la causa de ello. Nos dijo que su hijo Norax, un joven dotado de especial ingenio y valentía, había sufrido la descarga de un rayo, lanzado por el Dios de las Tormentas. Todo había sucedido cuando se encontraba cazando en el Cerro del Cobre. A media mañana, el día se había oscurecido y de súbito multitud de rayos habían sacudido los bosques. Uno de ellos había derribado de su montura al príncipe, que desde entonces sufría de dolorosas quemaduras que estaban destrozando su cuerpo y su espíritu.

Entonces, yo, Meriamon, capitán de marinos del Príncipe Psamético, hice saber al Rey de Tartessos que había sido educado en la Casa de la Vida y que conocía el modo en que los dioses hacen que sean curadas las quemaduras que puedan sufrir los hombres. Me dijeron que Norax estaba acostado en su cuarto de modo que pedí permiso para regresar a nuestra nave para recoger un papiro en el que el Profeta de la diosa Sekhmet del templo de Sais había reproducido diversos conjuros mágicos que todo servidor de nuestro Príncipe debía tener en su poder cuando llevaba a cabo alguna expedición que este le hubiera encargado.

Una vez que regresé con el papiro, me llevaron a la habitación del hijo del rey. Ordené que fuera quemado incienso y mientras su humo se elevaba a los cielos hice los ritos propiciatorios y leí las palabras de poder:

-Horus niño estaba en las marismas del Nilo. Fue entonces cuando el calor y la inflamación se abatieron sobre sus miembros. Nadie sabía la causa de este mal. Nadie sabía que era lo que le sucedía al niño. Isis, su madre, no estaba para conjurar el mal. Osiris, su padre, tampoco estaba. Hapy e Imset, que estaban al lado del niño, gritaron: “El hijo divino –dijeron- es todavía un niño de pecho, y el fuego es poderoso. No hay nadie que pueda salvarle de eso”. Entonces fue cuando Isis, su madre, salió del taller de tejido en el que ella había estado desliando tela. Y cuando vio a Horus dijo: “Ven Neftis, hermana mía. Teje tú el hilo de mi vestido y haz que pueda ir a ayudar a mi hijo. Yo sé como hacer que se extinga el fuego de su cuerpo. Con la leche de mis pechos conseguiré que su fuego se extinga. En mis pechos está la leche de curación. Yo, Isis, vierto mi leche sobre tus miembros, hijo mío, y tus heridas sanan. Yo, Isis, hago que el fuego se aleje de ti, a pesar de lo poderoso que era”.

Estas palabras de poder las dije yo, Meriamon, sobre cortezas de acacia, panecillos de cebada, granos uah cocidos, coloquintos cocidos y culantros cocidos. Con todo ello, había hecho antes una masa que había mezclado con leche de una madre que había alumbrado un hijo varón. Lo alisé con una rama de ricino y coloque con sumo cuidado sobre las heridas del príncipe(5).

Después, dejamos que Norax reposara en la noche en el sosiego de su habitación. Todos nos retiramos. A la mañana siguiente, supimos que las heridas habían sanado y que el fuego se había retirado. El poder de Isis, la Gran Maga, había triunfado sobre la fuerza de los rayos del Dios de las Tormentas. Del mismo modo que Isis había sanado a su hijo cuando esté enfermó de fuego en las marismas del Nilo, yo, Meriamon, usando el poder de la diosa, había salvado al hijo del Rey de Tartessos.


NOTAS

4) La frase entrecomillada: “habiéndose incendiado una vez los bosques, estando la tierra compuesta de plata y oro, subió fundida a la superficie, por lo que todo el monte y colina era como un tesoro acumulado allí por una pródiga fortuna.”, procede del geógrafo helenístico Estrabón, así como la noticia de que los antiguos habitantes de Tartessos eran tan ricos que se servían de pesebres y de toneles de plata.

5) La fórmula que Meriamon utiliza para sanar de las quemaduras al hijo del Rey de Tartessos es la receta mágico-médica para sanar a un niño de una quemadura que se nos ha transmitido en el llamado Papiro Médico número 10.059, conservado en el Museo Británico.

martes, 13 de marzo de 2012

El viaje al Reino del Ocaso

Imagen de Internet


Psamético, mi Señor, seguió hablando:

-Una nave de Hissan, el mercader más rico de Biblos, llegará al Delta del Nilo próximamente. Es mi deseo que te unas a esa nave que ha de llegar y que viajes en ella al Reino del Ocaso. Cuando tus pies pisen esas tierras debes conseguir de que con los más depurados minerales se fabrique un casco tan excelente que incluso los dioses lo codicien. Ese casco de bronce debe ser digno de ser portado por un dios o por un rey. Ese casco, Meriamon, será para mí. Solo yo, tu Señor, seré digno de portarlo en mi cabeza. Esto es lo que deseo que hagas.

Habían pasado cuarenta días cuando arribó al puerto el navío que Hissan de Biblos había brindado al Príncipe para esta expedición. Albaal, el capitán, me recibió en su camarote. Estaba sentado en su silla de mando, con la espalda vuelta hacia una ventana por la que se veía el mar. Mientras hablábamos de los peligros que nos acecharían en el viaje yo podía contemplar como las olas del poderoso mar parecían empapar su cuello con su espuma.

Abandonamos la Tierra Negra(1) el día tercero del segundo mes de Shemu(2). Llevábamos una estatua de la divina Isis que mi Señor deseaba regalar al Rey de Tartessos. No sabía entonces que la nave transportaba también una imagen de Astarté que los marinos fenicios habrían de entregar como tributo, durante el viaje, al Dios del Mar.

Albaal, el capitán de la nave, me dijo que el viaje al Reino del Ocaso habría de durar veintidós días con sus noches y que habríamos de hacerlo costeando las tierras de Libia siguiendo una ruta que solo conocían los marinos fenicios. Habría luego de saber que iríamos recalando en los puertos de varias ciudades aliadas de Biblos: Cirene, Leptis, Cartago y Tingis. También me dijeron que Cartago, emplazada en un promontorio frente a la isla de Sicilia, estaba situada a la misma distancia de Biblos que de Tartessos y que desde que las ciudades fenicias habían caído bajo el yugo de los asirios, Cartago era la gran metrópoli de este pueblo de mercaderes. Cuando, al fin, arribamos a Tingis me dijo Albaal que en las tierras que se veían al otro lado del mar se alzaban las Columnas de Atlante, que unían la tierra con el propio cielo.

Dos jornadas antes, buscando que el Dios del Mar nos concediera su auxilio para navegar por las aguas del Océano, Albaal había ordenado que se hicieran ofrendas de muchas cosas buenas a esta divinidad, de modo que una vasija de barro que contenía oro, plata, lapislázuli y turquesas fue arrojada a las aguas. También se ofrendó al dios una estatua de bronce de Astarté, la hija de Ptah, diosa irascible y violenta que habría de encargarse de entregar todos esos presentes al Dios del Mar. Todo ello complació a la divinidad y el propio Señor de los Dioses, Amón, a la mañana siguiente, nos confirmó que nuestra petición sería atendida brindándonos un majestuoso amanecer en el que las aguas del mar se manifestaron en una calma especial.

Traspasadas las Columnas de Atlante llegamos al mar Océano, a las aguas del Fin del Mundo. Era el Océano un mar que tenía otras olas y otros vientos muy distintos a los de los mares que conocían los hombres de la Tierra Negra. Albaal me dijo que nunca antes ningún egipcio había arribado a estos confines del mundo. Me dijo también que más allá de Tartessos, en la Tierra de las Nieblas, donde habitaban los cimmerios, estaba situada la entrada del Inframundo, enfrente justo de un santuario que esas gentes impías habían consagrado a la Dea Inferna.

Fue así navegando por unas aguas que solo los marinos fenicios conocían como arribamos al fin a Gádir, la ciudad del mar en la que sobre las islas Erytheia, Antipolis y Kotinousa estos hombres habían establecido su emporio comercial en las tierras del Fin del Mundo, en las inmediaciones del mítico Reino de Tartessos. Fue en estos apartados rincones donde Hércules había vencido al gigante Gerión, de tres cabezas. Albaal, el capitán de nuestra nave, me dijo que la isla principal se llamaba Erytheia debido a que los fenicios que la fundaron en los tiempos que siguieron a la guerra de Troya procedían de Tiro, en las inmediaciones del mar Eriteu(3). También me hizo saber que en circunstancias normales allí hubiera terminado nuestro viaje, ya que los comerciantes gaditanos eran quienes se ocupaban de negociar con los tartesios el intercambio de productos. En este ocasión, no obstante, Albaal, tras entregar a los sufetes que regían la ciudad los ricos presentes que Psamético, nuestro Señor, Príncipe de Sais, les concedía les hizo saber que debíamos proseguir nuestro viaje hasta arribar al palacio de Orison, el Rey de Tartessos, por ser ese el deseo de nuestro Señor. Complacidos con los abundantes presentes que Psamético les había otorgado, los magistrados de Gádir no se pusieron a nuestra petición...


NOTAS

1) Para los egipcios su país era la Tierra Negra, la tierra que ha sido fertilizada por las aguas del Nilo, por oposición a la estéril Tierra Roja del desierto.

2) La expedición en la que Meriamon alcanzó el Reino de Tartessos partió de Egipto el día tercero del segundo mes de Shemu (la estación de la Recolección), equivalente a nuestro 28 de mayo. El verano era la época más propicia para llevar a cabo los viajes marítimos en los tiempos antiguos.

3) El mar Eriteu, en cuyas inmediaciones se alzaba Tiro, la ciudad de donde provenían los fundadores de Gádir, es nuestro Mar Rojo.

martes, 6 de marzo de 2012

Meriamon en el Reino de Tartessos

Imagen de Internet


El Capitán de Marinos Meriamon, hijo de Ahmosis, Justo de Voz, dice: Os hablo a vosotros, gente toda, para hacer que conozcáis los favores que me fueron concedidos cuando vivía en la tierra. Yo fui recompensado por mi Señor, a la vista de todo el país, con el Oro del Valor y se me brindaron esclavos y esclavas, siendo dotado con mi Casa de la Eternidad. Yo, Meriamon había hecho todo aquello que el Príncipe había deseado que hiciera y la memoria de un hombre valiente es perpetuada por toda la eternidad. Yo fui un hombre que hice que aquello que mi Señor deseaba en su corazón se hiciera realidad. Lo que Meriamon hizo nunca será olvidado por los hombres.

Yo, el Capitán de Marinos Meriamon, fui un hombre que navegué por los mares del Reino del Ocaso. Fui un hombre justo. Fui un hombre clemente con aquel que me decía lo que había en su corazón. Fui un hombre preciso, igual que una balanza verdaderamente recta, como Thot. Fui silencioso con el irascible. Fui uno que se mezcló con el ignorante a fin de reprimir el enojo en el mundo.

En relación a esta capilla funeraria, mi Señor ordenó que fuera construida en este desierto de Abidos porque esta es la tierra santificada de los muertos. Es este un lugar glorioso desde los tiempos de Osiris, cuando Horus lo consagró a la memoria de sus antepasados, aquellos dioses que en otros tiempos, antes que los hombres, habían reinado en Egipto. Desde esta tumba, en este lugar sagrado, mi espíritu habrá de volar al cielo y se unirá, victorioso, al Pueblo del Sol.

¡Oh vosotros, hombres que vivís sobre la tierra y vosotros que todavía no habéis siquiera nacido, vosotros que vendréis a este desierto, que veréis esta tumba y pasaréis ante ella: venid. Yo, Meriamon, os conduciré al camino de la vida en el más allá, de modo que podáis navegar con buen viento, sin que quedéis varados, para que podáis alcanzar la morada de las generaciones, sin llegar a la aflicción.

Yo, el Capitán de Marinos Meriamon, soy un difunto excelente. No cometí faltas. Si escucháis mis palabras, encontraréis su excelencia. El buen camino es servir a Amón. Bendito aquel cuyo corazón le conduce a ello. Deseando servir a Amón y a mi Señor yo, Meriamon, navegué por mares lejanos por los que nunca antes habían navegado los hombres del valle del Nilo. Fue así como yo arribé a las tierras lejanas del Reino del Ocaso, allí donde está el océano en el que mueren los mares. Siguiendo los deseos del Príncipe, mis pies pisaron la tierra de ese Reino del Fin del Mundo que los marinos asiáticos llaman Tartessos.

Cuando mi Señor me llamó a su palacio ningún faraón reinaba en Egipto. Los asiáticos, que habían ocupado una parte del país, habían sido expulsados y las tierras habían sido repartidas en doce regiones que eran regidas por otros tantos príncipes. Mi Señor, Psamético, era el Príncipe de Sais. Había sido Sethos, un sacerdote del templo de Ptah, quien había conseguido liberar las tierras ocupadas, expulsando de ellas a los impíos asirios. Sethos, cuyo ejército era inferior al de los asiáticos, los había vencido usando sus conocimientos mágicos. Gracias a oscuros sortilegios consiguió que la noche que precedió a la batalla una oleada de ratas ocupase el campamento enemigo. Las ratas royeron los carcajes, las cuerdas de los arcos y las correas de los escudos, de modo que cuando amaneció los asiáticos se sintieron indefensos ante los soldados del mago. Desprovistos de sus armas, emprendieron la huida y fueron muchos los que murieron acuchillados.

Fue después, cuando las tierras liberadas se repartieron entre los doce principales príncipes, cuando mi Señor, Psamético de Sais, me hizo llamar. Me dijo:

-Quiero, Meriamon que hagas lo que voy a ordenarte. Mi corazón desea que viajes al Reino del Ocaso, más allá de los mares, y retornes trayendo un casco de bronce que haya sido fabricado con los más puros minerales de cobre y de estaño que nunca hayan sido vistos por los ojos de los hombres. Se que en las montañas de Tartessos existen espléndidas minas de cobre y que las gentes que pueblan aquel lejano país intercambian ese cobre y el estaño que compran en una isla llamada Albión, situada en el mar Hiperbóreo, con los marinos fenicios que navegan hasta aquellas tierras para comerciar...


NOTAS

-Doy comienzo ahora a la publicación de un nuevo “Cuento Egipcio”, que en esta ocasión he titulado “Meriamon en el Reino de Tartessos”. Está ambientado en los tiempos de Psamético I (664-610 a.C.), faraón con el que arranca la dinastía XXVI y en él pretendemos recrear el periplo de un navío fenicio que partiendo del Delta del Nilo habrá de navegar hasta las aguas del Océano Atlántico en busca de Tartessos, el legendario Reino del Fin del Mundo.

Tengo intención de publicar el relato en un total de cinco entregas, que iré subiendo al blog en las próximas semanas.

Conscientemente el texto está escrito como si se nos hubiera transmitido en un documento egipcio antiguo (supuestamente sería la biografía de Meriamon, escrita en las paredes de la cámara funeraria de su tumba). Si no entendéis algún detalle o tenéis alguna duda, decirlo en vuestros comentarios. Yo haré todo lo posible por resolverlas.

Espero que os guste…

martes, 31 de mayo de 2011

UN MUNDO DE TINIEBLAS




Habrían de saber pronto los hombres que el peligro que el oráculo de Hathor había vaticinado habría de materializarse en las cercanas aguas del Egeo cuando entró en erupción el volcán Thera, que causó la inmediata destrucción de la cultura cretense. La colosal explosión hizo que un inmenso hongo de cenizas cubriera el cielo. Dejó de ser de día y las tinieblas reinaron en el mundo. Los campos de cultivo, como devastados por una plaga de langosta, se consumieron. Muchas personas, sobre todo niños y ancianos, murieron asfixiados. En Egipto, una lluvia inusual que vomitó un mar de agua y ceniza sobre la Tierra Roja del desierto hizo que el Nilo se convirtiera en un río de sangre. El faraón, atemorizado ante lo que estaba sucediendo, quiso congraciarse con la divinidad y permitió que todos los esclavos fueran liberados. A cambio, ellos deberían dirigir sus plegarias a sus dioses para que el Sol volviera a brillar. Todos debían orar para que las desgracias cesaran.

Mucho tiempo después, los griegos habrían de afirmar que aquella colosal explosión que había destruido los palacios cretenses había sido producida por Vulcano, el dios del fuego, que habría recibido de Zeus la orden de fabricar en su fragua del inframundo los rayos más poderosos que nunca nadie hubiera podido contemplar. El gran dios deseaba poseer esos rayos para atemorizar a los hombres.

Los fortísimos golpes de Vulcano en su fragua habrían terminado ocasionando, según narrarían los poetas helenos, el derrumbe del techo del inframundo, que se habría desplomado siendo sus escombros consumidos por el fuego. La explosión que produjeron las llamas al llegar a la superficie de la tierra habría de sacudir las aguas del Egeo, aniquilando la vida en sus islas y causando un inmenso pavor a las gentes que poblaban sus riberas. Habrían sido, en suma, los terribles golpes de Vulcano, si creemos a los griegos, los que hicieron que el volcán Thera reventara.

Gracias a esa explosión descomunal, cuyas cenizas cubrieron de tinieblas todo el mundo conocido, causando en Egipto la muerte y el dolor, un pueblo de esclavos, los hebreos, acaudillado por Moisés, habría de arribar a la tierra que desde la noche de los tiempos su dios les tenía prometida.


NOTAS

Este cuento es una fabulación en la que hemos mezclado momentos históricos o míticos no coincidentes en el tiempo. Hemos de dejar constancia, no obstante, de que en 1948 el arqueólogo Claude Schaeffer descubrió entre los escombros del palacio real de Ugarit una tablilla de arcilla, que fue catalogada como KTU 1.78. En ella, en signos cuneiformes, alguien había escrito una inscripción en la que se hablaba de cierto suceso astronómico. Decía: “En el sexto segmento del día de la luna nueva del mes iyya, el Sol se escondió. Su portero es Resheph. Se examinaron dos hígados. ¡Peligro!”. En nuestro relato hemos reproducido ese texto, si bien adaptando su contenido al mundo egipcio. Citada tablilla fue fechada en el año 1192 a.C. Eran los tiempos terribles de las invasiones de los Pueblos del Mar. La explosión del volcán Thera (isla de Santorini) habría sucedido en torno al 1600 a.C.

La Profetisa de Hathor, la reverenciada Set-Net-Inheret, Único Ornato Real, fue también un personaje real. Según una estela fechada en el Primer Periodo Intermedio que fue hallada en Naga-Ed-Deir, esta mujer habría sido la esposa de Ibu, que fue un “Noble Hereditario, Príncipe, Canciller del Rey del Bajo Egipto, Compañero Único del Rey del Bajo Egipto, Sacerdote Lector, reverenciado ante el gran dios, Señor del Cielo, que hace lo que su señor desea cada día”. Cuando Ibu murió, Inheret le dedicó esa estela funeraria.


Imagen: Antiqva Photo

jueves, 26 de mayo de 2011

EL ORÁCULO DE HATHOR



Set-Net-Inheret, Único Ornato Real, reverenciada Profetisa de Hathor, había dejado escrita en una tablilla de arcilla su honda preocupación:

-En el sexto día de la luna nueva del mes de la Inundación, el Sol se ocultó. Su portero es Anubis. Se examinaron dos hígados. ¡Peligro!

Los hombres del valle del Nilo estaban poseídos por el miedo. En la Tierra de los Dioses se había producido un eclipse total de Sol. Parecía que había llegado el fin de todas las cosas. El Sumo Sacerdote de Amón había hablado:

-Anubis, el díos que cada anochecer abre al Sol el acceso al inframundo ha decidido que esta mañana el astro dios quede oculto a los ojos de los hombres. Nuestro rey ha ordenado que se sacrifiquen dos ovejas y que sus hígados sean estudiados por los augures. Estos, temblorosos, me han hecho saber que un inmenso peligro amenaza a nuestro país.

-Han afirmado –prosiguió el Sumo Sacerdote- que Amón, el gran dios, está ahora preso en el inframundo. Desprovistos de su luz, los hombres veremos como las plantas pierden el aliento de la vida. La Tierra Negra debe saber que está amenazada por el infortunio. Momentos de escasez y de hambre nos acechan.

-He podido contemplar –dijo la Profetisa Inheret, arrodillada ante su rey- que han de venir tiempos en que en los ríos correrá la sangre en lugar del agua. La langosta aniquilará las cosechas de los campos. Nuestros hijos morirán. Antes habremos de ver como la oscuridad lo ensombrece todo. Los días pasarán a ser noches. Apresado el Sol en el infierno, las tinieblas cubrirán la tierra.

Habrían de saber pronto los hombres que el peligro que el oráculo de Hathor había vaticinado habría de materializarse en las cercanas aguas del Egeo cuando entró en erupción el volcán Thera, que causó la inmediata destrucción de la cultura cretense…


(Continuará en una segunda parte…)


Imagen: Frente a la caldera del volcán Thera, en la isla de Santorini – Antiqva Photo

lunes, 20 de septiembre de 2010

DE LA VIDA Y DE LA MUERTE




Una vez que Senptah se ocupó de que la Sala Santa de Imhotep fuese adecuadamente embellecida, tal y como el dios le había pedido, su esposa quedó de nuevo encinta. El hijo varón nació el día en que se celebraba la festividad de este dios venerable y sus padres le pusieron el nombre de Pedibast. Se habían materializado, al fin, los deseos de Senptah y este Sumo Sacerdote y su bella esposa se sintieron felices. Taimhotep tenía entonces 26 años.

Quisieron los dioses, sin embargo, que esa felicidad fuese efímera. Sólo duró cuatro años, ya que la esposa del Sumo Sacerdote, cuando contaba solamente 30 años, habría de fallecer. Pedibast tenía sólo cuatro años cuando el cuerpo momificado de su madre fue enterrado en las arenas del estéril desierto rojo, en la necrópolis de Menfis. Para entonces, su espíritu había volado a los cielos.

Fue entonces cuando Senptah, iniciado en los Misterios de la Vida y la Muerte, tomó conciencia de que en su vida se había cumplido algo terrible de lo que Atum, el Dios Primigenio que lo había creado todo, ya había hablado en la noche de los tiempos. Senptah, arrodillado, orando entre lágrimas ante el cuerpo momificado de su amada Taimhotep, escuchó en su mente las palabras de Atum:

-A los dioses los creé de mi sudor, pero los hombres provienen de las lágrimas de mi ojo…”

Supo así Senptah que alguna ley eterna había establecido que el nacimiento de su hijo Pedibast, que tanto había deseado, tuviera que ser pagado con las lágrimas de sus ojos por la muerte de su amada esposa Taimhotep.

Los hombres que estudian los textos funerarios del antiguo Egipto saben que Taimhotep, en su inscripción funeraria, hizo saber a su esposo que a pesar de que ella había muerto él debía vivir y ser feliz. Le pedía que no dudara en alimentarse y cuidarse. Senptah debía vivir para si y para el hijo que tanto había deseado. Eso era lo que Taimhotep, desde el Reino Celeste, deseaba.

El Sumo Sacerdote, sin embargo, no hizo lo que Taimhotep le había pedido. Sólo un año después su cuerpo habría también de abandonar la vida. Las plegarías de los hombres de Menfis hicieron que su dolorido espíritu ascendiera al Reino Celeste y se integrara en el Disco Solar con Aquel que lo había creado.


Algunas notas

Aneck-Taui, donde estaba situada la Sala Santa en la que reposaba el cuerpo de Imhotep, era un barrio de Menfis.

La inscripción que hemos mencionado sobre la memoria de Imhotep en los libros se conserva en el Museo Británico.

Para la elaboración de este cuento hemos utilizado la información procedente de algunos documentos egipcios antiguos:

De un lado, la Estela de Taimhotep, de tiempos ptolemaicos, que también se conserva en el Museo Británico. Está mujer habría nacido en el año 73 a.C., en el año noveno del reinado de Ptolomeo XII (Neos Dionisios), en tanto que el hijo tan deseado habría nacido en el año 46 a.C., en el año sexto del reinado de Cleopatra VII.

Taimhotep habría fallecido en el año 42 a.C. Su esposo falleció un año después.

Hemos manejado también el texto de la denominada Estela del Sueño. Se trata de una estela de granito que tiene un peso de 15 toneladas. Fue erigida por Tutmosis IV en el año primero de su reinado (hacia 1400 a.C.). La estela se conserva entre las patas delanteras de la Esfinge de Giza.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

IMHOTEP, EL HOMBRE QUE FUE DIOS




Todo había comenzado algunos años antes. Senptah, Sumo Sacerdote de Ptah en Menfis, se sentía un hombre desgraciado. A pesar de que tenía 43 concubinas y a todas las había conocido del modo en que un hombre debe conocer a una mujer a la que ama, nunca había tenido un hijo varón.

Cierto día, Senptah vio a una mujer especialmente bella. Se llamaba Taimhotep y tenía 14 años. Senptah, cuando contempló su rostro, se sintió atraído por ella y pronto contrajeron matrimonio. Algunos años después, Taimhotep, en su estela funeraria, habría de dejar escrito:

-Este Sumo Sacerdote de Ptah me deseaba mucho, de modo que me quedé encinta de él varias veces, pero nunca alumbré a un hijo varón. Nacieron tres hijas. Recé junto con el Sumo Sacerdote a la Majestad de Imhotep, hijo de Ptah, dios venerable, grande en milagros, benévolo en sus acciones, que da un hijo a quien no lo tiene… El dios oyó nuestras plegarias, escuchó nuestras solicitudes. Y fue así como la Majestad de este dios vino donde este Sumo Sacerdote y le habló en un sueño revelador…

Senptah y Taimhotep sabían que Imhotep, cuando vivió en la Tierra Negra, había sido un hombre sabio que había alcanzado los más altos cargos del reino: Portasellos del Rey del Bajo Egipto, Uno Que Está Cerca de la Cabeza del Rey (Visir), Jefe de la Gran Mansión, Representante Real, Sumo Sacerdote del templo de Ra en Heliópolis y el Carpintero y el Escultor del Rey. Alcanzó una tan elevada sabiduría en su vida terrena que los hombres, cuando murió, no dudaron en proclamar que había sido un dios, hijo del divino Ptah. Pronto todos conocieron que Imhotep era un dios benevolente al que los hombres y las mujeres dirigían sus ruegos cuando deseaban tener un hijo. Todos los hombres de Egipto supieron así de las virtudes médicas de Imhotep y de su poder de fecundación.

Desde muy antiguo, esa sabiduría inmensa de Imhotep había llamado la atención de las gentes del valle del Nilo. Él había sido el arquitecto que construyó la Casa de la Eternidad del rey Dyoser, en Saqqara, una inmensa pirámide escalonada en diferentes alturas que había sido el primer edificio de tamaño colosal construido enteramente con sillares de piedra. Nunca antes se había hecho nada igual en Egipto. La pirámide construida por Imhotep, la primera que se alzó a los cielos en la Tierra Negra, era una escalinata inmensa que debía facilitar que el espíritu de Dyoser, cuando el rey muriera, ascendiera al Reino Celeste de Ra. Mucho tiempo después, los antiguos griegos habrían de reconocer que Imhotep no era sino la encarnación egipcia de Asclepios, el dios heleno de la Medicina.

Pasados los siglos, los hombres sabios de Egipto, al recordar la sabiduría inmensa que había envuelto la vida de Imhotep cuando había vivido como hombre en la tierra, habrían de dejar escrito:

-Un libro tiene más valor que una casa o una tumba en el desierto occidental. ¿Hay alguien como Imhotep? Hombres como él pudieron irse y sus nombres desvanecerse de la memoria, pero por sus escritos serán siempre recordados…

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL SUEÑO DE SENPTAH




Habló entonces Atum: “A los dioses los creé de mi sudor,
pero los hombres provienen de las lágrimas de mi ojo…”

Libro egipcio de los Dos Caminos al mas allá
Textos de los Sarcófagos



Uno de aquellos días sucedió que Senptah llegó a Menfis a la hora del mediodía. Estaba cansado tras haber realizado un viaje y se acostó en el jardín buscando la dulce sombra de un sicomoro.

Fue entonces, en el momento en que el sol alcanzaba su cenit, cuando su mente vagaba por el mundo de los sueños, cuando sintió que Imhotep, el gran dios, hijo de Ptah, tomaba posesión de su cuerpo. Pudo así Senptah escuchar como la Majestad de este noble dios, de mismo modo en que un padre se dirige a su hijo, le hablaba a través de su propia boca. Le dijo:

-Mírame, obsérvame, Senptah, amado por Ptah, mi padre… Quiero que me escuches, hijo mío, soy Imhotep, tu padre. Me has pedido un hijo varón y yo he accedido a concederte eso que tu corazón desea. Yo te daré un hijo varón y toda la tierra que ilumina el Ojo de Ra se sentirá feliz. Tu mandíbula reirá plena de gozo. La mandíbula de Taimhotep, tu esposa, te acompañará en la risa. Debes saber que mi rostro lleva fijándose en ti desde hace muchos años. Mi corazón te pertenece y tú me perteneces a mí.

-Antes -prosiguió el dios-, debes escucharme. Quiero pedirte algo. Es mi deseo que te ocupes de que se haga un gran trabajo de embellecimiento en mi Sala Santa de Aneck-Taui, en el lugar de Menfis en el que reposa mi cuerpo momificado de hombre. Si cumples mi deseo, yo te recompensaré con un hijo varón.

-Quiero que tú hagas todo lo que está en mi corazón, pues sé que tú eres mi hijo y mi protector. Acércate, Senptah, siento que yo estoy contigo. Yo soy tu padre. Yo soy tu guía. Te pido que hagas que mi Sala Santa retorne a su esplendor de otros tiempos pasados. Es mi deseo que sea embellecida. Ocúpate de que todo vuelva a brillar del mismo modo en que reluce en el cielo la luz de Amón-Ra.

Cuando Imhotep hubo hablado, Senptah se despertó. Abrió los ojos y se postró de rodillas para adorar a este dios venerable. Esa misma tarde informó de la visión que había tenido a los Profetas del templo de Ptah, a los Jefes de los Secretos, a los Libadores Divinos y a los artesanos de la Casa del Oro. A estos, les ordenó que hicieran un trabajo excelente en la Sala Santa. Todo lo que Senptah ordenó fue realizado. Todo se hizo del modo en que Imhotep había deseado.

Ordenó luego Senptah que se realizara una ceremonia funeraria de Apertura de la Boca para Imhotep y se ocupó de que se llevara a cabo una gran ofrenda de todas las cosas buenas para este dios venerable. Después, alegró los corazones de todos los artesanos que habían trabajado otorgándoles cosas gratas a sus necesidades y sus sentidos. Feliz por todo ello Imhotep concedió que Taimhotep quedase encinta de un hijo varón...

sábado, 14 de agosto de 2010

EL SUEÑO DE SENPTAH

Ensoñación fotográfica




Uno de aquellos días sucedió que Senptah llegó a Menfis a la hora del mediodía. Estaba cansado tras haber realizado un viaje y se acostó en el jardín buscando la dulce sombra de un sicomoro.

Fue entonces, en el momento en que el sol alcanzaba su cenit, cuando su mente vagaba por el mundo de los sueños, cuando sintió que Imhotep, el gran dios, hijo de Ptah, tomaba posesión de su cuerpo. Pudo así Senptah escuchar como la Majestad de este noble dios, de mismo modo en que un padre se dirige a su hijo, le hablaba a través de su propia boca. Le dijo:

-Mírame, obsérvame, Senptah, amado por Ptah, mi padre… Quiero que me escuches, hijo mío, soy Imhotep, tu padre. Me has pedido un hijo varón y yo he accedido a concederte eso que tu corazón desea. Yo te daré un hijo varón y toda la tierra que ilumina el Ojo de Ra se sentirá feliz. Tu mandíbula reirá plena de gozo. La mandíbula de Taimhotep, tu esposa, te acompañará en la risa. Debes saber que mi rostro lleva fijándose en ti desde hace muchos años. Mi corazón te pertenece y tú me perteneces a mí.

-Antes -prosiguió el dios-, debes escucharme. Quiero pedirte algo…


(Estos días veraniegos vengo dedicando algo de tiempo a dar forma a dos nuevos “Cuentos Egipcios”… Uno de ellos se titulará “El fantasma del Valle de los Reyes”. Hace algún tiempo ya publiqué un pequeño fragmento en “Imágenes y palabras”. El otro cuento, del que ahora publico su inicio llevará por título “El sueño de Senptah” y girará en torno a la legendaria figura de Imhotep, el hombre que llegó a ser dios.

De momento, estoy dando forma a los dos cuentos… Espero ser capaz de terminarlos en estos próximos días…)

miércoles, 5 de mayo de 2010

UN POSIBLE CUENTO EGIPCIO...




El Señor del Doble País sentía que el dolor atormentaba su frente; la preocupación oprimía su pecho. Corría entonces el año dieciséis del reinado en la tierra del rey del Alto y Bajo Egipto Ramsés IX, el Hijo de Re, Señor de las Diademas como Amón, amado de Amón-Re, rey de los dioses, y de Re-Harakhty, dotado de vida por siempre y para siempre.

El dolor lo tenía postrado y las gentes, a su alrededor, estaban tristes. Su Majestad sentía la opresión en su corazón porque en los dos últimos años la inundación de las tierras del valle por las aguas del Nilo no se había producido a su debido tiempo. Las cosechas, debido a la insuficiencia de agua, habían sido pobres y en las casas escaseaban los alimentos. Los niños lloraban de hambre, los jóvenes sentían que sus cuerpos desfallecían y los ancianos, con las piernas cruzadas sobre sus cuerpos, yacían acurrucados en el suelo.

Fue entonces cuando su Majestad, el Hijo de Horus, extenuado por la preocupación que embargaba su pecho y el dolor que oprimía su frente hizo llamar al Gran Profeta Merisu, Sumo Sacerdote de Amón-Re, padre de los dioses. Le dijo…

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miércoles, 3 de febrero de 2010

EL ESPÍRITU Y LA PRINCESA





La princesa de Bakhtan es el nombre que los egiptólogos habrían dado a cierta narración que alguien encontró grabada en signos jeroglíficos en una estela de piedra que afloró cuando se estaba excavando en las inmediaciones del templo de Khonsu, en Karnak. Dicen los sabios que la estela, aflorada en 1829, se conservaría actualmente en el Museo del Louvre.

Al parecer, la narración que alguien ordenó esculpir en la piedra sería un texto de tipo propagandístico que los sacerdotes tebanos habrían elaborado como acción de alabanza al dios Khonsu, al que se atribuía entre sus poderes mágicos una capacidad especial para ahuyentar a los espíritus que molestan a los hombres. Las singularidades del texto conservado, no obstante, parecen sugerir que el relato tendría su inspiración en alguna leyenda popular antigua que los sacerdotes, en un tiempo posterior, habrían querido transformar en un documento de alabanza dotado de caracteres de oficialidad.

En el texto se hace saber al lector que los acontecimientos que narra habrían acontecido durante el reinado de Ramsés II si bien está documentado que se trata de una narración apócrifa ya que el autor, erróneamente, atribuye al supuesto Ramsés II diversos títulos en su protocolo que realmente no corresponden a este rey sino a Thutmosis IV. En todo caso, la inscripción nos habla de cierto rey egipcio que ha desposado con una princesa extranjera, de nombre Neferure, que habría nacido en el lejano reino de Bakhtan, quizás lo que nosotros conocemos ahora como Bactriana. La protagonista de la historia es Bentrech, hermana menor de Neferure, de la que se nos dice que está gravemente enferma desconociendo los médicos de su reino el posible modo de curarla.

Ante esa situación el monarca de Bakhtan habría decidido solicitar la ayuda de Ramsés II, al que pide que envíe algún mago que se ocupe de la salud de la princesa. Por encargo del faraón uno de los mejores sanadores egipcios se trasladará al lejano reino y tras examinar a Bentrech tomará pronto conciencia de que la princesa está poseída por un espíritu merodeador, de los que traen las enfermedades a los hombres:

“Cuando el sabio llegó a Bakhtan –se indica en el texto jeroglífico-, se encontró a Bentrech en el estado de alguien que está poseída por un espíritu; se encontró por otro lado que se trataba de un enemigo al que había que combatir...”

Encontrándose el mago con que el espíritu es un ente de gran fuerza informará a Ramsés II que piensa que será necesario que una divinidad egipcia poseedora de grandes poderes mágicos sea trasladada al reino de Bakhtan para conseguir la expulsión del intruso del cuerpo de la princesa.

El faraón decidirá, finalmente, que habrá de ser Khonsu, en su acepción de “Khonsu el que gobierna en Tebas” quien viajará al país lejano, no sin que antes el propio “Khonsu el Grande” le provea adecuadamente con sus fluidos de poder, que le suministrará a través de cuatro “pasadas” mágicas que se citan expresamente en el texto. Es de especial interés este fragmento de la narración en el que se nos informa de uno de los rituales mágicos que practicaban los egipcios: en el relato podemos ver como “Khonsu el Grande” transmitirá su poder a “Khonsu el que gobierna en Tebas” a través de varias “pasadas” repetidas y que posteriormente esta segunda divinidad hará lo mismo con la princesa posesa:

“Provéelo con tu fluido mágico –le dirá el rey a “Khonsu el Grande”-, para que yo haga ir a Su Santidad a Bakhtan para salvar a la hija del príncipe.”

Y más adelante se nos dirá que: “Entonces este dios se dirigió al lugar en que se encontraba Bentrech. Hizo pasar el fluido mágico a la hija del príncipe y ella se encontró bien de inmediato”.

Finaliza esta curiosa narración, que nos habla de los inmensos poderes mágicos de Khonsu, diciéndonos que el espíritu invasor, reconociendo el gran poder del dios, se declaró de inmediato su siervo, marchándose luego en paz, con la aquiescencia de Khonsu. Vemos así que esta divinidad tebana queda al fin reconocida como dotada de poderes especiales que permiten poner en fuga a esos espíritus molestos que a veces entran en posesión de los cuerpos de los hombres.



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jueves, 12 de noviembre de 2009

A UNA MUJER MUERTA





“Al excelente espíritu de Ankhiry:

Quiero que sepas, Ankhiry, tú que fuiste mi esposa, que yo, Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, nunca cometí ningún crimen contra ti… Todas las noches, sin embargo, estoy sumergido en el miedo que me produce contemplar, horrorizado, como tu espíritu se manifiesta ante mi corazón. Los estremecimientos que me produces, desde hace muchos meses, impiden que Ahmosis pueda dormir. No se porqué has decidido que el miedo sea el señor de mi cuerpo… ¿Qué falta cometí para que cada noche me acose tu espíritu?, ¿qué es lo que hice para quedar esclavo de ese temor que tú, la mujer a la que tanto amé, me produces cada noche?

Quiero que sepas que yo, Ahmosis, siempre te traté del modo en que un oficial del faraón debe tratar a su esposa… Solo una vez me aleje de ti. Fue cuando nuestro rey me ordenó viajar a la Tierra del Horizonte. Su Majestad deseaba que Ahmosis trajera de aquel país lejano una Mujer Belluda y un Hombre Niño… Cuando regresé supe que Ankhiry ya no vivía en la Tierra Negra… Tu espíritu se había ido al Reino de los Muertos. Sabes que lloré por ti y que hice todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta.

Sabes también que antes de ese viaje a la Tierra del Horizonte, del que regresé con riquezas y esclavos, siempre te traté como una mujer debe ser tratada. Nunca permití que tu corazón sufriera. Siempre quise que estuvieras a mi lado. Nada te oculté en los días de tu vida. No consentí que sufrieras dolor alguno. Nunca me acusaste de que te sintieras desatendida. Nunca te traté como si yo fuera un campesino que entra en una casa extraña y desconoce como debe comportarse. Sabes que repartí entre tu cuerpo y el de nuestra amada esclava Gilukhipa mis deseos sexuales, tal y como debe actuar un oficial del faraón. Ahmosis siempre quiso complacer tanto a su esposa como a la Mujer de Ojos Ardientes a la que hizo esclava tras derrotar a los Hombres de las Arenas. Bien sabes que nunca entré en la noche en los cuartos de tus hermanas. Sabes también, Ankhiry, que nunca dejé que te faltaran tus ungüentos, tus provisiones y tus ropas. Nunca me desentendí de ti. Siempre dije a los hombres: “Ella está aquí y Ahmosis cuida de ella”.

Pero, mira, Ankhiry, no sabes apreciar el bien que hice contigo. Desde que supe de tu muerte ordené que todas las cosas buenas estuvieran en tu Casa de Eternidad. Nunca han faltado en tu tumba las ofrendas de carne, cebada y espelta. Todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta lo ha hecho Ahmosis por Ankhiry. Sabes también que hice que Gilukhipa, la “Mujer de las Arenas”, llorase también tu ausencia.

¿Porqué, entonces, no eres capaz de distinguir el bien del mal?, ¿porqué tu espíritu se manifiesta todas las noches y me produce miedos intensos?, ¿porqué no dejas que mi cuerpo descanse por las noches?. Mira, Ankhiry, he escrito esta carta, que voy a depositar en tu Casa de Eternidad, para que sepas que he decidido emplazarte ante el Tribunal de la Enéada de dioses. Ra y los grandes dioses sabrán que Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, está siendo atormentado por tu excelente espíritu. Ellos serán, cuando sepan que el miedo invade mi corazón, los que decidirán que es lo que se tiene que hacer.”


Nota del traductor
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Esta documentado que los antiguos egipcios, en ciertas ocasiones, no dudaban en escribir cartas a los muertos. La carta que nos ocupa habría sido depositada junto con algunas ofrendas en la tumba de su esposa por un viudo atormentado por el excelente espíritu de ella. En el texto el hombre hace saber a la difunta que va a denunciarla ante el Tribunal de los dioses.

Deseando profundizar en esta inquietante cuestión, Antiqva no dudó en consultar los archivos de la Casa de la Vida del templo de Amón en Tebas. Al poco, tuvo la suerte inmensa de encontrar en un antiguo papiro el reflejo de las actas de ese juicio celestial. Un escriba Ágil de dedos se había encargado, hace miles de años, de reproducir lo que Ankhiry había argumentado en el proceso y lo que, finalmente, los dioses habían establecido conforme a Maat. Supo así Antiqva que lo que la difunta reprochaba a su esposo era que cuando ella murió su cuerpo había sido momificado y se le había practicado la magia de la Apertura de la Boca. Luego se había depositado su momia en la Casa de Eternidad, pero nadie se había ocupado de realizar el ritual de las Cuatro Antorchas de Glorificación, a través del cual la Luz divina de Ra tendría que haber iluminado al espíritu de Ankhiry cuando este, en la noche, estaba atravesando el Inframundo de Osiris en busca del Reino Celeste de Ra.

Sin la luz de Horus que emiten las antorchas y sin las palabras mágicas de los rituales, Ankhiry había quedado atrapada en el Reino de la Noche y por eso, una y otra vez, su espíritu, lleno de terror y angustia, se manifestaba ante su viudo, solicitando su auxilio. Lo que ocurre, seguro que todos lo sabéis, es que los muertos no son capaces de traducir a los vivos, en palabras, lo que desean. Ese fue el motivo de que Ahmosis, tras las continuas apariciones del espíritu de la difunta, hubiera estado a punto de enloquecer de miedo.


Nota final
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Debe Antiqva dejar constancia de que todo lo que el lector ha leído es una mera fabulación. Sin embargo, en el Papiro Leyden 371 se ha conservado el texto de una carta real que un viudo dirigía a su esposa muerta, llamada precisamente Ankhiry, nombre que hemos querido mantener en nuestro cuento. Parece que el papiro se encontró enrollado en torno a una figurita femenina en la tumba de la mujer.

Digamos, finalmente, que Antiqva ha sabido que una vez que se realizaron los rituales de las Cuatro Antorchas de Glorificación, tal y como están establecidos en el capítulo 137 del “Libro de los Muertos”, Ankhiry cesó de manifestarse a su atormentado esposo. Desde entonces, en el Cielo, luce una estrella más.


viernes, 18 de septiembre de 2009

EL VELO DE ISIS

Imagen: Antiqva



Cierto día, de súbito, mientras acariciaba a su gato, la mujer sintió el deseo de acceder a la Luz de Ra, de modo que se puso en camino. Necesitaba encontrar a un maestro que quisiera iniciarla en los misterios de la vida y la muerte.

Cuando, tras una búsqueda ardua, alguien le presentó al maestro, este le dijo:

-Si deseas recibir la Luz de Ra, si deseas ser una “Iluminada”, debes limitarte, simplemente, a vivir el tiempo presente. Entonces serás capaz de olvidar el pasado. Dejarás, también, de temer al futuro. Sentirás, en ese momento, que para quien busca la Luz solo existe el ahora. Sabrás que nada del pasado y del futuro es real y a nada temerás. Será entonces, cuando solo vivas el tiempo presente, cuando gracias a la meditación, si Ra te concede ese don, habrá de llegarte la Iluminación.

-Sin duda –prosiguió el maestro- esta será una tarea difícil. Debes ser consciente desde ahora de que en una sola vida quizás no seas capaz de conseguir tu objetivo… Si así sucede, cuando te llegue la muerte y tu alma tenga que volver a encarnarse en la materia, debes recordar lo que te estoy diciendo. Solo recordando podrás, algún día, acceder a la Luz. Cuando eso suceda, a partir de entonces, tu espíritu habrá vencido a la materia y lograrás, al fin, eludir la rueda de las reencarnaciones. Entonces, sentirás que Ra está cerca de tu alma.

-Hace mucho tiempo, un hombre sabio lo dejó escrito –terminó diciendo el maestro-:


“Vivir en la Luz consiste en no pensar en nada.
Una vez lo comprendes, estar de pie, sentarse o estar tumbado,
todo lo que haces es Luz.
Comprender que la mente está vacía es ver a Ra.”


Durante toda su vida, la mujer se esforzó por hacer lo que el maestro le había explicado, pero siempre sintió que no era capaz de acceder a la Luz. Para ella, el pasado y el futuro seguían existiendo. Siempre fue consciente de que a pesar de su empeño jamás había conseguido vivir solamente el tiempo presente. Nunca se sintió libre de preocupaciones.

Dicen los que saben de estas cosas que cuando murió, la mujer quiso reencarnarse en un gato. Ella sabía que estos animales solo viven el momento presente. La mujer, sin duda, no había olvidado las palabras del maestro.

Algún tiempo después, las gentes de la aldea, sorprendidas, supieron que alguien se había topado en las calles con un gato cuyo cuello estaba circundado por una correa. Sujeto a ella, alguien había colocado una lámina de cobre en la que se podía leer una inscripción enigmática:



“El velo que oculta la Luz:
¡Palabras!
El camino va más allá del lenguaje,
ya que en él no hay
ayer
ni mañana
ni hoy.”



Todos sabían que en los últimos años de su vida la mujer había llevado esa lámina de cobre sobre su pecho, colgando del cuello. Decía, cuando alguien le preguntaba, que no quería que su corazón olvidara esas palabras. Así fue, según dicen, como todos supieron que su espíritu había retornado a la aldea.

Cuentan los maestros que cuando el gato murió se reencarnó en una diosa… Parece que todos la llaman Isis y afirman las gentes que saben de estas cosas que ningún mortal ha conseguido, hasta ahora, “descubrir su velo”.




ACLARACIONES



Este cuento que hemos titulado “El velo de Isis” es una fabulación en la que conscientemente hemos incurrido en algunos “anacronismos” en los que pretendemos profundizar:

Ante todo, los historiadores sostienen que los egipcios no creían en la reencarnación. Antiqva, sin embargo, sabe que Heródoto afirmó que los egipcios habían sido los primeros hombres que habían creído en estas cosas y que los iniciados griegos, seguidores de Orfeo, no habían hecho sino adoptar sus creencias. Llama la atención, por tanto, que los antiguos griegos pensaran que los egipcios habían sido los primeros hombres que habían creído en la reencarnación y que, sin embargo, los historiadores modernos lo nieguen.

En este contexto de creencias, Antiqva siempre ha tenido la sospecha de que es posible que los egipcios con sus ritos de momificación de los cadáveres quizás lo que pretendían era que el Ba (espíritu) de los difuntos quedase vinculado al cuerpo del fallecido durante toda la eternidad. Existiendo ese vínculo potente entre el espíritu y el cuerpo es posible que el espíritu no pudiera reencarnarse en otro cuerpo distinto, de modo que quedara libre para “volar al Cielo”. Los “Textos de las Pirámides” ya lo sugieren cuando indican que “el cuerpo es para la tierra y el Ba es para el Cielo”, entendiendo el Cielo como el Reino de la Luz de Ra. Si eran conscientes de que el cuerpo “era para la tierra” ¿porqué se tomaban tanto interés en conservarlo momificado?

Por otro lado, el trasfondo de este cuento estaría, sin duda, vinculado estrechamente con las creencias propias del Budismo. De hecho, el poema que hemos intercalado en el texto se debe a la pluma del maestro Bodhidharma que nos dejó escrito lo siguiente:



“El Zen consiste en no pensar en nada.
Una vez lo comprendes, estar de pie, sentarse o estar tumbado,
todo lo que haces es Zen.
Comprender que la mente está vacía es ver a Buda.”



Lo que ocurre es que realmente no sabemos en que consistían las creencias mistéricas egipcias, si bien Antiqva siempre ha pensado que en el fondo posiblemente fueran similares a las de otras antiguas culturas que también se han interesado por estas mismas cuestiones.

A fin de cuentas, estas son las posibilidades que uno puede manejar cuando escribe una fabulación y no un texto puramente histórico… En el caso de los cuentos, el escritor se puede atribuir ciertas licencias, aunque Antiqva, que intenta ser honesto, desea dejar constancia de ellas.


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jueves, 13 de agosto de 2009

AHMOSIS EN LA TIERRA DEL HORIZONTE (Y III)

Imagen: Antiqva




La carta del faraón
(En la propia cámara funeraria, en la pared oeste)

Estábamos siguiendo la ruta de los Oasis, camino de la Tierra Negra, cuando nos encontramos con un grupo de jinetes que venía a nuestro encuentro, con un mensaje del rey. Cuando tuve en mis manos el papiro pude leer:

“Sello del rey: Año II, día 15 del mes tercero de la Inundación. Decreto real para el Compañero Único, Ahmosis, Capitán de los Arqueros. Se ha tenido conocimiento de la carta que habías enviado al rey, al Palacio, para hacer que se sepa que has regresado felizmente de Yam, junto con la tropa que estaba contigo. Dices en tu carta que has traído todo tipo de productos grandes y buenos, que el príncipe de Yam ha dado para el Ka del rey, que vive para siempre.

Has dicho también en tu carta que has traído del país de los Habitantes del Horizonte una Mujer Belluda y un Hombre-Niño para las “Danzas del Dios”.

Has dicho que el Hombre-Niño es igual que el Hombre-Niño que el canciller del dios Baurdjed trajo del país del Punt en tiempos del rey Isasi. Has dicho a mi majestad que no había sido traído nada igual a esos presentes por ningún otro que haya ido a Yam previamente.

Tu sabes ciertamente hacer lo que tu señor quiere y aprecia. Verdaderamente pasas el día y la noche pensando en hacer lo que tu señor ama, aprecia y manda. Su majestad proveerá tus múltiples y honorables dignidades para el beneficio del hijo de tu hijo eternamente, de forma que toda la gente dirá, cuando oigan lo que mi majestad hizo para ti: “¿Hay algo similar a lo que fue hecho para el Compañero Único Ahmosis cuando regresó de Yam, a causa de la vigilancia que mostró en hacer lo que su señor amaba, alababa y ordenaba?”

Ven hacia el norte, hacia la Residencia Real, inmediatamente. Apresúrate y lleva contigo a ese Hombre-Niño que tú has traído del país de los Habitantes del Horizonte vivo, sano y salvo, para las “Danzas del Dios”, para alegrar el corazón, para deleitar el corazón del rey y del hijo del rey. Cuando suba contigo al barco, haz que haya hombres capaces que estén alrededor de él en cubierta, para evitar que caiga al agua. Cuando duerma por la noche, haz que hombres capaces duerman alrededor de él en su tienda. Ve a controlarlo diez veces por la noche. Mi majestad desea ver a ese Hombre-Niño más que los productos de la tierra de las minas y del Punt.

Haz lo mismo con la Mujer Belluda, que mi corazón anhela conocer.

Cuando llegues a la Residencia Real, si ambos están vivos, mi majestad hará para ti grandes cosas, más que lo que fue hecho para el canciller del dios Baurdjed en tiempos del rey Isasi, de acuerdo con el deseo de mi majestad. Han sido enviadas órdenes al “jefe de las ciudades nuevas”, Compañero y Superior de los Sacerdotes, para mandar que se te proporcionen suministros de lo que está a cargo de cada uno, de cada almacén, de cada depósito y cada templo que no disfrute de exenciones.”


Esperando la muerte
(En la base del sarcófago)

Ahmosis dice ahora que todo lo que el rey le prometía en esa carta fue cumplido.

Ahmosis dice ahora que ha ordenado que esa carta de su Señor fuese reproducida en su tumba, para toda la eternidad.

Cuando Ahmosis, al frente de la expedición que volvía de la tierra de Yam, arribó a Tebas fue recibido por el rey y por todos los hombres de Egipto, que estaban alborotados y felices.

Pero ese día Ankhiry no le estaba esperando. Se me dijo que su espíritu se había ido al reino de Occidente a los pocos meses de que Ahmosis partiera para la tierra de Yam. Ahmosis lloró amargamente y ni siquiera Gilukhipa, su esclava, la Mujer de los Ojos Ardientes, pudo consolar su dolor.

Ahora, cuando han pasado los años, todos saben que Ahmosis ha sido un ciudadano excelente en la batalla, un camarada para su gente. He sido uno querido por su padre, alabado por su madre, a quien aman sus hermanos, grato para sus parientes e hijos. Yo me alce desde lo último de mi padre por el poder del rey. Viví en el deseo de un buen carácter y en el deseo de hacer bien las cosas. Yo soy uno que habla por su propia boca y que actúa con su propio brazo. No hay nadie que hable mal del reverenciado Ahmosis. Soy la vanguardia de los hombres; soy la retaguardia de los hombres, porque nadie igual a mí ha existido, ni existirá, y porque nadie igual a mí ha nacido ni nacerá.
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domingo, 9 de agosto de 2009

AHMOSIS EN LA TIERRA DEL HORIZONTE (II)

Imagen: Antiqva




Viaje a la tierra de Yam
(En la propia cámara funeraria, en la pared este)

Nuestro rey, que alababa la valentía de Ahmosis, le hizo llamar a la Gran Mansión.

Me dijo:

“Te ordeno que siguiendo la ruta de Elefantina, descendiendo por Irtjet, Makher, Terers e Irtjetj, viajes a la tierra de Yam, para abrir la ruta a ese país.

Es mi deseo que saludes al rey de Yam y que viajes luego a la tierra de los Habitantes del Horizonte, de donde debes traer una Mujer Belluda y un Hombre-Niño que quiero entregar a mi hijo para que sea feliz contemplándolos. Cumple mis deseos, Ahmosis, y viaja a esas tierras lejanas que están situada al sur, más allá del Alto Egipto.”

Y fue así como las lágrimas cayeron por las mejillas de Ankhiry el día en que Ahmosis, al mando de cien arqueros y cien soldados de la caballería real, se alejó de Tebas camino de la tierra de Yam.

Tardamos más de siete meses en culminar nuestro viaje, en el que fuimos siguiendo la ruta de los Oasis. Cuando, al fin, llegamos a Yam supimos que su rey había sido asesinado en una excursión de los Hombres de las Arenas. Viendo que los hombres de Yam estaban llorando por su desgracia Ahmosis, al frente de sus soldados, tras saludar al príncipe, salió a la búsqueda de esos criminales que habían ofendido a los dioses de Egipto atacando a un pueblo que nuestro rey consideraba amigo.

Hacía once días que buscábamos a los criminales cuando aquellos hombres sin ley, que nos acechaban, nos atacaron. Ahmosis ordenó que los arqueros formaran un círculo y la caballería fue colocada en su interior. Pronto, la nube de flechas hizo que desapareciera la luz del sol y los Hombres de las Arenas fueron aniquilados. Cuando los últimos de ellos, inundados por el terror, se ponían en fuga, ordené que se abrieran las líneas de los arqueros y que la caballería saliera en su persecución.

Aquel día murieron todos los Hombres de las Arenas. Cortamos todas sus manos, que sumaron un total de trescientas sesenta manos. Capturamos luego a sus ancianos, mujeres y niños. Cuando iniciamos el retorno a Yam llevábamos cincuenta esclavas. Todos los ancianos, los niños y las restantes mujeres de aquel pueblo malvado habían sido abandonados a los chacales.

Así fue como Ahmosis alcanzó su gran victoria sobre los Hombres de las Arenas, que causaban temor en la tierra de Yam y que fueron exterminados por los soldados del rey de Egipto.

Yo, que añoraba el calor de Ankhiry, tomé a una de las esclavas que habíamos apresado. Su nombre bárbaro era Gilukhipa pero todos la conocían como la Mujer de los Ojos Ardientes. Ella era la más bella de todas aquellas mujeres. Desde entonces, Gilukhipa, con sus pechos, calentó el cuerpo y el corazón de Ahmosis, que se sintió feliz.


Regreso a Egipto
(En la propia cámara funeraria, en la pared sur)

Todo el oro y la plata que habíamos arrebatado a los Hombres de las Arenas y las manos de los vencidos ordené que fueran entregadas al príncipe de Yam, como un gesto amistoso de nuestro rey. Él nos mostró su agradecimiento y ordenó que sus hombres nos ayudaran a capturar aquellos seres especiales con los que el faraón nos había ordenado regresar a Egipto.

Y fue así como iniciamos otro largo viaje a la tierra de los Habitantes del Horizonte, atravesando lugares en los que hasta entonces ningún hombre egipcio había puesto sus pies… Y llegados a la tierra de los Habitantes del Horizonte, los hombres de Yam nos ayudaron a capturar una de las mujeres belludas. Sin su ayuda no hubiéramos podido conseguirlo. Pronto avistamos, entre los árboles, a un grupo de ellas, pero cuando nos acercamos pudimos comprobar que eran unas mujeres feroces, de terrible apariencia y que estaban dotadas de poderosos colmillos. Gracias a los venenos de las flechas de los hombres de Yam pudimos adormecer a una de ellas que pronto envolvimos en una red de cuerdas. El jefe de los hombres de Yam me dijo que aquella terrible mujer se llamaba, en su lengua, “Gorila”.

No encontramos allí ningún Hombre-Niño pero en el palacio de Yam tenían varios esclavos y el príncipe nos entregó uno de ellos, que se llamaba, según nos dijo “Pigmeo”.

Y fue así como Ahmosis se despidió del principe de Yam e inició el regreso a la Tierra Negra. Volvimos de la tierra de Yam con “Gorila”, “Pigmeo”, las cincuenta esclavas y más de trescientos burros cargados de incienso, ébano, aceites, pieles de pantera, colmillos de elefante y palos arrojadizos, así como todo tipo de bienes y presentes con los que el príncipe, agradecido por haber exterminado a los Hombres de las Arenas, quería mostrar su agradecimiento a nuestro rey. Para entonces, Gilukhipa había conquistado el amor de Ahmosis, que se sentía feliz.



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miércoles, 5 de agosto de 2009

AHMOSIS EN LA TIERRA DEL HORIZONTE (I)

Imagen: Antiqva



(TEXTOS DE LA TUMBA DE AHMOSIS)


Ofrendas del rey e invocación a Anubis
(Sobre la entrada de la tumba)

Ofrenda que da el rey: que nunca falten en la necrópolis el pan, la espelta y la cerveza, ni ninguna cosa buena, para él, Ahmosis, Capitán de los Arqueros...

Invocación a Anubis (Señor de la Necrópolis): que Ahmosis sea enterrado en la necrópolis del desierto occidental después de haber alcanzado felizmente una avanzada edad como un reverenciado junto al Gran Dios… Que Ahmosis pueda caminar en paz por los sagrados caminos del Occidente hacia el Señor del Cielo, como un espíritu reverenciado…


Alabanza de Ahmosis
(Sobre las paredes de los corredores de acceso a la cámara funeraria)

He llegado hoy de mi ciudad a esta necrópolis. Desde mi casa en la tierra he descendido a esta Mansión de Eternidad que me hice construir…

Yo fue un hombre excelente. Fui un hombre querido por su padre. Fui un hombre alabado por su madre. Fui un hombre amado por todos sus hermanos. Mis hijos lloraron el día en que fui llevado a la necrópolis. Envuelta en el silencio, Ankhiry, mi esposa, aguardaba mi llegada al reino de Occidente. Gilukhipa, mi esclava y mi amada, también lloró el día en que fui llevado a la necrópolis.

Ahmosis fue un hombre excelente que dio pan al hambriento y vestidos al que estaba desnudo. Ahmosis transportó en su barca a todos aquellos que no tenían barca…

Oh, vosotros, vivientes, que vivís sobre la tierra y que pasáis ante esta tumba, hacia el norte o hacia el sur, os pido que digáis:

“Sean concedidos dos mil panes, espelta y cerveza para el señor de esta tumba. Qué ninguna cosa buena falte a su Ka en el reino de Occidente”.

Si lo hacéis, Ahmosis velará por vosotros desde el reino de Occidente, porque Ahmosis es un espíritu excelente y bien equipado, y su Sacerdote Lector sabe que la palabra de Ahmosis es poderosa en magia.

Y con respecto a todo aquel que penetre en esta tumba sin estar purificado, el espíritu de Ahmosis lo atrapará como si fuera un pajarillo y lo entregará al Gran Dios para que sea juzgado y aniquilado. Su nombre será olvidado por toda la eternidad.

Yo, Ahmosis, fui uno que hizo el bien. Yo, Ahmosis, fui uno que dijo el bien. Yo, Ahmosis, fui uno que repitió lo que se deseaba que Ahmosis repitiera. Jamás dije maldad alguna. Jamás incité al poderoso a que actuara injustamente contra un hombre.

Yo, Ahmosis, Capitán de los Arqueros Reales, hice siempre el bien. Yo, Ahmosis, fui un hombre excelente. Yo, Ahmosis, quise estar siempre a bien con el Gran Dios. Yo, Ahmosis, nunca permití que se privara a un hijo de los bienes de su padre…


Capitán de Arqueros
(En la propia cámara funeraria, en la pared norte)

El Capitán de los Arqueros Reales Ahmosis, hijo de Ibana, Justo de Voz, dice:

Ahmosis os habla a vosotros, gente toda, desde mi tumba para hacer que lleguéis a conocer los favores que me acontecieron en mi vida. Fui recompensado tres veces por el rey, a la vista del país entero, con el “Oro del Valor”, así como con multitud de esclavos y esclavas. El rey, agradecido por mi arrojo en el combate, hizo que se me dotase con numerosas tierras. Mi fama de hombre valiente quedará en la memoria de los hombres para siempre. Mi nombre, por toda la eternidad, no desaparecerá de la tierra.

Ibana, mi padre, era arquero del rey; Udimu, el padre de mi padre, había sido arquero real, y Ahmosis, cuando era todavía joven, fue enrolado en los arqueros reales.

A las órdenes de mi padre, Ibana, yo participé en las cinco campañas que el rey ordenó realizar para liberar al Bajo Egipto de la amenaza de los pueblos asiáticos. Ahmosis supo actuar con valentía y sus hazañas corrieron de boca en boca en el Doble País. En esas cinco campañas Ahmosis consiguió las manos de quince enemigos y capturo siete cautivos que fueron entregados al rey.

Cuando los asiáticos fueron aniquilados, nuestro Señor, alegre por la valentía de Ahmosis, le concedió el “Oro del Valor” y ordenó que fuese nombrado capitán de su cuerpo de arqueros. Fue en ese tiempo cuando Ahmosis desposó con su amada Ankhiry.



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martes, 24 de febrero de 2009

LA MALDICIÓN DE RA (Y III)

Doble representación de la Cúpula Celeste



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Inundada de lágrimas, consciente de que nunca podría tener hijos, Nut decidió un día hablar de todo ello con el propio Thot, divinidad que simbolizaba la sabiduría y a la que Dios había adjudicado la Luna. No pensaba Nut que Thot pudiera brindarle alguna solución, dada la ira que había manifestado Ra, más bien pretendía encontrar el consuelo que se obtiene en el alma cuando alguien llora en presencia de un amigo. Y Nut, arrepentida de eso que había hecho, que quizás nunca lleguemos a conocer, lloró y lloró de manera desconsolada aquella noche.

Entonces fue cuando Thot, dios de la sabiduría, creador del idioma de los dioses (los jeroglíficos) y al que los griegos habrían de llamar Hermes Trimesgisto (el Tres Veces Grande), tuvo una idea que habría de permitir que la maldición de Ra fuera, de algún modo, eludida.

Thot hizo saber a la Luna que deseaba jugar con ella una partida de dados, y esta –que a fin de cuentas había sido colocada “a las órdenes” de él por Ra- no pudo eludir esa invitación al juego, que se fue desarrollando a lo largo de multitud de sesiones en las que Thot resultó siempre –una y otra vez- vencedor.

Se habían realizado muchas sesiones de juego, todas perdidas por la Luna, cuando esta decidió, abrumada por la derrota, jugarse lo más valioso de si misma: decidió jugarse su propia luz. Y sucedió que nuevamente la Luna perdió esa nueva jugada, y siguió perdiendo las partidas que siguieron. Nunca consiguió vencer a Thot, cuya destreza con los dados habría de resultar, desde entonces, proverbial. Fue así como Thot al cabo de muchas sesiones de juego consiguió ganar a la Luna la luz que el precisaba para llevar a cabo la idea que había surgido en su mente para lograr vencer la maldición que pesaba sobre Nut. Gracias a su habilidad con los dados Thot consiguió la luz necesaria para, gracias a su inmenso poder mágico, iluminar el mundo durante cinco días enteros.

Desde entonces los hombres sabemos que la Luna –gran perdedora del juego- no brilla siempre con la misma fuerza. Sabemos que durante ciertos días va decreciendo y durante otros parece ir recuperando su fuerza. El motivo de esas diferencias de poder es que jugando con Thot habría perdido la luz precisa para iluminar esos cinco días enteros.

Buscando favorecer a la desconsolada Nut, que no entendía que ante su aluvión de lágrimas su amigo se hubiera lanzando a un frenético juego de dados con la Luna, Thot hizo todo lo necesario para que esos cinco días que había arrebatado a su rival fuesen colocados entre el último día de cada año que acaba y el primer día del año que le sigue. Surgieron así cinco días que no pertenecían ni al año viejo ni al año nuevo. Eran cinco días que no eran de ningún año.

Así fue como gracias a la estratagema de Thot habría de tener Nut cinco hijos con su amado Geb (la Tierra): el día primero nació Osiris, que habría de ser el Rey de la Ultratumba; el día segundo llegó a la luz Horus el Viejo, símbolo celeste; el día tercero alumbró a Set, que habría de representar a las fuerzas del caos y de lo estéril; el día cuarto nació Isis, la Grande de Magia, Señora del Trono de Egipto, y el quinto día, finalmente, llegó a la vida Neftis, bello símbolo del amor fraterno.

Ah -diréis-, que listo era Thot. Tuvo la habilidad inmensa de sin quebrantar la maldición de Ra –cosa que no hubiera podido hacer- conseguir que Nut cesara en su desconsuelo y diera a luz cinco hijos a cuya existencia se remontan los primeros momentos de la historia de Egipto.

Y es que todo esto habría sucedido, tal como Thot había tramado, en esos cinco días que no pertenecían a ningún año.


Nota final
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Egipto tuvo, en esencia, una cultura típicamente agraria y desde muy antiguo los hombres fueron conscientes de que las cosechas dependían de la Gran Inundación que cada año producían las aguas del Nilo. Sin la fertilidad producida por la crecida de las aguas la vida no hubiera sido posible en las tierras del valle, al menos entendida de la forma en que los egipcios llegaron a desarrollarla.

También desde tiempos antiguos los sacerdotes egipcios se dieron cuenta de que la crecida de las aguas estaba vinculada con el orto helíaco de la estrella Sirio, también llamada Sotis (astro asimilado a la diosa Isis). Buscando fundamentar un conocimiento que les permitiera saber cuando daría inicio la Gran Inundación del año siguiente los egipcios crearon un calendario de 360 días que dividieron en 36 decanos, cada una de ellos regido por los designios de una determinada estrella.

No hubo de pasar mucho tiempo, sin embargo, para que los egipcios llegaran a ser conscientes de que un año de 360 días no les iba a permitir anticipar con una mínima exactitud en que momento se iba a producir la próxima inundación anual. De hecho, se dieron cuenta de que cada año se iba produciendo un desfase (acumulativo) de cinco días. Digamos que el primer año la inundación habría llegado con un retraso de cinco días; el segundo, con diez días; el tercero, con quince… Pronto estuvo claro que resultaba imprescindible añadir otros cinco días al año egipcio para que así este coincidiera con el calendario natural.

Fue entonces cuando Thot habría decidido retar a la Luna a una partida de juego de dados que habría de resultar legendaria.
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