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viernes, 31 de julio de 2009

EL RELOJ DE LA AUDIENCIA

Imagen: Antiqva




¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.


Este poema de Antonio Machado (Campos de Soria, VI) nos permite evocar a un soñador que gustaba de pasear por las calles y plazas de la mística y noble ciudad castellana acompañado por ese hombre que siempre iba consigo…

Cuando Antiqva captó la imagen de este reloj de la Audiencia soriana no pudo sino sentir un cierto estremecimiento. Parece que algunas cosas se nos brindan especialmente revestidas de Historia y sentimiento. Posiblemente nadie, salvo Antonio Machado, había reparado antes en la fuerza poética de lo que no es sino un simple artefacto mecánico…

Ahora, Antiqva se imagina la ciudad, en una noche fría, a la una de la madrugada… La luna llena lo alumbra todo y Soria, siempre sola, está bellísima. Es ahora cuando el breve sonido de la campana de la Audiencia marca la hora solitaria. Antiqva, incluso, puede contemplar como a lo lejos, camino de los soportales, Machado, retraído en sus sueños, las manos en los bolsillos de su abrigo, se aleja…



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miércoles, 29 de julio de 2009

TAO

Imagen: Antiqva



Si un hombre cruza un río
y una barca vacía choca con el esquife,
aunque sea un hombre malhumorado
no se enfadará mucho.
Pero si ve a un hombre en la barca,
le gritará para dirigir el timón.
Y si no oye el grito volverá a gritar
una y otra vez y empezará a maldecir…
y todo porque hay alguien en la barca.
Pero si la barca estuviera vacía, no gritaría
ni se enfadaría.

Si puedes vaciar tu barca
cruzando el río del mundo,
nadie se te opondrá,
nadie querrá hacerte daño.

Chuang Tsé



De Chuang Tsé, que fue discípulo de Lao Tsé y del que poco se sabe, se cuenta que cierta noche habría soñado que era una mariposa. Aquello le había causado un cierto disgusto y uno de sus seguidores le preguntó la causa. “Estoy desconcertado”, habría dicho Chuang Tsé. “Me domina la incertidumbre. Sucede que ahora no sé si soy Chuang Tsé que soñó anoche que era una mariposa o si soy una mariposa que está soñando que es Chuang Tsé.”


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domingo, 26 de julio de 2009

EL CLÉRIGO Y LAS BEATAS



Imágenes: Antiqva




Las cosas se complicaron cierta noche de invierno en que la blanca Luna estaba en cuarto menguante. Simón de Torrehumos, párroco de la iglesia de San Cipriano, llevaba meses cavilando acerca de la conveniencia de alcanzar cierto reprobable acuerdo con Satanás. Esa noche, al fin, bajo los efectos de una Luna temerosa, el clérigo había terminado accediendo a las diabólicas pretensiones.

Simón, en el acuerdo, se comprometía a facilitar el trabajo del diablo para que este pudiera hacerse con el alma de las beatas de su parroquia, en tanto que el Maligno, gracias a un virulento conjuro maléfico, permitiría que el sacerdote se hiciera con la potencia viril de todos los hombres de Sanfelices del Valle. En el pacto con Satanás, el cura no le entregaba su alma sino que se comprometía solamente a facilitar que aquel se pudiera hacer con las almas de las beatas del pueblo.

En aquellos tiempos el clérigo rondaba los cincuenta años de edad y venía sintiendo que su potencia sexual menguaba, de modo que ya no era capaz de atender adecuadamente las pretensiones eróticas de las mujeres que acudían al secreto de la confesión en busca de sosiego para sus almas y sus cuerpos. Simón había llegado a la conclusión de que solamente robando la fuerza viril de los hombres podría satisfacer los deseos amatorios de las beatas. No reparó sin embargo en ese momento, enfebrecido como estaba, en que la colaboración que habría de prestar al diablo para que este se llevara las almas de tantas viudas y solteronas, amén de otras mujeres diversas casadas malamente, habría de impedirle también a él, cuando muriera, acceder al Reino Celeste.

Desde mucho tiempo atrás se rumoreaba en Sanfelices que el párroco de San Cipriano no se distinguía por una vida de buen cristiano. Todos sabían del delirio que sentía por los buenos vinos que se criaban en la comarca y era también conocido el modo ardiente con que “despachaba” a las devotas locales. Muchos sostenían, incluso, que en el secreto de la casa en que habitaba había sido sorprendido alguna vez inhalando los humos que se desprendían de esos inquietantes cigarros de indios que en ciertas ocasiones algún buhonero sin escrúpulos hacía llegar a Sanfelices, a pesar de que la Santa Inquisición lo tenía prohibido, para su entrega a hurtadillas a esos hombres perversos que gustan del disfrute de los placeres prohibidos.

Las sospechas acerca de las ansias amatorias de Simón, que tan mal se ajustaban a la vida de virtud propia de un hombre de Dios, explotaron de súbito en uno de los primeros sermones que nuestro hombre, recién tomada posesión de la parroquia, había dirigido a las gentes. En aquel momento, las beatas, asustadas, habían podido escuchar de labios del cura unas insólitas palabras que habían hecho que las ansias sexuales de sus entrañas se inflamaran de manera sorpresiva:

-Lo dejó escrito Aristóteles –había vociferado el clérigo en un impreciso momento del sermón dominical-, y también lo decía Platón: el hombre por dos cosas labora. La una por haber mantenencia; la otra por haber juntamiento con fembra placentera…

Al escuchar lo de “haber juntamiento con fembra placentera” todos los hombres presentes en la misa abrieron desmesuradamente sus ojos, de modo que estos llegaron a alcanzar el tamaño de platos medianos, en tanto que las mujeres, asustadas, temiendo que aquella noche la Luna, compinchada con algún íncubo, les robara el blanco de los ojos, los dirigieron al suelo con gesto de piedad. Ninguna se atrevió a levantar su mirada hasta que tuvieron constancia de que la misa había terminado. Se cuanta todavía, incluso, que algunas mujeres sufrieron tales sofocos, ante lo insólito de la afirmación clerical, que varias de ellas llegaron a tener miedo de haberse quedado preñadas. Es sabido, a fin de cuentas, que en los pueblos existen curiosas creencias, que nadie se atreve a poner en duda, acerca de la fuerza mágica de las palabras, sobre todo cuando al propio diablo o a algún avispado brujo les da por rondar a las mujeres.

Así fue como Simón de Torrehumos, gracias a ese pacto con el Maligno, alcanzó una potencia sexual desmesurada con la que complacía las eróticas peticiones de las mujeres de Sanfelices. Todas ellas, pecadoras del sexo, habrían de convertirse en carne de los infiernos y a ese lugar se dirigían sus almas, sin miramiento alguno, cuando les alcanzaba la muerte. Al principio, fueron las viudas y las solteronas las que sucumbieron ante los atributos sexuales del clérigo, después las malamente casadas y finalmente todas las mujeres de Sanfelices, una vez que se confirmó que los hombres del pueblo, embrujados, habían perdido su “hombría” y que solamente al cura parecían sobrarle las fuerzas amatorias.

Llegó un momento, sin embargo, cuando habían pasado los años y Simón de Torrehumos se sentía envejecer, en que nuestro clérigo, que a fin de cuentas era un buen cristiano, comenzó a meditar acerca de las consecuencias que sus actos en la tierra habrían de tener en la cada vez más cercana y amenazante vida del más allá. Fue entonces, cuando los miedos se habían apoderado de su alma, cuando Simón decidió establecer en su testamento ciertos juros perpetuos que habrían de rentar el capital necesario para facilitar que a base de misas, responsos y otros actos piadosos que se aplicarían a casar o a meter a monjas a las doncellas pobres, el alma pecadora del clérigo pudiera arribar al fin al tan anhelado Cielo.

En la inscripción funeraria que se conserva en su tumba en la iglesia de San Cipriano de Sanfelices del Valle se puede todavía leer:


AQVI REPOSA EL CVERPO DE SIMON DE TORREHUMOS, HOMBRE DE NVESTRO SEÑOR, EL QVAL MANDO DEZIR EN ESTE ALTAR TRES MISAS REZADAS CON SVS RESPONSOS CADA DIA PERPETVAMENTE. LA UNA A TIEMPO DE PRIMA Y LA OTRA EN ACABANDOSE LA PRIMERA Y LA OTRA A LAS DIEZ HORAS EN BERANO Y EN YNBIERNO A LAS HONZE. DOTOLAS DE TREYNTA CINCO MIL MARAVEDIES DE IURO PERPETVO.

Y DIERONSE A LA FABRICA POR RAZON DESTE ALTAR QVE ES SV SEPVLTURA MIL MARAVEDIES DE IVRO PERPETUOS. DEXO PLATA Y HORNAMENTOS CON QVE SE DIGAN LAS MISAS E CIEN MIL MARAVEDIES PARA COMPRAR RENTA CON QVE SE SOSTENGAN LOS HORNAMENTOS.

DEXO MAS PARA COMPRAR CC Y LXVIII MIL MARAVEDIES DE RENTA PERPETVA PARA AYUDA DE CASAR O METER MONJAS DONZELLAS POBRES.

Y POR PATRÓN DE TODO A LOS VARONES DE SANFELICES LLAMADOS EN SV TESTAMENTO QUE OTORGO ANTE GREGORIO DE MENA, ESCRIBANO PVBLICO.

FALLECIO A TREINTA DE MAYO AÑO DE MIL E QVINIENTOS E QVARENTA E TRES AÑOS. REQVIESCAT IN PACE.


Nunca llegaremos a saber si Simón de Torrehumos consiguió arribar a los cielos. Si sabemos, no obstante, que las misas y los responsos a perpetuidad habrían de caer en el olvido. En nuestros tiempos nadie sabe donde se encuentran los maravedíes que habrían de permitir a las mujeres pobres hacerse con una dote que facilite su casamiento o su entrada en la clausura de un convento. Se dice que los hombres de Sanfelices, a los que el clérigo, atemorizado ante su cercana muerte, había nombrado herederos de su fortuna en desagravio por el robo de su virilidad, no llegaron a prestar ninguna atención a esas disposiciones testamentarias, y es que a la muerte del cura los vecinos sintieron que el ardor sexual retornaba a sus vidas y todos ahora recuperaban lo que antes habían añorado tanto, de modo que todos ellos, de manera frenética, conocedores de la manera en que las mujeres habían holgado con el cura, no dudaron en desplazarse a las ciudades cercanas dispuestos a gastarse los maravedíes de la herencia que portaban en sus faltriqueras.

Todavía hoy se recuerda en la vieja Castilla que las “lupas” y las demás mujeres de vida complaciente que tenían reconocido su oficio en las casas de mancebía de esas poblaciones habrían de sentirse durante varios años desbordadas y alborotadas por los ímpetus amatorios de tantos varones descarriados que desde Sanfelices, alocados, acudían a ellas en busca de consuelo para sus cuerpos.

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viernes, 24 de julio de 2009

miércoles, 22 de julio de 2009

DE CIELOS E INFIERNOS


Imágenes: Antiqva




La inscripción sepulcral de Albaro de Ballid, que puede ser leída por quienes visitan las capillas de la catedral de Burgos, permite que nos acerquemos a las creencias religiosas y funerarias que tenían las personas adineradas en los tiempos del Renacimiento. Tuvimos oportunidad de fotografiarla en estos días pasados cuando recorríamos este templo que luce ahora con un resplandor especial tras los recientes trabajos de restauración que en él se han venido realizando.

El texto funerario llamó nuestra atención debido a que en él se menciona a un tal “Albaro de Ballid”, que en el cartelito que ilustra la tumba se nombra como Álvaro de Valladolid. Nunca antes había reparado Antiqva en que Valladolid, en el siglo XVI, se escribía Ballid.

Nuestro hombre, según indica la inscripción, habría fallecido en 1543 y todo parece sugerir que angustiado por el miedo a que su alma no arribara al Reino de los Cielos, el difunto habría ordenado en su testamento que se constituyeran diversos juros perpetuos que habrían de aplicarse a rezar por él tres misas diarias con sus responsos, así como a sostener el coste de los ornamentos precisos para esos cultos y a facilitar, finalmente, que pudieran contraer matrimonio o entrar en vida conventual las doncellas sin recursos.

En estos momentos nada sabemos acerca de este Albaro de Ballid. Quizás algún día escribamos algún relato en el que fantaseemos acerca de la vida de este personaje tan sugerente que, sin duda, temía que su espíritu quedase atrapado en los infiernos del más allá. Un posible comienzo de ese relato fantástico podría ser el siguiente:

“Las cosas se complicaron cierta noche de invierno en que la blanca Luna estaba en cuarto menguante. Simón de Torrehumos, párroco de la iglesia de San Cipriano, llevaba meses cavilando acerca de la conveniencia de alcanzar cierto reprobable acuerdo con Satanás. Esa noche, al fin, bajo los efectos de una Luna temerosa, el clérigo había terminado accediendo a las diabólicas pretensiones…”

Bueno, si, quizás con esas palabras se podría dar inicio a uno de esos cuentos de Antiqva. No obstante, todo sugiere que no parece que ahora podamos afrontar esa tarea. Lo dejaremos para más adelante. Pasemos, en su lugar, a reproducir lo que vendría a decir la inscripción funeraria que venimos citando:




AQVI REPOSA EL CVERPO DEL NOBLE CIUDADANO ALBARO DE BALLID, EL QVAL MANDO DEZIR
EN ESTE ALTAR TRES MISAS REZADAS CON SVS RESPONSOS CADA DIA PERPETVAMENTE. LA
UNA A TIEMPO DE PRIMA Y LA OTRA EN ACABANDOSE LA PRIMERA Y LA OTRA A LAS DIEZ
HORAS EN BERANO Y EN YNBIERNO A LAS HONZE. DOTOLAS DE TREYNTA CINCO MIL
MARAVEDIES DE IURO PERPETVO.

Y DIERONSE A LA FABRICA POR RAZON
DESTE ALTAR QVE ES SV SEPVLTURA MIL MARAVEDIES DE IVRO PERPETUOS. DEXO PLATA Y
HORNAMENTOS CON QVE SE DIGAN LAS MISAS E CIEN MIL MARAVEDIES PARA COMPRAR RENTA
CON QVE SE SOSTENGAN LOS HORNAMENTOS.

DEXO MAS PARA COMPRAR
CC Y LXVIII MIL MARAVEDIES DE RENTA PERPETVA PARA AYUDA DE CASAR O METER MONJAS
DONZELLAS POBRES.

Y POR PATRÓN DE TODO A ALONSO PESQVERA E DESPVES
DEL A LOS LLAMADOS EN SV TESTAMENTO QUE OTORGO ANTE GREGORIO DE MENA, ESCRIBANO
PVBLICO.

FALLECIO A TREINTA DE MAYO AÑO DE MIL E QVINIENTOS E
QVARENTA E TRES AÑOS. REQVIESCAT IN PACE.



Hasta aquí hemos reproducido, con alguna licencia, la inscripción funeraria de este hombre llamado Álbaro de Ballid, que se conserva en su tumba de la catedral de Burgos. Llegados a este punto, no podemos resistirnos a recordar, por su similitud en los contenidos y en el momento histórico, las palabras con las que Miguel Delibes nos hablaba del testamento de la madre de un iluminado que habría de encontrar la muerte en los quemaderos de la Inquisición. Estamos hablando de su novela “El hereje”. En ella, en relación con las instrucciones de doña Catalina en su testamento, nos habrá de decir don Miguel:

"...don Bernardo y su hermano, el albacea, se sentaron juntos a los pies de la difunta, como era vieja costumbre familiar, para leer sus disposiciones testamentarias. Por primera providencia, doña Catalina deseaba ser enterrada en el atrio del Convento de San Pablo, no en el interior de la iglesia, ya que, a causa de los enterramientos, dentro había unos desagradables efluvios que le quitaban la devoción. Doce mujeres jóvenes y pobres la acompañarían a su última morada, vestidas de azul y blanco y con un cirio encendido en la mano. Don Bernardo abonaría a cada una de ellas un real de vellón por su compañía. El entierro debería efectuarse tras una misa de réquiem en la misma iglesia, a la que seguirían, en fechas sucesivas, un novenario de misas cantadas con diáconos y subdiáconos y otras en cada templo de la villa en la octava de su fallecimiento. Don Bernardo leía estas disposiciones con voz entrecortada, no tanto por su aflicción, como porque conocía la liberalidad de doña Catalina, que temía se manifestara a cada paso. Y su voz temblorosa se quebró del todo cuando, con su característica letra picuda, la difunta ordenaba, sin lugar a otras interpretaciones, que se constituyese un juro en favor del Convento de San Pablo que rentase, cuando menos, dos mil seiscientos cincuenta maravedíes al año..."

Doña Catalina, la madre del hereje, había vivido en la Corredera de San Pablo de Valladolid, en las inmediaciones de donde hoy se alza el Instituto “José Zorrilla”. En ese instituto, tan añorado, estudió Antiqva todos los cursos de Bachillerato.

¡Ay, cuantas tardes habrá pasado Antiqva, fugitivo de las clases, jugando en el atrio del convento de San Pablo…! Entonces, cuando correteábamos entre los vetustos pilares y las cadenas que circundaban el recinto, era frecuente que alguien recordara alguna de las viejas historias y leyendas que se habrían desarrollado en esta plaza… Aquí, a modo de ejemplo, habría llegado a la vida Felipe II, que habría de ser martillo de herejes. En la casa donde nació se aloja ahora el Palacio de la Diputación, en cuyo zaguán unos bellos mosaicos nos hablan de la vida en Valladolid en los tiempos del Siglo de Oro.

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lunes, 6 de julio de 2009

CAMPOS DE CASTILLA

Imagen: Antiqva



El Duero cruza el corazón de roble
de Iberia y de Castilla.

¡Oh, tierra triste y noble,
la de los altos llanos y yermos y roquedas,
de campos sin arados, regatos ni arboledas;
decrépitas ciudades, caminos sin mesones
y atónitos palurdos sin danzas ni canciones
que aún van, abandonando el mortecino hogar,
como tus largos ríos, Castilla, hacia la mar!

Castilla miserable, ayer dominadora,
envuelta en sus andrajos desprecia cuanto ignora.
¿Espera, duerme o sueña? ¿La sangre derramada
recuerda, cuando tuvo la fiebre de la espada?
Todo se mueve, fluye, discurre, corre o gira;
cambian la mar y el monte y el ojo que los mira.
¿Pasó? Sobre sus campos aún el fantasma yerra
de un pueblo que ponía a Dios sobre la guerra.

Antonio Machado (Campos de Castilla)


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domingo, 5 de julio de 2009

SOÑAR EN CASTILLA


Imágenes: Antiqva




Fundirse desea mi alma con Castilla
y sentir el abrazo de su soledad…

Si, quisiera fundirme con Castilla,
con sus pardos campos,
con sus horizontes infinitos.
Fundirme con la tierra que hace siglos,
una vez,
soñó.

Para luego, abrazado a ella,
mis ojos en su cielo y mis pies en su tierra,
soñar yo…

Soñar en esos campos donde duermen los sueños.




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jueves, 2 de julio de 2009

EL AGUA DE LOS SUEÑOS

Imagen: Antiqva



En cierta ocasión, hablando con alguien, a Antiqva le dijeron que en un tiempo pasado había vivido cierta persona de la que se decía que había llegado a conocer a Orfeo, ese mítico ser que había transmitido a los antiguos griegos los conocimientos mistéricos nacidos en Egipto. Parece –le contaron- que aquel hombre, cuando estaba a punto de morir, había hecho saber a sus seres queridos que deseaba que junto a sus cenizas, en la urna funeraria de arcilla, se depositara una lámina de oro en la que estaba grabada cierta inscripción.

Mucho tiempo después, cierta mañana en que Antiqva recorría las salas del Museo Británico reparó en que en una de sus vitrinas estaba expuesta una tira de metal dorado en la que estaban escritas algunas palabras ininteligibles:

“Cuando desciendas –decía la traducción inglesa que Antiqva había podido leer estampada sobre una plancha de metacrilato- a la morada de Hades, verás a la izquierda de la puerta, cerca de un ciprés blanco, una fuente. Es la fuente del olvido. No bebas su agua. Ve más lejos. Entonces encontrarás un agua clara y fresca que mana del lago de la memoria; aproxímate a los guardianes del atrio y diles:

-Soy hijo de la tierra y del cielo, pero mi raza es del cielo.

Entonces te darán a beber de esa agua y tú vivirás eternamente entre los héroes.”

Cuando Antiqva terminó de leer esta inscripción tan sugerente no pudo evitar recordar a aquel hombre iniciado en los Misterios del que alguien hacía ya algún tiempo le había hablado. ¡Ah, -pensó Antiqva- que tiempos tan felices fueron aquellos en que los hombres eran conscientes de que su raza “era del cielo” y creían en la existencia de unas “aguas de la memoria” que habrían de permitirles que tras la muerte pudieran retornar a su naturaleza divina.

Porque, amig@s, Antiqva pensaba que si algún hombre había ordenado que cuando muriera quería que junto a sus cenizas se depositara ese texto grabado en un soporte inmortal (el oro) tenía que ser indudablemente porque esa persona pensaba que lo que la inscripción decía habría de revestir una trascendental importancia para su alma en el más allá. Todo sugería que nuestro hombre tenía miedo de que tras la muerte su alma no fuera capaz de recordar las enseñanzas de Orfeo y la función de la lámina de oro era permitir que el olvido jamás triunfara sobre la muerte. Solo bebiendo del “agua de la memoria” nuestro hombre podría acceder, al fin, a su naturaleza divina evitando así el peligro que suponía la reencarnación.

Antiqva, cuando salía del Museo Británico, iba pensando en todas estas cosas y era consciente de que para aquellos hombres de la antigüedad la posibilidad de que sus almas se reencarnasen tras la muerte (lo que ellos denominaban “volver a yacer en el fango”) era una amenaza insufrible.

Aquella noche, Antiqva, sugestionado por estas cuestiones que le habían absorbido durante la jornada, cuando al fin consiguió abandonarse a los sueños no pudo sino sentir que se estaba sumergiendo en un mundo irreal poblado por desconocidos misterios. Su alma, quien sabe como, parece que pronto abandonó su cuerpo y terminó arribando a esos ignotos lugares, tan propios de las vivencias oníricas, en las que uno conoce a gentes desconocidas, esas gentes de las que Gustavo Adolfo Bécquer habría de decir en uno de sus poemas: “Solo se que (durante la noche) conozco a gentes a las que no conozco…”

Cuando al amanecer, Antiqva –al fin- despertó sintió que la tristeza albergaba su espíritu. Su mente estaba confusa, atropellada por los reflejos de las vivencias soñadas. En el contexto de caos, sin embargo, sabía que aquel iniciado en los Misterios cuya lámina de oro se exponía en el Museo Británico no había podido eludir esa reencarnación que durante su existencia tanto le había atemorizado. Sabía, ¿quién podría decir como había llegado a ese conocimiento?, que el espíritu de aquel hombre mucho tiempo después había retornado de nuevo a la vida. Su alma seguía “yaciendo en el fango” encarnada ahora en otro hombre.

Tras esa noche de ensueños y desasosiegos, Antiqva sabía que ese hombre en el que el alma se había de nuevo encarnado se llamaba ahora Antiqva.





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