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miércoles, 29 de junio de 2011

La señorita C. y la Nada




Aquella noche, la señorita C. me dijo que le gustaba contemplar la Nada.

-A mí también –respondí-. Después quedamos en silencio. Estábamos extasiados ante la Nada de la noche y las palabras sobraban.

La señorita C., amante de la Nada, las noches de Luna llena, desde su ventana, suele espiar con la luz apagada. Sabe que en algún momento el negro Raulito subirá a la azotea y durante un tiempo fumará cigarrillos mientras suspira contemplando el astro.

Y es que la señorita C. sabe que el negro Raulito, para ella, es la Nada pura, al menos mientras la niña Chole lo tenga atrapado.


Imagen: Antiqva Photo

domingo, 26 de junio de 2011

martes, 21 de junio de 2011

Flores para la noche




Todos los integrantes del clan, enardecidos por los cánticos y chillidos, contemplaban al brujo con los ojos enrojecidos.

-Los vivos –siguió gritando el lisiado- cuando llega el amanecer despertamos del sueño de la noche. Los que han muerto, cuando nace el Sol, también despiertan del sueño de la muerte y arriban al reino de los espíritus… ¡Oh, Luna, yo te invoco…! Te ordenó que esta noche permitas que Lobo Negro atraviese tu reino de oscuridad. Te exijo que no impidas que Lobo Negro pueda renacer en el nuevo amanecer. Si no haces lo que te ordeno, yo, El Hombre del Brazo Muerto, revestido de la fuerza del Sol, atravesaré tu cuerpo con esta jabalina con la que te amenazo.

-Debes saber –prosiguió dirigiéndose a la Luna- que tengo en mis palabras el poder mágico del Sol. No soy yo quien te habla sino el propio Gran Padre, el propio Sol. Y debes obedecer lo que en esas palabras se te exige. Si no lo haces, clavaré mi jabalina en tu corazón y tu cuerpo, al caer sobre la tierra, será devorado por los chacales.

Mientras los Hombres Rojos, en silencio, le contemplaban, el brujo siguió hablando:

-Tú, Luna, sabes que los hombres de otros clanes, nuestros enemigos, cuando mueren, no deben despertar en el mundo de más allá de la niebla. Por eso nosotros, cuando los matamos, nunca enterramos sus cuerpos sino que los tiramos con los huesos de otros animales y los pisamos sin temor. Lobo Negro, sin embargo, es un Hombre Rojo y ahora está esperando que recibas su espíritu. Lobo Negro era un hombre que tenía conocimiento y por eso ahora estamos realizando estos rituales para su espíritu. Debes permitir, señora de la noche, que él atraviese tu reino y renazca mañana con el nuevo amanecer. Eso es lo que te exijo en nombre del Sol. Eso es lo que te ordeno.

Cuando terminó sus palabras, el lisiado caminó hacia las profundidades de la cueva y se situó sobre la zanja donde los hombres habían depositado el cuerpo de Lobo Negro. De una bolsa de cuero fue sacando puñados de polvo ocre que fue espolvoreando sobre el cadáver. El intenso color rojo del mineral habría de permitir que el aliento de la vida retornara al difunto. El brujo –sin duda- intuía que algún extraño poder permitía que gracias al ocre los cadáveres se pudieran preservar durante un tiempo de la descomposición. En nuestros días sabemos que es un óxido de hierro y que tiene la propiedad de conservar el colágeno.

Entonces, cuando el cuerpo quedó totalmente impregnado de ocre, el chaman hizo una señal y Pies Ligeros, la compañera de Lobo Negro, se acercó a la fosa y arrojó en ella un puñado de flores. Después, acompañados por los chillidos de la mujer, los Hombres Rojos cubrieron la fosa con tierra y los rituales terminaron. Todos eran conscientes de que en el nuevo amanecer, Lobo Negro, convertido en un ancestro, volvería a la vida en los campos de caza de más allá de la niebla, allí donde habitan los espíritus que se esconden en el fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.

Algunas noches después, Pies Ligeros soñó que Lobo Negro la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Estaba amaneciendo y al poco, unos momentos después, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Pies Ligeros se había levantado y contemplaba el horizonte desde la entrada de la cueva. Distraída en la contemplación de las nubes, la mujer notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Supo entonces que Lobo Negro, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.


Imagen: Antiqva Photo

viernes, 17 de junio de 2011

El chamán y la Luna




Durante varias horas, los cantos de los hombres, agrupados en torno al cadáver, acompañaron los conjuros que El Hombre del Brazo Muerto iba repitiendo una y otra vez. Mientras tanto, las mujeres y los niños, en torno al fuego, en la entrada de la cueva, chillaban a la Luna en clara señal de dolor.

Usando huesos de mamut y astas de ciervo, los Hombres Rojos habían cavado una fosa en la zona más profunda de la cueva, allí donde nunca llegaba la luz del Sol. Con cuidado depositaron en ella el cuerpo de Lobo Negro. Antes, habían sujetado fuertemente sus piernas con correas de cuero. Querían impedir que el difunto pudiera desear volver a la vida entre los humanos. Todos sabían que su destino no era ese. Era el mundo de más allá de la niebla, y no el mundo de los vivos, a donde debía encaminarse su espíritu. Un hombre sin piernas no podría regresar vivo al mundo de los vivos y por eso se las habían amarrado.

Junto al cuerpo, que quedó colocado de lado, en posición encogida, fetal, para facilitar su nuevo nacimiento en el inframundo, colocaron el cervatillo que las mujeres habían cazado esa mañana. Una laja de piedra fue depositado sobre su cabeza y al lado de su corazón colocaron una punta de sílex que habría de permitir que Lobo Negro pudiera seguir cazando en el mundo de los espíritus. En torno a la fosa, los Hombres Rojos colocaron un círculo de cráneos de machos cabríos, con los cuernos clavados en la tierra.

Fue entonces, cuando todo estuvo dispuesto en la tumba, cuando el chamán se dirigió a la boca de la cueva, se hincó de rodillas y alzó a la Luna su mirada. En su mano derecha portaba una jabalina de fresno. Alguien diría que con ella estaba amenazando al astro.

-Los Hombres Rojos –gritó- cuando vivimos lo hacemos en el reino del Sol, pero cuando morimos eres tú, Luna, quien marca nuestro destino. No hay ninguna distinción entre la muerte y los sueños –prosiguió-. Los que vivimos, soñamos vivos. Los que han muerto, sueñan muertos. Por eso, en la noche, cuando tú reinas, los vivos y los muertos seguimos unidos y podemos vernos y hablarnos. En la noche podemos acariciar a los muertos. Los podemos amar. Sentimos que ellos nos protegen y que nosotros debemos conservar su memoria.


Imagen: Núcleo de sílex - Antiqva Photo

lunes, 13 de junio de 2011

El Hombre del Brazo Muerto





Ya había anochecido cuando el chamán regresó de la cima de la montaña. Había hablado con los ancestros y traía alojado en su espíritu la fuerza de aquellos. Era un hombre viejo, de más de treinta años, cuyo brazo izquierdo, herido por un jabalí cuando era un niño, estaba desde entonces seco e inútil. Todos le llamaban El Hombre del Brazo Muerto y a pesar de ser un lisiado que no colaboraba con los demás hombres en las labores de la caza, era respetado por el clan ya que todos sabían que era un hombre en cuyo corazón, con el paso de los años, se había ido acumulando toda la sabiduría del grupo. Era él quien se ocupaba de que el orden de las cosas fuera siempre respetado por los Hombres Rojos. Cuchillo Afilado, el jefe del clan, sabía que el lisiado conocía los ritos que permiten que los humanos puedan entrar en contacto con los espíritus y se ocupaba de que lo que él dijera fuera acatado por todos. Los cazadores sabían que Cuchillo Afilado tenía el poder por su gran bravura y que el chamán lo tenía gracias a su conocimiento de las cosas que unen a los vivos y a los muertos. Solo él era capaz de viajar a esos mundos en los que habitan los ancestros y los espíritus. Solo el lisiado era dueño de la magia de las palabras que se debían pronunciar ante los seres de la niebla. Solo él sabía intermediar entre los Hombres Rojos y los seres del inframundo, encontrando soluciones, gracias a la ayuda de estos, a los problemas que pudieran acuciar a los humanos.

Cuando el chamán entró en la cueva, todos, agrupados en torno a la fogata que les daba calor en la noche, callaron. Al fondo, en la oscuridad, sobre el empedrado, yacía el cuerpo de Lobo Negro. Los integrantes del clan de los Hombres Rojos esperaban que El Hombre del Brazo Muerto hablara.

-Los leones y los osos –dijo- no entierran a sus muertos. Dejan que los chacales devoren sus cuerpos. Los humanos tampoco lo hacen. Muchos, incluso, comen la carne de quienes antes de morir habían sido sus compañeros de caza. Para muchos humanos, en nada se distingue la carne de un hombre de la de un ciervo o un mamut. Estos hombres no tienen conocimiento y los ritos que nosotros practicamos con los muertos son para ellos cosas extrañas.

-Pero nosotros, los humanos del clan de los Hombres Rojos, sabemos que cuando uno de nuestros compañeros muere debe ser enterrado y debemos realizar rituales que permitan que alcance los campos que están más allá de la niebla, los mundos en los que viven los espíritus que se esconden en el fuego, el viento, las nubes o los relámpagos. Nosotros, los Hombres Rojos, sabemos que los muertos siguen viviendo en otros mundos y lo sabemos porque por las noches, cuando soñamos, vienen a visitarnos. Todos sabemos que los otros hombres, los que no tienen conocimiento, ni siquiera son capaces de soñar.

-Los muertos –prosiguió el chamán- hablan con nosotros cuando dormimos. Todos lo sabéis. Pero luego, cuando el Sol surge en el horizonte ellos vuelven a la vida en el reino de los espíritus. Todos nosotros, cuando nos llegue la muerte, iremos a ese mundo que ahora desconocemos pero en el que sabemos que siguen viviendo nuestros ancestros, los hombres que fundaron los clanes en unos tiempos ya olvidados. Son ellos, intermediarios entre los humanos y los espíritus, los que cuidan de nosotros y nos brindan el aliento de la vida. Sin la ayuda que nos prestan los ancestros, la vida de los Hombres Rojos sería pronto aniquilada por los múltiples peligros que de continuo nos acechan.

Esta noche –terminó el brujo- debemos realizar lo ritos que deben permitir que Lobo Negro, ahora muerto, despierte mañana transformado en uno de nuestros ancestros, alcanzando así una nueva vida.


Imagen: Antiqva Photo

jueves, 9 de junio de 2011

El clan de los Hombres Rojos




Las mujeres del clan de los Hombres Rojos estaban inquietas. El viento que desde las honduras del valle azotaba las laderas de la sierra anunciaba con sus silbidos presagios oscuros. Cuando el chamán, alertado por el extraño vuelo de las águilas, abandonó en silencio la cueva que servía de refugio al clan y se dirigió, perdida la mirada, a los altos farallones en donde envueltos en las rocas y las nubes habitaban los ancestros, todas intuyeron que alguna desgracia había sucedido y que el brujo iba a pedir la ayuda de los antepasados. Estos, esa noche, habrían de mediar entre los Hombres Rojos y los espíritus.

Estaba atardeciendo cuando regresaron los cazadores. En la distancia todas percibieron que arrastraban un bulto. Cuando ellos alcanzaron el piedemonte, las mujeres, arriba, desde la boca de la cueva, apreciaron que traían el cadáver, empapado en la sangre vertida por múltiples heridas, de Lobo Negro. Las mujeres, al verlo, profirieron gritos hirientes con los que expresaban a los espíritus silbantes del Viento del Norte su angustia infinita. Pies Ligeros, la compañera de Lobo Negro, poseída por el dolor, se abrazó a su cuerpo cuando los hombres llegaron a la cueva. Los ancianos y los niños, con mirada impasible, la observaban.

Antes de que amaneciera, los cazadores habían abandonado el refugio y habían caminado hasta acercarse a las orillas del Gran Río. Sabían que allí acudían a abrevar los rinocerontes lanudos y los mamuts, esas bestias inmensas cuyos cuerpos, protegidos por masas de grasa y pelo, soportaban los fríos que el viento arrastraba de continuo por el valle. Aquella mañana, algunas mujeres, utilizando boleadoras, habían atrapado un cervatillo. Se sentían felices y esperaban el regreso de los hombres para celebrar con cantos y danzas el éxito en la cacería.

Pero las cosas no habían ido bien. Los cazadores, con grandes gritos, habían intentado hacer huir a un grupo de mamuts. Antes habían invocado a los espíritus de los truenos y confiaban en que sus chillidos pusieran en fuga a los monstruos. Cuando estos comenzaron a huir, una de las crías quedó retrasada y los hombres la rodearon y la asaetearon con sus potentes jabalinas. Fue entonces, cuando el animal estaba a punto de morir, cuando la madre, enloquecida, regresó bramando de ira y golpeó con su trompa a Lobo Negro, que murió estrellado contra las rocas. A duras penas, los cazadores lograron huir y solo después, cuando los mamuts se alejaron, pudieron regresar a recoger el cuerpo.

Acompañados por el lamento de las mujeres, los Hombres Rojos depositaron el cuerpo de Lobo Negro en el interior de la cueva. Se trataba de una oquedad que estaba orientada al sol de la mañana, de modo que en los meses suaves del verano la luz penetraba en ella sin obstáculos. En los duros días del invierno, cuando la nieve lo cubría todo, la entrada estaba protegida por una estructura alzada con troncos de árboles y colmillos de mamut trabados con piedras y barro, y cubierto todo ello por una doble capa de pieles, que protegía el interior de la oquedad de la humedad y los vientos. Los hombres depositaron el cuerpo en un espacio intermedio de la cueva, situado entre la zona más iluminada donde vivían los vivos y los rincones oscuros de la profundidad, donde habitaban los muertos. Desde tiempos inmemoriales utilizaban ese espacio, que estaba empedrado con cantos de río, para depositar en él los cuerpos de quienes habían fallecido, a la espera de que a lo largo de la noche el chamán llevara a cabo los ritos de tránsito del muerto al mundo de más allá de la niebla.


Imagen: Antiqva Photo

lunes, 6 de junio de 2011

El reino de la Luna




Hace cuatro o cinco años, cuando paseaba con un amigo arqueólogo por una de las terrazas cuaternarias que siguen el curso del Guadalquivir, tuve la fortuna de toparme con una raedera de sílex que mi amigo me dijo que habría que fechar en los tiempos del Musteriense, hace entre 100.000 – 30.000 años, cuando estas terrazas en las que abundan los cantos rodados estaban pobladas por clanes de neandertales. Una raedera es una lasca de piedra (usualmente sílex o cuarcita) que está retocada por el hombre para que presente un “frente” tallado que permita raspar con ella las pieles de los animales, para limpiarlas de grasa y pelos.

Algún tiempo después, algo trastornado por ese hallazgo, escribí un relato en el que hablaba de una niña, Pies Ligeros, perteneciente al clan de los Hombres Rojos. Esa niña es la que habría tenido en sus manos, hace miles de años, la lasca de sílex que uno había encontrado. De este cuento hice dos versiones. El cuento original lo podéis leer en AQUEL CALOR TENUE.

Desde aquellos tiempos, la pasión por el estudio de los hombres de Neandertal me ha venido acompañando y durante estos años nunca he dejado de preguntarme cosas del tipo de si estas gentes, tan respetuosas con la naturaleza, podrían o no hablar, podrían o no soñar, tendrían creencias sobre el más allá o no…

En estos momentos, los enterramientos neandertales que se han conservado en algunas cuevas permiten asegurar que estos hombres, o al menos algunos de sus clanes, creían en algún tipo de vida de ultratumba. Todo parece sugerir, igualmente, que estaban dotados de la capacidad de hablar.

Tras leer mucho sobre el Paleolítico, he decidido escribir un nuevo cuento en el que tengo intención de acercarme a las posibles creencias mágicas y funerarias de estos humanos que nos antecedieron en el tiempo y que vienen a ser algo así como nuestros “primos” en el árbol de nuestra evolución. Tengo previsto publicar este cuento próximamente en el blog en cuatro entregas.

Este nuevo relato tiene por título “El reino de la Luna” y como en aquella otra ocasión estará ambientado en el clan de los Hombres Rojos. La niña Pies Ligeros, ya convertida en mujer, será una de sus protagonistas.


Imagen: Antiqva Photo