
Entonces, mecánicamente, levantó la vista para completar la inspección y marcharse, derrotado como siempre. La antorcha proyectaba luces y sombras en los relieves del techo. De pronto Suelas de Viento se quedó esculpido, con los músculos del cuello en tensión y el semblante mudado: envueltos en gasas de niebla, al galope, poderosos, venían hacia él. Graves ellos, serenas y tiernas ellas.
Todos notaron el cambio y se interrogaron unos a otros con la mirada en la penumbra de la caverna.
Suelas de Viento se paseaba ahora por la sala y exploraba los bultos del techo con la luz de la antorcha. Luego extendió su mano izquierda para acariciarlos. Se cambió la antorcha de mano y dibujó largos trazos imaginarios con la derecha. Había una, dos, tres, cuatro, cinco, seis... muchas formas en aquel techo.
Se encontraba como fuera de sí, pintando en el aire. De pronto se detuvo y volvió a la realidad, sonriente y en paz. La obra ya estaba terminada en su cabeza. Se giró hacia Gata, que lo miraba con los ojos llenos de lágrimas y de orgullo.
Nadie decía nasa, hasta que Cuón se decidió finalmente a romper el silencio:
-¿Ves algo, Suelas de Viento?
Él asintió sin despegar los labios, moviendo arriba y abajo la cabeza varias veces.
-¿Qué espíritus habitan la cueva, Suelas de Viento?
Con los ojos húmedos y la voz quebrada, Suelas de Viento respondió:
-Veo bisontes.
Juan Luis Arsuaga (Al otro lado de la niebla - Los soñadores)
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