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domingo, 1 de junio de 2008

DE GATAS Y ZORRAS







A Natacha, que ama los gatos


Aquella mañana, tras unos días de intensas lluvias, estábamos siguiendo uno de tantos senderos de montaña, en la serranía de Cazorla (Jaén), intentando acceder a la espectacular Cañada de las Fuentes, en donde tiene su nacimiento el río Guadalquivir. Un sobrino biólogo nos guiaba en el viaje.

En algún momento del camino, ¿quién sabe donde?, nuestro sobrino mandó parar los coches y nos hizo bajar.

-“Mirad -nos dijo- veis en aquella ladera como el agua se despeña en una impresionante cascada…”

-“Cierto –asentimos estremecidos- que panorámica tan espectacular tenemos desde aquí…”

En estas estábamos, con los dos coches aparcados en uno de los costados del sendero, cuando de repente me di cuenta de que un animal se estaba acercando sigilosamente a ellos.

-“¡Dios Santo…! –exclamé asombrado- veis ese zorro…”

-“Es una zorra –dijo el biólogo, dándose la vuelta- y está amamantando…”

Con el mayor de los sigilos y hablando en un tono cariñoso nos fuimos acercando al animal, que a ratos huía y a ratos se acercaba. Cuando alcanzamos los coches, sacamos uno de los bocadillos que traíamos y comenzamos a arrojarle trocitos de pan y de lomo.

Poco a poco, la zorra fue tomando cierta confianza con nosotros y terminó comiendo, casi de nuestra mano, todo lo que quisimos ofrecerle. Todos estábamos extasiados contemplando como aquel animal salvaje, sin duda acuciado por el hambre, había accedido a que pudiéramos, casi, llegar a acariciarle.

Nos olvidamos del tiempo y estuvimos un buen rato “charlando” con nuestra amiga, y la verdad es que disfrutamos “de lo lindo” contemplándola tan cerca de nosotros, pero –claro- lo cierto es que la zorra, con hambre secular y poseída por unos instintos orientados a eso que conocemos como apropiación indebida, aprovecho un momento de descuido para introducirse en uno de los coches y con una rapidez insólita morder una bolsa de plástico, en la que llevábamos un pan de dos kilos que María había comprado esa mañana en Cazorla. Era increíble ver lo veloz que corría arrastrando con su boca el preciado producto de su rapiña.

Entre gritos y risas, varios de nosotros salimos corriendo detrás de ella y el animal, que escasamente podía aguantar ese fuerte peso en su boca, terminó soltando la bolsa y de inmediato se perdió en el bosque.

Pronto, sin embargo, volvió de nuevo y viendo que su intento de robo no tenía consecuencias especiales, ya que le seguíamos ofreciendo trozos de lomo y de pan, aprovechó otro descuido nuestro para, de otro salto, meterse en el otro coche. Ahora, como las ventanas estaban cerradas, el animal no tenía forma de salir, ya que uno, de un par de saltos, se había colocado en la única puerta que estaba abierta, por la que ella había entrado, de modo que durante unos segundos la pobre zorra, acurrucada en un rincón de uno de los asientos, estuvo enteramente a mi disposición.

Quizás muchos de vosotros no os creeríais este “cuento” si no fuera porque uno, como siempre que salgo al campo, llevaba su maquina digital en ristre, de modo que el feliz encuentro quedó inmortalizado adecuadamente.

Tras esta historia de convivencia entre unos hombres y una zorra, espero que Natacha, tan amante de los gatos, termine al fin de comprender los motivos por los que en cierta ocasión uno insistía en ser considerado como “un lince ibérico” en lugar de, como ella me había propuesto, una serpiente. A fin de cuentas, linces y zorros deben ser primos lejanos y uno ha podido documentar adecuadamente que “ha tenido tratos con una zorra”, en el más bello sentido de la palabra, por supuesto, ya que además la tal zorra, buena madre, estaba criando.

En mi opinión, el animal, “listo como el hambre”, había reparado en que los humanos se paraban en aquellos solitarios parajes para contemplar las cascadas que se despeñaban al otro lado del estrecho valle y –sin duda- más de una vez ya había comido de lo que esos humanos le habían ofrecido. Otra explicación, sinceramente, no soy capaz de encontrar.

Bueno, si, existe otra que es, sin duda, “más poética”. Lo cierto es que durante los segundos que estuve frente a frente ante el animal, que estaba acurrucado en el asiento del coche, pude reparar en que sus ojos eran idénticos a los de la gata Perona… Si, aquel animal de leyenda que casi me crió en mi más tierna infancia… ¿Sería su reencarnación? De ser así, ¿me habría reconocido mi vieja amiga?...

Lo cierto, amigos, es que puedo presumir de que aquella noche cenamos con un riquísimo “pan de pueblo”, que había sido “olisqueado” por una zorra sigilosa.




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15 comentarios:

Natacha dijo...

¡¡Qué preciosidad!! qué envidia.
Nunca había visto algo así... menos mal que llevabas la cámara, jaja. Yo hago lo mismo. La llevo en el bolso, siempre por si....
¿Qué se siente al lado de un animal tan... salvaje?
Una unión insólita. Seguramente nunca ningún salvaje (léase animal de dos patas) le ha hecho daño... y además debía tener mucho hambre...
me ha encantado... y gracias por dedicármelo...
Precioso, de verdad
Un beso, amigo

Natacha dijo...

Por cierto, que se me olvidaba. Fijate que ha bastado recuperar a la gata perona de tus recuerdos, para verla encarnada... qué cosas, amigo...
Un abrazo cariñoso
Natacha.

Sendieva dijo...

Como me gustan esas vivencias, a mi también me da envidia eso, ¡y mucho!!! que guay!!! deberíamos todos tener experiencias así, lo mismo de esta manera valorábamos y cuidábamos un poco más la naturaleza y los animales que tan descuidados tenemos, pero así en su hábitat, fántastico, un beso.

fito dijo...

De raposas/os anda el mundo lleno. Tu encuentro ha sido digno de una fábula (sólo faltaba el cuervo y el queso, transmutado en esta ocasión por el pan de pueblo).

Preciosa experiencia. Yo también viví algo parecido, en los comienzos de la protohistoria, en los montes de Teruel. Pero mi zorro demostró ser más arisco y rehusó el trozo de bocadillo que le ofrecí (era de tortilla de patatas y presiento que sus gustos se orientaban más hacia el jamón).

escorpiona dijo...

Que animal mas lindo, que suerte que anduvieras con tu camara y que fuerte es el hambre, que hace perder el miedo y enfrentarse a los desconocidos humanos...
Saludos
Chau

Perséfone dijo...

Que animal tan bonito...

Buah, me hubiese encantado estar en tu lugar, en serio. Debió de ser algo indescriptible.

En el fondo me da algo de pena: pienso que si no fuera por la necesidad y porque nos estamos cargando sus ecosistemas jamás llegaríamos a vivir situacione scomo aquella de la que fuisteis testigos.

Gracias por compartir con nosotros esas imágenes.

Saludos.

Fermina Daza dijo...

Hace unas semanas estuve de excursión con mi familia en el "Salto del Cabrero", un lugar al que hay que acceder después de dejar atrás unas granjas donde pudimos ver gallinas y chanchitos. Me dí cuenta de algo muy curioso, cuando íbamos hacia nuestro destino, al pasar por el lado de estos últimos animales, ellos ni se inmutaron, siguieron a "su bola". Pero, amigo, la cosa cambió mucho a la vuelta. Los cerditos se apiñaban en la cerca que los encerraba. Asomaban sus hociquitos sonrosados que no dejaban de moverse. ¡Claro! Están acostumbrados a que los excursionistas les den comida, pero ellos saben que la recibirán a la vuelta (cuando han quedado las sobras), nunca a la ida, por eso ni se molestan. Los animales son muy listos.

Tu experiencia con la zorrita es entrañable, has sido muy afortunado.

Almatina dijo...

Bellísimas imágenes.
Es cierto que el hambre da alas,
y mas si se está criando,la zorra desde luego no desaprovechó la oportunidad, aunque al final le saliera mal, y no lo intentó una, sino dos veces, valiente, y assutada la animalita, debo decir.

Bonita experiencai, amigo Antiqua.

Clarice Baricco dijo...

Me estremecì al leerte. Es maravillosa la experiencia.
Sin palabras.


Abrazos

alfaro dijo...

No me lo puedo creer, que historia más preciosa y más mágica.
¿No la habiáis hipnotizado o narcotizado o algo así...?
Cuánta maravilla, siempre la realidad supera a la ficción.
Gracias por compartirlo, antiqva.
un abrazo.

Dédalus dijo...

Qué historia más chula, Antiqva. esa es de las que siempre se recuerda y comenta, ¿verdad?

Un abrazo, amigo.

tresa dijo...

Hola!me ha gustado ésta historia , lo que hace el hambre , pobre animalito,saludos!

Inuit dijo...

¡Qué preciosidad antiqva!
Hasta qué punto esta zorra está fuera de sí por el hambre.Quiero pensar que ella sentía la bondad que os animaba, porque el hambre desespera, pero la peligrosidad de los humanos, es aviso que ningún animal olvida.
Mal tenía que estar nuestra zorra o muy bellas áureas resplandecientes mostrabais vosotros.
Me encantó la entrada

Marinel dijo...

Madre mía,Antiqva...¡qué cerca la tuviste! y ¡qué bonita era!.Imagina el hambre que arrastraría el pobre animal para tomarse esas confianzas o daroslas, según se mire.¡Y es que las madres hacen lo que sea por sus retoños!.
Además esos ojos de mirar de gata Perona, seguro que se te quedaron grabados para siempre y no sólo en tu cámara...
Un beso.

isis de la noche dijo...

Mi querido amigo..

He llegado hasta aquí guiada por tus palabras y me maravillo ante las coincidencias ;) No solo se trata de un ser hambriento sino también 'domesticado' en pocos instantes... 'de cuento'..

jaja

Sí amigo... Por lo que veo, en distintas épocas, los mismos instantes nos regala la vida.. Como si una 'mano invisible' moviera ciertos hilos..

Lo cierto es que ha sido maravilloso co-incidir contigo en este aquí y ahora ;)

besos