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lunes, 30 de junio de 2008

EN CAZORLA






Han llegado las vacaciones, amigos, y durante un tiempo Antiqva estará un poco “ausente”, sumergido, digamos, en el mundo real.

Estos días pasados hemos tenido oportunidad, nuevamente, de desplazarnos a la Sierra de Cazorla, para entre otros lugares, visitar lo que se conoce como Nava de San Pedro, un lugar de difícil acceso, ya perdido entre las nubes, que viene a ser una inmensa planicie caliza que nos habla de aquellos tiempos en que las montañas de Cazorla estaban sumergidas en el fondo del mar.

Antes, guiados por un experto conocedor de estos parajes (aquel sobrino Biólogo, el de la aventura de la zorra) tuvimos oportunidad de pasar por otros lugares de especial encanto, de los que en otra oportunidad tendré que hablar algo.

En uno de esos parajes, en un centro de recuperación de Quebrantahuesos, nos topamos con un par de perros que, en un primer momento, nos ladraron “como auténticos lobos”, pero que luego se integraron a la perfección en el grupo e incluso, cuando salimos de su hábitat, se quedaron llorando “desconsolados”.

A esos dos perros, Antiqva, siempre trasteando, les hizo saber con claridad que al día siguiente España iba a ganar la Eurocopa de Futbol. Los animales, enloquecidos de alegría, lo celebraron arrojándose a un charco de aguas embarradas, haciendo nuestras delicias.

Ah, que encantadores esos salvajes perros de la serranía de Cazorla.

Ahora, ya mismo, hemos de salir nuevamente de viaje. Nos están esperando las tierras de Portugal: Lisboa, Coimbra, Óbidos, Tomar…


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viernes, 27 de junio de 2008

LUNAS



El hombre, cuando la contempló tan sola, se acordó de la Luna.

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LÁGRIMAS EN LAS ESCALERAS




La selección española de futbol venció ayer a Rusia y se ha clasificado para la final de la Copa de Europa, que se jugará el próximo domingo. Habrán de enfrentarse con Alemania.

Anoche, cuando los rusos fueron vencidos, una ola inmensa de alegría sacudió las tierras de España. Desde los tiempos bíblicos, al menos, –ya se lo decía a Clarice, en otro lugar- no se recordaba que España hubiera sido nunca tan feliz.

En mi bloque, todos los vecinos lloraban, y los ríos de lágrimas salían de las casas por debajo de las puertas y por el hueco de la escalera se despeñaban formando bellísimas cascadas. Los vecinos de los pisos bajos, con algo de temor, sintieron el peligro de la inundación inminente, pero bastó que abrieran de par en par la puerta de la calle para que las aguas saltaran, brincando con alegría, al exterior.

Ah, que gallerío se formó anoche en las calles del barrio. Los niños tiraban petardos y los mayores, alocados, hacían sonar todo tipo de pitos y bocinas. Ni tan siquiera cuando, hace ahora dos siglos, los garrochistas andaluces degollaron a más de cien franceses, en las cercanías de Despeñaperros, habían vivido las gentes sensibles una alegría similar, y eso que la soldadesca de Napoleón, antes, se habían dedicado a violar monjas y saquear Córdoba sin miramientos.

María, que nunca ha sentido ningún interés por el futbol, cosa que también le sucede a uno mismo, en uno de los momentos finales del partido, cuando España marco el tercer gol a Rusia, no pudo sino exclamar, con los ojos enrojecidos:

-“Pobrecitos los rusos, que pena me dan. Con lo jovencitos que son y las caritas que tienen de amargura. No deberían cebarse tanto con ellos…”

Ya solamente queda esperar a ver que pasa el próximo domingo, y antes recoger –claro está- los manchones de agua que hayan quedado en las escaleras, no sea que alguien vaya a resbalar.



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jueves, 26 de junio de 2008

EN EL RECUERDO




Cuando el hombre era joven, hubo un tiempo en que parecía que iba a triunfar la idea de la solidaridad entre los hombres y los pueblos del mundo.

Pero, claro, era una idea revolucionaria.
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MÁS ALLÁ DE LA NIEBLA




En el estado actual de conocimiento de la Prehistoria no se puede afirmar o denegar que los hombres del Paleolítico Medio (los Neandertales) tuvieran algún tipo de creencia acerca de la supervivencia del hombre en el más allá, tras la muerte.

Los Neandertales, creadores de lo que llamamos “cultura Musteriense”, poblaron ciertas partes de nuestro planeta en el periodo comprendido, aproximadamente, entre 100.000 y 30.000 años. En aquellos tiempos, ningún “hombre” había puesto todavía sus pies en América. Algunos milenios después, los Cromañones (es decir, nosotros), habrían de llegar al norte de ese continente atravesando las estepas heladas del norte de Rusia.

Las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en grutas de ese momento de la Prehistoria no han sido capaces de concretar, de una manera contundente, si los Neandertales practicaban o no algún tipo de rito funerario que permitiera afirmar que creían en una posible vida en el más allá. Hasta ahora existen diversas opiniones al respecto, algunas de ellas claramente contradictorias.

La respuesta a este enigma, que quedaría desvelada tan pronto como se identificaran tumbas Musterienses con señales evidentes de ajuares funerarios, podría venir –pensamos- a través del mundo de los sueños.

En efecto, las grandes preguntas serían: ¿Tenían los Neandertales la capacidad de soñar?, y si es así: ¿Tenían estos hombres sueños similares a los nuestros?

Si la respuesta a estas cuestiones es positiva es posible que los Neandertales, al igual que nosotros, hubieran desarrollado concepciones más o menos complejas sobre una supervivencia del hombre tras la muerte.

En efecto, si los Neandertales, en sus sueños, tenían visiones de personas queridas que habían muerto, parece apropiado pensar que llegaran a creer que esos seres, tras la muerte, seguían viviendo en otro lugar.

Esos sueños podrían ser naturales o inducidos por la ingestión, por ejemplo, de hongos alucinógenos, algo usual en los chamanes que todavía siguen existiendo en los pueblos primitivos.

Pensamos, en suma, que el mundo de los sueños nos puede brindar interesantes soluciones a esta cuestión de si los hombres de Neandertal creían o no en la supervivencia tras la muerte. El hombre que es capaz de soñar con los muertos debe pensar que esos muertos siguen viviendo en algún otro lugar, “más allá de la niebla”.



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miércoles, 25 de junio de 2008

HOCES DEL DURATÓN

Meditación en "Las Hoces del Duratón", Segovia


"A cuyo son divino
mi alma, que en olvido está sumida,
torna a cobrar el tino
y memoria perdida
de su origen primera esclarecida… "

Fray Luís de León (Oda a Francisco Salinas, catedrático de Música de la Universidad de Salamanca)

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PREMIOS

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De "La cocina de mis sueños"




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En estos últimos días he recibido cuatro nuevas muestras de afecto procedentes de "cuadernos" que habitualmente visito. Como en otras ocasiones anteriores, dejo aquí constancia de mi agradecimiento a estos amigos, "por acordarse de uno" y los redistribuyo entre todos vosotros, amigos a los que "os tengo fichados" en "OTRAS PALABRAS AMIGAS".
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Gracias a todos amigos por vuestras palabras y por vuestras continuas muestras de afecto.
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domingo, 22 de junio de 2008

LA MAGIA DE LA COCINA



Aquel día, Antiqva se había levantado temprano, casi de madrugada, y sin apenas haberse mojado los ojos se había encaminado al cercano huerto para tomar un par de tomates a los que la tarde anterior había “echado el ojo”, Sabía que estaban ya en su mejor momento. No era conveniente esperar más. Era consciente, también, de que su sobrino, perezoso, a esas horas todavía no habría llegado. Sin embargo, algo contrariado, se dio cuenta de que alguien había sido testigo del acto. Era la gata blanca, Natacha, que a esas horas de la madrugada volvía de una de sus parrandas nocturnas. “También a ella le convenía callar”, pensó.

Algunas horas después, se desplazó al pueblo cercano y sin ninguna duda se encaminó a los aparcamientos del Mercadona. Entró en el establecimiento, sin prisas, y adquirió una bolsa de ensalada “Cuatro Estaciones”, de esas que vienen preparadas en bruto, con lechuga, hilos de zanahoria y col lombarda. Ofrecía la ventaja de que, por lo visto, ni siquiera hacía falta lavar los ingredientes.

Llegado el momento del mediodía y como un alumno aplicado de las enseñanzas de aquel cuento que hablaba de “voces en la noche” y de atenciones a la persona amada, se puso –sorpresivamente para María, a hacer la ensalada. El entorno había sido preparado cuidadosamente y en el equipo de música sonada “Let it be”.

Sobre una de las zonas del plato, Antiqva fue colocando la ensalada “Cuatro Estaciones” que poco antes había sacado de la bolsa de plástico. Incapaz de encontrar el posible punto de “apertura fácil”, que sin duda tenía, había roto la bolsa con los dientes.

-“Pero hombre de Dios, utiliza unas tijeras para abrir la bolsa”, le había dicho María. “Con lo listo que eres para otras cosas…”

Algo contrariado, Antiqva prosiguió con su laborioso trabajo. Con grave peligro para su integridad física había sido capaz, al fin, de abrir una lata de hojalata que contenía aceitunas rellenas de pimiento. Echó un puñadito de ellas en el plato e inmediatamente se encaminó al frigorífico, de donde extrajo un pepino y un tomate, este último de considerable tamaño. Si, uno de esos a los que su sobrino también había “echado el ojo”, sin duda, la tarde anterior.

Tras un proceso de laborioso lavado de los materiales, Antiqva procedió a trocear el tomate y a partir en rodajas, más o menos homogéneas, el pepino. Terminó volcando todo ello en el plato.

Acto seguido, nuestro hombre, algo emocionado, colocó “su creación” sobre aquel tan querido mantel de plástico, todo él floreado. Oh, que encanto tan especial tienen estos manteles tan ordinarios y rústicos…

Al poco, Antiqva, que había abandonado la cocina, retornó con su máquina fotográfica digital. María, que lo vio llegar, no se podía creer lo que estaba viendo:

-“Pero bueno, para una vez que haces la ensalada, hasta vas a tirar una foto…”, dijo.

-“Claro –respondió nuestro hombre-, y tan pronto como pueda la mandó al blog.”

-“¡Qué barbaridad!”, sentenció la mujer, mientras Antiqva disparaba un par de fotos, con flash, a su –para él- riquísima creación.

Mientras tanto, los aullidos de Natacha, la gata pendeja, que había encontrado abierta la puerta de la casa y se había colado, a cuatro patas y con gesto fiero, en el pasillo, insistían una y otra vez:

-“Antiqva, ¿Qué pasa hoy…? ¿No me vas a dar de comer…?”

-“Si, si…” –respondió el hombre, algo atolondrado y a punto de perder los nervios-, “ahora mismo, cielo…”






jueves, 19 de junio de 2008

PERPLEJO






Esta mañana, no sé porqué, he sentido la necesidad de escribir algo, quizás un cuento, cosa que acabo de terminar. Lo he titulado “VOCES Y SOLEDADES”. Estamos a 14 de junio de 2008.

Sucede que ayer, trasteando en la biblioteca, me topé con “El coronel no tiene quien le escriba”, de Gabriel García Márquez, e intuí que debía volver a leerlo, cosa que todavía no he hecho, salvo las dos primeras páginas, que son las que he reproducido en ese “cuento” que he escrito.

Esta mañana, cuando habíamos terminado de desayunar, tras haber dormido “como un lirón” y mientras estábamos sentados a la puerta de la casa, “tomando el fresco” y escuchando a los pájaros, de repente me ha venido a la mente esa idea de que debía escribir algo, quizás un cuento, en el que un hombre, en la noche, recibe un aviso sorprendente a través del cual, cuando reflexiona, termina arribando a esa novela de Gabo, de la que –por cierto- en ese primer momento todavía no había releído nada. Solamente esa idea había llegado a mi mente en esos primeros momentos. Las líneas que he reproducido en el “cuento”, que son con las que se inicia la novela, las he leído mientras las “copiaba”.

En fin, que uno, obediente, se ha sentado delante del ordenador y ha comenzado a escribir algo sin saber claramente que cosa debía hacer. Partía de la idea, solamente, de un hombre que recibe un aviso en la noche, y ese aviso le conduce a “El coronel no tiene quien le escriba”. Poco a poco, sin embargo, el relato, tan inesperado, ha ido tomando forma y al final, incluso, me ha terminado gustando.

A través de este cuento inesperado y extraño, cuyas primeras ideas me han venido “de golpe”, tras el desayuno, he terminado creando una historia en la que –al fin- uno se aconseja a si mismo que debe esforzarse por reflejar en la vida cotidiana, sin reparos, el amor inmenso que siente por una mujer.

La verdad es que ahora mismo, cuando escribo estas líneas, estoy un poco perplejo al ver las cosas que es capaz de hacer nuestra propia mente, casi sin ni siquiera pedirnos permiso. Creo, sin duda, que se trata de un buen ejemplo de eso que uno denomina “ensoñaciones”.

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ADICIONAL - Después de escribir estas líneas, uno, “poseído por la fiebre”, se ha entregado a “El coronel no tiene quien le escriba” y lo ha releído “de un tirón”. ¡Qué bellísima y triste historia, plena de desesperanza y soledades compartidas!



miércoles, 18 de junio de 2008

VOCES Y SOLEDADES

Cathleen Toelke




El hombre, aquella noche, se había despertado sobresaltado. Una voz, que quien sabe de donde procedía, le había dicho –de súbito- que: “el coronel sigue esperando”.

El hombre, algo aturdido, se había alzado a medias en la cama y alargando el brazo había tomado una botella de agua y bebido un par de sorbos. Aquello había terminado de despertarlo. Se sentía intranquilo. A pesar del brusco despertar no era consciente de que antes hubiera estado soñando. Cuando uno se despierta de golpe y está soñando, suele recordar el sueño, pero él no recordaba nada. Todo sugería que bruscamente, sin introducciones previas, alguien se había metido en su mente y le había grabado “a fuego” aquella enigmática frase: “el coronel sigue esperando…”

Desvelado, sin hacer ruido para no despertar a la mujer, el hombre se levantó y se encaminó al salón de la casa. Torpemente comenzó a rebuscar en su desordenada biblioteca. Al cabo de un rato terminó encontrando aquella edición de 1982 de una novela tremendamente sugestiva, que en sus años de joven maduro le había cautivado:

“El coronel –comenzaba aquel libro cuyas páginas amarillentas acusaban ya el paso de los años- destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta y seis años –desde cuanto terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporó para recibir la taza.

-Y tú –dijo.

-Ya tomé –mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande.

En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidado del entierro. Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto.

-Nació en 1922 –dijo-. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril…”

Cuando terminó de leer las primeras páginas de aquella novela que hablaba de las soledades de un viejo coronel, el hombre –cerrando el libro- cerró también sus ojos. Recostado en la butaca, en la dormivela que acompaña a las madrugadas, intentaba encontrar alguna explicación a aquellas enigmáticas palabras que alguien le había dictado poco antes.

Estuvo así durante un tiempo cuya duración le resultaría imposible cuantificar. No fue capaz de encontrar ninguna explicación.

Volvió a abrir los ojos un par de horas después cuando escuchó que la mujer, que se había levantado, se acercaba por el pasillo. Mientras la miraba, escuchó como ella, sonriente, le decía:

-Vaya, he tenido un sueño encantador. Me habías hecho un rico café “de puchero”, de esos que ya nadie hace, y me lo habías llevado a la cama. Que bonito detalle, por tu parte. Pero claro, proseguía, solo era un sueño…

El hombre, mientras esbozaba una sonrisa tan complaciente como aturdida a su esposa, sentía –como el viejo coronel de la novela- esa extraña sensación de que algunos animales se estaban desarrollando en sus tripas. Esa voz del más allá, que quien sabe de donde venía y porqué lo hacía, también había sido escuchada por la mujer, si bien ella no había llegado a tomar conciencia clara.

La intranquilidad del hombre ante aquel doble aviso inesperado aumentó en un primer momento. No encontraba ninguna explicación a aquellas palabras, que se habían grabado en su mente utilizando medios que rompían las leyes usuales de la Psicología. Pronto, sin embargo, cuando habían pasado solamente unos minutos, ese sentimiento de temor ante lo desconocido se desvaneció. A través de un golpe de intuición, su mente, al fin, le había brindado una respuesta al enigma. Sentía, en efecto, que su alma le estaba diciendo que tenía que esforzarse por trasladar “a la vida cotidiana”, como en sus años de jóvenes, el amor intenso que sentía por aquella mujer, con la que había terminado, incluso, compartiendo los sueños.

Con los ojos levemente humedecidos, pero feliz, consciente de que tenía que esforzarse por trasladar lo que era obvio a las relaciones diarias, el hombre se levantó de la butaca y se encaminó a la cocina, en donde comenzó a trastear en los cajones de los armarios.

-¿Qué haces? –le dijo ella sorprendida.

-Busco un puchero, cariño, busco un puchero… –respondió él sonriendo.



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martes, 17 de junio de 2008

VUELOS, VIDAS, SUEÑOS





Enseñarás a volar,
pero no volarán tu vuelo.

Enseñarás a soñar,
pero no soñarán tu sueño.

Enseñarás a vivir,
pero no vivirán tu vida.

Sin embargo…
en cada vuelo,
en cada vida,
en cada sueño,
perdurará siempre la huella
del camino enseñado.

Teresa de Calcuta


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lunes, 16 de junio de 2008

CONCIENCIAS





Un día el hombre tomó conciencia de que solamente podía escribir de él mismo.



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DE CUERPOS Y ALMAS



(Habla el alma de Patroclo)

¿Duermes, Aquileo, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por las alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando; pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego…

Respondióle Aquileo, el de los pies ligeros:

-¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto.

En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no consiguió asirlo: disipóse el alma cual si fuese humo y penetró en la tierra dando chillidos…

Homero (La Ilíada – Canto XXIII)
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En este pasaje de la Ilíada, muerto Patroclo, Homero nos habla de algunas de las creencias de los antiguos griegos acerca de la muerte y del más allá. Ante todo, nos confirma la necesidad de que el cadáver sea adecuadamente honrado tras la muerte (funerales) ya que en otro caso, el alma del difunto no podrá atravesar las puertas del Hades ni, por tanto, encontrar el descanso.

Pensaban los griegos, y también –luego- los romanos, que los muertos a los que no se tributaban unos adecuados ritos fúnebres al no poder acceder al Hades se veían convertidos en sombras errantes que disgustadas con los hombres solían ocasionarles males de todo tipo. Estas almas errantes (los démones) eran objeto de prácticas de tipo maléfico por parte de los magos.

En el último párrafo, Homero nos confirma la imposibilidad de que un humano pueda estrechar en sus brazos al alma de un difunto, que se disipará en el aire como humo. Tambien se nos dice que es en el momento del sueño cuando los difuntos pueden ponerse en contacto con los hombres, ya que entonces es cuando con los sentidos corporales dormidos el alma del durmiente está más abierto a ese tipo de percepciones.



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miércoles, 11 de junio de 2008

NIÑOS, ÁNGELES Y CANALLAS




Joaquín Sabina, tan poeta como “canalla”, en el buen sentido de esa palabra, nos brindó hace algunos años una creación que permite evocar unos tiempos terribles de la historia, ya cada vez menos reciente, de nuestro país. Es esa canción que arranca hablando de:

“Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
“el género dentro por la calor”…

Cuando, envuelto en los recuerdos y la nostalgia, escucho esta canción no puedo sino evocar los años de mi infancia, de aquella infancia tan añorada en la que realmente nada teníamos salvo la felicidad “en estado puro”, privada de todo lo que pudiera ser meramente material. En aquellos tiempos, los niños de los barrios humildes, privados de posibles ornamentos materiales éramos felices casi al modo de los ángeles, si es que los ángeles han sido alguna vez felices, cosa que desconozco.

Debo aclarar que en nuestro hogar, tan pobre como feliz, nunca nos faltó un plato de comida. Mentiría si dijera que conozco lo que es pasar hambre. En aquellos hogares en donde, realmente, sintieran el hambre físicamente o faltara el amor de los padres, las cosas –sin duda- serían muy distintas.

Pues si, amigos, lo cierto es que en aquellos tiempos las cosas materiales brillaban por su ausencia, si bien los niños –al no haberlas conocido- tampoco las echábamos en falta. Sería imposible explicar esto a los niños de hoy. Ah, aquellos tiempos en que uno peleaba todas las tardes, durante un ratito, con “El Capitán Trueno” deseando arrebatarle a su enamorada, la bellísima Sigrid, aquella legendaria princesa vikinga…

Siempre que escucho la canción de Sabina acuden a mi mente pasajes de esa infancia feliz, que parecían haber quedado olvidados pero que sin duda quedaron bien “amarrados” en mi mente.

Parece, así, que estoy viviendo aquel anochecer de invierno en que mi madre y yo, como en tantos otros anocheceres, estamos acechando en las inmediaciones del Cine Capitol, esperando a que mi hermana salga de sus clases de “Corte y confección”, no sea que algún jovencito vaya a molestar, a esas horas, a la niña.

Parece, también, que estoy jugando a las chapas con aquellos muchachitos, compañeros de clase en la Escuela Nacional “Miguel de Cervantes”, que tienen las manos invadidas de sabañones, molesta enfermedad producida –según dicen algunos- por los fríos. Estamos jugando, protegidos del viento por un murete, en el patio de ese colegio, que todavía existe, que en los tiempos de la guerra había sido utilizado como centro de mando de las tropas italianas que vinieron a apoyar a los “nacionales”. Ah, cuantas mujeres de las Delicias, “muertas materialmente de hambre” se habían “liado” con esos soldados extranjeros buscando algo que poder comer. Sin duda, Dios las habrá perdonado, ¡faltaría más!

Parece –y sigo- que estoy viendo a mi padre, en una inmensa y fría sala de un hospital militar en el que se acumulan más de treinta camas con enfermos. Está, según se entra, en la parte de la derecha, al lado de una gran ventana y tiene en las manos un enorme tazón lleno hasta colmatar de aceite de ricino. Lo tiene que tomar, “sin dejar nada”, le acaba de decir una monja, ya que a la mañana siguiente va a ser operado, y tiene que “estar limpio”.

-“Anda, Leo –le dice a mi madre- iros ya, que no quiero que el niño me vea tomando esto…”

Parece, también, que ahora mismo, en una tarde de verano, estoy en la tienda de ultramarinos del Sr. Jonás. Mi madre está comprando algo y yo, al lado del mostrador de madera, me estoy comiendo trocitos de un bacalao salado que el tendero tiene expuesto encima de ese mostrador, a la altura de mi cabecita. Oh, que placer siento robando lonchitas de bacalao, que arranco con mis deditos y allí mismo me como pensando que nadie me está viendo. Posiblemente, el Sr. Jonás está haciendo la “vista gorda”. Mi madre, a fin de cuentas, es una buena clienta, de las que compran “al fiado” pero que luego, a fin de mes, pagan religiosamente.

En algún momento, mi madre ha pedido algún “comestible” de naturaleza más perecedera y el buen hombre invariablemente responde:

-“Si, señora Leo, ahora mismo te lo traigo, es que lo tengo dentro, en el fresco, porque aquí, con estos calores, ya se sabe…”

Y tan pronto como desaparece en el interior de la tienda, yo aprovecho para pegar otro tirón al bacalao y me llevo el despojo, rápidamente, a la boca, saboreando su intensa sensación salada.

Eran aquellos unos tiempos en que “habían pasado ya los nacionales…”. Si, son aquellos tiempos en que la gente de las Delicias, en sus habladurías, cuenta en voz baja que el Sr. X, el barbero del barrio, cuando acabó la guerra, había sido “mal fusilado” por los falangistas. Gracias a Dios se había podido salvar. Ya comenté algo de esto en:
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Ah, que tiempos…, podría seguir contando más cosas, pero debo dejarlo. Alguien dirá ahora que parece que esas cosas sucedieron hace cientos de años, pero no es así, no ha pasado tanto tiempo; de hecho, seguían pasando cuando uno era niño.

Un niño, me reitero, que tuvo una infancia tremendamente feliz, despojado de todo salvo de lo que es realmente importante: el inmenso Amor de su familia.

Todas estas cosas, y tantas otras similares, hacen que ese niño que quisiera seguir siendo, cuando escucha “De purísima y oro”, se ponga un poco sentimental.

Ese “canalla” de Sabina es el que tiene la culpa.



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DE PURÍSIMA Y ORO



Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
“el género dentro por la calor”.

Para primores galerías Piquer,
para la inclusa niños con anginas,
para la tisis caldo de gallina,
para las extranjeras Luis Miguel.

Para el socio del limpia un carajillo,
para el estraperlista dos barreras,
para el Corpus retales amarillos
que aclaren el morao de las banderas.

Tercer año triunfal, con brillantina,
los señoritos cierran “Alazán”,
y, en un barquito, Miguel de Molina,
se embarca, caminito de ultramar.

Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la ”señá” Cibeles,
cautivo y desarmado
el vaho de los cristales.
A la hora de la zambra, en “Los Grabieles”,
por Ventas madrugaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Celia, de Pemán y del bayón.

Enseñando las garras de astracán,
reclinada en la barra de “Chicote”,
la “bien pagá” derrite, con su escote,
la crema de la intelectualidad.

Permanén, con rodete Eva Perón,
“Parfait amour”, rebeca azul marino,
“Maestro, le presento a Lupe Sino,
lo dejo en buenas manos, matador”.

Y, luego, el reservao en “Gitanillos”,
y, después, la paella de “Riscal”,
y, la tarde del manso de Saltillo,
un anillo y unas medias de cristal.

“Niño, sube a la suite dos anisetes,
que, hoy, vamos a perder los alamares”,
de purísima y oro, Manolete,
cuadra al toro, en la plaza de Linares.

Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la ”señá” Cibeles,
volvían a sus cuidados
las personas formales.
A la hora de la conga, en los burdeles,
Por San Blas descansaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Gilda y del Atleti de Aviación.

J. Sabina – A. Oliver


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viernes, 6 de junio de 2008

ARRESTADOS


Trasteando en un antiguo album de fotos, buscando otras cosas, me he encontrado, de pronto, con esta simpática imagen. Recuerdo perfectamente a los otros dos soldaditos -Pepe y Paco, según anoté algún día en el album. La verdad es que había olvidado su nombre. Paco, el de la derecha, con una sonrisa "de oreja a oreja" vivía entonces en Medina de Rioseco (Valladolid).
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La noche de antes un grupo de jóvenes habíamos abandonado, sin permiso, claro, el campamento militar y a través de lo que se conocía como "Senda de los Elefantes" habíamos arribado a un "tigre" en el que habíamos estado tomando unos "cuba-libres". Nuestro regocijo, sin embargo, duró poco. Una patrulla de la Policía Militar nos descubrió al poco y nos envío a todos, arrestados, a la "Prevención".
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Los días que siguieron estuvimos arrestados "a cocina" y en algún momento alguien nos inmortalizó. Antiqva es el jovencito del centro de la imagen.
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-"Vaya -dirá mi hermana en cuanto se entere-, tan niño y tomando "cuba-libres" en la noche, en un "tigre" de esos para la soldadesca..."
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jueves, 5 de junio de 2008

EL CORAZÓN DE UNA MUJER





Estos días pasados he estado leyendo un libro que fue escrito, a modo de diario, por una mujer que siendo jovencita se enamoró “sin miramientos” de un hombre con el que pronto habría de unir su vida. En el libro, la mujer nos habla de su amor por ese hombre, pronto correspondido, y de su vida junto a él, así como de la llegada de los frutos de ese amor: los hijos tan amados, y de tantos y tantos momentos de alegría, placer, sufrimiento, penalidad…

En principio no parecía que la obra ofreciera algo que revistiera, al menos aparentemente, un interés especial. La mujer, a fin de cuentas, nos iba a hablar sencillamente de su vida junto a ese hombre, que desgraciadamente habría de morir muy joven, y de lo que podríamos llamar aspectos cotidianos de su existencia. De nada que sea realmente excepcional se nos iba a hablar, por tanto, en este “Diario de una mujer”, a no ser de ese amor tan intenso como profundo, y de sus bellísimos frutos.

Sin embargo, este libro, que había llegado a mis manos gracias a una feliz acumulación de circunstancias y dedicado amablemente por su autora, me cautivó desde el primer momento. En efecto, el primer capítulo se abre –sin más- con una declaración tan ingenua como sorpresiva:

“Hoy conocí a Miguel Bernal Jiménez. Estábamos en una posada, sentados en círculo en el viejo y bellísimo patio con arquería de la casa de Mariquita Castellanos, cuando le vi entrar. Tengo 15 años; él es un señor de 27, pero no importa, de todos modos ¡me encantó! ¡Es tan guapo! Y dicen que sabe tanto…”

Tan pronto como leí esas primeras frases me di cuenta de que había quedado atrapado ante la tremenda sinceridad de las palabras de aquella niña-mujer. De algún modo, como diría aquel poeta, estaba “condenado” a leer esa “Media vuelta al corazón” que aquella mujer desconocida había comenzado a escribir en Morelia (México) cuando corría el mes de diciembre de 1937.

A medida que iba profundizando en la lectura del Diario, cosa que he venido haciendo con lentitud, saboreando las palabras, iba tomando cada vez más conciencia de las cualidades, sin duda excepcionales, que a lo largo de su vida han venido acompañando a la autora. Como no recuerdo haber leído ninguna obra similar (no soy lector de diarios o memorias) no acababa de entender los motivos por los que aquella mujer, desconocida para mi, había conseguido ir atrapándome cada vez con mayor intensidad en sus vivencias y pensamientos. Vaya, pensaba, ¿qué me está pasando que este libro me tiene tan enganchado…?

La respuesta me llegó cuando leí como la mujer nos hablaba de un viaje que habían realizado por Holanda y otros países europeos en junio de 1948, cuando esas tierras estaban desoladas por las consecuencias de la II Guerra Mundial. Tras ser acogidos ella y su esposo por unos lugareños de escasísimos recursos, la mujer, de pronto, nos recordaba que:

“El mayor regalo que se puede hacer a un amigo, es el regalo de la propia intimidad…”

Leyendo esa frase, de súbito, las cosas habían quedado –para mí- adecuadamente aclaradas. Esta mujer, con su sinceridad tremenda, al regalarme –a través de la lectura de su Diario- su más ardiente intimidad había conseguido que un desconocido, como es mi caso, hubiera terminado considerándose “su amigo”.

Ojalá que estas palabras, con las que no intento sino manifestar mi agradecimiento por esa “amistad”, lleguen algún día hasta esa mujer, para mí, ahora, tan excepcional.


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miércoles, 4 de junio de 2008

ABRAZOS



Ah, que inmensa satisfacción recibir desde LOS CUENTOS DE LA ABUELA un abrazo de Kety, persona que nos brinda continuamente bellísimas reflexiones…

“La poesía embellece la vida, pero también la entristece”, acabo ahora mismo de leer en su blog.

Ese abrazo os lo hago seguir, con el mayor cariño, a todas las personas que me venís acompañando en este rincón con vuestra presencia y vuestras palabras.

Gracias, Kety, por este “achuchoncito”.


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martes, 3 de junio de 2008

OTROS MUNDOS



En relación con la posible existencia de otros mundos y su reflejo en informaciones antiguas no podemos sino evocar una noticia del filósofo griego Demócrito:

“Decía que hay innumerables mundos, diferentes en tamaño. En algunos no hay sol ni luna, en otros son menores que los nuestros y en otros mayores. Las distancias entre los mundos son desiguales y en unos sitios hay más mundos, en otros, menos, y unos están creciendo, otros en su plenitud, otros están decayendo. Aquí nacen, allí desaparecen, pues se destruyen por colisión mutua. Hay algunos mundos desiertos, sin animales, ni plantas, ni agua en absoluto.”

Este párrafo de Demócrito es citado por A. Bernabé en su obra “Textos órficos y filosofía presocrática” (pag. 64).

Pero es que, incluso, algunos autores antiguos nos dicen, en un pasaje de las “Rapsodias” (ver ese mismo texto citado, pag. 63) que en la propia Luna existen ciudades y casas con tejados. Veamos:

“Concibió también otra tierra inmensa, a la que llaman Luna los inmortales, y Mene los habitantes de la tierra, ella que tiene muchos montes, muchas ciudades y muchos tejados.”

Pensamos que todo esto es realmente curioso.



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domingo, 1 de junio de 2008

DE GATAS Y ZORRAS







A Natacha, que ama los gatos


Aquella mañana, tras unos días de intensas lluvias, estábamos siguiendo uno de tantos senderos de montaña, en la serranía de Cazorla (Jaén), intentando acceder a la espectacular Cañada de las Fuentes, en donde tiene su nacimiento el río Guadalquivir. Un sobrino biólogo nos guiaba en el viaje.

En algún momento del camino, ¿quién sabe donde?, nuestro sobrino mandó parar los coches y nos hizo bajar.

-“Mirad -nos dijo- veis en aquella ladera como el agua se despeña en una impresionante cascada…”

-“Cierto –asentimos estremecidos- que panorámica tan espectacular tenemos desde aquí…”

En estas estábamos, con los dos coches aparcados en uno de los costados del sendero, cuando de repente me di cuenta de que un animal se estaba acercando sigilosamente a ellos.

-“¡Dios Santo…! –exclamé asombrado- veis ese zorro…”

-“Es una zorra –dijo el biólogo, dándose la vuelta- y está amamantando…”

Con el mayor de los sigilos y hablando en un tono cariñoso nos fuimos acercando al animal, que a ratos huía y a ratos se acercaba. Cuando alcanzamos los coches, sacamos uno de los bocadillos que traíamos y comenzamos a arrojarle trocitos de pan y de lomo.

Poco a poco, la zorra fue tomando cierta confianza con nosotros y terminó comiendo, casi de nuestra mano, todo lo que quisimos ofrecerle. Todos estábamos extasiados contemplando como aquel animal salvaje, sin duda acuciado por el hambre, había accedido a que pudiéramos, casi, llegar a acariciarle.

Nos olvidamos del tiempo y estuvimos un buen rato “charlando” con nuestra amiga, y la verdad es que disfrutamos “de lo lindo” contemplándola tan cerca de nosotros, pero –claro- lo cierto es que la zorra, con hambre secular y poseída por unos instintos orientados a eso que conocemos como apropiación indebida, aprovecho un momento de descuido para introducirse en uno de los coches y con una rapidez insólita morder una bolsa de plástico, en la que llevábamos un pan de dos kilos que María había comprado esa mañana en Cazorla. Era increíble ver lo veloz que corría arrastrando con su boca el preciado producto de su rapiña.

Entre gritos y risas, varios de nosotros salimos corriendo detrás de ella y el animal, que escasamente podía aguantar ese fuerte peso en su boca, terminó soltando la bolsa y de inmediato se perdió en el bosque.

Pronto, sin embargo, volvió de nuevo y viendo que su intento de robo no tenía consecuencias especiales, ya que le seguíamos ofreciendo trozos de lomo y de pan, aprovechó otro descuido nuestro para, de otro salto, meterse en el otro coche. Ahora, como las ventanas estaban cerradas, el animal no tenía forma de salir, ya que uno, de un par de saltos, se había colocado en la única puerta que estaba abierta, por la que ella había entrado, de modo que durante unos segundos la pobre zorra, acurrucada en un rincón de uno de los asientos, estuvo enteramente a mi disposición.

Quizás muchos de vosotros no os creeríais este “cuento” si no fuera porque uno, como siempre que salgo al campo, llevaba su maquina digital en ristre, de modo que el feliz encuentro quedó inmortalizado adecuadamente.

Tras esta historia de convivencia entre unos hombres y una zorra, espero que Natacha, tan amante de los gatos, termine al fin de comprender los motivos por los que en cierta ocasión uno insistía en ser considerado como “un lince ibérico” en lugar de, como ella me había propuesto, una serpiente. A fin de cuentas, linces y zorros deben ser primos lejanos y uno ha podido documentar adecuadamente que “ha tenido tratos con una zorra”, en el más bello sentido de la palabra, por supuesto, ya que además la tal zorra, buena madre, estaba criando.

En mi opinión, el animal, “listo como el hambre”, había reparado en que los humanos se paraban en aquellos solitarios parajes para contemplar las cascadas que se despeñaban al otro lado del estrecho valle y –sin duda- más de una vez ya había comido de lo que esos humanos le habían ofrecido. Otra explicación, sinceramente, no soy capaz de encontrar.

Bueno, si, existe otra que es, sin duda, “más poética”. Lo cierto es que durante los segundos que estuve frente a frente ante el animal, que estaba acurrucado en el asiento del coche, pude reparar en que sus ojos eran idénticos a los de la gata Perona… Si, aquel animal de leyenda que casi me crió en mi más tierna infancia… ¿Sería su reencarnación? De ser así, ¿me habría reconocido mi vieja amiga?...

Lo cierto, amigos, es que puedo presumir de que aquella noche cenamos con un riquísimo “pan de pueblo”, que había sido “olisqueado” por una zorra sigilosa.




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