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jueves, 30 de abril de 2009

EL EXPRESO DEL NORTE





El soldado, somnoliento, no había reparado en las palabras de la joven.

-Eh, soldado, ¿me escuchas?, ¿me puedo sentar? –repitió ella alzando la voz.

El joven uniformado, al oír estas palabras, abandonó su letargo y balbuceó algunas palabras ininteligibles. Quien le hablaba era una muchacha de piel broncínea que le estaba brindando una encantadora sonrisa. Sus ojos verdes le atraparon de inmediato.

-Si, si… claro que si… Ahora mismo retiro este bulto.

Antes, cuando se había sentado en su asiento, el soldado había colocado en la plaza de enfrente –la que ella solicitaba ocupar- su destartalado macuto militar. Todas las semanas, cuando repetía este viaje que le conducía a León, venía haciendo lo mismo, buscando con ello que nadie se sentara en el asiento de enfrente, para viajar así con mayor comodidad. Una vez acomodado, el joven solía escuchar la música que captaba un pequeño transistor hasta que quedaba levemente adormecido.

-¿Escuchando música, eh? –exclamó la muchacha-, así no me oías…

-Si –respondió el soldado sonriendo- suelo sintonizar alguna cadena de música viajo. Resulta más entretenido. Ahora mismo estaba sonando algo de la “Credence”.

-Ah, que gente tan magnífica –afirmó ella-, me encanta su música, siempre tan vibrante.

Mientras contemplaba su continua sonrisa y sus ojos verdes, el soldado fue sintiendo que algo que surgía de esos ojos atravesaba su guerrera y se incrustaba dulcemente pero sin miramientos en su corazón.

Desde hacía varios meses, el soldado realizaba ese mismo viaje todas las semanas en el Expreso del Norte. Llevaba en su macuto pequeñas piezas de repuesto para los fusiles de asalto. Las recogía todos los lunes en el Parque de Artillería de su ciudad y se ocupaba luego de entregarlas en la armería del acuartelamiento de El Ferral del Bernesga, situado en las inmediaciones de León.

La muchacha, de aspecto campesino, tan sugestivamente bella como dotada de simpatía, le dijo que cursaba estudios en León y que ahora, que estaba de vacaciones, había pasado un par de días con una compañera que vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Palencia, en donde había subido al tren. Se dirigía a otra pequeña localidad de las montañas de León, donde vivía su familia.

No fue mucho el tiempo que ambos tuvieron para conversar, aproximadamente unos 40 minutos, pero el soldado –en tan corto espacio- tuvo la reiterada certeza de que aquella joven de ojos verdes, bronceada por el sol de los Picos de Europa, estaba conquistando, sin piedad alguna, su corazón.

Fue de súbito cuando la magia del momento quedó interrumpida.

-Oye, soldado –exclamó ella-, pero no te tenías que bajar en León… Hazlo deprisa, que creo que el tren va a ponerse en marcha…

Y es que el joven del uniforme, inmerso en las sonrisas de aquella desconocida ni siquiera había reparado en que el tren llevaba ya un tiempo parado en la estación de León y estaba a punto de proseguir el viaje en dirección al norte.

De manera apresurada, balbuceando un atragantado “adiós”, el soldado corrió buscando la salida del departamento. Cuando la alcanzó tuvo que saltar, ya que el expreso –lentamente- estaba iniciando su marcha. Pegando trompicones se dirigió a la ventana donde la muchacha le estaba despidiendo.

Fue ella la que reparo: “Eh, soldado, que te has dejado este bulto...” Y con indudable esfuerzo le arrojó el macuto por la ventana.

Las personas que transitaban por la estación y que contemplaron la escena no pudieron sino sonreír cuando vieron que el contenido del macuto, al caer este sobre el hormigón del anden, se desparramaba por el suelo y tres bayonetas de mosquetón y más de cien percutores de acero para los fusiles CETME saltaban por los aires brincando en todas las direcciones.

Dominado por el nerviosismo el soldado no pudo siquiera despedirse de la joven.

-¡Adios, Antiqva, a ver si nos vemos otra vez –dijo ella mientras el tren se alejaba. Ya sabes que me encanta la “Credence”.

La joven campesina se llamaba Camino. Estudiaba el primer curso de Veterinaria en la Universidad de León y su familia, según dijo, vivía en un pueblecito leonés de los Picos de Europa. El sol y el aire de la montaña habían dado un bello color a su piel.

El soldado, que tenía entonces dieciocho años, nunca volvió a verla. Todavía no ha olvidado el color verde de sus ojos.




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miércoles, 29 de abril de 2009

EL HOMBRE Y EL CORAZÓN


Psicostasia - Juicio de los muertos
Ante Isis y Neftis, el corazón del difunto está siendo pesado.
En el otro platillo de la balanza se ha colocado una estatuilla coronada por una pluma que representa a la diosa Maat.





Sigue los dictados de tu corazón durante el tiempo de tu existencia,
no cometas excesos en relación con lo que está prescrito,
no abrevies el tiempo de seguir los dictados de tu corazón.
Desperdiciar el momento de acción del corazón es la abominación de la Ka.
No desvíes tu acción cotidiana
de manera excesiva en el mantenimiento de tu casa.
Las cosas advienen, sigue al corazón.
Las cosas no aprovecharán al negligente.

Ptahhotep (Libro de enseñanzas)


Comentarios
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Ptahhotep fue visir de Djedkare-Isesi, faraón de la V dinastía (mediados del tercer milenio a.C.).

Los egipcios pensaban que el corazón era el órgano en el que residía la conciencia del hombre. De algún modo, pensaban que el corazón era un vaso capaz de recoger las experiencias de lo sagrado. A través del corazón, el hombre entraba en contacto con lo espiritual. Ese es el motivo de que Ptahhotep nos aconseje que durante los días de nuestra existencia sigamos los dictados de nuestro corazón. El hombre que actúa de acuerdo con su corazón camina hacia lo sagrado, hacia lo espiritual.

A veces, en ciertos momentos, lo sagrado está especialmente cerca de los hombres. Esto ocurre, por ejemplo, cuando se realizan determinados rituales. Entonces, la conciencia está muy cercana a lo sagrado y el corazón del hombre está “en su momento de acción”. Si el hombre no es consciente de ello y desperdicia ese momento ello supondrá “la abominación de la ka”, es decir desaprovechar la energía inmensa que se encierra en el ka de los hombres.

Nos dice luego Ptahhotep que el hombre que busca lo sagrado no debe desperdiciar su tiempo en el excesivo cuidado de las cosas puramente materiales. No se debe, nos dice, desperdiciar la energía en el excesivo mantenimiento de la casa. Ahora bien, ello no implica tampoco que se debe ser negligente en relación con las cosas materiales: ni pereza, ni agitación, cualquiera que sea el caso, el exceso es siempre una traba. Quien deje abandonadas sus tareas materiales será igualmente indigno de ser un sabio, pues sucumbiría bajo el peso de las tareas no cumplidas por su negligencia.

MISTERIOS DE ISIS

Imagen: Antiqva



Vivirás y morirás, pero vivirás.


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lunes, 27 de abril de 2009

MUJERES SAGRADAS

Imagen: Antiqva



Deseando conocer la belleza de las flores,
una diosa, dicen,
que en un tiempo de leyenda,
quiso encarnarse en una mujer...



Cuando los brúcteros, pueblo germano, repararon en que Véleda, la mujer sagrada, estaba poseída por el don de la profecía, la hicieron encerrar en una torre y jamás emprendieron una campaña militar sin conocer antes las predicciones de la mujer. Nunca permitieron que nadie se acercara a ella; temían que se contaminara y perdiera sus facultades de adivina.

Algún tiempo después, cuando los romanos conquistaron Germania, Véleda, tras ser llevada a presencia del césar, fue encerrada en uno de los templos del Capitolio, para servir desde entonces a los intereses militares de Roma.

En nuestros tiempos, recluida en la clausura del convento romano de San Nicolás, nadie tiene ya conciencia de los poderes adivinatorios de Véleda. Allí, en la santidad del claustro, al fin olvidada por todos, la mujer sagrada pasa los días contemplando la belleza de las flores que ella misma cuida en el huerto de este antiguo convento cuyo origen se remonta a los tiempos del Renacimiento y cuyos muros se alzan a los cielos en las inmediaciones de via Labicana.


ALGUNAS NOTAS HISTÓRICAS
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Tácito, historiador romano, sostenía que los germanos pensaban que en las mujeres se custodiaba algo de santo y profético, por lo que nunca dejaban de prestar atención a sus palabras. Estrabón, por su parte, dejó escrito que los cimbrios, cuando marchaban a la guerra, se hacían acompañar por ciertas mujeres que vestidas de blanco y envueltas en un chal de lino abrochado sobre la espalda, les transmitían sus oráculos.

En el año 78 d.C. cuando Rutilio Gálico derrotó a los germanos, al regresar a Roma hizo que en el desfile del triunfo, junto a los vencidos,
desfilara también una mujer, llamada Véleda, que revestida de un halo de santidad había vivido entre los brúcteros.
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domingo, 26 de abril de 2009

ADIOS, AMIGA




Imágenes: Antiqva



Este sábado, 25 de abril, Antiqva había decidido, como tantos otros fines de semana, hacer algunas fotografías. Tardó poco en percatarse de que el cielo no estaba especialmente vistoso y de que los rosales tampoco estaban en su esplendor, por lo que se animó a tomar imágenes de los geranios y de otras flores silvestres.

En cierto momento, cuando estaba enfocando a los geranios, sintió que la máquina emitía un cierto susurro. Disparó varias veces y el ruido persistía. Al revisar las imágenes comprobó que las últimas estaban desenfocadas. Al apagar y volver a encender pudo ver un mensaje que aparecía en la pantalla: “FOCUS ERROR”. Algo en las entrañas del “artefacto” se había roto y el sistema no podía enfocar.

Antiqva, a estas alturas, tiene la certeza de que estas cosas no tienen arreglo. Su entrañable “FUJIFILM FINEPIX E550” ha pasado a mejor vida. La muerte le ha llegado cuando estaba “trabajando”. En estos momentos, el objetivo ni siquiera se recoge cuando Antiqva apaga el sistema de encendido.

Hemos recuperado las últimas imágenes tomadas, de modo que mostramos aquí, a modo de homenaje, algunas de ellas. Con la última, la de los geranios, nuestro entrañable “artefacto” llegó a su fin. ¡Bien se merece esta despedida! Han sido cuatro años de sólida amistad.

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viernes, 24 de abril de 2009

POESÍA DEL AUTOBUS



Se ruega a los amantes de la poesía que "pinchen" en esta sugerente imagen...
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DEL MEDITERRÁNEO

Imagen: Petita Petitesa



Leer, leer, leer, vivir la vida
que otros soñaron.
Leer, leer, leer, el alma olvida
las cosas que pasaron.

Se quedan las que se quedan, las ficciones,
las flores de la pluma,
las olas, las humanas emociones,
el poso de la espuma.

Leer, leer, leer, ¿seré lectura
mañana también yo?¿Seré mi creador, mi criatura,
seré lo que pasó?

Miguel de Unamuno



-Ayer, día de Sant Jordi, recibí de Petita Petitesa (entrañable amiga y fotógrafa de prodigios) el regalo de esa bellísima flor y de los versos magníficos de don Miguel.

-¡Gracias, amiga, de todo corazón!

“Alguien diría que el Mediterráneo concede a las gentes una sensibilidad especial."





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martes, 21 de abril de 2009

HOMBRES EN LA SIERRA

Imagen: Antiqva







DE FRÍOS Y MUERTES - III




Fueron dos las señales que hicieron que Lino Carmona, sargento de la Guardia Civil, tomara conciencia de su inminente muerte. La primera fue oír, en la noche, el canto de un búho. Diego “El Lobo” lo había imitado magistralmente. El sargento, cuando lo escuchó, instintivamente, dejó de amenazar a la muchacha y abrió sus ojos intentando atravesar con su mirada la oscuridad del monte. Supo de inmediato que los hombres de la partida de “Los Lobos” estaban en los alrededores del cortijo. Un segundo después le llegó la segunda señal: un balazo, disparado por uno de los bandidos que todavía seguían defendiendo la causa perdida de una España comunista, atravesó el pecho de su subordinado Fernando Valdés, que en ese momento apuntaba con su fusil a la madre de la muchacha. Ante esas dos señales, Lino Carmona, que por primera vez en su vida no sintió que ningún espasmo de frío abandonara el cuerpo del guardia muerto, comprendió, al fin, que todo había llegado a su término.

Lino Carmona, que había combatido en una unidad falangista, se había incorporado en 1939 a la Guardia Civil una vez que las tropas nacionales habían alcanzado la victoria sobre la España roja. Fue destinado a diversos puestos de la provincia de Córdoba y en 1945, cuando la partida de “Los Lobos” seguía moviéndose por Sierra Morena, Lino -ascendido a sargento- actuaba como comandante del puesto de la Benemérita en Moroviejo. Sus hombres se dedicaban, casi en exclusiva, a perseguir a los hombres de la sierra haciendo continuas batidas por los montes.

Los huidos que integraban la partida de “Los Lobos”, bandidos para unos y soldados para otros, cuando finalizó la guerra habían hecho saber que “ni se iban a entregar a los franquistas ni se iban a marchar de España”, de modo que con buena parte de su armamento habían abandonado las trincheras que defendían y se habían “perdido”, como tantos otros, en la Sierra. Hombres como Lino Carmona, incapaces de vivir sin saborear el dolor, la sangre y la muerte, habían recibido la orden de perseguir a esos huidos que en las directrices del Partido Comunista estaban integrados en la Tercera Agrupación Guerrillera de España, con un ámbito de influencia que abarcaba las provincias de Córdoba y Badajoz. Dionisio Tellado Vázquez, conocido como “Mario de Rosa”, un maestro madrileño que en 1943 se había evadido de la prisión de Alcalá de Henares, había sido enviado por la dirección del partido con el ánimo, precisamente, de que coordinara las actuaciones de los diversos grupos de guerrilleros que se movían por las sierras de Córdoba. Julián Caballero Vacas, antiguo alcalde comunista de Villanueva de Córdoba también ejercía su autoridad sobre esos grupos, ostentando su condición de jefe local.

Por entonces, Lino Carmona, que había visto morir a toda su familia en los años de la guerra, se había transformado en un ser que ansiaba, cada vez más, absorber los intensos fríos que emanan de los muertos. Todo parecía sugerir que Lino, para conservar viva alguna parte de su alma, necesitaba de ese frío despiadado que desprenden los inocentes cuando son asesinados. Quizás ese fue el motivo de que durante los años de la guerra, Lino siempre se presentara voluntario cuando había que formar un pelotón de fusilamiento. Nadie sería capaz de decir contra cuantas personas había disparado en estos años. En 1945, cuando perseguía a “Los Lobos” con un ensañamiento difícil de imaginar, tenía 27 años.

Todo se había precipitado cuando en un encuentro fortuito en la sierra con un grupo de cazadores, los huidos habían matado a varios terratenientes y falangistas que los habían sorprendido cuando ellos estaban pescando en un riachuelo. Los falangistas se habían empeñado en identificarlos y varios “Lobos” que vigilaban parapetados abrieron fuego, sin miramiento, sobre ellos. El suceso produjo en Córdoba una inmensa conmoción. Unos días después la Delegación Nacional de Sindicatos habría de organizar una colecta para recaudar fondos con los que ayudar económicamente a las familias de los falangistas que habían encontrado la muerte en ese desafortunado encuentro.

A raíz de esas muertes, los jefes de los puestos de la Guardia Civil habían recibido la orden de estrechar el cerco sobre “Los Lobos”. Los Grupos Móviles debían rastrear la sierra y dar escarmiento a los bandidos. Lino Carmona, enfurecido por los crímenes, había ordenado a sus hombres que establecieran nuevos apostaderos en puntos elevados de la sierra, para desde allí, ocultos, vigilar cualquier movimiento sospechoso. Cuando el sol se ponía, los guardias vigilaban sobre todo los cortijos y chozas, ya que era frecuente que los huidos, en la noche, bajaran a esos lugares para hacerse con provisiones, unas veces con la colaboración de sus moradores, simpatizantes de una causa perdida, otras, sencillamente, robándolos.

Aquella mañana, Antonio “El Perico”, un piconero que se movía por la sierra y que actuaba como confidente de la Benemérita, había acudido al puesto de Moroviejo para poner en conocimiento del sargento que sospechaba que “Los Lobos” estaban siendo apoyados por Felipe “El Calderón”, que con su mujer y su hija habitaban en el cortijo que todos conocían como “Hoyón de la Higuera”. Hizo saber el confidente, para precisar más, que unas semanas antes, en un encuentro fortuito, un grupo de huidos le había robado su chaquetón y algunas provisiones y ayer, cuando pasaba por el “Hoyón de la Higuera” había reparado con sorpresa en que “El Calderón” lo llevaba puesto. Sin duda, los bandidos se lo habían entregado a cambio de alimentos o medicinas. Todo hacía sospechar, además, que Mariana, su hija, que presentaba signos claros de estar embarazada, podría ser la novia de alguno de esos miserables “Lobos”.

Lino Carmona, de inmediato, con dos hombres, se encaminó al “Hoyón de la Higuera”. En el camino se les incorporaron otros tres guardias que vigilaban en uno de los apostadores de la sierra por cuyas inmediaciones pasaron. Cuando llegaron al cortijo estaba anocheciendo. Lino debería haber esperado a que amaneciera, ocultos sus hombres en la espesura, antes de irrumpir en el cortijo, pero la ansiedad no se lo permitió. Sin duda se equivocó.

Dado que “El Calderón” no supo explicar de manera convincente los motivos por los que tenía en su poder el chaquetón del piconero y que una y otra vez argumentó, entre los dolores de la tortura, que no sabía nada de los bandidos, Lino Carmona –enfurecido- disparó contra él su pistola. El hombre, muerto en el acto, se desplomó en el suelo. Había que hacer hablar, ahora, a Rosalía, su esposa, y a Mariana, la mujer a la que alguno de los huidos había dejado embarazada.

Algo nervioso al tomar conciencia de que había oscurecido, Lino Carmona hizo poner a la embarazada, de rodillas, delante de él. “Los ojos al suelo… ¡No te atrevas a mirarme!...” –exclamo el sargento. Y dirigiéndose a la madre: “¡Dime donde se ocultan “Los Lobos” o mato a tu hija ahora mismo…!” La mujer, rota por el dolor, estaba siendo encañonada por el fusil del guardia Fernando Valdés.

Fue entonces cuando Diego “El Lobo”, antiguo capitán de las “Milicias de Jaén”, que se había negado a entregarse a los franquistas cuando terminó la guerra, hizo la señal que sus hombres esperaban. Se escuchó –en la noche- el canto de un búho y un instante después Fernando Valdés, perdida la mirada, caía derrumbado.

En ese momento, Lino Carmona, con su pistola apuntando a la nada de la noche, estaba siendo encañonado por Secundino Pajares, un hombre que en su juventud había trabajado en las minas de “El Terrible” y que durante la guerra había sido experto dinamitero. Cuando, con su viejo mosquetón, disparaba a una distancia inferior a los cincuenta metros mostraba una puntería infalible. Esta vez tampoco falló. Menos de treinta metros separaban el cortijo de la encina en la que él estaba parapetado. Lino Carmona, desfigurado su rostro por el proyectil, murió en el acto. Antes de que su cuerpo se desplomara en la tierra un segundo balazo atravesó su pecho destrozando en mil pedazos el escapulario protector que el hombre llevaba colgado del cuello.

A los pocos minutos todo había terminado. Solo dos de los guardias civiles pudieron eludir el cerco de los guerrilleros. Los demás yacían muertos. Rosalía y Mariana huyeron con “Los Lobos”. No hubo tiempo, siquiera, de dar sepultura al cuerpo de Felipe “El Calderón”. Los huidos sabían que cuando llegara el nuevo amanecer deberían estar, para salvar sus vidas, en su refugio del “Rodadero de los Cochinos”, a más de 15 kilómetros en línea recta del viejo, y desde entonces abandonado, cortijo.
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lunes, 20 de abril de 2009

domingo, 19 de abril de 2009

A VECES, EN EL MUNDO


Imágenes: Antiqva




A veces, en el mundo,
suceden cosas prodigiosas,
como que los gatos, hartos de comida,
se acerquen al viejo plato de metal y se limiten,
simplemente,
a olisquear los trozos de pienso de salmón,
sin probarlos siquiera.

Cuando estas cosas suceden,
los gatos suelen tumbarse al sol y juguetean, como niños, entre ellos.
Entonces, les encanta herir con sus garras los troncos de los árboles
o avanzar, en inestables equilibrios, por lugares aventurados.
Haciendo esas cosas alguien diría que son felices.

En esos momentos, algunas veces, Antiqva,
que los fines de semana ya no escucha las “Noticias”,
ni compra los periódicos,
con una copa de fino en la mano
-¡ah, los vinos finísimos de Doña Mencía!-,
mientras contempla como las fieras juegan,
suele pensar que el mundo, quizás, podría tener todavía solución.



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sábado, 18 de abril de 2009

LA LUZ Y EL DOLOR

Imagen: Antiqva



“¡Con qué profundo arte ha creado Dios el dolor!”

Alberto Méndez (Los girasoles ciegos).






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viernes, 17 de abril de 2009

EN UNA CALLE DE CÓRDOBA

Imagen: Antiqva


En una calle de Córdoba, una calle como tantas, con sus tiendas de postales y artículos para turistas, una heladería y dos bares con mesas en la acera y en el interior chillones carteles de toros, una calle con sus hondos zaguanes que desembocan en floridos jardines con su fuente de azulejos y sus jaulas de pájaros que callan abrumados por el bochorno de la siesta, uno que otro portón con su escudo de piedra y los borrosos signos de una abolida grandeza; en una calle de Córdoba cuyo nombre no recuerdo o quizá nunca supe, a lentos sorbos tomo una copa de jerez en la precaria sombra de la vereda.

Aquí y no en otra parte, mientras Carmen escoge en una tienda vecina las hermosas chilabas que regresan después de cinco siglos para perpetuar la fresca delicia de la medina en los tiempos de Al Andalus, en esta calle de Córdoba, tan parecida a tantas de Cartagena de Indias, de Antigua, de Santo Domingo o de la derruida Santa María del Darién, aquí y no en otro lugar me esperaba la imposible, la ebria certeza de estar en España.

En España, a donde tantas veces he venido a buscar este instante, esta devastadora epifanía, sucede el milagro y me interno lentamente en la felicidad sin término de aromas, recuerdos, batallas, lamentos, pasiones sin salida, por todos esos rostros, voces, airados reclamos, tiernos, dolientes ensalmos; no sé cómo decirlo, es tan difícil.

Es la España de Abul Hassan Al Husri, «El Ciego», la del bachiller Sansón Carrasco, la del príncipe Don Felipe, primogénito del César, que desembarca en Inglaterra todo vestido de blanco, para tomar en matrimonio a María Tudor, su tía, y deslumbrar con sus maneras y elegancia a la corte inglesa, la del joven oficial de albo coleto que parece pedir silencio en Las lanzas de Velázquez; la España, en fin, de mi imposible amor por la Infanta Catalina Micaela, que con estrábico asombro me mira desde su retrato en el Museo del Prado, la España del chofer que hace poco nos decía: «El peligro está donde está el cuerpo.» Pero no es sólo esto, hay mucho más que se me escapa.

Desde niño he estado pidiendo, soñando, anticipando, esta certeza que ahora me invade como una repentina temperatura, como un sordo golpe en la garganta, aquí en esta calle de Córdoba, recostado en la precaria mesa de latón mientras saboreo el jerez que como un ser vivo expande en mi pecho su calor generoso, su suave vértigo estival. Aquí, en España, cómo explicarlo si depende de las palabras y éstas no son bastantes para conseguirlo. Los dioses, en alguna parte, han consentido, en un instante de espléndido desorden, que esto ocurra, que esto me suceda en una calle de Córdoba, quizá porque ayer oré en el Mihrab de la Mezquita, pidiendo una señal que me entregase, así, sin motivo ni mérito alguno, la certidumbre de que en esta calle, en esta ciudad, en los interminables olivares quemados al sol, en las colinas, las serranías, los ríos, las ciudades, los pueblos, los caminos, en España, en fin, estaba el lugar, el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí con esta plenitud vencedora de la muerte y sus astucias, del olvido y del turbio comercio de los hombres.

Y ese don me ha sido otorgado en esta calle como tantas otras, con sus tiendas para turistas, su heladería, sus bares, sus portalones historiados, en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto, como cosa de todos los días, como un trueque del azar que le pago gozoso con las más negras horas de miedo y mentira, de servil aceptación y de resignada desesperanza, que han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida.

Todo se ha salvado ahora, en esta calle de la capital de los Omeyas pavimentada por los romanos, en donde el Duque de Rivas moró en su palacio de catorce jardines y una alcoba regia para albergar a los reyes nuestros señores.

Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en orden. Al terminar este jerez continuaremos el camino en busca de la pequeña sinagoga en donde meditó Maimónides y seré, hasta el último día, otro hombre o, mejor, el mismo pero rescatado y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la tierra.
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Alvaro Mutis (Una calle de Córdoba)


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jueves, 16 de abril de 2009

MUJERES ROMANAS

Imagen: Antiqva




Estas días pasados, cuando Antiqva visitaba la Necrópolis Romana de Carmona, población situada a unos 40 kilómetros de Sevilla, mientras contemplaba en el museo del yacimiento arqueológico la representación escultórica de Servilia, una joven que allí fue enterrada, no pudo sino evocar un antiguo epitafio que fue encontrado en Pax Iulia, la actual Beja portuguesa. En la inscripción, otra joven llamada Nise nos decía:

“Caminante, quienquiera que seas, cuando al pasar ante esta tumba leas en su epitafio que fui arrebatada a la vida teniendo sólo una veintena de años, sin duda te lamentarás de ello y, aunque piensas que esta paz que yo gozo ahora te será luego a ti, cuando estés cansado, tan dulce como a mi, haré votos, empero, porque vivas más que yo y envejezcas más tarde, disfrutando de la vida que no se me otorgó a mi. Más, si te alivia el llorar ¿por qué no lloras? Aquí yace Nise, que falleció a los veinticinco años. Hicieron este monumento su padre Inachus y su madre Io. Vete, o mejor aún, vuela, que ahora eres tú quien lees, pero luego tú mismo serás leído.”



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martes, 14 de abril de 2009

CABALLERÍA ROJA

Imagen: Robert Capa






DE FRÍOS Y MUERTES (II)



El 28 de julio de 1936 una columna fascista, al mando del capitán Naranjo, se presentó en Fuente del Río, pequeña población en la que se había hecho fuerte un grupo de milicianos a los que dirigía un jornalero al que llamaban Ximeno, que tiempo después, integrado en el Batallón Garcés, habría de ser “el capitán de mirada azul” que cantaría en sus versos el poeta Pedro Garfias, comisario político del batallón.

Entre los fascistas, con camisa azul y luciendo en el pecho un escapulario, estaba Lino Carmona. El grupo de hombres, con los fusiles apuntando a la nada, caminaba por las calles solitarias de Fuente del Río. El pueblo parecía abandonado. Todo estaba desierto. Alguien habría afirmado que nadie quedaba allí con vida que pudiera festejar la llegada de las fuerzas ocupantes. Todo sugería que en Fuente del Río no había ningún fascista. No había nadie a quien liberar del terror rojo.

Cuando los hombres de la columna, tomada conciencia de que el pueblo parecía abandonado, habían llegado a la plaza fue cuando sucedió todo. Inesperadamente, nadie supo de donde surgieron, ocho milicianos, cabalgando, atravesaron las calles del pueblo, fantasmagóricas imágenes de polvo y trueno, con la pistola en una mano y el fusil en la espalda, disparando a los desorientados fascistas.

El primer caballista que pasó al galope por la plaza destrozó de dos certeros balazos el rostro de Ángel Galán, uno de los falangistas, y la columna vertebral de Diego Jiménez, un número de la Guardia Civil. Lino Carmona, situado detrás de esos hombres, tuvo la fortuna de que el galope alocado del miliciano no permitió que este disparara contra él. Lino, temblando, se arrojó al suelo. No tuvo el valor suficiente para alzar sus ojos y contemplar como el hombre de la mirada azul, endemoniado, se alejaba disparando contra cualquier fascista que estuviera a su alcance.

Lino Carmona nunca supo el tiempo que había estado tirado en el suelo con los ojos pegados a la tierra. La cabalgata de la caballería anarquista había durado algo menos de un minuto, que fue el tiempo que tardaron los jinetes en atravesar la plaza y huir por las callejas adyacentes. Los demonios rojos, cuando los disparos cesaron, habían desaparecido. Todo estaba cubierto de polvo y sangre. En este episodio la columna fascista registró siete bajas. Parece que dos de los jinetes también encontraron la muerte.

Conquistada Fuente del Río, en los días siguientes hubo matanzas indiscriminadas de personas “de izquierdas” por parte de las fuerzas ocupantes. Todavía se cuenta que en ese baño de sangre, entre otros muchos, los rebeldes fusilaron acatando las órdenes del brigada Sagrado a la novia de uno de los jornaleros que estaban enrolados en la caballería de Ximeno. Por esas paradojas propias de las guerras civiles, habría luego de resultar que esa mujer tenía un hermano que enrolado en la Legión combatía en las filas fascistas. Cuando el hombre, al parecer un tipo de acción, supo del asesinato de su hermana buscó con el ánimo obcecado al brigada que había dado la orden y cuando, al fin, lo encontró en la pequeña población de Entrepinares, lo asesinó, igualmente, sin miramiento alguno.

Tras la cabalgata miliciana, Lino Carmona, poseído por la fiebre que produce el miedo, estuvo vomitando. A pesar del tórrido calor del verano durante todo el día sintió que el helado reflejo de la muerte se había apoderado de su cuerpo y de su mente. Dicen muchos que en los días que siguieron fue uno de los hombres que integraron el pelotón de fusilamiento que ejecutó a tantos hombres y mujeres que nadie en Aldea del Río quedaría libre de llorar a algún miembro asesinado de su familia. El intenso frío que desprendían los asustados muertos no impedía que Lino Carmona siguiera disparando una y otra vez contra todos aquellos a los que el brigada Sagrado ordenaba ajusticiar.

A mediados del mes de octubre habría de saber Lino que su hermano Félix, el único miembro de su familia que conservaba la vida, había encontrado la muerte en el frente de Cerro Muriano. Le contaron que todo había sucedido el día 5 de septiembre. La unidad militar en la que Félix estaba enrolado (cuando estalló la guerra cumplía el servicio militar en la Legión) era una de las que se integraban en la columna franquista de tropas africanas que el general Varela, desde Córdoba, había lanzado contra los republicanos en el frente de Sierra Morena. En las inmediaciones de Cerro Muriano, en el Cerro de la Coja, un miliciano de Alcoy que disparaba al azar contra los fascistas que subían penosamente por las laderas del cerro, le causó la muerte.

Ese mismo día, Robert Capa, que estaba tomando fotografías del frente cordobés, habría de inmortalizar el preciso momento en que Federico Borrell, conocido como Taino, otro miliciano de la columna de Alcoy, encontraba también la muerte, abatido ahora por el fuego de los moros que apoyaban la causa franquista.

Lino Carmona, endurecida su alma por tantos fríos y muertes, tomó conciencia cuando le hablaron de la muerte de su hermano de que había quedado solo. Nadie, sin embargo, vio que llorase. Estaba a punto de cumplir 18 años.





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domingo, 12 de abril de 2009

lunes, 6 de abril de 2009

DE SUEÑOS Y CUENTOS

Imagen: Antiqva



Antiqva, a veces, cuanto recorre los senderos de la sierra y se topa con los vestigios de antiguos caseríos abandonados a su suerte suele caer en la ensoñación de evocar las vivencias de las gentes que los habitaron en otros tiempos.

No hace mucho, en unos momentos en que estaba leyendo algunos libros que hablaban de la Guerra Civil y de los terribles años que la siguieron, Antiqva mientras tomaba fotografías de uno de esos cortijos abandonados, no pudo sino pensar que en lugares como ese, perdidos en medio de ninguna parte, en el corazón profundo de la sierra, quizás se hubieran vivido en el pasado situaciones similares a las que ahora los historiadores, en sus textos, estaban analizando. Es posible que las gentes que vivieron en ese cortijo en aquellos años padecieran el miedo de saberse atrapados en una “tierra de nadie”, a merced tanto de la represión nacionalista como de la rapiña de los “hombres de la sierra”, los “huidos” republicanos, que al término de la guerra se habían “echado al monte” intentando escapar de la muerte. En ese momento, descansando a la sombra de una encina, Antiqva pensó que podría escribir alguna fabulación que remitiera al lector a unas situaciones que quizás se hubieran vivido en lugares como ese. Nació así un inesperado y obsesivo deseo de escribir propiciado por ese previo “atiborramiento” de lecturas sobre los años de la guerra y por el posterior momento de “ensoñación” cuando Antiqva se plantó ante aquellas ruinas que le remitían al pasado.

Fue así como nuestro hombre sintió la necesidad de escribir un cuento que nos acercara a uno de aquellos grupos de guerrilleros que se movían por la sierra acosados de continuo por las fuerzas “del orden”. La acción, pensó, habría de desarrollarse en las inmediaciones del abandonado cortijo en el que se encontraba.

Esa fue la idea inicial: escribir un cuento. Luego, cuando la fabulación se fue poniendo en marcha, Antiqva habría de escribir otros dos con los que presentaría al protagonista y lo situaría en el contexto de esos trágicos momentos. Todo ello condujo, al fin, al nacimiento de un personaje, Lino Carmona, que cuando estalla el alzamiento es un joven que se gana la vida trabajando como jornalero y que en el último de los cuentos, el que se desarrollará en el cortijo del “ensueño”, se ha transformado en un hombre sin alma, envejecido tras varios años de muertes y fríos. Los primeros momentos de la historia son conocidos por las personas que habéis leído el primero de esos cuentos. Pronto serán publicados los otros dos.

Antiqva, cuando consiguió terminar la historia, sintió que de él se desprendía la sensación de agobio que le había estado poseyendo. De algún modo, ¿quien sabe por qué?, se había visto obligado a escribir una “historia”, en tres tiempos, en la que todo estaba revestido de dolor y muerte. Cuando la terminó no pudo sino lanzar un suspiro. Le embargaba una sensación clara de alivio: ¡Al fin, todo había terminado!




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domingo, 5 de abril de 2009

ÉRASE DE UN MARINERO


Imágenes: Antiqva



Érase de un marinero
que hizo un jardín junto al mar
y se metió a jardinero.
Estaba el jardín en flor
y el marinero se fue
por esos mares de Dios.

Antonio Machado (Parábola)


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jueves, 2 de abril de 2009

ABANDONOS

Imagen: Antiqva



Contemplando los cortijos abandonados en las sierras llegó a sentir la necesidad de fantasear acerca de unas vivencias que nunca habían sido suyas.





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