Azorín – Las confesiones de un pequeño filósofo
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miércoles, 3 de diciembre de 2014
Atardecer en el mar
miércoles, 29 de mayo de 2013
Lo real y lo soñado
Apertura f/16
Tiempo de exposición 1/30 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 52 mm.
Compensación de la exposición -0,30
HDR
La realidad no importa; lo que importa es nuestro ensueño.
Azorín, La voluntad
Yo he soñado sin dormir...
Acaso sin despertarme,
Manuel Machado, En sueños
-De razones vive el hombre.
-Y de sueños sobrevive.
Miguel de Unamuno, Sobre la filosofía española
sábado, 17 de noviembre de 2012
Una ciudad y un balcón
Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/30 s
Velocidad ISO – 1.000
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
“No me podrán quitar el
dolorido sentir…"
Garcilaso
“En el primer balcón de la izquierda, allá en la casa de
piedra que está en la plaza, hay un hombre sentado. Parece abstraído en una
profunda meditación. Tiene un fino bigote de puntas levantadas. Está el
caballero, sentado, con el codo puesto en uno de los brazos del sillón y la
cara apoyada en la mano. Una honda tristeza empaña sus ojos…
¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará
maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas
transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá
un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.”
Azorín, Castilla
- Esta fotografía la hice en una placita de Burgos, cuando ya
estaba anocheciendo, hace unos meses con motivo de un viaje por Castilla. No
reparé entonces en que en uno de los ventanales estaba una mujer. Si os fijáis,
podréis ver que ella está en la casa colorada, en el balcón cubierto de
cristalera de la planta de arriba. En ese momento estaba yo distraído con tres
cuestiones. De un lado, recordaba una conversación reciente con una amiga de
América que me había contado que una de sus bisabuelas había vivido, antes de
emigrar, en Burgos. De otro lado, tenía especial interés en captar al grupo que
está conversando, iluminado por una farola, en el rincón izquierdo de la
imagen. Finalmente, mi mente estaba también evocando el viejo texto de Azorín,
que he reproducido más arriba. Recuerdo ahora, cuando escribo estas palabras de
presentación de la fotografía, que hace ya mucho tiempo alguien me aconsejó:
“Lee a Azorín… No lo dudes, lee a Azorín…”, buen consejo, pienso.
Ha de decir, finalmente, que esta placita burgalesa está situada
en uno de los costados de la catedral. De hecho, en la zona de derecha de la
imagen, que expresamente no he querido recortar, se puede apreciar como surge
el edificio adornado con pináculos de este impresionante templo burgalés. Ese
anochecer, por si todo lo dicho fuera poco, el cielo que se alzaba por encima
de la placita se mostraba espectacularmente bello. El sol de la noche, al
reflejarse en las nubes bajas, las había teñido de unas tonalidades rojizas
espectaculares.
sábado, 9 de junio de 2007
AZORÍN
.
La venta de Cidones está en la carretera
que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,
que llaman la Ruipérez, es una viejecita
que aviva el fuego donde borbolla la marmita.
Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
-bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto-,
contempla silencioso la lumbre del hogar.
Se oye la marmita al fuego borbollar.
Sentado ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,
dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
El caballero es joven, vestido va de luto.
El viento frío azota los chopos del camino.
Se ve pasar de polvo un blanco remolino.
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado.
Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,
la tarde habrá caído sobre la tierra parda
de Soria. Todavía los grises serrijones,
con ruina de encinares y mellas de aluviones,
las lomas azuladas, las agrias barranqueras,
picotas y colinas, ribazos y laderas
del páramo sombrío por donde cruza el Duero,
darán al sol de ocaso su resplandor de acero.
La venta se oscurece. El rojo lar humea.
La mecha de un mohoso candil arde y chispea.
El enlutado tiene clavados en el fuego
los ojos largo rato; se los enjuga luego
con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
el son de la marmita, el ascua del hogar?
Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo
y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.
Antonio Machado (Al maestro “Azorín” por su libro “Castilla”).
que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,
que llaman la Ruipérez, es una viejecita
que aviva el fuego donde borbolla la marmita.
Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
-bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto-,
contempla silencioso la lumbre del hogar.
Se oye la marmita al fuego borbollar.
Sentado ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,
dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
El caballero es joven, vestido va de luto.
El viento frío azota los chopos del camino.
Se ve pasar de polvo un blanco remolino.
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado.
Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,
la tarde habrá caído sobre la tierra parda
de Soria. Todavía los grises serrijones,
con ruina de encinares y mellas de aluviones,
las lomas azuladas, las agrias barranqueras,
picotas y colinas, ribazos y laderas
del páramo sombrío por donde cruza el Duero,
darán al sol de ocaso su resplandor de acero.
La venta se oscurece. El rojo lar humea.
La mecha de un mohoso candil arde y chispea.
El enlutado tiene clavados en el fuego
los ojos largo rato; se los enjuga luego
con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
el son de la marmita, el ascua del hogar?
Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo
y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.
Antonio Machado (Al maestro “Azorín” por su libro “Castilla”).
lunes, 28 de mayo de 2007
domingo, 27 de mayo de 2007
LOS ENSUEÑOS
“De todos puede ser ese retrato de un caballero enlutado –Azorín- que Antonio Machado vió en la venta de Cidones, carretera de Soria a Burgos:
Sentado ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la pluma en el tintero
los ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
El caballero es joven, va vestido de luto.
El caballero escribe y aguarda la llegada del correo, mientras se ensombrece la tarde y un viento frío azota los chopos del camino:
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado.
Va avanzando la tarde, y bajo el sol del ocaso brilla con resplandor de acero el páramo soriano. Tiemblan las llamas del lar y chispea el candil:
El enlutado tiene clavados en el fuego
los ojos largo rato; se los enjuga luego
con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
el son de la marmita, el ascua del hogar?
Tal vez lo supiera Antonio Machado. Nosotros, desde luego lo sabemos. El caballero enlutado se ha ensimismado en el mundo de sus sueños. En él vive. Y desde él, en el son de la marmita y en la fugaz relumbre de las ascuas, ve el íntimo dolor de España y el tránsito irreparable del tiempo. Ese “dolorido sentir” y esta dolorosa fugacidad son las dos saetas que hieren el alma del caballero enlutado y le hacen llorar, perdido entre las agrias barranqueras de Soria, mientras cae la noche y llega –ruidoso, polvoriento-, el coche del correo.
El triste caballero se ha sumergido en su propio ensueño. ¿Qué es un ensueño? ¿Por qué los hombres, desde que de ellos tenemos noticias, detienen de cuando en cuando su tráfico vital, cierran los ojos o miran a una estrella y edifican dentro de sí esos castillos irreales que llamamos ensueños?”
Pedro Laín Entralgo (La generación del Noventa y Ocho)
Sentado ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la pluma en el tintero
los ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
El caballero es joven, va vestido de luto.
El caballero escribe y aguarda la llegada del correo, mientras se ensombrece la tarde y un viento frío azota los chopos del camino:
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado.
Va avanzando la tarde, y bajo el sol del ocaso brilla con resplandor de acero el páramo soriano. Tiemblan las llamas del lar y chispea el candil:
El enlutado tiene clavados en el fuego
los ojos largo rato; se los enjuga luego
con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
el son de la marmita, el ascua del hogar?
Tal vez lo supiera Antonio Machado. Nosotros, desde luego lo sabemos. El caballero enlutado se ha ensimismado en el mundo de sus sueños. En él vive. Y desde él, en el son de la marmita y en la fugaz relumbre de las ascuas, ve el íntimo dolor de España y el tránsito irreparable del tiempo. Ese “dolorido sentir” y esta dolorosa fugacidad son las dos saetas que hieren el alma del caballero enlutado y le hacen llorar, perdido entre las agrias barranqueras de Soria, mientras cae la noche y llega –ruidoso, polvoriento-, el coche del correo.
El triste caballero se ha sumergido en su propio ensueño. ¿Qué es un ensueño? ¿Por qué los hombres, desde que de ellos tenemos noticias, detienen de cuando en cuando su tráfico vital, cierran los ojos o miran a una estrella y edifican dentro de sí esos castillos irreales que llamamos ensueños?”
Pedro Laín Entralgo (La generación del Noventa y Ocho)
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