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domingo, 17 de mayo de 2009

UNA MUCHACHA DE POMPEYA



Imágenes: Antiqva




A Antiqva siempre le ha llamado la atención la manera tan sugerente en que Gradiva, la muchacha de Pompeya, caminaba. Conoció la historia de la ensoñación narrada por Wilhelm Jensen hace ya muchos años, cuando tuvo oportunidad de leer su novela. Entonces no sabía que el propio Freud, tras leer el texto de Jensen y contemplar el relieve en uno de los museos del Vaticano, había quedado igualmente cautivado.

Recientemente, Antiqva, con motivo de “poner los pies” en Pompeya, reparó en los magníficos “pasos de peatones” que los pompeyanos habían colocado en los puntos más estratégicos de sus calzadas para facilitar que los ciudadanos pudieran atravesarlas sin mojarse los pies en los tiempos de lluvia.

Esos “pasos de peatones”, que al quedar sepultados por metros de cenizas y piedra pómez, se han conservado de manera excepcional en esta antigua ciudad cuyos vestigios se sitúan cerca de la actual Nápoles, podrían brindarnos alguna pista acerca de la causa del extraño modo de caminar de Gradiva.

Reparemos, en efecto, que en el relieve la muchacha está, al menos eso es lo que piensa Antiqva, sujetándose el vestido (reparar, amig@s, en los pliegues de su ropa en las inmediaciones de su mano). Si Gradiva se está alzando delicadamente “su falda” quizá sea para no marcharse. Es posible que el escultor la representase en el preciso momento en que estaba cruzando uno de esos “pasos de peatones” de los que antes hablábamos. Gradiva tendría su pie en una postura claramente forzada debido a esa circunstancia.

De ser así, Gradiva, en suma, estaría intentando cruzar por los inmensos bloques de piedra, haciendo algún que otro equilibrio y sujetándose la ropa con sus manos, evitando mancharse con el agua y el barro que pudiera haberse acumulado en la calzada.

Que quede claro, amig@s, que todo esto es una mera suposición.

Veréis, finalmente, amig@s, lo “listos” que eran los pompeyanos: entre las piedras inmensas dejaban espacios libres para que, con cierta comodidad, pudieran circular los carros...



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jueves, 14 de mayo de 2009

GRADIVA


Templo de Apolo - Pompeya
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Imágenes: Antiqva



Al contemplar aquel rostro, Norbert se acordó de que había visto ya a Gradiva en sueños en aquella misma ciudad, la noche en que se había echado tan tranquila, como para dormir, sobre los escalones del templo de Apolo, cerca del Foro. Este recuerdo de su sueño le hizo darse cuenta de algo de lo que hasta aquel momento no había tenido conciencia; sin reflexionar siquiera, había tomado el tren hacia Italia y, sin detenerse por así decirlo ni en Roma ni en Nápoles había proseguido su viaje hasta Pompeya con el propósito de buscar en esa ciudad eventuales huellas de la joven. Y precisamente huellas en el propio y estricto sentido de la palabra; pues con su forma característica de andar, Gradiva debía de haber dejado una impronta inconfundible de los dedos de sus pies en la ceniza de las calles pompeyanas.

Era, así pues, una vez más, una criatura de sueño la que se desplazaba ante sus ojos en medio de la luz deslumbradora del mediodía, y sin embargo era también perfectamente real. La prueba estaba en el efecto que producía en un gran lagarto inmóvil bajo los cálidos rayos del sol en la última piedra, cerca de la acera de enfrente. El cuerpo centelleante del animal, como hecho de malaquita y oro, resultaba perfectamente visible y, ante el pie que se acercaba, Norbert lo vio saltar bruscamente de la piedra y escapar por las blancas losas de lava de la calle.

Gradiva pasó con paso ligero y tranquilo y siguió su camino por la acera contraria dando ahora la espalda al arqueólogo…

Wilhelm Jensen (Gradiva)
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miércoles, 13 de mayo de 2009

FANTASÍA POMPEYANA

Gradiva (copia romana de una escultura neoática).
El modo en que la muchacha camina sigue produciendo ensoñación.
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En Pompeya, en las inmediaciones del Templo de Apolo,
se manifestará al arqueólogo el espíritu de Gradiva.

Imagen: Antiqva





Las personas propensas a las ensoñaciones, antes de visitar Pompeya, deberían leer “Gradiva”, de Jensen.

“Gradiva” es el título de una novela de Wilhelm Jensen cuyo protagonista es un arqueólogo que en cierto momento, ante un relieve que representa a una muchacha que camina de una manera especialmente sugerente, a la que él llamará Gradiva, se ve arrastrado a un estado de profunda ensoñación.
En el sueño, el hombre se encontrará con el espíritu de la propia muchacha en Pompeya en un caluroso día de agosto del año 79 de nuestra era. Más adelante, el protagonista llegará a tomar conciencia de que Gradiva no es sino la encarnación de una amiga de su infancia, Zoe, a la que nunca había prestado especial atención.
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En su obra “El delirio y los sueños en la Gradiva de Jensen”, publicada en 1906, Freud habría de aplicar el Psicoanálisis a la novela que cuatro años antes había publicado Jensen.

El bajo relieve que provocó la ensoñación del arqueólogo se puede hoy contemplar en los Museos del Vaticano, en donde Freud lo descubrió en una de sus visitas a Roma. Parece, incluso, que hizo colocar una réplica del mismo en su propio consultorio.

Freud, al estudiar la obra de Jensen, trazó un paralelismo entre lo que suponía el ocultamiento del bajo relieve bajo las capas de ceniza y piedra pómez, tras la explosión del Vesubio, y la propia represión por parte del protagonista de sus recuerdos infantiles, que habrían de llevarlo a desarrollar el estado de delirio.


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