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jueves, 21 de julio de 2011

Guerra Civil Española




A finales de 1936 o principios de 1937 mi madre, entonces una niña, fue evacuada del Madrid republicano, junto a sus dos hermanos. Un tren lentísimo los condujo al Levante, donde terminaron recalando finalmente en Villarreal de los Infantes. Allí fueron acogidos por tres familias distintas. Eduardo, el mayor de los hermanos, había recibido de mi abuela una orden clara: no debía consentir que los separaran. Los tres debían ser acogidos en la misma población.

En Villarreal, mi madre quedó bajo la custodia de una familia que en aquellos tiempos regentaba un hotelito. Tenían también una pequeña huerta de naranjos, donde ella jugaba con los hijos de esas personas que la habían acogido.

En el hotelito, frecuentado por militares republicanos, mi madre, a fin de cuentas una niña que simbolizaba la resistencia madrileña, fue tratada siempre por todos con un cariño especial, conscientes de la tragedia que en esos momentos se estaba viviendo en Madrid.

Mi madre nos habló muchas veces de la emoción que sentía al recordar aquellos tiempos en que ella fue feliz, entre las buenas gentes que la habían acogido en Villarreal, a pesar de estar alejada de sus padres, que siguieron viviendo en el Madrid sitiado.

En esos tiempos, el que habría de ser mi padre, entonces un “chaval”, había sido alistado en el ejército nacional. Se había criado en Valladolid y allí el alzamiento militar había triunfado desde el primer momento. Consciente de la inmensa tragedia que supuso la guerra civil prácticamente nunca nos habló de sus propias experiencias en esos años terribles.

Tiempo después, en un momento más avanzado de la guerra, mis abuelos fueron también evacuados de Madrid y terminaron arribando, igualmente, a Villarreal de los Infantes, buscando recuperar a sus hijos.

Siempre me ha causado sorpresa saber que cuando los franquistas entraron en Villarreal venía con ellos un sargento de la Guardia Civil que era, ni más ni menos, que cuñado de mi abuelo. Este hombre, “que mandaba mucho”, se hizo cargo de toda la familia, ya que mi abuelo –sindicalista de UGT- había muerto unos días antes.

Mi madre nunca olvidó la imagen de las carreteras levantinas, llenas de muertos en las cunetas, cuando los nacionales los evacuaron de Villarreal. Viajaban en un camión del ejército, tapados con colchonetas, y debieron de atravesar alguna zona de lucha, ya que las balas silbaban a ambos lados del camino. El conductor –nos habría de contar mi madre muchas veces- no cesaba de repetir mientras conducía frenéticamente: “¡Por Dios, recen para que ninguna bala me alcance... Si me matan a mí, morirán todos...”

Cuando las tropas nacionales entraron, finalmente, en Madrid, llegando así a su fin la guerra fratricida, mi padre fue uno de los soldados que integraban las fuerzas de ocupación. La noche anterior su grupo había pernoctado en Torrelodones. Fue uno de los hombres que desfilaron en el “Desfile de la Victoria”.

jueves, 20 de enero de 2011

CUENTOS DE LA VIEJA CASTILLA





Dedicado a mi hermana, lectora desde la sombra


Hubo un tiempo en que en los hogares modestos no había televisores. Los niños, entonces, sin nada que los atara a las casas, pasaban la tarde jugando en la calle.

En aquellos tiempos, cuando llegaba la época de la recolección, la chiquillería del barrio solía sentarse, acechante, en las cunetas del Paseo de Farnesio. Si tenían suerte, era posible que algún camión cargado de remolacha pasara ante ellos encaminándose a la cercana fábrica azucarera de la Farola. Antes, los niños habían colocado piedras en la carretera, confiando en que alguno de los camiones, al topar sus ruedas con ellas, se desnivelase lo suficiente para permitir que alguna remolacha cayera al suelo.

Cuando eso sucedía, una vez que el camión se alejaba, los niños, envueltos en el jolgorio, recogían el botín y se dirigían al cercano manantial de Labradores, donde lo lavaban. Después, con golpes de piedras afiladas, partían trozos que chupaban con deleite, extrayendo su delicioso sabor azucarado. Dicen que una remolacha cruda es pesada de digerir y parece que una sola pieza bastaba para satisfacer el ansía de dulzor, y de juego, de una legión de chiquillos.

De algún modo, en aquella vieja Castilla del trigo y la remolacha, los penosos traqueteos de los solitarios camiones que atravesaban el barrio permitían que los niños de las Delicias vivieran cada tarde una comunión de dulcísimo sabor. Las niñas, mientras tanto, jugaban a la raya o se pasaban las horas saltando a la cuerda. Acostumbradas al jolgorio remolachero no manifestaban extrañeza cuando escuchaban el ruido que se producía cuando los camiones embestían las piedras. Solo alguna de ellas se acercaba a los niños y pedía un trocito de remolacha para chupar.

Eran unos tiempos en que los niños, para desesperación de don Manuel, el director del colegio, solían fumar alguna que otra vez cigarrillos de anís. Fue también en aquellos años cuando más de uno se enamoró de Lucía, una niña rubia a la que nunca pudieron acercarse ya que sus padres no la dejaban salir a la calle. Sólo la veían de lejos, cuando ella jugaba con alguna amiga en el patio de su casa y los niños las espiaban desde el portalón. El Barbas, un perro de probada fiereza, estaba bien instruido por don Marciano, el padre de Lucía, para que ningún extraño se acercara a la niña, de modo que las carreras de los más atrevidos, perseguidos por el perro, eran frecuentes en las tardes de verano.

Por aquel entonces, la vida sentimental de Lolita, que años antes había decidido hacerse artista, era la principal materia de conversación de las madres y abuelas en aquel barrio en el que todos se conocían. Hablar de cómo le iban las cosas a Lolita y comentar los sucesos de El Caso eran las cuestiones prioritarias a las que las mujeres de las Delicias, en aquellos tiempos, dedicaban sus ratos libres.

Cierto día, para sorpresa de las gentes, el dueño de El Portillano compró un televisor y lo hizo instalar en el bar. A los pocos días, las tardes de los domingos, mientras los hombres jugaban al dominó, tomando café y fumando, una multitud enloquecida de niños y niñas, sentados en el suelo del local, habría de comenzar a seguir las aventuras de Rin-tin-tin. Fue entonces cuando el interés por el tránsito de los camiones de remolacha comenzó a perder intensidad.

Un nuevo modo de vida estaba llegando al barrio.


ACLARACIÓN
La familia de Lolita (Lola Herrera) seguía viviendo en el barrio de las Delicias en aquellos tiempos en que el perro Barbas, endemoniado, corría ladrando detrás de los chiquillos.


domingo, 14 de marzo de 2010

MIGUEL DELIBES

Ausencia
Imagen: Antiqva



Mi padre y aquel hombre estaban conversando amigablemente, como viejos amigos que llevan mucho tiempo sin verse. Mi madre, mi hermana y yo aguardábamos con cierta impaciencia a que su conversación terminara. Era un domingo por la tarde y habíamos salido a pasear con la intención de llegarnos al centro de la ciudad y merendar unas ricas “milojas” en una pastelería que estaba situada detrás, en unos soportales, de la Plaza Mayor.
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¿Queréis que os enseñe el periódico? -dijo el hombre, cuando parecería que estaban terminando la conversación.

Claro que si, Miguel, le respondió mi padre, claro que nos gustaría, sobre todo a los niños.

Mi hermana y yo nos miramos sorprendidos, ya que nadie nos había preguntado nuestra opinión y lo cierto es que lo que queríamos era irnos de una vez a la pastelería. Entonces, yo debía tener seis o siete años, y la verdad es que no tenía el menor interés en un periódico en esos momentos.

Pero lo que aquel hombre, se había brindado a enseñarnos no era un periódico de papel, como yo pensaba, sino el local en el que se editaba “El Norte de Castilla”, diario del que él era director.

Conversando amigablemente, el hombre nos llevó a un edificio cercano y nos hizo entrar en las entrañas del periódico. Cariñosamente nos fue explicando como funcionaban aquellas máquinas. Recuerdo la impresión que me causó una especie de máquina de escribir que funcionaba sola. El hombre nos explicó que aquello era un “teletipo” y que automáticamente imprimía los datos que alguien estaba introduciendo en ese momento en otro lugar del mundo. ¡Cosas de magia! -dijo mi madre, que nunca había oído hablar de aquellos inventos.

Al cabo de un rato, tras una despedida amigable en la que el hombre nos regaló a los niños unos libritos de cuentos que sacó del cajón de una de las mesas, salimos a la calle y nos dirigimos a donde nosotros queríamos ir, a la pastelería, en donde las “milojas” nos aguardaban. En el camino, mi padre nos dijo, con orgullo no disimulado, que el hombre con el que habíamos estado era Miguel Delibes, un afamado escritor.

Muchos años después, evocando este encuentro que tuve en mi niñez con Miguel Delibes habría de surgirme una pregunta sin respuesta: ¿De qué conocería mi padre a este hombre? ¿Por qué se hablaban con tanto cariño?.

Lo cierto es que nunca se lo pregunté a mi padre y cuando sentí la necesidad de hacerlo, ya no podía ser.


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viernes, 11 de septiembre de 2009

"LA MADRUGA" Y FRANCISCO UMBRAL

Imagen: Antiqva



Siente uno que algún mecanismo ignoto se ha puesto en marcha y estoy recordando esos días del frío en que mi madre hacía “de niña de los recados” en el taller de costura de “la Madruga”…

Corrían entonces los años “del hambre”, los primeros de la década de los “cuarenta” del siglo pasado. Con la pretensión de que la cría aprendiera un oficio mi abuela la había llevado a ese taller. Su trabajo consistía en hacer los recados cotidianos y aprender lo que buenamente pudiera, escuchando y mirando lo que hacían las demás.

-“Leonorcita, ve a la mercería y pregunta si llegaron los botones…”

-“Niña, tienes que ir a casa de doña Ana… Le dices que su chaqueta ya está preparada… Qué cuando le venga bien, puede venir a probarse…”

Según escuché a mi madre, “la Madruga” era una mujer muy alta en aquellos tiempos en que los españoles eran gentes bajitas. Decía que era tan alta que no se atrevía a salir a la calle, ya que temía que los niños, despiadados, se metieran con ella. Por ese temor, contaba mi madre, solamente en las primeras horas de la madrugada se la veía paseando por los jardines del Campo Grande, acompañada por alguna de las muchachas que trabajaban en su taller. “La Madruga”, acomplejada por los comentarios que su altura despertaban en la gente, solamente salía a la calle antes de que hubiera amanecido. Habrían de ser esos paseos a horas extrañas los que harían que pasara a ser conocida como “la Madruga”… Mi madre siempre se refería a ella de ese modo: “la Madruga”… Sin acento en la última letra. No la llamemos “la Madrugá”, que es la palabra que identifica las procesiones que con ocasión de la Semana Santa se llevan a cabo en Andalucía en la noche del Jueves al Viernes Santo.

Contaba también mi madre que en aquellos tiempos “del hambre” esta mujer había recibido una oferta de la Facultad de Medicina, que ella habría aceptado, consistente en permitir que a cambio de determinada cantidad de dinero, cuando muriera, su esqueleto pudiera ser estudiado por la Universidad. Parece que en aquellos tiempos nadie entendía, ni siquiera en los ambientes de la ciencia, que una mujer pudiera ser tan alta.

Cuando Leonor hablaba de estas cosas, Antiqva era un niño… Habrían de pasar algunos años para que ya hombrecito se topara de nuevo con otra referencia a esa mujer legendaria. Esa nueva noticia que hablaba de “la Madruga” la encontraría leyendo “Los helechos arborescentes”… Francisco Umbral, su autor, hijo de madre soltera, aunque tuvo que nacer en un hospital de beneficencia madrileño a causa de la miseria y el miedo a las habladurías, estuvo siempre muy vinculado a Valladolid, ciudad donde vivía su madre cuando quedó embarazada y donde él se crió. No es extraño que Umbral, que vivió en ese Valladolid arropado por el hambre escuchara hablar, como Antiqva, de “la Madruga”, persona que entonces debía llamar la atención de las gentes, de modo que en la novela, en algún pasaje ocasional, el escritor habló de ella, haciendo así que el nombre de “la Madruga” recibiera un fugaz aliento de inmortalidad.

Dice en la reseña de la edición que Antiqva posee de “Los helechos arborescentes” (1980):

“Francisco Umbral ha escrito la novela de un niño que vive dos vidas paralelas, complementarias, que se aureolan y justifican una a la otra dentro de su alma escalonada en tres estadios como los tres patios sucesivos de una casa: la cultura, la gente, la soledad. Figuras de la Historia (Zumalacárregui, Zorrilla, Mariano de Cavia, Millán-Astray, don Alvaro de Luna, Franco), de la cultura (la Pardo Bazán, Giner de los Rios, Giménez-Caballero, Estebadillo González) y de la intrabiografía mágica del niño narrador, van y vienen libremente por siglos como salones, se encuentran, se saludan y se matan. Un gran esperpento histórico…”

“La Madruga”, precisamente, habría sido uno de esos personajes de la intrabiografía mágica de Paco Umbral, y del niño Antiqva, claro.



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lunes, 17 de agosto de 2009

MIGUEL DELIBES (DE NOVELAS Y MAGIAS)

Plaza Mayor de Valladolid
Imagen: Antiqva




Antiqva piensa que Miguel Delibes es uno de los más grandes novelistas españoles, de modo que cuando en 1998 publicó su obra “El hereje”, con la que el autor pretendía hacer un homenaje a Valladolid, su ciudad, uno fue consciente de que debía leer esa novela tan pronto como le fuera posible.

Es sabido, a estas alturas, que Antiqva nació y vivió su juventud en Valladolid. Algunos pueden también saber, porque alguna vez hablé de ello en este cuaderno, que hubo un tiempo prodigioso en el que Miguel Delibes y mi padre se trataban, cuando se encontraban paseando por la calle, con afecto indudable. Nunca llegó a saber el niño Antiqva los motivos por los que esos dos hombres se hablaban de manera tan entrañable. En aquellos tiempos esas cosas, a un niño, no le importaban.

Posiblemente nadie sepa, sin embargo, que diez o doce años después Antiqva habría de ser alumno de don Miguel, que impartía clases de “Historia del Comercio” en la Escuela Universitaria de Ciencias Empresariales de Valladolid. Sin duda, en algún lugar, ¿quién sabe donde?, debe conservar Antiqva la firma autógrafa del novelista estampada en una de esas “papeletas” de calificación universitaria.

Hablo de estas cosas porque en días pasados Antiqva ha tenido oportunidad de pasear nuevamente por los jardines del Campo Grande vallisoletano y ha recordado otros tiempos en que don Miguel, cada mañana, salía a pasear por este espacio público. Era usual que nos cruzáramos con él y entonces solíamos saludarle, como alumno suyo que habíamos sido. Siempre nos respondía con su bondad tan característica.

En su obra “El hereje”, Miguel Delibes nos habla de Cipriano Salcedo, un hombre cuyas inquietudes intelectuales y religiosas le llevaran a la hoguera en los tiempos de la Inquisición. La narración de su vida le sirve a don Miguel para construir un impactante telón de fondo que nos acerca a la historia de Valladolid en un momento especialmente tenebroso en el que todo estaba dominado por instituciones tan siniestras como el Santo Oficio. “El hereje” es una novela del género histórico ambientada en el Valladolid del siglo XVI cuyo rigor en lo que sería puramente la recreación de los escenarios puede sorprender a cualquiera, pero no a Antiqva, que tuvo la fortuna de ser alumno de Delibes en esos cursos de “Historia del Comercio”. Don Miguel, además de novelista, era catedrático en la Universidad de Valladolid, y estaba especializado en Historia, de modo que se justifica el conocimiento que tiene de la historia de Valladolid.

Ese mismo día en que habíamos estado paseando por los jardines del Campo Grande (allí estaba el “Brasero de herejes” de la Santa Inquisición), Antiqva se acercó a una librería que según le habían comentado algunos amigos había sido inaugurada en fechas recientes en las inmediaciones de la calle de Santiago, la arteria que conduce a la cercana Plaza Mayor. Allí, ojeando libros, nos topamos con una obra que nos llamó la atención. De algún modo, “se nos vino a las manos”. Su título “Ars magica”; su autora, una mujer llamada Nerea Riesco, de la que, en honor a la verdad, nada sabíamos en ese momento.

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jueves, 25 de diciembre de 2008

EVOCACIÓN ENSOÑADORA

Antiqva de la mano de su madre



“El poeta es el hombre que sabe soñar y expresar bellamente sus sueños; y el lector de poesía sueña, porque el poeta, mediante la expresión de sus propios sueños, ha sabido hacerle soñar un sueño a la vez repetido e inédito.

Tú sabes las secretas galerías
del alma, los caminos de los sueños,
y la tarde tranquila
donde van a morir...

Son éstos los sueños que conducen a los hombres hacia un modo de vivir en que la vida no pasa ni se consume; ese vivir transtemporal a que el hombre llega cuando recupera por evocación el tiempo perdido y al que llegará con su muerte cuando se acabe el tiempo de su vida:

Allí te aguardan
las hadas silenciosas de la vida,
y hacia un jardín de eterna primavera
te llevarán un día.

Mediante la evocación ensoñadora vuelve el alma a nacer y recupera el tiempo y la vida perdidos en el pasado:

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!
Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre... Y caminar en sueños
por amor de la mano que nos lleva.

Por eso puede decir Antonio Machado, dando ceñida expresión a su doctrina sobre la fugacidad y la repetibilidad del instante temporal:

De toda la memoria solo vale
el don preclaro de evocar los sueños.”

Pedro Laín Entralgo (La generación del Noventa y Ocho)





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domingo, 30 de noviembre de 2008

CACHARROS Y CACEROLAS

Juan Lascano




IMÁGENES Y PALABRAS HA LLEGADO A SU ENTRADA NÚMERO 500

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Los nebulosos recuerdos de la infancia me trasladan, envuelto en los sueños, a un caserón de adobe, de dos plantas, que se alzaba en el Paseo de Farnesio, frente a las tapias del ferrocarril, en Valladolid. Allí, en una vivienda de la planta superior, fue donde Antiqva vivió sus primeros años.

En el que quizás sea el primer recuerdo que tengo me veo, con cierta nitidez a pesar del tiempo pasado, sentado en una inmensa mesa hecha con tablones de madera (posiblemente la recuerdo tan grande porque Antiqva era muy niño). Estoy en la galería descubierta que se habría al patio interior y contemplo como la gata Perona, siempre hambrienta, se está atragantando con las escasas sobras de comida. Al poco, el pequeño Antiqva, enfrente de la gata, sentado, entre risas, consciente de que está siendo contemplado por su madre y su hermana, está canturreando una antiquísima canción: “Cocinero, cocinero…”, que posiblemente habrá escuchado hace un momento en la radio. Precisamente, estos días pasados pude localizar en ese rincón de sueños que es YouTube esa entrañable –para uno- cancioncilla.

Todo parece sugerir, como podréis ver, que en aquellos tiempos nebulosos Antiqva debía ser un pequeño diablo. En estos momentos parece que estoy escuchando como mi madre, algo sofocada, habla con mi abuela:

-“Madre –le dice-, el niño “nos ha salido” llorón… Por las noches se pone a llorar y no nos deja dormir… No sabemos cuantas noches llevamos sin poder “pegar un ojo”… Vaya con el niño…”

-“Pero Leo –le responde mi abuela- eso tiene una solución sencilla. Cuando el niño se despierte por la noche, le llevas a la cocina y le dejas allí jugando. Verás como se entretiene el solito. Se ve que es un niño vital y no necesita dormir mucho. Tú, hija, tranquila, le pones los zapatitos y dejas que juegue en la cocina.”

No fue necesario que mi abuela dijera aquello dos veces. Mi madre, tan bondadosa como ingenua, esa misma noche, cuando Antiqva comenzó a llorar, no lo dudó. Al poco, el niño estaba en la cocina, que era el lugar más caliente de la casa, él solo, para que se entretuviera con sus juegos.

Lo que no podía sospechar Leo, ni mi abuela, es que antes de que la primera hubiera podido llegar siquiera a la cama, Antiqva, que había abierto las puertas del armario de la cocina, había sacado de su interior varias sartenes, pucheros y cacharros, y maravillado con los metálicos ruidos que producían se había puesto, enloquecido, a golpear con una de las sartenes a los pucheros y cazuelas que había antes desparramado por el suelo.

Los gritos de las vecinas, al momento, rompieron el desarrollo de la infantil “cacerolada”:

-“Leo, Leo… -chillaba la señora Elena- ¿Qué pasa en tu cocina, que parece que se está cayendo todo…? ¿Ay, Dios mío, habrá que avisar a los bomberos…? –preguntaba a voces la señora Jesusa-…”

-“No, no…, no pasa nada… -se escuchó decir a mi madre-, es que el niño está jugando…”

Fue entonces cuando mi madre –estremecida- sintió que el atronador vocerío de la vecindad se incrementaba hasta alcanzar niveles insospechados. Parece ser –me habría de contar mucho tiempo después, entre risas, que en aquella casa, en la noche, nunca nadie había gritado así:

-“Pero Leo, mujer, por Dios, sujeta al niño, que nuestros maridos tienen que madrugar… Menuda “escandalera”… Vaya con el angelito… Pero a quien se le ocurre…”

Aquel entrañable acontecimiento habría de tener varias consecuencias que incidirían en el posterior desarrollo de Antiqva: de un lado, su madre, una adorable jovencita, maduró “de golpe” y dejó de prestar esa atención tan especial a algunos de los consejos de mi abuela; de otro, Antiqva supo pronto lo poco entrañable que resultaba que a uno le arrearan con la mano, suavemente, en ese adorable lugar en el que la espalda termina perdiendo su bello nombre.
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sábado, 1 de noviembre de 2008

PLAZA MAYOR DE VALLADOLID



A Cristina, de la Nueva Valladolid mexicana, a la que prometí hace tiempo que hablaría de esta plaza; a Sendieva, con la que algún día nos tomaremos un café en este mágico lugar, y a María José, que le encanta pasear por ella.


No esperéis, amigos, que uno sea objetivo cuando cuente “cosas” acerca de la Plaza Mayor de Valladolid. En esa ciudad fue donde Antiqva nació hace ya demasiados años y nadie puede confiar que cuando se habla de la ciudad en la que uno ha nacido, ese uno vaya a expresarse con el adecuado rigor. Es probable que lo que venga a la mente “del uno” no sean sino recuerdos atropellados.

Con estos antecedentes previos es fácil comprender que Antiqva no tenga reparos en afirmar que, según él lo siente, la Plaza Mayor de Valladolid es el espacio público más acogedor y cálido de todos los que existen en España. Eso, al menos, es lo que ese tal Antiqva piensa… ¡faltaría más!

Entenderéis, con estas anotaciones, que María y Antiqva, todos los años, en verano, como las aves migratorias, nos desplacemos a pasar unos días a esta tan entrañable para nosotros ciudad en la que reposa la capitalidad administrativa, que no artística, de Castilla y León. Nos encanta pasar unos días allí disfrutando con nuestra familia y con algunos amigos que, ¡a Dios gracias!, todavía nos quedan.

La plaza de la que hablamos, amplio y animado núcleo central de la vida vallisoletana, debe su estructura actual a la reconstrucción que impulsó Felipe II (que había nacido en Valladolid) tras el terrible incendio de 1561, que asoló buena parte de la ciudad y arrasó la que antes era Plaza del Mercado y sus alrededores.

Paseando este verano por la plaza pudimos comprobar que este año se ha cumplido el centenario de la construcción del edificio de su Ayuntamiento, del que brindamos una imagen. La plaza, en principio, tiene una estructura propia de los tiempos del Renacimiento, si bien con el paso de los años se fueron cometieron diversas tropelías en algunos de sus edificio, que ahora –poco a poco- se viene intentando normalizar, con el objetivo a medio plazo de que el aspecto de conjunto llegue a resultar razonablemente homogéneo.

¡Ay, amigos, que rincones tan entrañables custodia Valladolid en las inmediaciones de su Plaza Mayor…! ¡Qué decir de las patatas bravas y los calamares fritos (y de los mejillones, claro) de la cercana “La Mejillonera”… Ah, y de tantos otros lugares, tan próximos, en el espacio y en nuestro corazón, como míticos: “La Mina”, “El Caballo de Troya”, “La Sepia”, “El León de Oro”… Comprenderéis, amigos, que uno no pueda ser objetivo cuando la boca se le está llenando de saliva.

Y es que Antiqva no puede ser riguroso cuando entre esos viejos soportales castellanos, alzados con “piedra caliza de Campaspero”, ha pasado uno algunos de los mejores años de su juventud. Eran tiempos deliciosos en que uno acudía a este espacio para celebrar, por ejemplo, la fiesta de “Fin de Año”, rodeado de una alegría tan inmensa como generalizada, o para correr, tan alocado como temeroso, intentando escapar de la carga policial de aquellos hombres siniestros que vestían uniformes “de gris”.

Ah, por cierto, se me olvidaba comentar que en el centro de la plaza, frente al Ayuntamiento, se alza la estatua del Conde Ansúrez, mítico fundador del Valladolid medieval. Eran entonces los castellanos hombres de “armas tomar”; lo podría confirmar Abd-Allah, el último rey zirí de Granada, antes de la llegada de los Almorávides.

Cuentan, en efecto, las viejas crónicas (estoy hablando de memoria) que un día aciago las mesnadas del Conde Ansúrez llegaron a Granada para demandar al rey musulmán el pago de ciertos tributos que el rey de Castilla, creo que era Alfonso VI, exigía. El granadino, sorprendido, se negó en tajante a pagar esos impuestos. Nuestro hombre, ese Abd-Allah, argumentó que no tenía sentido que tuviera que pagar tributos a un rey cristiano tan desconocido como lejano, cuando –además- entre Castilla y Granada había por medio otros poderosos reinos musulmanes, como Toledo y Córdoba.

Pero, claro, resultó que nuestro hombre no sabía con quien se estaba “jugando los cuartos”. Pronto, el reino de Toledo había caído en manos de los castellanos y Abd-Allah, agobiado por desesperación, no tuvo otra salida que demandar el auxilio de los fieros guerreros Almorávides que ocupaban las tierras del Norte de África. “Prefiero ser camellero entre los Almorávides -habría exclamado Abd-Allah- antes que servir como porquerizo a los cristianos.”

Y lo cierto es que no se equivocó: los africanos -seguidores de la más pura ortodoxia islámica- echaron raíces en Al-Andalus y destronaron a todos los reyezuelos (los denominadas Taifas) que habían venido gobernando aquellas tierras tras la desintegración del Califato de Córdoba.

Por cierto, amigos, antes Antiqva decía que posiblemente, en estas materias, no iba a ser razonablemente objetivo. ¿Como iba a sospechar, sin embargo, que hablando de la Plaza Mayor de Valladolid iba a terminar contando la historia de aquel rey de Granada, que habría de ser destronado por los Almorávides por haberse negado a pagar los impuestos que le exigía aquel fiero conde castellano?

Ah, se me vienen ahora a la mente aquellos tiempos ya lejanos en que Antiqva, de “crío”, plantado ante su estatua, de la mano de su madre, no era capaz de distinguir entre “El Conde Ansúrez” y otros personajes legendarios muy similares en la distancia de los siglos, como “El Capitán Trueno” o “El Guerrero del Antifaz”. Todos aquellos hombres, con sus espadas y sus cruces, se presentaban muy parecidos en nuestra imaginación.

Ay, amigos, algún día tendré que hablar de los inquisitoriales “Autos de Fe” que se celebraron en siglos pasados aquí, en esta bella Plaza Mayor. En ellos se inspiró Miguel Delibes para escribir su obra “El hereje”. Cuando pienso que durante un tiempo afortunado tuve el privilegio de ser alumno, ya en la Universidad, de este hombre “tan humano”…
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martes, 26 de agosto de 2008

AMORES








A SENDIEVA, que seguro que reconoce algunos
de los lugares que se citan en el texto




Antiqva, cuando era niño, tuvo un amor platónico, lo que ocurre es que entonces la gente del barrio no sabía quién era Platón y los amigos, cuando veían que Antiqva entraba en éxtasis, se limitaban a decir: “Vaya, ha visto de nuevo a Lucía y otra vez se ha quedado embobado.” Esa expresión infantil, tan certera, y otras de tipo similar, terminaron creando en la confusa mente de Antiqva la idea de que el “amor platónico” debía ser cosa de “bobos”, ya que él, de hecho, cuando se cruzaba marginalmente con aquella niña de cabello rubio y ojos azules, era así como se sentía.

En aquellos tiempos, Antiqva estudiaba en el colegio estatal “Miguel de Cervantes”, en la planta de los niños, en tanto que Lucía lo hacía en un cercano colegio de monjas (las “Hermanas de los Pobres”), lo que hizo que jamás pudiera coincidir con ella en alguna actividad de tipo escolar. Aquello dificultaba de manera notable las posibilidades de encuentro físico. Jugaba, además, en contra de Antiqva el hecho de que los padres de aquella bella criatura la criaban y educaban con extremo celo, de modo que nunca se la veía en la calle, salvo los domingos, en que a la hora del paseo salía con sus padres y hermanos. Aquella familia vivía en una casa bastante grande, de hecho contaba con un patio inmenso en su interior, de modo que era en ese espacio en el que, cuando dejaban abierto el portón de acceso, Antiqva podía ver, desde la calle, “perdida la razón”, como la niña jugaba con alguna de sus amigas.

En alguna ocasión, el niño, invadido por una insufrible tensión, aprovechando que sus amigos, descuidados, entre risas, se habían alejado del lugar, había intentado penetrar en aquel “sagrado” espacio pero lo cierto es que sus intentos de aproximación siempre resultaron vanos. En aquel lugar, apacible en apariencia, habitaba un monstruo de feroz aspecto, el perro “Barbas”, que en cuanto Antiqva atravesaba el portón, al encuentro de su “amada”, salía de algún insospechado rincón y en un contexto de ladridos estrepitosos le ponía en fuga sin miramiento alguno. “No corras, no corras, que es peor… Además, no ves que no muerde…”, exclamaban las niñas, mientras con sus alborotadas risas se unían a los ladridos de la fiera contribuyendo a romper el silencio de la tarde.

De modo que Antiqva, a su pesar, nunca pudo acercarse a menos de quince metros de aquella encantadora criatura que tanta turbación le producía. Comprenderéis, amigos, que con estas explicaciones, uno, de momento, no sea capaz de brindar el tan deseado “final feliz” a esta tan entrañable como ya casi olvidada historia.

No obstante, como cualquier situación es siempre susceptible de empeorar, pasados algunos años, la cosa, incluso, se complicó. Era entonces Antiqva uno de esos jovencitos “asimétricos” que no parecían gozar de demasiado “sex appeal” entre sus amigas, algo que posteriormente, muchos años después, habría de ser acreditado gracias a unos rigurosos estudios que expertos británicos de la Universidad de Brunel habrían de publicar en la prestigiosa “Proceedings of National Academy of Science”.

Ese acontecimiento que agravaría de manera irreversible esas “ansias amatorias” de Antiqva hacia aquella vecinita tan bella como insondable tuvo lugar en una de las sesiones de baile que se celebraban en el barrio con motivo de la verbena popular que todos los años se montaba en el mes de julio en el cercano Paseo de Farnesio. Aquella tarde, nuestro jovencito había acudido a la verbena, acompañado de un grupo de amigos, algunos todavía residuales de aquellos tiempos en que él se había mostrado con frecuencia “embobado” al contemplar los encantos de su idealizada ninfa, y resultó que allí estaba Lucía, en medio de otro grupo de amigas, y nuestro joven lo tuvo claro: “Esta es la ocasión –pensó- no puedo dejar pasar esta oportunidad, la tengo que sacar a bailar como sea, ahora que no está por aquí ese maldito perro.”

Y Antiqva, sin dudarlo, se acercó al grupo de jovencitas con la decisión tomada de conseguir aquella tarde, como fuese, bailar con la niña, que por cierto “lucía” angelical con el adorno de sus bellísimos rizos dorados. Llegó nuestro joven al grupo y en el momento en que, nervioso, estaba saludando cortésmente a las muchachas pasó algo inesperado que habría de destrozar, sin miramientos, los planes que se había trazado:

“¡Antiqva…! –escuchó decir a otra jovencita de aspecto igualmente angelical, que le regalaba una sonrisa bellísima- ¡qué alegría verte por aquí…! ¡Vamos a bailar un poco…!”

Aquel otro ángel se llamaba María.




domingo, 13 de julio de 2008

PAPELITOS





En aquel Instituto de Enseñanza Media, un vetusto edificio de ladrillo, que nuestro profesor de Ciencias Naturales había definido alguna vez como un “adefesio”, que se alza en la bellísima plaza de San Pablo, habría de pasar Antiqva, en aquellos tiempos en que soportaba con paciencia franciscana unas tan monótonas como insufribles clases de latín, un total de ocho años de su vida -¡casi nada!, dirán algunos- mientras varios de los hombres más sabios de la ciudad se esforzaban por transformarlo en un hombrecito que fuera capaz de asimilar algunos de los rudimentos de las Ciencias y las Letras.

En aquellos tiempos, en el Instituto solamente estudiábamos algunos privilegiados de las familias modestas. Intentaré explicarme. Los niños y jóvenes de las familias “con recursos” seguían sus enseñanzas en los colegios privados religiosos, en tanto que los que pertenecían a familias con “recursos escasos” simplemente no estudiaban, sino que eran enrolados directamente en el mundo laboral. Sin embargo, entre esas familias modestas algunos padres se empeñaban en que sus hijos “estudiaran”, y ese fue el caso de uno, que accedió al Instituto, cuyas enseñanzas eran gratuitas, debido a esa preocupación especial de sus padres.

Como solamente había una institución de enseñanza pública en la ciudad, a pesar de que entonces Valladolid debía contar con unos 200.000 habitantes, el Instituto tenía un régimen de ocupación estudiantil intensivo. Por las mañanas, acudíamos a clase los niños, y por las tardes, lo hacían las niñas. Entonces era impensable que niños y niñas pudieran estudiar “revueltos”. La enseñanza mixta era algo que las leyes no permitían.

En aquellos tiempos en que, obviamente, no existía Internet ni los teléfonos móviles, los jovencitos éramos conscientes de que en nuestros pupitres, por las tardes, se sentaban aquellas jovencitas con las que soñábamos, de modo que pasábamos momentos encantadores y plenos de sorpresas intercambiando mensajes con la esperanza de que a la mañana siguiente esas “notas de náufragos” hubieran merecido alguna respuesta.

Antiqva, por ejemplo, podía escribir unas palabras en un papelito y dejarlo en un lugar discreto del cajón del pupitre:

-“Hola, sabes que además de compartir este pupitre contigo, te amo…”

Y a la mañana siguiente, Antiqva podía encontrar, disimulado en el cajón, otro papelito similar:

-“Ay, yo también te quiero, amor de mi vida. ¿No me escribirías una poesía?...”

Entonces, las jovencitas eran realmente encantadoras. Y uno, claro, como loco, buscaba algunos versos bonitos en nuestra “Antología de la literatura española” (IV curso de Bachillerato, más o menos 15 años) y los dejaba, con la respiración entrecortada, en el cajoncito.

Y a la mañana siguiente:

-“Ay, amor mío, que versos más bonitos me has escrito… Me han encantado. Pero, por cierto, ten cuidado –cariño- que un tal Espronceda te los está copiando…”

Y así pasaban los días, sin que jamás llegáramos a conocer “realmente” a aquella adorable chiquilla que todo sugiere que se reía de uno, sin miramientos.

Ah, que encantadoras aquellas muchachitas que nunca llegaron a existir.


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miércoles, 11 de junio de 2008

NIÑOS, ÁNGELES Y CANALLAS




Joaquín Sabina, tan poeta como “canalla”, en el buen sentido de esa palabra, nos brindó hace algunos años una creación que permite evocar unos tiempos terribles de la historia, ya cada vez menos reciente, de nuestro país. Es esa canción que arranca hablando de:

“Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
“el género dentro por la calor”…

Cuando, envuelto en los recuerdos y la nostalgia, escucho esta canción no puedo sino evocar los años de mi infancia, de aquella infancia tan añorada en la que realmente nada teníamos salvo la felicidad “en estado puro”, privada de todo lo que pudiera ser meramente material. En aquellos tiempos, los niños de los barrios humildes, privados de posibles ornamentos materiales éramos felices casi al modo de los ángeles, si es que los ángeles han sido alguna vez felices, cosa que desconozco.

Debo aclarar que en nuestro hogar, tan pobre como feliz, nunca nos faltó un plato de comida. Mentiría si dijera que conozco lo que es pasar hambre. En aquellos hogares en donde, realmente, sintieran el hambre físicamente o faltara el amor de los padres, las cosas –sin duda- serían muy distintas.

Pues si, amigos, lo cierto es que en aquellos tiempos las cosas materiales brillaban por su ausencia, si bien los niños –al no haberlas conocido- tampoco las echábamos en falta. Sería imposible explicar esto a los niños de hoy. Ah, aquellos tiempos en que uno peleaba todas las tardes, durante un ratito, con “El Capitán Trueno” deseando arrebatarle a su enamorada, la bellísima Sigrid, aquella legendaria princesa vikinga…

Siempre que escucho la canción de Sabina acuden a mi mente pasajes de esa infancia feliz, que parecían haber quedado olvidados pero que sin duda quedaron bien “amarrados” en mi mente.

Parece, así, que estoy viviendo aquel anochecer de invierno en que mi madre y yo, como en tantos otros anocheceres, estamos acechando en las inmediaciones del Cine Capitol, esperando a que mi hermana salga de sus clases de “Corte y confección”, no sea que algún jovencito vaya a molestar, a esas horas, a la niña.

Parece, también, que estoy jugando a las chapas con aquellos muchachitos, compañeros de clase en la Escuela Nacional “Miguel de Cervantes”, que tienen las manos invadidas de sabañones, molesta enfermedad producida –según dicen algunos- por los fríos. Estamos jugando, protegidos del viento por un murete, en el patio de ese colegio, que todavía existe, que en los tiempos de la guerra había sido utilizado como centro de mando de las tropas italianas que vinieron a apoyar a los “nacionales”. Ah, cuantas mujeres de las Delicias, “muertas materialmente de hambre” se habían “liado” con esos soldados extranjeros buscando algo que poder comer. Sin duda, Dios las habrá perdonado, ¡faltaría más!

Parece –y sigo- que estoy viendo a mi padre, en una inmensa y fría sala de un hospital militar en el que se acumulan más de treinta camas con enfermos. Está, según se entra, en la parte de la derecha, al lado de una gran ventana y tiene en las manos un enorme tazón lleno hasta colmatar de aceite de ricino. Lo tiene que tomar, “sin dejar nada”, le acaba de decir una monja, ya que a la mañana siguiente va a ser operado, y tiene que “estar limpio”.

-“Anda, Leo –le dice a mi madre- iros ya, que no quiero que el niño me vea tomando esto…”

Parece, también, que ahora mismo, en una tarde de verano, estoy en la tienda de ultramarinos del Sr. Jonás. Mi madre está comprando algo y yo, al lado del mostrador de madera, me estoy comiendo trocitos de un bacalao salado que el tendero tiene expuesto encima de ese mostrador, a la altura de mi cabecita. Oh, que placer siento robando lonchitas de bacalao, que arranco con mis deditos y allí mismo me como pensando que nadie me está viendo. Posiblemente, el Sr. Jonás está haciendo la “vista gorda”. Mi madre, a fin de cuentas, es una buena clienta, de las que compran “al fiado” pero que luego, a fin de mes, pagan religiosamente.

En algún momento, mi madre ha pedido algún “comestible” de naturaleza más perecedera y el buen hombre invariablemente responde:

-“Si, señora Leo, ahora mismo te lo traigo, es que lo tengo dentro, en el fresco, porque aquí, con estos calores, ya se sabe…”

Y tan pronto como desaparece en el interior de la tienda, yo aprovecho para pegar otro tirón al bacalao y me llevo el despojo, rápidamente, a la boca, saboreando su intensa sensación salada.

Eran aquellos unos tiempos en que “habían pasado ya los nacionales…”. Si, son aquellos tiempos en que la gente de las Delicias, en sus habladurías, cuenta en voz baja que el Sr. X, el barbero del barrio, cuando acabó la guerra, había sido “mal fusilado” por los falangistas. Gracias a Dios se había podido salvar. Ya comenté algo de esto en:
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Ah, que tiempos…, podría seguir contando más cosas, pero debo dejarlo. Alguien dirá ahora que parece que esas cosas sucedieron hace cientos de años, pero no es así, no ha pasado tanto tiempo; de hecho, seguían pasando cuando uno era niño.

Un niño, me reitero, que tuvo una infancia tremendamente feliz, despojado de todo salvo de lo que es realmente importante: el inmenso Amor de su familia.

Todas estas cosas, y tantas otras similares, hacen que ese niño que quisiera seguir siendo, cuando escucha “De purísima y oro”, se ponga un poco sentimental.

Ese “canalla” de Sabina es el que tiene la culpa.



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viernes, 23 de mayo de 2008

RECUERDOS





Estos días pasados este blog ha cumplido un año de existencia. Como soy algo despistado quizás ni siquiera hubiera reparado en ello de no haber sido inducido al recuerdo, inconscientemente, por una buena amiga, que también en estos días ha alcanzado el primer añito de vida.

No sabía como celebrarlo, pero pensaba: “Bueno, algo tendré que hacer…”

Y estaba pensando en estas cosas cuando me he acordado de mi hermana, que es lectora fiel de estos escritos, si bien es tan “espiritual” que entra de puntillas y jamás –salvo una excepción- ha dejado la huella más mínima de su paso.

No obstante esa ausencia de sus huellas, se que pasea con cierta frecuencia por aquí ya que algunas veces me ha llamado por teléfono y con una voz que acusa cierta desesperación me ha acusado abiertamente:

-“Pero bueno, me quieres decir donde tienes las cosas que escribes de cuando éramos pequeños… Aquí tienes tanta “paja” que no consigo encontrar lo que a mí me interesa, que son los recuerdos de cuando éramos niños… A ver si algún día ordenas esto del blog, que lo tienes todo liado y no soy capaz de encontrar nada.”

Y he pensado, en fin, en hacer caso de lo que “ordena” mi querida “tata” y he dedicado un rato a crear una etiqueta en la que he recogido los



Así que os animo a visitar esos “recuerdos”, que paulatinamente van formando, para uno, una interesante colección impregnada de nostalgia. Espero que mi hermana, por otro lado, me tenga en cuenta este detalle que debe facilitar su trasiego por estas “Imágenes y palabras”.

Ocurre también, es verdad, que la mayor parte de estos textos pasaron desapercibidos en su momento, a pesar de que uno quisiera creer que son de los más “bonitos”. Pensar amigos que en aquellos primeros momentos el cuaderno había nacido como “Latidos de soledad” y hasta que un día, en que se ve que había dejado abierta alguna ventana, cierta corriente de aire fresco “entró pegando voces y removiendo mis papeles” lo cierto es que prácticamente nadie se molestaba en dejar constancia de su paso.

Con estos “viejos materiales”, en fin, posiblemente me podréis conocer algo mejor que si me pusiera a cumplimentar, por ejemplo, alguna de esas “encuestas” que circulan con cierta frecuencia entre nosotros.

Ya me contaréis….

Por lo menos, mi “tata”.



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jueves, 15 de mayo de 2008

EN BLANCO Y NEGRO





No tengo ninguna duda de que la primera fotografía que alguien me hizo por pura simpatía, es decir, sin cobrar un duro, cuando uno era un niño, fue la que me disparó allá por los años sesenta un vecino de la casa en la que entonces vivíamos, en la popular barriada de Las Delicias.

De algunos sucesos relacionados con los vecinos de esa casa ya tuve oportunidad de recordar algo en otra entrada anterior, a la que titulé:


HUMOS DE ANÍS



Cuando yo era niño nadie que estuviera en su sano juicio tenía una cámara fotográfica, de modo que una familia normal solamente podía acceder a alguna de esas codiciadas imágenes, previo pago, con motivo de acontecimientos trascendentes, del tipo de bodas o comuniones. Habrían de pasar muchos años y quedar olvidados en la memoria de las gentes los tiempos del hambre para que, lentamente, comenzara a divulgarse la posesión de aquellas portentosas máquinas que permitían “retratar” a las personas.

Dado, pues, que en mis tiempos de niño cuando alguien quería una fotografía tenía que acudir a un profesional y pagar los honorarios correspondientes, me causó extrañeza que un buen día uno de nuestros vecinos, el Sr. D., inglés y casado con la hija de la Sra. J., me dijera de pronto:

-“Niño, ponte aquí al lado, que te voy a fotografiar”

Es posible que en aquellos momentos el Sr. D. ni siquiera supiera mi nombre, ya que realmente nunca habíamos tenido oportunidad siquiera de hablar. Era un hombre muy ocupado, que salía de casa temprano y al que casi nunca había visto.

Y el Sr. D, casi sin dejarme responder, con energía, me colocó al lado de una furgoneta y tras unos momentos de mediciones laboriosas me inmortalizó en la imagen que he reproducido más arriba, que uno conserva -lógicamente- como “oro en paño”.

Dado que hasta entonces no había tenido ningún tipo de relación con el Sr. D. ni siquiera pude imaginar los motivos por los que aquel hombre había decidido “perder” una fotografía usándome como modelo, pero lo cierto es algún tiempo después, cuando el asunto había sido olvidado, nuestra vecina, la señora J., nos entregó una copia de la imagen.

-“A ver -le dijo a mi madre- si otra vez el niño sale más sonriente, que ha salido muy serio”

La seriedad de mi expresión en la imagen –posiblemente estaba algo asustado y sobre todo tremendamente extrañado- permite ahora evocar aquellos tiempos sombríos en que España vivía en blanco y negro. En todo caso, lo cierto es que la oportunidad de esa segunda imagen, de la que hablaba la Sra. J., nunca llegaría a materializarse.

Con estas palabras quisiera dejar constancia de mi agradecimiento al Sr. D. por ese detalle amable, que ha permitido que se conserve una imagen de mi niñez que en otro caso se habría perdido. ¿Qué hubiera ocurrido con esa imagen si nuestro vecino se la hubiera guardado y no nos hubiera entregado una copia?

Lo cierto es que el Sr. D. murió joven. Su vida siempre se nos mostró rodeada de un cierto halo de misterio. En aquellos tiempos del franquismo, el Sr. D. se movía en el entorno de los escasísimos protestantes vallisoletanos y para el resto de los vecinos, católicos rigurosos, al menos en apariencia, aquello resultaba tremendamente insólito. Eran unos tiempos en que causaba sorpresa que un vecino se declarara protestante. Claro, era inglés, y ello lo justificaba todo.

Amigo, Sr. D., recibe estas palabras como agradecimiento por haberte fijado entonces en mí para aquella imagen envuelta ahora en los misterios de otros tiempos. Algún día, pronto, como compensación por ello, te recordaré aquellas palabras que Valle-Inclán dedicó al inglés de los Evangelios.
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domingo, 13 de abril de 2008

EN LOS TEJADOS




Dicen los viejos que hubo un tiempo ya olvidado en el que los gatos no tenían amos. La miseria, entonces, reinaba en el país y nadie en su sano juicio se podía permitir desviar algo de su pobrísimo presupuesto para destinarlo a un animal.

En aquellos tiempos los gatos, apedreados en las calles por los niños, se refugiaban durante el día en los tejados de las casas. Era por la noche cuando siguiendo sus instintos cazadores se adueñaban de calles y rincones buscando ratones, pajarillos o cualquier otro pequeño animal que saciara su hambre.

Parece que si hemos de hacer caso a los viejos, en aquellos tiempos de leyenda y racionamiento, las personas, en las ciudades, pasaban todavía más hambre que los propios gatos.

Algunos años después, la situación generalizada de miseria debió ir mejorando levemente y algunas personas, entre ellas mi madre, decidieron acoger a alguno de esos gatos callejeros, pienso que no tanto por amor al animal sino con la pretensión de que ayudara a mantener los alrededores de la casa limpios de ratones. Prueba de que el tiempo “de la hambre inmensa” ya había pasado es que de vez en cuanto se producían sobras de comida que mi madre dejaba en la galería descubierta de nuestra casa, sabiendo que el animal acudiría, por la noche, a hacerse cargo de ellas.

En nuestro caso no era un gato macho, sino hembra, que mi abuela un buen día decidió bautizar con el sugestivo nombre de “Gata Perona”, sin duda como un tan sencillo como divertido homenaje a aquel famoso hombre de estado que en los años del hambre había permitido que diversos cargamentos de trigo argentino fueran desviados a España.

Fue entonces, cuando la “Gata Perona” se iba tomando libertades en nuestra casa, cuando el animal tuvo la desgracia de que yo, un niño asombrado por todo, comenzara a arrastrarme y a “gatear” por los suelos. Debía ser entonces alguno de los meses de verano –yo había nacido en un mes de octubre- y según me habría de contar después muchas veces mi madre entre risas, yo “gateando” me salía a la galería y jugaba con la Perona, animal que a pesar de “haberse criado en la calle”, permitía que trasteara con ella, aun cuando pronto habría de descubrir que su pequeño amigo humano era un tipo de cuidado.

En efecto, en aquellos tiempos, el “cocido madrileño” (mi madre había nacido algo antes de la Guerra Civil en esa ciudad) era nuestra comida cotidiana, de modo que todos los días la gata comía un puñadito de garbanzos que mi madre echaba en una lata. A cambio, el animal no permitía que los ratones se acercaran por allí.

La sorpresa de mi madre fue cuando descubrió que su hijo, tan amigo de la Perona y siempre trasteando con ella, había terminado tomándose tantas confianzas que cuando el animal estaba comiendo se acercaba “gateando” y le quitaba los garbanzos para comérselos él. ¡Qué bellísima estampa teníamos que ofrecer, sin duda, la gata y el niño, atragantados los dos, por ver cual de nosotros se comía más garbanzos de la lata!

Si, amigos, parece –siempre, según lo que mi madre contaba- que de niño uno era algo tragón y no tenía reparos en, muy amistosamente, casi como buenos hermanos, alargar mis deditos y disputarle los garbanzos a la “Gata Perona”.

Me imagino la escena, la gata y uno, mano a mano, juntitos y muy amigos, pegándonos empujones el uno al otro para quitarnos los garbanzos… Y mi madre, al verlo, chillando -sin duda- como una loca.

En fin, amigos, que todo sugiere que uno, en su niñez, como algunos grandes personajes, tuvo unos orígenes míticos, ya que de alguna forma –y aún cuando solo fuera parcialmente- fui criado por una gata, en este caso de nombre argentino. A fin de cuentas, algo similar debió pasarles a Rómulo y Remo con eso de la loba, y menuda liaron…



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domingo, 27 de enero de 2008

HUMOS DE ANÍS




A mi hermana, que no se si recordará
estas cosas; a Cristina, que
inconscientemente, me dió la idea de
evocar estos "humos de niños", y a
Mr. Durden, autor del dibujo.
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Por la escalera se escuchaba que alguien gritaba:

-¡Dios mío, se van a creer que somos “rojas” y nos van a llevar a todas presas!

Mi hermana y yo, que estábamos desayunando en la cocina, mirábamos a la puerta de la casa, donde nuestra madre, a gritos, hablaba con las vecinas, que estaban asomadas a la escalera.

-Claro, decía una, como tu hija se ha liado con un protestante…

-Es que es inglés –respondía la afectada.

-¿Y qué?

-Pues que en Inglaterra todos son protestantes –sentenció la mujer, mientras las vecinas seguían chillando y alborotando sin que mi hermana y yo fuéramos capaces de entender que era lo que estaba pasando.

-¡Que vienen, que vienen… -gritó, entre el bullicio, alguien.

Y todas bajaron a la calle, al portal de la casa, y con el tumulto también los niños que allí vivíamos, que aquel día, con el jaleo, no habíamos terminado ninguno de desayunar.

Varios policías, algunos simples “guardias de la porra” y otros, “de la secreta”, trajeados, estaban examinando unas frases que con letras de color negro alguien había pintado en la fachada de la casa. No recuerdo lo que ponía pero debía ser una inscripción denunciando las maldades del franquismo.

El fotógrafo disparó su máquina varias veces sobre la inscripción y luego, casi inmediatamente, otro hombre, con una brocha, emborronó las palabras con pintura blanca. En cuestión de minutos ya nada se podía leer. Mientras tanto, uno de los “trajeados” había comenzado a hacer preguntas a las mujeres.

-¡Han sido los comunistas, seguro, pero ninguna hemos visto nada…! –decía la señora J.

-¿Quiénes son los comunistas…?, me preguntó Pepito.

Obviamente, yo no tenía ni idea, pero uno de los “guardias de la porra” se volvió y dirigiéndose a la chiquillería tronó:

-¿Pero que pasa, es que hoy no hay colegio…? Venga, todos a la escuela…

Y salimos todos en estampida, mal desayunados y dejándonos atrás, en la precipitación, buena parte del –por entonces tan escaso- material escolar. Las vecinas, mientras tanto, intentaban convencer al inquisidor de que ellas no eran -¡por Dios!- “rojas” y que sus maridos cuando habían salido de casa para ir a sus trabajos no habrían reparado en la inscripción debido a que todavía era de noche.



Aquella tarde, al salir de las clases, un grupo de escolares –seríamos cuatro o cinco- nos reunimos en uno de los rincones del patio, protegidos por un pequeño murete, para jugar a las canicas. Pronto, sin embargo, el Pizzias, cuyo apodo delataba que siempre estaba maquinando mezquindades, sacó de su vieja cartera de cuero un paquete de cigarrillos de anís, y todos, sentados en el suelo, guardamos las canicas y nos pusimos a fumar, uno tras otro, aquellos tan ecológicos pitillos. El Pizzias encendía uno y lo íbamos fumando entre todos. Cuando se terminaba encendía otro. Debió encender, aquella tarde, tres.

En nuestro escaso raciocinio no éramos conscientes de que el Director del Colegio, un señorón alto y gordo, bonachón en el fondo, nos estaba contemplando, encolerizado, desde la ventana de su despacho, que estaba situada en la planta alta del edificio.

Mientras el humo de anís salía de nuestras bocas, alguien se interesó por los sucesos de la mañana:

-¿Y quienes son esos comunistas que andan manchando las fachadas de las casas? –dijo.

Pepito, el más ingenuo del grupo, no tuvo reparos en contestar:

-Creo que deben ser de la banda del Sacamantecas.

-¡Que barbaridad, Pepito –dijo alguien- que tonterías dices!

-Pues yo creo –soltó el Pizzias- que deben de ser los moros, porque mi madre y mi abuela siempre andan diciendo que cualquier día va a venir el Moro Juan y va a matar a todas las mujeres de España…

-¿Y porqué las quieren matar a todas? ¿Qué han hecho…?

Pero la pregunta de Pepito se quedó en el aire. En ese momento, cuando el anís nos estaba ya mareando suavemente, los acontecimientos se precipitaron. La señora Presencia, la portera del colegio, requerida por el Señorón, se estaba acercando a nosotros a grandes zancadas. Sus gritos tronaron en el patio:

-¡Golfos, venir todos para acá, que el Director quiere veros en su despacho…!

-¡Golfos, que sois unos golfos…!

-¡Se van a enterar vuestras madres..!

Por entonces, todos teníamos un nudo en la garganta y Pepito rompía a llorar. El Pizzias fue el único que huyó corriendo, si bien no habría de servirle para nada, ya que la portera nos conocía perfectamente, tanto a nosotros como a nuestras madres. En el entonces aislado barrio de las Delicias, casi un pueblo en aquellos años, todos nos conocíamos.


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miércoles, 28 de noviembre de 2007

MIGUEL DELIBES


Mi padre y aquel hombre estaban conversando amigablemente, como viejos amigos que llevan mucho tiempo sin verse. Mi madre, mi hermana y yo aguardábamos con cierta impaciencia a que su conversación terminara. Era un domingo por la tarde y habíamos salido a pasear con la intención de llegarnos al centro de la ciudad y merendar unas ricas “milojas” en una pastelería que estaba situada detrás, en unos soportales, de la Plaza Mayor.

¿Queréis que os enseñe el periódico? -dijo el hombre, cuando parecería que estaban terminando la conversación.

Claro que si, Miguel, le respondió mi padre, claro que nos gustaría, sobre todo a los niños.

Mi hermana y yo nos miramos sorprendidos, ya que nadie nos había preguntado nuestra opinión y lo cierto es que lo que queríamos era irnos de una vez a la pastelería. Entonces, yo debía tener seis o siete años, y la verdad es que no tenía el menor interés en un periódico en esos momentos.

Pero lo que aquel hombre, se había brindado a enseñarnos no era un periódico de papel, como yo pensaba, sino el local en el que se editaba “El Norte de Castilla”, diario del que él era director.

Conversando amigablemente, el hombre nos llevó a un edificio cercano y nos hizo entrar en las entrañas del periódico. Cariñosamente nos fue explicando como funcionaban aquellas máquinas. Recuerdo la impresión que me causó una especie de máquina de escribir que funcionaba sola. El hombre nos explicó que aquello era un “teletipo” y que automáticamente imprimía los datos que alguien estaba introduciendo en ese momento en otro lugar del mundo. ¡Cosas de magia! -dijo mi madre, que nunca había oído hablar de aquellos inventos.

Al cabo de un rato, tras una despedida amigable en la que el hombre nos regaló a los niños unos libritos de cuentos que sacó del cajón de una de las mesas, salimos a la calle y nos dirigimos a donde nosotros queríamos ir, a la pastelería, en donde las “milojas” nos aguardaban. En el camino, mi padre nos dijo, con orgullo no disimulado, que el hombre con el que habíamos estado era Miguel Delibes, un afamado escritor.

Muchos años después, evocando este encuentro que tuve en mi niñez con Miguel Delibes habría de surgirme una pregunta sin respuesta: ¿De qué conocería mi padre a este hombre? ¿Por qué se hablaban con tanto cariño?.

Lo cierto es que nunca se lo pregunté a mi padre y cuando sentí la necesidad de hacerlo, ya no podía ser.

jueves, 15 de noviembre de 2007

JUGADORES DE DOMINÓ


Los domingos, después del almuerzo, mi padre tenía la costumbre de jugar una partida de dominó en el bar “El Portillano”, que estaba situado al lado de nuestra casa. Allí, los niños de los alrededores, nos reuníamos igualmente para mientras nuestros padres fumaban, tomaban una copa de anís y jugueteaban con las fichas, contemplar atónitos uno de los primeros televisores que se instalaron en el barrio.

Recuerdo todavía la sensación de sorpresa que sentí la primera vez que “El Portillano” puso en marcha el vetusto aparato que unos momentos antes había colgado de una repisa colocada en lo alto, cerca de la puerta de acceso al local. Cuando aparecieron las primeras imágenes, en medio del clamor de los niños, los jugadores de dominó dejaron en suspenso la partida, momentáneamente, y contemplaron durante un tiempo aquel extraño artilugio: en apariencia se trataba de un aparato de radio en el que, además de escuchar a los locutores, se podía ver como se movían. Para entonces, el invento, sin duda prodigioso, tenía alborotada a la chiquillería, que chillaba y relinchaba de placer contemplando aquellas escenas que se movían como en el cine.

El éxtasis llegó a su culminación cuando de súbito la pantalla se llenó con la imagen de un perro, “Rin Tin Tin”, al que acompañaba el cabo más joven que jamás haya conocido la historia: el entrañable “Cabo Rusty”. Contemplando las aventuras de “Rin Tin Tin”, animal tan distinto de los perros vagabundos con los que nos cruzábamos en las calles, los chiquillos, perdido el sentido, alcanzábamos un grado de felicidad difícilmente imaginable en la España austera de principios de los años sesenta.

Ahora, pasados los años, desde la nostalgia, quisiera pensar que las aventuras de “Rin Tin Tin”, tan intensamente ingenuas, fueron uno de los primeros pasos por los que avanzamos los niños españoles de entonces, envueltos en el contexto de un nuevo mundo que estaba surgiendo. Gracias a “Rin Tin Tin” y gracias a la televisión, que en poco tiempo habría de invadir nuestros hogares, la España de la posguerra habría de comenzar a caminar con unos pasos dados sin conciencia pero con ilusión, hacia un nuevo futuro. Los tiempos de los “partes oficiales de noticias” de la radio habrían de irse quedando poco a poco en el recuerdo.

martes, 23 de octubre de 2007

DE LA MANO


Ahora, pasados los años, cuando a mi vuelve la infancia, recuerdo aquella mano que de niño me conducía. Retorna a mí la imagen de aquel niño feliz que caminaba, sin temores, de la mano de su madre.

domingo, 16 de septiembre de 2007

COLEGIO DE TALEGA


Aquel día mi padre llegó a casa con un taburete de madera. Cuando dijeron que era para mí, entonces un niño de cuatro años, sentí una gran alegría. Era un taburete de reducidas dimensiones, apropiado para ser utilizado por un niño. Estuve toda la tarde sentándome y levantándome de él. Era, sin duda, un juguete que me habían regalado por algún motivo que yo ni siquiera me planteé.

A la mañana siguiente todo quedó aclarado. Mi madre me llevó, a media mañana, a una casa en la que una jovencita se esforzaba por entretener a un grupo de diez o doce chiquillos. Era lo que entonces se llamaba un “colegio de talega”, en el que la señorita se hacía cargo de un reducido grupo de niños a los que tenía distraídos durante la mañana enseñándoles alguna canción y, si llegaba el caso, a garabatear las primeras letras y números. Recuerdo que la “talega” ocupaba una habitación de una casa molinera en la calle Arca Real, cerca de una antigua panadería, El Fiel, a la que mi madre acudía todas las mañanas a comprar el pan.

Era una escuela, si se podía llamar así, tan inusual que los niños teníamos que llevar cada uno nuestro propio taburete para poder sentarnos; por supuesto no había mesas ni ningún material de tipo didáctico, ni siquiera un encerado. Los niños llegábamos allí, cada día, portando nuestro taburete y nuestra pequeña pizarra.

Con mucha frecuencia, la jovencita –desconozco si tenía o no la titulación de maestra, algo que en todo caso carecía de interés- nos dejaba salir a un pequeño patio, en el que los chiquillos jugábamos felices. En aquellos tiempos, dada nuestra edad, nuestros padres no tenían interés en que aprendiéramos nada. Se trataba de que la señorita nos tuviera entretenidos unas horas, que para nosotros pasaban felices jugando en el patio o canturreando canciones. Es cierto, sin embargo, que en la “talega”, suavemente, nos íbamos acostumbrando a admitir cierta disciplina y, sobre todo, a estar encerrados, lo que nos sería de utilidad cuando ingresáramos en un colegio “de los normales”.

Frecuentemente, alguna de las madres, cuando volvía de comprar el pan, se asomaba por uno de los ventanucos que daban a la calle para ver lo que hacíamos en el pequeño cuarto. Ese era el momento apropiado para que la señorita, diligente, nos hiciera cantar alguna cancioncilla. Oyéndonos cantar, la madre curiosa apreciaba que dentro “todo iba bien”.

Creo que estuve en la “talega” solamente unos meses. De allí pasé al Colegio Nacional Miguel de Cervantes, en el que pronto comenzarían a enseñarme cosas.

martes, 28 de agosto de 2007

PAN Y CHOCOLATE

La tienda de ultramarinos de nuestro barrio, allá por los años cincuenta, realizaba una importante función social. La señora Benita, que regentaba el modesto establecimiento de comestibles, tenía siempre al alcance de su mano un sobado cuaderno escolar en el que, yo diría que con inmensa piedad, anotaba las deudas de sus clientes. De hecho, a pesar de la dureza de aquellos años, nunca escuché que se negará a vender a alguien “al fiado”.

En honor a la verdad he de decir que en mi casa nunca supimos lo que era pasar hambre, pero lo cierto es que el jornal de mi padre se consumía en los dos o tres días siguientes a su cobro pagando pequeñas deudas atrasadas y a partir de ese momento, hasta que llegaba la paga del mes siguiente, todas las compras de comestibles eran registradas por la señora Benita, con una diligente caligrafía, utilizando un sencillo lapicero.

Es preciso reconocer que esas “facilidades” ayudaban a las familias de nuestro entorno a superar las estrecheces de aquellos tiempos. Cuando el deudor pagaba, la señora Benita, con una goma de borrar, daba de baja las anotaciones. El espacio situado debajo del nombre quedaba así nuevamente en blanco y muy pronto comenzaba a registrar nuevos apuntes. Aquel trajín de anotar y borrar deudas tenía como consecuencia que el cuaderno, tan manoseado, presentara un aspecto poco respetable.

Tenemos que reconocer que esas libretas de deudas, que los parroquianos pagaban tan pronto como cobraban el jornal del mes, cumplieron en los años de la posguerra una función social que hoy contemplamos con nostalgia. En estos tiempos modernos también compramos “al fiado” en las grandes superficies y en los supermercados, pero utilizamos unos sofisticados medios de pago -tarjetas con componentes informáticos y electrónicos- que ya no implican ningún riesgo de quebranto para los modernos tenderos.

Sirvan estas líneas, pasados ya tantos años, para agradecer a la señora Benita la ayuda que prestó en aquellos tiempos a las familias más modestas del barrio.

Cuantas veces escuché decir a mi madre:

- “¡Anda, hijo, vete a comprar una libra de chocolate y le dices a la señora Benita que ya se lo pagará tu mamá…”

Encargo que uno cumplía con diligencia y satisfacción, ya que al volver a casa me esperaba una suculenta merienda a base de pan y chocolate…