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martes, 22 de marzo de 2016

De la ciudad y su alma






Hay ciudades que se agotan en su cuerpo. Otras, al contrario, diríase en constante trascendencia de sí mismas: la materia es signo en ellas de ingrávida alma; parecen hechas de sentimiento, de poesía, de nostalgia; ciudades por las que circula un alma casi visible, palpable, que se adentra en ti y se funde a tu vida en un instante, creando en el más recóndito vergel de tu conciencia, la flor del perdurable recuerdo. A este grupo de ciudades pertenece Córdoba.


Ricardo Molina





lunes, 12 de octubre de 2009

LOS DESENCANTOS

Imagen: Antiqva



“¿Por qué nos diste el don de admirar la belleza
y corazón ardiente para amarla?”

Ricardo Molina (Los desencantos)






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jueves, 8 de enero de 2009

HOMENAJE DE ANTIQVA

"Elegías de Sandua", de Ricardo Molina
Edición de 1948 en la revista "Cántico"
Dibujos de Ginés Liébana



HOMENAJE A LAS "ELEGÍAS DE SANDUA"
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Que las cosas tienen alma es algo sabido,
y que las tierras son cosas, también.

Algunos saben, incluso,
que ciertas almas tienen corazón.

Sin embargo, generalmente, se ignora
que el alma de Andalucía
tiene su corazón enterrado
en algunos rincones de Sierra Morena.

Parece, según dicen, que solo el sol y las nubes,
y ciertas estrellas,
lo saben.

Sandua podría ser uno de esos lugares.

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jueves, 22 de mayo de 2008

DE AMORES







En las tardes de mayo cuando el aire brillaba
con un azul radiante y en las olas del musgo
se mecía la blanca flor de la sanguinaria,
te amaba casi más que a nadie en este mundo.

Por tus ojos tan graves del color de la hierba,
por tus cabellos negros y tus hombros desnudos,
por tus labios suaves un poco temblorosos,
te amaba casi más que a nadie en este mundo.

Aunque no te lo dije tú acaso lo sabías,
por eso una mañana en el bosque de pinos
me saliste al encuentro a través de la niebla
y de las verdes jaras cubiertas de rocío.

Era yo entonces estudiante, todos los días
a las nueve tenía clase en el Instituto,
pero aquella mañana me fui solo a la sierra
y me encontré contigo en el gran bosque húmedo.

Mis amigos me daban consejos excelentes
y me hablaban de ti sin velar sus escrúpulos,
y yo les respondía: Odio vuestra prudencia,
pues casi más que a nadie te amaba en este mundo.

Mis padres me reñían a la hora del almuerzo.
Me decían que iba a perder todo el curso,
pero yo soportaba sus riñas en silencio
y ellos seguían hablando, amargos, del futuro.

Yo me decía mientras: ¿Qué importan los amigos,
qué importa el porvenir, los padres, los estudios,
si las tardes de mayo son tan claras y bellas
y te amo, amor mío, más que a nadie en el mundo?


¿Qué importan estas cosas si me estás esperando
en el vasto pinar, al borde del camino,
y tus ojos son verdes como las hojas verdes
y tu aliento fragante lo mismo que el tomillo?


¿Qué importan las palabras si tus labios son rojos
como la roja adelfa y la flor del granado
y sólo hablan de amor, de risas y de besos,
y mi alma es el aire que respiran tus labios?


¿Qué consejo podría distraer al amor
de los tiernos deseos que en su pecho suspiran,
si el amor es lo mismo que un zagalillo ebrio
coronado de pámpanos en mitad de las viñas?

Así te hablaba entonces mi corazón, ¿te gustan
todavía sus palabras?
Así te amaba entonces mi corazón, ¿recuerdas
todavía su amor?

Y una de aquellas tardes te dije que algún día
escribiría en mi casa solitario
esta Elegía triste y bella como el recuerdo
y tú me interrumpiste besándome en los labios.

No creíste, ah, nunca creíste que pudiera
acabar el amor de aquella primavera,
pero la vida es siempre más larga que el amor
y si la dicha es bella como una flor de mayo,
como una flor de mayo breve es también su flor.

Ricardo Molina (Elegías de Sandua)


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