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miércoles, 22 de abril de 2015

El mejor de los mundos





Y la paradoja consistía en que cuanto más se acercaba al cine a simular la realidad, menos lograba representar el mundo: tanto lo que está en nosotros como a nuestro alrededor. Por eso siempre había preferido instintivamente los films en blanco y negro a las películas en color, el cine mudo al hablado. Se trataba de un lenguaje visual, de una forma de contar historias proyectando imágenes en una pantalla de dos dimensiones. La incorporación del sonido y del color había creado la ilusión de una tercera dimensión, pero al mismo tiempo había robado pureza a las imágenes. Ya no eran ellas quienes se encargaban de todo, y en vez de hacer del cine el medio híbrido perfecto, el mejor de los mundos posibles, el sonido y el color habían debilitado el lenguaje que debían haber realzado.

Paul Auster – El Libro de las Ilusiones





domingo, 20 de abril de 2014

De las presencias y de lo invisible





Fue una experiencia compleja y perturbadora para ella y le dejó la sensación de que había abandonado su vida por una especie de nada, como si hubiera estado haciendo fotografías de cosas que no estaban allí. La cámara ya no era un instrumento que registraba presencias, era una forma de hacer desaparecer el mundo, una técnica para encontrar lo invisible.

Paul Auster – Leviatán





jueves, 10 de marzo de 2011

IRREALIDADES

Imagen: Antiqva







Alice se pasaba la mayor parte del tiempo viviendo en un mundo de seres imaginarios, y Míster Bones se vio arrastrado a ese mundo convertido en su compañero, en coprotagonista, en principal personaje masculino. Los sábados y los domingos se dedicaban a aquellas disparatadas improvisaciones. Hubo el té al que asistieron en el castillo de la baronesa de Dunwitty, una conspiración magnífica, pero peligrosa y maquiavélica, para apoderarse del reino de Floriania. Hubo el terremoto de México. Hubo el huracán del Peñón de Gibraltar, y hubo el naufragio que los dejó perdidos en la isla de Nemo, donde la única comida eran bellotas y cogollos de plantas, pero si hallaban la lombriz mágica que vivía casi a flor de tierra y se la comían de un bocado, se les concedería el don de volar. (Míster Bones se tragó la lombriz que ella le dio, y luego, con Alice agarrada a su lomo, salieron los dos volando y escaparon de la isla.)

Paul Auster, Tombuctú