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miércoles, 7 de agosto de 2013

Atardecer en Castilla la Vieja

Apertura f/11
Tiempo de exposición 1/160 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 28 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR



“Uca-uca, en ocasiones, había de echar mano de toda su astucia para poder ir donde el Mochuelo.

Una tarde, se encontraron los dos solos en la carretera.

-Mochuelo –dijo la niña-. Sé donde hay un nido de rendajos con pollos emplumados.

-Dime dónde está –dijo él.

-Ven conmigo y te lo enseño –dijo ella.

Y, esa vez, se fue con la Uca-uca. La niña no le quitaba ojo en todo el camino. Entonces sólo tenía nueve años. Daniel, el Mochuelo, sintió la impresión de sus pupilas en la carne, como si le escarbasen con un punzón.

-Uca-uca, ¿por qué demonios me miras así? –preguntó.

Ella se avergonzó, pero no desvió la mirada.

-Me gusta mirarte –dijo.

-No me mires, ¿oyes?

Pero la niña no le oyó o no le hizo caso.

-Te dije que no me mirases, ¿no me oíste? –insistió él.

Entonces ella bajó los ojos.

-Mochuelo –dijo-. ¿Es verdad que te gusta la Mica?

Daniel, el Mochuelo, se puso encarnado. Dudó un momento, notando como un extraño burbujeo en la cabeza. Ignoraba si en estos casos procedía enfadarse o si, por el contrario, debía sonreír. Pero la sangre continuaba acumulándose en la cabeza y, para abreviar, se indignó. Disimuló, no obstante, fingiendo dificultades para saltar la cerca de un prado.

-A ti no te importa si me gusta la Mica o no –dijo.

Uca-uca insinuó débilmente:

-Es más vieja que tú; te lleva diez años.

Se enfadaron. El Mochuelo la dejó sola en un prado y él se volvió al pueblo sin acordarse para nada del nido de rendajos. Pero en toda la noche no pudo olvidar las palabras de Mariuca-uca. Al acostarse sintió una rara desazón. Sin embargo, se dominó. Ya en la cama, recordó que el herrero le contaba muchas veces la historia de la Guindilla menor y don Dimas y siempre empezaba así: “El granuja era quince años más joven que la Guindilla…”

Sonrió Daniel, el Mochuelo, en la oscuridad…”


Miguel Delibes, El camino



- Esta fotografía la hice en Trigueros del Valle, un pueblecito de Valladolid, cuando estaba atardeciendo.







domingo, 14 de marzo de 2010

MIGUEL DELIBES

Ausencia
Imagen: Antiqva



Mi padre y aquel hombre estaban conversando amigablemente, como viejos amigos que llevan mucho tiempo sin verse. Mi madre, mi hermana y yo aguardábamos con cierta impaciencia a que su conversación terminara. Era un domingo por la tarde y habíamos salido a pasear con la intención de llegarnos al centro de la ciudad y merendar unas ricas “milojas” en una pastelería que estaba situada detrás, en unos soportales, de la Plaza Mayor.
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¿Queréis que os enseñe el periódico? -dijo el hombre, cuando parecería que estaban terminando la conversación.

Claro que si, Miguel, le respondió mi padre, claro que nos gustaría, sobre todo a los niños.

Mi hermana y yo nos miramos sorprendidos, ya que nadie nos había preguntado nuestra opinión y lo cierto es que lo que queríamos era irnos de una vez a la pastelería. Entonces, yo debía tener seis o siete años, y la verdad es que no tenía el menor interés en un periódico en esos momentos.

Pero lo que aquel hombre, se había brindado a enseñarnos no era un periódico de papel, como yo pensaba, sino el local en el que se editaba “El Norte de Castilla”, diario del que él era director.

Conversando amigablemente, el hombre nos llevó a un edificio cercano y nos hizo entrar en las entrañas del periódico. Cariñosamente nos fue explicando como funcionaban aquellas máquinas. Recuerdo la impresión que me causó una especie de máquina de escribir que funcionaba sola. El hombre nos explicó que aquello era un “teletipo” y que automáticamente imprimía los datos que alguien estaba introduciendo en ese momento en otro lugar del mundo. ¡Cosas de magia! -dijo mi madre, que nunca había oído hablar de aquellos inventos.

Al cabo de un rato, tras una despedida amigable en la que el hombre nos regaló a los niños unos libritos de cuentos que sacó del cajón de una de las mesas, salimos a la calle y nos dirigimos a donde nosotros queríamos ir, a la pastelería, en donde las “milojas” nos aguardaban. En el camino, mi padre nos dijo, con orgullo no disimulado, que el hombre con el que habíamos estado era Miguel Delibes, un afamado escritor.

Muchos años después, evocando este encuentro que tuve en mi niñez con Miguel Delibes habría de surgirme una pregunta sin respuesta: ¿De qué conocería mi padre a este hombre? ¿Por qué se hablaban con tanto cariño?.

Lo cierto es que nunca se lo pregunté a mi padre y cuando sentí la necesidad de hacerlo, ya no podía ser.


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lunes, 17 de agosto de 2009

MIGUEL DELIBES (DE NOVELAS Y MAGIAS)

Plaza Mayor de Valladolid
Imagen: Antiqva




Antiqva piensa que Miguel Delibes es uno de los más grandes novelistas españoles, de modo que cuando en 1998 publicó su obra “El hereje”, con la que el autor pretendía hacer un homenaje a Valladolid, su ciudad, uno fue consciente de que debía leer esa novela tan pronto como le fuera posible.

Es sabido, a estas alturas, que Antiqva nació y vivió su juventud en Valladolid. Algunos pueden también saber, porque alguna vez hablé de ello en este cuaderno, que hubo un tiempo prodigioso en el que Miguel Delibes y mi padre se trataban, cuando se encontraban paseando por la calle, con afecto indudable. Nunca llegó a saber el niño Antiqva los motivos por los que esos dos hombres se hablaban de manera tan entrañable. En aquellos tiempos esas cosas, a un niño, no le importaban.

Posiblemente nadie sepa, sin embargo, que diez o doce años después Antiqva habría de ser alumno de don Miguel, que impartía clases de “Historia del Comercio” en la Escuela Universitaria de Ciencias Empresariales de Valladolid. Sin duda, en algún lugar, ¿quién sabe donde?, debe conservar Antiqva la firma autógrafa del novelista estampada en una de esas “papeletas” de calificación universitaria.

Hablo de estas cosas porque en días pasados Antiqva ha tenido oportunidad de pasear nuevamente por los jardines del Campo Grande vallisoletano y ha recordado otros tiempos en que don Miguel, cada mañana, salía a pasear por este espacio público. Era usual que nos cruzáramos con él y entonces solíamos saludarle, como alumno suyo que habíamos sido. Siempre nos respondía con su bondad tan característica.

En su obra “El hereje”, Miguel Delibes nos habla de Cipriano Salcedo, un hombre cuyas inquietudes intelectuales y religiosas le llevaran a la hoguera en los tiempos de la Inquisición. La narración de su vida le sirve a don Miguel para construir un impactante telón de fondo que nos acerca a la historia de Valladolid en un momento especialmente tenebroso en el que todo estaba dominado por instituciones tan siniestras como el Santo Oficio. “El hereje” es una novela del género histórico ambientada en el Valladolid del siglo XVI cuyo rigor en lo que sería puramente la recreación de los escenarios puede sorprender a cualquiera, pero no a Antiqva, que tuvo la fortuna de ser alumno de Delibes en esos cursos de “Historia del Comercio”. Don Miguel, además de novelista, era catedrático en la Universidad de Valladolid, y estaba especializado en Historia, de modo que se justifica el conocimiento que tiene de la historia de Valladolid.

Ese mismo día en que habíamos estado paseando por los jardines del Campo Grande (allí estaba el “Brasero de herejes” de la Santa Inquisición), Antiqva se acercó a una librería que según le habían comentado algunos amigos había sido inaugurada en fechas recientes en las inmediaciones de la calle de Santiago, la arteria que conduce a la cercana Plaza Mayor. Allí, ojeando libros, nos topamos con una obra que nos llamó la atención. De algún modo, “se nos vino a las manos”. Su título “Ars magica”; su autora, una mujer llamada Nerea Riesco, de la que, en honor a la verdad, nada sabíamos en ese momento.

…/…








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sábado, 1 de noviembre de 2008

PLAZA MAYOR DE VALLADOLID



A Cristina, de la Nueva Valladolid mexicana, a la que prometí hace tiempo que hablaría de esta plaza; a Sendieva, con la que algún día nos tomaremos un café en este mágico lugar, y a María José, que le encanta pasear por ella.


No esperéis, amigos, que uno sea objetivo cuando cuente “cosas” acerca de la Plaza Mayor de Valladolid. En esa ciudad fue donde Antiqva nació hace ya demasiados años y nadie puede confiar que cuando se habla de la ciudad en la que uno ha nacido, ese uno vaya a expresarse con el adecuado rigor. Es probable que lo que venga a la mente “del uno” no sean sino recuerdos atropellados.

Con estos antecedentes previos es fácil comprender que Antiqva no tenga reparos en afirmar que, según él lo siente, la Plaza Mayor de Valladolid es el espacio público más acogedor y cálido de todos los que existen en España. Eso, al menos, es lo que ese tal Antiqva piensa… ¡faltaría más!

Entenderéis, con estas anotaciones, que María y Antiqva, todos los años, en verano, como las aves migratorias, nos desplacemos a pasar unos días a esta tan entrañable para nosotros ciudad en la que reposa la capitalidad administrativa, que no artística, de Castilla y León. Nos encanta pasar unos días allí disfrutando con nuestra familia y con algunos amigos que, ¡a Dios gracias!, todavía nos quedan.

La plaza de la que hablamos, amplio y animado núcleo central de la vida vallisoletana, debe su estructura actual a la reconstrucción que impulsó Felipe II (que había nacido en Valladolid) tras el terrible incendio de 1561, que asoló buena parte de la ciudad y arrasó la que antes era Plaza del Mercado y sus alrededores.

Paseando este verano por la plaza pudimos comprobar que este año se ha cumplido el centenario de la construcción del edificio de su Ayuntamiento, del que brindamos una imagen. La plaza, en principio, tiene una estructura propia de los tiempos del Renacimiento, si bien con el paso de los años se fueron cometieron diversas tropelías en algunos de sus edificio, que ahora –poco a poco- se viene intentando normalizar, con el objetivo a medio plazo de que el aspecto de conjunto llegue a resultar razonablemente homogéneo.

¡Ay, amigos, que rincones tan entrañables custodia Valladolid en las inmediaciones de su Plaza Mayor…! ¡Qué decir de las patatas bravas y los calamares fritos (y de los mejillones, claro) de la cercana “La Mejillonera”… Ah, y de tantos otros lugares, tan próximos, en el espacio y en nuestro corazón, como míticos: “La Mina”, “El Caballo de Troya”, “La Sepia”, “El León de Oro”… Comprenderéis, amigos, que uno no pueda ser objetivo cuando la boca se le está llenando de saliva.

Y es que Antiqva no puede ser riguroso cuando entre esos viejos soportales castellanos, alzados con “piedra caliza de Campaspero”, ha pasado uno algunos de los mejores años de su juventud. Eran tiempos deliciosos en que uno acudía a este espacio para celebrar, por ejemplo, la fiesta de “Fin de Año”, rodeado de una alegría tan inmensa como generalizada, o para correr, tan alocado como temeroso, intentando escapar de la carga policial de aquellos hombres siniestros que vestían uniformes “de gris”.

Ah, por cierto, se me olvidaba comentar que en el centro de la plaza, frente al Ayuntamiento, se alza la estatua del Conde Ansúrez, mítico fundador del Valladolid medieval. Eran entonces los castellanos hombres de “armas tomar”; lo podría confirmar Abd-Allah, el último rey zirí de Granada, antes de la llegada de los Almorávides.

Cuentan, en efecto, las viejas crónicas (estoy hablando de memoria) que un día aciago las mesnadas del Conde Ansúrez llegaron a Granada para demandar al rey musulmán el pago de ciertos tributos que el rey de Castilla, creo que era Alfonso VI, exigía. El granadino, sorprendido, se negó en tajante a pagar esos impuestos. Nuestro hombre, ese Abd-Allah, argumentó que no tenía sentido que tuviera que pagar tributos a un rey cristiano tan desconocido como lejano, cuando –además- entre Castilla y Granada había por medio otros poderosos reinos musulmanes, como Toledo y Córdoba.

Pero, claro, resultó que nuestro hombre no sabía con quien se estaba “jugando los cuartos”. Pronto, el reino de Toledo había caído en manos de los castellanos y Abd-Allah, agobiado por desesperación, no tuvo otra salida que demandar el auxilio de los fieros guerreros Almorávides que ocupaban las tierras del Norte de África. “Prefiero ser camellero entre los Almorávides -habría exclamado Abd-Allah- antes que servir como porquerizo a los cristianos.”

Y lo cierto es que no se equivocó: los africanos -seguidores de la más pura ortodoxia islámica- echaron raíces en Al-Andalus y destronaron a todos los reyezuelos (los denominadas Taifas) que habían venido gobernando aquellas tierras tras la desintegración del Califato de Córdoba.

Por cierto, amigos, antes Antiqva decía que posiblemente, en estas materias, no iba a ser razonablemente objetivo. ¿Como iba a sospechar, sin embargo, que hablando de la Plaza Mayor de Valladolid iba a terminar contando la historia de aquel rey de Granada, que habría de ser destronado por los Almorávides por haberse negado a pagar los impuestos que le exigía aquel fiero conde castellano?

Ah, se me vienen ahora a la mente aquellos tiempos ya lejanos en que Antiqva, de “crío”, plantado ante su estatua, de la mano de su madre, no era capaz de distinguir entre “El Conde Ansúrez” y otros personajes legendarios muy similares en la distancia de los siglos, como “El Capitán Trueno” o “El Guerrero del Antifaz”. Todos aquellos hombres, con sus espadas y sus cruces, se presentaban muy parecidos en nuestra imaginación.

Ay, amigos, algún día tendré que hablar de los inquisitoriales “Autos de Fe” que se celebraron en siglos pasados aquí, en esta bella Plaza Mayor. En ellos se inspiró Miguel Delibes para escribir su obra “El hereje”. Cuando pienso que durante un tiempo afortunado tuve el privilegio de ser alumno, ya en la Universidad, de este hombre “tan humano”…
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domingo, 6 de enero de 2008

LOS EMBARAZOS EN EL SIGLO XVI



Fue doña Catalina, la que, intrigada por la infertilidad de su matrimonio, se puso en manos de don Francisco Almenara. Don Francisco era el más prestigioso médico de mujeres en toda la región. Autorizado para curar en 1505 por el Real Tribunal del Protomedicato después de brillantísimas pruebas…

Sin embargo a doña Catalina de Bustamante le costó lágrimas la decisión. ¿Cómo mostrar las partes pudendas a un desconocido por muy eminente que fuera? ¿Cómo consultar con nadie un problema tan íntimo como que sus relaciones sexuales con su marido no dieran fruto?...

Pero antes tuvo que soportar terribles pruebas, como la del ajo, para intentar averiguar quien de las dos partes era la causante de la esterilidad matrimonial. Con este objeto, don Francisco de Almenara introdujo en la vagina de doña Catalina un diente de ajo, debidamente pelado, antes de meterla en cama:

-Mañana no se levante hasta que yo llegue. Debo ser el primero en olerla –advirtió.

Don Bernardo se despertó con el alba. Intuía vagamente que algo grave relativo a su masculinidad estaba en entredicho…

Todo lo que vino a continuación resultó para don Bernardo desconcertante y confuso. Don Francisco ordenó levantarse a doña Catalina y, tal como estaba, en salto de cama, la condujo de la mano hasta la jofaina y, una vez allí, requirió amablemente su aliento.

-¿Cómo? –A doña Catalina se la veía sensiblemente turbada.

-El aliento, señora, écheme vuesa merced su aliento –inquirió el doctor, inclinando el busto sobre el rostro de la paciente. Ésta, finalmente, obedeció…

-Lamento tener que decirle que las vías de su esposa están abiertas –dijo simplemente.

-¿Qué quiere decir, doctor?

-La esposa de vuesa merced está apta para la concepción.

La sangre le bajó de golpe a los talones a don Bernardo:

-Quiere sugerir…? –apuntó, pero fue incapaz de proseguir.

-No insinúo nada, señor Salcedo, afirmo rotundamente que el aliento de su esposa huele a ajo. ¿Qué quiere decir esto? Muy sencillo, las vías de recepción de su cuerpo están abiertas, no opiladas. La concepción sería normal tras una fecundación oportuna.

Don Bernardo había arrancado a sudar…

Miguel Delibes (El hereje)

miércoles, 28 de noviembre de 2007

MIGUEL DELIBES


Mi padre y aquel hombre estaban conversando amigablemente, como viejos amigos que llevan mucho tiempo sin verse. Mi madre, mi hermana y yo aguardábamos con cierta impaciencia a que su conversación terminara. Era un domingo por la tarde y habíamos salido a pasear con la intención de llegarnos al centro de la ciudad y merendar unas ricas “milojas” en una pastelería que estaba situada detrás, en unos soportales, de la Plaza Mayor.

¿Queréis que os enseñe el periódico? -dijo el hombre, cuando parecería que estaban terminando la conversación.

Claro que si, Miguel, le respondió mi padre, claro que nos gustaría, sobre todo a los niños.

Mi hermana y yo nos miramos sorprendidos, ya que nadie nos había preguntado nuestra opinión y lo cierto es que lo que queríamos era irnos de una vez a la pastelería. Entonces, yo debía tener seis o siete años, y la verdad es que no tenía el menor interés en un periódico en esos momentos.

Pero lo que aquel hombre, se había brindado a enseñarnos no era un periódico de papel, como yo pensaba, sino el local en el que se editaba “El Norte de Castilla”, diario del que él era director.

Conversando amigablemente, el hombre nos llevó a un edificio cercano y nos hizo entrar en las entrañas del periódico. Cariñosamente nos fue explicando como funcionaban aquellas máquinas. Recuerdo la impresión que me causó una especie de máquina de escribir que funcionaba sola. El hombre nos explicó que aquello era un “teletipo” y que automáticamente imprimía los datos que alguien estaba introduciendo en ese momento en otro lugar del mundo. ¡Cosas de magia! -dijo mi madre, que nunca había oído hablar de aquellos inventos.

Al cabo de un rato, tras una despedida amigable en la que el hombre nos regaló a los niños unos libritos de cuentos que sacó del cajón de una de las mesas, salimos a la calle y nos dirigimos a donde nosotros queríamos ir, a la pastelería, en donde las “milojas” nos aguardaban. En el camino, mi padre nos dijo, con orgullo no disimulado, que el hombre con el que habíamos estado era Miguel Delibes, un afamado escritor.

Muchos años después, evocando este encuentro que tuve en mi niñez con Miguel Delibes habría de surgirme una pregunta sin respuesta: ¿De qué conocería mi padre a este hombre? ¿Por qué se hablaban con tanto cariño?.

Lo cierto es que nunca se lo pregunté a mi padre y cuando sentí la necesidad de hacerlo, ya no podía ser.