Museos Capitolinos de Roma
Imagen: Antiqva
En las antiguas creencias órficas griegas el alma tendría sus raíces en el éter, que era el espacio celeste más elevado y puro, donde residía la divinidad. El alma venía de esa divinidad y se encarnaba en la materia, pero después de un proceso de purificación cuya duración habría de ser más o menos larga podría conseguir recuperar esa esencia divina y reintegrarse nuevamente en el éter.
Filósofos posteriores como Aristóteles afirmaban que en los llamados poemas órficos se decía que el alma, que procedía del universo exterior, llegaba a nuestro mundo arrastrada por los vientos y penetraba luego en nuestro cuerpo a través de la respiración. Esta idea de que la divinidad ha creado los vientos para que traigan el aire que penetrando por la nariz llena de vida, es decir anima, a hombres y animales, era sostenida por los antiguos egipcios, de los que posiblemente pudo ser tomada por los órficos griegos.
En sintonía con esas creencias pensaban también los clásicos que cuanto el hombre moría, en su último suspiro, el alma salía por su boca y abandonada el cuerpo. Una versión poética de esta creencia la encontramos en el Arte de Amar de Ovidio, en un episodio en el que el poeta nos narra las funestas consecuencias que pueden acarrear los celos, todo ello en relación con el drama mítico de Céfalo y Procris. Veamos ese momento en que Procris muere atravesada accidentalmente por la jabalina de su amado Céfalo:
“El (Céfalo) abraza contra su pecho entristecido el cuerpo moribundo de su amada y lava con sus lágrimas las crueles heridas. Sale el espíritu y al escaparse del pecho temerario (de Procris), la va recogiendo la boca del infeliz marido (en un último beso).”
Pensaban, pues, los antiguos griegos que cuando se aspiraba el aire, don de la divinidad, se estaba de algún modo recolectando una parte del propio alma del Supremo.
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