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sábado, 17 de noviembre de 2012

Una ciudad y un balcón

Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/30 s
Velocidad ISO – 1.000
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR


  
  No me podrán quitar el dolorido sentir…"

Garcilaso



“En el primer balcón de la izquierda, allá en la casa de piedra que está en la plaza, hay un hombre sentado. Parece abstraído en una profunda meditación. Tiene un fino bigote de puntas levantadas. Está el caballero, sentado, con el codo puesto en uno de los brazos del sillón y la cara apoyada en la mano. Una honda tristeza empaña sus ojos…

¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.

Azorín, Castilla



- Esta fotografía la hice en una placita de Burgos, cuando ya estaba anocheciendo, hace unos meses con motivo de un viaje por Castilla. No reparé entonces en que en uno de los ventanales estaba una mujer. Si os fijáis, podréis ver que ella está en la casa colorada, en el balcón cubierto de cristalera de la planta de arriba. En ese momento estaba yo distraído con tres cuestiones. De un lado, recordaba una conversación reciente con una amiga de América que me había contado que una de sus bisabuelas había vivido, antes de emigrar, en Burgos. De otro lado, tenía especial interés en captar al grupo que está conversando, iluminado por una farola, en el rincón izquierdo de la imagen. Finalmente, mi mente estaba también evocando el viejo texto de Azorín, que he reproducido más arriba. Recuerdo ahora, cuando escribo estas palabras de presentación de la fotografía, que hace ya mucho tiempo alguien me aconsejó: “Lee a Azorín… No lo dudes, lee a Azorín…”, buen consejo, pienso.

Ha de decir, finalmente, que esta placita burgalesa está situada en uno de los costados de la catedral. De hecho, en la zona de derecha de la imagen, que expresamente no he querido recortar, se puede apreciar como surge el edificio adornado con pináculos de este impresionante templo burgalés. Ese anochecer, por si todo lo dicho fuera poco, el cielo que se alzaba por encima de la placita se mostraba espectacularmente bello. El sol de la noche, al reflejarse en las nubes bajas, las había teñido de unas tonalidades rojizas espectaculares.



jueves, 27 de septiembre de 2012

En la vieja Castilla

Apertura f/18
Tiempo de exposición 1/100 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 70 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
.
Cuando viajo por Castilla suelo releer los poemas de Antonio Machado, que tanto amó sus campos, ya que aunque vivo en Andalucía desde hace mucho tiempo y mucho en mi es andaluz lo cierto es que nunca he dejado de sentirme “castellano” y me encanta recorrer, una y otra vez, las ciudades, los pueblos y los campos de mi Castilla, esos mismos espacios que Machado cantó en sus poemas.

Estos días pasados, con unos amigos de Valladolid, hicimos una excursión por las tierras de la Ribera del Duero en la que terminamos  arribando entre muchos otros pueblecitos y rincones a Peñafiel, ya casi en el límite entre Valladolid y Burgos. Hice allí la fotografía que ilustra este texto, intentando aunar en ella la silueta del impresionante castillo roquero y la estampa viva de su tradicional caserío. La imagen la hice desde la plaza del Coso.

En sus “Campos de Castilla”, Machado incluyó un poema que desde siempre me ha impresionado. Lo dedicó el poeta al maestro “Azorin”, que por esos tiempos había publicado su libro “Castilla”.

Es un poema intenso, que refleja a mi modo de ver mucho del alma de mi vieja Castilla. Todo sugiere en él que el poeta está recreando una experiencia biográfica, que habría que incluir posiblemente en la excursión que cuando vivía en Soria realizó a la Laguna Negra, ya que la venta de Cidones estaba situaba precisamente en el camino de Soria a Burgos,  antes de llegar a las “tierras de Alvargonzález”, cuyo cuento/leyenda reflejó el autor en su obra.


“La venta de Cidones está en la carretera
que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,
que llaman la Ruipérez, es una viejecita
que aviva el fuego donde borbolla la marmita.
Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
-bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto-,
contempla silencioso la lumbre del hogar.
Se oye la marmita al fuego borbollar.
Sentado ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,
dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
El caballero es joven, vestido va de luto.
El viento frío azota los chopos del camino.
Se ve pasar de polvo un blanco remolino.
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado.
Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,
la tarde habrá caído sobre la tierra parda
de Soria. Todavía los grises serrijones,
con ruina de encinares y mellas de aluviones,
las lomas azuladas, las agrias barranqueras,
picotas y colinas, ribazos y laderas
del páramo sombrío por donde cruza el Duero,
darán al sol de ocaso su resplandor de acero.
La venta se oscurece. El rojo lar humea.
La mecha de un mohoso candil arde y chispea.
El enlutado tiene clavados en el fuego
los ojos largo rato; se los enjuga luego
con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
el son de la marmita, el ascua del hogar?
Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo
y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.”


Han pasado muchos años desde que Machado escribió sus “Campos de Castilla”. Todavía, sin embargo, uno, cuando los relee, siente que la emoción le llega con la misma fuerza de la vez primera. Uno quiere ver en ese caballero joven, enlutado, al propio poeta, que ha perdido en Soria a la jovencísima Leonor. No se si cuando Machado escribió este poema había ya muerto o no su niña amada. Tampoco es algo que revista ya alguna importancia, a fin de cuentas nunca sabremos si son mas importantes las cosas vividas o las solamente soñadas, y para mí, cuando releo el poema, lo que me llega al corazón es que en estos versos Machado “se estaba soñando” a si mismo.




lunes, 6 de agosto de 2012

Renacimiento

Apertura f/8
Tiempo de exposición 1/10 s
Velocidad ISO – 1.000
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición  -0,30
HDR
 
 
Desde la primera vez que lo leí, este poema de Machado me llegó al alma. Y sucede ahora, a medida que van pasando los años, que cada vez me emociono más cuando lo releo…


“Galerías del alma… ¡El alma niña!
Su clara luz risueña;
y la pequeña historia,
y la alegría de la vida nueva…

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!

Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre… Y caminar en sueños
por amor de la mano que nos lleva.”

Antonio Machado, Galerías


- La imagen la hice en la Plaza Mayor, iluminada en la noche, de Valladolid, ciudad en la que nací. Como sigo sin comprarme un trípode -cualquier día de estos caerá-, hube de hacerla a mano alzada.


domingo, 4 de diciembre de 2011

De los dioses olvidados

Apertura f/14
Tiempo de exposición 1/160 s.
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,30


No tuve oportunidad de conocer personalmente a Juan Bernier Luque (1911 – 1989), un hombre que amó la poesía, la arqueología y las tierras de Córdoba, sin embargo me siento influido por él, debido a que soy amigo de personas que lo trataron y en muchas ocasiones hemos hablado de su vida y de su obra.

Como poeta, Juan Bernier fue fundador del grupo Cántico, que se manifiesta imprescindible cuando se estudia la poesía de los tiempos de la posguerra. Tenemos la fortuna de que todavía es posible encontrarse en las calles y tabernas de Córdoba a Pablo García Baena y a Ginés Liébana, dos de los integrantes de aquel movimiento poético.

En su faceta de arqueólogo, Juan Bernier fue un viajero incansable que recorría la provincia de Córdoba buscando vestigios de las culturas que nos precedieron. Casi siempre, cuando visitamos yacimientos arqueológicos que han quedado perdidos en lo alto de los picachos de los montes de Córdoba, alguien nos dice: “Aquí estuvo Juan Bernier…”

Cuando con algunos amigos amantes de la arqueología recorremos viejos senderos que conducen a los olvidados vestigios de algún antiguo poblado ibérico o romano perdido en la sierra, suelo llevarme algún poema de Juan Bernier y allá en lo alto, cerca del cielo, lo leo como tributo a este hombre, que fue, sin duda, el último humanista de Córdoba.

La fotografía que hoy os presento la tomé hace unos días en el yacimiento arqueológico de Torreparedones. Se trata de una ciudad romana olvidada de la que ni siquiera sabemos su verdadero nombre. Se alza en lo alto de un cerro que dista unos veinte kilómetros de la ciudad de Baena, en la provincia de Córdoba.

Es un momento propicio, ante la imagen de esos dioses olvidados, para releer uno de esos poemas de Juan Bernier:


DESEO PAGANO


Dioses innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y soñolientas de los prados.

¡Oh dioses sin problemas, domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.

Veinte siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!) han sido los caminos del mundo,
y os sepultasteis en la tierra
y habéis sentido los pasos del zagal y del arado
rozando vuestros miembros.

Y las vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como Sabinas a las rústicas manos,
escondidas, silenciosas de sol.
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!

Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
Lejos de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía danzar los cuerpos
como la brisa las palmas sobre el azul,
lejos del rabel
y la mirada de Narciso,
que hacía vibrar la belleza
en el ritmo de su propia contemplación,
lejos, muy lejos de la cítara lánguida,
consagradora de las noches,
sacerdotisa de las satisfacciones.

¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!

jueves, 21 de abril de 2011

LOS CAMINOS DE ROMA



Hace unos días un grupo de amigos, amantes al igual de la arqueología y la naturaleza, llevamos a cabo un recorrido por la calzada romana del Pretorio, que unía la ciudad de Córdoba con algunas de las minas de cobre de Sierra Morena.

La calzada del Pretorio, que no es mencionada en ninguna de las fuentes literarias romanas que se ocupan de estas cuestiones (Itinerario de Antonino, Anónimo de Rávena…) arrancaba de la Puerta Pretoria de la Colonia Patricia Corduba, actual Puerta del Osario, en la plaza de Colón, para abandonar la ciudad por la avenida del Brillante desviándose después por lo que hoy conocemos como Sendero de la Traición hasta arribar al punto kilométrico 14,5 de la carretera de Villaviciosa y dirigirse desde allí al valle de los ríos Guadanuño y Guadiato, en donde se conservan dos magníficos puentes: el primero de época romana, que cruza el Guadanuño, y el segundo, andalusí, que atraviesa el Guadiato.

Las fuentes arqueológicas confirman que a la salida de nuestra ciudad la calzada estaba enlosada. En el tramo que se ha conservado, que arranca de las inmediaciones de El Cerrillo, en la zona del Hospital de los Morales, se puede apreciar que la base de calzada se adapta a la roca madre, en la que está encajada. Llama la atención que en esa roca madre es frecuente encontrar vestigios de fondos marinos fosilizados, que nos hablan de los tiempos en que Sierra Morena estaba en el fondo de un inmenso océano.

En su estudio sobre las calzadas romanas de nuestra provincia, Enrique Melchor Gil indica que este camino unía la ciudad de Córdoba con una serie de minas de cobre y de plomo argentífero, situadas en el entorno de los ríos Guadanuño y Guadiato, que habrían sido explotadas durante los siglos I y II después de Cristo.

En diversos momentos del recorrido pudimos apreciar algunas de las singularidades constructivas de las calzadas romanas, de acuerdo con lo que autores como Vitrubio o Ulpiano nos han transmitido. Los expertos que nos acompañaban tuvieron también ocasión de hablarnos de las singularidades de la minería del cobre en nuestra provincia, dado el uso minero que los romanos dieron a esta ruta que va ascendiendo el escalón que suponen las estribaciones de Sierra Morena.

La actividad la llevamos a cabo una atractiva mañana de primavera. Durante el recorrido, la señorita C. tuvo continuas ocasiones de admirar, entre suspiros, la magnífica decoración floral, sobre todo de jaras pringosas, que nos iba acompañando.


Imagen: Antiqva Photo

lunes, 6 de diciembre de 2010

EXCURSIÓN AL REINO DE LOS COLORES

Imagen: Antiqva




Los colores de esta imagen, aunque lo pueda parecer, no están trucados… El farallón rojizo del fondo, aparentemente un acantilado natural, es realmente un producto de la mano del hombre; se trata del frente de una antigua mina de hierro “a cielo abierto” que habría sido explotada por una compañía minera inglesa a finales del siglo XIX y principios del XX. El tono verde pálido de la vegetación, por otro lado, tampoco es irreal. Obedece simplemente a que esa mañana hacía frío y las plantas estaban impregnadas de una capa de rocío.

La fotografía está tomada en el Cerro del Hierro, paraje que se enclava en la Sierra Norte de Sevilla, en las estribaciones de Sierra Morena, entre las poblaciones de Constantina y San Nicolás del Puerto. Es un lugar por el que nos encanta caminar, sobre todo cuando llega el mes de mayo, momento en el que las jaras eclosionan como poseídas por una extraña locura que hace que se reproduzcan por miles hasta el infinito llenando el paisaje de bellísimas flores blancas. Esta imagen la tomé la primera vez que visitamos ese lugar, hace algunos años. María, como tantas otras veces, caminaba delante y uno, más lento, iba tomando fotografías de los espacios que íbamos atravesando. Esa mañana estábamos intentando, provistos de un plano que alguien nos había proporcionado, llegar a lo que se conoce como Cueva del Ocre.

Fue de repente, al dejar atrás un desnivel del terreno, cuando nos topamos con la imagen impactante del antiguo frente de la mina, impregnado todo él de los tonos rojizos propios de los óxidos de hierro. María, impresionada, se paró y durante unos segundos contempló la mole rocosa, momento que uno aprovechó para alcanzarla y disparar la imagen, de modo que ella ni siquiera se dio cuenta. Caminábamos lentamente ya que el suelo, impregnado por el rocío, resultaba resbaladizo. Era la primera hora de la mañana y el lugar estaba solitario, de hecho no nos habíamos cruzado con nadie. En aquellos apartados parajes reinaba una soledad absoluta.

Si os fijáis, podréis reparar que en la parte derecha de la imagen se aprecia la entrada de una cueva. Es la Cueva del Ocre, en cuyas paredes aflora este mineral de hierro que en otros tiempos las mujeres adineradas usaron como “colorete” para dar animación a sus rostros. Os puedo asegurar que cuando se toca el ocre, nuestros dedos quedan impregnados de un color amarillento/rojizo que resulta muy difícil quitarse.

Dentro de la cueva, en la obscuridad plena y en la soledad de la mañana, con las gotas de agua escurriendo desde lo alto y sintiendo que nuestros pies pisaban los charcos de barro de ocre, percibíamos que aquello estaba impregnado de una energía especial. Alguien podría decir que allí las vibraciones de la tierra se sentían con especial intensidad.

A veces, en los enterramientos del Paleolítico se han encontrado fragmentos de ocre mezclados con los restos de los hombres. Esta presencia de ocre en las tumbas a partir de los neandertales nos estaría hablando de que estos hombres primitivos tenían ciertas creencias sobre la vida en el más allá… Gracias al ocre con el que los chamanes pintaban los cuerpos se conseguía disimular la palidez de los fallecidos… Gracias al ocre, de algún modo, parecería que la vida retornaba a los cadáveres… El ocre sería así el color de la vida, en este caso de la vida en el mundo de la ultratumba.

Algunas horas después, cuando abandonamos el Cerro del Hierro, nos tomamos un par de cervezas en la modestísima cantina, realmente un chamizo, de lo que había sido el antiguo poblado minero. El hombre que atendía el mostrador solamente nos pudo ofrecer, a modo de aperitivo, una ensalada de tomate. No tenía nada más, salvo esos tomates que cada mañana recoge de su propio huerto. No haría falta decir que estaban riquísimos… Desde entonces, siempre que hemos vuelto se los hemos pedido. Lógicamente, algunas veces los tiene, otras no… En aquella cantina, los descendientes de los mineros, que siguen ocupando las antiguas casas del poblado, se dan cita, sencillamente, para beber vino o cerveza, o para saborear una taza de café o alguno de esos licores que se elaboran en la cercana Cazalla de la Sierra…

lunes, 4 de octubre de 2010

DE LOS SUEÑOS Y DE LA VIDA

La Oreja de la Mula se perfila en la lejanía...



Recinto fortificado ibérico




Soñó en la noche
y sintió que vivía
un dulce sueño.




Estos días pasados, guiados por un viejo amigo, hemos recorrido nuevamente las sierras subbéticas en el entorno de Doña Mencía.

Estos campos mencianos, cargados de Historia, son los que cantó el poeta y arqueólogo Juan Bernier. Allí, recorriéndolos, le vienen a la mente a uno aquellas palabras del poeta en las que evocaba a los viejos dioses paganos, a los dioses amables de la luz y la alegría:





¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!




En las imágenes, tomadas donde la tierra y el cielo se unen, mostramos algunas perspectivas de lo que fue un antiguo recinto fortificado ibérico que tiene más de dos mil años de antigüedad. Sus olvidados muros siguen vigilando todavía desde lo más alto del pico de “La Oreja de la Mula” los viejos caminos de la sierra…

lunes, 6 de septiembre de 2010

DEL JAPÓN Y DE LOS MARES

Imagen: Antiqva



Hace unas semanas, leyendo una entrada en el blog de Susana, entrañable amiga, supe que en el siglo XI había vivido en Japón una mujer llamada Murasaki Shikibu que habría escrito una novela titulada “Historia de Genji”. Uno nunca había escuchado nada acerca de esa mujer pero la defensa que Susana hacía de su obra hizo que me sintiera atraído por ella, de modo que hace unos días me desplacé a la Biblioteca Provincial y consulté si disponían en sus archivos de esa novela.

Resultó que en la base de datos aparecían dos ejemplares de la “Historia de Genji”, pero para mi decepción los dos estaban prestados en ese momento. Hice otra consulta y finalmente me facilitaron una obra titulada “Libro de Amor de Murasaki - Poesía de la historia de Genji”, libro editado por Alberto Silva que según pude comprobar brindaba una colección de poemas que estarían engarzados en la novela de Murasaki Shikibu.

Varios de esos poemas me atrajeron especialmente. Veamos algunos:

“tú que compartes
los mismos sentimientos
podrás entender, mejor que nadie,
cuánto me arrastra
el viento de la tarde de otoño”

“si el barco no amarra
ni hay cita en el muelle,
entonces, mañana,
el hombre que espero
llegará de vuelta”

He de reconocer que la lectura de este libro de poemas, comentados con rigor por Alberto Silva, que va explicando en cada caso el ambiente de la novela en el que cada poema se integra, me ha brindados bellos momentos de disfrute y reflexión. Aquel mismo día, en mi visita a la biblioteca, me hice también con un ejemplar de “Océano mar”, de Alessandro Baricco. Se trata de una novela que en una primera ojeada me pareció compleja por ir desarrollando tramas diversas que se insertan todas ellas en ambientes marinos. Pensé que esta obra me podría resultar idónea para leerla en las orillas del Mediterráneo, donde íbamos a pasar unos días de vacaciones.

Como uno, a veces, actúa movido por desconocidos impulsos, “Océano mar” se quedó finalmente en lo alto de la mesita del dormitorio, aguardando turno para su lectura. Había decidido, al fin, llevar a la playa, “Tartessos”, una novela del historiador Jesús Maeso que evoca las andanzas de las gentes de aquel mítico Reino del Fin del Mundo, en los tiempos en que reinaba Argantonio. La novela describe con interesantes detalles históricos los viajes de los tartesios (los antiguos andaluces) a las islas Casitérides (Gran Bretaña) en busca del estaño que necesitaban para fabricar los productos de bronce, atravesando las aguas tenebrosas del Océano. También se ocupa de los ambientes de las costas del Mediterráneo Oriental (Grecia y Fenicia) en donde se desarrolla una buena parte de la acción. Compré “Tartessos” hace varios años y siempre había encontrado excusas para demorar su lectura. Posiblemente porque tiene casi 500 páginas y a uno, a estas alturas, los libros de dimensión desmesurada le producen ciertos sudores. La novela, aunque muestra una trama un tanto repetitiva (marinos antiguos que van recalando por diversos lugares de las costas atlánticas y mediterráneas) me está resultando interesante, sobre todo, porque por su carácter de novela añade algo de vida a lo que sería pura historia. A veces, a la historia le falta la vida y una buena novela histórica puede aportarla. No puedo sino evocar ahora aquel magnífico estudio sobre “Tartessos” publicado en 1922 por Adolf Schulten, el arqueólogo alemán que abrió la visión de nuestra historia acerca de los orígenes de Andalucía. Conservo, como “oro en paño”, una edición publicada hace demasiado tiempo en la prestigiosa Colección Austral.

Cuando regresamos en estos días pasados de las costas de Málaga, bien aprovisionadas las mochilas digitales con multitud de fotografías de mares e hibiscos, decidí que podría dedicar algo de tiempo a “fabricar” uno de esos cuadernos de fotografías que de vez en cuando hago llegar a las personas que habitualmente dejáis vuestros comentarios en el blog, personas a las que considero amigas. En esta oportunidad, las palabras serían algunos de esos poemas japoneses del libro que venimos comentando.

Por cierto, la imagen que ilustra esta entrada corresponde a la decoración de una vieja caja japonesa de madera que ha estado desde siempre en la casa familiar de María. Nadie recuerda hoy las circunstancias en que esa bella caja llegó a la casa… Siempre la han visto en ella…




lunes, 28 de diciembre de 2009

EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

Imagen: Antiqva


El claustro del monasterio de San Juan de Duero, emplazado a pocos metros de este río tras haber salido de Soria por el puente medieval, es un espacio que se brinda al visitante envuelto en la magia y la irrealidad.

El monasterio, de estilo románico, fue fundado en el siglo XII por los caballeros hospitalarios de San Juan de Acre. Las arquerías entrelazadas de su claustro, dotadas de estremecedora belleza y que acusan la influencia de los alarifes del Islam, se alzan desnudas a los cielos casi gritando en el silencio de Castilla. Las envuelve un entorno mágico que no es sino lo que los sorianos denominaron el Monte de las Ánimas.

Aquí, en este paraje sobrecogedor, habría de ambientar Gustavo Adolfo Bécquer una de sus más populares leyendas. En otros tiempos, nos dejó escrito, este monte fue el escenario donde se desarrolló una sangrienta batalla entre los Templarios, que tenían su convento en el cercano monasterio de San Polo, y los nobles sorianos. Fue un enfrentamiento despiadado entre dos grupos de cristianos que tenían intereses contrapuestos. Desde entonces, como Alonso habría de decir a su prima Beatriz, todos sabían del peligro que entrañaba acercarse al Monte de las Ánimas en la noche de Todos los Santos, cuando los fantasmas de los muertos volvían a cabalgar con sus espadas ensangrentadas. Bécquer, en su narración, recreaba como Alonso habría de encontrar la muerte en una noche de terror cuando intentaba complacer una desafortunada petición de su prima.

Por un camino que transcurre en paralelo al río, que nace en San Juan de Duero y que tras dejar atrás San Polo conduce a la cercana ermita de San Saturio, gustaba de pasear Antonio Machado, de la mano de Leonor, la niña esposa, en sus felices años sorianos…


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jueves, 19 de noviembre de 2009

LAGUNA NEGRA DE SORIA

Imagen: Antiqva




Cuando Antiqva tuvo antes sus ojos la Laguna Negra de Soria no pudo sino evocar los versos que Antonio Machado nos había plasmado en “Campos de Castilla”:

“…agua pura y silenciosa
que copia cosas eternas;
agua impasible que guarda
en su seno las estrellas…”

Pensó Antiqva entonces que quizás algún día intentara escribir alguna ensoñación que le ayudara a recordar ese mágico lugar…





En las tierras altas de Urbión,
recordando a Antonio Machado





Cuando encontraron su cuerpo arropado en el barro,
nadie reparó en que su alma,
entre las negras aguas,
observaba.

Nunca, compañera fiel, había huido
de las frías honduras en las que el hombre
había dormido.

Cuentan todavía, tantos años pasados,
que a veces, por la noche, con las estrellas,
en el agua la han visto jugando.

Dicen que esas noches la Luna
refleja su sonrisa
en la negra laguna.


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domingo, 8 de noviembre de 2009

LA ARQUITECTURA DEL MISTERIO

A estos ídolos oculados rendían culto las gentes que alzaron los dólmenes.
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Corredor del dolmen de la Pastora

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Ciertos lugares atraen especialmente el interés de los amantes de la fotografía...


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Cámara funeraria central. Sobre una base de lascas de pizarra se han situado bloques ciclópeos que dan forma a una falsa cúpula que se cubre con una inmensa losa pétrea.
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Imágenes: Antiqva




Este fin de semana, Antiqva –con un grupo de amigos- ha tenido la gozosa oportunidad de viajar a la población sevillana de Valencina de la Concepción, en el extremo norte de la cornisa del Aljarafe, en donde los arqueólogos tienen identificado un extenso yacimiento que se ha datado en los tiempos de la Edad del Cobre y el Bronce Antiguo. En él sobresalen diversos dólmenes (monumentos funerarios), que fueron construidos hace unos 4.000 años. Teníamos especial interés en visitar el denominado dolmen de la Pastora, que fue descubierto de manera fortunita en 1860, oculto bajo un cúmulo de tierra, cuando las gentes del lugar realizaban trabajos agrícolas.

El dolmen de la Pastora es un sepulcro tipo “tholos”, dotado de un largo corredor que culmina en una cámara funeraria. Las paredes de la construcción, levantadas con lajas de pizarra, están luego techadas con losas de dimensiones espectaculares. El impresionante corredor, que alcanza 46 metros de longitud y cuya escasa altura obliga a la persona que lo transita a caminar agachada, está dividido en tres tramos que están separados por losas que sobresalen a modo de puertas internas.

Cuando Antiqva, con la cabeza agachada, caminaba por ese interminable pasillo alumbrado por una luz tenue, tenía la clara certeza de que los hombres de la Prehistoria, cuando lo recorrieron igualmente, no hubieron de tener ninguna duda de que estaban dirigiendo sus pasos al Reino de la Muerte. Allí, sepultados bajo una colina artificial, en ese pasillo tan angosto y de difícil tránsito, la sensación de estar uno dominado por la magia y el misterio es claramente palpable.

Cuando, al fin, tras esos 46 metros de corredor funerario, llegamos a la propia cámara sepulcral, de planta circular, pudimos comprobar que sus paredes eran igualmente de lajas de pizarra, sustituidas a partir de cierta altura por sillares ciclópeos que por aproximación paulatina iban conformando una falsa cúpula techada por una losa pétrea inmensa. ¿Cómo fueron capaces los hombres de la Prehistoria de construir este tipo de sepulcros? Quizás sea cierta esa afirmación de la Biblia que dice (Génesis 6, 4) que hubo un tiempo en que habitaban en la tierra los gigantes…

De esta impresionante construcción, que nos remonta a los momentos iniciales de la historia de la arquitectura en España, nos llamó poderosamente la atención que su entrada no está orientada al sol del Levante, como es usual en los megalitos andaluces, sino hacia el sol del Poniente. No se orienta a la Luz, sino directamente al Inframundo…

Allí, en las inmediaciones del dolmen, alguien nos hizo saber que en el Aljarafe sevillano se tienen identificados más de veinte dólmenes, si bien en estos momentos solamente se puede visitar el de la Pastora, en el que nos encontrábamos. Nos causó cierta extrañeza que las autoridades responsables de la cultura no hayan decidido poner en valor, al menos de manera paulatina, esta sugestiva riqueza patrimonial que está situada a menos de veinte kilómetros de Sevilla. Esperemos que algún día alguien decida poner en marcha lo que sería una sugestiva ruta por los dólmenes del Aljarafe sevillano. Una ruta que nos llevaría, en suma, por los misterios de la vida y la muerte en los momentos finales de nuestra Prehistoria.


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martes, 4 de agosto de 2009

DONDE MACHADO NACIÓ AL AMOR

Claustro románico de San Juan de Duero

Ermita rupestre de San Saturio

El Duero desde la ermita de San Saturio
Por aquí traza el río su curva de ballesta en torno a Soria
Paralelo al río trascurre el camino por el que Machado y Leonor paseaban

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Imágenes: Antiqva




Antonio Machado, catedrático de Lengua Francesa, llegó a Soria en 1907, cuando contaba 32 años de edad. El 30 de julio de 1909 se casó con Leonor Izquierdo Cuevas, hija de la dueña de la pensión donde Machado había encontrado alojamiento. Cuando la conoció, Leonor era una niña de 15 años. José Tudela dejó escrito: “Antonio era alto, corpulento, fuerte, reposado y de familia burguesa, y Leonor era baja, menuda, muy femenina, nerviosa y de familia humilde.”

Antonio y Leonor fueron felices hasta que la muerte de ella, tres años después del matrimonio, los separó. Leonor “tan breve esposa como musa permanente” dejó una huella indeleble en el alma del poeta. En los momentos en que Leonor, gravemente enferma, caminaba hacia la muerte, pedía Machado un milagro que salvara su vida:

“Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.

Mi corazón, espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.”

El milagro, desgraciadamente, no se produjo, y la jovencísima Leonor falleció. Sería entonces cuando Machado habría de escribir el que para nosotros es su poema más estremecedor:

“Señor, ya me arrancaste lo que yo más quería.
Oye otra vez, Dios mío, mi corazón clamar.
Tu voluntad se hizo, Señor, contra la mía.
Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.”

En estos días pasados Antiqva ha tenido ocasión de recorrer, entre sueños, los lugares por los que dos enamorados, Machado y Leonor, solían pasear. Antiqva ha caminado por las orillas sorianas del Duero, entre las ruinas románicas del monasterio de San Juan de Duero, los vestigios de la Orden del Temple en San Polo y la ermita de San Saturio. Allí, entre las aguas del Duero y los roquedos escarpados que serpentean en sus orillas, leímos algunos poemas a los amigos que nos acompañaban.

Recordemos ahora aquellos versos en los que, tras la muerte de Leonor y estando el poeta en Andalucía, Machado, con el corazón en sueños, evoca a la Soria en la que había nacido al amor. Machado, en su ensoñación, se siente de la mano de Leonor. Cuando salga de ella, se verá solo, caminando entre los polvorientos olivares de Jaén:

“Allá, en las tierras altas,
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, entre plomizos cerros
y manchas de raídos encinares,
mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río
con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco: dame
tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,
bordados de olivares polvorientos,
voy caminando solo,
triste, cansado, pensativo y viejo.”



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viernes, 31 de julio de 2009

EL RELOJ DE LA AUDIENCIA

Imagen: Antiqva




¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.


Este poema de Antonio Machado (Campos de Soria, VI) nos permite evocar a un soñador que gustaba de pasear por las calles y plazas de la mística y noble ciudad castellana acompañado por ese hombre que siempre iba consigo…

Cuando Antiqva captó la imagen de este reloj de la Audiencia soriana no pudo sino sentir un cierto estremecimiento. Parece que algunas cosas se nos brindan especialmente revestidas de Historia y sentimiento. Posiblemente nadie, salvo Antonio Machado, había reparado antes en la fuerza poética de lo que no es sino un simple artefacto mecánico…

Ahora, Antiqva se imagina la ciudad, en una noche fría, a la una de la madrugada… La luna llena lo alumbra todo y Soria, siempre sola, está bellísima. Es ahora cuando el breve sonido de la campana de la Audiencia marca la hora solitaria. Antiqva, incluso, puede contemplar como a lo lejos, camino de los soportales, Machado, retraído en sus sueños, las manos en los bolsillos de su abrigo, se aleja…



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miércoles, 22 de julio de 2009

DE CIELOS E INFIERNOS


Imágenes: Antiqva




La inscripción sepulcral de Albaro de Ballid, que puede ser leída por quienes visitan las capillas de la catedral de Burgos, permite que nos acerquemos a las creencias religiosas y funerarias que tenían las personas adineradas en los tiempos del Renacimiento. Tuvimos oportunidad de fotografiarla en estos días pasados cuando recorríamos este templo que luce ahora con un resplandor especial tras los recientes trabajos de restauración que en él se han venido realizando.

El texto funerario llamó nuestra atención debido a que en él se menciona a un tal “Albaro de Ballid”, que en el cartelito que ilustra la tumba se nombra como Álvaro de Valladolid. Nunca antes había reparado Antiqva en que Valladolid, en el siglo XVI, se escribía Ballid.

Nuestro hombre, según indica la inscripción, habría fallecido en 1543 y todo parece sugerir que angustiado por el miedo a que su alma no arribara al Reino de los Cielos, el difunto habría ordenado en su testamento que se constituyeran diversos juros perpetuos que habrían de aplicarse a rezar por él tres misas diarias con sus responsos, así como a sostener el coste de los ornamentos precisos para esos cultos y a facilitar, finalmente, que pudieran contraer matrimonio o entrar en vida conventual las doncellas sin recursos.

En estos momentos nada sabemos acerca de este Albaro de Ballid. Quizás algún día escribamos algún relato en el que fantaseemos acerca de la vida de este personaje tan sugerente que, sin duda, temía que su espíritu quedase atrapado en los infiernos del más allá. Un posible comienzo de ese relato fantástico podría ser el siguiente:

“Las cosas se complicaron cierta noche de invierno en que la blanca Luna estaba en cuarto menguante. Simón de Torrehumos, párroco de la iglesia de San Cipriano, llevaba meses cavilando acerca de la conveniencia de alcanzar cierto reprobable acuerdo con Satanás. Esa noche, al fin, bajo los efectos de una Luna temerosa, el clérigo había terminado accediendo a las diabólicas pretensiones…”

Bueno, si, quizás con esas palabras se podría dar inicio a uno de esos cuentos de Antiqva. No obstante, todo sugiere que no parece que ahora podamos afrontar esa tarea. Lo dejaremos para más adelante. Pasemos, en su lugar, a reproducir lo que vendría a decir la inscripción funeraria que venimos citando:




AQVI REPOSA EL CVERPO DEL NOBLE CIUDADANO ALBARO DE BALLID, EL QVAL MANDO DEZIR
EN ESTE ALTAR TRES MISAS REZADAS CON SVS RESPONSOS CADA DIA PERPETVAMENTE. LA
UNA A TIEMPO DE PRIMA Y LA OTRA EN ACABANDOSE LA PRIMERA Y LA OTRA A LAS DIEZ
HORAS EN BERANO Y EN YNBIERNO A LAS HONZE. DOTOLAS DE TREYNTA CINCO MIL
MARAVEDIES DE IURO PERPETVO.

Y DIERONSE A LA FABRICA POR RAZON
DESTE ALTAR QVE ES SV SEPVLTURA MIL MARAVEDIES DE IVRO PERPETUOS. DEXO PLATA Y
HORNAMENTOS CON QVE SE DIGAN LAS MISAS E CIEN MIL MARAVEDIES PARA COMPRAR RENTA
CON QVE SE SOSTENGAN LOS HORNAMENTOS.

DEXO MAS PARA COMPRAR
CC Y LXVIII MIL MARAVEDIES DE RENTA PERPETVA PARA AYUDA DE CASAR O METER MONJAS
DONZELLAS POBRES.

Y POR PATRÓN DE TODO A ALONSO PESQVERA E DESPVES
DEL A LOS LLAMADOS EN SV TESTAMENTO QUE OTORGO ANTE GREGORIO DE MENA, ESCRIBANO
PVBLICO.

FALLECIO A TREINTA DE MAYO AÑO DE MIL E QVINIENTOS E
QVARENTA E TRES AÑOS. REQVIESCAT IN PACE.



Hasta aquí hemos reproducido, con alguna licencia, la inscripción funeraria de este hombre llamado Álbaro de Ballid, que se conserva en su tumba de la catedral de Burgos. Llegados a este punto, no podemos resistirnos a recordar, por su similitud en los contenidos y en el momento histórico, las palabras con las que Miguel Delibes nos hablaba del testamento de la madre de un iluminado que habría de encontrar la muerte en los quemaderos de la Inquisición. Estamos hablando de su novela “El hereje”. En ella, en relación con las instrucciones de doña Catalina en su testamento, nos habrá de decir don Miguel:

"...don Bernardo y su hermano, el albacea, se sentaron juntos a los pies de la difunta, como era vieja costumbre familiar, para leer sus disposiciones testamentarias. Por primera providencia, doña Catalina deseaba ser enterrada en el atrio del Convento de San Pablo, no en el interior de la iglesia, ya que, a causa de los enterramientos, dentro había unos desagradables efluvios que le quitaban la devoción. Doce mujeres jóvenes y pobres la acompañarían a su última morada, vestidas de azul y blanco y con un cirio encendido en la mano. Don Bernardo abonaría a cada una de ellas un real de vellón por su compañía. El entierro debería efectuarse tras una misa de réquiem en la misma iglesia, a la que seguirían, en fechas sucesivas, un novenario de misas cantadas con diáconos y subdiáconos y otras en cada templo de la villa en la octava de su fallecimiento. Don Bernardo leía estas disposiciones con voz entrecortada, no tanto por su aflicción, como porque conocía la liberalidad de doña Catalina, que temía se manifestara a cada paso. Y su voz temblorosa se quebró del todo cuando, con su característica letra picuda, la difunta ordenaba, sin lugar a otras interpretaciones, que se constituyese un juro en favor del Convento de San Pablo que rentase, cuando menos, dos mil seiscientos cincuenta maravedíes al año..."

Doña Catalina, la madre del hereje, había vivido en la Corredera de San Pablo de Valladolid, en las inmediaciones de donde hoy se alza el Instituto “José Zorrilla”. En ese instituto, tan añorado, estudió Antiqva todos los cursos de Bachillerato.

¡Ay, cuantas tardes habrá pasado Antiqva, fugitivo de las clases, jugando en el atrio del convento de San Pablo…! Entonces, cuando correteábamos entre los vetustos pilares y las cadenas que circundaban el recinto, era frecuente que alguien recordara alguna de las viejas historias y leyendas que se habrían desarrollado en esta plaza… Aquí, a modo de ejemplo, habría llegado a la vida Felipe II, que habría de ser martillo de herejes. En la casa donde nació se aloja ahora el Palacio de la Diputación, en cuyo zaguán unos bellos mosaicos nos hablan de la vida en Valladolid en los tiempos del Siglo de Oro.

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jueves, 16 de abril de 2009

MUJERES ROMANAS

Imagen: Antiqva




Estas días pasados, cuando Antiqva visitaba la Necrópolis Romana de Carmona, población situada a unos 40 kilómetros de Sevilla, mientras contemplaba en el museo del yacimiento arqueológico la representación escultórica de Servilia, una joven que allí fue enterrada, no pudo sino evocar un antiguo epitafio que fue encontrado en Pax Iulia, la actual Beja portuguesa. En la inscripción, otra joven llamada Nise nos decía:

“Caminante, quienquiera que seas, cuando al pasar ante esta tumba leas en su epitafio que fui arrebatada a la vida teniendo sólo una veintena de años, sin duda te lamentarás de ello y, aunque piensas que esta paz que yo gozo ahora te será luego a ti, cuando estés cansado, tan dulce como a mi, haré votos, empero, porque vivas más que yo y envejezcas más tarde, disfrutando de la vida que no se me otorgó a mi. Más, si te alivia el llorar ¿por qué no lloras? Aquí yace Nise, que falleció a los veinticinco años. Hicieron este monumento su padre Inachus y su madre Io. Vete, o mejor aún, vuela, que ahora eres tú quien lees, pero luego tú mismo serás leído.”



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miércoles, 25 de marzo de 2009

SALTOS DE AGUA


Imágenes: Antiqva



No hace mucho, en otra entrada, hablábamos del encanto que tiene para Antiqva recorrer los cauces secos de los torrentes que atraviesan Sierra Morena y contemplar los efectos que la fiereza del agua han ido produciendo a lo largo de millones de años en las piedras depositadas en estos cauces.

En estos días pasados hemos tenido oportunidad de llevar a cabo, en las inmediaciones de la pequeña población de San Nicolás del Puerto, enclavada en la Sierra Norte de Sevilla, una ruta de senderismo que nos llevó al bosque de galería que por estos parajes atraviesa el río Huéznar, que brinda al viajero magníficas imágenes de los saltos por los que sus aguas se van despeñando. No se trata de un cauce seco sino que aquí el agua está viva y en todo su esplendor.

Antiqva, claro, se volvió loco disparando fotografías a las aguas revueltas, que algo alocadas brincaban entre las rocas empeñadas con infinita paciencia en irlas esculpiendo y modelando a su gusto.

Ah, que magnífica conjunción la del agua y la piedra, sobre todo cuando –como es en esta ocasión- el conjunto está adornado con una lujuriosa vegetación.
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domingo, 15 de marzo de 2009

LA SANGRE DE LA TIERRA

Imagen: Antiqva



Este sábado, cuando recorríamos el yacimiento minero sevillano del “Cerro del Hierro”, tuvimos oportunidad de acceder a la denominada “Cueva del Ocre”. Allí, en una inmensa oquedad que penetra en el ocre de la tierra, pudimos sentir el pálpito del agua que se filtraba por las paredes chapoteando en unos charcos que nunca llegan a secarse. Alguien nos habló entonces de lo que el ocre significó en los tiempos remotos del Paleolítico, cuando los chamanes, quizás, pensaron que este mineral férrico venía a ser “la sangre petrificada de la tierra”. Gracias al ocre el rubor de la vida parecía retornar a los cuerpos de los fallecidos. No podemos sino recordar las palabras que Juan Luis Arsuaga (que dirige el equipo arqueológico de Atapuerca) pone en boca de un brujo del Paleolítico en su novela “Más allá de la niebla”:

“…la única manera que se conoce de formar parte del Pueblo Eterno después de la muerte es que el ocre sagrado le devuelva a la carne el color de la vida…”
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viernes, 6 de marzo de 2009

DE AGUAS Y PIEDRAS




Imágenes: Antiqva
(Arroyo Guadalora - Sierra Morena)



Cuando llega el buen tiempo a Antiqva le encanta pasear por el cauce seco de los ríos que atraviesan Sierra Morena, ya que entonces puede contemplar los resultados del intenso trabajo que a lo largo de millones de años ha ido ejecutando el agua sobre las piedras.

A veces, contemplando los resultados de la erosión fluvial uno pensaría estar en un yacimiento arqueológico en el que los restos de frisos y columnas de antiquísimos templos yacen desparramados por el suelo.

También me sorprende observar como los musgos, en los rincones más apartados, allí donde la luz directa de sol casi nunca llega, aportan su propia vida a la piedra.

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martes, 6 de enero de 2009

BUSCANDO CASTILLOS

Toño en Torrelobatón



Antiqva en Portillo





Fruto de ese frenesí por la búsqueda de restos antiguos, Toño y Antiqva reincidieron una y otra vez en desplazarse a diversos pueblos para contemplar y fotografiar cualquier resto constructivo que pudiera tener un origen vacceo, romano o medieval. Antiqva, todavía, conserva muchas de esas imágenes, con las que se sumerge en los ensueños de vez en cuando. Lamentablemente no se les ocurrió tomar fotografías de las propias “gentes”, tan rurales, con las que se iban topando en esas tan penosas, por invernales, excursiones. En estos días esas imágenes antiguas de personas habrían tenido un valor documental inmenso.

En aquellos días de pasión, a medida que las excursiones se prodigaban los jóvenes iban acumulando anécdotas, producidas sobre todo por la inclemencia del tiempo y la extrañeza que manifestaban las gentes de los pueblos o caseríos, que no estaban acostumbradas a ver llegar a unos jóvenes de la ciudad que, enloquecidos, parecían buscar algo a lo que nadie por allí había prestado nunca la más mínima atención.

No puedo ahora sino recordar, por ejemplo, los arduos intentos de aproximación de nuestros amigos a lo que había sido el poblado vacceo (celtíbero) de El Soto de Medinilla (por situarnos en el tiempo, contemporáneo de la Numancia que se enfrentó a Roma). Por más que preguntaron nadie era capaz de darles alguna pista que permitiera que, al fin, pudieran poner sus pies sobre las viejas ruinas. Al fin, después de muchas pesquisas, en medio de un campo en el que estaba naciendo el trigo, encontraron a alguien que parecía tener alguna información:

-“Hace muchos meses estuvieron por aquí unos individuos que venían de Valladolid y que buscaban algo, picaron en algunos sitios y se terminaron yendo, aburridos, llevándose algunas tejas y trozos de tinajas… En el pueblo pensábamos que estaban locos, pero ahora veo que venís también vosotros buscando lo mismo… Aquellos tipos escarbaron allí, donde crece el trigo, pero no se os ocurra acercaros, que con vuestras botas “de soldado” me lo vais a destrozar todo…”

Viene también a mi mente el recuerdo de otra excursión que realizaron al pueblo de Olmedo intentando localizar los escasos restos de una villa romana que habría estado situada en las inmediaciones de Almenara de Adaja. Hoy ese yacimiento arqueológico es el buque insignia de la arqueología vallisoletana pero en aquellos días todo era un barrizal inmenso. Había llovido a cantaros y los caminos de tierra estaban llenos de agua y lodo, de modo que la moto se les atascó y tuvieron que volver a la carretera llevándola “en volandas”. El barro había impregnado todos los mecanismos de transmisión de la máquina.

Podríamos seguir evocando otras tantas excursiones que realizaron en aquellos tiempos. Visitaron poblaciones como Tordesillas, Simancas, Torrelobatón, Medina del Campo, Peñafiel, Villalba de los Alcores, Portillo, Montealegre, Tordehumos…, en busca, siempre y sobre todo, de viejos castillos cuyas imágenes todavía conserva Antiqva, como antes indiqué, con verdadera devoción.

Hemos hablado, hasta ahora, de tiempos pasados pero no menos interés reviste en estas cuestiones el tiempo presente, y es que afortunadamente puedo dejar constancia, por tener conocimiento de ello, de que Toño y Antiqva, a pesar del tiempo pasado y de la distancia geográfica que les separa, siguen manteniendo unos intensos lazos de amistad. De hecho, puedo afirmar que Antiqva sigue considerando a Toño como uno de los mejores amigos que jamás haya tenido, lo que no es poca cosa.

No os debe extrañar, por tanto, que en el verano del año pasado, a modo de ejemplo, Toño y Antiqva, acompañados ahora por Silvia y María, rememorando quizás aquellos viajes legendarios, decidieran hacer una grata excursión a una de aquellas poblaciones, en este caso Urueña, cuyas murallas se mantienen ahora de un modo especialmente esplendoroso.





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domingo, 4 de enero de 2009

COSAS DE CASTILLA

Toño en Simancas



Antiqva en Villalba de los Alcores




Eran unos tiempos en que las fotografías se hacían en blanco y negro, y en los que la Arqueología no estaba, ni mucho menos, de moda. Todo parece sugerir que por aquel entonces el turismo cultural ni siquiera había sido “inventado”, al menos en lo que se refiere a los viejos pueblos de la Castilla profunda.

Toño y Antiqva, que se conocían del barrio, habían coincidido aquel año estudiando “Preuniversitario” en el único instituto que existía en la ciudad. Se trataba de un amplio edificio de ladrillo que se sigue alzando en la magnífica plaza de San Pablo. Estudiaban en horario nocturno, ya que en aquellos tiempos Toño tenía un trabajo fijo (lo que le permitía ser propietario de una vieja motocicleta) en tanto que Antiqva, ocasionalmente, se ocupaba en empleos precarios que le impedían asistir a las clases en el más razonable horario de la mañana.

A pesar de que en aquellos tiempos, en los ambientes obreros en que estos dos jóvenes se movían, no se haya podido documentar que existiera el más mínimo interés por la Arqueología, lo cierto es que alguien podría haber afirmado que Antiqva parecía haber venido a este mundo dominado por una inmensa atracción por el estudio de los tiempos más remotos de la Historia, convirtiéndose esa atracción en auténtico frenesí cuanto se hablaba de algo relacionado con “cosas” egipcias o romanas. La justificación, quizás, sería que desde niño Antiqva había sido lector fiero de las aventuras de unos héroes apasionados (“El Jabato” y “El Capitán Trueno”), que sabían moverse a sus anchas por los recovecos antiguos de la Historia.

Por aquellos tiempos, debíamos estar en 1970, Antiqva –un jovencito con la mente algo despistada, sin duda- había acabado de “devorar” “Dioses, tumbas y sabios”, de modo que se mostraba dominado por un ardor frenético que traslucía en las conversaciones que mantenía con sus amigos del barrio a los que trasladaba –con las palabras “atragantadas” por la emoción- sus tan apasionados como recientes conocimientos acerca de las leyendas de la antigua Grecia homérica o sobre las deslumbrantes victorias militares de Ramsés III.

Las gentes del barrio –perplejas ante ese “extraño” frenesí de Antiqva por las cosas antiguas-, no podían sino aprovechar la más mínima oportunidad para alejarse con algún inventado pretexto de aquella mesa tabernaria en la que ante algún “chato” de vino tinto nuestro enloquecido amigo pontificaba. Toño, sin embargo, aún cuando no tenía especial interés por la Historia y menos aún por la Arqueología, era un entrañable amigo al que en alguna ocasión Antiqva prestaba sus apuntes nocturnos, de modo que no solo rehuía la fácil huida sino que incluso, en algún momento, habría pronunciado ciertas palabras que producirían consecuencias insospechadas:

-“Bueno, Antiqva –exclamó una tarde-, ya sabes que tengo una moto. Cuando quieras podemos salir a dar un paseo por el campo para acercarnos a alguna de esas ruinas de las que tanto hablas… Nuestros pueblos –prosiguió- están llenos de ruinas de castillos…”

-“¡Castillos…!. –habría tronado Antiqva-, por supuesto, amigo, salgamos a ver los castillos que se están cayendo por los pueblos, y junto a los castillos podremos fotografiar las ruinas de antiquísimos poblados celtíberos o los escasos vestigios que puedan quedar de lo que antaño fueron lujosas villas romanas…”

Fue así como Toño, timoneando la motocicleta, y Antiqva, con una máquina fotográfica tristona que había obtenido unos años atrás acumulando los puntos que regalaban comprando tabletas de “Chocolates La Llave”, se lanzaron, en lo crudo del invierno, sin esperar siquiera a la llegada del verano, a recorrer los pueblos de Valladolid buscando los vestigios de esas culturas remotas que en siglos pasados se habían desarrollado en esos lugares.
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(...continuará...)
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