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jueves, 19 de junio de 2014

Pongamos que hablo de Madrid...










Unas veces huían sin saber de quién y otras esperaban sin saber a quién…


Miguel de Cervantes - Don Quijote





jueves, 2 de octubre de 2008

NUESTRA SEÑORA DE GUADALUPE






“Cuatro días estuvieron los peregrinos en Guadalupe, en los cuales comenzaron a ver las grandezas de aquel santo monasterio; digo comenzaron, porque acabarlas de ver es imposible…”

Miguel de Cervantes (Los trabajos de Persiles y Segismunda)



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jueves, 28 de agosto de 2008

DON QUIJOTE





Hace unos días, trasteando en el cuaderno de Kety, persona entrañable, nos encontramos con un proyecto de sorprendente trascendencia. Nuestra amiga invitaba “al público” a escribir una versión actualizada, apócrifa por supuesto, adaptada a los tiempos modernos, de “Don Quijote”, proyecto –sin duda- claramente “quijotesco”.

Kety proponía que narrásemos las andanzas del alocado Quijano en unos ambientes situados en el siglo XXI: en efecto, don Alonso sería un funcionario prejubilado que dedicaría todo su tiempo a “bloggear” y “chatear” en su ordenador y que fruto de esa obsesión:

De un lado, estaría a punto de perder a su esposa, que llena de pavor se habría refugiado en las playas de Benidorm.

De otro, habría contactado con una labriega, tipo ecologista, sin duda, de nombre Dulcinea, que a través de Internet le estaría sorbiendo el escaso raciocinio que, tras tantos años de trabajar como “chupatintas”, aun quedaba en su mente.

Amig@s, se trataba –sin duda- de un proyecto ilusionante y Antiqva no dudó en acceder a colaborar en él. ¡Señor, se le brindaba la oportunidad de integrarse en un equipo que habría de escribir “Don Quijote”, casi nada…”

Veamos, finalmente, el fragmento que, sin ningún pudor, decidió aportar nuestro amigo Antiqva:

Comenzamos:

Fermina, la señora que prestaba servicio, en ausencia de la esposa de don Alonso, poniendo un poco de orden en la casa, entró de manera atropellada en el cuarto donde nuestro caballero chateaba de manera impenitente:

“Señor, exclamó, pero desde cuando no sale un poco a pasear por el campo”. “Venga, venga, atienda al cartero, que está esperando en la puerta, mientras una ventila un poco esta “cochiquera”, y apague el ordenador ese, no sea que me vaya a dar “calambre”, como la semana pasada.” “Ay, don Alonso, que a gusto estará su señora en la playa…”

-“Que pasa, `pregunto don Alonso al cartero, con la cara algo desencajada por haber tenido que abandonar su guarida?”

-El funcionario le entregó la carta certificada, recogió la firma en el justificante de entrega y dio media vuelta sin siquiera despedirse. Sabía que era inútil.

Don Alonso, tembloroso, al ver que era una notificación oficial de la Seguridad Social, leyó el escrito con cierto sentimiento de estupefacción.

“Señor –pensó- ahora resulta que estos esbirros de la Seguridad Social me dicen que llevo mas de un año sin pagar la cuota del Régimen Especial de Autónomos Prejubilados y que, por tanto, dentro de tres años, cuando me llegue la jubilación, no voy a cobrar ni un duro…”

-“¡Maldita sea, Señor!, ¡por el Caballero del Vellocino de Oro!, como me pueden exigir a mi, a un hidalgo castellano, que llevo todavía migas de pan en la pechera, de lo que ayer cené, que me acuerde de algo tan miserable como pagar unos simples recibos…”

-“Tunantes, bellacos, malandrines…” “Ahora mismo enfundo mis armas y me dirijo al Ministerio, a derribar gigantes”. “Voto a brios, celestial ayuda reclamo para este tan meritorio empeño…”



jueves, 11 de octubre de 2007

CRISTIANOS VIEJOS


-Pues como eso sea –respondió Sancho-, no hay sino encomendarnos a Dios, y dejar correr la suerte por donde mejor lo encaminare.

-Hágalo Dios –respondió don Quijote- como yo deseo y tú, Sancho, has menester, y ruin sea quien por ruin se tiene.

-Sea por Dios –dijo Sancho-; que yo cristiano viejo soy, y para ser conde esto me basta.

-Y aun te sobra –dijo don Quijote…

Miguel de Cervantes (El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, XXI)

martes, 31 de julio de 2007

LOS NIÑOS DE "CUARTO BIS"

El colegio Miguel de Cervantes en 1934.
En primer plano, el comedor; al fondo, el propio colegio (dos plantas).
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El Colegio "Miguel de Cervantes" es el más antiguo de la ciudad. Fue inaugurado el 10 de enero de 1931. La escuela Graduada constaba de dos secciones de seis unidades cada una. Una sección para niños (en la planta alta del edificio) y otra para niñas (en la planta baja).

El centro se construyó al aumentar la población del barrio de las Delicias, gracias al desarrollo que había supuesto la construcción del ferrocarril. Este incremento poblacional amparado en la actividad ferroviaria, conllevó un considerable aumento del número de niños.

Recuerdo que en el colegio, en los primeros años sesenta, había dos clases de alumnos; de un lado, los normales, en los que yo me incluia; de otro, un reducido número de niños problemáticos (unos veinte), que estaban "recluidos" en la clase que conocíamos como "cuarto bis". Nunca llegué a conocer, realmente, los motivos por los que esos niños eran considerados problemáticos. Alguna vez, alguien comentó que era porque sus familias eran pobres (más pobres que las de los alumnos normales, diría yo) y no podían pagar "las permanencias", que era una pequeña cantidad de dinero que se pagaba mensualmente para que los profesores impartieran alguna hora adicional de clase a los niños.

Los niños "normales", cada cierto tiempo, íbamos progresando, desde primero hasta sexto. Los alumnos de "cuarto bis", sin embargo, no avanzaban, sino que estaban allí hasta que abandonaban el colegio. Eran, sin duda, unos marginados. Lo cierto es que los niños "normales" teníamos un sentimiento de miedo cuando nos cruzábamos con ellos en los pasillos o en el patio. Destacaba por sus diabluras, en mis tiempos, entre los alumnos de "cuarto bis" uno al que llamábamos Pizzias, con el que llegué a trabar amistad cuando tenía seis o siete años.

Estuve en el "Miguel de Cervantes" hasta que a punto de cumplir los diez años, alcanzado el grado cuarto, ingresé en el instituto de la ciudad, para iniciar estudios de bachillerato.

Los niños normales, los que no estudiaban el bachiller, que eran los más, seguían en el colegio otros dos grados más (quinto y sexto) para abandonar luego la escuela camino del mundo del trabajo.

En general, mi recuerdo de los maestros es muy bueno. Parece que estoy viendo ahora mismo a don Manuel y a don Martín. Las lecturas del primero, hombre tan severo como cariñoso, cada cosa en su momento, hicieron nacer en mí la afición por la historia. En aquellos tiempos en que por las mañanas, formados todos en el patio, cantábamos el Cara al Sol, el nos leía, por las tardes, narraciones de leyenda sobre, por ejemplo, los tartesios, esos antiguos pobladores de Andalucía.

LOCO POR LOS LIBROS

Es, pues, de saber que este sobredicho hidalgo, los ratos que estaba ocioso (que eran los más del año), se daba a leer libros de caballerías con tanta afición y gusto, que olvidó casi de todo punto el ejercicio de la caza, y aún la administración de su hacienda; y llegó a tanto su curiosidad y desatino en esto, que vendió muchas hanegas de tierra de sembradura para comprar libros de caballerías en que leer, y así, llevó a su casa todos cuantos pudo haber dellos; y de todos, ningunos le parecían tan bien como los que compuso el famoso Feliciano de Silva; porque la claridad de su prosa y aquellas entricadas razones suyas le parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros y cartas de desafíos, donde en muchas partes hallaba escrito: “La razón de la sinrazón que a mi razón se hace, de tal manera mi razón enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura.” Y también cuando leía: “... los altos cielos que de vuestra divinidad divinamente con las estrellas os fortifican, y os hacen merecedora del merecimiento que merece la vuestra grandeza”.

Con estas razones perdía el pobre caballero el juicio, y desvelábase por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mesmo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.

Miguel de Cervantes (El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha – Capítulo I)