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sábado, 10 de noviembre de 2012

Tiempo de lluvia y soldados

Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/160 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 105 mm
Compensación de la exposición -0,70


  
 

“Las cosas se saben o no; no hay por qué comprenderlas…”

Max Aub


“En el corazón de lo que escribimos siempre quedan encerrados elementos de nuestra biografía…”

Antiqva




Esta mañana me han dicho que posiblemente tenga que matar a un hombre. Hoy está lloviendo y anoche apenas he dormido. He tenido servicio de guardia y eso supone, cuando llega la noche, dos horas de vigilancia en alguna garita, fusil en mano, y cuatro horas de descanso, de las que tenemos que descontar el tiempo de las idas y las venidas a los puestos y el de dar las novedades al oficial, de modo que las cuatro horas se quedan en poco más de tres. Un tiempo insuficiente de descanso para un joven de diecinueve años. Además, tenemos que acostarnos con el uniforme y los correajes y esta noche, con la lluvia, el “tres cuartos” y las botas estaban empapados de agua y barro. La áspera manta con la que nos cubrimos en las horas de descanso es incapaz de sacar de nosotros el frío de estas noches de invierno.

Hoy es 20 de diciembre de 1973. Faltan un par de días para que pueda tomar una semana de permiso y esta mañana, cuando estamos a las puertas de la Navidad, un grupo de terroristas de E.T.A. ha matado al almirante Carrero Blanco, al parecer un personaje importante en el gobierno de Franco. La verdad es que yo nunca he oído su nombre. No tengo ni idea de quien era, pero os puedo asegurar que su muerte ha ocasionado un revuelo en el cuartel. No han pasado un par de horas del atentado cuando el cabo furriel nos ha anunciado que los permisos de Navidad han sido anulados, quedando todos nosotros acuartelados. Las guardias se han doblado y a mi, que había estado de servicio esta noche pasada, me han enlazado una guardia saliente con otra entrante.

Formados en el patio, bajo una lluvia que nos empapa, el capitán a cuyas órdenes está nuestra batería nos está hablando:

-“Soldados, han asesinado al Presidente del Consejo de Ministros, el almirante Luis Carrero Blanco. La Patria exige que estemos alerta en este momento. Además, hace media hora hemos recibido en este acuartelamiento una amenaza de bomba. Al parecer, grupos que operan en la clandestinidad quieren aprovechar estos momentos de confusión para sembrar la inquietud en la ciudad colocando explosivos en diversos lugares estratégicos. Ya se os ha dicho que vamos a redoblar las guardias. Todos los que entréis de servicio tenéis que tener el fusil cargado y quitado el seguro. Ante cualquier duda, tenéis mi orden de disparar a matar. Los acontecimientos no permiten otra cosa. La Patria exige eso. Si alguien se os acerca y no entra en razones ante vuestra orden de que se detenga y alce las manos, disparadle…”

Al poco, algo cabizbajo, acompañado por el cabo de guardia, me estoy dirigiendo a la puerta falsa del cuartel, para hacer el relevo en el puesto. “Verás –estoy pensando mientras camino, fusil al hombro- como algún insensato me monta hoy un lío…”

Y así ha sido. A los pocos minutos de hacer el relevo, mientras soporto la lluvia cayendo sobre mi cuerpo y miro con atención los movimientos en la calle puedo ver como un individuo que arrastra una caja de cierto tamaño se acerca a la tapia del cuartel, deja la caja apoyada en el suelo y protegido por un paraguas se queda allí plantado, como esperando algo.

No lo dudo. Encañono al tipo con el fusil y le exijo a gritos que se aleje de allí, pero no se inmuta. No parece escucharme. Posiblemente piensa que no me dirijo a él. Están siendo unos segundos interminables. Al poco, se ha dado cuenta de que es él el destinatario de mis voces y me grita diciendo que está esperando a alguien, que lo llevara a Puente Osuna, y que se ha colocado allí para protegerse un poco de la lluvia.

Mi mirada y la suya se han cruzado en el instante en que yo he descerrajado el Mauser provocando un ruido seco. La bala se ha introducido en la recámara. Siento que mi cuerpo está temblando.

-Las manos a la cabeza –grito… Las manos a la cabeza… Y haga palmas con las manos… Que yo vea las manos haciendo palmas por encima de su cabeza…

-Estás loco, muchacho –me responde.

Lo tengo encañonado. No lo dudo. Aprieto el gatillo. Suena el trueno del disparo. El tipo se queda inmóvil. Sin duda, no se cree lo que está pasando. Mientras tanto, temo que tenga que disparar una segunda vez, pero no es así. No me ha dado tiempo a introducir una segunda bala en la recámara. Él se ha echado a correr, lanzando improperios. Deja atrás el paquete y el paraguas.

Unos minutos después la Policía Militar ha acordonado la zona y al poco unos artificieros están inspeccionando la caja. Parece que contiene cartones de tabaco, que son requisados y puestos a disposición del oficial que habrá de instruir el incidente. Todo ha sido una falsa alarma, pero yo he actuado tal y como se esperaba que hiciera. Recibo algunas felicitaciones. “Así es como tenéis que actuar.” –me dice el Teniente Coronel en estos primeros momentos que siguen a la confusión del disparo.   

El asunto se complica luego, cuando la Policía Militar se extraña de no encontrar en el pavimento ninguna señal del balazo. “Soldado –me están preguntando-, quieres decirnos exactamente a donde estabas apuntando. No encontramos ninguna señal de que la bala rebotara en el suelo.

-Mi teniente -respondo-, aunque en ese momento tenía claro como debía de actuar no puedo ocultar que me puse algo nervioso. Es posible que en lugar de disparar a las piernas, como era mi intención, la bala se desviara al cielo. No se decirle, mi teniente. Desde luego, disparé. Todos escucharon el ruido del disparo.

He tenido que prestar declaración varias veces y a la postre el asunto ha quedado zanjado. Lo importante, a fin de cuentas, es que he sido un ejemplo de actuación y que además la amenaza de las bombas ha resultado ser una mera fábula. Nos dicen que hoy  no ha pasado nada en la ciudad. Ningún explosivo ha estallado. Cuentan que las gentes están tranquilas. Todos están asustados, pero tranquilos.

No pueden sospechar que uno, en los tiempos en que era un recluta destinado en el  C.I.R. número 7 de Saturio del Duero, cuando hacía los primeros ejercicios de tiro simulado había escondido en mis bolsillos tres balas de fogeo que pensaba conservar como recuerdo de mi tiempo de servicio obligatorio en el ejército. Esta mañana, cuando me han dicho que quizás tendría que matar a un hombre, he decidido utilizarlas.



miércoles, 28 de septiembre de 2011

Blues for mama




Por aquellos tiempos apareció en el barrio un chico negro que iba siempre de un lado para otro con una guitarra en la mano. Hablaba una lengua desconocida de modo que nadie pudo averiguar quien era o de donde venía. La gente de la calle solía darle algo para comer y los jóvenes, de vez en cuando, le invitábamos a un café o le dábamos tabaco. Alguien, sin aclarar las razones, dijo que era brasileño, pero la sospecha se desvaneció cuando Jesús, el tendero de los ultramarinos, afirmó que en Brasil la gente hablaba portugués y el muchacho no parecía expresarse en ese idioma.

El chico llegó en Semana Santa y entonces, durante los días más sagrados, entre el jueves y el domingo santos, la policía vigilaba que los cines, los bares y los lugares de ocio estuvieran cerrados, de modo que a los jóvenes solo nos quedaba el recurso de refugiarnos a jugar a las cartas en el secreto de alguno de los cuartos escondidos de los bares del barrio. Parecía que el bar estaba cerrado pero bastaba con llamar disimuladamente a la puerta para que al poco alguien la abriera. Allí, en un rincón, el chico negro, dejaba pasar las horas tocando “blues”, mientras los demás, envueltos en nubes de humo, saboreábamos copas de brandy, fumábamos cigarrillos y jugábamos al julepe.

Todavía hoy, en mi mente, pasado tanto tiempo, la Semana Santa sigue evocando interminables partidas de cartas, que se prolongaban durante muchas horas, hasta que llegaba la madrugada. Mientras, afuera, en el mundo real, ignorantes de los antros ocultos, los pasos penitenciales de Gregorio Fernández o de Juan de Juni, tan bellos como dramáticos, inundaban de misterio las calles de Valladolid.

A pesar de que entre las partidas yo solía hablar con el chico negro e incluso él accedió a enseñarme algunos compases, lo cierto es que nunca supe como se llamaba. Supongo que no era algo importante en aquellos momentos. Luego, cierto día, sin más, dejó de aparecer por el bar y tampoco se le volvió a ver en el barrio. Posiblemente se esfumó, arrastrado por los mismos vientos que lo habían traído quien sabe de donde.

Desde entonces, influenciado por ese chico, me he sentido atraído por esos desgarros del alma que son el “blues”, una música inusual en la España imperial de entonces.

Os invito a escuchar el “Blues for mama” de Nina Simone… A mi me encanta sentir como la voz de esta mujer se funde con la melodía, mientras los ritmos de los “bajos” lo impregnan todo…

miércoles, 13 de abril de 2011

LOBOS EN LA NIEVE


Quedé impresionado cuando contemplé la proyección de aquella película legendaria, Doctor Zivago. Por la noche, mientras dormía, estuve embargado por sueños extraños en los que, quizás, llegué a presentir cosas que es posible que algún día viva realmente.

La película mostraba escenas espectaculares de la Gran Guerra de 1914, de la Revolución Rusa y de los enfrentamientos civiles entre las tropas comunistas y las que seguían apoyando al régimen de los zares. Lo que más me impactó fue contemplar las inmensas llanuras de las estepas rusas, cubiertas por la nieve, por las que avanzaban los escuadrones de caballería tratando de alcanzar a unos enemigos vaporosos que se esfumaban en aquel inmenso infierno blanco.

En mis ensueños, influidos por lo que había contemplado aquella tarde en la gran pantalla, me veía vestido con un atuendo militar, portando un fusil y aparentemente posando en una inmensa planicie nevada, similar a aquellas por las que había visto cabalgar a los escuadrones de cosacos. La imagen sugería que un gélido viento lo impregnaba todo y mi cara, aterida, acusaba el frío inmenso de aquel inhóspito lugar. Alguien me había repetido varias veces que era necesario que vigilara a los lobos.

Mientras tanto, veía como los soldados de mi compañía, para protegerse del frío, se habían refugiado en unas trincheras cercanas. Esperaban que el cabo furriel y otros dos hombres acudieran portando un cajón de madera en cuyo interior viajaban los chuscos de pan y las latas de sardinas que habrían de constituir el almuerzo en ese día de maniobras en la nieve.

Era frecuente que por las noches, mientras dormíamos en el barracón, escucháramos en la lejanía el aullido de los lobos. Ahora, en nuestro avance por aquellos campos helados, estábamos cerca de ellos y el sargento había seleccionado tres o cuatro hombres para que estuviéramos alerta mientras los demás reponían fuerzas en aquellas abandonadas trincheras. Nuestra misión consistía en mantener alejados a los lobos que pudieran rondar por aquellos parajes. Nos dijeron claramente que si alguno de ellos se acercaba lo único que teníamos que hacer era disparar al aire y asustarlo. No se trataba de disparar contra ellos sino solamente de infundirles temor y hacer que se alejaran.

Como en la película, me veía posando en la nieve, azotado por el viento, mientras a lo lejos, en la neblina, tres hombres se acercaban portando penosamente, dos de ellos, una especie de cajón. Allí venía nuestro almuerzo. Mi misión era impedir que los lobos se acercaran demasiado.

Viví esta escena con tal intensidad que todavía sigo pensando que es posible que fuese un ensueño premonitorio. Quizás en esta vida, o en otra vida futura, esa imagen llegue algún día a hacerse realidad. Es posible, incluso, que haya sido una escena real, vivida en un tiempo ya pasado.

jueves, 26 de noviembre de 2009

SIERRA DEL GUADARRAMA





A veces, cuando contemplamos fotografías antiguas, sentimos que una sensación agridulce de melancolía se apodera de nosotros. Mientras palpamos alguna de esas imágenes congeladas en el tiempo y contemplamos personas con las que en otros tiempos nos sentimos unidos no podemos sino pensar: “¿Qué habrá sido de este…”, “¡Señor…! ¿Cómo se llamaba aquella…? Ya ni siquiera recuerdo su nombre…”

En esta imagen, tomada en la Sierra del Guadarrama, estamos posando un grupo de jóvenes. Antiqva es ese que está sentado. Luce unos inmensos calcetines blancos que casi llegan a sus rodillas. En aquellos tiempos no existían los equipamientos deportivos actuales y nos las ingeniábamos como mejor podíamos para soportar el rigor de la nieve cuando caminábamos por la sierra. Debajo de cada uno de esos calcetines, Antiqva solía llevar una bolsa de plástico como aislante contra la humedad, y por debajo de ese plástico, otro calcetín. Como calzado, unas robustas botas militares, compradas a precio de saldo en la tienda “de viejo” (ah, aquellas entrañables “traperías”) del señor Gabino. Con ese pobrísimo equipamiento nos lanzábamos a caminar por la Sierra. Entonces, ni siquiera se había inventado la palabra senderismo. ¡Qué tiempos aquellos, tan ingenuos…!

Actualmente no mantenemos relación alguna con esos jóvenes con los que en aquellos tiempos compartimos momentos de felicidad e, incluso, algún que otro “primer amor”… Contemplando imágenes como esta, no podemos sino tomar conciencia de que la vida, en realidad, no sería sino un flujo de personas que sentimos que revolotean en torno a nosotros. A veces, notamos que esas personas nos envuelven y arropan, pero después lo usual es que tengamos que contemplar como siguiendo alguna ley inexorable se alejan de nuestras vidas, frecuentemente para siempre.

Dejando a un lado los “benditos” amarres de la familia, todo parece sugerir que “lo demás” no sería sino vidas que se acercan a nosotros y luego, pasado un tiempo, se alejan. Esa ley despiadada, que sólo excepcionalmente es incumplida, hace que algo de esas personas, al menos de algunas de ellas, quede en nosotros y que algo de nosotros, igualmente, se vaya con ellas. Hasta ahora, pensábamos que estas “cosas”, tan propicias para la nostalgia, sólo sucedían en el mundo real, sin embargo desde hace unos años estamos tomando conciencia de que en mundo de los blogs también ocurre lo mismo. Posiblemente lo que sucede es que este mundo virtual de Internet es tan real como el otro, el de las nieves de la Sierra del Guadarrama.

domingo, 22 de noviembre de 2009

NUBARRONES

Imagen: Antiqva



Antiqva, perplejo y asustado, viendo que el hombre no se marchaba, descerrojó el fusil y con un golpe seco introdujo la primera bala en la recámara. Luego lo encañonó. Les separaban unos ocho metros. Él hombre, aturdido, le miró… Durante unos interminables segundos no hizo nada… La lluvia los estaba empapando a los dos…


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martes, 27 de octubre de 2009

FOTOGRAFÍA EN EL ALCÁZAR



Timoteo de las Casas, funcionario de Correos, cuando falleció dejó una herencia tan modesta como su propia vida. Su viuda, doña Paula, tras los funerales, convocó a sus dos hijos en la cocina familiar. Allí, sobre la mesa, había colocado tres cajas de hojalata en cuyo interior se conservaban a salvo de las humedades las pertenencias del difunto.

En la primera de las cajas, envuelto en plástico, estaba guardado un pequeño fajo de billetes. Doña Paula, ante sus hijos, lo contó: “Aquí hay 20.800 pesetas”, concluyó la mujer. “Con este dinero y con la pensión de la Mutualidad podremos irnos defendiendo”, sentenció.

En la segunda de las cajas, envuelta en un trapo anaranjado, había guardado el difunto una máquina fotográfica Leika que en los últimos años le había proporcionado momentos felices. Amante de la fotografía nuestro hombre, privándose de otros caprichos, había adquirido esa máquina con la que en ocasiones especiales retrataba a su familia.

En la tercera caja, finalmente, estaban amontonados varios cientos de imágenes que Timoteo había tomado en esos años de afición. A su lado, envueltas en plástico, estaban también depositadas ocho monedas, algunas de plata y otras de cobre, emitidas en los tiempos en que en España reinaba Alfonso XII. Nadie supo nunca donde guardaba Timoteo los negativos de las fotografías. Jamás aparecieron.

Requeridos por doña Paula para que se repartieran esos “recuerdos” de su padre, Esperanza, la hija, más sentimental, se decidió por la colección de imágenes y por las monedas alfonsinas que, ¿quién sabe porqué?, uno de los abuelos del difunto había decidido hacía muchos años conservar.

Salvador, el hijo, tras escuchar las palabras de su hermana, decidió quedarse la maquina Leika. Aunque no sentía interés alguno por la fotografía se prometió a si mismo que aprendería a usarla, quizás como un acto entrañable de homenaje a su padre.

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Era sábado y aquella tarde Salvador se acercó a los jardines del Alcázar de la ciudad con la idea de tomar algunas fotografías. En su mano, enfundada, portaba la cámara que había heredado de su padre. De manera paulatina, ¿quien sabe como?, se había ido aficionando a su uso, de modo que al fin compartía la pasión que había poseído a don Timoteo durante los últimos años de su vida.

En la escalinata de la torre de los Leones, se topó Salvador con una niña que vestida “de Primera Comunión” jugueteaba con sus primos. “Niños –exclamó- posad un momento y os haré una foto”, pero no tuvo tiempo de hacerlo… En el momento en que los niños, formalitos, posaban, llegó allí un grupo alborotado de jóvenes. Salvador no lo dudó y los invitó a unirse al grupo. Ninguno de ellos conocía a los niños, pero aceptaron entre risas.

Fue entonces, en el instante en que pulsaba en el disparador, cuando el fotógrafo reparó en el modo tan bello en que estaba posando una de las jóvenes, rubia, que parecía mirar al cielo mientras sonreía de una manera angelical… Entonces, al momento, cuando apretó el pulsador, fue cuando sucedió algo insólito…

“Que ocurre –le dijo la muchacha rubia de la sonrisa- que todos se han quedado inmóviles… Nadie se mueve… ¿Qué pasa…?” En los ojos de ella se percibía el modo en que la sorpresa y el miedo, en similares proporciones, se habían mezclado…

“No te preocupes –respondió él- me ha pasado alguna otra vez… Son cosas de la cámara, creo que tiene demasiados años… A veces, cuando tomo imágenes, al pulsar, pasa algo y durante un tiempo el mundo queda en suspenso… Pero no es nada grave… Solamente algunas personas especiales, como es tu caso, escapan de esa influencia. A mi, por lo que ves, tampoco me afecta. No te preocupes, amiga, pronto todo volverá a ser normal…”

“Ven -prosiguió Salvador- vayamos a aquella fuente y bebe un sorbo de agua, te encontrarás mejor… No tengas miedo… Nada va a suceder… Ven… Toma mi mano…”

La muchacha, confusa, como caminando entre las nubes, aceptó la mano de Salvador y los dos se encaminaron al cercano surtidor… No entendía nada de lo que estaba pasando, pero se sentía atraída por aquel joven que no parecía apreciar nada extraño en la tan insólita situación que estaba viviendo.

Para entonces, él solamente pedía al cielo que “aquello” duraba todo el tiempo posible… Aquella joven, tan encantadora, le resultaba bellísima y deseaba tener tiempo para conocerla. Así fue como caminando de la mano, entre las sonrisas de él y el indudable sentimiento de temor de ella, llegaron a la fuente. La joven sentía el frescor del agua en sus labios cuando algo, de súbito, rompió el hechizo. Se escuchó una voz… Alguien gritaba:

“María, por Dios, ven aquí, que todos se han ido –exclamaba un joven delgado cuya silueta, al lado de ella, se recortaba en la fotografía-. “¡Vamos…, que nos quedamos rezagados…!”

¡Adios, adios…! –exclamó la muchacha-, “Me está llamando Antiqva…! ¡Adios, amigo…! Espero que algún día nos des una copia de esa fotografía” –terminó diciendo mientras se alejaba-.

En aquel momento, ella no podía sospechar que muchos años después, cuando contemplaba una colección de fotografías anónimas alojadas en Internet, Antiqva habría de reconocer la imagen.



domingo, 13 de septiembre de 2009

FRANCISCO UMBRAL Y LOS SINDICALISTAS

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Antes de que publicara “Los helechos arborescentes” en 1980 Antiqva había tenido oportunidad de conocer personalmente a Francisco Umbral, ya que era un hombre vinculado con Valladolid y con cierta frecuencia participaba en actos estudiantiles de tipo literario. Recuerdo que en cierta ocasión, corría entonces el año 1973, corrió la voz de que Umbral pronunciaría una conferencia, creo que sobre la poesía de Luís de Góngora, en el salón de actos de la Facultad de Medicina. Aquello atrajo a un nutrido grupo de estudiantes que acudimos a la convocatoria. En el salón no cabía un alma y Francisco Umbral comenzó su disertación que trataba, como estaba previsto, de cosas de poesía…

En aquellos tiempos, lamentablemente, se estaba celebrando en el temido Tribunal de Orden Público franquista el que habría de ser llamado “Proceso 1001”, que pronto se saldaría con la condena a muchos años de cárcel para todos los dirigentes del clandestino sindicato Comisiones Obreras, vinculado al Partido Comunista. Al parecer, un año antes, el 24 de junio de 1972, toda la dirección de Comisiones Obreras, principal opositor a la dictadura en los ámbitos obreros, había sido detenida en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde se encontraba reunida.

Mientras Umbral hablaba de Góngora, todos los presentes fuimos tomando conciencia de que entre el público se estaba orquestando un claro ambiente de jaleo… Las voces iban creciendo y en cierto momento nadie se esforzó por disimularlas. Fue de súbito cuando alguien avanzó por el pasillo central de la sala y tronó:

-“Paco –vociferó un tipo barbudo-, los que luchan por el pueblo están en el “trullo” y tú nos hablas de poesía… Maldita sea ahora la poesía… Tenemos que aprovechar que nos han dejado reunirnos para hablar de lo que está pasando en Madrid… Este no es momento de poesía sino de acciones de protesta… Tenemos que ayudar a los presos…”

El acto se había interrumpido. Francisco Umbral, que por entonces escribía finísimos textos periodísticos con los que superando inteligentemente la férrea censura impuesta por el régimen hacía brotar ideas críticas contra la dictadura, no dijo nada. Los agitadores, que crecían en su alboroto, vociferaban llamando a la acción. El escritor, desbordado, intentó decir que: “él estaba allí para hablar de la vida y la obra de Góngora… Y muchos de los que allí estaban habían venido a escuchar hablar de eso… Él lamentaba lo que estaba sucediendo en Madrid con los dirigentes de Comisiones Obreras pero…”

Sus palabras se cortaron. Sucedía que el jaleo de los alborotadores no le permitía continuar. Fue entonces, en medio del tumulto, cuando la voz de otro tipo volvió a tronar. Dijo algo que hizo que la risa brotase de las gargantas de todos los presentes, para entonces ya claramente invadidos por los nervios:

-“Sabes lo que te digo, Paco, que si no podemos hablar aquí del “Proceso 1001”, propongo ahora mismo a todos que nos vayamos a la playa del río y hagamos un “party” sexual…”





En ese momento, cuando aquel tipo habló, todo explotó… Para entonces, los policías “de la Secreta”, presentes en el acto, habían informado a sus jefes de lo que estaba pasando… Afuera, en los pasillos de la facultad, un amplio contingente policial, los temibles “grises”, nos estaba aguardando. Portaban en sus enfundadas manos las porras de durísimo caucho. Uno de ellos, como siempre, sujetaba con su mano derecha un “clarín”. Lo tendría que utilizar si los estudiantes no se disolvían y era necesario cargar contra ellos. En aquellos tiempos, Antiqva habría de escuchar más de una vez ese toque siniestro de clarín.

Umbral, para entonces, permanecía mudo. Había perdido el protagonismo del acto. Alguien uniformado entró en el salón e hizo saber a los presentes que debían abandonarlo. Diez policías vigilaban en la puerta… Afuera estaban los demás. Cuando Antiqva, con los brazos en alto y el documento de identidad en la boca, abandonaba la facultad no podía sino pensar: “¡Diantres, esa propuesta de jolgorio en la playa no parecía tan mala idea…!”

En aquellos años, la agitación estudiantil en la universidad de Valladolid fue creciendo de manera alarmante para las autoridades del régimen franquista. De hecho, en 1975, por temor a esas actividades políticas que se desarrollaban en las aulas, los responsables de la dictadura habrían de decretar el cierre de todas las facultades vallisoletanas. Ese año no hubo, por tanto, curso lectivo. Fue un año que no existió en la Universidad de Valladolid. Cree Antiqva que nunca escuchó que sucediera algo similar en otras universidades españolas.

Poco después llegaría la democracia a España. Marcelino Camacho, líder de Comisiones Obreras, y las gentes que estaban en prisión por motivos políticos o sindicales fueron liberados de inmediato. Las “columnas” que diariamente publicaba Francisco Umbral, crítico siempre con la dictadura, primero en “El Norte de Castilla” y luego en el “El País”, ayudaron a que ese anhelo de libertad de las gentes pudiera, al fin, hacerse realidad.

Alguien diría que desde entonces han pasado cientos de años…

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lunes, 17 de agosto de 2009

MIGUEL DELIBES (DE NOVELAS Y MAGIAS)

Plaza Mayor de Valladolid
Imagen: Antiqva




Antiqva piensa que Miguel Delibes es uno de los más grandes novelistas españoles, de modo que cuando en 1998 publicó su obra “El hereje”, con la que el autor pretendía hacer un homenaje a Valladolid, su ciudad, uno fue consciente de que debía leer esa novela tan pronto como le fuera posible.

Es sabido, a estas alturas, que Antiqva nació y vivió su juventud en Valladolid. Algunos pueden también saber, porque alguna vez hablé de ello en este cuaderno, que hubo un tiempo prodigioso en el que Miguel Delibes y mi padre se trataban, cuando se encontraban paseando por la calle, con afecto indudable. Nunca llegó a saber el niño Antiqva los motivos por los que esos dos hombres se hablaban de manera tan entrañable. En aquellos tiempos esas cosas, a un niño, no le importaban.

Posiblemente nadie sepa, sin embargo, que diez o doce años después Antiqva habría de ser alumno de don Miguel, que impartía clases de “Historia del Comercio” en la Escuela Universitaria de Ciencias Empresariales de Valladolid. Sin duda, en algún lugar, ¿quién sabe donde?, debe conservar Antiqva la firma autógrafa del novelista estampada en una de esas “papeletas” de calificación universitaria.

Hablo de estas cosas porque en días pasados Antiqva ha tenido oportunidad de pasear nuevamente por los jardines del Campo Grande vallisoletano y ha recordado otros tiempos en que don Miguel, cada mañana, salía a pasear por este espacio público. Era usual que nos cruzáramos con él y entonces solíamos saludarle, como alumno suyo que habíamos sido. Siempre nos respondía con su bondad tan característica.

En su obra “El hereje”, Miguel Delibes nos habla de Cipriano Salcedo, un hombre cuyas inquietudes intelectuales y religiosas le llevaran a la hoguera en los tiempos de la Inquisición. La narración de su vida le sirve a don Miguel para construir un impactante telón de fondo que nos acerca a la historia de Valladolid en un momento especialmente tenebroso en el que todo estaba dominado por instituciones tan siniestras como el Santo Oficio. “El hereje” es una novela del género histórico ambientada en el Valladolid del siglo XVI cuyo rigor en lo que sería puramente la recreación de los escenarios puede sorprender a cualquiera, pero no a Antiqva, que tuvo la fortuna de ser alumno de Delibes en esos cursos de “Historia del Comercio”. Don Miguel, además de novelista, era catedrático en la Universidad de Valladolid, y estaba especializado en Historia, de modo que se justifica el conocimiento que tiene de la historia de Valladolid.

Ese mismo día en que habíamos estado paseando por los jardines del Campo Grande (allí estaba el “Brasero de herejes” de la Santa Inquisición), Antiqva se acercó a una librería que según le habían comentado algunos amigos había sido inaugurada en fechas recientes en las inmediaciones de la calle de Santiago, la arteria que conduce a la cercana Plaza Mayor. Allí, ojeando libros, nos topamos con una obra que nos llamó la atención. De algún modo, “se nos vino a las manos”. Su título “Ars magica”; su autora, una mujer llamada Nerea Riesco, de la que, en honor a la verdad, nada sabíamos en ese momento.

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jueves, 30 de abril de 2009

EL EXPRESO DEL NORTE





El soldado, somnoliento, no había reparado en las palabras de la joven.

-Eh, soldado, ¿me escuchas?, ¿me puedo sentar? –repitió ella alzando la voz.

El joven uniformado, al oír estas palabras, abandonó su letargo y balbuceó algunas palabras ininteligibles. Quien le hablaba era una muchacha de piel broncínea que le estaba brindando una encantadora sonrisa. Sus ojos verdes le atraparon de inmediato.

-Si, si… claro que si… Ahora mismo retiro este bulto.

Antes, cuando se había sentado en su asiento, el soldado había colocado en la plaza de enfrente –la que ella solicitaba ocupar- su destartalado macuto militar. Todas las semanas, cuando repetía este viaje que le conducía a León, venía haciendo lo mismo, buscando con ello que nadie se sentara en el asiento de enfrente, para viajar así con mayor comodidad. Una vez acomodado, el joven solía escuchar la música que captaba un pequeño transistor hasta que quedaba levemente adormecido.

-¿Escuchando música, eh? –exclamó la muchacha-, así no me oías…

-Si –respondió el soldado sonriendo- suelo sintonizar alguna cadena de música viajo. Resulta más entretenido. Ahora mismo estaba sonando algo de la “Credence”.

-Ah, que gente tan magnífica –afirmó ella-, me encanta su música, siempre tan vibrante.

Mientras contemplaba su continua sonrisa y sus ojos verdes, el soldado fue sintiendo que algo que surgía de esos ojos atravesaba su guerrera y se incrustaba dulcemente pero sin miramientos en su corazón.

Desde hacía varios meses, el soldado realizaba ese mismo viaje todas las semanas en el Expreso del Norte. Llevaba en su macuto pequeñas piezas de repuesto para los fusiles de asalto. Las recogía todos los lunes en el Parque de Artillería de su ciudad y se ocupaba luego de entregarlas en la armería del acuartelamiento de El Ferral del Bernesga, situado en las inmediaciones de León.

La muchacha, de aspecto campesino, tan sugestivamente bella como dotada de simpatía, le dijo que cursaba estudios en León y que ahora, que estaba de vacaciones, había pasado un par de días con una compañera que vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Palencia, en donde había subido al tren. Se dirigía a otra pequeña localidad de las montañas de León, donde vivía su familia.

No fue mucho el tiempo que ambos tuvieron para conversar, aproximadamente unos 40 minutos, pero el soldado –en tan corto espacio- tuvo la reiterada certeza de que aquella joven de ojos verdes, bronceada por el sol de los Picos de Europa, estaba conquistando, sin piedad alguna, su corazón.

Fue de súbito cuando la magia del momento quedó interrumpida.

-Oye, soldado –exclamó ella-, pero no te tenías que bajar en León… Hazlo deprisa, que creo que el tren va a ponerse en marcha…

Y es que el joven del uniforme, inmerso en las sonrisas de aquella desconocida ni siquiera había reparado en que el tren llevaba ya un tiempo parado en la estación de León y estaba a punto de proseguir el viaje en dirección al norte.

De manera apresurada, balbuceando un atragantado “adiós”, el soldado corrió buscando la salida del departamento. Cuando la alcanzó tuvo que saltar, ya que el expreso –lentamente- estaba iniciando su marcha. Pegando trompicones se dirigió a la ventana donde la muchacha le estaba despidiendo.

Fue ella la que reparo: “Eh, soldado, que te has dejado este bulto...” Y con indudable esfuerzo le arrojó el macuto por la ventana.

Las personas que transitaban por la estación y que contemplaron la escena no pudieron sino sonreír cuando vieron que el contenido del macuto, al caer este sobre el hormigón del anden, se desparramaba por el suelo y tres bayonetas de mosquetón y más de cien percutores de acero para los fusiles CETME saltaban por los aires brincando en todas las direcciones.

Dominado por el nerviosismo el soldado no pudo siquiera despedirse de la joven.

-¡Adios, Antiqva, a ver si nos vemos otra vez –dijo ella mientras el tren se alejaba. Ya sabes que me encanta la “Credence”.

La joven campesina se llamaba Camino. Estudiaba el primer curso de Veterinaria en la Universidad de León y su familia, según dijo, vivía en un pueblecito leonés de los Picos de Europa. El sol y el aire de la montaña habían dado un bello color a su piel.

El soldado, que tenía entonces dieciocho años, nunca volvió a verla. Todavía no ha olvidado el color verde de sus ojos.




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jueves, 19 de marzo de 2009

ALAMEDAS DE LIBERTAD

Imagen: Antiqva



Corría entonces el año 1971. En aquellos tiempos estaba matriculado en el curso Preuniversitario en el Instituto José Zorrilla, en el turno de noche. Los alumnos simultaneábamos el estudio con el trabajo. Eran los tiempos postreros del franquismo y entre clase y clase los compañeros más concienciados políticamente hablaban con frecuencia de ciertos acontecimientos que en esos momentos se estaban viviendo en Chile. Me refiero a lo que se llamó entonces “Vía chilena al socialismo”, novedosa experiencia surgida de la llegada a la presidencia de ese país de un médico cirujano, Salvador Allende, que declarado marxista estaba arropado por un conglomerado de partidos de izquierda estructurados en torno a aquello que se había dado en llamar “Unidad Popular”.

Recuerdo que entonces, entre clases, algunos hablaban de esas pretensiones de Salvador Allende de nacionalizar la minería del cobre, y de las amenazas de la CIA y de la ITT (multinacional norteamericana), que veían peligrar sus privilegios. No cabe duda de que el conocimiento que aquellos jóvenes teníamos de los problemas chilenos era ciertamente nulo, pero lo cierto es que en el entorno del franquismo en el que nos habíamos criado, sin libertades, una experiencia socialista democrática se nos manifestaba, al menos a primera vista, como algo francamente ilusionante. Y es que como Miguel de Unamuno dejó escrito alguna vez: “Quien a los veinte años no ha sido socialista, es que no tiene corazón…”

Fue pasando el tiempo, y lo cierto es que la utopía chilena no marchó bien. Algunos años después, en 1973, el ejército de ese país, al parecer tradicionalmente democrático, cometió un acto de infamia despiadada alzándose en armas contra el gobierno legítimamente constituido.

Desde entonces, la fecha del 11 de septiembre quedó grabada en mi memoria de manera indeleble. Es sabido que cercado por los militares en el palacio presidencial, Salvador Allende, a las 10:15 de la mañana, dirigió a los chilenos a través de Radio Magallanes su último discurso político. Incluía una frase que cuando la escuche entonces en la radio me produjo una sensación inmensa de pena:

“…Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor...”

Poco después de pronunciar estas palabras, a las 10:30 horas, los carros de combate sublevados comenzaron a bombardear el palacio. Después se uniría la aviación…

Han pasado muchos años desde aquel día desgraciado, sin embargo, a pesar del tiempo transcurrido, cuando paseo por alguna de las grandes avenidas de mi ciudad, sobre todo cuando lo hago por la Avenida del Gran Capitán, en alguno de esos días soleados de primavera, gozando al fondo con las vistas de la cercana Sierra Morena, no puedo sino pensar: “¡Que razón tenía aquel hombre!”

Y es que ahora, pasado tantos años de oscuridad, chilenos y españoles podemos pasear –sintiéndonos algo más libres, sin duda- por esas grandes alamedas que profetizó aquel soñador.
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martes, 6 de enero de 2009

BUSCANDO CASTILLOS

Toño en Torrelobatón



Antiqva en Portillo





Fruto de ese frenesí por la búsqueda de restos antiguos, Toño y Antiqva reincidieron una y otra vez en desplazarse a diversos pueblos para contemplar y fotografiar cualquier resto constructivo que pudiera tener un origen vacceo, romano o medieval. Antiqva, todavía, conserva muchas de esas imágenes, con las que se sumerge en los ensueños de vez en cuando. Lamentablemente no se les ocurrió tomar fotografías de las propias “gentes”, tan rurales, con las que se iban topando en esas tan penosas, por invernales, excursiones. En estos días esas imágenes antiguas de personas habrían tenido un valor documental inmenso.

En aquellos días de pasión, a medida que las excursiones se prodigaban los jóvenes iban acumulando anécdotas, producidas sobre todo por la inclemencia del tiempo y la extrañeza que manifestaban las gentes de los pueblos o caseríos, que no estaban acostumbradas a ver llegar a unos jóvenes de la ciudad que, enloquecidos, parecían buscar algo a lo que nadie por allí había prestado nunca la más mínima atención.

No puedo ahora sino recordar, por ejemplo, los arduos intentos de aproximación de nuestros amigos a lo que había sido el poblado vacceo (celtíbero) de El Soto de Medinilla (por situarnos en el tiempo, contemporáneo de la Numancia que se enfrentó a Roma). Por más que preguntaron nadie era capaz de darles alguna pista que permitiera que, al fin, pudieran poner sus pies sobre las viejas ruinas. Al fin, después de muchas pesquisas, en medio de un campo en el que estaba naciendo el trigo, encontraron a alguien que parecía tener alguna información:

-“Hace muchos meses estuvieron por aquí unos individuos que venían de Valladolid y que buscaban algo, picaron en algunos sitios y se terminaron yendo, aburridos, llevándose algunas tejas y trozos de tinajas… En el pueblo pensábamos que estaban locos, pero ahora veo que venís también vosotros buscando lo mismo… Aquellos tipos escarbaron allí, donde crece el trigo, pero no se os ocurra acercaros, que con vuestras botas “de soldado” me lo vais a destrozar todo…”

Viene también a mi mente el recuerdo de otra excursión que realizaron al pueblo de Olmedo intentando localizar los escasos restos de una villa romana que habría estado situada en las inmediaciones de Almenara de Adaja. Hoy ese yacimiento arqueológico es el buque insignia de la arqueología vallisoletana pero en aquellos días todo era un barrizal inmenso. Había llovido a cantaros y los caminos de tierra estaban llenos de agua y lodo, de modo que la moto se les atascó y tuvieron que volver a la carretera llevándola “en volandas”. El barro había impregnado todos los mecanismos de transmisión de la máquina.

Podríamos seguir evocando otras tantas excursiones que realizaron en aquellos tiempos. Visitaron poblaciones como Tordesillas, Simancas, Torrelobatón, Medina del Campo, Peñafiel, Villalba de los Alcores, Portillo, Montealegre, Tordehumos…, en busca, siempre y sobre todo, de viejos castillos cuyas imágenes todavía conserva Antiqva, como antes indiqué, con verdadera devoción.

Hemos hablado, hasta ahora, de tiempos pasados pero no menos interés reviste en estas cuestiones el tiempo presente, y es que afortunadamente puedo dejar constancia, por tener conocimiento de ello, de que Toño y Antiqva, a pesar del tiempo pasado y de la distancia geográfica que les separa, siguen manteniendo unos intensos lazos de amistad. De hecho, puedo afirmar que Antiqva sigue considerando a Toño como uno de los mejores amigos que jamás haya tenido, lo que no es poca cosa.

No os debe extrañar, por tanto, que en el verano del año pasado, a modo de ejemplo, Toño y Antiqva, acompañados ahora por Silvia y María, rememorando quizás aquellos viajes legendarios, decidieran hacer una grata excursión a una de aquellas poblaciones, en este caso Urueña, cuyas murallas se mantienen ahora de un modo especialmente esplendoroso.





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domingo, 4 de enero de 2009

COSAS DE CASTILLA

Toño en Simancas



Antiqva en Villalba de los Alcores




Eran unos tiempos en que las fotografías se hacían en blanco y negro, y en los que la Arqueología no estaba, ni mucho menos, de moda. Todo parece sugerir que por aquel entonces el turismo cultural ni siquiera había sido “inventado”, al menos en lo que se refiere a los viejos pueblos de la Castilla profunda.

Toño y Antiqva, que se conocían del barrio, habían coincidido aquel año estudiando “Preuniversitario” en el único instituto que existía en la ciudad. Se trataba de un amplio edificio de ladrillo que se sigue alzando en la magnífica plaza de San Pablo. Estudiaban en horario nocturno, ya que en aquellos tiempos Toño tenía un trabajo fijo (lo que le permitía ser propietario de una vieja motocicleta) en tanto que Antiqva, ocasionalmente, se ocupaba en empleos precarios que le impedían asistir a las clases en el más razonable horario de la mañana.

A pesar de que en aquellos tiempos, en los ambientes obreros en que estos dos jóvenes se movían, no se haya podido documentar que existiera el más mínimo interés por la Arqueología, lo cierto es que alguien podría haber afirmado que Antiqva parecía haber venido a este mundo dominado por una inmensa atracción por el estudio de los tiempos más remotos de la Historia, convirtiéndose esa atracción en auténtico frenesí cuanto se hablaba de algo relacionado con “cosas” egipcias o romanas. La justificación, quizás, sería que desde niño Antiqva había sido lector fiero de las aventuras de unos héroes apasionados (“El Jabato” y “El Capitán Trueno”), que sabían moverse a sus anchas por los recovecos antiguos de la Historia.

Por aquellos tiempos, debíamos estar en 1970, Antiqva –un jovencito con la mente algo despistada, sin duda- había acabado de “devorar” “Dioses, tumbas y sabios”, de modo que se mostraba dominado por un ardor frenético que traslucía en las conversaciones que mantenía con sus amigos del barrio a los que trasladaba –con las palabras “atragantadas” por la emoción- sus tan apasionados como recientes conocimientos acerca de las leyendas de la antigua Grecia homérica o sobre las deslumbrantes victorias militares de Ramsés III.

Las gentes del barrio –perplejas ante ese “extraño” frenesí de Antiqva por las cosas antiguas-, no podían sino aprovechar la más mínima oportunidad para alejarse con algún inventado pretexto de aquella mesa tabernaria en la que ante algún “chato” de vino tinto nuestro enloquecido amigo pontificaba. Toño, sin embargo, aún cuando no tenía especial interés por la Historia y menos aún por la Arqueología, era un entrañable amigo al que en alguna ocasión Antiqva prestaba sus apuntes nocturnos, de modo que no solo rehuía la fácil huida sino que incluso, en algún momento, habría pronunciado ciertas palabras que producirían consecuencias insospechadas:

-“Bueno, Antiqva –exclamó una tarde-, ya sabes que tengo una moto. Cuando quieras podemos salir a dar un paseo por el campo para acercarnos a alguna de esas ruinas de las que tanto hablas… Nuestros pueblos –prosiguió- están llenos de ruinas de castillos…”

-“¡Castillos…!. –habría tronado Antiqva-, por supuesto, amigo, salgamos a ver los castillos que se están cayendo por los pueblos, y junto a los castillos podremos fotografiar las ruinas de antiquísimos poblados celtíberos o los escasos vestigios que puedan quedar de lo que antaño fueron lujosas villas romanas…”

Fue así como Toño, timoneando la motocicleta, y Antiqva, con una máquina fotográfica tristona que había obtenido unos años atrás acumulando los puntos que regalaban comprando tabletas de “Chocolates La Llave”, se lanzaron, en lo crudo del invierno, sin esperar siquiera a la llegada del verano, a recorrer los pueblos de Valladolid buscando los vestigios de esas culturas remotas que en siglos pasados se habían desarrollado en esos lugares.
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(...continuará...)
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domingo, 2 de noviembre de 2008

DE SOLDADOS




Los reclutas de la 1ª Compañía, todos incorporados voluntarios al Servicio Militar, fuimos alojados en un barracón de madera que estaba abarrotado de literas. El mes de octubre estaba avanzado y en aquellas tierras leonesas hacía frío, de modo que al no contar con ningún tipo de calefacción, teníamos que dormir prácticamente vestidos. Nos quitábamos el “tres cuartos”, prenda militar tipo chaquetón, pero nos dejábamos el resto de la vestimenta, incluidos los pantalones.

Los dos primeros días los veteranos que estaban al servicio de la compañía los dedicaron a cortarnos el pelo y a vacunarnos contra todo tipo de enfermedades. En esos primeros momentos todos estábamos impresionados ante el aspecto chulesco de tres o cuatro tipos cobrizos que tenían largas melenas. Al día siguiente, les cortaron el pelo y lo cierto es que desde entonces sus caras, con los cráneos rapados, nos dejaron de causar miedo. Una vez pelados habíamos pasado a ser todos iguales. La primera impresión de dureza de aquellos tipos se esfumó.

El segundo día, por la tarde, el alférez empezó a darnos las primeras clases de teórica militar. El hombre, un universitario de las milicias, hablaba de un modo tan monótono que cuando, inesperadamente, fue interrumpido por un sargento chusquero que pedía voluntarios para barrer no dudé un momento y alcé la mano. Prefería barrer y moverme un poco antes que seguir en aquel estado de dormivela. Curiosamente, a los cuatro o cinco reclutas que nos levantamos, nos llevaron a un almacén cercano en el que nos encargaron distribuir “tres cuartos” entre los integrantes de una compañía vecina. Aproveché aquella oportunidad inesperada para hacerme con una de las prendas que presentaba mejor aspecto, si bien lo cierto es que todos aquellos chaquetones militares estaban muy deteriorados por el uso.

Entre los veteranos de la compañía pronto destacó un cabo primero que siempre hablaba a voces. Una mañana, cuando estábamos en formación esperando la llegada del alférez, sin venir a cuento, nos lanzó una seria proclama de advertencia. En tono chulesco aconsejaba que nos enteráramos bien de quien era él, yo que no iba a admitir ninguna tontería por nuestra parte. Era un tipo de unos cuarenta años, impregnado de rusticidad, que a grandes voces proclamaba que era hijo de una familia honesta y trabajadora y que había tenido cinco hermanos. Su gran orgullo, nos dijo entonces y habría de repetirlo en diversas ocasiones en el futuro, era poder decir que de esos cinco hermanos solamente él había hecho carrera en la vida, de lo que estaba muy orgulloso. En aquellos tiempos se le conocía como “el cabo Pacurri” y tenía la mala leche propia de su edad y condición. Era, claro está, un ignorante, que a base de acumular reenganches había llegado a ser con el paso de los años cabo primero.

Algunas noches se presentaba haciendo ronda por la compañía y los reclutas, que supuestamente dormíamos, aprovechábamos para sisearle. Nos amparábamos en el anonimato que nos brindaba la oscuridad. Su respuesta –rojo de ira- era siempre la misma:

- “Cayabus la boca, maldita gentuza…”
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sábado, 1 de noviembre de 2008

PLAZA MAYOR DE VALLADOLID



A Cristina, de la Nueva Valladolid mexicana, a la que prometí hace tiempo que hablaría de esta plaza; a Sendieva, con la que algún día nos tomaremos un café en este mágico lugar, y a María José, que le encanta pasear por ella.


No esperéis, amigos, que uno sea objetivo cuando cuente “cosas” acerca de la Plaza Mayor de Valladolid. En esa ciudad fue donde Antiqva nació hace ya demasiados años y nadie puede confiar que cuando se habla de la ciudad en la que uno ha nacido, ese uno vaya a expresarse con el adecuado rigor. Es probable que lo que venga a la mente “del uno” no sean sino recuerdos atropellados.

Con estos antecedentes previos es fácil comprender que Antiqva no tenga reparos en afirmar que, según él lo siente, la Plaza Mayor de Valladolid es el espacio público más acogedor y cálido de todos los que existen en España. Eso, al menos, es lo que ese tal Antiqva piensa… ¡faltaría más!

Entenderéis, con estas anotaciones, que María y Antiqva, todos los años, en verano, como las aves migratorias, nos desplacemos a pasar unos días a esta tan entrañable para nosotros ciudad en la que reposa la capitalidad administrativa, que no artística, de Castilla y León. Nos encanta pasar unos días allí disfrutando con nuestra familia y con algunos amigos que, ¡a Dios gracias!, todavía nos quedan.

La plaza de la que hablamos, amplio y animado núcleo central de la vida vallisoletana, debe su estructura actual a la reconstrucción que impulsó Felipe II (que había nacido en Valladolid) tras el terrible incendio de 1561, que asoló buena parte de la ciudad y arrasó la que antes era Plaza del Mercado y sus alrededores.

Paseando este verano por la plaza pudimos comprobar que este año se ha cumplido el centenario de la construcción del edificio de su Ayuntamiento, del que brindamos una imagen. La plaza, en principio, tiene una estructura propia de los tiempos del Renacimiento, si bien con el paso de los años se fueron cometieron diversas tropelías en algunos de sus edificio, que ahora –poco a poco- se viene intentando normalizar, con el objetivo a medio plazo de que el aspecto de conjunto llegue a resultar razonablemente homogéneo.

¡Ay, amigos, que rincones tan entrañables custodia Valladolid en las inmediaciones de su Plaza Mayor…! ¡Qué decir de las patatas bravas y los calamares fritos (y de los mejillones, claro) de la cercana “La Mejillonera”… Ah, y de tantos otros lugares, tan próximos, en el espacio y en nuestro corazón, como míticos: “La Mina”, “El Caballo de Troya”, “La Sepia”, “El León de Oro”… Comprenderéis, amigos, que uno no pueda ser objetivo cuando la boca se le está llenando de saliva.

Y es que Antiqva no puede ser riguroso cuando entre esos viejos soportales castellanos, alzados con “piedra caliza de Campaspero”, ha pasado uno algunos de los mejores años de su juventud. Eran tiempos deliciosos en que uno acudía a este espacio para celebrar, por ejemplo, la fiesta de “Fin de Año”, rodeado de una alegría tan inmensa como generalizada, o para correr, tan alocado como temeroso, intentando escapar de la carga policial de aquellos hombres siniestros que vestían uniformes “de gris”.

Ah, por cierto, se me olvidaba comentar que en el centro de la plaza, frente al Ayuntamiento, se alza la estatua del Conde Ansúrez, mítico fundador del Valladolid medieval. Eran entonces los castellanos hombres de “armas tomar”; lo podría confirmar Abd-Allah, el último rey zirí de Granada, antes de la llegada de los Almorávides.

Cuentan, en efecto, las viejas crónicas (estoy hablando de memoria) que un día aciago las mesnadas del Conde Ansúrez llegaron a Granada para demandar al rey musulmán el pago de ciertos tributos que el rey de Castilla, creo que era Alfonso VI, exigía. El granadino, sorprendido, se negó en tajante a pagar esos impuestos. Nuestro hombre, ese Abd-Allah, argumentó que no tenía sentido que tuviera que pagar tributos a un rey cristiano tan desconocido como lejano, cuando –además- entre Castilla y Granada había por medio otros poderosos reinos musulmanes, como Toledo y Córdoba.

Pero, claro, resultó que nuestro hombre no sabía con quien se estaba “jugando los cuartos”. Pronto, el reino de Toledo había caído en manos de los castellanos y Abd-Allah, agobiado por desesperación, no tuvo otra salida que demandar el auxilio de los fieros guerreros Almorávides que ocupaban las tierras del Norte de África. “Prefiero ser camellero entre los Almorávides -habría exclamado Abd-Allah- antes que servir como porquerizo a los cristianos.”

Y lo cierto es que no se equivocó: los africanos -seguidores de la más pura ortodoxia islámica- echaron raíces en Al-Andalus y destronaron a todos los reyezuelos (los denominadas Taifas) que habían venido gobernando aquellas tierras tras la desintegración del Califato de Córdoba.

Por cierto, amigos, antes Antiqva decía que posiblemente, en estas materias, no iba a ser razonablemente objetivo. ¿Como iba a sospechar, sin embargo, que hablando de la Plaza Mayor de Valladolid iba a terminar contando la historia de aquel rey de Granada, que habría de ser destronado por los Almorávides por haberse negado a pagar los impuestos que le exigía aquel fiero conde castellano?

Ah, se me vienen ahora a la mente aquellos tiempos ya lejanos en que Antiqva, de “crío”, plantado ante su estatua, de la mano de su madre, no era capaz de distinguir entre “El Conde Ansúrez” y otros personajes legendarios muy similares en la distancia de los siglos, como “El Capitán Trueno” o “El Guerrero del Antifaz”. Todos aquellos hombres, con sus espadas y sus cruces, se presentaban muy parecidos en nuestra imaginación.

Ay, amigos, algún día tendré que hablar de los inquisitoriales “Autos de Fe” que se celebraron en siglos pasados aquí, en esta bella Plaza Mayor. En ellos se inspiró Miguel Delibes para escribir su obra “El hereje”. Cuando pienso que durante un tiempo afortunado tuve el privilegio de ser alumno, ya en la Universidad, de este hombre “tan humano”…
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jueves, 26 de junio de 2008

EN EL RECUERDO




Cuando el hombre era joven, hubo un tiempo en que parecía que iba a triunfar la idea de la solidaridad entre los hombres y los pueblos del mundo.

Pero, claro, era una idea revolucionaria.
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viernes, 6 de junio de 2008

ARRESTADOS


Trasteando en un antiguo album de fotos, buscando otras cosas, me he encontrado, de pronto, con esta simpática imagen. Recuerdo perfectamente a los otros dos soldaditos -Pepe y Paco, según anoté algún día en el album. La verdad es que había olvidado su nombre. Paco, el de la derecha, con una sonrisa "de oreja a oreja" vivía entonces en Medina de Rioseco (Valladolid).
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La noche de antes un grupo de jóvenes habíamos abandonado, sin permiso, claro, el campamento militar y a través de lo que se conocía como "Senda de los Elefantes" habíamos arribado a un "tigre" en el que habíamos estado tomando unos "cuba-libres". Nuestro regocijo, sin embargo, duró poco. Una patrulla de la Policía Militar nos descubrió al poco y nos envío a todos, arrestados, a la "Prevención".
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Los días que siguieron estuvimos arrestados "a cocina" y en algún momento alguien nos inmortalizó. Antiqva es el jovencito del centro de la imagen.
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-"Vaya -dirá mi hermana en cuanto se entere-, tan niño y tomando "cuba-libres" en la noche, en un "tigre" de esos para la soldadesca..."
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miércoles, 28 de mayo de 2008

PACO IBÁÑEZ EN EL OLYMPIA




En 1969 un cartel universitario anunciaba en París que Paco Ibáñez, "la voz libre de España", iba a cantar diversos poemas musicados en La Sorbona. En diciembre de ese mismo año, habría de actuar en la mítica sala Olympia de París. Entre otros poemas, cantó unos versos especialmente apasionados de Gabriel Celaya.

Estábamos entonces en los tiempos del franquismo, antes de que se inventaran los colores, y una orden de prohibición cayó sobre las canciones de Paco Ibáñez. Las copias privadas en casette de este emotivo concierto parisino, sin embargo, habrían pronto de circular por los ambientes universitarios y sindicales de nuestro país.

Habría que esperar hasta 1975 para que, con la muerte de Franco, la censura levantara el velo que tan férreamente había impuesto.

Unos años antes, allá por 1970, uno había tenido la osadía de organizar, cuando era casi un niño, una audición de esos poemas que Paco Ibáñez había cantado en el Olympia. Aquel acto clandestino se desarrolló en un centro que habíamos creado un amplio grupo de jovencitos, que nos reuníamos en aquellos tiempos en uno de los locales de la parroquia del barrio, con la cálida acogida –siempre entre dudas- de los sacerdotes.

Gracias a Paco Ibáñez, los jóvenes de entonces pudimos ir accediendo a los poemas de hombres que, como Miguel Hernández, Gabriel Celaya, Blas de Otero y tantos otros, no estaban bien vistos por los censores franquistas.

Pasados ya muchos años, en 2006, en estos nuevos tiempos “en color” sentí una tan inmensa sensación de alegría como de nostalgia cuando la prensa anunció que Paco Ibáñez iba a venir a Córdoba para actuar en el Gran Teatro. ¡Que buen rato pasamos…!

Y ahora, me lo encuentro en Internet, en “YouTube”. ¿Quién me lo iba a decir a mí cuando, clandestinamente, comentaba sus canciones, hace ya tantos años, a aquel grupo de amigos?



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sábado, 12 de enero de 2008

TOQUE DE CLARÍN



El día estaba lluvioso y aquella mañana, tras los cristales de las ventanas de nuestro aula, los estudiantes de secundaria jaleábamos en tropel mientras contemplábamos como un grupo de universitarios, en la plaza, afanosos ellos, lanzaban gruesos cordajes al cuello de la estatua guiados por el ánimo de derribar aquel símbolo del vetusto imperio español.

La imagen amenazada por los alborotadores era una escasamente afortunada representación de Felipe II que se alzaba –y se alza todavía- en la Plaza de San Pablo, frente al edificio “adefésico” –en palabras de nuestro profesor de Ciencias Naturales- del viejo instituto.

Nadie sabía los motivos por los que aquellos estudiantes querían tirar por los suelos la estatua del rey, pero lo cierto es que nosotros –jovencitos- disfrutábamos viendo en directo como la turba, bajo la lluvia insistente, tensaba con fuerza las gruesas maromas. Alguien podría haber pensado que estábamos contemplando una película de humor. Al otro lado de la plaza, por contra, enfrente de nosotros y próximos a los bronquistas, los soldados que hacían guardia en el edificio de la Capitanía General, antiguo palacio del Duque de Lerma, contemplaban perplejos el espectáculo.

El alocado bullicio de los jóvenes, sin embargo, pronto cambió de tono cuando hizo acto de presencia en el lugar una compañía de “grises”, la policía armada del franquismo, que comenzó a repartir, sin miramiento alguno, un aluvión de golpes y porrazos. Antes, formada la compañía a unos cien metros de los estudiantes, un toque de clarín había advertido a los alborotadores de que la carga policial era inminente. Años después, en mis tiempos de Universidad, yo también habría de escuchar, más de una vez, esa música siniestra.

Para entonces, nosotros –tras los cristales, protegidos de la lluvia y de los golpes- habíamos dejado de reír. Nunca habíamos contemplado a los “grises” en acción y lo que vimos aquel día nos dejó tan incrédulos como atemorizados. Esa mañana, observando el espectáculo brutal, muchos de nosotros, protegidos por los cristales, sentimos que algo desconocido se nos estaba abriendo a unos nuevos mundos que hasta entonces habían estado ocultos.

Felipe II, mientras tanto, en lo alto de su pedestal, malévolo, reía ahora a carcajadas contemplando como la soldadesca policial aporreaba a los jóvenes.


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domingo, 30 de diciembre de 2007

MANIOBRAS



Hace algún tiempo, contemplando un álbum fotográfico de Internet, me llamó la atención una imagen en la que se plasmaba a un grupo de soldados que avanzaban por un camino de tierra. El título de la fotografía era “Maniobras” y en el álbum no se reflejaba ningún tipo de información adicional.

Desde siempre me ha gustado contemplar imágenes antiguas ya que a través de ellas se pueden recordar cosas que, quizás, nunca han sucedido. Alguien dijo una vez que es posible que exista algún lugar en el que se custodian los ensueños de los hombres. Allí, quisiera creer que también se encuentra todo aquello que forma parte de nuestro propio ser, de nuestra historia. Son todas esas cosas que el tiempo ha ido alejando de nosotros y que se nos manifiestan tan remotas que a veces, incluso, llegamos a dudar de que realmente hayan existido.

En la imagen que estoy comentado, atrae poderosamente mi atención uno de los soldados, de la segunda fila, cuyos ojos miran directamente al fotógrafo y que avanza –casi con un gesto teatral- apoyando su mano izquierda en la hebilla del cinturón. Alguien podría decir que quien disparó la fotografía lo hizo pensando exclusivamente en ese hombre y que, quizás, ambos estuvieran de acuerdo. De hecho, el resto de los soldados, o bien tienen la mirada perdida o no muestran especial interés. Solamente dos de los jóvenes parecen haber reparado en que alguien va a inmortalizarles. Uno de ellos, está situado junto a nuestro hombre y esboza una tímida sonrisa. El otro, que avanza en la hilera siguiente, nos envía a través de los tiempos un gesto de mueca sin duda poco favorable para su imagen.

¿Qué habrá sido de todos esos jóvenes que con sus fusiles, en una formación perdida, avanzan por ese camino de tierra que nunca sabremos donde situar? Ante las imágenes antiguas siempre viene a mi mente esa pregunta: ¿Qué habrá sido de esas personas? ¿Cómo podrían sospechar que ahora, en estos momentos, alguien está pensando en ellos? Preguntas, sin duda, sin respuesta posible. O quizás –quisiéramos creer- si la tengan. Quizás todos esos recuerdos que ahora estamos evocando se sigan custodiando en ese desconocido lugar al que antes nos referíamos.

En este momento de ensueño, yo hubiera querido ser el protagonista de esta imagen. Yo desearía haber sido ese joven, quizás de 19 años, que con gesto de especial dignidad, casi de actor, mira al fotógrafo mientras sus compañeros avanzan de manera torpe o desaliñada. Mientras los demás miran al suelo o tienen sus miradas perdidas, quizás abatidos por el cansancio de esas maniobras, nuestro hombre, ese alguien que yo hubiera querido ser en ese momento, se nos brinda como un foco de luz que ilumina con intensidad la imagen que contemplamos.

Dominado por el ensueño, quisiera pensar –ya que soy ese soldado- que la imagen fue tomada, allá por 1972 en el Campamento Militar de El Ferral del Bernesga, en León. El grupo de soldados no vendría realmente de unas maniobras sino de realizar ejercicios de tiro, a lo que me animo a pensar dado “lo ligero de su equipaje” (solamente portan su fusil, algo impensable en unas maniobras militares; ni siquiera llevan casco).

Y dado que en este ensueño sigo ahora viviendo ese momento, puedo añadir que desde lejos había yo reparado en que a un lado del camino, subido en lo alto de un terraplén, un fotógrafo estaba disparando continuamente imágenes a las hileras de soldados a medida que nos íbamos acercando a él. Mis compañeros, que posiblemente no tenían ningún interés por la fotografía, no adoptaron ninguna actitud especial, salvo el par de excepciones antes comentadas, pero yo, protagonista de la toma, consciente de que algún día esa imagen, gracias a la magia de Internet, iba a llegar a mis manos, supe adoptar una actitud “fotogénica” que habría de permitir que ahora, pasados muchos años, al fin, pudiera disfrutar con su contemplación.

miércoles, 5 de septiembre de 2007

LOBOS EN LA NIEVE


Quedé impresionado cuando contemplé la proyección de aquella película legendaria, Doctor Zivago. Por la noche, mientras dormía, estuve embargado por sueños extraños en los que, quizás, llegué a presentir cosas que es posible que algún día viva realmente.

La película mostraba escenas espectaculares de la Gran Guerra de 1914, de la Revolución Rusa y de los enfrentamientos civiles entre las tropas comunistas y las que seguían apoyando al régimen de los zares. Lo que más me impactó fue contemplar las inmensas llanuras de las estepas rusas, cubiertas por la nieve, por las que avanzaban los escuadrones de caballería tratando de alcanzar a unos enemigos vaporosos que se esfumaban en aquel inmenso infierno blanco.

En mis ensueños, influidos por lo que había contemplado aquella tarde en la gran pantalla, me veía vestido con un atuendo militar, portando un fusil y aparentemente posando en una inmensa planicie nevada, similar a aquellas por las que había visto cabalgar a los escuadrones de cosacos. La imagen sugería que un gélido viento lo impregnaba todo y mi cara, aterida, acusaba el frío inmenso de aquel inhóspito lugar. Alguien me había repetido varias veces que era necesario que vigilara a los lobos.

Mientras tanto, veía como los soldados de mi compañía, para protegerse del frío, se habían refugiado en unas trincheras cercanas. Esperaban que el cabo furriel y otros dos hombres acudieran portando un cajón de madera en cuyo interior viajaban los chuscos de pan y las latas de sardinas que habrían de constituir el almuerzo en ese día de maniobras en la nieve.

Era frecuente que por las noches, mientras dormíamos en el barracón, escucháramos en la lejanía el aullido de los lobos. Ahora, en nuestro avance por aquellos campos helados, estábamos cerca de ellos y el sargento había seleccionado tres o cuatro hombres para que estuviéramos alerta mientras los demás reponían fuerzas en aquellas abandonadas trincheras. Nuestra misión consistía en mantener alejados a los lobos que pudieran rondar por aquellos parajes. Nos dijeron claramente que si alguno de ellos se acercaba lo único que teníamos que hacer era disparar al aire y asustarlo. No se trataba de disparar contra ellos sino solamente de infundirles temor y hacer que se alejaran.

Como en la película, me veía posando en la nieve, azotado por el viento, mientras a lo lejos, en la neblina, tres hombres se acercaban portando penosamente, dos de ellos, una especie de cajón. Allí venía nuestro almuerzo. Mi misión era impedir que los lobos se acercaran demasiado.

Viví esta escena con tal intensidad que todavía sigo pensando que es posible que fuese un ensueño premonitorio. Quizás en esta vida, o en otra vida futura, esa imagen llegue algún día a hacerse realidad. Es posible, incluso, que haya sido una escena real, vivida en un tiempo ya pasado.