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viernes, 25 de septiembre de 2015

Y la vida fue dos...





La vida, sin nombre, sin memoria, estaba sola. Tenía manos, pero no tenía a quién tocar. Tenía boca, pero no tenía con quién hablar. La vida era una, y siendo una era ninguna. Entonces el deseo disparó su arco. Y la flecha del deseo partió la vida al medio, y la vida fue dos. Los dos se encontraron y se rieron. Les daba risa verse, y tocarse también.

Eduardo Galeano – Espejos





martes, 2 de junio de 2015

Constelaciones





Cang Jie tenía cuatro ojos. Se ganaba la vida leyendo estrellas y adivinando destinos. Él creó los signos que dibujan palabras, después de mucho estudiar el diseño de las constelaciones, el perfil de las montañas y el plumaje de las aves. En uno de los libros más antiguos, hecho de tablillas de bambú, los ideogramas inventados por Cang Jie cuentan la historia de un reino donde los hombres vivían más de ocho siglos y las mujeres eran del color de la luz, porque comían sol.

Eduardo Galeano – Espejos




viernes, 17 de abril de 2015

El perfume del azahar





El primer día de clase, el profesor trajo un frasco enorme: “Esto está lleno de perfume –dijo a Miguel Brun y a los demás alumnos-. Quiero medir la percepción de cada uno de ustedes. A medida que vayan sintiendo el olor, levanten la mano.” Y destapó el frasco. Al ratito nomás, ya había dos manos levantadas. Y luego cinco, diez, treinta, todas las manos levantadas. “¿Me permite abrir la ventana, profesor?” –suplicó una alumna, mareada de tanto olor a perfume, y varios voces le hicieron eco. El fuerte aroma, que pesaba en el aire, ya se había hecho insoportable para todos. Entonces el profesor mostró el frasco a los alumnos, uno por uno. El frasco estaba lleno de agua.

Eduardo Galeano – El libro de los abrazos





jueves, 15 de enero de 2015

Un rayo de luz





Un loco persigue por las calles el eco que perdió cuando era chico, y una mujer sola siente las lágrimas arremetiendo contra las pestañas y busca un sitio para llorar y no lo encuentra.

Eduardo Galeano – La canción de nosotros





martes, 30 de septiembre de 2014

Diego y el mar





Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadioff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño se quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: “Ayúdame a mirar.”

Eduardo Galeano – El libro de los abrazos





sábado, 16 de agosto de 2014

La noche de los sueños





Aquella noche hacían cola los sueños, queriendo ser soñados, pero Helena no podía soñarlos a todos, no había manera. Uno de los sueños, desconocido, se recomendaba: “Suéñeme, que le conviene. Suéñeme, que le va a gustar.”


Eduardo Galeano – El libro de los abrazos





lunes, 20 de febrero de 2012

Carnaval en la calle

Apertura f/5,6
Tiempo de exposición 1/250 s
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 105 mm

"En la pared de una fonda de Madrid, hay un cartel que dice: Prohibido el cante.
En la pared del aeropuerto de Río de Janeiro, hay un cartel que dice: Prohibido jugar con los carritos porta-valijas.

O sea: todavía hay gente que canta, todavía hay gente que juega."

Eduardo Galeano

domingo, 25 de septiembre de 2011

De los colores



Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo.

A la vuelta, contó. Dijo que había contemplado, desde allá arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos.

-El mundo es eso –reveló-. Un montón de gente, un mar de fueguitos.

Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca, se enciende.

Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.


Imagen: Antiqva Photo

viernes, 6 de mayo de 2011

VIAJE AL MAR...







Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur.

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando.

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura.

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

-¡Ayudame a mirar!


Eduardo Galeano, El libro de los abrazos.


Imagen: Antiqva Photo

domingo, 10 de abril de 2011

DE LO SAGRADO



El hijo de Pilar y Daniel Weinberg fue bautizado en la costanera. Y en el bautismo le enseñaron lo sagrado.

Recibió una caracola:

-Para que aprendas a amar el agua.

Abrieron la jaula de un pájaro preso:

-Para que aprendas a amar el aire.

Le dieron una flor de malvón:

-Para que aprendas a amar la tierra.

Y también le dieron una botellita cerrada:

-No la abras nunca, nunca. Para que aprendas a amar el misterio.

Eduardo Galeano, Las palabras andantes.

miércoles, 30 de marzo de 2011

SOLEDADES

Antiqva Photo


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Me llevo un paquete vacío y arrugado de cigarrillos Republicana y una revista vieja que dejaste aquí. Me llevo los dos boletos últimos del ferrocarril. Me llevo una servilleta de papel con una cara mía que habías dibujado, de mi boca sale un globito con palabras, las palabras dicen cosas cómicas. También llevo una hoja de acacia recogida en la calle, la otra noche, cuando caminábamos separados por la gente. Y otra hoja, petrificada, blanca, que tiene un agujerito como una ventana, y la ventana estaba velada por el agua y yo soplé y te vi y ése fue el día en que empezó la suerte.


Me llevo el gusto del vino en la boca. (Por todas las cosas buenas, decíamos, todas las cosas cada vez mejores, que nos van a pasar.)


No me llevo ni una sola gota de veneno. Me llevo los besos cuanto te ibas (no estaba nunca dormida, nunca). Y un asombro por todo esto que ninguna carta, ninguna explicación, pueden decir a nadie lo que ha sido.


Eduardo Galeano, Vagamundo, Mujer que dice chau.

miércoles, 2 de marzo de 2011

ELLOS VENÍAN DESDE LEJOS




Si hubieran conocido la lengua de la ciudad, habrían podido preguntar quién hizo al hombre blanco, de dónde salió la fuerza de los automóviles, cómo se sostienen los aviones, por qué los dioses nos negaron el acero.

Pero no conocían la lengua de la ciudad. Hablaban el viejo idioma de los antepasados, que no habían sido pastores ni habían vivido en las alturas de la sierra nevada de Santa Marta. Porque antes de los cuatro siglos de persecución y de despojo, los abuelos de los abuelos de los abuelos habían trabajado las tierras fértiles que los nietos de los nietos de los nietos no habían podido conocer ni siquiera de vista o de oídas.

De modo que ahora ellos no podían hacer otro comentario que el que les nacía, en chispas burlonas, de los ojos: miraban esas manos pequeñitas de los hombres blancos, manos de lagartija y pensaban: esas manos no saben cazar, y pensaban: sólo pueden regalar regalos hechos por otros.

Estaban parados en una esquina de la capital, el jefe y tres de sus hombres, sin miedo. No los sobresaltaba el vértigo del tráfico de las máquinas y los transeúntes, ni temían que los edificios gigantes pudieran desprenderse de las nubes y derrumbárseles encima. Acariciaban con las yemas de los dedos sus collares de varias vueltas de dientes y semillas, y no se dejaban impresionar por el estrépito de las avenidas. Sus corazones se compadecían de los millones de ciudadanos que les pasaban por encima y por debajo, por los costados y por delante y por detrás, sobre piernas y sobre ruedas, a todo vapor: “¿Qué sería de todos ustedes –preguntaban lentamente sus corazones- si nosotros no hiciéramos salir el sol todos los días?”

Eduardo Galeano, Vagamundo.