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sábado, 27 de agosto de 2011

Recuerdos del futuro



“NÚCLEO APOCALÍPTICO”
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“Con el título, rubricado en rojo, “Núcleo Apocalíptico” da comienzo un documento que ha sido descubierto recientemente en el curso de un trabajo de investigación y catalogación de fondos que se ha desarrollado en el Centro de Documentación de Planetas V.I.E (Vida Inteligente Extinguida). Se trata de un texto que nos brinda una información valiosa acerca del modo en que hace milenios se habría extinguido la vida en el planeta XP109R, llamado Tierra, en su día, por los seres que lo habitaron.

Modernos métodos de análisis han permitido que esta crónica sea fechada en el año 585.300 de nuestro calendario (Alfa Centauro), con un error de +/- 1.000 años, datación que vendría a corresponder con el año 2850 (+/- 5 años) del calendario que marcaba la vida de los terrícolas. En el documento, que ha sido sometido a rigurosos controles para verificar su autenticidad técnica, se ha podido contrastar que el tipo de soporte está en consonancia con su supuesta cronología. En él se nos habla de unos acontecimientos que se habrían desarrollado algunos cientos de años antes, en torno al 2050 de los humanos.

Todo parece sugerir que quienes confeccionaron este informe, que en el documento se declaran procedentes de Sirio, habrían tenido acceso a una información “de primera mano” acerca de las circunstancias que habrían motivado la extinción de la vida en XP109R. Parece que esa documentación la habrían encontrado en el interior de un submarino nuclear terrícola que estaba encallado en una de las escasas zonas de ese planeta que en aquel entonces emergían sobre las aguas de sus inmensos mares, en concreto el hallazgo se habría producido en una de las laderas de lo que los humanos llamaron Himalaya. Citado submarino ten …”


NOTA MARGINAL AL DOCUMENTO
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“El documento que hemos reproducido con el título de “Núcleo Apocalíptico”, que se muestra claramente incompleto, está archivado actualmente en la sección de “EXTRAÑOS” de nuestra “Biblioteca de Antiguos Códices Espaciales”. De su análisis se deduce que quienes lo redactaron no pudieron –por algún motivo que desconocemos- terminarlo, de modo que la crónica que habían escrito los viajeros de Sirio acerca del modo en que se extinguió la vida en el planeta Tierra se ha perdido. Es posible que quienes se ocuparon del estudio del documento fueran becarios poco cuidadosos con su trabajo (quizás no se les renovó siquiera su contrato de investigación), de modo que todo sugiere que el valioso documento, el de los seres de Sirio, que los becarios manejaron, posiblemente se haya perdido para siempre.

Parece, en suma, que nunca llegaremos a conocer las causas por las que la vida se extinguió en ese planeta que los humanos llamaron Tierra, algo que a estas alturas, obviamente, tampoco reviste ningún interés especial. No obstante, siempre queda la posibilidad de que alguno de esos becarios, antes de irse del centro de estudio, hubiera decidido robar el documento base, en cuyo caso es posible que algún día pueda de nuevo surgir a la luz.”


AUTORÍA DEL INFORME
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“Nota final para indicar que este informe ha sido confeccionado por XLH2007XXD, Robot Escriba de Segundo Nivel de la sección de “EXTRAÑOS” de la “Biblioteca de Antiguos Códices Espaciales” de Alfa Centauro, en el año 680.300 de nuestro Sistema Solar. No sabemos a que año de los humanos podría corresponder, ya que en estos tiempos modernos ese tipo de conocimiento se ha perdido.”

(En el original figuran varios sellos y algo que simula una firma digital)


NOTA FINAL DEL RECOPILADOR
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Este conjunto de documentos, tan apasionantes como escasamente despejadores de dudas, fueron encontrados por ANTIQVA, un humano que en enero de 2009 (año de la Tierra) los encontró expuestos en un tenderete del “Rastro” de Madrid.

Interesado en su adquisición, cuando expuso las más que razonables dudas sobre la veracidad de los documentos, el vendedor, un hombre “de bronce”, de aspecto agitanado, insistió una y otra vez en que se lo había comprado, junto con otros papeles y objetos, a un tipo de aspecto extraño –literalmente: “un poco verdoso”- al que habría tenido oportunidad de conocer en una tantas “juergas nocturnas”. El tipo, tras haber tomado con evidente delectación varias copas de brandy, habría insistido una y otra vez en que procedía de Ganímedes, lugar que según el gitano broncíneo podría ser, quizás, uno de esos nuevos barrios de Madrid que nadie sabe muy bien donde están situados.

Cuando el que suscribe la presente nota le preguntó a ese tal ANTIQVA como podía explicarse que unos documentos elaborados aparentemente en unos tiempos muy alejados del futuro hubiesen terminado expuestos en un tenderete de gitanos, el tipo lo único que fue capaz de decir fue: “Ay, ya quisiera yo saberlo… Son, sin duda, cosas del futuro y de los gitanos, claro…”

(Sigue una firma ilegible)


viernes, 26 de marzo de 2010

UN RAYO DE LUZ

Un rayo de luz
Ensoñación fotográfica: Antiqva



Al abrir los ojos, podía ver perfectamente las algodonosas nubes que se movían perezosas… Podía notar como el sol calentaba mi rostro. ¿Dónde estaba?

Un silencio atronador me rodeaba… y entonces, me dí cuenta de que no podía recordar… En mi mano apretaba con fuerza, casi con desesperación, un botón amarillo, que desde luego, no pertenecía a nada que llevase puesto.

¿Un nuevo estado de consciencia? ¿Una nueva sensación? Una miriada de pequeñas nuevas sensaciones se agolpaban en mi interior y era imposible medirlas, traducirlas. No sé si me sentía feliz en ese taciturno instante… Quizás la mejor palabra que me describía era nuevo. Eso es, me sentía nuevo; pero algo había pasado, algo había vivido que mi mente no llegaba a vislumbrar desde el recuerdo.

Sentí que respiraba más tranquilo; decidí levantarme y cambiar mi rostro de extrañeza por uno más inquisitivo; decidí caminar hasta encontrar algo que me sonara conocido, o bien encontrar una cara amiga; un buen café en algún lugar abierto y lleno de gente. Pero sabía que mi mano derecha llevaba la respuesta firmemente apretada…

Tras cruzar la avenida, adornada con luminosos ya apagados que anunciaban la Navidad, me topé con el “Nuevo México”. Alguna fuerza desconocida me animó a entrar. Saludé, pero nadie me devolvió el saludo, ni siquiera el camarero, a pesar de que, su mirada se había cruzado con la mía durante unos segundos. Mientras esperaba que me sirviera el café que había pedido, decidí ojear el periódico. Entonces, de súbito, supe que había estado antes en aquel lugar. Sabía que el camarero de hosco aspecto se llamaba Carlos. En ese momento, alguien, en el televisor, estaba informando de que tres españoles habrían sido secuestrados en Mauritania. Al parecer, formaban parte de una caravana que llevaba alimentos al Senegal. Carlos, tras la barra, a gritos, vociferaba en contra de los negros, y de los moros, y de Zapatero, y de los curas… ¿Quién será ese Zapatero?, pensé.

Fue entonces cuando el hombre entró en el bar. Portaba varias bolsas de plástico en las que acumulaba sus miserables pertenencias. Las depositó junto a la barra, a mi lado, y se encaminó a los servicios sin saludar a nadie. Algo en mi interior me avisaba de que yo conocía a ese hombre y que debía guardar las distancias con él. Intuitivamente supe que era un tipo peligroso.

-Vaya por Dios –escuché gritar a Carlos-, ya está otra vez aquí el Legionario… Veréis como me deja los servicios…

Para entonces yo estaba recuperando progresivamente la memoria. Era consciente de que el Legionario, ese mendigo de aspecto patibulario, era un desheredado de la fortuna. Todos le conocían en la ciudad. Su casa era la calle y muchas mañanas acudía al “Nuevo México”, para desesperación de Carlos. Allí tomaba un café, hacía sus necesidades y se aseaba un poco. Recordé que la gente contaba que en algún tiempo lejano, huyendo de las consecuencias de crímenes olvidados, había estado enrolado en la Legión. El barco que lo traía de regreso de África, cuando lo licenciaron, amarró en Algeciras. Allí tomó un expreso nocturno guiado por el ánimo de llegar a Madrid. Algo antes, sin embargo, de que el tren avistara Córdoba el revisor lo descubrió sin billete. Avisó a los dos números de la Guardia Civil que vigilaban el convoy y estos le obligaron a bajarse en la que en otros tiempos había sido mítica ciudad de los califas. Fue así como, obligado por las leyes insondables del azar, el Legionario se había asentado en los jardines y calles de Córdoba.

Estaba él todavía en los servicios cuando empecé a escuchar gritos en la calle. Afuera, al otro lado de la plaza, se había formado un tumulto de gente. -¿Qué pasará? –pensé. Carlos, para entonces, todavía no me había servido el café. Iba a reclamarlo cuando pude contemplar, dominado por el estupor, que varios agentes de la policía entraban en el “Nuevo México”. Repararon en las bolsas de plástico que el mendigo había dejado en el suelo y cruzaron con Carlos algunas palabras que no pude escuchar. Al momento, pistola en mano, se encaminaron a los servicios. De allí, sacaron al Legionario. Se lo llevaron esposado y encañonado. Cuando pasaba a mi lado, dirigiendo él su mirada al vacío, me di cuenta de que debajo de su raído abrigo vestía algo que parecía una vieja casaca militar, posiblemente un vestigio de su naufragio en las aguas de la Legión. La casaca estaba abotonada con botones de cobre amarillento.

Atraído por el creciente bullicio me olvidé del café que Carlos no había llegado a servirme y salí a la calle. Un grupo de unas diez o quince personas, al otro lado de la avenida, junto a los jardines, se arremolinaba. Una ambulancia y varias unidades policiales estaban estacionadas con las luces intermitentes encendidas. Crucé la calle y me acerqué al grupo. Un hombre, empapado en su propia sangre, estaba tirado en suelo…

-Ha sido el mendigo –decía alguien-. Sin cruzar palabra le ha clavado un inmenso cuchillo… Después, ha tirado el arma en aquel soto y se ha alejado… Hemos visto que entraba en el “Nuevo México”. Allí acaban de detenerlo.

Me acerque. Horrorizado pude contemplar de cerca al hombre que yacía en el suelo. Su pecho estaba atravesado por lo que parecía ser la bayoneta de un CETME (1). El médico que lo atendía, volvió su cabeza:

-Acaba de morir –exclamó, mientras cerraba con su mano los ojos del hombre-. Tiene en sus manos un botón amarillo –avisó a los policías-. Posiblemente se lo arrancó a su asesino…

Fue en ese momento cuando sentí que una luz inmensa salía del cadáver y me envolvía girando de manera vertiginosa…

-¡Señor –pensé- ese hombre muerto soy yo…!

Dominado por una sensación jamás conocida de angustia, sentí que la luz se hacía dueña de mí y me desplazaba con ella… En pocos instantes me sentí lejos, muy lejos… ¿Quién sabe a donde me conduciría?

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1)- CETME: fusil de asalto ametrallador. Arma usada en el ejército español en los tiempos del franquismo. Todo sugiere que el Legionario, cuando se licenció, no llegó a devolver su bayoneta de reglamento.





jueves, 25 de marzo de 2010

CUENTOS PARA NATACHA





El pasado 8 de marzo, en la última edición de RELATO COMANSI, que versaba sobre el tema "NOTICIAS", un cuento que habíamos presentado, titulado "SEÑALES CELESTES" ha sido premiado con un galardón honorífico.
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Quede constancia de nuestro agradecimiento por ese premio obtenido por nuestro relato, así como el cariño especial con que recibimos cualquier noticia que nos llegue de ese lugar de ilusión, que nosotros siempre hemos llamado "Cuentos para Natacha", un espacio entrañable, que se ha ido formando con la aportación de los relatos que día a día hemos ido aportando las personas que colaboramos en ese blog colectivo.

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sábado, 20 de febrero de 2010

SEÑALES CELESTES

El músico de la plaza
Ensoñación fotográfica: Antiqva



Diversas agencias de noticias han confirmado que un grupo de investigadores del Instituto de Tecnología de Cracovia ha culminado con éxito los estudios que han venido realizando guiados por el ánimo de demostrar, usando una metodología científica, la existencia del Demiurgo del que habría surgido la Creación. Con esa finalidad, los científicos polacos han venido escrutando el espacio durante años sirviéndose de los telescopios de avanzada tecnología que están instalados en el observatorio astronómico de la ciudad estonia de Tallin.

Tras casi cinco años de laboriosa dedicación, el equipo investigador ha logrado encontrar señales que confirman, efectivamente, la existencia de la Divinidad. Parece ser que en el curso de sus observaciones los científicos habrían identificado las huellas dejadas por los pies del Demiurgo, con ocasión de uno de sus paseos, en cierta colina de una de las estrellas del cinturón de Orión. Así, al fin, la ciencia ha podido demostrar que lo que afirma la teología es cierto: la Divinidad existe.

En una rueda de prensa celebrada el pasado 24 de noviembre, los científicos han hecho saber, por otro lado, que todo sugiere que no es cierto que el Demiurgo crease el mundo en seis jornadas y decidiera descansar el séptimo día. Parece que lo que habría sucedido realmente es que el último día el Demiurgo, sin duda cansado de tanto trabajo, habría dejado su labor en suspenso. Todo indica, en suma, que algo harto de la Creación, habría dejado las cosas a medio hacer.

Esto explicaría, según los científicos polacos, las notables incongruencias que fácilmente se detectan en nuestro planeta. Así sucede con la propia especie humana, en la que se pueden apreciar las actitudes tan diferentes que hombres y mujeres tienen ante cuestiones tan básicas como –por ejemplo- el amor. Según los investigadores, ciertos detalles acreditarían que a nuestra especie le falta todavía un último “hervor”. “No es así extraño –citamos literalmente- que las mujeres siempre sueñen con hombres que las aman, en tanto que los hombres ansían realizar con ellas arriesgados ejercicios sexuales, que suelen producir en los cuerpos de los actores frecuentes lesiones o torceduras.

En el curso de la investigación, los científicos polacos habrían también reparado en que con cierta frecuencia –ante su mirada observadora- habrían cruzado los cielos ciertas “cosas” que parecían estrellas fugaces pero que, al fin, habrían resultado ser ángeles caídos. Tras agotadoras jornadas de búsqueda de esos seres celestes, algunos de los cuales se habrían refugiado en la red de alcantarillado de Cracovia, los investigadores habrían podido entrevistarse con algunos de ellos, a los que incluso habrían fotografiado y catalogado. Estos ángeles habrían manifestado –seguimos fuentes bien informadas- que todos los desajustes que existen en el Universo, que nosotros podemos palpar en nuestro planeta, son los que les habrían aconsejado huir del reino celeste y “dejarse caer” por la Tierra.

-“Dios es todavía un adolescente –habría afirmado uno de los ángeles- y a veces hace cosas que nadie entiende…”

-“Quizás algún día –habría comentado otro-, cuando madure un poco, las cosas mejoren…”


Aclaraciones

En este “cuento” hemos querido mostrar nuestra preocupación ante cuestiones que son ciertamente inquietantes: los desajustes palpables en el mundo creado, la impresión que tiene uno de que Dios se habría dejado las cosas “a medio hacer”, la diferente sensibilidad de mujeres y hombres… Confiamos en que el tono desenfadado del cuento sea valorado en su justa medida por el lector: se trata, a fin de cuentas, de un simple cuento.

miércoles, 23 de diciembre de 2009

CAPONATA INQVISITIO



Imágenes: Antiqva



Cualquier persona que haya cursado estudios, siquiera elementales, de “Petrología Recreativa” es conocedora de que el corazón de los ángeles, cuando estos fallecen, suele mineralizar en bellas formas geométricas, que en el caso de los “serafines” adopta un sugerente aspecto triangular que desde siempre ha llamado la atención de Antiqva cuando este, paseando por el campo, se ha topado con alguno de estos angélicos fósiles.

Igualmente, es también conocido que los demonios, cuando fallecen, a pesar de haber sido también creados por el Altísimo, fosilizan en formas que se manifiestan revestidas de un aspecto material claramente “grosero”. Todos sabemos, además, que a los demonios se les castiga, desde tiempos inmemoriales, haciendo que las piedras en las que se reencarnan sus tristes corazones, tengan grabado a fuego en su corteza el mapa de alguna de las más siniestras regiones infernales.

Todo esto, insistimos, es conocido por cualquier persona que en su juventud haya cursado unos mínimos estudios de “Petrología Recreativa”. Hasta aquí, en esta crónica, no aportamos nada nuevo. Son cosas sabidas. Eso si, ilustramos este trabajo divulgativo con las imágenes de los fosilizados corazones de un pobre diablo y de un bellísimo “serafín”, que seguro que el avispado lector sabrá distinguir de inmediato.

Como absoluta novedad, sin embargo, podemos anticipar que Antiqva, tras unas investigaciones rigurosas llevadas a cabo en cierto templo en el que fueron enterrados hace siglos algunos “Familiares” de la Santa Inquisición (aquellos férreos guardianes de la fe, que no dudaban en acusar de herejía a cualquier persona del barrio que les despertara la más mínima sospecha), ha llegado a descubrir que los dedos índices de estos siniestros personajes, cuando murieron, quedaron fosilizados en forma de “Caponata”, nombre que nuestro investigador ha otorgado a todas esas piedras, desgraciadamente tan abundantes en la Naturaleza, que se brindan rematadas por una sugerente superficie plana que resulta apropiada para con ella, por ejemplo, “arrear” capones a los atemorizados vecinos de alguno de esos tipos siniestros que actuaban como “Familiares” del Santo Oficio.

Como anexo documental a este estudio aportamos las imágenes de uno de esos temibles dedos fosilizados de Inquisidor, así como la lápida sepulcral de alguien que cuando falleció quiso dejar constancia para toda la eternidad de que cuando vivió había actuado como “Familiar” del Ilustrísimo y Santo Oficio de la Inquisición.

Para finalizar esta reseña, queremos informar al lector de que el resultado de este sorprendente trabajo de investigación realizado por Antiqva va a ser publicado en la prestigiosa revista “La Nouvelle Historie Cotidienne” en el número correspondiente al próximo 28 de diciembre. En efecto, hemos podido saber que nuestro hombre, al fin, tras toda una vida dedicada a la investigación, ha conseguido que una publicación científica haya admitido uno de sus insólitos trabajos. Cuentan los que lo conocen que desde que ha tenido conocimiento de la noticia Antiqva está enloquecido… Una felicidad inmensa embarga su ánimo… Y, ciertamente, no es para menos… Al fin, por primera vez en su vida, el resultado de una de sus peculiares investigaciones será publicado en papel… Luego, como todos los artículos de “La Nouvelle Historie”, su estudio titulado “Caponata Inqvisitio” será procesado en las bases de datos de las más prestigiosas bibliotecas del mundo… Será entonces, gracias a su inclusión en los archivos y listas bibliográficas, cuando el nombre del autor, Antiqva, habrá de arribar, al fin, a una feliz existencia de eterna inmortalidad…


jueves, 12 de noviembre de 2009

A UNA MUJER MUERTA





“Al excelente espíritu de Ankhiry:

Quiero que sepas, Ankhiry, tú que fuiste mi esposa, que yo, Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, nunca cometí ningún crimen contra ti… Todas las noches, sin embargo, estoy sumergido en el miedo que me produce contemplar, horrorizado, como tu espíritu se manifiesta ante mi corazón. Los estremecimientos que me produces, desde hace muchos meses, impiden que Ahmosis pueda dormir. No se porqué has decidido que el miedo sea el señor de mi cuerpo… ¿Qué falta cometí para que cada noche me acose tu espíritu?, ¿qué es lo que hice para quedar esclavo de ese temor que tú, la mujer a la que tanto amé, me produces cada noche?

Quiero que sepas que yo, Ahmosis, siempre te traté del modo en que un oficial del faraón debe tratar a su esposa… Solo una vez me aleje de ti. Fue cuando nuestro rey me ordenó viajar a la Tierra del Horizonte. Su Majestad deseaba que Ahmosis trajera de aquel país lejano una Mujer Belluda y un Hombre Niño… Cuando regresé supe que Ankhiry ya no vivía en la Tierra Negra… Tu espíritu se había ido al Reino de los Muertos. Sabes que lloré por ti y que hice todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta.

Sabes también que antes de ese viaje a la Tierra del Horizonte, del que regresé con riquezas y esclavos, siempre te traté como una mujer debe ser tratada. Nunca permití que tu corazón sufriera. Siempre quise que estuvieras a mi lado. Nada te oculté en los días de tu vida. No consentí que sufrieras dolor alguno. Nunca me acusaste de que te sintieras desatendida. Nunca te traté como si yo fuera un campesino que entra en una casa extraña y desconoce como debe comportarse. Sabes que repartí entre tu cuerpo y el de nuestra amada esclava Gilukhipa mis deseos sexuales, tal y como debe actuar un oficial del faraón. Ahmosis siempre quiso complacer tanto a su esposa como a la Mujer de Ojos Ardientes a la que hizo esclava tras derrotar a los Hombres de las Arenas. Bien sabes que nunca entré en la noche en los cuartos de tus hermanas. Sabes también, Ankhiry, que nunca dejé que te faltaran tus ungüentos, tus provisiones y tus ropas. Nunca me desentendí de ti. Siempre dije a los hombres: “Ella está aquí y Ahmosis cuida de ella”.

Pero, mira, Ankhiry, no sabes apreciar el bien que hice contigo. Desde que supe de tu muerte ordené que todas las cosas buenas estuvieran en tu Casa de Eternidad. Nunca han faltado en tu tumba las ofrendas de carne, cebada y espelta. Todo lo que un oficial del rey debe hacer por su esposa muerta lo ha hecho Ahmosis por Ankhiry. Sabes también que hice que Gilukhipa, la “Mujer de las Arenas”, llorase también tu ausencia.

¿Porqué, entonces, no eres capaz de distinguir el bien del mal?, ¿porqué tu espíritu se manifiesta todas las noches y me produce miedos intensos?, ¿porqué no dejas que mi cuerpo descanse por las noches?. Mira, Ankhiry, he escrito esta carta, que voy a depositar en tu Casa de Eternidad, para que sepas que he decidido emplazarte ante el Tribunal de la Enéada de dioses. Ra y los grandes dioses sabrán que Ahmosis, capitán de los arqueros del faraón, está siendo atormentado por tu excelente espíritu. Ellos serán, cuando sepan que el miedo invade mi corazón, los que decidirán que es lo que se tiene que hacer.”


Nota del traductor
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Esta documentado que los antiguos egipcios, en ciertas ocasiones, no dudaban en escribir cartas a los muertos. La carta que nos ocupa habría sido depositada junto con algunas ofrendas en la tumba de su esposa por un viudo atormentado por el excelente espíritu de ella. En el texto el hombre hace saber a la difunta que va a denunciarla ante el Tribunal de los dioses.

Deseando profundizar en esta inquietante cuestión, Antiqva no dudó en consultar los archivos de la Casa de la Vida del templo de Amón en Tebas. Al poco, tuvo la suerte inmensa de encontrar en un antiguo papiro el reflejo de las actas de ese juicio celestial. Un escriba Ágil de dedos se había encargado, hace miles de años, de reproducir lo que Ankhiry había argumentado en el proceso y lo que, finalmente, los dioses habían establecido conforme a Maat. Supo así Antiqva que lo que la difunta reprochaba a su esposo era que cuando ella murió su cuerpo había sido momificado y se le había practicado la magia de la Apertura de la Boca. Luego se había depositado su momia en la Casa de Eternidad, pero nadie se había ocupado de realizar el ritual de las Cuatro Antorchas de Glorificación, a través del cual la Luz divina de Ra tendría que haber iluminado al espíritu de Ankhiry cuando este, en la noche, estaba atravesando el Inframundo de Osiris en busca del Reino Celeste de Ra.

Sin la luz de Horus que emiten las antorchas y sin las palabras mágicas de los rituales, Ankhiry había quedado atrapada en el Reino de la Noche y por eso, una y otra vez, su espíritu, lleno de terror y angustia, se manifestaba ante su viudo, solicitando su auxilio. Lo que ocurre, seguro que todos lo sabéis, es que los muertos no son capaces de traducir a los vivos, en palabras, lo que desean. Ese fue el motivo de que Ahmosis, tras las continuas apariciones del espíritu de la difunta, hubiera estado a punto de enloquecer de miedo.


Nota final
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Debe Antiqva dejar constancia de que todo lo que el lector ha leído es una mera fabulación. Sin embargo, en el Papiro Leyden 371 se ha conservado el texto de una carta real que un viudo dirigía a su esposa muerta, llamada precisamente Ankhiry, nombre que hemos querido mantener en nuestro cuento. Parece que el papiro se encontró enrollado en torno a una figurita femenina en la tumba de la mujer.

Digamos, finalmente, que Antiqva ha sabido que una vez que se realizaron los rituales de las Cuatro Antorchas de Glorificación, tal y como están establecidos en el capítulo 137 del “Libro de los Muertos”, Ankhiry cesó de manifestarse a su atormentado esposo. Desde entonces, en el Cielo, luce una estrella más.


martes, 10 de noviembre de 2009

EL REINO DE LOS CUENTOS





A veces suceden cosas prodigiosas, como que los lectores del “Blog de los Cuentos” decidan conceder cierta distinción a uno de los relatos que Antiqva había publicado en ese bello cuaderno. Tocaba el tema “Magia” y uno había concurrido con “El estigma del diablo”

Amig@s, si no conocéis el “Blog de los Cuentos” os invito a visitarlo. Para Antiqva es un honor pertenecer al grupo de personas que colaboran en este espacio que creó hace algo más de un año nuestra entrañable amiga Natacha.



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martes, 27 de octubre de 2009

FOTOGRAFÍA EN EL ALCÁZAR



Timoteo de las Casas, funcionario de Correos, cuando falleció dejó una herencia tan modesta como su propia vida. Su viuda, doña Paula, tras los funerales, convocó a sus dos hijos en la cocina familiar. Allí, sobre la mesa, había colocado tres cajas de hojalata en cuyo interior se conservaban a salvo de las humedades las pertenencias del difunto.

En la primera de las cajas, envuelto en plástico, estaba guardado un pequeño fajo de billetes. Doña Paula, ante sus hijos, lo contó: “Aquí hay 20.800 pesetas”, concluyó la mujer. “Con este dinero y con la pensión de la Mutualidad podremos irnos defendiendo”, sentenció.

En la segunda de las cajas, envuelta en un trapo anaranjado, había guardado el difunto una máquina fotográfica Leika que en los últimos años le había proporcionado momentos felices. Amante de la fotografía nuestro hombre, privándose de otros caprichos, había adquirido esa máquina con la que en ocasiones especiales retrataba a su familia.

En la tercera caja, finalmente, estaban amontonados varios cientos de imágenes que Timoteo había tomado en esos años de afición. A su lado, envueltas en plástico, estaban también depositadas ocho monedas, algunas de plata y otras de cobre, emitidas en los tiempos en que en España reinaba Alfonso XII. Nadie supo nunca donde guardaba Timoteo los negativos de las fotografías. Jamás aparecieron.

Requeridos por doña Paula para que se repartieran esos “recuerdos” de su padre, Esperanza, la hija, más sentimental, se decidió por la colección de imágenes y por las monedas alfonsinas que, ¿quién sabe porqué?, uno de los abuelos del difunto había decidido hacía muchos años conservar.

Salvador, el hijo, tras escuchar las palabras de su hermana, decidió quedarse la maquina Leika. Aunque no sentía interés alguno por la fotografía se prometió a si mismo que aprendería a usarla, quizás como un acto entrañable de homenaje a su padre.

.../…

Era sábado y aquella tarde Salvador se acercó a los jardines del Alcázar de la ciudad con la idea de tomar algunas fotografías. En su mano, enfundada, portaba la cámara que había heredado de su padre. De manera paulatina, ¿quien sabe como?, se había ido aficionando a su uso, de modo que al fin compartía la pasión que había poseído a don Timoteo durante los últimos años de su vida.

En la escalinata de la torre de los Leones, se topó Salvador con una niña que vestida “de Primera Comunión” jugueteaba con sus primos. “Niños –exclamó- posad un momento y os haré una foto”, pero no tuvo tiempo de hacerlo… En el momento en que los niños, formalitos, posaban, llegó allí un grupo alborotado de jóvenes. Salvador no lo dudó y los invitó a unirse al grupo. Ninguno de ellos conocía a los niños, pero aceptaron entre risas.

Fue entonces, en el instante en que pulsaba en el disparador, cuando el fotógrafo reparó en el modo tan bello en que estaba posando una de las jóvenes, rubia, que parecía mirar al cielo mientras sonreía de una manera angelical… Entonces, al momento, cuando apretó el pulsador, fue cuando sucedió algo insólito…

“Que ocurre –le dijo la muchacha rubia de la sonrisa- que todos se han quedado inmóviles… Nadie se mueve… ¿Qué pasa…?” En los ojos de ella se percibía el modo en que la sorpresa y el miedo, en similares proporciones, se habían mezclado…

“No te preocupes –respondió él- me ha pasado alguna otra vez… Son cosas de la cámara, creo que tiene demasiados años… A veces, cuando tomo imágenes, al pulsar, pasa algo y durante un tiempo el mundo queda en suspenso… Pero no es nada grave… Solamente algunas personas especiales, como es tu caso, escapan de esa influencia. A mi, por lo que ves, tampoco me afecta. No te preocupes, amiga, pronto todo volverá a ser normal…”

“Ven -prosiguió Salvador- vayamos a aquella fuente y bebe un sorbo de agua, te encontrarás mejor… No tengas miedo… Nada va a suceder… Ven… Toma mi mano…”

La muchacha, confusa, como caminando entre las nubes, aceptó la mano de Salvador y los dos se encaminaron al cercano surtidor… No entendía nada de lo que estaba pasando, pero se sentía atraída por aquel joven que no parecía apreciar nada extraño en la tan insólita situación que estaba viviendo.

Para entonces, él solamente pedía al cielo que “aquello” duraba todo el tiempo posible… Aquella joven, tan encantadora, le resultaba bellísima y deseaba tener tiempo para conocerla. Así fue como caminando de la mano, entre las sonrisas de él y el indudable sentimiento de temor de ella, llegaron a la fuente. La joven sentía el frescor del agua en sus labios cuando algo, de súbito, rompió el hechizo. Se escuchó una voz… Alguien gritaba:

“María, por Dios, ven aquí, que todos se han ido –exclamaba un joven delgado cuya silueta, al lado de ella, se recortaba en la fotografía-. “¡Vamos…, que nos quedamos rezagados…!”

¡Adios, adios…! –exclamó la muchacha-, “Me está llamando Antiqva…! ¡Adios, amigo…! Espero que algún día nos des una copia de esa fotografía” –terminó diciendo mientras se alejaba-.

En aquel momento, ella no podía sospechar que muchos años después, cuando contemplaba una colección de fotografías anónimas alojadas en Internet, Antiqva habría de reconocer la imagen.



domingo, 4 de octubre de 2009

EL ESTIGMA DEL DIABLO

“Stigma Diaboli” de una bruja fosilizado en piedra.


Cuando corría el año 1695, Ricardo Monzón, agricultor de Montilla, presentó una denuncia ante el Santo Oficio. Acusaba a su vecina Margarita Cuevas de que esta, con magias de brujería, malograba todos los huevos que ponían sus gallinas. Todos ellos, inexplicablemente, cuando se abrían, estaban impregnados de sal. “Excelencia –había dicho Ricardo Monzón al Inquisidor-, por culpa de los hechizos de esa mujer hay en los huevos más sal que en las propias aguas del mar.” Además, habría argumentado nuestro hombre, Margarita mostraba en su pecho uno de esos estigmas con los que el Maligno marca a sus fieles más distinguidos. En efecto, aclaró Ricardo, su vecina tenía tres pezones en el pecho, en lugar de los dos que resultan habituales en las mujeres.

Se dice que los inquisidores admitieron la denuncia, de modo que pronto dieron comienzo los interrogatorios y las torturas que se prolongaron durante casi dos años. Margarita, al cabo, reconocería que todo aquello de lo que era acusada era cierto. Se declaró culpable, por tanto, de que los huevos de las gallinas de su vecino resultaran insoportablemente salados, así como de tener en su pecho, además de los dos habituales pezones, una tercera “tetilla” con la que, sin duda, la había marcado Satanás en el mismo momento de su nacimiento. En aquellos tiempos, el conocimiento científico estaba algo atrasado de modo que a los inquisidores ni siquiera se les pasó por la mente comprobar si los huevos que ponían las embrujadas gallinas estaban realmente salados o no. La bruja, apaleada, había confesado su crimen y eso les bastaba.

Mucho antes de que se hiciera desfilar a Margarita por las calles de Córdoba, camino de la plaza de la Corredera, en el Auto de Fe que se celebró en esta ciudad el 7 de agosto de 1699, las gentes de Montilla supieron que la misma noche en que Ricardo Monzón interpuso la denuncia, su esposa había abandonado el hogar familiar. Parece que su marido nunca supo aclarar porqué sabía que la vecina tenía tres pezones…



Escena familiar de los felinos en reposo.

Señales malignas
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Pronto, en el pueblo, corrió la voz de que el Inquisidor de Córdoba, don Iñigo de Meléndez, tras la confesión de Margarita Cuevas y el mágico suceso de los huevos embrujados, se había desplazado a Montilla guiado por el ánimo de investigar la posible presencia allí de otras brujas. Las gentes lo habían visto acompañado de cierta muchacha de Écija de la que decían que sabía reconocer en el cuerpo de las hechiceras el “Stigma Diaboli”, esa señal que el demonio marca en las gentes descarriadas cuando sus almas entran a su servicio… Pronto un miedo intenso sacudió a las mujeres montillanas.

Poco después, sin embargo, todas ellas pudieron suspirar con alivio contemplando como con ciertas urgencias los hombres del Santo Oficio regresaban a Córdoba. Parece que la noche de antes de la partida, en ausencia de la Luna, cuatro gatos asilvestrados, tres de ellos blancos y el cuarto negro, habían atacado a la muchacha que don Iñigo de Meléndez había contratado, que mostraba ahora en sus delicados pechos, tras los envites gatunos, las marcas de trece de esos diabólicos estigmas.
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domingo, 23 de agosto de 2009

SUEÑO DE MAGIA

Imagen: Antiqva




El hombre estaba soñando…

“Cuentan los que saben de esto que en otro tiempo había vivido en la aldea un hombre al que todos odiaban y temían por igual. Era un secreto a voces que las gentes de Lora de la Sierra sospechaban que el hombre, en las noches, practicaba los tenebrosos rituales propios de la magia negra. Por sus maldades, todos en la aldea le llamaban Seboperro…”

El hombre estaba soñando… Poco antes, su amiga Natacha le había pedido que escribiera un cuento cuyo argumento tenía que estar relacionado con la magia. Si se animaba a hacerlo, le había dicho, debería enviarlo por “e-mail” antes de cierta fecha… Después, ella lo publicaría en un blog colectivo “de cuentos”.

Como tantas otras veces en el mundo real, el hombre, ahora en sueños, había accedido a la petición de su amiga, de modo que su mente había comenzado a dar forma a las primeras líneas de ese relato que le pedía. Casi en el mismo momento de sentir el deseo de escribir el cuento había notado que alguna ley inflexible y oculta se había puesto en marcha en algún remoto lugar. Sentía que “Alguien” había ordenado a los habitantes de cierta aldea desconocida, entre ellos un hombre al que llamaban Seboperro, que acudieran presurosos a la mente del hombre.

El soñador, en su sueño, había comenzado a urdir palabras antes rotas y estaba componiendo lo que habría de ser el arranque del cuento que Natacha le había pedido. Supo pronto, algo atormentado, que el relato habría de narrar sucesos terribles vinculados con la más execrable magia negra. Intuyó igualmente, por que así lo imponían esas leyes ignotas que regulan el nacimiento de los cuentos, que se vería obligado a recrear, en el misterio de una noche sin luna, la muerte violenta de seres inocentes… Tendría luego que describir, también, el fantasmagórico mundo de los démones, esos espíritus desorientados que durante la noche vagabundean por las inmediaciones de las tumbas de los niños que murieron prematuramente o de las jovencitas a las que la muerte arrebató la vida de una manera violenta o inesperada. El hombre, soñando, sentía que Seboperro era alguien que conocía los modos que los seres del mal utilizan para influir sobre los démones, con la pretensión final de lograr, a través de ellos, la materialización de los deseos más funestos.

Sin saber como, supo el hombre que el texto del epitafio de una niña de la que nunca había oído hablar se estaba alojando en su mente. Es sabido que la muerte de un hijo arranca a los padres textos fúnebres de inmensa ternura, textos que usualmente no suelen hallarse en las inscripciones funerarias de los adultos. Todo sugería que se trataba del epitafio de una niña romana. Su forma versificada revestía una forma especialmente bella:



“Consagrada a los Dioses Manes.
Aquí yace Melitina,
de nueve años, seis meses y ocho días.
Aquí está la niña a quien el padre ha de llorar toda su vida
y a quien la madre, apenas desaparecida,
busca de continuo llena de dolor.
Agradecida a las caricias...
era como todos queremos sean nuestros hijos.
El año décimo de su vida la privó del don de la luz.
Quien lea este infortunio maldiga al hado inicuo.
Séate la tierra leve.
Carpophorus, su padre, y Titilicuta, su madre,
dedican este epitafio a su cariñosísima hija.”



El hombre, que sentía la necesidad de maldecir a ese hado inicuo que había privado a Melitina, esa niña romana desconocida, del don de la luz se estaba dando cuenta, siempre soñando, de que la historia que ahora se sentía ardientemente obligado a escribir, estaba tomando forma… Las palabras, antes rotas, iban encajando en su mente. En breve, pensaba, podría enviar a su amiga el cuento mágico que le había solicitado.

Entonces fue cuando sucedió todo… Una mujer, Isis de la Noche, inesperadamente, irrumpió en los sueños del hombre. “Antiqva –le decía-, soy Isis, tu amiga imaginaria… Quiero conocer los mundos de donde vienen los personajes que ahora mismo estás modelando en tu mente. Amigo, siempre quise saberlo. Dime: ¿dónde tienen su existencia los personajes de los cuentos antes de que sus autores los traigan a nuestro mundo? He podido saber, Antiqva, que tu estás ahora mismo en ese lejano reino. Dime como es… Te lo ruego, amigo –prosiguió la mujer- esfuérzate por retener en tu mente, antes de que despiertes del sueño, las singularidades de ese alejado mundo en el que viven los personajes que todavía no han sido creados por sus autores.”

Impresionado por la extraña petición de su amiga, que había roto su sueño, el hombre se despertó sobresaltado. Estaba perplejo… Tras escuchar las palabras de Isis sabía que ya no podría escribir aquel cuento cuyo protagonista era un ser malvado al que las gentes llamaban Seboperro… Alertados por las palabras de la mujer, quizás asustados al temer que algún inmenso secreto pudiera ser descubierto por los humanos, los personajes del cuento habían huido. El hombre había sentido como todos ellos, cruzando palabras que para él resultaban ininteligibles, se habían alejado apresuradamente de su mente.

Supo también el hombre, ya despierto, que el mundo de la razón había vencido al reino de la noche y que todos sus sueños se estaban esfumando de su mente. Sabía que ya no podría escribir ese relato que hablaba de las maldades de Seboperro y de la muerte inesperada de una niña romana. Sabía también, sin embargo, que ahora tendría que dar forma a otro cuento, también de magia, en el que penetraría en los secretos que rodean el mundo de los sueños…

El hombre, las manos en el teclado del ordenador, comenzó de inmediato a escribirlo… Aquella misma mañana lo terminó. Tras leérselo a María, como hacía siempre con sus cuentos, envió el archivo por “e-mail” a sus dos amigas. Parece que el relato comenzaba con las siguientes palabras:

“Cuentan las gentes que saben de estas cosas que en cierta ocasión unos espíritus que vivían en un mundo ignoto, situado más allá incluso de donde tiene su nacimiento el Arco Iris, habían sentido la necesidad ineludible de acudir a la llamada de la mente de un hombre que había manifestado el deseo de escribir cierto cuento que hablaba de cosas mágicas. Dicen algunos que en ese reino desconocido en donde vivían los espíritus, tan alejado de nosotros, es donde se conservarían, custodiados por celosos guardianes, todos los sueños y los recuerdos de los hombres que alguna vez vivieron…”




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jueves, 30 de abril de 2009

EL EXPRESO DEL NORTE





El soldado, somnoliento, no había reparado en las palabras de la joven.

-Eh, soldado, ¿me escuchas?, ¿me puedo sentar? –repitió ella alzando la voz.

El joven uniformado, al oír estas palabras, abandonó su letargo y balbuceó algunas palabras ininteligibles. Quien le hablaba era una muchacha de piel broncínea que le estaba brindando una encantadora sonrisa. Sus ojos verdes le atraparon de inmediato.

-Si, si… claro que si… Ahora mismo retiro este bulto.

Antes, cuando se había sentado en su asiento, el soldado había colocado en la plaza de enfrente –la que ella solicitaba ocupar- su destartalado macuto militar. Todas las semanas, cuando repetía este viaje que le conducía a León, venía haciendo lo mismo, buscando con ello que nadie se sentara en el asiento de enfrente, para viajar así con mayor comodidad. Una vez acomodado, el joven solía escuchar la música que captaba un pequeño transistor hasta que quedaba levemente adormecido.

-¿Escuchando música, eh? –exclamó la muchacha-, así no me oías…

-Si –respondió el soldado sonriendo- suelo sintonizar alguna cadena de música viajo. Resulta más entretenido. Ahora mismo estaba sonando algo de la “Credence”.

-Ah, que gente tan magnífica –afirmó ella-, me encanta su música, siempre tan vibrante.

Mientras contemplaba su continua sonrisa y sus ojos verdes, el soldado fue sintiendo que algo que surgía de esos ojos atravesaba su guerrera y se incrustaba dulcemente pero sin miramientos en su corazón.

Desde hacía varios meses, el soldado realizaba ese mismo viaje todas las semanas en el Expreso del Norte. Llevaba en su macuto pequeñas piezas de repuesto para los fusiles de asalto. Las recogía todos los lunes en el Parque de Artillería de su ciudad y se ocupaba luego de entregarlas en la armería del acuartelamiento de El Ferral del Bernesga, situado en las inmediaciones de León.

La muchacha, de aspecto campesino, tan sugestivamente bella como dotada de simpatía, le dijo que cursaba estudios en León y que ahora, que estaba de vacaciones, había pasado un par de días con una compañera que vivía en un pequeño pueblo de la provincia de Palencia, en donde había subido al tren. Se dirigía a otra pequeña localidad de las montañas de León, donde vivía su familia.

No fue mucho el tiempo que ambos tuvieron para conversar, aproximadamente unos 40 minutos, pero el soldado –en tan corto espacio- tuvo la reiterada certeza de que aquella joven de ojos verdes, bronceada por el sol de los Picos de Europa, estaba conquistando, sin piedad alguna, su corazón.

Fue de súbito cuando la magia del momento quedó interrumpida.

-Oye, soldado –exclamó ella-, pero no te tenías que bajar en León… Hazlo deprisa, que creo que el tren va a ponerse en marcha…

Y es que el joven del uniforme, inmerso en las sonrisas de aquella desconocida ni siquiera había reparado en que el tren llevaba ya un tiempo parado en la estación de León y estaba a punto de proseguir el viaje en dirección al norte.

De manera apresurada, balbuceando un atragantado “adiós”, el soldado corrió buscando la salida del departamento. Cuando la alcanzó tuvo que saltar, ya que el expreso –lentamente- estaba iniciando su marcha. Pegando trompicones se dirigió a la ventana donde la muchacha le estaba despidiendo.

Fue ella la que reparo: “Eh, soldado, que te has dejado este bulto...” Y con indudable esfuerzo le arrojó el macuto por la ventana.

Las personas que transitaban por la estación y que contemplaron la escena no pudieron sino sonreír cuando vieron que el contenido del macuto, al caer este sobre el hormigón del anden, se desparramaba por el suelo y tres bayonetas de mosquetón y más de cien percutores de acero para los fusiles CETME saltaban por los aires brincando en todas las direcciones.

Dominado por el nerviosismo el soldado no pudo siquiera despedirse de la joven.

-¡Adios, Antiqva, a ver si nos vemos otra vez –dijo ella mientras el tren se alejaba. Ya sabes que me encanta la “Credence”.

La joven campesina se llamaba Camino. Estudiaba el primer curso de Veterinaria en la Universidad de León y su familia, según dijo, vivía en un pueblecito leonés de los Picos de Europa. El sol y el aire de la montaña habían dado un bello color a su piel.

El soldado, que tenía entonces dieciocho años, nunca volvió a verla. Todavía no ha olvidado el color verde de sus ojos.




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martes, 10 de marzo de 2009

VENTANAS EN EL TIEMPO



Imagen: Antiqva




“NÚCLEO APOCALÍPTICO”
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“Con el título, rubricado en rojo, “Núcleo Apocalíptico” da comienzo un documento que ha sido descubierto recientemente en el curso de un trabajo de investigación y catalogación de fondos que se ha desarrollado en el Centro de Documentación de Planetas V.I.E (Vida Inteligente Extinguida). Se trata de un texto que nos brinda una información valiosa acerca del modo en que hace milenios se habría extinguido la vida en el planeta XP109R, llamado Tierra, en su día, por los seres que lo habitaron.

Modernos métodos de análisis han permitido que esta crónica sea fechada en el año 585.300 de nuestro calendario (Alfa Centauro), con un error de +/- 1.000 años, datación que vendría a corresponder con el año 2850 (+/- 5 años) del calendario que marcaba la vida de los terrícolas. En el documento, que ha sido sometido a rigurosos controles para verificar su autenticidad técnica, se ha podido contrastar que el tipo de soporte está en consonancia con su supuesta cronología. En él se nos habla de unos acontecimientos que se habrían desarrollado algunos cientos de años antes, en torno al 2050 de los humanos.

Todo parece sugerir que quienes confeccionaron este informe, que en el documento se declaran procedentes de Sirio, habrían tenido acceso a una información “de primera mano” acerca de las circunstancias que habrían motivado la extinción de la vida en XP109R. Parece que esa documentación la habrían encontrado en el interior de un submarino nuclear terrícola que estaba encallado en una de las escasas zonas de ese planeta que en aquel entonces emergían sobre las aguas de sus inmensos mares, en concreto el hallazgo se habría producido en una de las laderas de lo que los humanos llamaron Himalaya. Citado submarino ten …”


NOTA MARGINAL AL DOCUMENTO
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“El documento que hemos reproducido con el título de “Núcleo Apocalíptico”, que se muestra claramente incompleto, está archivado actualmente en la sección de “EXTRAÑOS” de nuestra “Biblioteca de Antiguos Códices Espaciales”. De su análisis se deduce que quienes lo redactaron no pudieron –por algún motivo que desconocemos- terminarlo, de modo que la crónica que habían escrito los viajeros de Sirio acerca del modo en que se extinguió la vida en el planeta Tierra se ha perdido. Es posible que quienes se ocuparon del estudio del documento fueran becarios poco cuidadosos con su trabajo (quizás no se les renovó siquiera su contrato de investigación), de modo que todo sugiere que el valioso documento, el de los seres de Sirio, que los becarios manejaron, posiblemente se haya perdido para siempre.

Parece, en suma, que nunca llegaremos a conocer las causas por las que la vida se extinguió en ese planeta que los humanos llamaron Tierra, algo que a estas alturas, obviamente, tampoco reviste ningún interés especial. No obstante, siempre queda la posibilidad de que alguno de esos becarios, antes de irse del centro de estudio, hubiera decidido robar el documento base, en cuyo caso es posible que algún día pueda de nuevo surgir a la luz.”


AUTORÍA DEL INFORME
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“Nota final para indicar que este informe ha sido confeccionado por XLH2007XXD, Robot Escriba de Segundo Nivel de la sección de “EXTRAÑOS” de la “Biblioteca de Antiguos Códices Espaciales” de Alfa Centauro, en el año 680.300 de nuestro Sistema Solar. No sabemos a que año de los humanos podría corresponder, ya que en estos tiempos modernos ese tipo de conocimiento se ha perdido.”

(En el original figuran varios sellos y algo que simula una firma digital)


NOTA FINAL DEL RECOPILADOR
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Este conjunto de documentos, tan apasionantes como escasamente despejadores de dudas, fueron encontrados por ANTIQVA, un humano que en enero de 2009 (año de la Tierra) los encontró expuestos en un tenderete del “Rastro” de Madrid.

Interesado en su adquisición, cuando expuso las más que razonables dudas sobre la veracidad de los documentos, el vendedor, un hombre “de bronce”, de aspecto agitanado, insistió una y otra vez en que se lo había comprado, junto con otros papeles y objetos, a un tipo de aspecto extraño –literalmente: “un poco verdoso”- al que habría tenido oportunidad de conocer en una tantas “juergas nocturnas”. El tipo, tras haber tomado con evidente delectación varias copas de brandy, habría insistido una y otra vez en que procedía de Ganímedes, lugar que según el gitano broncíneo podría ser, quizás, uno de esos nuevos barrios de Madrid que nadie sabe muy bien donde están situados.

Cuando el que suscribe la presente nota le preguntó a ese tal ANTIQVA como podía explicarse que unos documentos elaborados aparentemente en unos tiempos muy alejados del futuro hubiesen terminado expuestos en un tenderete de gitanos, el tipo lo único que fue capaz de decir fue: “Ay, ya quisiera yo saberlo… Son, sin duda, cosas del futuro y de los gitanos, claro…”

(Sigue una firma ilegible)


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miércoles, 18 de febrero de 2009

DE CUENTOS Y SUEÑOS




"Voces y soledades", un relato publicado por Antiqva en el entrañable "Reino de los Cuentos" que es AUTORES REUNIDOS ha obtenido una muestra de reconocimiento por parte de los príncipes que gobiernan en ese fascinante lugar.
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Quiero aprovechar esta oportunidad, ante todo, para agradecer ese galardón, pero también para felicitar a sus artífices por la magnífica evolución que está manteniendo a lo largo del tiempo este sugestivo espacio literario desde el que periódicamente se hace una convocatoria temática invitando a los autores a que escriban algún relato que se relacione con ella. A modo de ejemplo, Antiqva ha obtenido el galardón cuando el tema a tratar en los cuentos era el del mundo de los sueños.
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Amig@s, no dejéis de visitar esto que Antiqva llama "Reino de los Cuentos". Seguro que los relatos que allí se publican atraerán vuestra atención.
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lunes, 29 de diciembre de 2008

AHMOSIS EN LA TIERRA DEL HORIZONTE




Imagen: Antiqva




El Capitán de los Arqueros Reales Ahmosis, hijo de Ibana, Justo de Voz, dice: Ibana, mi padre, era arquero del rey, y Ahmosis, cuando era todavía joven, fue enrolado en los arqueros reales. A las órdenes de mi Señor participé en las expediciones que se realizaron para liberar el Bajo Egipto de la amenaza de los asiáticos. Ahmosis supo actuar con valentía y sus hazañas corrieron de boca en boca en el Doble País. En esas campañas Ahmosis consiguió las manos de siete enemigos y cuando los asiáticos fueron aniquilados, nuestro Señor, alegre por la valentía de Ahmosis, le concedió el “Oro del Valor” y ordenó que fuese nombrado capitán de su cuerpo de arqueros.

Fue entonces cuando nuestro rey, que alababa la valentía de Ahmosis, le hizo llamar a la Gran Mansión. Me dijo: “Te ordeno que siguiendo la ruta de Elefantina viajes a la tierra de Yam, para abrir la ruta a ese país. Es mi deseo que saludes al rey de Yam y que viajes luego a la tierra de los Habitantes del Horizonte, de donde debes traer una Mujer Belluda y un Hombre-Niño que quiero entregar a mi hijo para que sea feliz contemplándolos. Cumple mis deseos, Ahmosis, y viaja a esas tierras lejanas que están situada al sur, más allá del Alto Egipto.”

Cumpliendo esa orden Ahmosis, al mando de cien arqueros y cien soldados de la caballería real, se alejó de Tebas camino de la tierra de Yam. Tardamos más de siete meses en culminar nuestro viaje, en el que fuimos siguiendo la ruta de los Oasis. Cuando llegamos a Yam supimos que su rey había sido asesinado en una excursión de los Hombres de las Arenas. Viendo que los hombres de Yam estaban llorando por su desgracia Ahmosis, tras saludar al príncipe, salió a la búsqueda de esos criminales que habían ofendido a los dioses de Egipto atacando a un pueblo que nuestro rey consideraba amigo.

Hacía once días que buscábamos a los criminales cuando aquellos hombres sin ley, nos atacaron. Ahmosis ordenó entonces que los arqueros formaran un círculo y la caballería fue colocada en su interior. Pronto, la nube de flechas hizo que desapareciera la luz del sol y los Hombres de las Arenas fueron aniquilados. Cuando los últimos de ellos, inundados por el terror, se ponían en fuga, ordené que se abrieran las líneas de los arqueros y que la caballería saliera en su persecución. Aquel día murieron todos los Hombres de las Arenas. Cortamos todas sus manos, que sumaron un total de trescientas sesenta manos. Capturamos luego a sus ancianos, mujeres y niños. Cuando iniciamos el retorno a Yam llevábamos cincuenta esclavas. Todos los ancianos, los niños y las restantes mujeres de aquel pueblo malvado habían sido abandonados a los chacales.

Fue así como Ahmosis alcanzó su gran victoria sobre los Hombres de las Arenas, que causaban temor en la tierra de Yam y que fueron exterminados por los soldados del rey de Egipto. Entonces, Ahmosis deseó tomar a una de las esclavas que habíamos apresado. Su nombre bárbaro era Gilukhipa pero todos la conocían como la Mujer de los Ojos Ardientes. Ella era la más bella de todas aquellas mujeres. Desde entonces, Gilukhipa, con sus pechos, calentó el cuerpo y el corazón de Ahmosis, que se sintió feliz.

Todo el oro y la plata que habíamos arrebatado a los Hombres de las Arenas y las manos de los vencidos ordené que fueran entregadas al príncipe de Yam, como un gesto amistoso de nuestro rey. Él nos mostró su agradecimiento y ordenó que sus hombres nos ayudaran a capturar aquellos seres especiales con los que el faraón nos había ordenado regresar a Egipto.

Guiados por los hombres de Yam iniciamos el viaje a la tierra de los Habitantes del Horizonte, atravesando lugares en los que ningún hombre egipcio había puesto sus pies… Y llegados a la tierra de los Habitantes del Horizonte, los hombres de Yam nos ayudaron a capturar una de las mujeres belludas. Pronto avistamos, entre los árboles, a un grupo de ellas, pero cuando nos acercamos pudimos comprobar que eran unas mujeres feroces, de terrible apariencia y que estaban dotadas de poderosos colmillos. Gracias a los venenos de las flechas de los hombres de Yam pudimos adormecer a una de ellas que pronto envolvimos en una red de cuerdas. El jefe de los hombres de Yam me dijo que aquella terrible mujer se llamaba, en su lengua, “Gorila”.

No encontramos allí ningún Hombre-Niño pero en el palacio de Yam tenían varios esclavos y el príncipe nos entregó uno de ellos, que se llamaba, según nos dijo “Pigmeo”.

Y fue así como Ahmosis se despidió del principe de Yam e inició el regreso a la Tierra Negra. Volvimos de la tierra de Yam con “Gorila”, “Pigmeo”, las cincuenta esclavas y más de trescientos burros cargados de incienso, ébano, aceites, pieles de pantera, colmillos de elefante y palos arrojadizos, así como todo tipo de bienes y presentes con los que el príncipe, agradecido por haber exterminado a los Hombres de las Arenas, quería mostrar su agradecimiento a nuestro rey. Para entonces, Gilukhipa había conquistado el amor de Ahmosis, que se sentía feliz.

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martes, 26 de agosto de 2008

AMORES








A SENDIEVA, que seguro que reconoce algunos
de los lugares que se citan en el texto




Antiqva, cuando era niño, tuvo un amor platónico, lo que ocurre es que entonces la gente del barrio no sabía quién era Platón y los amigos, cuando veían que Antiqva entraba en éxtasis, se limitaban a decir: “Vaya, ha visto de nuevo a Lucía y otra vez se ha quedado embobado.” Esa expresión infantil, tan certera, y otras de tipo similar, terminaron creando en la confusa mente de Antiqva la idea de que el “amor platónico” debía ser cosa de “bobos”, ya que él, de hecho, cuando se cruzaba marginalmente con aquella niña de cabello rubio y ojos azules, era así como se sentía.

En aquellos tiempos, Antiqva estudiaba en el colegio estatal “Miguel de Cervantes”, en la planta de los niños, en tanto que Lucía lo hacía en un cercano colegio de monjas (las “Hermanas de los Pobres”), lo que hizo que jamás pudiera coincidir con ella en alguna actividad de tipo escolar. Aquello dificultaba de manera notable las posibilidades de encuentro físico. Jugaba, además, en contra de Antiqva el hecho de que los padres de aquella bella criatura la criaban y educaban con extremo celo, de modo que nunca se la veía en la calle, salvo los domingos, en que a la hora del paseo salía con sus padres y hermanos. Aquella familia vivía en una casa bastante grande, de hecho contaba con un patio inmenso en su interior, de modo que era en ese espacio en el que, cuando dejaban abierto el portón de acceso, Antiqva podía ver, desde la calle, “perdida la razón”, como la niña jugaba con alguna de sus amigas.

En alguna ocasión, el niño, invadido por una insufrible tensión, aprovechando que sus amigos, descuidados, entre risas, se habían alejado del lugar, había intentado penetrar en aquel “sagrado” espacio pero lo cierto es que sus intentos de aproximación siempre resultaron vanos. En aquel lugar, apacible en apariencia, habitaba un monstruo de feroz aspecto, el perro “Barbas”, que en cuanto Antiqva atravesaba el portón, al encuentro de su “amada”, salía de algún insospechado rincón y en un contexto de ladridos estrepitosos le ponía en fuga sin miramiento alguno. “No corras, no corras, que es peor… Además, no ves que no muerde…”, exclamaban las niñas, mientras con sus alborotadas risas se unían a los ladridos de la fiera contribuyendo a romper el silencio de la tarde.

De modo que Antiqva, a su pesar, nunca pudo acercarse a menos de quince metros de aquella encantadora criatura que tanta turbación le producía. Comprenderéis, amigos, que con estas explicaciones, uno, de momento, no sea capaz de brindar el tan deseado “final feliz” a esta tan entrañable como ya casi olvidada historia.

No obstante, como cualquier situación es siempre susceptible de empeorar, pasados algunos años, la cosa, incluso, se complicó. Era entonces Antiqva uno de esos jovencitos “asimétricos” que no parecían gozar de demasiado “sex appeal” entre sus amigas, algo que posteriormente, muchos años después, habría de ser acreditado gracias a unos rigurosos estudios que expertos británicos de la Universidad de Brunel habrían de publicar en la prestigiosa “Proceedings of National Academy of Science”.

Ese acontecimiento que agravaría de manera irreversible esas “ansias amatorias” de Antiqva hacia aquella vecinita tan bella como insondable tuvo lugar en una de las sesiones de baile que se celebraban en el barrio con motivo de la verbena popular que todos los años se montaba en el mes de julio en el cercano Paseo de Farnesio. Aquella tarde, nuestro jovencito había acudido a la verbena, acompañado de un grupo de amigos, algunos todavía residuales de aquellos tiempos en que él se había mostrado con frecuencia “embobado” al contemplar los encantos de su idealizada ninfa, y resultó que allí estaba Lucía, en medio de otro grupo de amigas, y nuestro joven lo tuvo claro: “Esta es la ocasión –pensó- no puedo dejar pasar esta oportunidad, la tengo que sacar a bailar como sea, ahora que no está por aquí ese maldito perro.”

Y Antiqva, sin dudarlo, se acercó al grupo de jovencitas con la decisión tomada de conseguir aquella tarde, como fuese, bailar con la niña, que por cierto “lucía” angelical con el adorno de sus bellísimos rizos dorados. Llegó nuestro joven al grupo y en el momento en que, nervioso, estaba saludando cortésmente a las muchachas pasó algo inesperado que habría de destrozar, sin miramientos, los planes que se había trazado:

“¡Antiqva…! –escuchó decir a otra jovencita de aspecto igualmente angelical, que le regalaba una sonrisa bellísima- ¡qué alegría verte por aquí…! ¡Vamos a bailar un poco…!”

Aquel otro ángel se llamaba María.




miércoles, 18 de junio de 2008

VOCES Y SOLEDADES

Cathleen Toelke




El hombre, aquella noche, se había despertado sobresaltado. Una voz, que quien sabe de donde procedía, le había dicho –de súbito- que: “el coronel sigue esperando”.

El hombre, algo aturdido, se había alzado a medias en la cama y alargando el brazo había tomado una botella de agua y bebido un par de sorbos. Aquello había terminado de despertarlo. Se sentía intranquilo. A pesar del brusco despertar no era consciente de que antes hubiera estado soñando. Cuando uno se despierta de golpe y está soñando, suele recordar el sueño, pero él no recordaba nada. Todo sugería que bruscamente, sin introducciones previas, alguien se había metido en su mente y le había grabado “a fuego” aquella enigmática frase: “el coronel sigue esperando…”

Desvelado, sin hacer ruido para no despertar a la mujer, el hombre se levantó y se encaminó al salón de la casa. Torpemente comenzó a rebuscar en su desordenada biblioteca. Al cabo de un rato terminó encontrando aquella edición de 1982 de una novela tremendamente sugestiva, que en sus años de joven maduro le había cautivado:

“El coronel –comenzaba aquel libro cuyas páginas amarillentas acusaban ya el paso de los años- destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta y seis años –desde cuanto terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporó para recibir la taza.

-Y tú –dijo.

-Ya tomé –mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande.

En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidado del entierro. Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto.

-Nació en 1922 –dijo-. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril…”

Cuando terminó de leer las primeras páginas de aquella novela que hablaba de las soledades de un viejo coronel, el hombre –cerrando el libro- cerró también sus ojos. Recostado en la butaca, en la dormivela que acompaña a las madrugadas, intentaba encontrar alguna explicación a aquellas enigmáticas palabras que alguien le había dictado poco antes.

Estuvo así durante un tiempo cuya duración le resultaría imposible cuantificar. No fue capaz de encontrar ninguna explicación.

Volvió a abrir los ojos un par de horas después cuando escuchó que la mujer, que se había levantado, se acercaba por el pasillo. Mientras la miraba, escuchó como ella, sonriente, le decía:

-Vaya, he tenido un sueño encantador. Me habías hecho un rico café “de puchero”, de esos que ya nadie hace, y me lo habías llevado a la cama. Que bonito detalle, por tu parte. Pero claro, proseguía, solo era un sueño…

El hombre, mientras esbozaba una sonrisa tan complaciente como aturdida a su esposa, sentía –como el viejo coronel de la novela- esa extraña sensación de que algunos animales se estaban desarrollando en sus tripas. Esa voz del más allá, que quien sabe de donde venía y porqué lo hacía, también había sido escuchada por la mujer, si bien ella no había llegado a tomar conciencia clara.

La intranquilidad del hombre ante aquel doble aviso inesperado aumentó en un primer momento. No encontraba ninguna explicación a aquellas palabras, que se habían grabado en su mente utilizando medios que rompían las leyes usuales de la Psicología. Pronto, sin embargo, cuando habían pasado solamente unos minutos, ese sentimiento de temor ante lo desconocido se desvaneció. A través de un golpe de intuición, su mente, al fin, le había brindado una respuesta al enigma. Sentía, en efecto, que su alma le estaba diciendo que tenía que esforzarse por trasladar “a la vida cotidiana”, como en sus años de jóvenes, el amor intenso que sentía por aquella mujer, con la que había terminado, incluso, compartiendo los sueños.

Con los ojos levemente humedecidos, pero feliz, consciente de que tenía que esforzarse por trasladar lo que era obvio a las relaciones diarias, el hombre se levantó de la butaca y se encaminó a la cocina, en donde comenzó a trastear en los cajones de los armarios.

-¿Qué haces? –le dijo ella sorprendida.

-Busco un puchero, cariño, busco un puchero… –respondió él sonriendo.



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