Recuerdo que mi abuelo me advertía constantemente que bajo ningún concepto debía acercarme al pozo. Tal era su obsesión que tampoco me permitía hacerlo cuando él estaba presente. Aunque siempre supo que en el fondo mi curiosidad era grande y que tarde o temprano acabaría mirando para descubrir por qué tanto misterio. Por eso se inventó lo del fantasma del niño que cayó un día al interior y que agarraba por la camisa a todos los que osaban asomarse al agujero. Sé que fue un invento porque en todos los años que llevo aquí dentro nunca he visto a ningún niño. Y como no quise que las indicaciones del abuelo cayeran en saco roto, desde ese día me dedico a asustar a todos los que se atreven a acercarse al brocal.
Diego Marín Galisteo - El vigía