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miércoles, 17 de febrero de 2016

Esa manera de mirar y escuchar





Esa especial sensibilidad para captar las emociones de la gente, esa manera de mirar y escuchar, todo eso la llevó a su profesión: fotógrafa. Mirar la vida a través de una lente la acerca a la realidad, la ve al detalle, pero también la aumenta, la magnifica. En el fondo, es lo que ella hace de manera innata.

Mónica Carrillo – La luz de Candela





domingo, 31 de enero de 2016

Un retrato callejero





Dirigía su objetivo hacia el interior de los rostros. Su cámara atrapaba la emoción y la retenía dentro.

Susana Fortes – Esperando a Robert Capa





jueves, 21 de enero de 2016

Retrato andalusí





En realidad, comencé a hacer retratos porque me permite acercarme tanto al protagonista que incluso llego a estar dentro de él. Y es curioso porque al mismo tiempo guardo una distancia de seguridad prudencial desde la que puedo hacer lo que quiero. Estoy ausente. Y esa es la libertad absoluta.

Mónica Carrillo – La luz de Candela





domingo, 22 de noviembre de 2015

Miradas





Su expresión fue cambiando igual que cuando el sol sale de detrás de una nube; no es que ahora sonriera, es que la sonrisa pasó a habitarla por dentro, a ocupar todos los rasgos de su cara, no solo la comisura de los labios, sino también sus ojos, su manera de mirar de pronto hacia el techo como si la pluma de un ángel revoloteara por allí.

Susana Fortes – Esperando a Robert Capa





domingo, 1 de noviembre de 2015

La mujer oriental





Con Shiori, el tiempo siempre se distorsionaba de una manera extraña. Esto se debía a que su rostro era muy dulce, pero sus ojos rasgados estaban cubiertos por un oscuro velo, como una luna azul.

Banana Yoshimoto – Sueño profundo





domingo, 6 de septiembre de 2015

Retrato





Menos que su rostro me impresionó su aire de tranquilo misterio.

Jorge Luis Borges – El libro de arena





jueves, 26 de febrero de 2015

Caperucita en el palacio





Este domingo pasado el Lobo me invitó a visitar la casa palaciega en la que vive la abuela de Caperucita (eso de que malvive, abandonada por todos, en una casita en medio del bosque es un puro cuento). Después del almuerzo la abuelita y él decidieron echarse a dormir la siesta. A fin de cuentas ya tienen cierta edad y se les veía cansados después de haberme enseñado las cincuenta y tres habitaciones del palacio y los catorce cuartos de baño. Fue entonces, cuando yo, para distraerme, hacía fotos en el salón del baile, cuando llegó Caperucita, cogida del brazo de un guapísimo cazador. Menuda se lió cuando ella escuchó los aullidos del Lobo y los gemidos de su abuelita.





domingo, 22 de febrero de 2015

La mirada





Mis padres se pasaron la vida pensando en el día de mañana. Tú piensa en el día de mañana; tú ahorra para el día de mañana, me decían. Pero el día de mañana no llegaba. Pasaban los meses y los años y el día de mañana no llegaba.

Hoy, de hecho, mis padres ya están muertos y el día de mañana aún no ha llegado.

Julio Llamazares – El día de mañana





viernes, 13 de febrero de 2015

Muchas veces sueña





Confiesa que muchas veces sueña que es niña otra vez, que está amasando pan a su lado, que su abuelo y ella extienden la masa sobre una encimera de piedra, y le fascina la sensación de los dedos deslizándose sobre la masa. En sus sueños, dice, no quieren comer el pan, quieren darle forma, tomar la materia entre las manos y lograr que se convierta en una hogaza redonda e impecable, que el calor volverá crujiente por fuera y esponjosa por dentro. Asegura que el pan de su sueño es idéntico al de su infancia. Y que nunca ha vuelto a ver pan como el de entonces, casi espiritual, conmovedor, un alimento cuyo aroma parecía prometer la prosperidad eterna…

Mario Cuenca Sandoval – Los hemisferios





miércoles, 11 de febrero de 2015

Tiempo de carnaval






A su hijo, Don Cándido Baskardo Lapaza del Divino Cuerpo del Redentor, lo empezaron a llamar de Don desde la cuna. Era un niño ceniciento que miraba a distancia y que nunca aprendió a jugar porque creció vigilado por un ejército de criados de polainas rojas y criadas de pechos aplastados bajo almidones por prescripción de la condesa, y por otros ejércitos de profesores particulares que eran desinfectados en la puerta. A los diez años lo enviaron a Inglaterra y a los quince volvió convertido en lord. Cuando su mayordomo se asomaba a la playa haciendo sonar una campañilla, el pueblo la desalojaba y lo veía llegar escoltado por una guardia personal con uniforme de húsar y tomar un baño vertical. Todo lo que supo de las cosas del mundo lo supo a través de un equipo de jesuitas que instaló en el palacio una dependencia universitaria. Aprendió de memoria los nombres de todas las dinastías y de todos los reyes habidos desde el Diluvio; se convirtió en una autoridad en glorias imperiales, en virreyes, en evangelistas, en conspiraciones, en colonias de indios y de negros, en códigos de esclavitud, en batallas de exterminio y en Cruzadas, pero nunca hizo el servicio militar y moriría creyendo que la Historia se cerró horas antes de la Revolución Francesa.


Ramiro Pinilla – Los cuentos





lunes, 24 de noviembre de 2014

El hombre inmóvil





Cuando se despertó, el hombre inmóvil se sintió confuso. No entendía lo que estaba pasando. No comprendía porqué no estaba en su cama, que es donde debía estar, sino en uno de los paseos del Parque Central de su ciudad. Se veía subido en un pedestal, vestía una extraña casaca y estaba todo él, salvo los ojos y los labios, repintado de purpurina. ¿Qué le estaba pasando? Solo unos instantes después tomó conciencia de que estaba pidiendo una limosna a los turistas que paseaban indolentes a su lado. Quiso entonces bajarse pero se dio cuenta de que no podía moverse. Algo lo tenía inmovilizado. “Quizás, se dijo, solo tenga que esperar a que alguien me eche una moneda. Entonces, recuperaré mis movimientos, escaparé de un salto y volveré a casa.” Con sus ojos, que era la única parte de su cuerpo que podía mover, echó un vistazo a la gorra que estaba expuesta en el suelo. Calculó que había unas quince monedas. Unos doce euros. Suficiente para tomar un taxi y huir de allí tan pronto como al tintineo de una nueva moneda le devolviera los movimientos. Pero eso no sucedió. Los turistas pasaban a su lado pero ni siquiera lo miraban. Parecía que no veían al hombre inmóvil. Era como si él no estuviera allí y este pensamiento hacía que se sintiera cada vez más angustiado. A pesar de que lo intentaba una y otra vez era incapaz de moverse. Estaba anocheciendo y nadie mostraba interés en él. Las horas pasaban y el hombre inmóvil estaba más angustiado a cada instante. Sus enrojecidos ojos mostraban el temor que lo embargaba.

A las once y media de la noche, cuando ya nadie paseaba por el parque, las luces se apagaron y todo quedó sumido en la oscuridad. Para entonces, sus ojos lloraban. Si hubiera podido hablar, habría chillado hasta enronquecer pero no podía hacerlo. El hombre inmóvil estaba solo. El mundo se había desentendido de él.

A eso de las cuatro de la madrugada, cuando estaba exhausto, fue cuando tomó conciencia de que lo que estaba viviendo no podía ser real. En un instante, pleno de gozo, su mente pareció despertar y descubrió al fin que todo tenía que ser una pura fantasía. Lo que sucedía, sin duda, era que él seguía durmiendo. Estaba, simplemente, soñando. Eso es lo que pasaba, todo era una pesadilla, y se sintió feliz ante esa esperanza. “Tengo que despertar, pensó. Todo es un sueño, solo es un mal sueño.” Pero no pudo hacerlo. El hombre inmóvil, por más que lo intentó, no pudo despertar. Y lo que él pensaba que era una pesadilla prosiguió.

Sus ojos solo se abrieron, al fin, a las 6.30 de la mañana, cuando, como todos los días, mecánicamente puntual, el reloj le sobresaltó con su chirriante sonido.





miércoles, 19 de noviembre de 2014

Un vacío indiferente





La gente grita que quiere crear un futuro mejor, pero eso no es verdad. El futuro es un vacío indiferente que no le interesa a nadie, mientras que el pasado está lleno de vida y su rostro nos excita, nos irrita, nos ofende y por eso queremos destruirlo o retocarlo. Los hombres quieren ser dueños del futuro sólo para poder cambiar el pasado. Luchan por entrar al laboratorio en el que se retocan las fotografías y se reescriben las biografías y la historia…


Milán Kundera – El libro de la risa y del olvido





viernes, 29 de agosto de 2014

De los goces del Paraíso





Los pobres de espíritu y los ascetas están excluidos de los goces del Paraíso porque no los comprenderían.


Jorge Luis Borges – El libro de los Seres Imaginarios





lunes, 25 de agosto de 2014

Miradas





En los ojos de la gente puede verse lo que verán, no lo que han visto.


Alessandro Baricco – Novecento





martes, 22 de julio de 2014

Soledades





Porque la característica esencial de lo que llamamos locura es la soledad, pero una soledad monumental. Una soledad tan grande que no cabe dentro de la palabra soledad y que uno no puede ni llegar a imaginar si no ha estado ahí. Es sentir que te has desconectado del mundo, que no te van a poder entender, que no tienes palabras para expresarte…

Rosa Montero – La ridícula idea de no volver a verte





jueves, 12 de junio de 2014

Alegoría de Hispania





Este retrato escultórico de mujer que se exhibe en el Museo Arqueológico de Sevilla, procede de las excavaciones que se realizaron en Munigua, actual Villanueva del Río y Minas.

Se ha sugerido que podría tratarse de una representación de la ninfa Hispania.

Es mi obra preferida del museo sevillano (y eso que se exhiben en él muchas piezas magníficas procedentes de Italica).





miércoles, 28 de mayo de 2014

Retrato en rojo





-¡Cójela, coje la rosa!
-¡Que no, que es el sol!

La rosa de llama,
la rosa de oro,
la rosa ideal.

-¡Que no, que es el sol!

-La rosa de gloria,
la rosa de sueño,
la rosa final.

-¡Que no, que es el sol!

¡Cójela, coje la rosa!


Juan Ramón Jiménez, Rosa última





jueves, 24 de abril de 2014

Sueños





Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños»."


Gabriel García Márquez - Ojos de perro azul





domingo, 13 de abril de 2014

La mujer de Oriente





Hervé Joncour esperó durante un par de horas. Después lo acompañaron por un largo pasillo hasta la última puerta. La abrió y entró.

Madame Blanche estaba sentada en una gran butaca, junto a la ventana. Vestía un kimono de tela ligera completamente blanco. En los dedos, como si fueran anillos, llevaba unas pequeñas flores de color azul intenso. El cabello negro, reluciente; el rostro oriental, perfecto.

-¿Qué os hace pensar que sois lo suficientemente rico como para acostaros conmigo?

Hervé Joncour permaneció de pie, frente a ella, con el sombrero en la mano.

-Necesito que me hagáis un favor. No me importa el precio.

Después sacó del bolsillo interior de la chaqueta una pequeña hoja de papel, doblada en cuatro, y se la tendió.

-Tengo que saber qué es lo que hay escrito.

Madame Blanche no se movió ni un milímetro. Tenía los labios entrecerrados, parecían la prehistoria de una sonrisa.

-Os lo ruego, madame.

No había ningún motivo en el mundo para que lo hiciera. Sin embargo, cogió la hoja de papel, la abrió, la miró. Levantó los ojos hacia Hervé Joncour, volvió a bajarlos. Dobló de nuevo la hoja, lentamente. Cuando se adelantó para devolvérselo, el kimono se le entreabrió apenas, a la altura del pecho. Hervé Joncour vio que no llevaba nada debajo, y que su piel era joven y de un blanco inmaculado.

-Regresad o moriré.

Lo dijo con voz fría, mirando a Hervé Joncour a los ojos y sin dejar escapar el menor gesto.

-Regresad o moriré.

Hervé Joncour volvió a meter el papel en el bolsillo interior de la chaqueta.

-Gracias.

Esbozó una pequeña reverencia, después se dio la vuelta, se dirigió hacia la puerta y quiso dejar algunos billetes en la mesa.

-Dejadlo estar.

Hervé Joncour dudó un instante.

-No hablo del dinero. Hablo de esa mujer. Dejadlo estar. No morirá y vos lo sabéis.

Sin volverse, Hervé Joncour depositó los billetes en la mesa, abrió la puerta y se marchó.


Alessandro Baricco - Seda