
A su hijo, Don Cándido Baskardo Lapaza del Divino Cuerpo del Redentor, lo empezaron a llamar de Don desde la cuna. Era un niño ceniciento que miraba a distancia y que nunca aprendió a jugar porque creció vigilado por un ejército de criados de polainas rojas y criadas de pechos aplastados bajo almidones por prescripción de la condesa, y por otros ejércitos de profesores particulares que eran desinfectados en la puerta. A los diez años lo enviaron a Inglaterra y a los quince volvió convertido en lord. Cuando su mayordomo se asomaba a la playa haciendo sonar una campañilla, el pueblo la desalojaba y lo veía llegar escoltado por una guardia personal con uniforme de húsar y tomar un baño vertical. Todo lo que supo de las cosas del mundo lo supo a través de un equipo de jesuitas que instaló en el palacio una dependencia universitaria. Aprendió de memoria los nombres de todas las dinastías y de todos los reyes habidos desde el Diluvio; se convirtió en una autoridad en glorias imperiales, en virreyes, en evangelistas, en conspiraciones, en colonias de indios y de negros, en códigos de esclavitud, en batallas de exterminio y en Cruzadas, pero nunca hizo el servicio militar y moriría creyendo que la Historia se cerró horas antes de la Revolución Francesa.
Ramiro Pinilla – Los cuentos