Pasó el resto de la tarde descansando. Comió a su antojo y bebió tanta leche como les pudo sacar a las cabras. Dormitó sobre los serones y, antes de que se hiciera de noche por completo, cargó el burro, deshizo el redil y reemprendieron la marcha. Anduvieron bajo la luna por los caminos llanos y vacíos que conducían al norte. La Estrella Polar servía como guía. A veces se desviaban del rumbo pero, tarde o temprano, siempre encontraban un sendero que les volvía a dirigir hacia su destino.
Una mañana, mientras descansaba entre las paredes de una vieja casa para peones camineros, escuchó el tamborileo de la lluvia sobre una chapa caída. Bajo el dintel desportillado asistió al insólito espectáculo que se desarrollaba sobre la Tierra. El cielo repleto de nubes grises en medio de la mañana y una luz trasparente que perfilaba los objetos, otorgándoles una nitidez que no recordaba. Las gotas gruesas que se partían contra el suelo polvoriento y que no penetraban en él. Entró en la casa y salió de nuevo con la orza bajo el brazo. Caminó unos metros frente a la fachada y dejó el recipiente en el suelo. Luego volvió a la puerta y allí permaneció mientras duró la lluvia, mirando como Dios aflojaba por un rato las tuercas de su tormento.
Jesús Carrasco – Intemperie
- Esta fotografía la hice en Sierra Morena, en el Parque Natural de Hornachuelos. Se trata de una florecilla natural que crecía al borde de un sendero. Desconozco su nombre.