Dios también vio a su hijo desangrarse en un madero y asistió a su tortura como ningún padre lo hubiera hecho. “Tendrás un lugar junto a mí en el Cielo”, le susurró con las garras de pontífices y escribas ya enganchadas en sus talones. Pero, entre el prendimiento y el Calvario, el Hijo tuvo tiempo de ver malograrse la esperanza. El Padre no estaba allí…
Jesús Carrasco – La tierra que pisamos



















