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miércoles, 9 de diciembre de 2015

Fantasmas





-Quieres que te cuente un secreto? No pude responderle tampoco a estas palabras, pero naturalmente que quería conocer su secreto. Ella, que debió de leer tal deseo en mis ojos, continuó: -Mi hermana no es como los demás. Pero júrame que no le contarás a nadie lo que te voy a decir. ¡Anda! ¡Júramelo! Y esperó hasta que yo hice ante ella un solemne juramento. –Por las noches –continuó- los ojos de Bene se convierten en otra cosa. Yo los he visto y me parece que se hacen de cristal. Pero es un cristal de otro mundo. Con ellos lo puede ver todo, hasta las cosas invisibles. Me lo ha dicho ella, ¿sabes? Y también me dijo que, algunas veces, ve cosas de las que no se puede hablar. -¿Tú has estado con ella cuando le pasa eso? –Sólo una vez. Y me dio tanto miedo que salí corriendo por el campo hasta el río y allí me quedé toda la noche. -¿Y yo, puedo verla así también? –Me parece que no. Sólo deja que la vean de esa forma los hombres, y yo, porque soy su hermana.

Adelaida García Morales – Bene


- Imagen tomada a pulso en el puerto de Málaga en ese tiempo que llaman "la hora azul".





lunes, 26 de octubre de 2015

Otoño en Santorini






Por la ventana, encima de la mesa, entraba la tarde madura, y sin embargo adolescente, del otoño. El cielo, de un azul sin mancha, se alzaba falto de gravidez… Se oyó una risa de niño, el ruido de un mueble ligero al caer, otra risa, las voces de una mujer en mitad de la tarde, tersa como la piel de una manzana…


Antonio Gala – El imposible olvido





sábado, 3 de octubre de 2015

De las locuras





-Es posible que no esté loco del todo –dijo la señorita C.-, pero es un poeta, lo que viene a ser lo mismo.





sábado, 12 de septiembre de 2015

Soledades





Todo en el mundo está dividido en dos partes, de las cuales una es visible y la otra invisible. Aquello visible no es sino el reflejo de lo invisible.

Jorge Luis Borges – Libro de sueños





martes, 1 de septiembre de 2015

Seres del mar





En el siglo VI, una Sirena fue capturada y bautizada en el norte de Gales, y figuró como una santa en ciertos almanaques antiguos, bajo el nombre de Murgen.

Jorge Luis Borges – El libro de los Seres imaginarios





viernes, 21 de agosto de 2015

Esperando en Santorini





Ella le preguntó qué había del otro lado del mar, y él le contestó: “El mundo”.

Gabriel García Márquez – Del amor y otros demonios





miércoles, 12 de agosto de 2015

La emoción de las cosas





Solo recuerdo la emoción de las cosas,
y se me olvida todo lo demás;
muchas son las lagunas de mi memoria.

Antonio Machado – Los complementarios





sábado, 8 de agosto de 2015

La imagen del tiempo





Siempre compartí la idea de que Dios es tiempo, o, al menos, de que Su espíritu lo es… En todo caso, siempre pensé que si el Espíritu de Dios aleteaba sobre la superficie de las aguas, las aguas debían de reflejarlo. De ahí mis sentimientos hacia las aguas, sus oscilaciones, sus pliegues, sus ondas y –soy septentrional- su grisura. Sencillamente, creo que el agua es la imagen del tiempo.

Joseph Brodsky – Marca de agua





viernes, 24 de julio de 2015

martes, 21 de julio de 2015

A la orilla del mar





A la orilla del mar, donde la espuma sueña
tibia sobre la arena, vagan dejos de amores
y penas, pero la noche amargamente sabe
curar heridas viejas a las almas cansadas…

Luis Cernuda – Resaca en Sansueña


-Esta imagen la hice cuando estaba empezando a atardecer en la playa de Somo, en Cantabria. Hacía un fuerte viento.





viernes, 17 de julio de 2015

Las palabras del mar





Le hablaba ella del mar y eran sus palabras, que le llegaban a él envueltas en el rumor no lejano de las olas, como la letra vaga de un canto de cuna para el alma.

Miguel de Unamuno – La tía Tula





viernes, 29 de mayo de 2015

La luz de Venecia





Eran las siete y media de la mañana. Una mañana de mayo ya firme y muy diáfana. El barco iba a navegar, en consecuencia, por el canal de San Marco y el de la Giudecca. Para mostrarnos la primera imagen, la más teatral y lograda de Venecia. Volvíamos de las islas del Dodecaneso. Ahí acababa el viaje. El barco entraba ya por el puerto del Lido. Los islotes, la vegetación, las torres, todo hermoso. Más que nada la luz… Pero yo supe que todo también era una trampa.

Antonio Gala – Los papeles del agua




martes, 26 de mayo de 2015

miércoles, 3 de diciembre de 2014

Atardecer en el mar





Muchas veces, cuando yo volvía a casa –una hora, media hora después de haber cenado todos-, se me amonestaba porque volvía tarde. Yo creo haber dicho en otra parte que en los pueblos sobran las horas, que hay en ellos ratos interminables en que no se sabe qué hacer, y que, sin embargo, siempre es tarde. ¿Por qué es tarde? ¿Para qué es tarde? ¿Qué empresa vamos a realizar que exige de nosotros esta rigurosa contabilidad de los minutos? ¿Qué destino secreto pesa sobre nosotros que nos hace desgranar uno a uno los instantes en estos pueblos estáticos y grises? Yo no lo sé; pero yo os digo que esta idea de que siempre es tarde es la idea fundamental de mi vida; no sonriáis…

Azorín – Las confesiones de un pequeño filósofo





martes, 11 de noviembre de 2014

El hombre que inventaba sueños





Ese mismo día decidí inventar sueños, y el primero estaba ocupado por un mar tan hermoso que sólo tenía parecido con el ala de un arcángel coránico.

Rafael Pérez Estrada - El sueño del mar





viernes, 7 de noviembre de 2014

El extranjero





-Di, hombre enigmático, ¿a quién quieres más? ¿A tu padre, a tu madre, a tu hermana o a tu hermano?

-Yo no tengo padre, ni madre, ni hermana, ni hermano.

-¿A tus amigos?

-Utilizáis una palabra cuyo sentido todavía no conozco.

-¿Tu patria?

-Ignoro en qué latitud está situada.

-¿La belleza?

-La amaría gustoso, diosa e inmortal.

-¿El oro?

-Lo odio como tú odias a Dios.

-Entonces, ¿qué es lo que amas tú, extraordinario extranjero?

-¡Yo amo las nubes… las nubes que pasan… por allí… por allí… las maravillosas nubes!


Charles Baudelaire – El extranjero




martes, 28 de octubre de 2014

Café Classico de Santorini






De repente intentó aprender la Ligereza, maravillosa virtud existencial que consiste en saber vivir el presente con plenitud serena…


Rosa Montero – La ridícula idea de no volver a verte





miércoles, 8 de octubre de 2014

La mujer que amó a Aquiles





Todos piensan que Briseida ama a Aquiles, pero solo yo conozco la verdad.

La mujer le había correspondido al héroe como botín de guerra después de que este matase al troyano Brises, su padre. Briseida, sacerdotisa del templo de Apolo, se había visto así convertida en esclava y después amante de esa fiera a la que llaman Aquiles. Eso es lo que creen todos.

Cuentan las gentes que el espíritu de Brises, enloquecido de dolor en el Hades al conocer el estado de servidumbre de su hija, había rogado a los dioses que tuvieran clemencia de sus padecimientos y obligaran a Aquiles a liberarla. Habría sido así como Apolo, compadecido, se personó ante Agamenón, el Rey de los Reyes helenos, y lo amenazó con una peste que diezmaría su ejército si Briseida no era liberada. Agamenón, viendo como sus hombres morían, ordenó a Aquiles que devolviera la mujer a su madre.

Forzado a perder a su amante, el héroe, encolerizado, hizo saber a todos que él y sus mirmidones iban a retornar a las tierras de Grecia. No iba a seguir guerreando para alguien que había arrancado de sus brazos a la mujer que amaba. Antes del regreso, no obstante, Aquiles clamó ante la Nereida Tetis, su madre, a la que suplicó que mediara ante los dioses para que le devolvieran a su esclava, a la que amaba con esa pasión que solo es propia de los guerreros:

-“Tú, madre –habló Aquiles-, socorre si puedes a tu buen hijo; ve al Olimpo y suplica a Zeus por mi si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras.”

La Nereida, que había sido amada por Zeus en otros tiempos, fue escuchada por el dios, y Briseida, en la noche, dejó atrás las murallas troyanas y regresó a los brazos de Aquiles. Quienes la vieron dirigirse al campamento heleno dijeron que tras haber conocido el fuego del amor no quería renunciar a esa pasión. Apolo, antes, la había liberado de Aquiles pero era ahora Zeus quien permitía que la mujer retornara a su servidumbre.

-¡Ay de mi –exclamó Briseida cuando estuvo en presencia de Aquiles-, que ni siquiera pude besarte cuando, siguiendo el mandato de Apolo, tuve que partir para dejarte. Entonces solo pude derramar lagrimas sin fin y desgarrarme los cabellos, pero ahora, amado mío, regreso a ti y no lo hago como una esposa que retorna a los brazos de su marido sino como una esclava que vuelve a su amo. Prometo, Aquiles, serte sumisa, y te suplico que abandones tu idea de regresar a Grecia, como se que pensabas hacer al sentirte agraviado por tu rey. Debes quedarte en estas costas troyanas y amarme de nuevo como antes lo hiciste. Vuelve, Aquiles, a guerrear con los troyanos y no dejes que el orgullo y la ira te posean. Podrás, así, también volver a mí y amarme.

Tetis, tan pronto como supo que Aquiles se iba a incorporar a la guerra, no lo dudó: pidió a Hefesto, el gran herrero, que fabricase para su hijo la mejor armadura que jamás hubiera sido hecha. Dicen que a cambio le prometió varias noches de amor, promesa que luego nunca cumplió. Hefesto creó la armadura con los mejores bronces, pero conocedor de que ella lo engañaría, a fin de cuentas es un dios y lo sabe todo, nunca terminó la parte que habría de cubrir los pies del héroe.

Ahora, todos recriminan a Briseida su traición a la causa troyana. No entienden que abandonando a los suyos se haya entregado a los abrazos del monstruo que mató a su padre. Solo yo, Paris, se que todo es una estratagema. Sé que su amor por el héroe heleno es pura falsedad y que Briseida solo me ama a mí. Solo nosotros sabemos que hace ya muchos meses que abandoné a Helena, la mujer que traje a Troya y que ha causado la ruina de esta ciudad, que ahora veo como está siendo consumida por las llamas, tras la pérfida estratagema del caballo ideada por Ulises.

Ahora, cuando todos están muriendo, solo nosotros sabemos donde hemos de encontrarnos. Briseida acudirá a donde ella sabe, y tras sus pasos vendrá Aquiles que confiado en su amor no sabe que lo estoy esperando con mi arco y que mi flecha, que tengo que dirigir a su talón, le causará esa muerte que las Moiras le profetizaron al nacer.

Pero, esperad… Briseida, corriendo, se está acercando a mi. Debo tensar bien mi arco. Aquiles, como esperábamos, corre tras ella. No sabe que su vida ha llegado a su fin. La venganza de Briseida está a punto de ser consumada. Después, huiremos por los subterráneos que unen Troya con la costa y abandonaremos esta ciudad que se consume en el fuego. Sabemos que atravesando el mar habremos de alcanzar playas ignoradas por los hombres y que será en ellas, en la Isla de los Pájaros, en unas nuevas tierras, en donde podremos vivir, al fin, nuestro amor.





martes, 30 de septiembre de 2014

Diego y el mar





Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadioff, lo llevó a descubrirla. Viajaron al sur. Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño se quedó mudo de hermosura. Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre: “Ayúdame a mirar.”

Eduardo Galeano – El libro de los abrazos





martes, 23 de septiembre de 2014

La dama del perrito





Había corrido la especie de que en el malecón había aparecido un personaje nuevo: una dama con un perrito. Dmitri Dmítrich Gúrov, que llevaba ya dos semanas en Yalta y había adquirido las costumbres del lugar, también había empezado a interesarse por las caras nuevas. Sentado en la terraza del Vernet, vio pasar por el malecón a una joven dama, rubia y de pequeña talla, tocada con una boina; tras ella correteaba un lulú blanco de Pomerania. Más tarde se la encontró varias veces en los jardines de la ciudad y en la glorieta. Paseaba sola, siempre con la misma boina y su lulú blanco; nadie sabía quien era y la llamaban simplemente así: la dama del perrito. “Si está aquí sin su marido y sin amigos, se decía Gúrov, no estaría mal trabar conocimiento con ella.”

Anton Chejov – La dama de perrito