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lunes, 16 de marzo de 2015

De los artificios





Le gustaba mirarlo todo desde lejos, las cosas inmóviles, el tránsito de la luz en los vidrios de la cúpula, y sin que nadie notara su presencia –era tan sigilosa y delgada que sólo un oído muy atento, y ya avisado, podía descubrirla- reclinaba en el cristal la nariz y la frente y dibujaba líneas o palabras en el vaho de su aliento, regresada a un tiempo lentísimo que era el de su infancia, perdida en él, inmune a las voces que la llamaban.

Antonio Muñoz Molina – Beatus Ille





jueves, 5 de febrero de 2015

En una estación que parecía abandonada





Dijo Lisboa cuando vio acercarse las luces de la ciudad como se dice el nombre de una mujer a la que uno está besando y que no le conmueve. En una estación que parecía abandonada el tren se detuvo junto a otro que avanzaba en dirección contraria. Sonó el silbato y los dos comenzaron a moverse muy lentamente, con un ruido de metales que chocaban sin ritmo. Biralbo, empujado hacia delante, miró las ventanillas del otro tren, rostros precisos y lejanos que no volvería a ver nunca, que lo miraban a él con una especie de simétrica melancolía. Sola en el último vagón, antes de las luces rojas y de la regresada oscuridad, una mujer fumaba con la cabeza baja, tan absorta en sí misma que ni siquiera había alzado los ojos para mirar hacia afuera cuando su tren se puso en marcha. Llevaba un chaquetón azul oscuro con las solapas levantadas y tenía el pelo muy corto. “Fue por el pelo”, me dijo luego Biralbo, “por eso al principio no la reconocí”. Inútilmente se puso en pie e hizo señales con la mano al vacío, porque su tren había ingresado vertiginosamente en un túnel cuando se dio cuenta de que durante un segundo había visto a Lucrecia.

Antonio Muñoz Molina – El invierno en Lisboa





viernes, 9 de enero de 2015

De las cosas que suceden





El presentimiento de haber vivido ya lo que nos ocurre ahora mismo y de no saber cuándo ni dónde, de soñar algo que hemos soñado otras veces…


Antonio Muñoz Molina – Epílogo y Arqueología de un Libro





domingo, 4 de mayo de 2014

Atardecer en Edimburgo





Hacer una fotografía, lo mismo que hacer un gesto, es algo irreparable. La fotografía, al momento, se aleja del fotógrafo en esa distancia del tiempo que es propia de las palabras que una vez dichas ya no pueden borrarse. El fotógrafo nunca podrá curarse de la fotografía que hizo salvo que haga otra.

(A propósito de Antonio Muñoz Molina - Epílogo y Arqueología de un Libro)





martes, 25 de febrero de 2014

Una mujer soñada







A Nélida algunas veces podía verla con absoluta claridad, sobre todo después de una noche que soñó con ella. No sus rasgos exactos y no siempre el color de su pelo o la forma de su peinado, pero sí el alto perfil, el paso rápido, sus delgados tacones, la manera lenta y tan dulce que tenía de echar a un lado la cabeza y sujetarse el pelo con una mano mientras se inclinaba para encender un cigarrillo. Lo encendió, contra un fondo de cortinas azules, con el mismo mechero que a la mañana siguiente encontró Santiago Pardo sobre la mesa de noche, y que fue la súbita contraseña para el recuerdo del sueño. Aún en el despertar le había quedado un tenue rescoldo de la figura de Nélida, y para avivarlo le bastaba pronunciar su nombre y recordarla a ella, desnuda, en una habitación de su infancia en la que nada sucedía sino la felicidad. “Aunque sólo sea eso –pensó, enfilando la última calle que debía recorrer antes de llegar a la plaza donde la estatua, y tal vez Nélida, lo estaban esperando-, le debo al menos un sueño feliz.”



Antonio Muñoz Molina, El hombre sombra




jueves, 16 de enero de 2014

El hombre y la sombra






Esa noche, al apagar la luz, Santiago Pardo se disolvió en la sombra como si alguien hubiera dejado de pensar en él. Por eso cuando sonó el teléfono su cuerpo y su conciencia cobraron forma otra vez, y buscó la luz y descolgó el auricular para descubrir en seguida que se trataba de un error. “¿Mario?”, dijo una voz que aún no era Nélida, y Santiago Pardo, sintiendo de un golpe toda la humillación de haber sido engañado, contestó agriamente y se dispuso a colgar, pero la mujer que hablaba no pareció escucharle. “Soy yo, Nélida”, dijo, y hubo un breve silencio y acaso otra voz que Santiago Pardo no escuchaba. “Te he estado esperando hasta media noche. Imagino que se te olvidó que estábamos citados a las nueve.” No pedía, y tampoco acusaba, sólo enunciaba las cosas con una especie de irónica serenidad. El otro, Mario, debió urdir una disculpa inútil, una prolija coartada que no alcanzaba siquiera la calidad de una mentira, porque Nélida decía sí una y otra vez como si únicamente el desdén pudiera defenderla, y luego, abruptamente, colgó el teléfono y dejó a Santiago Pardo mirando el suyo con el estupor de quien descubre su mágico don de transmitir voces de fantasmas.


Antonio Muñoz Molina, El hombre sombra




- La fotografía la hice en Burgos, cuando estaba anocheciendo.



miércoles, 15 de enero de 2014

Viajeros





Una conspiración secreta justifica los libros, los que escribimos y los que leemos. Quien lee es tan poseído como quien escribe, y también, al leer, nada nos maravilla tanto como el descubrimiento de lo que ya sabíamos. Cada día nos roza la convicción platónica de que aprender es recordar, y de que todo amor y toda amistad encubren un reconocimiento, el de las dos mitades escindidas que se encuentran después de un largo destierro en el acto mutuo de la posesión.


Antonio Muñoz Molina



-Esta fotografía la hice en Almazán, un pequeño pueblo de Soria.




viernes, 13 de diciembre de 2013

Un rayo de luz







A finales de los años ochenta Antonio Muñoz Molina recibió el encargo de escribir un libro que acercara al hombre moderno lo que había sido la cultura y la sensibilidad de la Córdoba de los omeyas, por lo que para documentarse se desplazó a la ciudad. Fue entonces, cuando recorría el espacio sagrado de la sala de oración de la Mezquita Aljama, cuando fue consciente de que una y otra vez se estaban desplegando ante él las perspectivas móviles de unas columnas que simulaban un bosque sagrado, y de unas bellísimas floraciones blancas y rojas que se manifestaban en sus arquerías. Dejó escrito entonces que tenía el convencimiento de que Baudelaire estaba aludiendo a la Mezquita de Córdoba cuando escribió que la naturaleza es un templo de vivientes pilares.

La fotografía que he titulado “Un rayo de luz”, de la que brindo ahora una edición renovada en blanco y negro, fue consecuencia de un pequeño “milagro”, ya que es una imagen casual, en absoluto preparada. Era una mañana de invierno, a primera hora, y yo estaba recorriendo la soledad de la inmensa galería de columnas cuando en cierto momento reparé en que un rayo de luz atravesaba la techumbre del templo y venía a caer sobre el enlosado del suelo. Hice algunas mediciones y cuando estaba enfocando escuché un alboroto a mi alrededor. Era un grupo de niños, que al poco se había colocado providencialmente en el espacio que yo deseaba fotografiar. Iban dirigidos por dos jóvenes profesoras y una de ellas, durante unos segundos, los estuvo contando. Cuando se cercioró de que no faltaba ninguno, siguieron todos caminando en dirección al mihrab, el espacio más sagrado del templo. Esos segundos son los que yo aproveché para hacer la imagen. De hecho, al momento tomé una segunda fotografía, pero el grupo ya se estaba dispersando. Hice la fotografía a pulso, ya que en el interior de la Mezquita no está permitido el uso de flash.




lunes, 11 de febrero de 2013

Arabescos

Apertura f/7,1
Tiempo de exposición 1/30 s
Velocidad ISO – 2.000
Distancia focal 30 mm
Compensación de la exposición -1,30
HDR
 


“Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más que lo que nunca ha sido dicho. Paradójicamente, esa singularidad de la experiencia acaba volviéndose el vínculo más poderoso y común con nuestros semejantes, con quienes se parecen tanto a nosotros que son nuestros cómplices sin que lo sepamos, mujeres y hombres a los que nunca veremos porque vivieron antes que nosotros o porque no han nacido. Algunos de ellos viven en nuestro mismo tiempo y acaso respiran el aire de la misma ciudad, y sin embargo nos son tan lejanos como los muertos y los no nacidos, porque no los llegaremos a encontrar.”

Antonio Muñoz Molina (Córdoba de los omeyas)

jueves, 5 de marzo de 2009

MADRID

Imagen: Antiqva


Los domingos yo me levantaba muy tarde y desayunaba cerveza porque me avergonzaba un poco pedir café con leche a mediodía en un bar. En las mañanas de los domingos invernales hay en ciertos lugares de Madrid una apacible y fría luz que depura como en el vacío la transparencia del aire, una claridad que hace más agudas las aristas blancas de los edificios y en la que los pasos y voces resuenan como en una ciudad desierta. Me gustaba levantarme tarde y leer el periódico en un bar limpio y vacío, bebiendo justo la cantidad de cerveza que me permitiera llegar a la comida en ese estado de halagüeña indolencia que le hace a uno mirar todas las cosas como si observara, dotado de un cuaderno de notas, el interior de un panal con las paredes de vidrio. Hacia las dos y media doblaba cuidadosamente el periódico y lo tiraba en una papelera, y eso me daba una sensación de ligereza que hacía muy plácido el camino hacia el restaurante, una casa de comidas aseada y antigua, con mostrador de zinc y frascos cúbicos de vino, donde los camareros ya me conocían, pero no hasta el punto de atribuirse una molesta confianza que me había hecho huir otras veces de lugares semejantes.

Antonio Muñoz Molina (El invierno en Lisboa).




miércoles, 24 de diciembre de 2008

VIAJEROS, SORPRESAS, ENCUENTROS

Imagen: Antiqva


“Ya sé que hay viajeros que antes de partir se fortifican contra la sorpresa y contra lo imprevisto, es decir, contra lo nunca visto. También hay escritores que calculan sus libros tan meticulosamente como un turista sus itinerarios, y amantes que sólo apetecen la rutina y habitan confortablemente el tedio. Pero uno, que ha perdido tantas certezas en los últimos años, ya casi sólo una de ellas conserva, la que no vale la pena vivir sino lo que no se ha vivido nunca ni decir nada más que lo que nunca ha sido dicho. Paradójicamente, esa singularidad de la experiencia acaba volviéndose el vínculo más poderoso y común con nuestros semejantes, con quienes se parecen tanto a nosotros que son nuestros cómplices sin que lo sepamos, mujeres y hombres a los que nunca veremos porque vivieron antes que nosotros o porque no han nacido. Algunos de ellos viven en nuestro mismo tiempo y acaso respiran el aire de la misma ciudad, y sin embargo nos son tan lejanos como los muertos y los no nacidos, porque no los llegaremos a encontrar.”

Antonio Muñoz Molina (Córdoba de los omeyas)





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viernes, 25 de julio de 2008

CUENTOS






Le sucede a uno, cuando decide escribir un cuento, que sabe como va a ser el inicio de la historia, pero sin embargo no tiene –usualmente- ni la más mínima idea de cómo terminara. De algún modo, cuando uno escribe algo inventado –cosa distinta ocurre con las cosas realmente vividas- uno no tiene demasiado claro quien es realmente el autor del cuento. “Si se sabe -dirá el lector de estas líneas-, el autor eres tú”, pero la verdad es que uno no tiene ninguna certeza acerca de donde procede esa, digamos, fuerza que permite que, finalmente, el cuento o la historia tenga un desarrollo y un final más o menos elaborado y coherente.

¿De donde proceden los cuentos?, esa es la pregunta que uno se hace. ¿Qué mecanismos ignotos se ponen en marcha cuando uno decide escribir una historia inventada?, ¿de donde procede la fuerza creadora?

Comento estas cosas a propósito de un cuento que con el título “PRESENCIAS” tengo intención de lanzar a la red en estos días próximos. De alguna forma, sentía la necesidad de escribir una historia que hablase del extravío de un sobre que, conteniendo un libro de poemas, había alguien enviado a otra persona por correo. Sabía como tenía que dar inicio al cuento pero desconocía como habría de desarrollarlo y terminarlo. A pesar de todo ello, sin embargo, la historia –pronto- fue cobrando vida “casi automáticamente”, de modo que al final uno quedó realmente sorprendido. ¿Cómo podía haber sospechado uno, siquiera, ese final tan “extraño” que tiene el cuento?.

Con estas líneas no pretendo justificar nada, sino –simplemente- dejar constancia de mi perplejidad ante estas situaciones que uno siente que realmente no es él mismo quien controla. Claro que, quizás, esto sea algo común a todas aquellas personas que deciden escribir “historias inventadas”. De hecho, Antonio Muñoz Molina –uno de mis novelistas de referencia- en su introducción a su obra “Córdoba de los omeyas” dejó escrito que:

“La escritura de un libro siempre es el fruto y el testimonio de una posesión. Se escribe, cuando se escribe de verdad, para librarse de una materia al mismo tiempo explícita y oscura que empezó a poseernos mucho antes de que reparásemos en ella, pero el mismo acto de escribir –del que esperamos, si no la libertad, sí al menos el alivio del punto final- agrava intensamente la posesión al ahondar en sus motivos y nos sumerge en un estado tóxico, de hipnosis y vigilia perpetua, de un gozo gradualmente ensimismado cuyos límites se aproximan a un sentimiento de dolor. Se empieza a escribir un libro como se emprende irreflexivamente un viaje o como se viven las primeras horas de un amor. No sabemos lo que ocurrirá en la página siguiente, ni cómo serán las ciudades que visitaremos, ni a dónde nos llevará este preludio tibio de ternura en el que nos aventuramos igual que en los recodos desconocidos de una calle nocturna. Lo único que sabe o sospecha el autor, el viajero, el amante, es que está siendo impulsado hacia un territorio donde no van a servirle sus normas usuales, y que valdrá la pena su temeridad en la medida en que descubra cosas que no pudo imaginar, no sólo paisajes o ciudades exteriores, sino galerías íntimas de su propia conciencia, islas vírgenes de su imaginación y de su mirada, incluso de su piel.”

“Amén”, digo yo.

Ah –amigos-, al fin sabemos de donde procede la inspiración que permite crear los cuentos: de nuestra propia imaginación. Claro que, ahora, uno se pregunta: ¿y de donde procede esa imaginación que permite que seamos capaces de crear “cosas” que ni siquiera habíamos sospechado?



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martes, 24 de julio de 2007

ENSUEÑOS Y PRESENTIMIENTOS

Ese presentimiento de haber vivido ya lo que nos ocurre ahora mismo y de no saber cuándo ni dónde, de soñar algo que hemos soñado otras veces...
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Antonio Muñoz Molina (Beltenebros)