Páginas

Mostrando entradas con la etiqueta madrid. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta madrid. Mostrar todas las entradas

miércoles, 30 de marzo de 2016

Amanece en Madrid





El cuento es un perfume, un vacío transitorio, un paréntesis. Un buen cuento debe contar un transbordo de Metro, esos cinco minutos que invierte un hombre, cualquier hombre de la calle –o, más bien, de debajo de la calle- en pasar de un andén a otro del ferrocarril subterráneo. Al cuentista no debe importarle de dónde viene ese hombre ni adónde va.

Francisco Umbral – Teoría de Lola





viernes, 9 de enero de 2015

De las cosas que suceden





El presentimiento de haber vivido ya lo que nos ocurre ahora mismo y de no saber cuándo ni dónde, de soñar algo que hemos soñado otras veces…


Antonio Muñoz Molina – Epílogo y Arqueología de un Libro





viernes, 3 de octubre de 2014

El Tiempo Primero





Para entender la concepción que los egipcios tenían del mundo es preciso remitirnos a lo que ellos llamaban el Tiempo Primero, que vendría a ser un tiempo sagrado, intemporal, que habría existido antes del tiempo tal y como nosotros lo conocemos. En ese tiempo primigenio es cuando se habría producido el paso de la no existencia, simbolizada por Num, el abismo de aguas insondables, a la existencia. Fue entonces cuando Atum-Ra, el gran dios, tomó conciencia de si mismo y dio comienzo a la creación de los dioses y de todo lo que existe. Para los egipcios, ese Tiempo Primero sería el tiempo de Dios, de los dioses y de las relaciones arquetípicas que existen entre ellos. Sería el reino de los mitos y de las imágenes simbólicas. De algún modo, toda la mitología egipcia, desde el despertar de Atum a la vindicación de Horus y la redención de Osiris, se habría desarrollado en el Tiempo Primero.

Ese momento vendría a ser la Edad de Oro que precedió a la existencia de los hombres, que con ellos habrían de traer la rabia, el clamor y la disensión…





jueves, 28 de agosto de 2014

La vida sigue





Porque la vida sigue, siempre sigue, aunque a ratos pensemos que se ha parado a esperarnos.


Mónica Carrillo – La luz de Candela





viernes, 8 de agosto de 2014

Donde la ciudad cambia de nombre





Aunque muera en verano
y tenga prisa en invierno,
la primavera sabe
que la espero en Madrid…

A mitad de camino,
entre el infierno y el cielo,
yo me bajo en Atocha,
yo me quedo en Madrid…


Joaquín Sabina – Yo me bajo en Atocha





jueves, 19 de junio de 2014

Pongamos que hablo de Madrid...










Unas veces huían sin saber de quién y otras esperaban sin saber a quién…


Miguel de Cervantes - Don Quijote





lunes, 16 de junio de 2014

Cuento egipcio de amor y muerte






Cuando dijo sus palabras, terminados los rituales de la Apertura de la Boca, el sacerdote Sem, que vestía una túnica blanca y cubría sus hombros con una piel de leopardo, penetró en las profundidades de la mastaba y se situó al lado del sarcófago donde los hombres habían depositado el cuerpo de Ahmosis. De una bolsa de cuero fue sacando puñados de polvo ocre que fue espolvoreando sobre la momia. El intenso color rojo del mineral había de permitir que el aliento de la vida retornara al difunto. El sacerdote sabía que un poder desconocido facilitaba que gracias al ocre los cuerpos, tras haber sido momificados en la Casa de la Muerte, se pudieran preservar eternamente de la descomposición.


Entonces, cuando el cuerpo quedó impregnado del polvo rojo, el sacerdote hizo una señal y Nofret, la esposa de Ahmosis, se acercó al sarcófago y colocó sobre él un ramillete de flores. Afuera, los hombres bailaban la danza mau mau y las plañideras, simulando desesperación, se golpeaban los pechos y se tiraban de los cabellos. Después, mientras Nofret chillaba, cuatro hombres rodearon el sarcófago y se dispusieron a esperar a que llegara la noche. Sería entonces cuando habrían de ser recitadas las fórmulas mágicas de las Cuatro Antorchas de Glorificación, con las que llegarían a su término los rituales. Todos eran conscientes de que gracias a ellos, en el nuevo amanecer, Ahmosis, convertido en un dios tras atravesar victoriosamente el inframundo y superar el juicio de Osiris, se elevaría al reino celeste de Ra y volvería a la vida en las Estrellas Imperecederas, creadas por el Gran Dios para que en ellas habitasen los hombres Justos de Voz. Allí, en la Campiña de las Felicidades, más allá de la niebla matutina, seguiría viviendo Ahmosis durante Millones de Años, junto a los espíritus glorificados que conocen los secretos del fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.

Algunas noches después, Nofret soñó que Ahmosis la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Algo después, cuando estaba a punto de amanecer y la noche se iba diluyendo, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Nofret se había levantado y estaba contemplando las Estrellas Inmortales, que todavía lucían débilmente. Dirigió su mirada a Orión, la residencia de los dioses, y fue entonces cuando notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Fue así como supo que Ahmosis, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.





lunes, 9 de junio de 2014

Atardecer





Todos los mayores han sido niños alguna vez…
Antoine de Saint-Exupery



Estos días pasados ha estado releyendo “El principito”. Después, esta tarde, cuando estaba editando esta fotografía que hice en el templo egipcio de Debod, reubicado en Madrid, no he podido sino preguntarme: “¿Que es lo que los niños estarán mirando con tanto interés?” Sin duda, están viendo algo en lo que yo no reparé, pero que a ellos les llamaba mucho la atención. Sin duda, como diría el zorro del cuento: “sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”





domingo, 25 de mayo de 2014

Cuando llega la noche





Al aproximarse la vejez, mi espíritu goza volando como un pájaro hacia los días de mi infancia. En mi memoria mi infancia brilla con un resplandor maravilloso, como si entonces todo hubiese sido mejor y más bello que ahora. Sobre este punto no hay diferencia entre ricos y pobres porque no hay ciertamente nadie, por pobre que sea, cuya infancia no encierre algún destello de júbilo y de luz al evocarla en sus viejos días.

Mi padre Senmut vivía cerca de los muros del templo, en el barrio bullicioso y pobre de la villa. No lejos de su casa se extendían los muelles de río arriba donde los barcos del Nilo descargaban sus mercancías. En los callejones estrechos los tugurios de vino y de cerveza acogían a los marineros, y había también…


Mika Waltari – Sinuhé el Egipcio





miércoles, 12 de febrero de 2014

Libros del misterio







Llegamos a Atocha, procedentes de Andalucía, a las 10.50. Habíamos reservado un par de noches en un hotel del Paseo de las Delicias y teníamos intención de disfrutar de unos días en Madrid. Tras presentarnos y dejar los trastos en la habitación salimos a dar un paseo por la Gran Vía y almorzamos gambas a la plancha y calamares fritos. Luego, con una copa de helado en “La Veneciana”, seguimos contentando nuestros cuerpos y finalmente unos cortados que nos tomamos en el café “Las Tres Ninfas” nos animaron el espíritu.


Fue después, cuando íbamos paseando por el Madrid de los Austrias, cuando nos topamos con “La Fontana de Quevedo”, una librería de viejo. Entramos en el local dispuestos a fisgar un poco y cuando estábamos curioseando en sus anaqueles un montón desordenado de libros llamó la atención de Roberto:

-Oye, ¿has visto esos libros apiñados y ese cartel que han colocado encima?

Me giré hacía el lugar que me señalaba. Pude leer lo que estaba escrito en el cartel:



LIBROS DEL MISTERIO

Estos ejemplares están incompletos. En todos los casos, las últimas hojas han sido arrancadas. Compra un libro por cinco euros e inventa tú el final. Si lo haces, te regalaremos un libro de poemas de Luis Cernuda.



-Pero, ¿qué es eso, por qué les han arrancado las páginas?

-Verá, joven –me dijo una mujer que atendía la tienda-, pensamos que el motivo puede ser variopinto. Posiblemente se trata simplemente de la acción de un loco, pero quien sabe. Hace unos días uno de nuestros clientes nos sugirió que quizás se tratase de un acto de espiritismo. Es posible que alguien quiera evitar que los espíritus que se manifiestan cuando se lee un libro queden liberados una vez que el lector lo termina. Quizás arrancando el final de cada libro se consigue que esos espíritus sigan atrapados en su interior, presos para siempre, aunque sinceramente creo que nunca llegaremos a saber la causa.

Al escuchar las explicaciones de la librera no supe que decir. Estaba sorprendida. Ni siquiera se me ocurrió preguntar como aquellos libros mutilados habían llegado a los estantes de “La Fontana de Quevedo”. Unos instantes después, reaccioné:

-Ricardo, ahora mismo compro uno de los libros por cinco euros, y me invento el final. Y me llevo los poemas de Luis Cernuda. Claro que sí. ¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Te animas?






- Continuará en una segunda parte...



jueves, 17 de octubre de 2013

El niño y el General

Apertura f/16
Tiempo de exposición 1/250 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 22 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR




La comitiva de automóviles había regresado a Madrid por la carretera de Extremadura y al paso del viejo General, los cañones ligeros del Regimiento de Artillería “Tercios de Flandes” habían disparado salvas de artificio en su honor. Volvía de inaugurar la ampliación de los talleres del ferrocarril de una ciudad de provincias y estaba previsto que en la Plaza Mayor los ciudadanos le brindaran un acto de homenaje. Ahora, en un clamor de ovaciones, la comitiva estaba recorriendo la calle de Alcalá, que se mostraba custodiada por una legión de policías.

Acabado el acto de la Plaza Mayor, cuando se dirigía al Mercedes blindado de lunas tintadas, el General reparó en que sus manos, como tantas otras veces desde los tiempos de la guerra, estaban manchadas de sangre. Alzó su mirada a la multitud que lo aclamaba y reparó en un niño que aplaudía con entusiasmo. Se acercó a él y mientras le acariciaba el pelo con sus manos, le dirigió unas palabras:

-Muchacho, que serás de mayor…

El niño se cuadró antes de contestar. No dudó en la respuesta:

-Mi General, cuando sea mayor quiero ser Virrey del Perú o Nuncio Apostólico de su Santidad.

El viejo General, levemente perplejo, miró al niño. No dijo nada. Después, mientras se alejaba, ordenó a uno de sus ayudantes:

-Comandante Casado, asegúrese de que ese niño recibe estudios…

Dos años después, envidiado por las gentes del barrio, el niño ingresó en el Instituto Nacional de Bachillerato. La vida se abría ante él. Habrían de venir luego los tiempos de la Universidad, de la Escuela Diplomática de Roma y del Seminario de Órdenes Mayores de Toledo.

Para entonces, todos sabían que el niño nunca había podido quitarse del todo los restos de sangre que el viejo General, cuando se limpió las manos, había dejado impregnados en sus cabellos.



----------------------------
- Esta fotografía la hice en Madrid, hace cosa de un año, desde la terraza del Círculo de Bellas Artes, en la calle de Alcalá.



sábado, 23 de marzo de 2013

La fuga de Sophie

Apertura f/13
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 66 mm
Compensación de la exposición -0,70

HDR




Sophie supo que algo iba mal. Al salir a la calle 57 había visto que un agente, plantado ante el automóvil de Daniel, estaba gesticulando. Todo sugería que lo estaba multando por haber aparcado en un espacio prohibido. De inmediato, Sophie tomó su decisión. Con dos ágiles movimientos de los pies se desprendió de sus zapatos de tacón y echó a correr en dirección a la avenida Madison.

Al verla correr, Joe y yo tampoco lo pensamos. Ni siquiera me di cuenta de que un policía estaba multando a Daniel. Vi salir disparada a Sophie y decidí correr. Joe, más ágil,  me precedía. Me llevaba la delantera por unos diez metros. A uno, a fin de cuentas, le sobraban algunos años y muchos kilos y no era capaz de mantener su endiablada velocidad.

Apenas llevaba medio minuto corriendo, intentando acercarme a Joe, cuando tomé conciencia de que estaba a punto de asfixiarme. Fue entonces, en ese momento de desesperación, cuando pensé -¡maldita sea!- que uno ya no estaba para esas carreras. Unos segundos después, a punto ya de caer derrumbado, fue cuando observé que dos policías, desde la acera del otro lado, cruzaban la calle y se dirigían a Joe, que seguía corriendo con la desesperación de quien bracea antes de morir ahogado. Al verlos, me paré de inmediato. Quizás los agentes habían visto como Sophie pasaba corriendo, doblando luego la esquina de la avenida Madison, y habían pensado que Joe la iba persiguiendo. Era posible que ni siquiera hubieran reparado en mi. Quizás se habían lanzado sobre Joe pensando que este quería alcanzar a la mujer para hacerle daño.

Decidí pararme y me esforcé por aparentar tranquilidad mientras recuperaba el aliento. Durante unos segundos respiré todo lo pausadamente que pude. Llegó a parecerme, incluso, que el mundo que me envolvía se paralizaba conmigo. Solo Joe y los policías parecían estar vivos. Solo ellos se movían. La gente, contemplando la escena, había quedado inmóvil. Estaba junto a un semáforo y al poco una anciana, con paso vacilante, hizo ademán de cruzar la calle. Espere, señora – le dije. Yo le ayudo. Y con amabilidad fingida la tomé del brazo y muy despacio, caminando juntos, la conduje al otro lado. Mientras lo hacía, contemplaba como a unas decenas de metros los policías aporreaban las piernas y la espalda de Joe, que en ese momento ya estaba tirado en el suelo. Vi luego como uno de los agentes le aprisionaba la columna con sus rodillas. Después sabría que le habían roto un par de costillas.

La anciana y yo, mientras tanto, seguíamos caminando lentamente. Cuando terminamos de cruzar la calle, solté su brazo con amabilidad y ella me dirigió algunas palabras, supongo que de agradecimiento, que ni siquiera escuché. Mi interés ahora era otro. Los policías no me miraban y decidí que debía seguir a Sophie, aunque por motivos obvios no debía correr. No quería despertar el recelo de los agentes y caminé a paso normal por la calle 57 hasta alcanzar el cruce con la avenida Madison. Antes había visto como Sophie doblaba la esquina y huía por ella, así que decidí seguir sus pasos, ahora de nuevo corriendo, lejos ya de la mirada policial.

Estuve trotando un par de minutos hasta que supe que jamás podría alcanzarla. Antes había visto como la chica, tan menuda y sin zapatos, corría a la velocidad del vértigo. Algunos instantes después, entre jadeos cada vez más angustiosos, tuve que desistir.

Desde entonces han pasado cinco años. Joe, esta mañana, me ha llamado. Le han soltado, con la condicional. De Daniel nunca hemos vuelto a saber nada. Todo sugiere que se asustó y huyó quién sabe a donde. La verdad es que nos olvidamos de él hace ya mucho tiempo. A quién tenemos mucho interés en encontrar, sin embargo, es a Sophie, ese ángel escapista experto en fugas. Era ella, a fin de cuentas, quien llevaba los diamantes que habíamos robado en Tiffany.




sábado, 15 de diciembre de 2012

Cuentos de hadas

Apertura f/10 
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 45 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR 


“Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina…”

Joaquín Sabina, Noches de boda 




La señorita C. recordaba que una vez había amado.Con eso le bastaba.