Francisco Umbral – Teoría de Lola
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miércoles, 30 de marzo de 2016
Amanece en Madrid
viernes, 9 de enero de 2015
De las cosas que suceden
El presentimiento de haber vivido ya lo que nos ocurre ahora mismo y de no saber cuándo ni dónde, de soñar algo que hemos soñado otras veces…
Antonio Muñoz Molina – Epílogo y Arqueología de un Libro
viernes, 3 de octubre de 2014
El Tiempo Primero
Ese momento vendría a ser la Edad de Oro que precedió a la existencia de los hombres, que con ellos habrían de traer la rabia, el clamor y la disensión…
jueves, 28 de agosto de 2014
La vida sigue
Porque la vida sigue, siempre sigue, aunque a ratos pensemos que se ha parado a esperarnos.
Mónica Carrillo – La luz de Candela
viernes, 8 de agosto de 2014
Donde la ciudad cambia de nombre
Aunque muera en verano
y tenga prisa en invierno,
la primavera sabe
que la espero en Madrid…
A mitad de camino,
entre el infierno y el cielo,
yo me bajo en Atocha,
yo me quedo en Madrid…
Joaquín Sabina – Yo me bajo en Atocha
jueves, 19 de junio de 2014
Pongamos que hablo de Madrid...

Miguel de Cervantes - Don Quijote
lunes, 16 de junio de 2014
Cuento egipcio de amor y muerte
Entonces, cuando el cuerpo quedó impregnado del polvo rojo, el sacerdote hizo una señal y Nofret, la esposa de Ahmosis, se acercó al sarcófago y colocó sobre él un ramillete de flores. Afuera, los hombres bailaban la danza mau mau y las plañideras, simulando desesperación, se golpeaban los pechos y se tiraban de los cabellos. Después, mientras Nofret chillaba, cuatro hombres rodearon el sarcófago y se dispusieron a esperar a que llegara la noche. Sería entonces cuando habrían de ser recitadas las fórmulas mágicas de las Cuatro Antorchas de Glorificación, con las que llegarían a su término los rituales. Todos eran conscientes de que gracias a ellos, en el nuevo amanecer, Ahmosis, convertido en un dios tras atravesar victoriosamente el inframundo y superar el juicio de Osiris, se elevaría al reino celeste de Ra y volvería a la vida en las Estrellas Imperecederas, creadas por el Gran Dios para que en ellas habitasen los hombres Justos de Voz. Allí, en la Campiña de las Felicidades, más allá de la niebla matutina, seguiría viviendo Ahmosis durante Millones de Años, junto a los espíritus glorificados que conocen los secretos del fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.
Algunas noches después, Nofret soñó que Ahmosis la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Algo después, cuando estaba a punto de amanecer y la noche se iba diluyendo, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Nofret se había levantado y estaba contemplando las Estrellas Inmortales, que todavía lucían débilmente. Dirigió su mirada a Orión, la residencia de los dioses, y fue entonces cuando notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Fue así como supo que Ahmosis, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.
lunes, 9 de junio de 2014
Atardecer
Todos los mayores han sido niños alguna vez…
Antoine de Saint-Exupery
Estos días pasados ha estado releyendo “El principito”. Después, esta tarde, cuando estaba editando esta fotografía que hice en el templo egipcio de Debod, reubicado en Madrid, no he podido sino preguntarme: “¿Que es lo que los niños estarán mirando con tanto interés?” Sin duda, están viendo algo en lo que yo no reparé, pero que a ellos les llamaba mucho la atención. Sin duda, como diría el zorro del cuento: “sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”
domingo, 25 de mayo de 2014
Cuando llega la noche
Mi padre Senmut vivía cerca de los muros del templo, en el barrio bullicioso y pobre de la villa. No lejos de su casa se extendían los muelles de río arriba donde los barcos del Nilo descargaban sus mercancías. En los callejones estrechos los tugurios de vino y de cerveza acogían a los marineros, y había también…
Mika Waltari – Sinuhé el Egipcio
miércoles, 12 de febrero de 2014
Libros del misterio
Fue después, cuando íbamos paseando por el Madrid de los Austrias, cuando nos topamos con “La Fontana de Quevedo”, una librería de viejo. Entramos en el local dispuestos a fisgar un poco y cuando estábamos curioseando en sus anaqueles un montón desordenado de libros llamó la atención de Roberto:
-Oye, ¿has visto esos libros apiñados y ese cartel que han colocado encima?
Me giré hacía el lugar que me señalaba. Pude leer lo que estaba escrito en el cartel:
LIBROS DEL MISTERIO
Estos ejemplares están incompletos. En todos los casos, las últimas hojas han sido arrancadas. Compra un libro por cinco euros e inventa tú el final. Si lo haces, te regalaremos un libro de poemas de Luis Cernuda.
-Pero, ¿qué es eso, por qué les han arrancado las páginas?
-Verá, joven –me dijo una mujer que atendía la tienda-, pensamos que el motivo puede ser variopinto. Posiblemente se trata simplemente de la acción de un loco, pero quien sabe. Hace unos días uno de nuestros clientes nos sugirió que quizás se tratase de un acto de espiritismo. Es posible que alguien quiera evitar que los espíritus que se manifiestan cuando se lee un libro queden liberados una vez que el lector lo termina. Quizás arrancando el final de cada libro se consigue que esos espíritus sigan atrapados en su interior, presos para siempre, aunque sinceramente creo que nunca llegaremos a saber la causa.
Al escuchar las explicaciones de la librera no supe que decir. Estaba sorprendida. Ni siquiera se me ocurrió preguntar como aquellos libros mutilados habían llegado a los estantes de “La Fontana de Quevedo”. Unos instantes después, reaccioné:
-Ricardo, ahora mismo compro uno de los libros por cinco euros, y me invento el final. Y me llevo los poemas de Luis Cernuda. Claro que sí. ¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Te animas?
- Continuará en una segunda parte...
jueves, 17 de octubre de 2013
El niño y el General
Tiempo de exposición 1/250 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 22 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR
La comitiva de automóviles había regresado a Madrid por la carretera de Extremadura y al paso del viejo General, los cañones ligeros del Regimiento de Artillería “Tercios de Flandes” habían disparado salvas de artificio en su honor. Volvía de inaugurar la ampliación de los talleres del ferrocarril de una ciudad de provincias y estaba previsto que en la Plaza Mayor los ciudadanos le brindaran un acto de homenaje. Ahora, en un clamor de ovaciones, la comitiva estaba recorriendo la calle de Alcalá, que se mostraba custodiada por una legión de policías.
Acabado el acto de la Plaza Mayor, cuando se dirigía al Mercedes blindado de lunas tintadas, el General reparó en que sus manos, como tantas otras veces desde los tiempos de la guerra, estaban manchadas de sangre. Alzó su mirada a la multitud que lo aclamaba y reparó en un niño que aplaudía con entusiasmo. Se acercó a él y mientras le acariciaba el pelo con sus manos, le dirigió unas palabras:
-Muchacho, que serás de mayor…
El niño se cuadró antes de contestar. No dudó en la respuesta:
-Mi General, cuando sea mayor quiero ser Virrey del Perú o Nuncio Apostólico de su Santidad.
El viejo General, levemente perplejo, miró al niño. No dijo nada. Después, mientras se alejaba, ordenó a uno de sus ayudantes:
-Comandante Casado, asegúrese de que ese niño recibe estudios…
Dos años después, envidiado por las gentes del barrio, el niño ingresó en el Instituto Nacional de Bachillerato. La vida se abría ante él. Habrían de venir luego los tiempos de la Universidad, de la Escuela Diplomática de Roma y del Seminario de Órdenes Mayores de Toledo.
Para entonces, todos sabían que el niño nunca había podido quitarse del todo los restos de sangre que el viejo General, cuando se limpió las manos, había dejado impregnados en sus cabellos.
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- Esta fotografía la hice en Madrid, hace cosa de un año, desde la terraza del Círculo de Bellas Artes, en la calle de Alcalá.
sábado, 23 de marzo de 2013
La fuga de Sophie
Apertura f/13
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 66 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 66 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
Sophie supo que algo iba mal. Al salir a
la calle 57 había visto que un agente, plantado ante el automóvil de Daniel,
estaba gesticulando. Todo sugería que lo estaba multando por haber aparcado en
un espacio prohibido. De inmediato, Sophie tomó su decisión. Con dos ágiles
movimientos de los pies se desprendió de sus zapatos de tacón y echó a correr
en dirección a la avenida Madison.
Al verla correr, Joe y yo tampoco lo
pensamos. Ni siquiera me di cuenta de que un policía estaba multando a Daniel.
Vi salir disparada a Sophie y decidí correr. Joe, más ágil, me precedía. Me llevaba la delantera por unos
diez metros. A uno, a fin de cuentas, le sobraban algunos años y muchos kilos y
no era capaz de mantener su endiablada velocidad.
Apenas llevaba medio minuto corriendo,
intentando acercarme a Joe, cuando tomé conciencia de que estaba a punto de
asfixiarme. Fue entonces, en ese momento de desesperación, cuando pensé
-¡maldita sea!- que uno ya no estaba para esas carreras. Unos segundos después,
a punto ya de caer derrumbado, fue cuando observé que dos policías, desde la
acera del otro lado, cruzaban la calle y se dirigían a Joe, que seguía
corriendo con la desesperación de quien bracea antes de morir ahogado. Al
verlos, me paré de inmediato. Quizás los agentes habían visto como Sophie
pasaba corriendo, doblando luego la esquina de la avenida Madison, y habían
pensado que Joe la iba persiguiendo. Era posible que ni siquiera hubieran
reparado en mi. Quizás se habían lanzado sobre Joe pensando que este quería
alcanzar a la mujer para hacerle daño.
Decidí pararme y me esforcé por
aparentar tranquilidad mientras recuperaba el aliento. Durante unos segundos
respiré todo lo pausadamente que pude. Llegó a parecerme, incluso, que el mundo
que me envolvía se paralizaba conmigo. Solo Joe y los policías parecían estar
vivos. Solo ellos se movían. La gente, contemplando la escena, había quedado
inmóvil. Estaba junto a un semáforo y al poco una anciana, con paso vacilante,
hizo ademán de cruzar la calle. Espere, señora – le dije. Yo le ayudo. Y con
amabilidad fingida la tomé del brazo y muy despacio, caminando juntos, la
conduje al otro lado. Mientras lo hacía, contemplaba como a unas decenas de
metros los policías aporreaban las piernas y la espalda de Joe, que en ese
momento ya estaba tirado en el suelo. Vi luego como uno de los agentes le
aprisionaba la columna con sus rodillas. Después sabría que le habían roto un
par de costillas.
La anciana y yo, mientras tanto,
seguíamos caminando lentamente. Cuando terminamos de cruzar la calle, solté su
brazo con amabilidad y ella me dirigió algunas palabras, supongo que de
agradecimiento, que ni siquiera escuché. Mi interés ahora era otro. Los
policías no me miraban y decidí que debía seguir a Sophie, aunque por motivos
obvios no debía correr. No quería despertar el recelo de los agentes y caminé a
paso normal por la calle 57 hasta alcanzar el cruce con la avenida Madison.
Antes había visto como Sophie doblaba la esquina y huía por ella, así que
decidí seguir sus pasos, ahora de nuevo corriendo, lejos ya de la mirada
policial.
Estuve trotando un par de minutos hasta
que supe que jamás podría alcanzarla. Antes había visto como la chica, tan
menuda y sin zapatos, corría a la velocidad del vértigo. Algunos instantes después,
entre jadeos cada vez más angustiosos, tuve que desistir.
Desde entonces han pasado cinco años.
Joe, esta mañana, me ha llamado. Le han soltado, con la condicional. De Daniel
nunca hemos vuelto a saber nada. Todo sugiere que se asustó y huyó quién sabe a
donde. La verdad es que nos olvidamos de él hace ya mucho tiempo. A quién
tenemos mucho interés en encontrar, sin embargo, es a Sophie, ese ángel
escapista experto en fugas. Era ella, a fin de cuentas, quien llevaba los
diamantes que habíamos robado en Tiffany.
sábado, 15 de diciembre de 2012
Cuentos de hadas
Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 45 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
“Que no te compren por menos de nada,
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 45 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
“Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina…”
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina…”
Joaquín Sabina, Noches de boda
La señorita C. recordaba que una vez había amado.Con eso le bastaba.
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