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sábado, 20 de septiembre de 2014

El Minotauro





El niño sentía una mezcla extraña de fascinación y de miedo. Estaba escuchando los rugidos que surgían de las entrañas de aquel espacio de terror y sabía que en cualquier momento el Minotauro se manifestaría. La culpa de todo la tenía aquel libro en el que se hablaba de historias antiguas en los que unos héroes olvidados luchaban con hombres-toros. Ahora, en aquel agobiante pasadizo, el niño podía oler el hedor que el monstruo había impregnado en las paredes y cuando escuchó su rugido supo que se acababa el tiempo. Tenía que actuar con rapidez. Antes, no obstante, decidió enfocar con su linterna y alumbrar lo desconocido. Pudo ver así como el débil rayo de luz, antes de perderse en la obscuridad, iluminaba los ojos ensangrentados de furia del Minotauro. El animal se le estaba acercando, avanzando a un trote lento, calculando el golpe que iba a asestarle con su cornamenta. El niño palideció. Sintió que le flaqueaban las piernas. Era consciente de que con su espada de madera no podía enfrentarse al monstruo. Decidió que tenía que escapar del Laberinto y retornar al mar. Sabía que solo allí estaría a salvo pero el miedo le impedía moverse. Fue en el último instante, cuando todo estaba a punto de terminar, cuando el niño pulsó el interruptor y su pequeña linterna se apagó. Mientras el último rayo de luz se desvanecía se tiró al suelo y se tapó la cabeza con las manos. Unos instantes después, pudo sentir que el Minotauro, mugiendo enloquecido, pasaba trotando a su lado, desorientado en la obscuridad y golpeando en su confusión con sus cuernos el aire y las paredes de aquel espacio de tinieblas.

Antes de que el monstruo volviera sobre sus pasos, el niño supo lo que tenía que hacer. Abrió la puerta del armario y dando un salto abandonó ese reino de terror. Después, jadeando, apoyó su cuerpo contra la puerta para que el monstruo no pudiera salir y dio dos vueltas de llave a la cerradura. Ya solo le faltaba para estar a salvo dar un par de zancadas y alcanzar su cama. Se introdujo en ella sin vacilar y tapó todo su cuerpo, cabeza incluida, con esa manta azul que en la noche, como el mar cuando Teseo huía, le protegía de los monstruos.





martes, 13 de mayo de 2014

La señorita C. y los espejos





Sucedió en la noche. La señorita C. estaba soñando y en el sueño se veía en un tiempo futuro en el que alguien o algo la obligaban a romper el espejo que tenía en su dormitorio. Tuvo que hacerlo, y al momento, mientras los cristales rodaban por el suelo haciéndose añicos, pudo contemplar que del interior del quebrado armazón brotaban dos mirlos, que se alejaron revoloteando mientras ella, que nunca había sospechado que dentro de los espejos pudieran anidar los pájaros, encorvaba su cuerpo y miraba más allá de la luna rota, temiendo que allí hubiera quedado abandonado algún polluelo. Fue entonces cuando vio que desde la obscuridad unos ojos la miraban. Supo al instante que eran sus propios ojos. Los ojos en los que ella había vivido hasta aquel día del futuro en que Raulito iba a abandonarla buscando el abrazo de otra mujer. En ese instante la señorita C. tomó su decisión: saltó dentro del espejo y se integró de nuevo con ella misma. Supo que nunca volvería a abandonar sus ojos. A partir de ahora, su mirada volvería a ser la de siempre, la que había tenido hasta que conoció a Raulito.

Cuando despertó del sueño, la señorita C. lo había olvidado. Sin embargo, al poco, inexplicablemente, sintió que una fuerza desconocida la obligaba a romper el espejo del dormitorio. Lo envistió con un golpe certero y al momento la luna saltó en pedazos. Los vidrios se desparramaron por el suelo. Raulito, que había despertado sobresaltado y contemplaba perplejo el estropicio de los cristales, pensó que debía quitar hierro al asunto y se echó a la calle. Dicen que fue esa mañana cuando conoció a la niña Chole.





martes, 18 de marzo de 2014

Aquel calor tenue






Pies Ligeros, una niña de ocho años perteneciente al clan de los Hombres Rojos, se está esforzando por hacer su trabajo. Con sus dientes, está sujetando uno de los extremos de la piel de un cervatillo, en tanto que con su mano izquierda mantiene firme el otro extremo y con la derecha me está restregando, una y otra vez, contra el interior del pellejo, rayéndolo y liberándolo de pelos y grasa. Una anciana, que tiene más de treinta años, está vigilando como la jovencita hace su trabajo.

Ha pasado un rato y la niña, que está cansada por el esfuerzo, se ha distraído unos momentos al escuchar el griterío que se ha formado en el poblado cuando los cazadores han regresado del Gran Arroyo de Aguas Saltarinas. Al volver la cabeza para mirar a los que llegan, sus dientes han soltado el extremo de la piel y en un movimiento involuntario su mano derecha también me ha soltado a mí, con tal mala fortuna que he ido a estrellarme contra su boca.

Con un gesto de dolor y furia, Pies Ligeros, gritando, se ha levantado y, sin pensarlo, me ha lanzado tan lejos como le ha sido posible. La anciana, indignada, se ha alzado también y está emitiendo feroces gruñidos con los que está expresando a la niña su repulsa por la torpeza de su actuación.

Al momento, Pies Ligeros y la anciana han intentado buscarme, pero no es cosa fácil encontrar una lasca de sílex entre tantos cantos rodados como hay en este pedregal. No han tenido suerte. No han sido capaces de verme. Los cazadores, además, han llegado con hambre y ya no hay tiempo para que ellas lo pierdan buscándome.

En este momento, Pies Ligeros no sabe que dentro de cuarenta mil años un hombre, paseando por esta terraza próxima al Gran Arroyo, habrá de encontrarme fortuitamente, sí, a mí, a esa lasca de sílex que ella, gruñendo, ha arrojado tan lejos como su furia le ha permitido. Entonces, cuando eso suceda, el hombre, al tomarme en sus manos, todavía podrá sentir, a pesar del tiempo que habrá pasado, el calor tenue que los dedos de esta niña neandertal han dejado impregnado en mí.




domingo, 23 de junio de 2013

Amores

Apertura f/16
Tiempo de exposición 1/100 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 18 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR




Héctor, cuando era niño, tuvo un amor platónico, lo que ocurre es que en esos años la gente del barrio no sabía quién era Platón y los amigos, cuando veían que Héctor se trastornaba, se limitaban a decir: “Vaya, ha visto de nuevo a Lucía y otra vez se ha quedado embobado”. Palabras como esas y otras similares terminaron creando en su mente la idea de que eso que hoy llamamos amor platónico era una cosa de bobos, ya que él, cuando se topaba con la niña, era así como se sentía. 

En aquellos tiempos, Héctor estudiaba en el centro escolar Miguel de Cervantes, en la planta de los niños, en tanto que Lucía lo hacía en un cercano colegio de las Hermanas de los Pobres, lo que impedía que pudiera coincidir con ella en alguna actividad escolar. Además, jugaba en contra de un posible encuentro el hecho de que los padres de Lucía no dejaban que la niña saliera a jugar a la calle. Era una familia que vivía en una casa que contaba con un gran patio y era en ese espacio en el que, cuando dejaban abierto el portón de acceso, desde la calle, Héctor podía contemplar como Lucía jugaba con sus amigas.

En alguna ocasión, el niño había querido penetrar en aquel espacio cerrado pero era un paraíso vetado a los intrusos y sus intentos de hacerlo siempre resultaron vanos. En aquel lugar, apacible en apariencia, habitaba un monstruo dotado de terribles colmillos, el perro Barbas, que tan pronto como Héctor traspasaba el portón, abandonaba la oscuridad del rincón donde se ocultaba, debajo de una escalera que daba acceso a la galería de la planta alta, y corría tras él, poniéndolo en fuga. “No corras, no corras, que es peor… No ves que no muerde…”, exclamaban entonces las niñas, mientras con sus risas se unían a los ladridos de la fiera. Muy a su pesar, Héctor nunca tuvo ocasión de acercarse a menos de diez metros de Lucía.

Fue así como nuestro jovencito fue tomando conciencia de que aquel patio en el que las niñas jugaban era para él un espacio de contradicción. Cuando intentaba entrar en él sentía una extraña sensación en la que se aunaban la alegría de escuchar las risas de Lucía y el temblor que sacudía sus piernas al pensar que el Barbas, en cualquier momento, iba a correr ladrando tras él. En aquel patio, para Héctor, se aunaban en proporciones similares la felicidad y el miedo. Aquel era el reino de la confusión. Nunca pudo dar más de tres pasos sin verse obligado a huir. Las niñas, jugando al fondo, eran un objetivo inalcanzable. Afortunadamente, el niño nunca resultó mordido ya que el monstruo estaba sujeto con una cadena de hierro a una argolla enganchada en la pared y esa cadena solo daba de si lo suficiente para que la fiera pudiera cubrir el espacio existente entre su oscuro rincón de debajo de la escalera y el portalón que daba acceso a la calle. Los padres de Lucía no querían que el animal pudiera morder a alguien que pasara por la calle.

Habrían de transcurrir algunos años para que siendo ya Héctor un adolescente sucediera algo que pondría término a sus ansias amatorias. Ocurrió en una de las sesiones de baile que se celebraban en el barrio con motivo de la verbena que se organizaba en el mes de julio en el Paseo de Farnesio. Aquella tarde, Héctor había acudido acompañado de un grupo de amigos y resultó que allí, entre otras jovencitas, estaba Lucía. El muchacho lo tuvo claro: “Esta es la ocasión –pensó-, no puedo dejar pasar esta oportunidad, la tengo que sacar a bailar ahora que no está el perro por medio.”

Y Héctor, sin dudarlo, se acercó al grupo de chicas decidido a pedir a Lucia que bailara con él. Llegó junto a ellas y las estaba saludando cuando algo inesperado destrozó sus planes:

“¡Héctor…! –escuchó decir a otra jovencita que le regalaba una bella sonrisa- ¡qué alegría verte por aquí…! ¡Vamos a bailar…! ¿Quieres…?”

Aquel otro ángel se llamaba María.







miércoles, 29 de mayo de 2013

Lo real y lo soñado

Apertura f/16
Tiempo de exposición 1/30 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 52 mm.
Compensación de la exposición -0,30
HDR




La realidad no importa; lo que importa es nuestro ensueño.
Azorín, La voluntad


Yo he soñado sin dormir...
Acaso sin despertarme,
Manuel Machado, En sueños


-De razones vive el hombre.
-Y de sueños sobrevive.
Miguel de Unamuno, Sobre la filosofía española



miércoles, 17 de abril de 2013

La señorita C. y el bombero

Apertura f/5,6
Tiempo de exposición 1/800 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 105 mm.
Compensación de la exposición -0,70





La señorita C. se había enamorado de un bombero que escribía poesía.

Ante sus compañeros del parque móvil, el hombre nunca hablaba de su pasión por la poesía. Esos tipos duros nunca le habrían entendido.

Los martes y los jueves por la tarde, cuando se reunía en la tertulia de los poetas, jamás mencionaba que el oficio que le permitía vivir era el de bombero. Ellos, tan alejados del mundo real, se hubieran reído de él.

Ante la señorita C. actuaba indistintamente como bombero y como poeta, según las circunstancias, de modo que cuando paseaban por la ciudad y se cruzaban con algún conocido la señorita C. nunca sabía como tendría que comportarse. Llegó un momento incluso en que ya ni siquiera se atrevía a hablar. Tenía miedo de decir algo que no resultara conveniente.

Sometida a esa tensión tan intensa, unos meses después, la señorita C. comenzó a mostrar claros signos de estar enloqueciendo. Fue entonces cuando empezó a susurrar a todo el mundo que su amante la engañaba. Al parecer había descubierto que el bombero-poeta mantenía relaciones con la novicia Rosalía, una monja de clausura de las Clarisas de Santa María Magdalena que los fines de semana actuaba como domadora de tigres en el Circo de la Luna. 




domingo, 4 de diciembre de 2011

De los dioses olvidados

Apertura f/14
Tiempo de exposición 1/160 s.
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,30


No tuve oportunidad de conocer personalmente a Juan Bernier Luque (1911 – 1989), un hombre que amó la poesía, la arqueología y las tierras de Córdoba, sin embargo me siento influido por él, debido a que soy amigo de personas que lo trataron y en muchas ocasiones hemos hablado de su vida y de su obra.

Como poeta, Juan Bernier fue fundador del grupo Cántico, que se manifiesta imprescindible cuando se estudia la poesía de los tiempos de la posguerra. Tenemos la fortuna de que todavía es posible encontrarse en las calles y tabernas de Córdoba a Pablo García Baena y a Ginés Liébana, dos de los integrantes de aquel movimiento poético.

En su faceta de arqueólogo, Juan Bernier fue un viajero incansable que recorría la provincia de Córdoba buscando vestigios de las culturas que nos precedieron. Casi siempre, cuando visitamos yacimientos arqueológicos que han quedado perdidos en lo alto de los picachos de los montes de Córdoba, alguien nos dice: “Aquí estuvo Juan Bernier…”

Cuando con algunos amigos amantes de la arqueología recorremos viejos senderos que conducen a los olvidados vestigios de algún antiguo poblado ibérico o romano perdido en la sierra, suelo llevarme algún poema de Juan Bernier y allá en lo alto, cerca del cielo, lo leo como tributo a este hombre, que fue, sin duda, el último humanista de Córdoba.

La fotografía que hoy os presento la tomé hace unos días en el yacimiento arqueológico de Torreparedones. Se trata de una ciudad romana olvidada de la que ni siquiera sabemos su verdadero nombre. Se alza en lo alto de un cerro que dista unos veinte kilómetros de la ciudad de Baena, en la provincia de Córdoba.

Es un momento propicio, ante la imagen de esos dioses olvidados, para releer uno de esos poemas de Juan Bernier:


DESEO PAGANO


Dioses innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y soñolientas de los prados.

¡Oh dioses sin problemas, domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.

Veinte siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!) han sido los caminos del mundo,
y os sepultasteis en la tierra
y habéis sentido los pasos del zagal y del arado
rozando vuestros miembros.

Y las vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como Sabinas a las rústicas manos,
escondidas, silenciosas de sol.
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!

Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
Lejos de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía danzar los cuerpos
como la brisa las palmas sobre el azul,
lejos del rabel
y la mirada de Narciso,
que hacía vibrar la belleza
en el ritmo de su propia contemplación,
lejos, muy lejos de la cítara lánguida,
consagradora de las noches,
sacerdotisa de las satisfacciones.

¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!

domingo, 23 de octubre de 2011

De los misterios de los mares




Anoche, la señorita C. me dijo que alguien le había contado que en uno de los bares del puerto habían visto a una sirena que estaba saboreando un helado de turrón.

-En otros tiempos –le dije-, las sirenas se comían a los hombres.

El mundo, sin duda –pensé-, ha perdido algo de magia.


Imagen: Antiqva Photo

sábado, 27 de agosto de 2011

Recuerdos del futuro



“NÚCLEO APOCALÍPTICO”
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“Con el título, rubricado en rojo, “Núcleo Apocalíptico” da comienzo un documento que ha sido descubierto recientemente en el curso de un trabajo de investigación y catalogación de fondos que se ha desarrollado en el Centro de Documentación de Planetas V.I.E (Vida Inteligente Extinguida). Se trata de un texto que nos brinda una información valiosa acerca del modo en que hace milenios se habría extinguido la vida en el planeta XP109R, llamado Tierra, en su día, por los seres que lo habitaron.

Modernos métodos de análisis han permitido que esta crónica sea fechada en el año 585.300 de nuestro calendario (Alfa Centauro), con un error de +/- 1.000 años, datación que vendría a corresponder con el año 2850 (+/- 5 años) del calendario que marcaba la vida de los terrícolas. En el documento, que ha sido sometido a rigurosos controles para verificar su autenticidad técnica, se ha podido contrastar que el tipo de soporte está en consonancia con su supuesta cronología. En él se nos habla de unos acontecimientos que se habrían desarrollado algunos cientos de años antes, en torno al 2050 de los humanos.

Todo parece sugerir que quienes confeccionaron este informe, que en el documento se declaran procedentes de Sirio, habrían tenido acceso a una información “de primera mano” acerca de las circunstancias que habrían motivado la extinción de la vida en XP109R. Parece que esa documentación la habrían encontrado en el interior de un submarino nuclear terrícola que estaba encallado en una de las escasas zonas de ese planeta que en aquel entonces emergían sobre las aguas de sus inmensos mares, en concreto el hallazgo se habría producido en una de las laderas de lo que los humanos llamaron Himalaya. Citado submarino ten …”


NOTA MARGINAL AL DOCUMENTO
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“El documento que hemos reproducido con el título de “Núcleo Apocalíptico”, que se muestra claramente incompleto, está archivado actualmente en la sección de “EXTRAÑOS” de nuestra “Biblioteca de Antiguos Códices Espaciales”. De su análisis se deduce que quienes lo redactaron no pudieron –por algún motivo que desconocemos- terminarlo, de modo que la crónica que habían escrito los viajeros de Sirio acerca del modo en que se extinguió la vida en el planeta Tierra se ha perdido. Es posible que quienes se ocuparon del estudio del documento fueran becarios poco cuidadosos con su trabajo (quizás no se les renovó siquiera su contrato de investigación), de modo que todo sugiere que el valioso documento, el de los seres de Sirio, que los becarios manejaron, posiblemente se haya perdido para siempre.

Parece, en suma, que nunca llegaremos a conocer las causas por las que la vida se extinguió en ese planeta que los humanos llamaron Tierra, algo que a estas alturas, obviamente, tampoco reviste ningún interés especial. No obstante, siempre queda la posibilidad de que alguno de esos becarios, antes de irse del centro de estudio, hubiera decidido robar el documento base, en cuyo caso es posible que algún día pueda de nuevo surgir a la luz.”


AUTORÍA DEL INFORME
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“Nota final para indicar que este informe ha sido confeccionado por XLH2007XXD, Robot Escriba de Segundo Nivel de la sección de “EXTRAÑOS” de la “Biblioteca de Antiguos Códices Espaciales” de Alfa Centauro, en el año 680.300 de nuestro Sistema Solar. No sabemos a que año de los humanos podría corresponder, ya que en estos tiempos modernos ese tipo de conocimiento se ha perdido.”

(En el original figuran varios sellos y algo que simula una firma digital)


NOTA FINAL DEL RECOPILADOR
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Este conjunto de documentos, tan apasionantes como escasamente despejadores de dudas, fueron encontrados por ANTIQVA, un humano que en enero de 2009 (año de la Tierra) los encontró expuestos en un tenderete del “Rastro” de Madrid.

Interesado en su adquisición, cuando expuso las más que razonables dudas sobre la veracidad de los documentos, el vendedor, un hombre “de bronce”, de aspecto agitanado, insistió una y otra vez en que se lo había comprado, junto con otros papeles y objetos, a un tipo de aspecto extraño –literalmente: “un poco verdoso”- al que habría tenido oportunidad de conocer en una tantas “juergas nocturnas”. El tipo, tras haber tomado con evidente delectación varias copas de brandy, habría insistido una y otra vez en que procedía de Ganímedes, lugar que según el gitano broncíneo podría ser, quizás, uno de esos nuevos barrios de Madrid que nadie sabe muy bien donde están situados.

Cuando el que suscribe la presente nota le preguntó a ese tal ANTIQVA como podía explicarse que unos documentos elaborados aparentemente en unos tiempos muy alejados del futuro hubiesen terminado expuestos en un tenderete de gitanos, el tipo lo único que fue capaz de decir fue: “Ay, ya quisiera yo saberlo… Son, sin duda, cosas del futuro y de los gitanos, claro…”

(Sigue una firma ilegible)


jueves, 21 de julio de 2011

Guerra Civil Española




A finales de 1936 o principios de 1937 mi madre, entonces una niña, fue evacuada del Madrid republicano, junto a sus dos hermanos. Un tren lentísimo los condujo al Levante, donde terminaron recalando finalmente en Villarreal de los Infantes. Allí fueron acogidos por tres familias distintas. Eduardo, el mayor de los hermanos, había recibido de mi abuela una orden clara: no debía consentir que los separaran. Los tres debían ser acogidos en la misma población.

En Villarreal, mi madre quedó bajo la custodia de una familia que en aquellos tiempos regentaba un hotelito. Tenían también una pequeña huerta de naranjos, donde ella jugaba con los hijos de esas personas que la habían acogido.

En el hotelito, frecuentado por militares republicanos, mi madre, a fin de cuentas una niña que simbolizaba la resistencia madrileña, fue tratada siempre por todos con un cariño especial, conscientes de la tragedia que en esos momentos se estaba viviendo en Madrid.

Mi madre nos habló muchas veces de la emoción que sentía al recordar aquellos tiempos en que ella fue feliz, entre las buenas gentes que la habían acogido en Villarreal, a pesar de estar alejada de sus padres, que siguieron viviendo en el Madrid sitiado.

En esos tiempos, el que habría de ser mi padre, entonces un “chaval”, había sido alistado en el ejército nacional. Se había criado en Valladolid y allí el alzamiento militar había triunfado desde el primer momento. Consciente de la inmensa tragedia que supuso la guerra civil prácticamente nunca nos habló de sus propias experiencias en esos años terribles.

Tiempo después, en un momento más avanzado de la guerra, mis abuelos fueron también evacuados de Madrid y terminaron arribando, igualmente, a Villarreal de los Infantes, buscando recuperar a sus hijos.

Siempre me ha causado sorpresa saber que cuando los franquistas entraron en Villarreal venía con ellos un sargento de la Guardia Civil que era, ni más ni menos, que cuñado de mi abuelo. Este hombre, “que mandaba mucho”, se hizo cargo de toda la familia, ya que mi abuelo –sindicalista de UGT- había muerto unos días antes.

Mi madre nunca olvidó la imagen de las carreteras levantinas, llenas de muertos en las cunetas, cuando los nacionales los evacuaron de Villarreal. Viajaban en un camión del ejército, tapados con colchonetas, y debieron de atravesar alguna zona de lucha, ya que las balas silbaban a ambos lados del camino. El conductor –nos habría de contar mi madre muchas veces- no cesaba de repetir mientras conducía frenéticamente: “¡Por Dios, recen para que ninguna bala me alcance... Si me matan a mí, morirán todos...”

Cuando las tropas nacionales entraron, finalmente, en Madrid, llegando así a su fin la guerra fratricida, mi padre fue uno de los soldados que integraban las fuerzas de ocupación. La noche anterior su grupo había pernoctado en Torrelodones. Fue uno de los hombres que desfilaron en el “Desfile de la Victoria”.

martes, 3 de mayo de 2011

EL CRISTO DEL CIELO




El Cristo de piedra,
cuando amanece,
se siente más cerca del Cristo del cielo.


Con cierta frecuencia, cuando está amaneciendo, uno suele pasear por algunos rincones de Córdoba por los que su espíritu siente una predilección especial. Uno de esos espacios es la Plaza de los Dolores, donde se alza la imagen del “Cristo de los faroles”.

En esta plaza y en su entorno más inmediato (la cuesta del Bailío) se concentran, al menos así piensa uno, algunas de las esencias de la Córdoba de siglos pasados. Se trata de una plaza pequeña, rectangular, empedrada a la antigua usanza, que se muestra cercada por las fachadas y tapias de diversos edificios religiosos. Allí, cuando amanece, a la tenue luz de los faroles, este espacio se manifiesta rodeado de una soledad inmensa. Entonces, cuando “no pasa ni un alma”, absorto en sus pensamientos y contemplando la imagen, quisiera uno creer que la soledad del momento y la magia que se desprende de las paredes de los conventos quizás podrían hacer que cada amanecer el Cristo de piedra durante unos segundos pudiera tener algo de vida. Quizás la piedra fuese capaz, durante unos instantes, de captar alguna desconocida energía del amanecer y el Cristo pudiera, realmente, estar latiendo.

Esa sensación tan bella como extraña tiene, por motivos obvios, una duración efímera. El misterio solo se mantiene durante unos pocos segundos, que son los que uno ocupa en atravesar la plaza. Al momento, cuando me voy alejando, todo sugiere que la piedra vuelve a ser piedra. Posiblemente el ruido producido por mis pasos sea el culpable de que el milagro se desvanezca.


Imagen: Antiqva Photo

domingo, 24 de abril de 2011

ANTIQVA ERÓTICO





Aquí fue donde Equicia,
mujer negra,
de complacientes maneras,
me enseñó a odiar a las mujeres blancas.

Quien ame a Equicia
arderá en negros carbones.


Este poema es el que hace algunos días anuncié que había enviado al “Primer Premio de Poesía Amatoria, Gozosa y Erótica” que había convocado la editorial Hipálage. El poema fue seleccionado y ha sido publicado en un libro titulado “De versos encendidos”. Ya comenté que había olvidado que poema era el que había enviado, de modo que he tenido que esperar a que el libro tomara forma.

El poema en el que se aúnan erotismo y odio, está inspirado en la lectura de diversos grafitos amatorios que se han conservado en las paredes de Pompeya. Lo publiqué en el blog, hace ya mucho tiempo, al regreso de un viaje a esa antigua ciudad romana, en el que habíamos tenido ocasión de visitar uno de sus lupanares. El nombre de lupanar hace referencia a las “lupas” (prostitutas), que con sus aullidos nocturnos buscaban atraer clientes.

El poema lo pensé como si hubiera sido escrito en la pared de uno de los cuartos de algún antro pompeyano.

Debemos dejar constancia de que cuando visitamos el lupanar de Pompeya el local llevaba unos 2000 años cerrado al público…


Imagen: Escena erótica en el lupanar de Pompeya – Antiqva Photo.

miércoles, 13 de abril de 2011

LOBOS EN LA NIEVE


Quedé impresionado cuando contemplé la proyección de aquella película legendaria, Doctor Zivago. Por la noche, mientras dormía, estuve embargado por sueños extraños en los que, quizás, llegué a presentir cosas que es posible que algún día viva realmente.

La película mostraba escenas espectaculares de la Gran Guerra de 1914, de la Revolución Rusa y de los enfrentamientos civiles entre las tropas comunistas y las que seguían apoyando al régimen de los zares. Lo que más me impactó fue contemplar las inmensas llanuras de las estepas rusas, cubiertas por la nieve, por las que avanzaban los escuadrones de caballería tratando de alcanzar a unos enemigos vaporosos que se esfumaban en aquel inmenso infierno blanco.

En mis ensueños, influidos por lo que había contemplado aquella tarde en la gran pantalla, me veía vestido con un atuendo militar, portando un fusil y aparentemente posando en una inmensa planicie nevada, similar a aquellas por las que había visto cabalgar a los escuadrones de cosacos. La imagen sugería que un gélido viento lo impregnaba todo y mi cara, aterida, acusaba el frío inmenso de aquel inhóspito lugar. Alguien me había repetido varias veces que era necesario que vigilara a los lobos.

Mientras tanto, veía como los soldados de mi compañía, para protegerse del frío, se habían refugiado en unas trincheras cercanas. Esperaban que el cabo furriel y otros dos hombres acudieran portando un cajón de madera en cuyo interior viajaban los chuscos de pan y las latas de sardinas que habrían de constituir el almuerzo en ese día de maniobras en la nieve.

Era frecuente que por las noches, mientras dormíamos en el barracón, escucháramos en la lejanía el aullido de los lobos. Ahora, en nuestro avance por aquellos campos helados, estábamos cerca de ellos y el sargento había seleccionado tres o cuatro hombres para que estuviéramos alerta mientras los demás reponían fuerzas en aquellas abandonadas trincheras. Nuestra misión consistía en mantener alejados a los lobos que pudieran rondar por aquellos parajes. Nos dijeron claramente que si alguno de ellos se acercaba lo único que teníamos que hacer era disparar al aire y asustarlo. No se trataba de disparar contra ellos sino solamente de infundirles temor y hacer que se alejaran.

Como en la película, me veía posando en la nieve, azotado por el viento, mientras a lo lejos, en la neblina, tres hombres se acercaban portando penosamente, dos de ellos, una especie de cajón. Allí venía nuestro almuerzo. Mi misión era impedir que los lobos se acercaran demasiado.

Viví esta escena con tal intensidad que todavía sigo pensando que es posible que fuese un ensueño premonitorio. Quizás en esta vida, o en otra vida futura, esa imagen llegue algún día a hacerse realidad. Es posible, incluso, que haya sido una escena real, vivida en un tiempo ya pasado.