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viernes, 22 de mayo de 2015

El viajero enamorado








El viajero, tras haber visitado una torre museo de raíces medievales disfrutaba ahora de las delicias primaverales del otoño del sur. Estaba paseando por un viejo puente cuyos orígenes se remontaban a otros tiempos en que los héroes de los antiguos mitos habían vivido en la tierra. Dirigía sus pasos a la Mezquita Aljama de la ciudad, cuya silueta se alzaba majestuosa al otro lado del río.

Cuando llegó a la altura de una estatua pétrea de San Rafael, protector de la ciudad en otros tiempos en que había más devoción, fue cuando le llamó la atención una muchacha morena, de rasgos agitanadamente bellos, que estaba haciendo ejercicios de malabarismo con una pequeña antorcha. Supo que la chica no actuaba para nadie salvo él, ya que en ese momento no había allí ninguna otra persona. Echó una moneda en el plato de plástico que estaba en el suelo y al mirar a la muchacha reparó en que también ella lo estaba mirando y le sonreía. En ese mismo instante, en ese cruce de miradas, fue cuando la magia lo envolvió todo y el viajero supo que esa chica iba a ser la mujer de su vida. El también la sonrió. Tenía la certeza de que el amor había atracado en el cuerpo de su alma, tan desolado por tantos naufragios anteriores. Se dijo que iba a hacer lo imposible para conseguirla. No podía permitirse que como en tantas otras ocasiones esa mujer terminara esfumándose.

Unos instantes después una pareja se les acercó. Estuvieron observando las acrobacias y echaron también una moneda. La muchacha, ante este gesto, y para desesperanza del viajero, también les sonrió como antes le había sonreído a él. El viajero se sintió traicionado. Quedó inmóvil, entristecido, mientras ellos se fueron alejando y la chica se agachaba para recoger las monedas. Ya no le prestaba ninguna atención.

Pasó un tiempo antes de que el viajero, al fin, saliera de su letargo. Estaban llegando ahora a sus oídos los sones melodiosos del Adagio de Albinoni. Alguien los estaba interpretando. El viajero quiso saber quién era y al alzar sus ojos observó que algo más allá una muchacha de aspecto eslavo, rubia, menuda de cuerpo pero de bellas facciones estaba tocando el violín.

El viajero no lo dudó. Sacó otra moneda de su bolsillo y con ella en la mano, sonriendo de amor, se dirigió a la violinista.




jueves, 26 de febrero de 2015

Caperucita en el palacio





Este domingo pasado el Lobo me invitó a visitar la casa palaciega en la que vive la abuela de Caperucita (eso de que malvive, abandonada por todos, en una casita en medio del bosque es un puro cuento). Después del almuerzo la abuelita y él decidieron echarse a dormir la siesta. A fin de cuentas ya tienen cierta edad y se les veía cansados después de haberme enseñado las cincuenta y tres habitaciones del palacio y los catorce cuartos de baño. Fue entonces, cuando yo, para distraerme, hacía fotos en el salón del baile, cuando llegó Caperucita, cogida del brazo de un guapísimo cazador. Menuda se lió cuando ella escuchó los aullidos del Lobo y los gemidos de su abuelita.





lunes, 24 de noviembre de 2014

El hombre inmóvil





Cuando se despertó, el hombre inmóvil se sintió confuso. No entendía lo que estaba pasando. No comprendía porqué no estaba en su cama, que es donde debía estar, sino en uno de los paseos del Parque Central de su ciudad. Se veía subido en un pedestal, vestía una extraña casaca y estaba todo él, salvo los ojos y los labios, repintado de purpurina. ¿Qué le estaba pasando? Solo unos instantes después tomó conciencia de que estaba pidiendo una limosna a los turistas que paseaban indolentes a su lado. Quiso entonces bajarse pero se dio cuenta de que no podía moverse. Algo lo tenía inmovilizado. “Quizás, se dijo, solo tenga que esperar a que alguien me eche una moneda. Entonces, recuperaré mis movimientos, escaparé de un salto y volveré a casa.” Con sus ojos, que era la única parte de su cuerpo que podía mover, echó un vistazo a la gorra que estaba expuesta en el suelo. Calculó que había unas quince monedas. Unos doce euros. Suficiente para tomar un taxi y huir de allí tan pronto como al tintineo de una nueva moneda le devolviera los movimientos. Pero eso no sucedió. Los turistas pasaban a su lado pero ni siquiera lo miraban. Parecía que no veían al hombre inmóvil. Era como si él no estuviera allí y este pensamiento hacía que se sintiera cada vez más angustiado. A pesar de que lo intentaba una y otra vez era incapaz de moverse. Estaba anocheciendo y nadie mostraba interés en él. Las horas pasaban y el hombre inmóvil estaba más angustiado a cada instante. Sus enrojecidos ojos mostraban el temor que lo embargaba.

A las once y media de la noche, cuando ya nadie paseaba por el parque, las luces se apagaron y todo quedó sumido en la oscuridad. Para entonces, sus ojos lloraban. Si hubiera podido hablar, habría chillado hasta enronquecer pero no podía hacerlo. El hombre inmóvil estaba solo. El mundo se había desentendido de él.

A eso de las cuatro de la madrugada, cuando estaba exhausto, fue cuando tomó conciencia de que lo que estaba viviendo no podía ser real. En un instante, pleno de gozo, su mente pareció despertar y descubrió al fin que todo tenía que ser una pura fantasía. Lo que sucedía, sin duda, era que él seguía durmiendo. Estaba, simplemente, soñando. Eso es lo que pasaba, todo era una pesadilla, y se sintió feliz ante esa esperanza. “Tengo que despertar, pensó. Todo es un sueño, solo es un mal sueño.” Pero no pudo hacerlo. El hombre inmóvil, por más que lo intentó, no pudo despertar. Y lo que él pensaba que era una pesadilla prosiguió.

Sus ojos solo se abrieron, al fin, a las 6.30 de la mañana, cuando, como todos los días, mecánicamente puntual, el reloj le sobresaltó con su chirriante sonido.





miércoles, 8 de octubre de 2014

La mujer que amó a Aquiles





Todos piensan que Briseida ama a Aquiles, pero solo yo conozco la verdad.

La mujer le había correspondido al héroe como botín de guerra después de que este matase al troyano Brises, su padre. Briseida, sacerdotisa del templo de Apolo, se había visto así convertida en esclava y después amante de esa fiera a la que llaman Aquiles. Eso es lo que creen todos.

Cuentan las gentes que el espíritu de Brises, enloquecido de dolor en el Hades al conocer el estado de servidumbre de su hija, había rogado a los dioses que tuvieran clemencia de sus padecimientos y obligaran a Aquiles a liberarla. Habría sido así como Apolo, compadecido, se personó ante Agamenón, el Rey de los Reyes helenos, y lo amenazó con una peste que diezmaría su ejército si Briseida no era liberada. Agamenón, viendo como sus hombres morían, ordenó a Aquiles que devolviera la mujer a su madre.

Forzado a perder a su amante, el héroe, encolerizado, hizo saber a todos que él y sus mirmidones iban a retornar a las tierras de Grecia. No iba a seguir guerreando para alguien que había arrancado de sus brazos a la mujer que amaba. Antes del regreso, no obstante, Aquiles clamó ante la Nereida Tetis, su madre, a la que suplicó que mediara ante los dioses para que le devolvieran a su esclava, a la que amaba con esa pasión que solo es propia de los guerreros:

-“Tú, madre –habló Aquiles-, socorre si puedes a tu buen hijo; ve al Olimpo y suplica a Zeus por mi si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras.”

La Nereida, que había sido amada por Zeus en otros tiempos, fue escuchada por el dios, y Briseida, en la noche, dejó atrás las murallas troyanas y regresó a los brazos de Aquiles. Quienes la vieron dirigirse al campamento heleno dijeron que tras haber conocido el fuego del amor no quería renunciar a esa pasión. Apolo, antes, la había liberado de Aquiles pero era ahora Zeus quien permitía que la mujer retornara a su servidumbre.

-¡Ay de mi –exclamó Briseida cuando estuvo en presencia de Aquiles-, que ni siquiera pude besarte cuando, siguiendo el mandato de Apolo, tuve que partir para dejarte. Entonces solo pude derramar lagrimas sin fin y desgarrarme los cabellos, pero ahora, amado mío, regreso a ti y no lo hago como una esposa que retorna a los brazos de su marido sino como una esclava que vuelve a su amo. Prometo, Aquiles, serte sumisa, y te suplico que abandones tu idea de regresar a Grecia, como se que pensabas hacer al sentirte agraviado por tu rey. Debes quedarte en estas costas troyanas y amarme de nuevo como antes lo hiciste. Vuelve, Aquiles, a guerrear con los troyanos y no dejes que el orgullo y la ira te posean. Podrás, así, también volver a mí y amarme.

Tetis, tan pronto como supo que Aquiles se iba a incorporar a la guerra, no lo dudó: pidió a Hefesto, el gran herrero, que fabricase para su hijo la mejor armadura que jamás hubiera sido hecha. Dicen que a cambio le prometió varias noches de amor, promesa que luego nunca cumplió. Hefesto creó la armadura con los mejores bronces, pero conocedor de que ella lo engañaría, a fin de cuentas es un dios y lo sabe todo, nunca terminó la parte que habría de cubrir los pies del héroe.

Ahora, todos recriminan a Briseida su traición a la causa troyana. No entienden que abandonando a los suyos se haya entregado a los abrazos del monstruo que mató a su padre. Solo yo, Paris, se que todo es una estratagema. Sé que su amor por el héroe heleno es pura falsedad y que Briseida solo me ama a mí. Solo nosotros sabemos que hace ya muchos meses que abandoné a Helena, la mujer que traje a Troya y que ha causado la ruina de esta ciudad, que ahora veo como está siendo consumida por las llamas, tras la pérfida estratagema del caballo ideada por Ulises.

Ahora, cuando todos están muriendo, solo nosotros sabemos donde hemos de encontrarnos. Briseida acudirá a donde ella sabe, y tras sus pasos vendrá Aquiles que confiado en su amor no sabe que lo estoy esperando con mi arco y que mi flecha, que tengo que dirigir a su talón, le causará esa muerte que las Moiras le profetizaron al nacer.

Pero, esperad… Briseida, corriendo, se está acercando a mi. Debo tensar bien mi arco. Aquiles, como esperábamos, corre tras ella. No sabe que su vida ha llegado a su fin. La venganza de Briseida está a punto de ser consumada. Después, huiremos por los subterráneos que unen Troya con la costa y abandonaremos esta ciudad que se consume en el fuego. Sabemos que atravesando el mar habremos de alcanzar playas ignoradas por los hombres y que será en ellas, en la Isla de los Pájaros, en unas nuevas tierras, en donde podremos vivir, al fin, nuestro amor.





sábado, 20 de septiembre de 2014

El Minotauro





El niño sentía una mezcla extraña de fascinación y de miedo. Estaba escuchando los rugidos que surgían de las entrañas de aquel espacio de terror y sabía que en cualquier momento el Minotauro se manifestaría. La culpa de todo la tenía aquel libro en el que se hablaba de historias antiguas en los que unos héroes olvidados luchaban con hombres-toros. Ahora, en aquel agobiante pasadizo, el niño podía oler el hedor que el monstruo había impregnado en las paredes y cuando escuchó su rugido supo que se acababa el tiempo. Tenía que actuar con rapidez. Antes, no obstante, decidió enfocar con su linterna y alumbrar lo desconocido. Pudo ver así como el débil rayo de luz, antes de perderse en la obscuridad, iluminaba los ojos ensangrentados de furia del Minotauro. El animal se le estaba acercando, avanzando a un trote lento, calculando el golpe que iba a asestarle con su cornamenta. El niño palideció. Sintió que le flaqueaban las piernas. Era consciente de que con su espada de madera no podía enfrentarse al monstruo. Decidió que tenía que escapar del Laberinto y retornar al mar. Sabía que solo allí estaría a salvo pero el miedo le impedía moverse. Fue en el último instante, cuando todo estaba a punto de terminar, cuando el niño pulsó el interruptor y su pequeña linterna se apagó. Mientras el último rayo de luz se desvanecía se tiró al suelo y se tapó la cabeza con las manos. Unos instantes después, pudo sentir que el Minotauro, mugiendo enloquecido, pasaba trotando a su lado, desorientado en la obscuridad y golpeando en su confusión con sus cuernos el aire y las paredes de aquel espacio de tinieblas.

Antes de que el monstruo volviera sobre sus pasos, el niño supo lo que tenía que hacer. Abrió la puerta del armario y dando un salto abandonó ese reino de terror. Después, jadeando, apoyó su cuerpo contra la puerta para que el monstruo no pudiera salir y dio dos vueltas de llave a la cerradura. Ya solo le faltaba para estar a salvo dar un par de zancadas y alcanzar su cama. Se introdujo en ella sin vacilar y tapó todo su cuerpo, cabeza incluida, con esa manta azul que en la noche, como el mar cuando Teseo huía, le protegía de los monstruos.





martes, 29 de julio de 2014

Monólogo de un dios en su soledad






Los dioses no deberíamos estar tristes, pero yo lo estoy.

Todo sucedió en un instante. Vi como ella pasaba fugazmente delante de mí y en el gozo de su belleza no lo dudé: pedí un deseo a Afrodita y la diosa del amor me lo concedió.

Fue así como aquella mujer me amó como sólo ellas saben amar a los dioses y durante tres semanas la conocí del modo en que la hubiera conocido un hombre. Me sentía feliz. Las mujeres hacen que los dioses puedan alcanzar los gozos reales del amor y agradecí muchas veces a la diosa que me la hubiera traído.

A Casandra, así me dijo la mujer que se llamaba, la prometí el don de la profecía. Quise, incluso, transformarla en una ninfa, o en una heroida, si ella lo deseaba. Le fue otorgado todo lo que un dios puede conceder a una mujer.

Pero mi corazón, ahora, está triste y en mi desesperanza, yo, Apolo, he decidido que ella tendrá que vivir siempre con la amargura de saber que sus vaticinios nunca serán creídos por los hombres.

Y es que el espíritu de Casandra, Afrodita tenía que haberlo sabido, es el de una estrella fugaz y hace ya siete días que me abandonó.





lunes, 16 de junio de 2014

Cuento egipcio de amor y muerte






Cuando dijo sus palabras, terminados los rituales de la Apertura de la Boca, el sacerdote Sem, que vestía una túnica blanca y cubría sus hombros con una piel de leopardo, penetró en las profundidades de la mastaba y se situó al lado del sarcófago donde los hombres habían depositado el cuerpo de Ahmosis. De una bolsa de cuero fue sacando puñados de polvo ocre que fue espolvoreando sobre la momia. El intenso color rojo del mineral había de permitir que el aliento de la vida retornara al difunto. El sacerdote sabía que un poder desconocido facilitaba que gracias al ocre los cuerpos, tras haber sido momificados en la Casa de la Muerte, se pudieran preservar eternamente de la descomposición.


Entonces, cuando el cuerpo quedó impregnado del polvo rojo, el sacerdote hizo una señal y Nofret, la esposa de Ahmosis, se acercó al sarcófago y colocó sobre él un ramillete de flores. Afuera, los hombres bailaban la danza mau mau y las plañideras, simulando desesperación, se golpeaban los pechos y se tiraban de los cabellos. Después, mientras Nofret chillaba, cuatro hombres rodearon el sarcófago y se dispusieron a esperar a que llegara la noche. Sería entonces cuando habrían de ser recitadas las fórmulas mágicas de las Cuatro Antorchas de Glorificación, con las que llegarían a su término los rituales. Todos eran conscientes de que gracias a ellos, en el nuevo amanecer, Ahmosis, convertido en un dios tras atravesar victoriosamente el inframundo y superar el juicio de Osiris, se elevaría al reino celeste de Ra y volvería a la vida en las Estrellas Imperecederas, creadas por el Gran Dios para que en ellas habitasen los hombres Justos de Voz. Allí, en la Campiña de las Felicidades, más allá de la niebla matutina, seguiría viviendo Ahmosis durante Millones de Años, junto a los espíritus glorificados que conocen los secretos del fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.

Algunas noches después, Nofret soñó que Ahmosis la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Algo después, cuando estaba a punto de amanecer y la noche se iba diluyendo, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Nofret se había levantado y estaba contemplando las Estrellas Inmortales, que todavía lucían débilmente. Dirigió su mirada a Orión, la residencia de los dioses, y fue entonces cuando notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Fue así como supo que Ahmosis, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.





martes, 13 de mayo de 2014

La señorita C. y los espejos





Sucedió en la noche. La señorita C. estaba soñando y en el sueño se veía en un tiempo futuro en el que alguien o algo la obligaban a romper el espejo que tenía en su dormitorio. Tuvo que hacerlo, y al momento, mientras los cristales rodaban por el suelo haciéndose añicos, pudo contemplar que del interior del quebrado armazón brotaban dos mirlos, que se alejaron revoloteando mientras ella, que nunca había sospechado que dentro de los espejos pudieran anidar los pájaros, encorvaba su cuerpo y miraba más allá de la luna rota, temiendo que allí hubiera quedado abandonado algún polluelo. Fue entonces cuando vio que desde la obscuridad unos ojos la miraban. Supo al instante que eran sus propios ojos. Los ojos en los que ella había vivido hasta aquel día del futuro en que Raulito iba a abandonarla buscando el abrazo de otra mujer. En ese instante la señorita C. tomó su decisión: saltó dentro del espejo y se integró de nuevo con ella misma. Supo que nunca volvería a abandonar sus ojos. A partir de ahora, su mirada volvería a ser la de siempre, la que había tenido hasta que conoció a Raulito.

Cuando despertó del sueño, la señorita C. lo había olvidado. Sin embargo, al poco, inexplicablemente, sintió que una fuerza desconocida la obligaba a romper el espejo del dormitorio. Lo envistió con un golpe certero y al momento la luna saltó en pedazos. Los vidrios se desparramaron por el suelo. Raulito, que había despertado sobresaltado y contemplaba perplejo el estropicio de los cristales, pensó que debía quitar hierro al asunto y se echó a la calle. Dicen que fue esa mañana cuando conoció a la niña Chole.





sábado, 5 de abril de 2014

Donde habitan las ausencias







La noche en que lo mataron todo había sucedido con tanta rapidez que él, con varias copas encima, ni siquiera se enteró. Al parecer, al salir del Blues Club, tras tropezar con un gato y caer al suelo de bruces, alguien lo había acuchillado. Ni siquiera le robaron la cartera. “Ajuste de cuentas” –había sentenciado la policía.


Cuando creyó despertar solo conservaba el vago recuerdo de haber contemplado, en algún momento que no podía concretar, sus manos ensangrentadas. En la neblina de su mente también acudía a él la visión de un viaje en la noche en un autobús que no conducía nadie y en el nadie más viajaba. Se sentía aturdido y le parecía como si el mundo fuese tan reciente que muchas cosas ni siquiera tuvieran nombre. Lo primero que vio cuando creyó recuperar la conciencia fue la fiera con la que había tropezado en la noche. Alguien le dijo que se llamaba gato. Tenía los ojos verdes, grandes y muy claros, pero de un verde no plenamente definido, como si a veces, según jugase la luz, quizás sometidos a su voluntad, pudieran mostrarse azulados o marrones. Decidió que el animal se llamaría Jato. Era tal la belleza con que sus ojos asombrados contemplaban el mundo que llegó a sospechar que las cosas, cuando el animal las miraba, se volvían transparentes.

Quedó tan impresionado con aquellos ojos que pocos días después comenzó a soñar con el animal. La primera vez, cuando dormía, le había parecido escuchar que Jato estaba maullando en el pasillo. Se levantó, pero allí solo habitaban las ausencias. La noche siguiente dejó abierta la puerta del dormitorio y al poco sintió que el gato se subía a la cama y ronroneaba mansamente acercándose a su cara. Notaba el dulce cosquilleo que le producían sus bigotes. Es un gato de la calle –pensó en su sueño-, ¿cómo habrá entrado en casa…? Y gracias a Jato, cuya presencia se fue repitiendo noche tras noche, se fue sintiendo cada vez más reconfortado y fue viviendo sueños felices en los que el felino le arropaba.

Pasaron algunas semanas antes de que se diera cuenta de que algo no iba bien: cuando se despertaba solo tenía presentes los sueños que había vivido junto a Jato pero no recordaba nada que le hubiera sucedido en el mundo real. Día tras día, iba pasando el tiempo y lo único que recordaba que no hubiera soñado es que se veía sentado en el sofá escuchando de continuo las emisiones radiofónicas de Cadena Nostalgia F.M. Pronto sospechó, aturdido, que quizá la visión de sus manos ensangrentadas no hubiera sido un sueño o que el viaje en el autobús estuviera revestido de algún significado que él no era capaz de captar. Su confusión iba en aumento. No entendía nada, salvo que cuando estaba despierto ni Jato ni nadie se le aparecían. Solo sentía la presencia del gato en los sueños. Posiblemente, pensó, el animal no fuese real, sino solo una apariencia que se le manifestaba en la noche. Fue algunos días después cuando estremecido fue tomando conciencia de que quizás tampoco él tuviera existencia.

“Yo no existo –se dijo al fin-. Solo existe mi mente…”, y con alivio, con humillación, con terror, comprendió al fin que él era también una apariencia, y que era otro, ¿quizás Jato?, quien lo estaba soñando.





jueves, 3 de abril de 2014

Un cuento inacabado





Tú, seas quien seas, que estás leyendo estas palabras, has de saber que me llamo Margarita Morena, o Polonia, que no estoy segura de cual sea mi verdadero nombre, y que según me contó cuando yo era moza el Venerable Fray Martino de Córdoba, Visitador de la Cofradía de Niños Expósitos de Nuestra Señora de la Soledad, nací sin padres un día ya olvidado del mes de mayo del año de 1525. Hoy, cuando han pasado 28 años, soy monja del convento de las Hospitalarias de San Esteban y ante el Altísimo me llamo Consuelo Grande del Amor de Dios.

Antes de entrar en el convento, alguna de las veces que hablé con Fray Martino me dijo que cuando mi madre, o quién fuera, me abandonó, había tenido conmigo un gesto de piedad, ya que había llenado mi boca con miel, buscando sin duda facilitar mi vida. Entre mis ropas, ella había dejado una cédula en la que decía que yo estaba bautizada y que mi nombre era el de Margarita Morena, posiblemente por lo oscuro de mi piel...



-Esto es el inicio de un cuento que quizás algún día sea capaz de dar forma y concluir... Quien sabe...




miércoles, 26 de marzo de 2014

Crónica del fin del mundo






El día en que Pies Ligeros murió, la humanidad fue aniquilada. Los Hombres del Cielo, enojados con los Hombres Rojos, decidieron exterminarlos. Solo mis hijas y yo seguimos vivos, escondidos como fieras en la oscuridad de esta cueva, y tiemblo al pensar que esta noche ellos vendrán otra vez. Ya no queda en el mundo ningún humano que pueda unirse con mis hijas y los Hombres del Cielo, que las desean, me harán dormir con su gran magia y luego yacerán con ellas. Saben que soy viejo y no puedo hacer nada.

El día de la aniquilación el Mensajero me dijo que el clan de los Hombres Rojos iba a ser destruido y que solo nosotros nos salvaríamos. No sabía yo entonces que se sentían atraídos por la belleza de mis hijas y que estaban tramando su plan. Me insistió en que cuando se iniciara el ataque debíamos escapar. No debíamos enfrentarnos a ellos. No debíamos siquiera mirar atrás. Teníamos que olvidarnos de nuestro mundo y huir.

Unos instantes después de que el Mensajero hablara, pude escuchar el trueno de sus Pájaros de Fuego, que ya resonaba sobre la aldea. Al momento comenzaron las explosiones y la ira de las llamas lo arrasó todo. Llamé a gritos a Pies Ligeros y a nuestras hijas. Les pedí que corrieran. Debíamos escapar, sin volver la vista atrás. Sé que mis hijas me oyeron, pero Pies Ligeros, sorda por los truenos, no debió escucharme. Aterrado por lo que estábamos viviendo, sentí que se volvía y miraba como nuestros hermanos estaban siendo aniquilados. Nunca hemos vuelto a verla. Algunos días después, los Hombres del Cielo, cuando nos encontraron, me dijeron que se había consumido en una llama de luz.

Esta noche ellos volverán a hacerme dormir y cuando esté en el mundo de la niebla mis hijas tendrán que soportar otra vez sus abrazos de deseo. Los tres sabemos que cuando pasen las lunas y engendren a sus hijos, el clan de los Hombres Rojos habrá sido sustituido por otro en el que los humanos, que los Hombres del Cielo dicen que serán más sabios, llevarán una sangre nueva.




martes, 18 de marzo de 2014

Aquel calor tenue






Pies Ligeros, una niña de ocho años perteneciente al clan de los Hombres Rojos, se está esforzando por hacer su trabajo. Con sus dientes, está sujetando uno de los extremos de la piel de un cervatillo, en tanto que con su mano izquierda mantiene firme el otro extremo y con la derecha me está restregando, una y otra vez, contra el interior del pellejo, rayéndolo y liberándolo de pelos y grasa. Una anciana, que tiene más de treinta años, está vigilando como la jovencita hace su trabajo.

Ha pasado un rato y la niña, que está cansada por el esfuerzo, se ha distraído unos momentos al escuchar el griterío que se ha formado en el poblado cuando los cazadores han regresado del Gran Arroyo de Aguas Saltarinas. Al volver la cabeza para mirar a los que llegan, sus dientes han soltado el extremo de la piel y en un movimiento involuntario su mano derecha también me ha soltado a mí, con tal mala fortuna que he ido a estrellarme contra su boca.

Con un gesto de dolor y furia, Pies Ligeros, gritando, se ha levantado y, sin pensarlo, me ha lanzado tan lejos como le ha sido posible. La anciana, indignada, se ha alzado también y está emitiendo feroces gruñidos con los que está expresando a la niña su repulsa por la torpeza de su actuación.

Al momento, Pies Ligeros y la anciana han intentado buscarme, pero no es cosa fácil encontrar una lasca de sílex entre tantos cantos rodados como hay en este pedregal. No han tenido suerte. No han sido capaces de verme. Los cazadores, además, han llegado con hambre y ya no hay tiempo para que ellas lo pierdan buscándome.

En este momento, Pies Ligeros no sabe que dentro de cuarenta mil años un hombre, paseando por esta terraza próxima al Gran Arroyo, habrá de encontrarme fortuitamente, sí, a mí, a esa lasca de sílex que ella, gruñendo, ha arrojado tan lejos como su furia le ha permitido. Entonces, cuando eso suceda, el hombre, al tomarme en sus manos, todavía podrá sentir, a pesar del tiempo que habrá pasado, el calor tenue que los dedos de esta niña neandertal han dejado impregnado en mí.




jueves, 20 de febrero de 2014

Mediterraneo







Anoche, arrastrado por el mar, llegó al pueblo un loco. Decía que era nuestro rey pero se cubría con unas calzas pardas y con una capa teñida de mugre. Dando gritos, se empeñó en hablar con la reina y los soldados tras expulsarlo del palacio, al ver que no se iba, tuvieron que azuzarle los perros. Huyendo de las fieras, el loco encontró refugio en la taberna de Aristo, donde se sintió confuso al ver que nadie reconocía su majestad. Alguien le ofreció un vaso de vino caliente y él, con ademanes exaltados, habló de sus viajes por mares por los que nunca antes habían navegado los hombres, de sus hazañas en guerras de fantasía que ya nadie recordaba, de sus amores con sirenas que devoraban a los marinos y de cómo había matado a un ser monstruoso que tenía un solo ojo en la frente y que criaba cabras en los riscos de un islote que ni siquiera tenía nombre. Escuchando sus palabras de majadero todos reían. Solo el ciego Homero, con el semblante adormecido por el vino, dijo que quizás alguna de esas hazañas mereciera ser fabulada algún día por los poetas.


A la mañana siguiente, el loco insistió en hablar con la reina y los soldados, cansados de tanto alboroto, lo apalearon. Algo después se le vio abandonar el pueblo tambaleándose, camino nuevamente del mar. Una bandada de chiquillos lo acompañaba. Mientras caminaban a su lado, se reían de él y le tiraban piedras. Dicen que a Safo, una niña que no le insultaba y que lo miraba con aire de tristeza, le dijo, entre los ladridos de los perros y las risotadas de los niños, que se llamaba “Nadie”.




sábado, 15 de febrero de 2014

El silencio de la noche






Al poco, cuando salíamos de la librería yo llevaba en mis manos un ejemplar de “Tirano Banderas”, una novela de tierra caliente de Valle-Inclán, en tanto que Ricardo se había hecho con una edición antigua de “El Empecinado visto por un inglés”, de Federico Hardman, traducido por Gregorio Marañón. A los dos les faltaban sus últimas páginas.

Paseamos, entre risas por lo extraño de la situación que habíamos vivido, por las callejas del viejo Madrid. Queríamos llegar al Mercado de San Miguel, ya que habíamos decidido comprar algo de fruta que nos serviría para, ya en la tranquilidad de nuestro hotel, cenar esa noche. Allí, en el mercado, mientras saboreábamos con nuestras miradas el bello espectáculo de luz y color que los puestos nos brindaban alguien nos dijo que iba a ser clausurado próximamente. Al parecer algún grupo inmobiliario había decidido transformarlo en un lujoso espacio de ocio y de bares.

-Vaya –no pude dejar de pensar-, hoy todos estamos de acuerdo en que alguien que se dedica a destruir siquiera sea parcialmente un libro tiene que ser un loco. Nadie, sin embargo, piensa lo mismo cuando lo que se decide mutilar es un viejo mercado, pleno de color y de vida, para transformarlo en una creación que sintonice más con los tiempos modernos.

Aquella noche, en el hotel, Roberto, alborotado en su sueño, vivió una y otra vez una carga de fusilería de los hombres del cura Merino que al grito de “¡Mueran los polacos! ¡Acordaros de Ocaña!” estaban masacrando a los coraceros de una columna napoleónica a los que mantenían encerrados en un corral al que habían prendido fuego. En medio de la inmensa humareda, Roberto podía ver como las balas de los guerrilleros atravesaban los cuerpos chamuscados de los franceses. Mientras tanto, yo, no menos enloquecida, no cesaba de repetir que:

“Tirano Banderas salió a la ventana, blandiendo el puñal, y cayó acribillado. Su cabeza, befada por sentencia, estuvo tres días puesta sobre un cadalso con hopas amarillas, en la Plaza de Armas: El mismo auto mandaba hacer cuartos el tronco y repartirlos de frontera a frontera, de mar a mar. Zamalpoa y Nueva Cartagena, Puerto Colorado y Santa Rosa del Titipay, fueron las ciudades agraciadas.”

Fue al amanecer, cuando parloteábamos abrazados contemplando como los rayos de luz se filtraban por la persiana, cuando reparamos en que los espíritus que viven en los libros, atrapados en aquellos ejemplares sin final, habían decidido alojarse esa noche en nuestras mentes. No obstante, nos sentíamos tranquilos. Intuíamos, sin saber porqué, que para combatir su embrujo nos bastaría con apropiarnos, después del desayuno, de algunos de los poemas de “Las nubes”, de Luis Cernuda, que la librera nos había regalado.

Unas horas después, cuando tomábamos el sol en los jardines del Retiro, sentados en la “Santa Tierra”, comencé su lectura. Tan pronto como leí los primeros versos tuve la certeza de que con ellos los espíritus que viven en las palabras podían ser fácilmente conjurados:

“Vida tras vida, fueron
olvidando los hombres
aquella diosa virgen
que misteriosamente, desde el cielo,
con amor apacible
asiste a sus vigilias
en el silencio dulce de las noches…”

Me pareció que el regalo de la librera había sido providencial.





(Este texto supone la segunda parte y terminación del cuento que había publicado hace unos días... Ver más abajo...)

 




miércoles, 12 de febrero de 2014

Libros del misterio







Llegamos a Atocha, procedentes de Andalucía, a las 10.50. Habíamos reservado un par de noches en un hotel del Paseo de las Delicias y teníamos intención de disfrutar de unos días en Madrid. Tras presentarnos y dejar los trastos en la habitación salimos a dar un paseo por la Gran Vía y almorzamos gambas a la plancha y calamares fritos. Luego, con una copa de helado en “La Veneciana”, seguimos contentando nuestros cuerpos y finalmente unos cortados que nos tomamos en el café “Las Tres Ninfas” nos animaron el espíritu.


Fue después, cuando íbamos paseando por el Madrid de los Austrias, cuando nos topamos con “La Fontana de Quevedo”, una librería de viejo. Entramos en el local dispuestos a fisgar un poco y cuando estábamos curioseando en sus anaqueles un montón desordenado de libros llamó la atención de Roberto:

-Oye, ¿has visto esos libros apiñados y ese cartel que han colocado encima?

Me giré hacía el lugar que me señalaba. Pude leer lo que estaba escrito en el cartel:



LIBROS DEL MISTERIO

Estos ejemplares están incompletos. En todos los casos, las últimas hojas han sido arrancadas. Compra un libro por cinco euros e inventa tú el final. Si lo haces, te regalaremos un libro de poemas de Luis Cernuda.



-Pero, ¿qué es eso, por qué les han arrancado las páginas?

-Verá, joven –me dijo una mujer que atendía la tienda-, pensamos que el motivo puede ser variopinto. Posiblemente se trata simplemente de la acción de un loco, pero quien sabe. Hace unos días uno de nuestros clientes nos sugirió que quizás se tratase de un acto de espiritismo. Es posible que alguien quiera evitar que los espíritus que se manifiestan cuando se lee un libro queden liberados una vez que el lector lo termina. Quizás arrancando el final de cada libro se consigue que esos espíritus sigan atrapados en su interior, presos para siempre, aunque sinceramente creo que nunca llegaremos a saber la causa.

Al escuchar las explicaciones de la librera no supe que decir. Estaba sorprendida. Ni siquiera se me ocurrió preguntar como aquellos libros mutilados habían llegado a los estantes de “La Fontana de Quevedo”. Unos instantes después, reaccioné:

-Ricardo, ahora mismo compro uno de los libros por cinco euros, y me invento el final. Y me llevo los poemas de Luis Cernuda. Claro que sí. ¿Y tú? ¿Qué piensas? ¿Te animas?






- Continuará en una segunda parte...



domingo, 9 de febrero de 2014

El hombre que se soñaba






Anoche, cuando veía la televisión sentado en el sofá me quedé dormido y alguien inesperadamente se introdujo en mis sueños, plantándose delante de mi. Era un hombre de edad mediana al que vi pasar delante del televisor con la cabeza agachada. Su expresión era de desconcierto.

Después, cuando hablamos, me dijo que se llamaba Luis y que no sabía lo que hacía en mi sueño. Estuvimos charlando un rato y me confesó que estaba intranquilo ya que en las últimas semanas, por las noches, cuando dormía, siempre soñaba con el niño que había sido, y ese niño que venía de otros tiempos le contaba cosas que él tenía olvidadas.

Cómo puede suceder, pensé en mi sueño, que esté hablando con alguien que según me dice sueña con el niño que fue y ese niño, en su sueño, le cuenta cosas que ya nadie recuerda. Quizás, me dije, existan recodos en nuestra mente en los que todo lo que nos ha sucedido ha quedado almacenado, listo para ser vivido de nuevo si nos servimos de algún artificio como el que usa este hombre cuando se sueña como el niño que fue.

Gracias a las palabras del niño, Luis me ha contado que ha llegado a conocer, a su pesar, algo que le atormentaba: saber cómo murió su madre. Me ha dicho que ha visto como fue aquella muerte que nunca se había aclarado. Ahora, todo ha llegado a su mente. Solo él, que entonces tenía cinco años, sabía lo que había sucedido y solo él es ahora consciente de lo que pasó y olvidó. Sabe por desgracia que ya es tarde para todo y le pesa tener la certeza de que él fue el culpable, con su travesura, de lo que todos pensaron que había sido un accidente desgraciado.

Lo malo de todos estos desasosiegos es que desde que conocí a Luis han pasado siete días y todas las noches se sigue introduciendo en mis sueños y con sus palabras imposibles no me deja descansar.





lunes, 6 de enero de 2014

Memoria de otro tiempo






Recuerdo que era una tarde muy limpia. Había llovido por la mañana y el agua se había llevado los últimos vestigios del verano. Los árboles, desaparecido el polvo mortecino, lucían un intenso verdor y las calles del barrio brillaban. Todo en ellas era luz. Si, recuerdo que aquel día en que mis padres se conocieron el aire estaba tan fresco que era una delicia sentir su roce en nuestras mejillas. Era un aire que en su transparencia nos olía y sabía a otoño. Fue esa noche, en la verbena del barrio, cuando mis padres se vieron por primera vez y comenzaron a amarse. Recuerdo como si el tiempo no hubiera pasado que dos jóvenes a los que pronto todos conoceríamos como el Dúo Dinámico causaron un gran furor cuando llegó la hora del baile. Incansables, durante varias horas, interpretaron canciones que nosotros nunca antes habíamos escuchado. A mi madre, una muchacha que comenzaba entonces a vivir su juventud, le gustó mucho su “Quince años”. No estoy seguro de que ella los tuviera, como tampoco estoy seguro de porqué, como si la hubiera vivido, estoy recordando ahora aquella noche de otoño.




martes, 10 de diciembre de 2013

Los ojos de Jato




Fue en aquel tiempo cuando conocí a una fiera que alguien me dijo que se llamaba gato. Tenía los ojos verdes, grandes y muy claros, pero de un verde no plenamente definido, como si a veces, según jugase la luz, quizás sometidos a su voluntad, pudieran mostrarse azulados o marrones. Decidí que se llamaría Jato. Era tal la belleza con que sus ojos, siempre asombrados, contemplaban el mundo que llegué a sospechar que las cosas, cuando él las miraba, se volvían transparentes.



viernes, 29 de noviembre de 2013

La bella y yo

Apertura f/6,3
Tiempo de exposición 1/800 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 105 mm.
Compensación de la exposición -0,7




Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa...

Gabriel García Márquez




Cuando vi que se acercaba con su mirada perdida en la ausencia supe que nunca antes había visto una mujer tan bella y lamenté que su presencia solo se manifestara durante unos segundos, los que pasaron hasta que llegó a mi lado. Después intuí, ni siquiera me atreví a volverme, que ella, diluida entre la gente, se alejaba. Durante ese instante en que todo sucedió, yo fui tan solo unos ojos que miraban y llegué a sentir que salvo nosotros no había nadie más en el mundo. Siempre me lamentaré de que nuestras miradas no llegaran a cruzarse.



jueves, 21 de noviembre de 2013

El tiempo sin relojes

Apertura f/11
Tiempo de exposición 1/320 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 18 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR




El día que los relojes se pararon Angélica suspiró. Pensó que al fin iba a tener un tiempo para descansar. Se sentía agotada, y sin relojes no podía saber a que hora llegaría Tasio. Tumbada en el sofá, mientras se esforzaba en seguir el último capítulo de “El tiempo entre costuras” que había grabado la noche anterior, se sintió invadida por el sueño. Poco a poco fue cerrando los ojos. Fue algún tiempo después, cuando despertó, cuando sintió que la casa estaba impregnada de un desagradable olor a chumusquina. Reparó entonces, perpleja, en que la pizza que estaba horneando se había achicharrado. Maldita sea, se dijo, lo de los relojes no ha sido un sueño. Todos los relojes de la casa se han parado realmente y también ha dejado de funcionar el temporizador del horno. Ha faltado poco para que saliéramos ardiendo. Ay, Señor, la que he podido liar. Y Tasio tiene que estar ya a punto de llegar. Hoy, si queremos comer, tendremos que picar algo en el bar de la plaza.

Fue él, cuando llegó, quien le dijo que la gente, alborotada, estaba fantaseando acerca del asunto de los relojes, que al parecer había afectado a todo el pueblo. Algunos argumentaban que la culpa la habría tenido la empresa que estaba haciendo prospecciones en el subsuelo buscando donde alojar los sobrantes de gas natural; otros, sin embargo, entre ellos Cándida, la quiosquera, sostenían que era cosa de los americanos, que esa mañana habrían estado espiándolo todo desde sus aviones invisibles. La mujer, a voces, había insistido en que muchas veces, mirando al cielo, había distinguido sus reflejos metálicos entre las nubes. Lo que pasaba, a fin de cuentas, había sentenciado la portera, siempre en palabras de Tasio, era que en estos tiempos de locura la modernidad estaba corriendo tanto que hasta los relojes, derrotados de puro esfuerzo, estaban dejando de funcionar.




-Esta fotografía la hice en Oña, un pueblecito de Burgos, hace algunos meses. El edificio del fondo es el monasterio de San Salvador. Hace algún tiempo debí subir la imagen en color. Ahora la he editado de nuevo y la he trabajado solo en escala de grises...