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sábado, 17 de noviembre de 2012

Una ciudad y un balcón

Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/30 s
Velocidad ISO – 1.000
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR


  
  No me podrán quitar el dolorido sentir…"

Garcilaso



“En el primer balcón de la izquierda, allá en la casa de piedra que está en la plaza, hay un hombre sentado. Parece abstraído en una profunda meditación. Tiene un fino bigote de puntas levantadas. Está el caballero, sentado, con el codo puesto en uno de los brazos del sillón y la cara apoyada en la mano. Una honda tristeza empaña sus ojos…

¡Eternidad, insondable eternidad del dolor! Progresará maravillosamente la especie humana; se realizarán las más fecundas transformaciones. Junto a un balcón, en una ciudad, en una casa, siempre habrá un hombre con la cabeza, meditadora y triste, reclinada en la mano. No le podrán quitar el dolorido sentir.

Azorín, Castilla



- Esta fotografía la hice en una placita de Burgos, cuando ya estaba anocheciendo, hace unos meses con motivo de un viaje por Castilla. No reparé entonces en que en uno de los ventanales estaba una mujer. Si os fijáis, podréis ver que ella está en la casa colorada, en el balcón cubierto de cristalera de la planta de arriba. En ese momento estaba yo distraído con tres cuestiones. De un lado, recordaba una conversación reciente con una amiga de América que me había contado que una de sus bisabuelas había vivido, antes de emigrar, en Burgos. De otro lado, tenía especial interés en captar al grupo que está conversando, iluminado por una farola, en el rincón izquierdo de la imagen. Finalmente, mi mente estaba también evocando el viejo texto de Azorín, que he reproducido más arriba. Recuerdo ahora, cuando escribo estas palabras de presentación de la fotografía, que hace ya mucho tiempo alguien me aconsejó: “Lee a Azorín… No lo dudes, lee a Azorín…”, buen consejo, pienso.

Ha de decir, finalmente, que esta placita burgalesa está situada en uno de los costados de la catedral. De hecho, en la zona de derecha de la imagen, que expresamente no he querido recortar, se puede apreciar como surge el edificio adornado con pináculos de este impresionante templo burgalés. Ese anochecer, por si todo lo dicho fuera poco, el cielo que se alzaba por encima de la placita se mostraba espectacularmente bello. El sol de la noche, al reflejarse en las nubes bajas, las había teñido de unas tonalidades rojizas espectaculares.



sábado, 10 de noviembre de 2012

Tiempo de lluvia y soldados

Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/160 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 105 mm
Compensación de la exposición -0,70


  
 

“Las cosas se saben o no; no hay por qué comprenderlas…”

Max Aub


“En el corazón de lo que escribimos siempre quedan encerrados elementos de nuestra biografía…”

Antiqva




Esta mañana me han dicho que posiblemente tenga que matar a un hombre. Hoy está lloviendo y anoche apenas he dormido. He tenido servicio de guardia y eso supone, cuando llega la noche, dos horas de vigilancia en alguna garita, fusil en mano, y cuatro horas de descanso, de las que tenemos que descontar el tiempo de las idas y las venidas a los puestos y el de dar las novedades al oficial, de modo que las cuatro horas se quedan en poco más de tres. Un tiempo insuficiente de descanso para un joven de diecinueve años. Además, tenemos que acostarnos con el uniforme y los correajes y esta noche, con la lluvia, el “tres cuartos” y las botas estaban empapados de agua y barro. La áspera manta con la que nos cubrimos en las horas de descanso es incapaz de sacar de nosotros el frío de estas noches de invierno.

Hoy es 20 de diciembre de 1973. Faltan un par de días para que pueda tomar una semana de permiso y esta mañana, cuando estamos a las puertas de la Navidad, un grupo de terroristas de E.T.A. ha matado al almirante Carrero Blanco, al parecer un personaje importante en el gobierno de Franco. La verdad es que yo nunca he oído su nombre. No tengo ni idea de quien era, pero os puedo asegurar que su muerte ha ocasionado un revuelo en el cuartel. No han pasado un par de horas del atentado cuando el cabo furriel nos ha anunciado que los permisos de Navidad han sido anulados, quedando todos nosotros acuartelados. Las guardias se han doblado y a mi, que había estado de servicio esta noche pasada, me han enlazado una guardia saliente con otra entrante.

Formados en el patio, bajo una lluvia que nos empapa, el capitán a cuyas órdenes está nuestra batería nos está hablando:

-“Soldados, han asesinado al Presidente del Consejo de Ministros, el almirante Luis Carrero Blanco. La Patria exige que estemos alerta en este momento. Además, hace media hora hemos recibido en este acuartelamiento una amenaza de bomba. Al parecer, grupos que operan en la clandestinidad quieren aprovechar estos momentos de confusión para sembrar la inquietud en la ciudad colocando explosivos en diversos lugares estratégicos. Ya se os ha dicho que vamos a redoblar las guardias. Todos los que entréis de servicio tenéis que tener el fusil cargado y quitado el seguro. Ante cualquier duda, tenéis mi orden de disparar a matar. Los acontecimientos no permiten otra cosa. La Patria exige eso. Si alguien se os acerca y no entra en razones ante vuestra orden de que se detenga y alce las manos, disparadle…”

Al poco, algo cabizbajo, acompañado por el cabo de guardia, me estoy dirigiendo a la puerta falsa del cuartel, para hacer el relevo en el puesto. “Verás –estoy pensando mientras camino, fusil al hombro- como algún insensato me monta hoy un lío…”

Y así ha sido. A los pocos minutos de hacer el relevo, mientras soporto la lluvia cayendo sobre mi cuerpo y miro con atención los movimientos en la calle puedo ver como un individuo que arrastra una caja de cierto tamaño se acerca a la tapia del cuartel, deja la caja apoyada en el suelo y protegido por un paraguas se queda allí plantado, como esperando algo.

No lo dudo. Encañono al tipo con el fusil y le exijo a gritos que se aleje de allí, pero no se inmuta. No parece escucharme. Posiblemente piensa que no me dirijo a él. Están siendo unos segundos interminables. Al poco, se ha dado cuenta de que es él el destinatario de mis voces y me grita diciendo que está esperando a alguien, que lo llevara a Puente Osuna, y que se ha colocado allí para protegerse un poco de la lluvia.

Mi mirada y la suya se han cruzado en el instante en que yo he descerrajado el Mauser provocando un ruido seco. La bala se ha introducido en la recámara. Siento que mi cuerpo está temblando.

-Las manos a la cabeza –grito… Las manos a la cabeza… Y haga palmas con las manos… Que yo vea las manos haciendo palmas por encima de su cabeza…

-Estás loco, muchacho –me responde.

Lo tengo encañonado. No lo dudo. Aprieto el gatillo. Suena el trueno del disparo. El tipo se queda inmóvil. Sin duda, no se cree lo que está pasando. Mientras tanto, temo que tenga que disparar una segunda vez, pero no es así. No me ha dado tiempo a introducir una segunda bala en la recámara. Él se ha echado a correr, lanzando improperios. Deja atrás el paquete y el paraguas.

Unos minutos después la Policía Militar ha acordonado la zona y al poco unos artificieros están inspeccionando la caja. Parece que contiene cartones de tabaco, que son requisados y puestos a disposición del oficial que habrá de instruir el incidente. Todo ha sido una falsa alarma, pero yo he actuado tal y como se esperaba que hiciera. Recibo algunas felicitaciones. “Así es como tenéis que actuar.” –me dice el Teniente Coronel en estos primeros momentos que siguen a la confusión del disparo.   

El asunto se complica luego, cuando la Policía Militar se extraña de no encontrar en el pavimento ninguna señal del balazo. “Soldado –me están preguntando-, quieres decirnos exactamente a donde estabas apuntando. No encontramos ninguna señal de que la bala rebotara en el suelo.

-Mi teniente -respondo-, aunque en ese momento tenía claro como debía de actuar no puedo ocultar que me puse algo nervioso. Es posible que en lugar de disparar a las piernas, como era mi intención, la bala se desviara al cielo. No se decirle, mi teniente. Desde luego, disparé. Todos escucharon el ruido del disparo.

He tenido que prestar declaración varias veces y a la postre el asunto ha quedado zanjado. Lo importante, a fin de cuentas, es que he sido un ejemplo de actuación y que además la amenaza de las bombas ha resultado ser una mera fábula. Nos dicen que hoy  no ha pasado nada en la ciudad. Ningún explosivo ha estallado. Cuentan que las gentes están tranquilas. Todos están asustados, pero tranquilos.

No pueden sospechar que uno, en los tiempos en que era un recluta destinado en el  C.I.R. número 7 de Saturio del Duero, cuando hacía los primeros ejercicios de tiro simulado había escondido en mis bolsillos tres balas de fogeo que pensaba conservar como recuerdo de mi tiempo de servicio obligatorio en el ejército. Esta mañana, cuando me han dicho que quizás tendría que matar a un hombre, he decidido utilizarlas.



jueves, 27 de septiembre de 2012

En la vieja Castilla

Apertura f/18
Tiempo de exposición 1/100 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 70 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
.
Cuando viajo por Castilla suelo releer los poemas de Antonio Machado, que tanto amó sus campos, ya que aunque vivo en Andalucía desde hace mucho tiempo y mucho en mi es andaluz lo cierto es que nunca he dejado de sentirme “castellano” y me encanta recorrer, una y otra vez, las ciudades, los pueblos y los campos de mi Castilla, esos mismos espacios que Machado cantó en sus poemas.

Estos días pasados, con unos amigos de Valladolid, hicimos una excursión por las tierras de la Ribera del Duero en la que terminamos  arribando entre muchos otros pueblecitos y rincones a Peñafiel, ya casi en el límite entre Valladolid y Burgos. Hice allí la fotografía que ilustra este texto, intentando aunar en ella la silueta del impresionante castillo roquero y la estampa viva de su tradicional caserío. La imagen la hice desde la plaza del Coso.

En sus “Campos de Castilla”, Machado incluyó un poema que desde siempre me ha impresionado. Lo dedicó el poeta al maestro “Azorin”, que por esos tiempos había publicado su libro “Castilla”.

Es un poema intenso, que refleja a mi modo de ver mucho del alma de mi vieja Castilla. Todo sugiere en él que el poeta está recreando una experiencia biográfica, que habría que incluir posiblemente en la excursión que cuando vivía en Soria realizó a la Laguna Negra, ya que la venta de Cidones estaba situaba precisamente en el camino de Soria a Burgos,  antes de llegar a las “tierras de Alvargonzález”, cuyo cuento/leyenda reflejó el autor en su obra.


“La venta de Cidones está en la carretera
que va de Soria a Burgos. Leonarda, la ventera,
que llaman la Ruipérez, es una viejecita
que aviva el fuego donde borbolla la marmita.
Ruipérez, el ventero, un viejo diminuto
-bajo las cejas grises, dos ojos de hombre astuto-,
contempla silencioso la lumbre del hogar.
Se oye la marmita al fuego borbollar.
Sentado ante una mesa de pino, un caballero
escribe. Cuando moja la pluma en el tintero,
dos ojos tristes lucen en un semblante enjuto.
El caballero es joven, vestido va de luto.
El viento frío azota los chopos del camino.
Se ve pasar de polvo un blanco remolino.
La tarde se va haciendo sombría. El enlutado,
la mano en la mejilla, medita ensimismado.
Cuando el correo llegue, que el caballero aguarda,
la tarde habrá caído sobre la tierra parda
de Soria. Todavía los grises serrijones,
con ruina de encinares y mellas de aluviones,
las lomas azuladas, las agrias barranqueras,
picotas y colinas, ribazos y laderas
del páramo sombrío por donde cruza el Duero,
darán al sol de ocaso su resplandor de acero.
La venta se oscurece. El rojo lar humea.
La mecha de un mohoso candil arde y chispea.
El enlutado tiene clavados en el fuego
los ojos largo rato; se los enjuga luego
con un pañuelo blanco. ¿Por qué le hará llorar
el son de la marmita, el ascua del hogar?
Cerró la noche. Lejos se escucha el traqueteo
y el galopar de un coche que avanza. Es el correo.”


Han pasado muchos años desde que Machado escribió sus “Campos de Castilla”. Todavía, sin embargo, uno, cuando los relee, siente que la emoción le llega con la misma fuerza de la vez primera. Uno quiere ver en ese caballero joven, enlutado, al propio poeta, que ha perdido en Soria a la jovencísima Leonor. No se si cuando Machado escribió este poema había ya muerto o no su niña amada. Tampoco es algo que revista ya alguna importancia, a fin de cuentas nunca sabremos si son mas importantes las cosas vividas o las solamente soñadas, y para mí, cuando releo el poema, lo que me llega al corazón es que en estos versos Machado “se estaba soñando” a si mismo.




lunes, 6 de agosto de 2012

Renacimiento

Apertura f/8
Tiempo de exposición 1/10 s
Velocidad ISO – 1.000
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición  -0,30
HDR
 
 
Desde la primera vez que lo leí, este poema de Machado me llegó al alma. Y sucede ahora, a medida que van pasando los años, que cada vez me emociono más cuando lo releo…


“Galerías del alma… ¡El alma niña!
Su clara luz risueña;
y la pequeña historia,
y la alegría de la vida nueva…

¡Ah, volver a nacer, y andar camino,
ya recobrada la perdida senda!

Y volver a sentir en nuestra mano
aquel latido de la mano buena
de nuestra madre… Y caminar en sueños
por amor de la mano que nos lleva.”

Antonio Machado, Galerías


- La imagen la hice en la Plaza Mayor, iluminada en la noche, de Valladolid, ciudad en la que nací. Como sigo sin comprarme un trípode -cualquier día de estos caerá-, hube de hacerla a mano alzada.


miércoles, 9 de mayo de 2012

Las abejas y la novela negra

Apertura f/7,1
Tiempo de exposición 1/125 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 105 mm
Compensación de la exposición   0,00 
 
 
Aprovechando que María había salido con su hermana a comprar algo decidí echarme al campo a buscar espárragos. Por si acaso, me llevé la máquina fotográfica ya que uno “sabe” que nunca “se sabe” la ocasión que se puede presentar.

Uno, desde su infancia, se ha manifestado escasamente agraciado para la ejecución de ese tipo de cosas que llamamos “trabajos manuales”, de modo que es consciente de que si decide salir a hacer algo provechoso, buscar espárragos, lo más factible es que me harte de ver esparragueras pero, sin embargo, no sea capaz de encontrar ni un solo espárrago. Las cosas son así.

Debí estar un par de horas trasteando con las esparragueras. ¡Maldita sea, ni siquiera me llevé un cuchillo, ni guantes!, de modo que me hice trizas las manos para, a la postre, recoger unos ocho espárragos, que huérfanos en su soledad se habían rendido a mi acoso. Mientras tanto, la naturaleza se empeñaba en distraerme a cada momento de mi actividad. Aquí me topaba con un aloe vera en torno a cuyas flores revoloteaban las abejas; allí se me manifestaba una mísera florecilla que hacía suyo aquello de que “lo pequeño es bello”; allá, en el nido, una zorzala cuidaba de sus huevos; de modo que alternando los desollones producidas por las esparragueras fui haciendo alguna que otra fotografía.

Obviamente, ante los exiguos resultados de mi búsqueda, esa noche no cenamos tortilla de espárragos…

Estos días pasados una amiga de la infancia, Ángeles, a la que todos en el barrio llamamos Petita Petitesa, me decía que qué demonios pasaba con la señorita C., que llevaba ya un tiempo sin aparecer por el blog. He de deciros, apenado, que hace ya semanas que se fue, me consta que es muy voluble, y ni siquiera ha dejado sus señas. Y con ella, se llevó mi inspiración. Me parece que, de momento, los cuentos de la señorita C. se acabaron.

Como uno, además de torpe para las cosas útiles, es también voluble, he estado liado estos días en la creación de un relato de eso que podríamos llamar “serie negra”, o policiaca. Lo he titulado “Dani y las matemáticas” y tengo intención de publicarlo próximamente en tres entregas. Nunca en mi vida había escrito nada que estuviera relacionado con ese género negro. Ya me diréis que os parece…

domingo, 4 de diciembre de 2011

De los dioses olvidados

Apertura f/14
Tiempo de exposición 1/160 s.
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,30


No tuve oportunidad de conocer personalmente a Juan Bernier Luque (1911 – 1989), un hombre que amó la poesía, la arqueología y las tierras de Córdoba, sin embargo me siento influido por él, debido a que soy amigo de personas que lo trataron y en muchas ocasiones hemos hablado de su vida y de su obra.

Como poeta, Juan Bernier fue fundador del grupo Cántico, que se manifiesta imprescindible cuando se estudia la poesía de los tiempos de la posguerra. Tenemos la fortuna de que todavía es posible encontrarse en las calles y tabernas de Córdoba a Pablo García Baena y a Ginés Liébana, dos de los integrantes de aquel movimiento poético.

En su faceta de arqueólogo, Juan Bernier fue un viajero incansable que recorría la provincia de Córdoba buscando vestigios de las culturas que nos precedieron. Casi siempre, cuando visitamos yacimientos arqueológicos que han quedado perdidos en lo alto de los picachos de los montes de Córdoba, alguien nos dice: “Aquí estuvo Juan Bernier…”

Cuando con algunos amigos amantes de la arqueología recorremos viejos senderos que conducen a los olvidados vestigios de algún antiguo poblado ibérico o romano perdido en la sierra, suelo llevarme algún poema de Juan Bernier y allá en lo alto, cerca del cielo, lo leo como tributo a este hombre, que fue, sin duda, el último humanista de Córdoba.

La fotografía que hoy os presento la tomé hace unos días en el yacimiento arqueológico de Torreparedones. Se trata de una ciudad romana olvidada de la que ni siquiera sabemos su verdadero nombre. Se alza en lo alto de un cerro que dista unos veinte kilómetros de la ciudad de Baena, en la provincia de Córdoba.

Es un momento propicio, ante la imagen de esos dioses olvidados, para releer uno de esos poemas de Juan Bernier:


DESEO PAGANO


Dioses innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y soñolientas de los prados.

¡Oh dioses sin problemas, domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.

Veinte siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!) han sido los caminos del mundo,
y os sepultasteis en la tierra
y habéis sentido los pasos del zagal y del arado
rozando vuestros miembros.

Y las vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como Sabinas a las rústicas manos,
escondidas, silenciosas de sol.
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!

Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
Lejos de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía danzar los cuerpos
como la brisa las palmas sobre el azul,
lejos del rabel
y la mirada de Narciso,
que hacía vibrar la belleza
en el ritmo de su propia contemplación,
lejos, muy lejos de la cítara lánguida,
consagradora de las noches,
sacerdotisa de las satisfacciones.

¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!

miércoles, 28 de septiembre de 2011

Blues for mama




Por aquellos tiempos apareció en el barrio un chico negro que iba siempre de un lado para otro con una guitarra en la mano. Hablaba una lengua desconocida de modo que nadie pudo averiguar quien era o de donde venía. La gente de la calle solía darle algo para comer y los jóvenes, de vez en cuando, le invitábamos a un café o le dábamos tabaco. Alguien, sin aclarar las razones, dijo que era brasileño, pero la sospecha se desvaneció cuando Jesús, el tendero de los ultramarinos, afirmó que en Brasil la gente hablaba portugués y el muchacho no parecía expresarse en ese idioma.

El chico llegó en Semana Santa y entonces, durante los días más sagrados, entre el jueves y el domingo santos, la policía vigilaba que los cines, los bares y los lugares de ocio estuvieran cerrados, de modo que a los jóvenes solo nos quedaba el recurso de refugiarnos a jugar a las cartas en el secreto de alguno de los cuartos escondidos de los bares del barrio. Parecía que el bar estaba cerrado pero bastaba con llamar disimuladamente a la puerta para que al poco alguien la abriera. Allí, en un rincón, el chico negro, dejaba pasar las horas tocando “blues”, mientras los demás, envueltos en nubes de humo, saboreábamos copas de brandy, fumábamos cigarrillos y jugábamos al julepe.

Todavía hoy, en mi mente, pasado tanto tiempo, la Semana Santa sigue evocando interminables partidas de cartas, que se prolongaban durante muchas horas, hasta que llegaba la madrugada. Mientras, afuera, en el mundo real, ignorantes de los antros ocultos, los pasos penitenciales de Gregorio Fernández o de Juan de Juni, tan bellos como dramáticos, inundaban de misterio las calles de Valladolid.

A pesar de que entre las partidas yo solía hablar con el chico negro e incluso él accedió a enseñarme algunos compases, lo cierto es que nunca supe como se llamaba. Supongo que no era algo importante en aquellos momentos. Luego, cierto día, sin más, dejó de aparecer por el bar y tampoco se le volvió a ver en el barrio. Posiblemente se esfumó, arrastrado por los mismos vientos que lo habían traído quien sabe de donde.

Desde entonces, influenciado por ese chico, me he sentido atraído por esos desgarros del alma que son el “blues”, una música inusual en la España imperial de entonces.

Os invito a escuchar el “Blues for mama” de Nina Simone… A mi me encanta sentir como la voz de esta mujer se funde con la melodía, mientras los ritmos de los “bajos” lo impregnan todo…

jueves, 21 de julio de 2011

Guerra Civil Española




A finales de 1936 o principios de 1937 mi madre, entonces una niña, fue evacuada del Madrid republicano, junto a sus dos hermanos. Un tren lentísimo los condujo al Levante, donde terminaron recalando finalmente en Villarreal de los Infantes. Allí fueron acogidos por tres familias distintas. Eduardo, el mayor de los hermanos, había recibido de mi abuela una orden clara: no debía consentir que los separaran. Los tres debían ser acogidos en la misma población.

En Villarreal, mi madre quedó bajo la custodia de una familia que en aquellos tiempos regentaba un hotelito. Tenían también una pequeña huerta de naranjos, donde ella jugaba con los hijos de esas personas que la habían acogido.

En el hotelito, frecuentado por militares republicanos, mi madre, a fin de cuentas una niña que simbolizaba la resistencia madrileña, fue tratada siempre por todos con un cariño especial, conscientes de la tragedia que en esos momentos se estaba viviendo en Madrid.

Mi madre nos habló muchas veces de la emoción que sentía al recordar aquellos tiempos en que ella fue feliz, entre las buenas gentes que la habían acogido en Villarreal, a pesar de estar alejada de sus padres, que siguieron viviendo en el Madrid sitiado.

En esos tiempos, el que habría de ser mi padre, entonces un “chaval”, había sido alistado en el ejército nacional. Se había criado en Valladolid y allí el alzamiento militar había triunfado desde el primer momento. Consciente de la inmensa tragedia que supuso la guerra civil prácticamente nunca nos habló de sus propias experiencias en esos años terribles.

Tiempo después, en un momento más avanzado de la guerra, mis abuelos fueron también evacuados de Madrid y terminaron arribando, igualmente, a Villarreal de los Infantes, buscando recuperar a sus hijos.

Siempre me ha causado sorpresa saber que cuando los franquistas entraron en Villarreal venía con ellos un sargento de la Guardia Civil que era, ni más ni menos, que cuñado de mi abuelo. Este hombre, “que mandaba mucho”, se hizo cargo de toda la familia, ya que mi abuelo –sindicalista de UGT- había muerto unos días antes.

Mi madre nunca olvidó la imagen de las carreteras levantinas, llenas de muertos en las cunetas, cuando los nacionales los evacuaron de Villarreal. Viajaban en un camión del ejército, tapados con colchonetas, y debieron de atravesar alguna zona de lucha, ya que las balas silbaban a ambos lados del camino. El conductor –nos habría de contar mi madre muchas veces- no cesaba de repetir mientras conducía frenéticamente: “¡Por Dios, recen para que ninguna bala me alcance... Si me matan a mí, morirán todos...”

Cuando las tropas nacionales entraron, finalmente, en Madrid, llegando así a su fin la guerra fratricida, mi padre fue uno de los soldados que integraban las fuerzas de ocupación. La noche anterior su grupo había pernoctado en Torrelodones. Fue uno de los hombres que desfilaron en el “Desfile de la Victoria”.

lunes, 6 de junio de 2011

El reino de la Luna




Hace cuatro o cinco años, cuando paseaba con un amigo arqueólogo por una de las terrazas cuaternarias que siguen el curso del Guadalquivir, tuve la fortuna de toparme con una raedera de sílex que mi amigo me dijo que habría que fechar en los tiempos del Musteriense, hace entre 100.000 – 30.000 años, cuando estas terrazas en las que abundan los cantos rodados estaban pobladas por clanes de neandertales. Una raedera es una lasca de piedra (usualmente sílex o cuarcita) que está retocada por el hombre para que presente un “frente” tallado que permita raspar con ella las pieles de los animales, para limpiarlas de grasa y pelos.

Algún tiempo después, algo trastornado por ese hallazgo, escribí un relato en el que hablaba de una niña, Pies Ligeros, perteneciente al clan de los Hombres Rojos. Esa niña es la que habría tenido en sus manos, hace miles de años, la lasca de sílex que uno había encontrado. De este cuento hice dos versiones. El cuento original lo podéis leer en AQUEL CALOR TENUE.

Desde aquellos tiempos, la pasión por el estudio de los hombres de Neandertal me ha venido acompañando y durante estos años nunca he dejado de preguntarme cosas del tipo de si estas gentes, tan respetuosas con la naturaleza, podrían o no hablar, podrían o no soñar, tendrían creencias sobre el más allá o no…

En estos momentos, los enterramientos neandertales que se han conservado en algunas cuevas permiten asegurar que estos hombres, o al menos algunos de sus clanes, creían en algún tipo de vida de ultratumba. Todo parece sugerir, igualmente, que estaban dotados de la capacidad de hablar.

Tras leer mucho sobre el Paleolítico, he decidido escribir un nuevo cuento en el que tengo intención de acercarme a las posibles creencias mágicas y funerarias de estos humanos que nos antecedieron en el tiempo y que vienen a ser algo así como nuestros “primos” en el árbol de nuestra evolución. Tengo previsto publicar este cuento próximamente en el blog en cuatro entregas.

Este nuevo relato tiene por título “El reino de la Luna” y como en aquella otra ocasión estará ambientado en el clan de los Hombres Rojos. La niña Pies Ligeros, ya convertida en mujer, será una de sus protagonistas.


Imagen: Antiqva Photo

martes, 3 de mayo de 2011

EL CRISTO DEL CIELO




El Cristo de piedra,
cuando amanece,
se siente más cerca del Cristo del cielo.


Con cierta frecuencia, cuando está amaneciendo, uno suele pasear por algunos rincones de Córdoba por los que su espíritu siente una predilección especial. Uno de esos espacios es la Plaza de los Dolores, donde se alza la imagen del “Cristo de los faroles”.

En esta plaza y en su entorno más inmediato (la cuesta del Bailío) se concentran, al menos así piensa uno, algunas de las esencias de la Córdoba de siglos pasados. Se trata de una plaza pequeña, rectangular, empedrada a la antigua usanza, que se muestra cercada por las fachadas y tapias de diversos edificios religiosos. Allí, cuando amanece, a la tenue luz de los faroles, este espacio se manifiesta rodeado de una soledad inmensa. Entonces, cuando “no pasa ni un alma”, absorto en sus pensamientos y contemplando la imagen, quisiera uno creer que la soledad del momento y la magia que se desprende de las paredes de los conventos quizás podrían hacer que cada amanecer el Cristo de piedra durante unos segundos pudiera tener algo de vida. Quizás la piedra fuese capaz, durante unos instantes, de captar alguna desconocida energía del amanecer y el Cristo pudiera, realmente, estar latiendo.

Esa sensación tan bella como extraña tiene, por motivos obvios, una duración efímera. El misterio solo se mantiene durante unos pocos segundos, que son los que uno ocupa en atravesar la plaza. Al momento, cuando me voy alejando, todo sugiere que la piedra vuelve a ser piedra. Posiblemente el ruido producido por mis pasos sea el culpable de que el milagro se desvanezca.


Imagen: Antiqva Photo

jueves, 21 de abril de 2011

LOS CAMINOS DE ROMA



Hace unos días un grupo de amigos, amantes al igual de la arqueología y la naturaleza, llevamos a cabo un recorrido por la calzada romana del Pretorio, que unía la ciudad de Córdoba con algunas de las minas de cobre de Sierra Morena.

La calzada del Pretorio, que no es mencionada en ninguna de las fuentes literarias romanas que se ocupan de estas cuestiones (Itinerario de Antonino, Anónimo de Rávena…) arrancaba de la Puerta Pretoria de la Colonia Patricia Corduba, actual Puerta del Osario, en la plaza de Colón, para abandonar la ciudad por la avenida del Brillante desviándose después por lo que hoy conocemos como Sendero de la Traición hasta arribar al punto kilométrico 14,5 de la carretera de Villaviciosa y dirigirse desde allí al valle de los ríos Guadanuño y Guadiato, en donde se conservan dos magníficos puentes: el primero de época romana, que cruza el Guadanuño, y el segundo, andalusí, que atraviesa el Guadiato.

Las fuentes arqueológicas confirman que a la salida de nuestra ciudad la calzada estaba enlosada. En el tramo que se ha conservado, que arranca de las inmediaciones de El Cerrillo, en la zona del Hospital de los Morales, se puede apreciar que la base de calzada se adapta a la roca madre, en la que está encajada. Llama la atención que en esa roca madre es frecuente encontrar vestigios de fondos marinos fosilizados, que nos hablan de los tiempos en que Sierra Morena estaba en el fondo de un inmenso océano.

En su estudio sobre las calzadas romanas de nuestra provincia, Enrique Melchor Gil indica que este camino unía la ciudad de Córdoba con una serie de minas de cobre y de plomo argentífero, situadas en el entorno de los ríos Guadanuño y Guadiato, que habrían sido explotadas durante los siglos I y II después de Cristo.

En diversos momentos del recorrido pudimos apreciar algunas de las singularidades constructivas de las calzadas romanas, de acuerdo con lo que autores como Vitrubio o Ulpiano nos han transmitido. Los expertos que nos acompañaban tuvieron también ocasión de hablarnos de las singularidades de la minería del cobre en nuestra provincia, dado el uso minero que los romanos dieron a esta ruta que va ascendiendo el escalón que suponen las estribaciones de Sierra Morena.

La actividad la llevamos a cabo una atractiva mañana de primavera. Durante el recorrido, la señorita C. tuvo continuas ocasiones de admirar, entre suspiros, la magnífica decoración floral, sobre todo de jaras pringosas, que nos iba acompañando.


Imagen: Antiqva Photo

miércoles, 13 de abril de 2011

LOBOS EN LA NIEVE


Quedé impresionado cuando contemplé la proyección de aquella película legendaria, Doctor Zivago. Por la noche, mientras dormía, estuve embargado por sueños extraños en los que, quizás, llegué a presentir cosas que es posible que algún día viva realmente.

La película mostraba escenas espectaculares de la Gran Guerra de 1914, de la Revolución Rusa y de los enfrentamientos civiles entre las tropas comunistas y las que seguían apoyando al régimen de los zares. Lo que más me impactó fue contemplar las inmensas llanuras de las estepas rusas, cubiertas por la nieve, por las que avanzaban los escuadrones de caballería tratando de alcanzar a unos enemigos vaporosos que se esfumaban en aquel inmenso infierno blanco.

En mis ensueños, influidos por lo que había contemplado aquella tarde en la gran pantalla, me veía vestido con un atuendo militar, portando un fusil y aparentemente posando en una inmensa planicie nevada, similar a aquellas por las que había visto cabalgar a los escuadrones de cosacos. La imagen sugería que un gélido viento lo impregnaba todo y mi cara, aterida, acusaba el frío inmenso de aquel inhóspito lugar. Alguien me había repetido varias veces que era necesario que vigilara a los lobos.

Mientras tanto, veía como los soldados de mi compañía, para protegerse del frío, se habían refugiado en unas trincheras cercanas. Esperaban que el cabo furriel y otros dos hombres acudieran portando un cajón de madera en cuyo interior viajaban los chuscos de pan y las latas de sardinas que habrían de constituir el almuerzo en ese día de maniobras en la nieve.

Era frecuente que por las noches, mientras dormíamos en el barracón, escucháramos en la lejanía el aullido de los lobos. Ahora, en nuestro avance por aquellos campos helados, estábamos cerca de ellos y el sargento había seleccionado tres o cuatro hombres para que estuviéramos alerta mientras los demás reponían fuerzas en aquellas abandonadas trincheras. Nuestra misión consistía en mantener alejados a los lobos que pudieran rondar por aquellos parajes. Nos dijeron claramente que si alguno de ellos se acercaba lo único que teníamos que hacer era disparar al aire y asustarlo. No se trataba de disparar contra ellos sino solamente de infundirles temor y hacer que se alejaran.

Como en la película, me veía posando en la nieve, azotado por el viento, mientras a lo lejos, en la neblina, tres hombres se acercaban portando penosamente, dos de ellos, una especie de cajón. Allí venía nuestro almuerzo. Mi misión era impedir que los lobos se acercaran demasiado.

Viví esta escena con tal intensidad que todavía sigo pensando que es posible que fuese un ensueño premonitorio. Quizás en esta vida, o en otra vida futura, esa imagen llegue algún día a hacerse realidad. Es posible, incluso, que haya sido una escena real, vivida en un tiempo ya pasado.

viernes, 28 de enero de 2011

ANTIQVA MEDIEVAL

Imagen: Antiqva



Estos días se celebra la fiesta del "Mercado Medieval" en Córdoba, en la plaza de la Corredera, un espacio público en el que en otros tiempos "se corrían" toros y se llevaban a cabo los temidos Autos de Fe de la Inquisición. Uno, ante tal acontecimiento, ha echado mano de la cámara y se ha ido con los amigos a tomar fotografías, y alguna que otra cerveza... Es posible que estos días me sintáis un poco ausente. No preocuparos. Ya mismo estaré recuperado de tanta emoción. No olvidéis, eso sí, visitar ANTIQVA PHOTOBLOG, en donde he colocado ya algunas imágenes... Prometo portarme bien...

jueves, 20 de enero de 2011

CUENTOS DE LA VIEJA CASTILLA





Dedicado a mi hermana, lectora desde la sombra


Hubo un tiempo en que en los hogares modestos no había televisores. Los niños, entonces, sin nada que los atara a las casas, pasaban la tarde jugando en la calle.

En aquellos tiempos, cuando llegaba la época de la recolección, la chiquillería del barrio solía sentarse, acechante, en las cunetas del Paseo de Farnesio. Si tenían suerte, era posible que algún camión cargado de remolacha pasara ante ellos encaminándose a la cercana fábrica azucarera de la Farola. Antes, los niños habían colocado piedras en la carretera, confiando en que alguno de los camiones, al topar sus ruedas con ellas, se desnivelase lo suficiente para permitir que alguna remolacha cayera al suelo.

Cuando eso sucedía, una vez que el camión se alejaba, los niños, envueltos en el jolgorio, recogían el botín y se dirigían al cercano manantial de Labradores, donde lo lavaban. Después, con golpes de piedras afiladas, partían trozos que chupaban con deleite, extrayendo su delicioso sabor azucarado. Dicen que una remolacha cruda es pesada de digerir y parece que una sola pieza bastaba para satisfacer el ansía de dulzor, y de juego, de una legión de chiquillos.

De algún modo, en aquella vieja Castilla del trigo y la remolacha, los penosos traqueteos de los solitarios camiones que atravesaban el barrio permitían que los niños de las Delicias vivieran cada tarde una comunión de dulcísimo sabor. Las niñas, mientras tanto, jugaban a la raya o se pasaban las horas saltando a la cuerda. Acostumbradas al jolgorio remolachero no manifestaban extrañeza cuando escuchaban el ruido que se producía cuando los camiones embestían las piedras. Solo alguna de ellas se acercaba a los niños y pedía un trocito de remolacha para chupar.

Eran unos tiempos en que los niños, para desesperación de don Manuel, el director del colegio, solían fumar alguna que otra vez cigarrillos de anís. Fue también en aquellos años cuando más de uno se enamoró de Lucía, una niña rubia a la que nunca pudieron acercarse ya que sus padres no la dejaban salir a la calle. Sólo la veían de lejos, cuando ella jugaba con alguna amiga en el patio de su casa y los niños las espiaban desde el portalón. El Barbas, un perro de probada fiereza, estaba bien instruido por don Marciano, el padre de Lucía, para que ningún extraño se acercara a la niña, de modo que las carreras de los más atrevidos, perseguidos por el perro, eran frecuentes en las tardes de verano.

Por aquel entonces, la vida sentimental de Lolita, que años antes había decidido hacerse artista, era la principal materia de conversación de las madres y abuelas en aquel barrio en el que todos se conocían. Hablar de cómo le iban las cosas a Lolita y comentar los sucesos de El Caso eran las cuestiones prioritarias a las que las mujeres de las Delicias, en aquellos tiempos, dedicaban sus ratos libres.

Cierto día, para sorpresa de las gentes, el dueño de El Portillano compró un televisor y lo hizo instalar en el bar. A los pocos días, las tardes de los domingos, mientras los hombres jugaban al dominó, tomando café y fumando, una multitud enloquecida de niños y niñas, sentados en el suelo del local, habría de comenzar a seguir las aventuras de Rin-tin-tin. Fue entonces cuando el interés por el tránsito de los camiones de remolacha comenzó a perder intensidad.

Un nuevo modo de vida estaba llegando al barrio.


ACLARACIÓN
La familia de Lolita (Lola Herrera) seguía viviendo en el barrio de las Delicias en aquellos tiempos en que el perro Barbas, endemoniado, corría ladrando detrás de los chiquillos.


miércoles, 12 de enero de 2011

EL SUR





“Envidio a quien aún no la haya visto, porque va a descubrir algo maravilloso.”

Hace unos días, en TV, repusieron “El sur”.

Se trata de una película que fue dirigida por Víctor Erice y que nos sumerge en un mundo poblado de soledades, tristezas y nostalgias. Toda en ella es sensación y sentimiento. Basada en la novela de Adelaida García Morales, que fue pareja sentimental de Erice, “El sur” nos acerca a la poesía de los mundos perdidos y soñados. No hemos podido sino reproducir el comentario que hace unos días vimos en You Tube.

“El sur”, poesía en estado puro, gira en torno a la infancia y la adolescencia de Estrella, hija de Agustín, un médico que tuvo que huir de Andalucía, y de Julia, una maestra represaliada en los tiempos que siguieron a la Guerra Civil. Para el personaje de Estrella adolescente, cuyo papel de niña interpreta Sonsales Aranguren, Victor Erice eligió a una jovencita entonces desconocida, Iciar Bollaín.

Contemplando, de nuevo, “El sur”, veremos que, al fin, Estrella habrá de descubrir que su padre sigue enamorado, en la pura nostalgia, de una mujer desconocida, Irene Ríos, que nunca ha podido olvidar. Llevado de la mano por Estrella, uno habrá de sentir que algunas veces el cine todavía conserva su capacidad de emocionar.

De Iciar Bollaín, hoy directora de cine, se estrena estos días “También la lluvia”. Habrá que ir a verla un día de estos…

sábado, 1 de enero de 2011

ANTIQVA EN EL CINE








Uno de estas tardes de Navidad nuestra hija mayor nos invitó al cine. Ese fue su regalo familiar para estos días festivos. Fue así como guiados por un séquito de papanoeles que abrían el cortejo nos dirigimos al Centro Comercial El Arcángel con la intención de ver “Balada triste de trompeta”, de Alex de la Iglesia, que creo que ha ganado algo en el festival de Venecia.

Tras contemplar la película, abandoné la sala con una sensación extraña… Pensaba que ahora las películas las producen pensando en gente que disfruta contemplando actos gratuitos de violencia.

El film nos muestra dos historias diferentes. De un lado, se suceden escenas ambientadas en momentos históricos llamativos. Sobresale la escena del feroz combate entre milicianos y franquistas en el Madrid de 1937, la recreación del atentado contra Carrero Franco, la construcción del santuario del Valle de los Caídos o las imágenes de un Franco bondadoso que es mordido por un “perro” en el transcurso de una de sus cacerías. De otro lado, se nos presenta la terrible historia de dos payasos que están enamorados, de modo muy distinto, de una bella mujer del mundo de la farándula. Se trata de una sugerente trapecista de circo de la que uno mismo, de inmediato, también quedó enamorado.

Todo ello se nos brinda enmarcado en unas dosis de violencia que no entendemos del todo. Quizás si la “cosa” se hubiera contado de un modo mas calmado, todo habría resultado más creíble, más razonable. Pero está claro que Alex de la Iglesia no quería hacer algo creíble o razonable sino algo que resultase disparatadamente violento. En fin, me parece que los autores intentan satisfacer los deseos de personas que desde la infancia se han criado jugando con dosis desmesuradas de violencia.

En fin, que de la película, si se me deja, uno se queda contemplando de nuevo esa escena en la que unos “angelitos” revolotean bailando “Corazón contento…”:

“Tu eres lo más lindo de mi vida…” –cantaba Marisol en otros tiempos olvidados…



NOTA MARGINAL (Por cierto, el negro Raulito –con la traca festiva- se me ha escapado… Ayer, el ciego Coronel, que vende loterías en el cruce de Miralbaida, me dijo que lo había visto comprando flores en la floristería de doña Marta…)


lunes, 6 de diciembre de 2010

EXCURSIÓN AL REINO DE LOS COLORES

Imagen: Antiqva




Los colores de esta imagen, aunque lo pueda parecer, no están trucados… El farallón rojizo del fondo, aparentemente un acantilado natural, es realmente un producto de la mano del hombre; se trata del frente de una antigua mina de hierro “a cielo abierto” que habría sido explotada por una compañía minera inglesa a finales del siglo XIX y principios del XX. El tono verde pálido de la vegetación, por otro lado, tampoco es irreal. Obedece simplemente a que esa mañana hacía frío y las plantas estaban impregnadas de una capa de rocío.

La fotografía está tomada en el Cerro del Hierro, paraje que se enclava en la Sierra Norte de Sevilla, en las estribaciones de Sierra Morena, entre las poblaciones de Constantina y San Nicolás del Puerto. Es un lugar por el que nos encanta caminar, sobre todo cuando llega el mes de mayo, momento en el que las jaras eclosionan como poseídas por una extraña locura que hace que se reproduzcan por miles hasta el infinito llenando el paisaje de bellísimas flores blancas. Esta imagen la tomé la primera vez que visitamos ese lugar, hace algunos años. María, como tantas otras veces, caminaba delante y uno, más lento, iba tomando fotografías de los espacios que íbamos atravesando. Esa mañana estábamos intentando, provistos de un plano que alguien nos había proporcionado, llegar a lo que se conoce como Cueva del Ocre.

Fue de repente, al dejar atrás un desnivel del terreno, cuando nos topamos con la imagen impactante del antiguo frente de la mina, impregnado todo él de los tonos rojizos propios de los óxidos de hierro. María, impresionada, se paró y durante unos segundos contempló la mole rocosa, momento que uno aprovechó para alcanzarla y disparar la imagen, de modo que ella ni siquiera se dio cuenta. Caminábamos lentamente ya que el suelo, impregnado por el rocío, resultaba resbaladizo. Era la primera hora de la mañana y el lugar estaba solitario, de hecho no nos habíamos cruzado con nadie. En aquellos apartados parajes reinaba una soledad absoluta.

Si os fijáis, podréis reparar que en la parte derecha de la imagen se aprecia la entrada de una cueva. Es la Cueva del Ocre, en cuyas paredes aflora este mineral de hierro que en otros tiempos las mujeres adineradas usaron como “colorete” para dar animación a sus rostros. Os puedo asegurar que cuando se toca el ocre, nuestros dedos quedan impregnados de un color amarillento/rojizo que resulta muy difícil quitarse.

Dentro de la cueva, en la obscuridad plena y en la soledad de la mañana, con las gotas de agua escurriendo desde lo alto y sintiendo que nuestros pies pisaban los charcos de barro de ocre, percibíamos que aquello estaba impregnado de una energía especial. Alguien podría decir que allí las vibraciones de la tierra se sentían con especial intensidad.

A veces, en los enterramientos del Paleolítico se han encontrado fragmentos de ocre mezclados con los restos de los hombres. Esta presencia de ocre en las tumbas a partir de los neandertales nos estaría hablando de que estos hombres primitivos tenían ciertas creencias sobre la vida en el más allá… Gracias al ocre con el que los chamanes pintaban los cuerpos se conseguía disimular la palidez de los fallecidos… Gracias al ocre, de algún modo, parecería que la vida retornaba a los cadáveres… El ocre sería así el color de la vida, en este caso de la vida en el mundo de la ultratumba.

Algunas horas después, cuando abandonamos el Cerro del Hierro, nos tomamos un par de cervezas en la modestísima cantina, realmente un chamizo, de lo que había sido el antiguo poblado minero. El hombre que atendía el mostrador solamente nos pudo ofrecer, a modo de aperitivo, una ensalada de tomate. No tenía nada más, salvo esos tomates que cada mañana recoge de su propio huerto. No haría falta decir que estaban riquísimos… Desde entonces, siempre que hemos vuelto se los hemos pedido. Lógicamente, algunas veces los tiene, otras no… En aquella cantina, los descendientes de los mineros, que siguen ocupando las antiguas casas del poblado, se dan cita, sencillamente, para beber vino o cerveza, o para saborear una taza de café o alguno de esos licores que se elaboran en la cercana Cazalla de la Sierra…

lunes, 4 de octubre de 2010

DE LOS SUEÑOS Y DE LA VIDA

La Oreja de la Mula se perfila en la lejanía...



Recinto fortificado ibérico




Soñó en la noche
y sintió que vivía
un dulce sueño.




Estos días pasados, guiados por un viejo amigo, hemos recorrido nuevamente las sierras subbéticas en el entorno de Doña Mencía.

Estos campos mencianos, cargados de Historia, son los que cantó el poeta y arqueólogo Juan Bernier. Allí, recorriéndolos, le vienen a la mente a uno aquellas palabras del poeta en las que evocaba a los viejos dioses paganos, a los dioses amables de la luz y la alegría:





¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!




En las imágenes, tomadas donde la tierra y el cielo se unen, mostramos algunas perspectivas de lo que fue un antiguo recinto fortificado ibérico que tiene más de dos mil años de antigüedad. Sus olvidados muros siguen vigilando todavía desde lo más alto del pico de “La Oreja de la Mula” los viejos caminos de la sierra…

domingo, 3 de octubre de 2010

HAIKU DE ANTIQVA

Ensoñación fotográfica: Antiqva




No sabe la flor
que su presencia dulce
cura mi alma.




María, autora de “Mi pluma de cristal” y “Algo mas que palabras”, publicó hace unos días en el segundo de esos blogs un bello poema y en un comentario posterior preguntó a sus lectores acerca de qué cosa era un “haiku”… Fue así como supimos que un “haiku” es un poema breve japonés, de tres versos, el primero de los cuales tiene cinco sílabas, el segundo siete y el tercero nuevamente cinco…

Tras esta consulta de María, quedé un poco inquieto de modo que, al fin, me animé a escribir uno de esos “haikus”. Es el que he publicado más arriba. Luego, tuve que tomar alguna fotografía que sirviera para acompañar ese sencillo poema.

La conjunción de la imagen y de las palabras, finalmente, resultó tal y como podéis ver en esta entrada. Espero que seáis benevolentes en vuestras críticas; a fin de cuentas no deja de ser una osadía que uno, a estas alturas, pretenda iniciarse en esta “cosa” de los “haikus”…

Con respecto a la imagen, tratada al modo de una “ensoñación”, quise reflejar en ella a una florecilla silvestre que había crecido sobre una costra de musgo en el tejado de una nave agrícola. Con las lluvias, el conjunto se había desprendido y arrastrado por el agua había caído al suelo. Se me ocurrió colocarlo dentro de una espuerta de plástico negro, de esas que se usan en las labores del campo… En la imagen, la florecilla está enmarcada por un halo circular… No es un efecto de retoque fotográfico… Ese halo de tinte mistérico es, simplemente, el reflejo producido por la base de la espuerta…

sábado, 12 de junio de 2010

JALEO DE GATOS







Estas semanas se han producido algunas novedades de cierta trascendencia en el universo gatuno asilvestrado que tiene “arrecogío” nuestro amigo Antiqva.

De un lado, fruto de sus amores ilícitos con el gato del Antifaz, Natacha está ahora criando tres hijos: uno blanco, otro con mezclas blancas y negras (como su padre) y un tercero de tono rubito.

Lupita, por otro lado, hija de Natacha y del tipo ese del antifaz, está también criando otros tres hijos (dos blancos y uno negro) de los que presuntamente habría que responsabilidad a ese “delincuente” que no ha dudado en preñar a su propia hija.

Por otro lado, Jano y Lupo, hijos de Natacha y hermanos de Lupita, siguen perdidos, posiblemente puestos en fuga por su padrastro, en tanto que otro gato sin nombre, hijo de la tal Lupita, nos ronda eventualmente demandando no tanto cariño como alguna que otra salchicha o un sorbo de leche, de esa que todos tenemos en el frigorífico, a punto de caducar, Me consta que esa leche, mezclada a partes iguales con agua, les encanta.

De modo que si no me fallan las cuentas el grupo de los gatos silvestres que Antiqva es capaz de reconocer se compone en estos momentos de un total de doce unidades: el gato del Antifaz, Natacha, Jano, Lupo, Lupita, el Innombrado y las seis crías de reciente incorporación…. ¡Menudo jaleo! Los pájaros del valle del Guadalquivir están tremendamente asustados (ratones no hay desde hace años…)

Amig@s, Antiqva, ante el crecimiento impío del “clan”, se ve obligado a demandar vuestro auxilio… Nuevamente, la “Fundación para el cuidado y mantenimiento de los gatos asilvestrados de Antiqva” admitirá donativos en metálico. Desconozco, en estos momentos, si las posibles cantidades que podáis aportar desgravarán o no a efectos fiscales.

Se ruega, eso si, que no me mandéis donativos en especie. Los gatos están acostumbrados a la leche del Mercadona y me vienen insistiendo en que otras posibles marcas no les gustan…

(P.D. – Se hacen envíos de gatitos salvajes a provincias… También se podrían entregar “en mano” si alguien fuera capaz de atraparlos…)