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sábado, 17 de noviembre de 2012
Una ciudad y un balcón
sábado, 10 de noviembre de 2012
Tiempo de lluvia y soldados
jueves, 27 de septiembre de 2012
En la vieja Castilla
.
lunes, 6 de agosto de 2012
Renacimiento
miércoles, 9 de mayo de 2012
Las abejas y la novela negra
domingo, 4 de diciembre de 2011
De los dioses olvidados
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,30
No tuve oportunidad de conocer personalmente a Juan Bernier Luque (1911 – 1989), un hombre que amó la poesía, la arqueología y las tierras de Córdoba, sin embargo me siento influido por él, debido a que soy amigo de personas que lo trataron y en muchas ocasiones hemos hablado de su vida y de su obra.
Como poeta, Juan Bernier fue fundador del grupo Cántico, que se manifiesta imprescindible cuando se estudia la poesía de los tiempos de la posguerra. Tenemos la fortuna de que todavía es posible encontrarse en las calles y tabernas de Córdoba a Pablo García Baena y a Ginés Liébana, dos de los integrantes de aquel movimiento poético.
En su faceta de arqueólogo, Juan Bernier fue un viajero incansable que recorría la provincia de Córdoba buscando vestigios de las culturas que nos precedieron. Casi siempre, cuando visitamos yacimientos arqueológicos que han quedado perdidos en lo alto de los picachos de los montes de Córdoba, alguien nos dice: “Aquí estuvo Juan Bernier…”
Cuando con algunos amigos amantes de la arqueología recorremos viejos senderos que conducen a los olvidados vestigios de algún antiguo poblado ibérico o romano perdido en la sierra, suelo llevarme algún poema de Juan Bernier y allá en lo alto, cerca del cielo, lo leo como tributo a este hombre, que fue, sin duda, el último humanista de Córdoba.
La fotografía que hoy os presento la tomé hace unos días en el yacimiento arqueológico de Torreparedones. Se trata de una ciudad romana olvidada de la que ni siquiera sabemos su verdadero nombre. Se alza en lo alto de un cerro que dista unos veinte kilómetros de la ciudad de Baena, en la provincia de Córdoba.
Es un momento propicio, ante la imagen de esos dioses olvidados, para releer uno de esos poemas de Juan Bernier:
DESEO PAGANO
Dioses innúmeros perdidos en los campos
entre hierba y mirto, paciendo los sonidos de los vientos suaves.
Inmóviles escuchas de la tarde,
puros dioses de mármol sobre el verde,
marfil amarillento a los rayos del ocaso,
dioses azules en las sombras casi, más tarde fundidos en la noche,
yo os invoco: que mi voz resucite vuestros restos deshechos,
vuestros torsos desnudos que se bañan en las lágrimas húmedas y soñolientas de los prados.
¡Oh dioses sin problemas, domésticos, sin ansias de infinito!
Mi mente ensombrecida tiene sed
de mármol
de blancura
de línea.
Veinte siglos columnas de desprecio, trémulos de blasfemias
sobre vuestros rostros, espejos de horizontes.
(¡oh Juliano!) han sido los caminos del mundo,
y os sepultasteis en la tierra
y habéis sentido los pasos del zagal y del arado
rozando vuestros miembros.
Y las vírgenes vistieron su marfil de la yedra brillante de los sotos
huyentes como Sabinas a las rústicas manos,
escondidas, silenciosas de sol.
¡Sacras vestales, encubrid vuestra vergüenza!
Que veinte siglos no han sabido gustar la vida de vuestros ojos inmensos
ni comprender los pechos bronceados, triunfantes como el color de los trigos,
y se han perdido en el laberinto de las ansias inacabadas,
de las pretensiones insatisfechas.
Lejos de la flauta y la sonrisa de Pan
que hacía danzar los cuerpos
como la brisa las palmas sobre el azul,
lejos del rabel
y la mirada de Narciso,
que hacía vibrar la belleza
en el ritmo de su propia contemplación,
lejos, muy lejos de la cítara lánguida,
consagradora de las noches,
sacerdotisa de las satisfacciones.
¡Oh siglos, volved!
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!
miércoles, 28 de septiembre de 2011
Blues for mama
Por aquellos tiempos apareció en el barrio un chico negro que iba siempre de un lado para otro con una guitarra en la mano. Hablaba una lengua desconocida de modo que nadie pudo averiguar quien era o de donde venía. La gente de la calle solía darle algo para comer y los jóvenes, de vez en cuando, le invitábamos a un café o le dábamos tabaco. Alguien, sin aclarar las razones, dijo que era brasileño, pero la sospecha se desvaneció cuando Jesús, el tendero de los ultramarinos, afirmó que en Brasil la gente hablaba portugués y el muchacho no parecía expresarse en ese idioma.
El chico llegó en Semana Santa y entonces, durante los días más sagrados, entre el jueves y el domingo santos, la policía vigilaba que los cines, los bares y los lugares de ocio estuvieran cerrados, de modo que a los jóvenes solo nos quedaba el recurso de refugiarnos a jugar a las cartas en el secreto de alguno de los cuartos escondidos de los bares del barrio. Parecía que el bar estaba cerrado pero bastaba con llamar disimuladamente a la puerta para que al poco alguien la abriera. Allí, en un rincón, el chico negro, dejaba pasar las horas tocando “blues”, mientras los demás, envueltos en nubes de humo, saboreábamos copas de brandy, fumábamos cigarrillos y jugábamos al julepe.
Todavía hoy, en mi mente, pasado tanto tiempo, la Semana Santa sigue evocando interminables partidas de cartas, que se prolongaban durante muchas horas, hasta que llegaba la madrugada. Mientras, afuera, en el mundo real, ignorantes de los antros ocultos, los pasos penitenciales de Gregorio Fernández o de Juan de Juni, tan bellos como dramáticos, inundaban de misterio las calles de Valladolid.
A pesar de que entre las partidas yo solía hablar con el chico negro e incluso él accedió a enseñarme algunos compases, lo cierto es que nunca supe como se llamaba. Supongo que no era algo importante en aquellos momentos. Luego, cierto día, sin más, dejó de aparecer por el bar y tampoco se le volvió a ver en el barrio. Posiblemente se esfumó, arrastrado por los mismos vientos que lo habían traído quien sabe de donde.
Desde entonces, influenciado por ese chico, me he sentido atraído por esos desgarros del alma que son el “blues”, una música inusual en la España imperial de entonces.
Os invito a escuchar el “Blues for mama” de Nina Simone… A mi me encanta sentir como la voz de esta mujer se funde con la melodía, mientras los ritmos de los “bajos” lo impregnan todo…
jueves, 21 de julio de 2011
Guerra Civil Española

A finales de 1936 o principios de 1937 mi madre, entonces una niña, fue evacuada del Madrid republicano, junto a sus dos hermanos. Un tren lentísimo los condujo al Levante, donde terminaron recalando finalmente en Villarreal de los Infantes. Allí fueron acogidos por tres familias distintas. Eduardo, el mayor de los hermanos, había recibido de mi abuela una orden clara: no debía consentir que los separaran. Los tres debían ser acogidos en la misma población.
En Villarreal, mi madre quedó bajo la custodia de una familia que en aquellos tiempos regentaba un hotelito. Tenían también una pequeña huerta de naranjos, donde ella jugaba con los hijos de esas personas que la habían acogido.
En el hotelito, frecuentado por militares republicanos, mi madre, a fin de cuentas una niña que simbolizaba la resistencia madrileña, fue tratada siempre por todos con un cariño especial, conscientes de la tragedia que en esos momentos se estaba viviendo en Madrid.
Mi madre nos habló muchas veces de la emoción que sentía al recordar aquellos tiempos en que ella fue feliz, entre las buenas gentes que la habían acogido en Villarreal, a pesar de estar alejada de sus padres, que siguieron viviendo en el Madrid sitiado.
En esos tiempos, el que habría de ser mi padre, entonces un “chaval”, había sido alistado en el ejército nacional. Se había criado en Valladolid y allí el alzamiento militar había triunfado desde el primer momento. Consciente de la inmensa tragedia que supuso la guerra civil prácticamente nunca nos habló de sus propias experiencias en esos años terribles.
Tiempo después, en un momento más avanzado de la guerra, mis abuelos fueron también evacuados de Madrid y terminaron arribando, igualmente, a Villarreal de los Infantes, buscando recuperar a sus hijos.
Siempre me ha causado sorpresa saber que cuando los franquistas entraron en Villarreal venía con ellos un sargento de la Guardia Civil que era, ni más ni menos, que cuñado de mi abuelo. Este hombre, “que mandaba mucho”, se hizo cargo de toda la familia, ya que mi abuelo –sindicalista de UGT- había muerto unos días antes.
Mi madre nunca olvidó la imagen de las carreteras levantinas, llenas de muertos en las cunetas, cuando los nacionales los evacuaron de Villarreal. Viajaban en un camión del ejército, tapados con colchonetas, y debieron de atravesar alguna zona de lucha, ya que las balas silbaban a ambos lados del camino. El conductor –nos habría de contar mi madre muchas veces- no cesaba de repetir mientras conducía frenéticamente: “¡Por Dios, recen para que ninguna bala me alcance... Si me matan a mí, morirán todos...”
Cuando las tropas nacionales entraron, finalmente, en Madrid, llegando así a su fin la guerra fratricida, mi padre fue uno de los soldados que integraban las fuerzas de ocupación. La noche anterior su grupo había pernoctado en Torrelodones. Fue uno de los hombres que desfilaron en el “Desfile de la Victoria”.
lunes, 6 de junio de 2011
El reino de la Luna
Hace cuatro o cinco años, cuando paseaba con un amigo arqueólogo por una de las terrazas cuaternarias que siguen el curso del Guadalquivir, tuve la fortuna de toparme con una raedera de sílex que mi amigo me dijo que habría que fechar en los tiempos del Musteriense, hace entre 100.000 – 30.000 años, cuando estas terrazas en las que abundan los cantos rodados estaban pobladas por clanes de neandertales. Una raedera es una lasca de piedra (usualmente sílex o cuarcita) que está retocada por el hombre para que presente un “frente” tallado que permita raspar con ella las pieles de los animales, para limpiarlas de grasa y pelos.
Algún tiempo después, algo trastornado por ese hallazgo, escribí un relato en el que hablaba de una niña, Pies Ligeros, perteneciente al clan de los Hombres Rojos. Esa niña es la que habría tenido en sus manos, hace miles de años, la lasca de sílex que uno había encontrado. De este cuento hice dos versiones. El cuento original lo podéis leer en AQUEL CALOR TENUE.
Desde aquellos tiempos, la pasión por el estudio de los hombres de Neandertal me ha venido acompañando y durante estos años nunca he dejado de preguntarme cosas del tipo de si estas gentes, tan respetuosas con la naturaleza, podrían o no hablar, podrían o no soñar, tendrían creencias sobre el más allá o no…
En estos momentos, los enterramientos neandertales que se han conservado en algunas cuevas permiten asegurar que estos hombres, o al menos algunos de sus clanes, creían en algún tipo de vida de ultratumba. Todo parece sugerir, igualmente, que estaban dotados de la capacidad de hablar.
Tras leer mucho sobre el Paleolítico, he decidido escribir un nuevo cuento en el que tengo intención de acercarme a las posibles creencias mágicas y funerarias de estos humanos que nos antecedieron en el tiempo y que vienen a ser algo así como nuestros “primos” en el árbol de nuestra evolución. Tengo previsto publicar este cuento próximamente en el blog en cuatro entregas.
Este nuevo relato tiene por título “El reino de la Luna” y como en aquella otra ocasión estará ambientado en el clan de los Hombres Rojos. La niña Pies Ligeros, ya convertida en mujer, será una de sus protagonistas.
Imagen: Antiqva Photo
martes, 3 de mayo de 2011
EL CRISTO DEL CIELO

El Cristo de piedra,
cuando amanece,
se siente más cerca del Cristo del cielo.
Con cierta frecuencia, cuando está amaneciendo, uno suele pasear por algunos rincones de Córdoba por los que su espíritu siente una predilección especial. Uno de esos espacios es la Plaza de los Dolores, donde se alza la imagen del “Cristo de los faroles”.
En esta plaza y en su entorno más inmediato (la cuesta del Bailío) se concentran, al menos así piensa uno, algunas de las esencias de la Córdoba de siglos pasados. Se trata de una plaza pequeña, rectangular, empedrada a la antigua usanza, que se muestra cercada por las fachadas y tapias de diversos edificios religiosos. Allí, cuando amanece, a la tenue luz de los faroles, este espacio se manifiesta rodeado de una soledad inmensa. Entonces, cuando “no pasa ni un alma”, absorto en sus pensamientos y contemplando la imagen, quisiera uno creer que la soledad del momento y la magia que se desprende de las paredes de los conventos quizás podrían hacer que cada amanecer el Cristo de piedra durante unos segundos pudiera tener algo de vida. Quizás la piedra fuese capaz, durante unos instantes, de captar alguna desconocida energía del amanecer y el Cristo pudiera, realmente, estar latiendo.
Esa sensación tan bella como extraña tiene, por motivos obvios, una duración efímera. El misterio solo se mantiene durante unos pocos segundos, que son los que uno ocupa en atravesar la plaza. Al momento, cuando me voy alejando, todo sugiere que la piedra vuelve a ser piedra. Posiblemente el ruido producido por mis pasos sea el culpable de que el milagro se desvanezca.
Imagen: Antiqva Photo
jueves, 21 de abril de 2011
LOS CAMINOS DE ROMA

Hace unos días un grupo de amigos, amantes al igual de la arqueología y la naturaleza, llevamos a cabo un recorrido por la calzada romana del Pretorio, que unía la ciudad de Córdoba con algunas de las minas de cobre de Sierra Morena.
La calzada del Pretorio, que no es mencionada en ninguna de las fuentes literarias romanas que se ocupan de estas cuestiones (Itinerario de Antonino, Anónimo de Rávena…) arrancaba de la Puerta Pretoria de la Colonia Patricia Corduba, actual Puerta del Osario, en la plaza de Colón, para abandonar la ciudad por la avenida del Brillante desviándose después por lo que hoy conocemos como Sendero de la Traición hasta arribar al punto kilométrico 14,5 de la carretera de Villaviciosa y dirigirse desde allí al valle de los ríos Guadanuño y Guadiato, en donde se conservan dos magníficos puentes: el primero de época romana, que cruza el Guadanuño, y el segundo, andalusí, que atraviesa el Guadiato.
Las fuentes arqueológicas confirman que a la salida de nuestra ciudad la calzada estaba enlosada. En el tramo que se ha conservado, que arranca de las inmediaciones de El Cerrillo, en la zona del Hospital de los Morales, se puede apreciar que la base de calzada se adapta a la roca madre, en la que está encajada. Llama la atención que en esa roca madre es frecuente encontrar vestigios de fondos marinos fosilizados, que nos hablan de los tiempos en que Sierra Morena estaba en el fondo de un inmenso océano.
En su estudio sobre las calzadas romanas de nuestra provincia, Enrique Melchor Gil indica que este camino unía la ciudad de Córdoba con una serie de minas de cobre y de plomo argentífero, situadas en el entorno de los ríos Guadanuño y Guadiato, que habrían sido explotadas durante los siglos I y II después de Cristo.
En diversos momentos del recorrido pudimos apreciar algunas de las singularidades constructivas de las calzadas romanas, de acuerdo con lo que autores como Vitrubio o Ulpiano nos han transmitido. Los expertos que nos acompañaban tuvieron también ocasión de hablarnos de las singularidades de la minería del cobre en nuestra provincia, dado el uso minero que los romanos dieron a esta ruta que va ascendiendo el escalón que suponen las estribaciones de Sierra Morena.
La actividad la llevamos a cabo una atractiva mañana de primavera. Durante el recorrido, la señorita C. tuvo continuas ocasiones de admirar, entre suspiros, la magnífica decoración floral, sobre todo de jaras pringosas, que nos iba acompañando.
Imagen: Antiqva Photo
miércoles, 13 de abril de 2011
LOBOS EN LA NIEVE

Quedé impresionado cuando contemplé la proyección de aquella película legendaria, Doctor Zivago. Por la noche, mientras dormía, estuve embargado por sueños extraños en los que, quizás, llegué a presentir cosas que es posible que algún día viva realmente.
La película mostraba escenas espectaculares de la Gran Guerra de 1914, de la Revolución Rusa y de los enfrentamientos civiles entre las tropas comunistas y las que seguían apoyando al régimen de los zares. Lo que más me impactó fue contemplar las inmensas llanuras de las estepas rusas, cubiertas por la nieve, por las que avanzaban los escuadrones de caballería tratando de alcanzar a unos enemigos vaporosos que se esfumaban en aquel inmenso infierno blanco.
En mis ensueños, influidos por lo que había contemplado aquella tarde en la gran pantalla, me veía vestido con un atuendo militar, portando un fusil y aparentemente posando en una inmensa planicie nevada, similar a aquellas por las que había visto cabalgar a los escuadrones de cosacos. La imagen sugería que un gélido viento lo impregnaba todo y mi cara, aterida, acusaba el frío inmenso de aquel inhóspito lugar. Alguien me había repetido varias veces que era necesario que vigilara a los lobos.
Mientras tanto, veía como los soldados de mi compañía, para protegerse del frío, se habían refugiado en unas trincheras cercanas. Esperaban que el cabo furriel y otros dos hombres acudieran portando un cajón de madera en cuyo interior viajaban los chuscos de pan y las latas de sardinas que habrían de constituir el almuerzo en ese día de maniobras en la nieve.
Era frecuente que por las noches, mientras dormíamos en el barracón, escucháramos en la lejanía el aullido de los lobos. Ahora, en nuestro avance por aquellos campos helados, estábamos cerca de ellos y el sargento había seleccionado tres o cuatro hombres para que estuviéramos alerta mientras los demás reponían fuerzas en aquellas abandonadas trincheras. Nuestra misión consistía en mantener alejados a los lobos que pudieran rondar por aquellos parajes. Nos dijeron claramente que si alguno de ellos se acercaba lo único que teníamos que hacer era disparar al aire y asustarlo. No se trataba de disparar contra ellos sino solamente de infundirles temor y hacer que se alejaran.
Como en la película, me veía posando en la nieve, azotado por el viento, mientras a lo lejos, en la neblina, tres hombres se acercaban portando penosamente, dos de ellos, una especie de cajón. Allí venía nuestro almuerzo. Mi misión era impedir que los lobos se acercaran demasiado.
Viví esta escena con tal intensidad que todavía sigo pensando que es posible que fuese un ensueño premonitorio. Quizás en esta vida, o en otra vida futura, esa imagen llegue algún día a hacerse realidad. Es posible, incluso, que haya sido una escena real, vivida en un tiempo ya pasado.
viernes, 28 de enero de 2011
ANTIQVA MEDIEVAL
Estos días se celebra la fiesta del "Mercado Medieval" en Córdoba, en la plaza de la Corredera, un espacio público en el que en otros tiempos "se corrían" toros y se llevaban a cabo los temidos Autos de Fe de la Inquisición. Uno, ante tal acontecimiento, ha echado mano de la cámara y se ha ido con los amigos a tomar fotografías, y alguna que otra cerveza... Es posible que estos días me sintáis un poco ausente. No preocuparos. Ya mismo estaré recuperado de tanta emoción. No olvidéis, eso sí, visitar ANTIQVA PHOTOBLOG, en donde he colocado ya algunas imágenes... Prometo portarme bien...
jueves, 20 de enero de 2011
CUENTOS DE LA VIEJA CASTILLA

Dedicado a mi hermana, lectora desde la sombra
En aquellos tiempos, cuando llegaba la época de la recolección, la chiquillería del barrio solía sentarse, acechante, en las cunetas del Paseo de Farnesio. Si tenían suerte, era posible que algún camión cargado de remolacha pasara ante ellos encaminándose a la cercana fábrica azucarera de la Farola. Antes, los niños habían colocado piedras en la carretera, confiando en que alguno de los camiones, al topar sus ruedas con ellas, se desnivelase lo suficiente para permitir que alguna remolacha cayera al suelo.
Cuando eso sucedía, una vez que el camión se alejaba, los niños, envueltos en el jolgorio, recogían el botín y se dirigían al cercano manantial de Labradores, donde lo lavaban. Después, con golpes de piedras afiladas, partían trozos que chupaban con deleite, extrayendo su delicioso sabor azucarado. Dicen que una remolacha cruda es pesada de digerir y parece que una sola pieza bastaba para satisfacer el ansía de dulzor, y de juego, de una legión de chiquillos.
De algún modo, en aquella vieja Castilla del trigo y la remolacha, los penosos traqueteos de los solitarios camiones que atravesaban el barrio permitían que los niños de las Delicias vivieran cada tarde una comunión de dulcísimo sabor. Las niñas, mientras tanto, jugaban a la raya o se pasaban las horas saltando a la cuerda. Acostumbradas al jolgorio remolachero no manifestaban extrañeza cuando escuchaban el ruido que se producía cuando los camiones embestían las piedras. Solo alguna de ellas se acercaba a los niños y pedía un trocito de remolacha para chupar.
Eran unos tiempos en que los niños, para desesperación de don Manuel, el director del colegio, solían fumar alguna que otra vez cigarrillos de anís. Fue también en aquellos años cuando más de uno se enamoró de Lucía, una niña rubia a la que nunca pudieron acercarse ya que sus padres no la dejaban salir a la calle. Sólo la veían de lejos, cuando ella jugaba con alguna amiga en el patio de su casa y los niños las espiaban desde el portalón. El Barbas, un perro de probada fiereza, estaba bien instruido por don Marciano, el padre de Lucía, para que ningún extraño se acercara a la niña, de modo que las carreras de los más atrevidos, perseguidos por el perro, eran frecuentes en las tardes de verano.
Por aquel entonces, la vida sentimental de Lolita, que años antes había decidido hacerse artista, era la principal materia de conversación de las madres y abuelas en aquel barrio en el que todos se conocían. Hablar de cómo le iban las cosas a Lolita y comentar los sucesos de El Caso eran las cuestiones prioritarias a las que las mujeres de las Delicias, en aquellos tiempos, dedicaban sus ratos libres.
Cierto día, para sorpresa de las gentes, el dueño de El Portillano compró un televisor y lo hizo instalar en el bar. A los pocos días, las tardes de los domingos, mientras los hombres jugaban al dominó, tomando café y fumando, una multitud enloquecida de niños y niñas, sentados en el suelo del local, habría de comenzar a seguir las aventuras de Rin-tin-tin. Fue entonces cuando el interés por el tránsito de los camiones de remolacha comenzó a perder intensidad.
Un nuevo modo de vida estaba llegando al barrio.
La familia de Lolita (Lola Herrera) seguía viviendo en el barrio de las Delicias en aquellos tiempos en que el perro Barbas, endemoniado, corría ladrando detrás de los chiquillos.
miércoles, 12 de enero de 2011
EL SUR
Se trata de una película que fue dirigida por Víctor Erice y que nos sumerge en un mundo poblado de soledades, tristezas y nostalgias. Toda en ella es sensación y sentimiento. Basada en la novela de Adelaida García Morales, que fue pareja sentimental de Erice, “El sur” nos acerca a la poesía de los mundos perdidos y soñados. No hemos podido sino reproducir el comentario que hace unos días vimos en You Tube.
“El sur”, poesía en estado puro, gira en torno a la infancia y la adolescencia de Estrella, hija de Agustín, un médico que tuvo que huir de Andalucía, y de Julia, una maestra represaliada en los tiempos que siguieron a la Guerra Civil. Para el personaje de Estrella adolescente, cuyo papel de niña interpreta Sonsales Aranguren, Victor Erice eligió a una jovencita entonces desconocida, Iciar Bollaín.
Contemplando, de nuevo, “El sur”, veremos que, al fin, Estrella habrá de descubrir que su padre sigue enamorado, en la pura nostalgia, de una mujer desconocida, Irene Ríos, que nunca ha podido olvidar. Llevado de la mano por Estrella, uno habrá de sentir que algunas veces el cine todavía conserva su capacidad de emocionar.
De Iciar Bollaín, hoy directora de cine, se estrena estos días “También la lluvia”. Habrá que ir a verla un día de estos…
sábado, 1 de enero de 2011
ANTIQVA EN EL CINE
Uno de estas tardes de Navidad nuestra hija mayor nos invitó al cine. Ese fue su regalo familiar para estos días festivos. Fue así como guiados por un séquito de papanoeles que abrían el cortejo nos dirigimos al Centro Comercial El Arcángel con la intención de ver “Balada triste de trompeta”, de Alex de la Iglesia, que creo que ha ganado algo en el festival de Venecia.
Tras contemplar la película, abandoné la sala con una sensación extraña… Pensaba que ahora las películas las producen pensando en gente que disfruta contemplando actos gratuitos de violencia.
El film nos muestra dos historias diferentes. De un lado, se suceden escenas ambientadas en momentos históricos llamativos. Sobresale la escena del feroz combate entre milicianos y franquistas en el Madrid de 1937, la recreación del atentado contra Carrero Franco, la construcción del santuario del Valle de los Caídos o las imágenes de un Franco bondadoso que es mordido por un “perro” en el transcurso de una de sus cacerías. De otro lado, se nos presenta la terrible historia de dos payasos que están enamorados, de modo muy distinto, de una bella mujer del mundo de la farándula. Se trata de una sugerente trapecista de circo de la que uno mismo, de inmediato, también quedó enamorado.
Todo ello se nos brinda enmarcado en unas dosis de violencia que no entendemos del todo. Quizás si la “cosa” se hubiera contado de un modo mas calmado, todo habría resultado más creíble, más razonable. Pero está claro que Alex de la Iglesia no quería hacer algo creíble o razonable sino algo que resultase disparatadamente violento. En fin, me parece que los autores intentan satisfacer los deseos de personas que desde la infancia se han criado jugando con dosis desmesuradas de violencia.
En fin, que de la película, si se me deja, uno se queda contemplando de nuevo esa escena en la que unos “angelitos” revolotean bailando “Corazón contento…”:
“Tu eres lo más lindo de mi vida…” –cantaba Marisol en otros tiempos olvidados…
NOTA MARGINAL (Por cierto, el negro Raulito –con la traca festiva- se me ha escapado… Ayer, el ciego Coronel, que vende loterías en el cruce de Miralbaida, me dijo que lo había visto comprando flores en la floristería de doña Marta…)
lunes, 6 de diciembre de 2010
EXCURSIÓN AL REINO DE LOS COLORES
Los colores de esta imagen, aunque lo pueda parecer, no están trucados… El farallón rojizo del fondo, aparentemente un acantilado natural, es realmente un producto de la mano del hombre; se trata del frente de una antigua mina de hierro “a cielo abierto” que habría sido explotada por una compañía minera inglesa a finales del siglo XIX y principios del XX. El tono verde pálido de la vegetación, por otro lado, tampoco es irreal. Obedece simplemente a que esa mañana hacía frío y las plantas estaban impregnadas de una capa de rocío.
La fotografía está tomada en el Cerro del Hierro, paraje que se enclava en la Sierra Norte de Sevilla, en las estribaciones de Sierra Morena, entre las poblaciones de Constantina y San Nicolás del Puerto. Es un lugar por el que nos encanta caminar, sobre todo cuando llega el mes de mayo, momento en el que las jaras eclosionan como poseídas por una extraña locura que hace que se reproduzcan por miles hasta el infinito llenando el paisaje de bellísimas flores blancas. Esta imagen la tomé la primera vez que visitamos ese lugar, hace algunos años. María, como tantas otras veces, caminaba delante y uno, más lento, iba tomando fotografías de los espacios que íbamos atravesando. Esa mañana estábamos intentando, provistos de un plano que alguien nos había proporcionado, llegar a lo que se conoce como Cueva del Ocre.
Fue de repente, al dejar atrás un desnivel del terreno, cuando nos topamos con la imagen impactante del antiguo frente de la mina, impregnado todo él de los tonos rojizos propios de los óxidos de hierro. María, impresionada, se paró y durante unos segundos contempló la mole rocosa, momento que uno aprovechó para alcanzarla y disparar la imagen, de modo que ella ni siquiera se dio cuenta. Caminábamos lentamente ya que el suelo, impregnado por el rocío, resultaba resbaladizo. Era la primera hora de la mañana y el lugar estaba solitario, de hecho no nos habíamos cruzado con nadie. En aquellos apartados parajes reinaba una soledad absoluta.
Si os fijáis, podréis reparar que en la parte derecha de la imagen se aprecia la entrada de una cueva. Es la Cueva del Ocre, en cuyas paredes aflora este mineral de hierro que en otros tiempos las mujeres adineradas usaron como “colorete” para dar animación a sus rostros. Os puedo asegurar que cuando se toca el ocre, nuestros dedos quedan impregnados de un color amarillento/rojizo que resulta muy difícil quitarse.
Dentro de la cueva, en la obscuridad plena y en la soledad de la mañana, con las gotas de agua escurriendo desde lo alto y sintiendo que nuestros pies pisaban los charcos de barro de ocre, percibíamos que aquello estaba impregnado de una energía especial. Alguien podría decir que allí las vibraciones de la tierra se sentían con especial intensidad.
A veces, en los enterramientos del Paleolítico se han encontrado fragmentos de ocre mezclados con los restos de los hombres. Esta presencia de ocre en las tumbas a partir de los neandertales nos estaría hablando de que estos hombres primitivos tenían ciertas creencias sobre la vida en el más allá… Gracias al ocre con el que los chamanes pintaban los cuerpos se conseguía disimular la palidez de los fallecidos… Gracias al ocre, de algún modo, parecería que la vida retornaba a los cadáveres… El ocre sería así el color de la vida, en este caso de la vida en el mundo de la ultratumba.
Algunas horas después, cuando abandonamos el Cerro del Hierro, nos tomamos un par de cervezas en la modestísima cantina, realmente un chamizo, de lo que había sido el antiguo poblado minero. El hombre que atendía el mostrador solamente nos pudo ofrecer, a modo de aperitivo, una ensalada de tomate. No tenía nada más, salvo esos tomates que cada mañana recoge de su propio huerto. No haría falta decir que estaban riquísimos… Desde entonces, siempre que hemos vuelto se los hemos pedido. Lógicamente, algunas veces los tiene, otras no… En aquella cantina, los descendientes de los mineros, que siguen ocupando las antiguas casas del poblado, se dan cita, sencillamente, para beber vino o cerveza, o para saborear una taza de café o alguno de esos licores que se elaboran en la cercana Cazalla de la Sierra…
lunes, 4 de octubre de 2010
DE LOS SUEÑOS Y DE LA VIDA
Recinto fortificado ibéricoSoñó en la noche
y sintió que vivía
un dulce sueño.
Estos campos mencianos, cargados de Historia, son los que cantó el poeta y arqueólogo Juan Bernier. Allí, recorriéndolos, le vienen a la mente a uno aquellas palabras del poeta en las que evocaba a los viejos dioses paganos, a los dioses amables de la luz y la alegría:
¡Volved, pues os esperan los dioses,
los dioses del amor y la alegría
del sol, la luz, las fuentes y los prados,
los dioses vivos de la carne y los deseos!
domingo, 3 de octubre de 2010
HAIKU DE ANTIQVA
Ensoñación fotográfica: AntiqvaNo sabe la flor
que su presencia dulce
cura mi alma.
María, autora de “Mi pluma de cristal” y “Algo mas que palabras”, publicó hace unos días en el segundo de esos blogs un bello poema y en un comentario posterior preguntó a sus lectores acerca de qué cosa era un “haiku”… Fue así como supimos que un “haiku” es un poema breve japonés, de tres versos, el primero de los cuales tiene cinco sílabas, el segundo siete y el tercero nuevamente cinco…
Tras esta consulta de María, quedé un poco inquieto de modo que, al fin, me animé a escribir uno de esos “haikus”. Es el que he publicado más arriba. Luego, tuve que tomar alguna fotografía que sirviera para acompañar ese sencillo poema.
La conjunción de la imagen y de las palabras, finalmente, resultó tal y como podéis ver en esta entrada. Espero que seáis benevolentes en vuestras críticas; a fin de cuentas no deja de ser una osadía que uno, a estas alturas, pretenda iniciarse en esta “cosa” de los “haikus”…
Con respecto a la imagen, tratada al modo de una “ensoñación”, quise reflejar en ella a una florecilla silvestre que había crecido sobre una costra de musgo en el tejado de una nave agrícola. Con las lluvias, el conjunto se había desprendido y arrastrado por el agua había caído al suelo. Se me ocurrió colocarlo dentro de una espuerta de plástico negro, de esas que se usan en las labores del campo… En la imagen, la florecilla está enmarcada por un halo circular… No es un efecto de retoque fotográfico… Ese halo de tinte mistérico es, simplemente, el reflejo producido por la base de la espuerta…
sábado, 12 de junio de 2010
JALEO DE GATOS
Estas semanas se han producido algunas novedades de cierta trascendencia en el universo gatuno asilvestrado que tiene “arrecogío” nuestro amigo Antiqva.
De un lado, fruto de sus amores ilícitos con el gato del Antifaz, Natacha está ahora criando tres hijos: uno blanco, otro con mezclas blancas y negras (como su padre) y un tercero de tono rubito.
Lupita, por otro lado, hija de Natacha y del tipo ese del antifaz, está también criando otros tres hijos (dos blancos y uno negro) de los que presuntamente habría que responsabilidad a ese “delincuente” que no ha dudado en preñar a su propia hija.
Por otro lado, Jano y Lupo, hijos de Natacha y hermanos de Lupita, siguen perdidos, posiblemente puestos en fuga por su padrastro, en tanto que otro gato sin nombre, hijo de la tal Lupita, nos ronda eventualmente demandando no tanto cariño como alguna que otra salchicha o un sorbo de leche, de esa que todos tenemos en el frigorífico, a punto de caducar, Me consta que esa leche, mezclada a partes iguales con agua, les encanta.
De modo que si no me fallan las cuentas el grupo de los gatos silvestres que Antiqva es capaz de reconocer se compone en estos momentos de un total de doce unidades: el gato del Antifaz, Natacha, Jano, Lupo, Lupita, el Innombrado y las seis crías de reciente incorporación…. ¡Menudo jaleo! Los pájaros del valle del Guadalquivir están tremendamente asustados (ratones no hay desde hace años…)
Amig@s, Antiqva, ante el crecimiento impío del “clan”, se ve obligado a demandar vuestro auxilio… Nuevamente, la “Fundación para el cuidado y mantenimiento de los gatos asilvestrados de Antiqva” admitirá donativos en metálico. Desconozco, en estos momentos, si las posibles cantidades que podáis aportar desgravarán o no a efectos fiscales.
Se ruega, eso si, que no me mandéis donativos en especie. Los gatos están acostumbrados a la leche del Mercadona y me vienen insistiendo en que otras posibles marcas no les gustan…
(P.D. – Se hacen envíos de gatitos salvajes a provincias… También se podrían entregar “en mano” si alguien fuera capaz de atraparlos…)






