Francisco Umbral – Teoría de Lola
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miércoles, 30 de marzo de 2016
Amanece en Madrid
jueves, 6 de agosto de 2015
Soledades
Francisco Umbral – La forja de un ladrón
jueves, 19 de marzo de 2015
Anticipo de la primavera
“La primavera, niña errática y desnuda…”
Arrojó el libro como alacrán malva, la hermana tornera, y Jonás se lo metió en el bolso, sonriendo, y ya ni siquiera pasó al letárgico refectorio. Volvía por el largo paseo con sol tibio, leyendo al poeta:
“De un incoloro casi verde,
vehemente e inmenso cual mi alma…"
Francisco Umbral – El fulgor de África
viernes, 13 de marzo de 2015
Cuesta con sombras
Francisco Umbral – Las ninfas
domingo, 13 de septiembre de 2009
FRANCISCO UMBRAL Y LOS SINDICALISTAS
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Antes de que publicara “Los helechos arborescentes” en 1980 Antiqva había tenido oportunidad de conocer personalmente a Francisco Umbral, ya que era un hombre vinculado con Valladolid y con cierta frecuencia participaba en actos estudiantiles de tipo literario. Recuerdo que en cierta ocasión, corría entonces el año 1973, corrió la voz de que Umbral pronunciaría una conferencia, creo que sobre la poesía de Luís de Góngora, en el salón de actos de la Facultad de Medicina. Aquello atrajo a un nutrido grupo de estudiantes que acudimos a la convocatoria. En el salón no cabía un alma y Francisco Umbral comenzó su disertación que trataba, como estaba previsto, de cosas de poesía…
En aquellos tiempos, lamentablemente, se estaba celebrando en el temido Tribunal de Orden Público franquista el que habría de ser llamado “Proceso 1001”, que pronto se saldaría con la condena a muchos años de cárcel para todos los dirigentes del clandestino sindicato Comisiones Obreras, vinculado al Partido Comunista. Al parecer, un año antes, el 24 de junio de 1972, toda la dirección de Comisiones Obreras, principal opositor a la dictadura en los ámbitos obreros, había sido detenida en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde se encontraba reunida.
Mientras Umbral hablaba de Góngora, todos los presentes fuimos tomando conciencia de que entre el público se estaba orquestando un claro ambiente de jaleo… Las voces iban creciendo y en cierto momento nadie se esforzó por disimularlas. Fue de súbito cuando alguien avanzó por el pasillo central de la sala y tronó:
-“Paco –vociferó un tipo barbudo-, los que luchan por el pueblo están en el “trullo” y tú nos hablas de poesía… Maldita sea ahora la poesía… Tenemos que aprovechar que nos han dejado reunirnos para hablar de lo que está pasando en Madrid… Este no es momento de poesía sino de acciones de protesta… Tenemos que ayudar a los presos…”
El acto se había interrumpido. Francisco Umbral, que por entonces escribía finísimos textos periodísticos con los que superando inteligentemente la férrea censura impuesta por el régimen hacía brotar ideas críticas contra la dictadura, no dijo nada. Los agitadores, que crecían en su alboroto, vociferaban llamando a la acción. El escritor, desbordado, intentó decir que: “él estaba allí para hablar de la vida y la obra de Góngora… Y muchos de los que allí estaban habían venido a escuchar hablar de eso… Él lamentaba lo que estaba sucediendo en Madrid con los dirigentes de Comisiones Obreras pero…”
Sus palabras se cortaron. Sucedía que el jaleo de los alborotadores no le permitía continuar. Fue entonces, en medio del tumulto, cuando la voz de otro tipo volvió a tronar. Dijo algo que hizo que la risa brotase de las gargantas de todos los presentes, para entonces ya claramente invadidos por los nervios:
-“Sabes lo que te digo, Paco, que si no podemos hablar aquí del “Proceso 1001”, propongo ahora mismo a todos que nos vayamos a la playa del río y hagamos un “party” sexual…”
En ese momento, cuando aquel tipo habló, todo explotó… Para entonces, los policías “de la Secreta”, presentes en el acto, habían informado a sus jefes de lo que estaba pasando… Afuera, en los pasillos de la facultad, un amplio contingente policial, los temibles “grises”, nos estaba aguardando. Portaban en sus enfundadas manos las porras de durísimo caucho. Uno de ellos, como siempre, sujetaba con su mano derecha un “clarín”. Lo tendría que utilizar si los estudiantes no se disolvían y era necesario cargar contra ellos. En aquellos tiempos, Antiqva habría de escuchar más de una vez ese toque siniestro de clarín.
Umbral, para entonces, permanecía mudo. Había perdido el protagonismo del acto. Alguien uniformado entró en el salón e hizo saber a los presentes que debían abandonarlo. Diez policías vigilaban en la puerta… Afuera estaban los demás. Cuando Antiqva, con los brazos en alto y el documento de identidad en la boca, abandonaba la facultad no podía sino pensar: “¡Diantres, esa propuesta de jolgorio en la playa no parecía tan mala idea…!”
En aquellos años, la agitación estudiantil en la universidad de Valladolid fue creciendo de manera alarmante para las autoridades del régimen franquista. De hecho, en 1975, por temor a esas actividades políticas que se desarrollaban en las aulas, los responsables de la dictadura habrían de decretar el cierre de todas las facultades vallisoletanas. Ese año no hubo, por tanto, curso lectivo. Fue un año que no existió en la Universidad de Valladolid. Cree Antiqva que nunca escuchó que sucediera algo similar en otras universidades españolas.
Poco después llegaría la democracia a España. Marcelino Camacho, líder de Comisiones Obreras, y las gentes que estaban en prisión por motivos políticos o sindicales fueron liberados de inmediato. Las “columnas” que diariamente publicaba Francisco Umbral, crítico siempre con la dictadura, primero en “El Norte de Castilla” y luego en el “El País”, ayudaron a que ese anhelo de libertad de las gentes pudiera, al fin, hacerse realidad.
Alguien diría que desde entonces han pasado cientos de años…
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Antes de que publicara “Los helechos arborescentes” en 1980 Antiqva había tenido oportunidad de conocer personalmente a Francisco Umbral, ya que era un hombre vinculado con Valladolid y con cierta frecuencia participaba en actos estudiantiles de tipo literario. Recuerdo que en cierta ocasión, corría entonces el año 1973, corrió la voz de que Umbral pronunciaría una conferencia, creo que sobre la poesía de Luís de Góngora, en el salón de actos de la Facultad de Medicina. Aquello atrajo a un nutrido grupo de estudiantes que acudimos a la convocatoria. En el salón no cabía un alma y Francisco Umbral comenzó su disertación que trataba, como estaba previsto, de cosas de poesía…
En aquellos tiempos, lamentablemente, se estaba celebrando en el temido Tribunal de Orden Público franquista el que habría de ser llamado “Proceso 1001”, que pronto se saldaría con la condena a muchos años de cárcel para todos los dirigentes del clandestino sindicato Comisiones Obreras, vinculado al Partido Comunista. Al parecer, un año antes, el 24 de junio de 1972, toda la dirección de Comisiones Obreras, principal opositor a la dictadura en los ámbitos obreros, había sido detenida en el convento de los Oblatos de Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde se encontraba reunida.
Mientras Umbral hablaba de Góngora, todos los presentes fuimos tomando conciencia de que entre el público se estaba orquestando un claro ambiente de jaleo… Las voces iban creciendo y en cierto momento nadie se esforzó por disimularlas. Fue de súbito cuando alguien avanzó por el pasillo central de la sala y tronó:
-“Paco –vociferó un tipo barbudo-, los que luchan por el pueblo están en el “trullo” y tú nos hablas de poesía… Maldita sea ahora la poesía… Tenemos que aprovechar que nos han dejado reunirnos para hablar de lo que está pasando en Madrid… Este no es momento de poesía sino de acciones de protesta… Tenemos que ayudar a los presos…”
El acto se había interrumpido. Francisco Umbral, que por entonces escribía finísimos textos periodísticos con los que superando inteligentemente la férrea censura impuesta por el régimen hacía brotar ideas críticas contra la dictadura, no dijo nada. Los agitadores, que crecían en su alboroto, vociferaban llamando a la acción. El escritor, desbordado, intentó decir que: “él estaba allí para hablar de la vida y la obra de Góngora… Y muchos de los que allí estaban habían venido a escuchar hablar de eso… Él lamentaba lo que estaba sucediendo en Madrid con los dirigentes de Comisiones Obreras pero…”
Sus palabras se cortaron. Sucedía que el jaleo de los alborotadores no le permitía continuar. Fue entonces, en medio del tumulto, cuando la voz de otro tipo volvió a tronar. Dijo algo que hizo que la risa brotase de las gargantas de todos los presentes, para entonces ya claramente invadidos por los nervios:
-“Sabes lo que te digo, Paco, que si no podemos hablar aquí del “Proceso 1001”, propongo ahora mismo a todos que nos vayamos a la playa del río y hagamos un “party” sexual…”
En ese momento, cuando aquel tipo habló, todo explotó… Para entonces, los policías “de la Secreta”, presentes en el acto, habían informado a sus jefes de lo que estaba pasando… Afuera, en los pasillos de la facultad, un amplio contingente policial, los temibles “grises”, nos estaba aguardando. Portaban en sus enfundadas manos las porras de durísimo caucho. Uno de ellos, como siempre, sujetaba con su mano derecha un “clarín”. Lo tendría que utilizar si los estudiantes no se disolvían y era necesario cargar contra ellos. En aquellos tiempos, Antiqva habría de escuchar más de una vez ese toque siniestro de clarín.
Umbral, para entonces, permanecía mudo. Había perdido el protagonismo del acto. Alguien uniformado entró en el salón e hizo saber a los presentes que debían abandonarlo. Diez policías vigilaban en la puerta… Afuera estaban los demás. Cuando Antiqva, con los brazos en alto y el documento de identidad en la boca, abandonaba la facultad no podía sino pensar: “¡Diantres, esa propuesta de jolgorio en la playa no parecía tan mala idea…!”
En aquellos años, la agitación estudiantil en la universidad de Valladolid fue creciendo de manera alarmante para las autoridades del régimen franquista. De hecho, en 1975, por temor a esas actividades políticas que se desarrollaban en las aulas, los responsables de la dictadura habrían de decretar el cierre de todas las facultades vallisoletanas. Ese año no hubo, por tanto, curso lectivo. Fue un año que no existió en la Universidad de Valladolid. Cree Antiqva que nunca escuchó que sucediera algo similar en otras universidades españolas.
Poco después llegaría la democracia a España. Marcelino Camacho, líder de Comisiones Obreras, y las gentes que estaban en prisión por motivos políticos o sindicales fueron liberados de inmediato. Las “columnas” que diariamente publicaba Francisco Umbral, crítico siempre con la dictadura, primero en “El Norte de Castilla” y luego en el “El País”, ayudaron a que ese anhelo de libertad de las gentes pudiera, al fin, hacerse realidad.
Alguien diría que desde entonces han pasado cientos de años…
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viernes, 11 de septiembre de 2009
"LA MADRUGA" Y FRANCISCO UMBRAL
Siente uno que algún mecanismo ignoto se ha puesto en marcha y estoy recordando esos días del frío en que mi madre hacía “de niña de los recados” en el taller de costura de “la Madruga”…
Corrían entonces los años “del hambre”, los primeros de la década de los “cuarenta” del siglo pasado. Con la pretensión de que la cría aprendiera un oficio mi abuela la había llevado a ese taller. Su trabajo consistía en hacer los recados cotidianos y aprender lo que buenamente pudiera, escuchando y mirando lo que hacían las demás.
-“Leonorcita, ve a la mercería y pregunta si llegaron los botones…”
-“Niña, tienes que ir a casa de doña Ana… Le dices que su chaqueta ya está preparada… Qué cuando le venga bien, puede venir a probarse…”
Según escuché a mi madre, “la Madruga” era una mujer muy alta en aquellos tiempos en que los españoles eran gentes bajitas. Decía que era tan alta que no se atrevía a salir a la calle, ya que temía que los niños, despiadados, se metieran con ella. Por ese temor, contaba mi madre, solamente en las primeras horas de la madrugada se la veía paseando por los jardines del Campo Grande, acompañada por alguna de las muchachas que trabajaban en su taller. “La Madruga”, acomplejada por los comentarios que su altura despertaban en la gente, solamente salía a la calle antes de que hubiera amanecido. Habrían de ser esos paseos a horas extrañas los que harían que pasara a ser conocida como “la Madruga”… Mi madre siempre se refería a ella de ese modo: “la Madruga”… Sin acento en la última letra. No la llamemos “la Madrugá”, que es la palabra que identifica las procesiones que con ocasión de la Semana Santa se llevan a cabo en Andalucía en la noche del Jueves al Viernes Santo.
Contaba también mi madre que en aquellos tiempos “del hambre” esta mujer había recibido una oferta de la Facultad de Medicina, que ella habría aceptado, consistente en permitir que a cambio de determinada cantidad de dinero, cuando muriera, su esqueleto pudiera ser estudiado por la Universidad. Parece que en aquellos tiempos nadie entendía, ni siquiera en los ambientes de la ciencia, que una mujer pudiera ser tan alta.
Cuando Leonor hablaba de estas cosas, Antiqva era un niño… Habrían de pasar algunos años para que ya hombrecito se topara de nuevo con otra referencia a esa mujer legendaria. Esa nueva noticia que hablaba de “la Madruga” la encontraría leyendo “Los helechos arborescentes”… Francisco Umbral, su autor, hijo de madre soltera, aunque tuvo que nacer en un hospital de beneficencia madrileño a causa de la miseria y el miedo a las habladurías, estuvo siempre muy vinculado a Valladolid, ciudad donde vivía su madre cuando quedó embarazada y donde él se crió. No es extraño que Umbral, que vivió en ese Valladolid arropado por el hambre escuchara hablar, como Antiqva, de “la Madruga”, persona que entonces debía llamar la atención de las gentes, de modo que en la novela, en algún pasaje ocasional, el escritor habló de ella, haciendo así que el nombre de “la Madruga” recibiera un fugaz aliento de inmortalidad.
Dice en la reseña de la edición que Antiqva posee de “Los helechos arborescentes” (1980):
“Francisco Umbral ha escrito la novela de un niño que vive dos vidas paralelas, complementarias, que se aureolan y justifican una a la otra dentro de su alma escalonada en tres estadios como los tres patios sucesivos de una casa: la cultura, la gente, la soledad. Figuras de la Historia (Zumalacárregui, Zorrilla, Mariano de Cavia, Millán-Astray, don Alvaro de Luna, Franco), de la cultura (la Pardo Bazán, Giner de los Rios, Giménez-Caballero, Estebadillo González) y de la intrabiografía mágica del niño narrador, van y vienen libremente por siglos como salones, se encuentran, se saludan y se matan. Un gran esperpento histórico…”
“La Madruga”, precisamente, habría sido uno de esos personajes de la intrabiografía mágica de Paco Umbral, y del niño Antiqva, claro.
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