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miércoles, 26 de marzo de 2014
Crónica del fin del mundo
martes, 18 de marzo de 2014
Aquel calor tenue
martes, 21 de junio de 2011
Flores para la noche

Todos los integrantes del clan, enardecidos por los cánticos y chillidos, contemplaban al brujo con los ojos enrojecidos.
-Los vivos –siguió gritando el lisiado- cuando llega el amanecer despertamos del sueño de la noche. Los que han muerto, cuando nace el Sol, también despiertan del sueño de la muerte y arriban al reino de los espíritus… ¡Oh, Luna, yo te invoco…! Te ordenó que esta noche permitas que Lobo Negro atraviese tu reino de oscuridad. Te exijo que no impidas que Lobo Negro pueda renacer en el nuevo amanecer. Si no haces lo que te ordeno, yo, El Hombre del Brazo Muerto, revestido de la fuerza del Sol, atravesaré tu cuerpo con esta jabalina con la que te amenazo.
-Debes saber –prosiguió dirigiéndose a la Luna- que tengo en mis palabras el poder mágico del Sol. No soy yo quien te habla sino el propio Gran Padre, el propio Sol. Y debes obedecer lo que en esas palabras se te exige. Si no lo haces, clavaré mi jabalina en tu corazón y tu cuerpo, al caer sobre la tierra, será devorado por los chacales.
Mientras los Hombres Rojos, en silencio, le contemplaban, el brujo siguió hablando:
-Tú, Luna, sabes que los hombres de otros clanes, nuestros enemigos, cuando mueren, no deben despertar en el mundo de más allá de la niebla. Por eso nosotros, cuando los matamos, nunca enterramos sus cuerpos sino que los tiramos con los huesos de otros animales y los pisamos sin temor. Lobo Negro, sin embargo, es un Hombre Rojo y ahora está esperando que recibas su espíritu. Lobo Negro era un hombre que tenía conocimiento y por eso ahora estamos realizando estos rituales para su espíritu. Debes permitir, señora de la noche, que él atraviese tu reino y renazca mañana con el nuevo amanecer. Eso es lo que te exijo en nombre del Sol. Eso es lo que te ordeno.
Cuando terminó sus palabras, el lisiado caminó hacia las profundidades de la cueva y se situó sobre la zanja donde los hombres habían depositado el cuerpo de Lobo Negro. De una bolsa de cuero fue sacando puñados de polvo ocre que fue espolvoreando sobre el cadáver. El intenso color rojo del mineral habría de permitir que el aliento de la vida retornara al difunto. El brujo –sin duda- intuía que algún extraño poder permitía que gracias al ocre los cadáveres se pudieran preservar durante un tiempo de la descomposición. En nuestros días sabemos que es un óxido de hierro y que tiene la propiedad de conservar el colágeno.
Entonces, cuando el cuerpo quedó totalmente impregnado de ocre, el chaman hizo una señal y Pies Ligeros, la compañera de Lobo Negro, se acercó a la fosa y arrojó en ella un puñado de flores. Después, acompañados por los chillidos de la mujer, los Hombres Rojos cubrieron la fosa con tierra y los rituales terminaron. Todos eran conscientes de que en el nuevo amanecer, Lobo Negro, convertido en un ancestro, volvería a la vida en los campos de caza de más allá de la niebla, allí donde habitan los espíritus que se esconden en el fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.
Algunas noches después, Pies Ligeros soñó que Lobo Negro la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Estaba amaneciendo y al poco, unos momentos después, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Pies Ligeros se había levantado y contemplaba el horizonte desde la entrada de la cueva. Distraída en la contemplación de las nubes, la mujer notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Supo entonces que Lobo Negro, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.
Imagen: Antiqva Photo
viernes, 17 de junio de 2011
El chamán y la Luna

Durante varias horas, los cantos de los hombres, agrupados en torno al cadáver, acompañaron los conjuros que El Hombre del Brazo Muerto iba repitiendo una y otra vez. Mientras tanto, las mujeres y los niños, en torno al fuego, en la entrada de la cueva, chillaban a la Luna en clara señal de dolor.
Usando huesos de mamut y astas de ciervo, los Hombres Rojos habían cavado una fosa en la zona más profunda de la cueva, allí donde nunca llegaba la luz del Sol. Con cuidado depositaron en ella el cuerpo de Lobo Negro. Antes, habían sujetado fuertemente sus piernas con correas de cuero. Querían impedir que el difunto pudiera desear volver a la vida entre los humanos. Todos sabían que su destino no era ese. Era el mundo de más allá de la niebla, y no el mundo de los vivos, a donde debía encaminarse su espíritu. Un hombre sin piernas no podría regresar vivo al mundo de los vivos y por eso se las habían amarrado.
Junto al cuerpo, que quedó colocado de lado, en posición encogida, fetal, para facilitar su nuevo nacimiento en el inframundo, colocaron el cervatillo que las mujeres habían cazado esa mañana. Una laja de piedra fue depositado sobre su cabeza y al lado de su corazón colocaron una punta de sílex que habría de permitir que Lobo Negro pudiera seguir cazando en el mundo de los espíritus. En torno a la fosa, los Hombres Rojos colocaron un círculo de cráneos de machos cabríos, con los cuernos clavados en la tierra.
Fue entonces, cuando todo estuvo dispuesto en la tumba, cuando el chamán se dirigió a la boca de la cueva, se hincó de rodillas y alzó a la Luna su mirada. En su mano derecha portaba una jabalina de fresno. Alguien diría que con ella estaba amenazando al astro.
-Los Hombres Rojos –gritó- cuando vivimos lo hacemos en el reino del Sol, pero cuando morimos eres tú, Luna, quien marca nuestro destino. No hay ninguna distinción entre la muerte y los sueños –prosiguió-. Los que vivimos, soñamos vivos. Los que han muerto, sueñan muertos. Por eso, en la noche, cuando tú reinas, los vivos y los muertos seguimos unidos y podemos vernos y hablarnos. En la noche podemos acariciar a los muertos. Los podemos amar. Sentimos que ellos nos protegen y que nosotros debemos conservar su memoria.
Imagen: Núcleo de sílex - Antiqva Photo
lunes, 13 de junio de 2011
El Hombre del Brazo Muerto
Ya había anochecido cuando el chamán regresó de la cima de la montaña. Había hablado con los ancestros y traía alojado en su espíritu la fuerza de aquellos. Era un hombre viejo, de más de treinta años, cuyo brazo izquierdo, herido por un jabalí cuando era un niño, estaba desde entonces seco e inútil. Todos le llamaban El Hombre del Brazo Muerto y a pesar de ser un lisiado que no colaboraba con los demás hombres en las labores de la caza, era respetado por el clan ya que todos sabían que era un hombre en cuyo corazón, con el paso de los años, se había ido acumulando toda la sabiduría del grupo. Era él quien se ocupaba de que el orden de las cosas fuera siempre respetado por los Hombres Rojos. Cuchillo Afilado, el jefe del clan, sabía que el lisiado conocía los ritos que permiten que los humanos puedan entrar en contacto con los espíritus y se ocupaba de que lo que él dijera fuera acatado por todos. Los cazadores sabían que Cuchillo Afilado tenía el poder por su gran bravura y que el chamán lo tenía gracias a su conocimiento de las cosas que unen a los vivos y a los muertos. Solo él era capaz de viajar a esos mundos en los que habitan los ancestros y los espíritus. Solo el lisiado era dueño de la magia de las palabras que se debían pronunciar ante los seres de la niebla. Solo él sabía intermediar entre los Hombres Rojos y los seres del inframundo, encontrando soluciones, gracias a la ayuda de estos, a los problemas que pudieran acuciar a los humanos.
Cuando el chamán entró en la cueva, todos, agrupados en torno a la fogata que les daba calor en la noche, callaron. Al fondo, en la oscuridad, sobre el empedrado, yacía el cuerpo de Lobo Negro. Los integrantes del clan de los Hombres Rojos esperaban que El Hombre del Brazo Muerto hablara.
-Los leones y los osos –dijo- no entierran a sus muertos. Dejan que los chacales devoren sus cuerpos. Los humanos tampoco lo hacen. Muchos, incluso, comen la carne de quienes antes de morir habían sido sus compañeros de caza. Para muchos humanos, en nada se distingue la carne de un hombre de la de un ciervo o un mamut. Estos hombres no tienen conocimiento y los ritos que nosotros practicamos con los muertos son para ellos cosas extrañas.
-Pero nosotros, los humanos del clan de los Hombres Rojos, sabemos que cuando uno de nuestros compañeros muere debe ser enterrado y debemos realizar rituales que permitan que alcance los campos que están más allá de la niebla, los mundos en los que viven los espíritus que se esconden en el fuego, el viento, las nubes o los relámpagos. Nosotros, los Hombres Rojos, sabemos que los muertos siguen viviendo en otros mundos y lo sabemos porque por las noches, cuando soñamos, vienen a visitarnos. Todos sabemos que los otros hombres, los que no tienen conocimiento, ni siquiera son capaces de soñar.
-Los muertos –prosiguió el chamán- hablan con nosotros cuando dormimos. Todos lo sabéis. Pero luego, cuando el Sol surge en el horizonte ellos vuelven a la vida en el reino de los espíritus. Todos nosotros, cuando nos llegue la muerte, iremos a ese mundo que ahora desconocemos pero en el que sabemos que siguen viviendo nuestros ancestros, los hombres que fundaron los clanes en unos tiempos ya olvidados. Son ellos, intermediarios entre los humanos y los espíritus, los que cuidan de nosotros y nos brindan el aliento de la vida. Sin la ayuda que nos prestan los ancestros, la vida de los Hombres Rojos sería pronto aniquilada por los múltiples peligros que de continuo nos acechan.
Esta noche –terminó el brujo- debemos realizar lo ritos que deben permitir que Lobo Negro, ahora muerto, despierte mañana transformado en uno de nuestros ancestros, alcanzando así una nueva vida.
Imagen: Antiqva Photo
jueves, 9 de junio de 2011
El clan de los Hombres Rojos
Las mujeres del clan de los Hombres Rojos estaban inquietas. El viento que desde las honduras del valle azotaba las laderas de la sierra anunciaba con sus silbidos presagios oscuros. Cuando el chamán, alertado por el extraño vuelo de las águilas, abandonó en silencio la cueva que servía de refugio al clan y se dirigió, perdida la mirada, a los altos farallones en donde envueltos en las rocas y las nubes habitaban los ancestros, todas intuyeron que alguna desgracia había sucedido y que el brujo iba a pedir la ayuda de los antepasados. Estos, esa noche, habrían de mediar entre los Hombres Rojos y los espíritus.
Estaba atardeciendo cuando regresaron los cazadores. En la distancia todas percibieron que arrastraban un bulto. Cuando ellos alcanzaron el piedemonte, las mujeres, arriba, desde la boca de la cueva, apreciaron que traían el cadáver, empapado en la sangre vertida por múltiples heridas, de Lobo Negro. Las mujeres, al verlo, profirieron gritos hirientes con los que expresaban a los espíritus silbantes del Viento del Norte su angustia infinita. Pies Ligeros, la compañera de Lobo Negro, poseída por el dolor, se abrazó a su cuerpo cuando los hombres llegaron a la cueva. Los ancianos y los niños, con mirada impasible, la observaban.
Antes de que amaneciera, los cazadores habían abandonado el refugio y habían caminado hasta acercarse a las orillas del Gran Río. Sabían que allí acudían a abrevar los rinocerontes lanudos y los mamuts, esas bestias inmensas cuyos cuerpos, protegidos por masas de grasa y pelo, soportaban los fríos que el viento arrastraba de continuo por el valle. Aquella mañana, algunas mujeres, utilizando boleadoras, habían atrapado un cervatillo. Se sentían felices y esperaban el regreso de los hombres para celebrar con cantos y danzas el éxito en la cacería.
Pero las cosas no habían ido bien. Los cazadores, con grandes gritos, habían intentado hacer huir a un grupo de mamuts. Antes habían invocado a los espíritus de los truenos y confiaban en que sus chillidos pusieran en fuga a los monstruos. Cuando estos comenzaron a huir, una de las crías quedó retrasada y los hombres la rodearon y la asaetearon con sus potentes jabalinas. Fue entonces, cuando el animal estaba a punto de morir, cuando la madre, enloquecida, regresó bramando de ira y golpeó con su trompa a Lobo Negro, que murió estrellado contra las rocas. A duras penas, los cazadores lograron huir y solo después, cuando los mamuts se alejaron, pudieron regresar a recoger el cuerpo.
Acompañados por el lamento de las mujeres, los Hombres Rojos depositaron el cuerpo de Lobo Negro en el interior de la cueva. Se trataba de una oquedad que estaba orientada al sol de la mañana, de modo que en los meses suaves del verano la luz penetraba en ella sin obstáculos. En los duros días del invierno, cuando la nieve lo cubría todo, la entrada estaba protegida por una estructura alzada con troncos de árboles y colmillos de mamut trabados con piedras y barro, y cubierto todo ello por una doble capa de pieles, que protegía el interior de la oquedad de la humedad y los vientos. Los hombres depositaron el cuerpo en un espacio intermedio de la cueva, situado entre la zona más iluminada donde vivían los vivos y los rincones oscuros de la profundidad, donde habitaban los muertos. Desde tiempos inmemoriales utilizaban ese espacio, que estaba empedrado con cantos de río, para depositar en él los cuerpos de quienes habían fallecido, a la espera de que a lo largo de la noche el chamán llevara a cabo los ritos de tránsito del muerto al mundo de más allá de la niebla.
Imagen: Antiqva Photo
lunes, 6 de junio de 2011
El reino de la Luna
Hace cuatro o cinco años, cuando paseaba con un amigo arqueólogo por una de las terrazas cuaternarias que siguen el curso del Guadalquivir, tuve la fortuna de toparme con una raedera de sílex que mi amigo me dijo que habría que fechar en los tiempos del Musteriense, hace entre 100.000 – 30.000 años, cuando estas terrazas en las que abundan los cantos rodados estaban pobladas por clanes de neandertales. Una raedera es una lasca de piedra (usualmente sílex o cuarcita) que está retocada por el hombre para que presente un “frente” tallado que permita raspar con ella las pieles de los animales, para limpiarlas de grasa y pelos.
Algún tiempo después, algo trastornado por ese hallazgo, escribí un relato en el que hablaba de una niña, Pies Ligeros, perteneciente al clan de los Hombres Rojos. Esa niña es la que habría tenido en sus manos, hace miles de años, la lasca de sílex que uno había encontrado. De este cuento hice dos versiones. El cuento original lo podéis leer en AQUEL CALOR TENUE.
Desde aquellos tiempos, la pasión por el estudio de los hombres de Neandertal me ha venido acompañando y durante estos años nunca he dejado de preguntarme cosas del tipo de si estas gentes, tan respetuosas con la naturaleza, podrían o no hablar, podrían o no soñar, tendrían creencias sobre el más allá o no…
En estos momentos, los enterramientos neandertales que se han conservado en algunas cuevas permiten asegurar que estos hombres, o al menos algunos de sus clanes, creían en algún tipo de vida de ultratumba. Todo parece sugerir, igualmente, que estaban dotados de la capacidad de hablar.
Tras leer mucho sobre el Paleolítico, he decidido escribir un nuevo cuento en el que tengo intención de acercarme a las posibles creencias mágicas y funerarias de estos humanos que nos antecedieron en el tiempo y que vienen a ser algo así como nuestros “primos” en el árbol de nuestra evolución. Tengo previsto publicar este cuento próximamente en el blog en cuatro entregas.
Este nuevo relato tiene por título “El reino de la Luna” y como en aquella otra ocasión estará ambientado en el clan de los Hombres Rojos. La niña Pies Ligeros, ya convertida en mujer, será una de sus protagonistas.
Imagen: Antiqva Photo
martes, 25 de mayo de 2010
AQUEL CALOR TENUE

AQUEL CALOR TENUE
Historia y fantasía en la Córdoba
musteriense
Las terrazas cuaternarias que envuelven al Guadalquivir entre Córdoba y Sevilla fueron pobladas en los tiempos del Paleolítico Medio por los hombres de Neandertal, que allí encontraban los recursos líticos que necesitaban para confeccionar las herramientas de piedra que utilizaban para cazar (puntas), despiezar las carnes (cuchillos y hachas) y trabajar las pieles (raederas y perforadores). Gracias a los arrastres del Guadalquivir, en estas terrazas abundan las piedras, sobre todo las cuarcitas y el sílex, que aquellos hombres utilizaban como materia prima.
Durante decenas de miles de años los grupos de Neandertales recorrieron incansables estos espacios elevados sobre el río. Allí vivieron y allí murieron a lo largo de muchas generaciones. Los Neandertales, que alcanzaron un modo de vida que se conoce como “Cultura Musteriense” vendrían a ser unos primos lejanos nuestros. Se extinguieron, todavía no sabemos como, coincidiendo con el momento en que los hombres modernos aparecimos en la Historia.
Pies Ligeros
En uno de los cerros próximos al Guadalquivir un grupo de Neandertales aguarda la llegada de la noche. Se trata del clan de los Hombres Rojos. Lo integran cinco varones, siete hembras y varios niños.
Si nos fijamos en una de las mujeres podemos apreciar que tiene aspecto de anciana. Debe tener unos 35 años. Su dentadura está muy deteriorada, ya que siempre usó sus dientes para tensar con ellos las pieles. En estos momentos, ha terminado de aserrar una rama que va a utilizar como astil al que está insertando una punta de sílex. Se la entrega luego a uno de los cazadores del clan, que la utilizará como venablo cuando con el nuevo amanecer el sol abandone las tinieblas y los animales acudan al río a beber. Nuestra mujer, también, está usando el pico perforador de una piedra para taladrar con agujeros una amplia piel, ya curtida, que quiere utilizar a modo de “chaquetón”. Pretende insertar algunas tiras de cuero en los agujeros que ha taladrado y luego colocándose la piel y ajustándola con las tiras logrará que se adapte cómodamente a su cuerpo… No cabe duda de que no es lo mismo cubrirse con una simple piel de animal, que continuamente resbalaría por su espalda, que hacerlo con una piel que se adapta a su robusto cuerpo gracias a los agujeros que ha hecho con el perforador y a las tiras de piel que utiliza para ajustarla a su gusto.
Al lado de la anciana, Pies Ligeros, una niña de ocho años, se esfuerza por llevar a cabo la tarea que tiene encomendada. Con sus dientes, está sujetando fuertemente uno de los extremos de una piel, en tanto que con su mano izquierda mantiene firme el otro extremo y con la derecha restriega, una y otra vez, tenaz a pesar de su corta edad, una herramienta de sílex con la que está limpiando la cara interna de aquel pellejo, liberándolo de pelos y grasa. La herramienta de sílex es lo que hoy los arqueólogos llaman “raedera”. La anciana, a su lado, vigila con atención la forma en que la jovencita lleva a cabo su trabajo.
Ha pasado un buen rato y el sol está a punto de ser devorado por el horizonte. Es ahora cuando la niña, cansada por el esfuerzo, ha relajado su atención unos momentos al escuchar el griterío que se ha formado en el grupo cuando los dos últimos cazadores han regresado del Gran Río. Al volver la cabeza para mirar a los que llegan, los dientes de la niña han soltado el extremo de la piel y en un movimiento ajeno a su voluntad su mano derecha ha soltado también la “raedera”, que se ha estrellado contra su boca.
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Con un gesto claro de dolor y contrariedad, Pies Ligeros, gritando, se ha levantado enfurecida y, sin pensarlo, ha lanzado la piedra tan lejos como le ha sido posible. La anciana, indignada, se ha puesto de pie… Está emitiendo feroces gruñidos con los que deja patente su repulsa por la actuación de la niña.
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A pesar de que de inmediato las dos han buscado el trozo de sílex no han tenido éxito. Está oscureciendo y, además, los cazadores han retornado hambrientos. No hay tiempo para entretenerse en la búsqueda.
En ese momento, Pies Ligeros no puede sospechar que cuarenta mil años después, un hombre, paseando por la terraza cuaternaria próxima al Guadalquivir, habrá de encontrar fortuitamente esa lasca de sílex que ella, gruñendo, ha arrojado tan lejos como su furia le ha permitido. Entonces, sorprendido por el hallazgo, el hombre habrá de sentir, dominado por la emoción, el tenue calor que la mano de aquella niña neandertal había dejado impregnado en la piedra.
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domingo, 8 de noviembre de 2009
LA ARQUITECTURA DEL MISTERIO
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Este fin de semana, Antiqva –con un grupo de amigos- ha tenido la gozosa oportunidad de viajar a la población sevillana de Valencina de la Concepción, en el extremo norte de la cornisa del Aljarafe, en donde los arqueólogos tienen identificado un extenso yacimiento que se ha datado en los tiempos de la Edad del Cobre y el Bronce Antiguo. En él sobresalen diversos dólmenes (monumentos funerarios), que fueron construidos hace unos 4.000 años. Teníamos especial interés en visitar el denominado dolmen de la Pastora, que fue descubierto de manera fortunita en 1860, oculto bajo un cúmulo de tierra, cuando las gentes del lugar realizaban trabajos agrícolas.
El dolmen de la Pastora es un sepulcro tipo “tholos”, dotado de un largo corredor que culmina en una cámara funeraria. Las paredes de la construcción, levantadas con lajas de pizarra, están luego techadas con losas de dimensiones espectaculares. El impresionante corredor, que alcanza 46 metros de longitud y cuya escasa altura obliga a la persona que lo transita a caminar agachada, está dividido en tres tramos que están separados por losas que sobresalen a modo de puertas internas.
Cuando Antiqva, con la cabeza agachada, caminaba por ese interminable pasillo alumbrado por una luz tenue, tenía la clara certeza de que los hombres de la Prehistoria, cuando lo recorrieron igualmente, no hubieron de tener ninguna duda de que estaban dirigiendo sus pasos al Reino de la Muerte. Allí, sepultados bajo una colina artificial, en ese pasillo tan angosto y de difícil tránsito, la sensación de estar uno dominado por la magia y el misterio es claramente palpable.
Cuando, al fin, tras esos 46 metros de corredor funerario, llegamos a la propia cámara sepulcral, de planta circular, pudimos comprobar que sus paredes eran igualmente de lajas de pizarra, sustituidas a partir de cierta altura por sillares ciclópeos que por aproximación paulatina iban conformando una falsa cúpula techada por una losa pétrea inmensa. ¿Cómo fueron capaces los hombres de la Prehistoria de construir este tipo de sepulcros? Quizás sea cierta esa afirmación de la Biblia que dice (Génesis 6, 4) que hubo un tiempo en que habitaban en la tierra los gigantes…
De esta impresionante construcción, que nos remonta a los momentos iniciales de la historia de la arquitectura en España, nos llamó poderosamente la atención que su entrada no está orientada al sol del Levante, como es usual en los megalitos andaluces, sino hacia el sol del Poniente. No se orienta a la Luz, sino directamente al Inframundo…
Allí, en las inmediaciones del dolmen, alguien nos hizo saber que en el Aljarafe sevillano se tienen identificados más de veinte dólmenes, si bien en estos momentos solamente se puede visitar el de la Pastora, en el que nos encontrábamos. Nos causó cierta extrañeza que las autoridades responsables de la cultura no hayan decidido poner en valor, al menos de manera paulatina, esta sugestiva riqueza patrimonial que está situada a menos de veinte kilómetros de Sevilla. Esperemos que algún día alguien decida poner en marcha lo que sería una sugestiva ruta por los dólmenes del Aljarafe sevillano. Una ruta que nos llevaría, en suma, por los misterios de la vida y la muerte en los momentos finales de nuestra Prehistoria.
martes, 8 de septiembre de 2009
LAS PIEDRAS Y SU MUNDO


Las terrazas cuaternarias que envuelven al Guadalquivir, entre Córdoba y Sevilla fueron pobladas en los tiempos del Paleolítico Medio por los hombres de Neandertal, que allí encontraban los recursos líticos que necesitaban para confeccionar las herramientas de piedra que utilizaban para cazar (puntas), despiezar las carnes (cuchillos y hachas) y trabajar las pieles (raederas y perforadores). Gracias a los arrastres del Guadalquivir, en estas terrazas abundan las piedras, sobre todo las cuarcitas y el sílex, que aquellos hombres utilizaban como materia prima.
Durante decenas de miles de años los grupos de Neandertales recorrieron incansables estos espacios elevados sobre el río. Allí vivieron y allí murieron a lo largo de muchas generaciones. Los Neandertales, que alcanzaron un modo de vida que se conoce como “Cultura Musteriense” vendrían a ser unos primos lejanos nuestros. Se extinguieron, todavía no sabemos como, coincidiendo con el momento en que los hombres modernos aparecimos en la Historia.
Ese trasiego de humanos a lo largo de tantos miles de años hace que Antiqva, algunas veces, paseando por esos lugares haya llegado a encontrar alguna “piedra” que presenta señales claras de haber sido trabajada. Entonces uno es consciente de que tiene en sus manos, por ejemplo, una raedera musteriense con signos de deterioro por su uso reiterado. Piensan los investigadores que los Neandertales cogían uno de los extremos de la piel que iban a trabajar con su mano izquierda y el extremo opuesto lo sujetaban con los dientes. Entonces tensaban la piel alejando la mano izquierda y con la mano derecha restregaban la raedera contra la piel tensada, limpiándola así de grasas y vellosidades. Ese trabajo requería utilizar una piedra que tuviera un filo característico en uno de sus costados (lo que se conoce como “frente” de la raedera), ya que se pretendía que el filo no resultase “cortante” sino que tuviera una determinada anchura que resultara apropiada para raspar la piel sin romperla o cortarla. En suma, no se trataba de utilizar un cuchillo sino una herramienta que sirviera para raspar.
Hace algunos años Antiqva encontró una de esas raederas y absorto en estado de ensoñación escribió un cuento que tituló “Aquel calor tenue”. Estos días pasados, cuando caminábamos por una de esas terrazas nos topamos con otra pieza, también de sílex, con múltiples señales de golpes y recubierta por una pátina de color acaramelado que nos hablaba de su antigüedad. La pieza (una simple piedra, claro) resulta para Antiqva bellísima. Por las huellas de golpes fosilizadas en su corteza podemos pensar que de ella se extrajeron hace miles de años lascas destinadas a fabricar puntas. Igualmente todo sugiere que la pieza se utilizó también como pequeña “sierra de mano” (por su aspecto denticulado en uno de sus lados) y como perforador (por las señales de ese uso que presenta en su pico). En fin, se trata de una pieza de sílex que podemos pensar que en algún momento impreciso cierta mujer Neandertal, hace más o menos 40.000 años, habría utilizado como “herramienta multiusos”: extracción de lascas destinadas a fabricar puntas para cazar, raspado de las pieles de los animales cazados (raedera), aserrar las ramas de los árboles (denticulado) y practicar incisiones en las pieles (perforador).
Y ahora, cuando han pasado 40.000 ó 50.000 años, Antiqva, paseando, se topa de súbito con todo esto y nuevamente puede sentir “AQUEL CALOR TENUE” del que en otra ocasión había hablado…
domingo, 15 de marzo de 2009
LA SANGRE DE LA TIERRA
Este sábado, cuando recorríamos el yacimiento minero sevillano del “Cerro del Hierro”, tuvimos oportunidad de acceder a la denominada “Cueva del Ocre”. Allí, en una inmensa oquedad que penetra en el ocre de la tierra, pudimos sentir el pálpito del agua que se filtraba por las paredes chapoteando en unos charcos que nunca llegan a secarse. Alguien nos habló entonces de lo que el ocre significó en los tiempos remotos del Paleolítico, cuando los chamanes, quizás, pensaron que este mineral férrico venía a ser “la sangre petrificada de la tierra”. Gracias al ocre el rubor de la vida parecía retornar a los cuerpos de los fallecidos. No podemos sino recordar las palabras que Juan Luis Arsuaga (que dirige el equipo arqueológico de Atapuerca) pone en boca de un brujo del Paleolítico en su novela “Más allá de la niebla”:
“…la única manera que se conoce de formar parte del Pueblo Eterno después de la muerte es que el ocre sagrado le devuelva a la carne el color de la vida…”
martes, 17 de febrero de 2009
NUEVO CUENTO EGIPCIO
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En estos días pasados se han producido diversos acontecimientos, todos ellos de índole menor, que han producido la “feliz” consecuencia de que Antiqva se haya sentido algo más “feliz” de lo que sería usual en él.
De un lado, el almendro ha llegado a su momento de máximo esplendor. Se ha producido la eclosión floral anual y con el aumento de la temperatura un pequeño grupo de abejas ha acudido a polinizar, sin darse ellas cuenta siquiera, el árbol. ¡Ah, que inmenso placer contemplar un almendro en el que las flores se exhiben de una manera plenamente lujuriosa…!
De otro lado, han aparecido de nuevo los dos hijos blancos de la gata Natacha, a los que hacía tiempo que no veíamos, por lo que pensábamos que podía haber ocurrido alguna desgracia. ¡Que alegría ver de nuevo a la madre y sus tres hijos, pegándose cabezadas unos contra otros, de manera tan cordial como delicada…!
En esas estábamos, amig@s, cuando se ha producido otro acontecimiento “menor” que ha contribuido igualmente a alegrar el ánimo de Antiqva: la gata Natacha, al fin, ha restregado su cuerpo de manera delicada, eso si, contra los pantalones de uno… Vamos, que al fin el entrañable animal le ha brindado a uno un gesto de cariño… ¡Ah, que momento tan feliz el vivido cuando reparé en que la gata me estaba rondando y “como quien no quiere” se restregaba con evidente disimulo contra uno…! Esto demuestra, claro está, que Natacha, que es la madre de los otros tres gatos, sigue siendo la “líder” del grupo, la “mandamás”, ya que el Rubito (el tan imponente como seductor gato negro), recostado a nuestro lado, miraba con indolencia y sin manifestar ningún interés en restregarse, como su madre, contra las piernas de Antiqva.
Finalmente, poco después, cuando Antiqva estaba paseando por el campo tomando fotografías a diversas florecillas silvestres ha encontrado en el suelo, como si hubiera sido colocada allí expresamente por alguna hada bondadosa, una lasca de sílex con señales que anuncian que pudiera haber sido utilizada por el hombre en los tiempos del Musteriense, cuando los Neandertales poblaban las inmediaciones del Guadalquivir. Es una lasca sencilla pero muestra indicios de haber sido retocada y luego, con el paso de los milenios, ha ido quedando recubierta por una bella –al menos para Antiqva- pátina de color acaramelado.
¡Ay, que sugerente conjunción de los reinos animal (los gatos), vegetal (el almendro) y mineral (la lasca de sílex) se ha acumulado en las vivencias de Antiqva en un solo día…!
Por si todo esto fuera poco, en estos días Antiqva ha terminado un nuevo “Cuento Egipcio” que tiene intención de publicar en tres entregas en estos próximos días. Se titula “La maldición de Ra” y en él, amig@s, Antiqva os contará algunas cosas relacionadas con las creencias que tenían los antiguos egipcios acerca de como había sido creado el mundo. Hablaremos, también, de algunos dioses: Ra, Nut, Geb, Thot, Osiris, Isis, Horus… y de la Luna, y de los benéficos efectos del Aire sobre la nariz de los hombres, y del modo en que los egipcios medían el tiempo, y de la “Gran Inundación” que cada año producían las aguas del Nilo…
Como en ocasiones anteriores, y dado que el trasfondo del cuento nos introducirá en cuestiones ciertamente complejas de las que posiblemente algun@s no tengáis conocimientos, si tenéis alguna duda no tengáis reparos en preguntar, que Antiqva –si puede- os brindará la respuesta.
Amig@s, ya mismo empezamos… En estos momentos estoy ojeando mis libros buscando las imágenes con las que ilustraré este nuevo cuento.
jueves, 5 de febrero de 2009
MÁSCARA PARA SUSURU
En su locura parece que llegó, incluso, a escribir algún cuento sobre una niña neandertal.
Era, sin duda, un tipo extraño.
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jueves, 26 de junio de 2008
MÁS ALLÁ DE LA NIEBLA
En el estado actual de conocimiento de la Prehistoria no se puede afirmar o denegar que los hombres del Paleolítico Medio (los Neandertales) tuvieran algún tipo de creencia acerca de la supervivencia del hombre en el más allá, tras la muerte.
Los Neandertales, creadores de lo que llamamos “cultura Musteriense”, poblaron ciertas partes de nuestro planeta en el periodo comprendido, aproximadamente, entre 100.000 y 30.000 años. En aquellos tiempos, ningún “hombre” había puesto todavía sus pies en América. Algunos milenios después, los Cromañones (es decir, nosotros), habrían de llegar al norte de ese continente atravesando las estepas heladas del norte de Rusia.
Las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo en grutas de ese momento de la Prehistoria no han sido capaces de concretar, de una manera contundente, si los Neandertales practicaban o no algún tipo de rito funerario que permitiera afirmar que creían en una posible vida en el más allá. Hasta ahora existen diversas opiniones al respecto, algunas de ellas claramente contradictorias.
La respuesta a este enigma, que quedaría desvelada tan pronto como se identificaran tumbas Musterienses con señales evidentes de ajuares funerarios, podría venir –pensamos- a través del mundo de los sueños.
En efecto, las grandes preguntas serían: ¿Tenían los Neandertales la capacidad de soñar?, y si es así: ¿Tenían estos hombres sueños similares a los nuestros?
Si la respuesta a estas cuestiones es positiva es posible que los Neandertales, al igual que nosotros, hubieran desarrollado concepciones más o menos complejas sobre una supervivencia del hombre tras la muerte.
En efecto, si los Neandertales, en sus sueños, tenían visiones de personas queridas que habían muerto, parece apropiado pensar que llegaran a creer que esos seres, tras la muerte, seguían viviendo en otro lugar.
Esos sueños podrían ser naturales o inducidos por la ingestión, por ejemplo, de hongos alucinógenos, algo usual en los chamanes que todavía siguen existiendo en los pueblos primitivos.
Pensamos, en suma, que el mundo de los sueños nos puede brindar interesantes soluciones a esta cuestión de si los hombres de Neandertal creían o no en la supervivencia tras la muerte. El hombre que es capaz de soñar con los muertos debe pensar que esos muertos siguen viviendo en algún otro lugar, “más allá de la niebla”.
jueves, 3 de enero de 2008
EL OCRE Y LA MUERTE EN LA PREHISTORIA
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Una vez que todas las ceremonias concluyeron, se cavaron tres profundas fosas y en ellas se depositaron los cuerpos de Espiga en Verano, Álamo Temblón y, en medio de los dos, el de la mujer que había dormido con uno de los dos hombres y soñado con el otro durante tantos soles.
Entonces sacaron los hechiceros de sus bolsas de cuero grandes piedras de ocre rojo, que machacaron hasta convertir en polvo. Lo arrojaron luego sobre los cadáveres hasta cubrirlos con una fina capa encarnada que dejaba traslucir sus rasgos, y el chamán principal dijo:
-Con este almagre que es la sangre petrificada de la tierra os devolvemos el rubor de la vida, para que vuestro corazón vuelva a latir en la nueva existencia hacia la que os encamináis.
Entonces empezaron a rellenar de tierra las fosas y los rostros de los fallecidos fueron poco a poco desapareciendo. Cuando terminaron de hacerlo, y antes de irse de aquel lugar, el viejo chamán volvió a hablar…
…la única manera que se conoce de formar parte del Pueblo Eterno después de la muerte es que el ocre sagrado le devuelva a la carne el color de la vida…
Juan Luis Arsuaga (Al otro lado de la niebla – Gata)
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viernes, 21 de diciembre de 2007
AMOR INMORTAL

Elena Menotti, responsable del equipo de investigadores, indicó entonces que iban a hacer todo lo posible, cuando musealizaran la tumba, para conservar los cuerpos en la posición exacta en que habían sido encontrados. Por nada se debía ahora romper ese abrazo de milenios.
Los esqueletos se habían encontrado, efectivamente, abrazados, con las caras ubicadas una frente a la otra y los brazos y piernas entrecruzados. Una postura cuyas motivaciones siguen intrigando a los estudiosos.
Todo parece indicar que estamos ante la manifestación de un inmenso sentimiento de amor, que ha sido capaz de atravesar el tiempo.
lunes, 10 de diciembre de 2007
SIERRA MORENA
Este domingo pasado, a pesar de la cercanía del invierno, resultó ser un día magnífico en el que el sol de Andalucía brilló con fuerza en el firmamento, de modo que deseosos de pasear nos dirigimos a un paraje situado en las estribaciones de Sierra Morena, en las cercanías del valle del Guadalquivir. Se trata de un espacio atravesado por diversos senderos, bien señalizados, por donde resulta cómodo pasear y en el que se puede disfrutar contemplando bellas estampas de la sierra poblada de encinas y alcornoques.
Hemos escuchado en diversas ocasiones que en tiempos pasados el valle del Guadalquivir ha estado ocupado por el mar; de hecho cuando los agricultores perforan un pozo, a partir de una determinada profundidad, es frecuente que empiecen a surgir revueltas en la tierra pequeñas conchas fosilizadas, a veces, incluso, dientes de tiburón, pero una cosa es encontrar esos restos cuando se perfora un pozo de cincuenta o cien metros de profundidad, y otra es que ya en lo alto, en la Sierra, se encuentren en superficie conchas que, además, en este caso, tenían un tamaño considerable.
Siempre que salimos al campo suelo llevar mi máquina fotográfica, de modo que he podido ilustrar estas palabras con las imágenes de algunas de esas conchas fosilizadas. Nunca he tenido especiales conocimientos de Geología, de modo que ignoro a que animales pudieron pertenecer e igualmente desconozco que tiempo ha podido transcurrir desde aquellos momentos, ya envueltos en la leyenda, en que el mar cubría estos espacios de Andalucía.
No puedo sino comentar, para finalizar estas palabras, que desde siempre me ha llamado la atención el hecho de que los sillarejos con los que los hombres del Islam procedieron a levantar los muros externos de la Mezquita Aljama de Córdoba se muestren sugerentemente adornados con multitud de pequeños fósiles, en los que el viajero interesado podrá reparar con facilidad.
lunes, 12 de noviembre de 2007
CRISTAL ACUOSO

Más allá del cristal acuoso del río, horrorizado, el niño había podido contemplar como un ser desconocido, desde las profundidades, le estaba mirando con una sensación de sorpresa muy similar a la suya.
viernes, 26 de octubre de 2007
AQUEL CALOR TENUE
Pasado un buen rato, la niña, cansada por el esfuerzo, distrajo su atención unos momentos al escuchar el griterío que se formaba en el poblado cuando los cazadores regresaban del Gran Río. Al volver la cabeza para mirar a los que llegaban, sus dientes soltaron el extremo de la piel y en un movimiento ajeno a su voluntad su mano derecha soltó también la raedera que fue a estrellarse contra su boca.
Con un gesto claro de dolor y contrariedad, Pies Ligeros, gritando, se levanto enfurecida y, sin pensarlo, lanzó la piedra tan lejos como le fue posible. La anciana, indignada, se puso también de pie, emitiendo feroces gruñidos con los que manifestaba a la niña su repulsa por la torpeza de su actuación.
Al momento, la mujer y la niña se pusieron a buscar el trozo de sílex pero no tuvieron éxito. Los cazadores, además, habían retornado hambrientos y ya no había tiempo para entretenerse en la búsqueda.
En ese momento, Pies Ligeros no podía sospechar que cuarenta mil años después, un hombre, paseando por la terraza cuaternaria próxima al Gran Río, entre naranjos, habría de encontrar fortuitamente esa lasca de sílex que ella, gruñendo, había arrojado tan lejos como su furia le había permitido.
Sorprendido por el hallazgo, el hombre, cuando cogió la piedra, todavía pudo sentir, emocionado, a pesar del tiempo transcurrido, el calor tenue que la mano de aquella niña neandertal había impregnado en ella.
miércoles, 8 de agosto de 2007
LOS ENSUEÑOS Y LA PREHISTORIA
Estrellas en las Manos, hay otra cosa en la que ese pueblo del norte de que te hablé cree, y de hecho es su única creencia verdadera, aunque yo no acierto a entenderla. Ellos dicen que todo lo que le pasa a la tierra se queda grabado en ella, que nada se pierde en realidad, que todo permanece. Que la tierra tiene memoria y conserva el recuerdo de cuanto acontece, como si se acordara de ello. Es como si las huellas en la arena no se borraran jamás.
-Y creen también, por eso mismo, que algún día vendrá alguien que recuperará nuestra historia. Y que cuando ya no haya renos, ni bisontes, ni mamuts, ni uros, ni caballos, ni cabras, ni leones en este territorio que ahora pisamos, alguien averiguará que lo han habitado. Y aunque los glaciares desaparezcan, y el hielo del invierno se funda en los días largos de los soles altos, vendrá alguien que reconocerá en las rocas el correr del antiguo hielo.
-Y esas personas especiales que existirán dentro de incontables generaciones y que reconocerán nuestra historia en las señales que permanecerán, sin duda serán Soñadores como nosotros, el mismo tipo de Soñadores, aunque los llamen de otra manera. Serán personas diferentes, como tú y yo, que se harán preguntas acerca de lo que no es visible, de lo que está oculto, y descubrirán los secretos de la naturaleza.
-¿Y cómo será eso?- dijo él, pero esta vez preguntaba de verdad, no se estaba riendo de las palabras de la mujer; su tono no era sarcástico, sino ingenio, casi infantil.
No lo sé, Estrellas en las Manos. Ellos creen que en lo más crudo del invierno las palabras que se pronuncian se congelan en el aire, como el agua, como el aliento que sale de la boca y se hace humo, y así se conservan durante todo el invierno, hasta que en la primavera se funden los hielos y entonces pueden escucharse si se presta la debida atención. Supongo que de alguna manera lo que hacemos y decimos también quedará congelado en el tiempo...
Juan Luis Arsuaga (Al otro lado de la niebla - Ojos Glaucos)


