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viernes, 22 de mayo de 2015
El viajero enamorado
El viajero, tras haber visitado una torre museo de raíces medievales disfrutaba ahora de las delicias primaverales del otoño del sur. Estaba paseando por un viejo puente cuyos orígenes se remontaban a otros tiempos en que los héroes de los antiguos mitos habían vivido en la tierra. Dirigía sus pasos a la Mezquita Aljama de la ciudad, cuya silueta se alzaba majestuosa al otro lado del río.
Cuando llegó a la altura de una estatua pétrea de San Rafael, protector de la ciudad en otros tiempos en que había más devoción, fue cuando le llamó la atención una muchacha morena, de rasgos agitanadamente bellos, que estaba haciendo ejercicios de malabarismo con una pequeña antorcha. Supo que la chica no actuaba para nadie salvo él, ya que en ese momento no había allí ninguna otra persona. Echó una moneda en el plato de plástico que estaba en el suelo y al mirar a la muchacha reparó en que también ella lo estaba mirando y le sonreía. En ese mismo instante, en ese cruce de miradas, fue cuando la magia lo envolvió todo y el viajero supo que esa chica iba a ser la mujer de su vida. El también la sonrió. Tenía la certeza de que el amor había atracado en el cuerpo de su alma, tan desolado por tantos naufragios anteriores. Se dijo que iba a hacer lo imposible para conseguirla. No podía permitirse que como en tantas otras ocasiones esa mujer terminara esfumándose.
Unos instantes después una pareja se les acercó. Estuvieron observando las acrobacias y echaron también una moneda. La muchacha, ante este gesto, y para desesperanza del viajero, también les sonrió como antes le había sonreído a él. El viajero se sintió traicionado. Quedó inmóvil, entristecido, mientras ellos se fueron alejando y la chica se agachaba para recoger las monedas. Ya no le prestaba ninguna atención.
Pasó un tiempo antes de que el viajero, al fin, saliera de su letargo. Estaban llegando ahora a sus oídos los sones melodiosos del Adagio de Albinoni. Alguien los estaba interpretando. El viajero quiso saber quién era y al alzar sus ojos observó que algo más allá una muchacha de aspecto eslavo, rubia, menuda de cuerpo pero de bellas facciones estaba tocando el violín.
El viajero no lo dudó. Sacó otra moneda de su bolsillo y con ella en la mano, sonriendo de amor, se dirigió a la violinista.
lunes, 24 de noviembre de 2014
El hombre inmóvil
A las once y media de la noche, cuando ya nadie paseaba por el parque, las luces se apagaron y todo quedó sumido en la oscuridad. Para entonces, sus ojos lloraban. Si hubiera podido hablar, habría chillado hasta enronquecer pero no podía hacerlo. El hombre inmóvil estaba solo. El mundo se había desentendido de él.
A eso de las cuatro de la madrugada, cuando estaba exhausto, fue cuando tomó conciencia de que lo que estaba viviendo no podía ser real. En un instante, pleno de gozo, su mente pareció despertar y descubrió al fin que todo tenía que ser una pura fantasía. Lo que sucedía, sin duda, era que él seguía durmiendo. Estaba, simplemente, soñando. Eso es lo que pasaba, todo era una pesadilla, y se sintió feliz ante esa esperanza. “Tengo que despertar, pensó. Todo es un sueño, solo es un mal sueño.” Pero no pudo hacerlo. El hombre inmóvil, por más que lo intentó, no pudo despertar. Y lo que él pensaba que era una pesadilla prosiguió.
Sus ojos solo se abrieron, al fin, a las 6.30 de la mañana, cuando, como todos los días, mecánicamente puntual, el reloj le sobresaltó con su chirriante sonido.
sábado, 5 de abril de 2014
Donde habitan las ausencias
Cuando creyó despertar solo conservaba el vago recuerdo de haber contemplado, en algún momento que no podía concretar, sus manos ensangrentadas. En la neblina de su mente también acudía a él la visión de un viaje en la noche en un autobús que no conducía nadie y en el nadie más viajaba. Se sentía aturdido y le parecía como si el mundo fuese tan reciente que muchas cosas ni siquiera tuvieran nombre. Lo primero que vio cuando creyó recuperar la conciencia fue la fiera con la que había tropezado en la noche. Alguien le dijo que se llamaba gato. Tenía los ojos verdes, grandes y muy claros, pero de un verde no plenamente definido, como si a veces, según jugase la luz, quizás sometidos a su voluntad, pudieran mostrarse azulados o marrones. Decidió que el animal se llamaría Jato. Era tal la belleza con que sus ojos asombrados contemplaban el mundo que llegó a sospechar que las cosas, cuando el animal las miraba, se volvían transparentes.
Quedó tan impresionado con aquellos ojos que pocos días después comenzó a soñar con el animal. La primera vez, cuando dormía, le había parecido escuchar que Jato estaba maullando en el pasillo. Se levantó, pero allí solo habitaban las ausencias. La noche siguiente dejó abierta la puerta del dormitorio y al poco sintió que el gato se subía a la cama y ronroneaba mansamente acercándose a su cara. Notaba el dulce cosquilleo que le producían sus bigotes. Es un gato de la calle –pensó en su sueño-, ¿cómo habrá entrado en casa…? Y gracias a Jato, cuya presencia se fue repitiendo noche tras noche, se fue sintiendo cada vez más reconfortado y fue viviendo sueños felices en los que el felino le arropaba.
Pasaron algunas semanas antes de que se diera cuenta de que algo no iba bien: cuando se despertaba solo tenía presentes los sueños que había vivido junto a Jato pero no recordaba nada que le hubiera sucedido en el mundo real. Día tras día, iba pasando el tiempo y lo único que recordaba que no hubiera soñado es que se veía sentado en el sofá escuchando de continuo las emisiones radiofónicas de Cadena Nostalgia F.M. Pronto sospechó, aturdido, que quizá la visión de sus manos ensangrentadas no hubiera sido un sueño o que el viaje en el autobús estuviera revestido de algún significado que él no era capaz de captar. Su confusión iba en aumento. No entendía nada, salvo que cuando estaba despierto ni Jato ni nadie se le aparecían. Solo sentía la presencia del gato en los sueños. Posiblemente, pensó, el animal no fuese real, sino solo una apariencia que se le manifestaba en la noche. Fue algunos días después cuando estremecido fue tomando conciencia de que quizás tampoco él tuviera existencia.
“Yo no existo –se dijo al fin-. Solo existe mi mente…”, y con alivio, con humillación, con terror, comprendió al fin que él era también una apariencia, y que era otro, ¿quizás Jato?, quien lo estaba soñando.
miércoles, 26 de marzo de 2014
Crónica del fin del mundo
El día de la aniquilación el Mensajero me dijo que el clan de los Hombres Rojos iba a ser destruido y que solo nosotros nos salvaríamos. No sabía yo entonces que se sentían atraídos por la belleza de mis hijas y que estaban tramando su plan. Me insistió en que cuando se iniciara el ataque debíamos escapar. No debíamos enfrentarnos a ellos. No debíamos siquiera mirar atrás. Teníamos que olvidarnos de nuestro mundo y huir.
Unos instantes después de que el Mensajero hablara, pude escuchar el trueno de sus Pájaros de Fuego, que ya resonaba sobre la aldea. Al momento comenzaron las explosiones y la ira de las llamas lo arrasó todo. Llamé a gritos a Pies Ligeros y a nuestras hijas. Les pedí que corrieran. Debíamos escapar, sin volver la vista atrás. Sé que mis hijas me oyeron, pero Pies Ligeros, sorda por los truenos, no debió escucharme. Aterrado por lo que estábamos viviendo, sentí que se volvía y miraba como nuestros hermanos estaban siendo aniquilados. Nunca hemos vuelto a verla. Algunos días después, los Hombres del Cielo, cuando nos encontraron, me dijeron que se había consumido en una llama de luz.
Esta noche ellos volverán a hacerme dormir y cuando esté en el mundo de la niebla mis hijas tendrán que soportar otra vez sus abrazos de deseo. Los tres sabemos que cuando pasen las lunas y engendren a sus hijos, el clan de los Hombres Rojos habrá sido sustituido por otro en el que los humanos, que los Hombres del Cielo dicen que serán más sabios, llevarán una sangre nueva.
martes, 18 de marzo de 2014
Aquel calor tenue
Ha pasado un rato y la niña, que está cansada por el esfuerzo, se ha distraído unos momentos al escuchar el griterío que se ha formado en el poblado cuando los cazadores han regresado del Gran Arroyo de Aguas Saltarinas. Al volver la cabeza para mirar a los que llegan, sus dientes han soltado el extremo de la piel y en un movimiento involuntario su mano derecha también me ha soltado a mí, con tal mala fortuna que he ido a estrellarme contra su boca.
Con un gesto de dolor y furia, Pies Ligeros, gritando, se ha levantado y, sin pensarlo, me ha lanzado tan lejos como le ha sido posible. La anciana, indignada, se ha alzado también y está emitiendo feroces gruñidos con los que está expresando a la niña su repulsa por la torpeza de su actuación.
Al momento, Pies Ligeros y la anciana han intentado buscarme, pero no es cosa fácil encontrar una lasca de sílex entre tantos cantos rodados como hay en este pedregal. No han tenido suerte. No han sido capaces de verme. Los cazadores, además, han llegado con hambre y ya no hay tiempo para que ellas lo pierdan buscándome.
En este momento, Pies Ligeros no sabe que dentro de cuarenta mil años un hombre, paseando por esta terraza próxima al Gran Arroyo, habrá de encontrarme fortuitamente, sí, a mí, a esa lasca de sílex que ella, gruñendo, ha arrojado tan lejos como su furia le ha permitido. Entonces, cuando eso suceda, el hombre, al tomarme en sus manos, todavía podrá sentir, a pesar del tiempo que habrá pasado, el calor tenue que los dedos de esta niña neandertal han dejado impregnado en mí.
jueves, 20 de febrero de 2014
Mediterraneo
A la mañana siguiente, el loco insistió en hablar con la reina y los soldados, cansados de tanto alboroto, lo apalearon. Algo después se le vio abandonar el pueblo tambaleándose, camino nuevamente del mar. Una bandada de chiquillos lo acompañaba. Mientras caminaban a su lado, se reían de él y le tiraban piedras. Dicen que a Safo, una niña que no le insultaba y que lo miraba con aire de tristeza, le dijo, entre los ladridos de los perros y las risotadas de los niños, que se llamaba “Nadie”.
domingo, 9 de febrero de 2014
El hombre que se soñaba
Anoche, cuando veía la televisión sentado en el sofá me quedé dormido y alguien inesperadamente se introdujo en mis sueños, plantándose delante de mi. Era un hombre de edad mediana al que vi pasar delante del televisor con la cabeza agachada. Su expresión era de desconcierto.
Después, cuando hablamos, me dijo que se llamaba Luis y que no sabía lo que hacía en mi sueño. Estuvimos charlando un rato y me confesó que estaba intranquilo ya que en las últimas semanas, por las noches, cuando dormía, siempre soñaba con el niño que había sido, y ese niño que venía de otros tiempos le contaba cosas que él tenía olvidadas.
Cómo puede suceder, pensé en mi sueño, que esté hablando con alguien que según me dice sueña con el niño que fue y ese niño, en su sueño, le cuenta cosas que ya nadie recuerda. Quizás, me dije, existan recodos en nuestra mente en los que todo lo que nos ha sucedido ha quedado almacenado, listo para ser vivido de nuevo si nos servimos de algún artificio como el que usa este hombre cuando se sueña como el niño que fue.
Gracias a las palabras del niño, Luis me ha contado que ha llegado a conocer, a su pesar, algo que le atormentaba: saber cómo murió su madre. Me ha dicho que ha visto como fue aquella muerte que nunca se había aclarado. Ahora, todo ha llegado a su mente. Solo él, que entonces tenía cinco años, sabía lo que había sucedido y solo él es ahora consciente de lo que pasó y olvidó. Sabe por desgracia que ya es tarde para todo y le pesa tener la certeza de que él fue el culpable, con su travesura, de lo que todos pensaron que había sido un accidente desgraciado.
Lo malo de todos estos desasosiegos es que desde que conocí a Luis han pasado siete días y todas las noches se sigue introduciendo en mis sueños y con sus palabras imposibles no me deja descansar.
lunes, 6 de enero de 2014
Memoria de otro tiempo
viernes, 29 de noviembre de 2013
La bella y yo
Apertura f/6,3
Tiempo de exposición 1/800 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 105 mm.
Compensación de la exposición -0,7
Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa...
Gabriel García Márquez
Cuando vi que se acercaba con su mirada perdida en la ausencia supe que nunca antes había visto una mujer tan bella y lamenté que su presencia solo se manifestara durante unos segundos, los que pasaron hasta que llegó a mi lado. Después intuí, ni siquiera me atreví a volverme, que ella, diluida entre la gente, se alejaba. Durante ese instante en que todo sucedió, yo fui tan solo unos ojos que miraban y llegué a sentir que salvo nosotros no había nadie más en el mundo. Siempre me lamentaré de que nuestras miradas no llegaran a cruzarse.
jueves, 21 de noviembre de 2013
El tiempo sin relojes
Apertura f/11
Tiempo de exposición 1/320 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 18 mm.
Compensación de la exposición -0,70
HDR
El día que los relojes se pararon Angélica suspiró. Pensó que al fin iba a tener un tiempo para descansar. Se sentía agotada, y sin relojes no podía saber a que hora llegaría Tasio. Tumbada en el sofá, mientras se esforzaba en seguir el último capítulo de “El tiempo entre costuras” que había grabado la noche anterior, se sintió invadida por el sueño. Poco a poco fue cerrando los ojos. Fue algún tiempo después, cuando despertó, cuando sintió que la casa estaba impregnada de un desagradable olor a chumusquina. Reparó entonces, perpleja, en que la pizza que estaba horneando se había achicharrado. Maldita sea, se dijo, lo de los relojes no ha sido un sueño. Todos los relojes de la casa se han parado realmente y también ha dejado de funcionar el temporizador del horno. Ha faltado poco para que saliéramos ardiendo. Ay, Señor, la que he podido liar. Y Tasio tiene que estar ya a punto de llegar. Hoy, si queremos comer, tendremos que picar algo en el bar de la plaza.
Fue él, cuando llegó, quien le dijo que la gente, alborotada, estaba fantaseando acerca del asunto de los relojes, que al parecer había afectado a todo el pueblo. Algunos argumentaban que la culpa la habría tenido la empresa que estaba haciendo prospecciones en el subsuelo buscando donde alojar los sobrantes de gas natural; otros, sin embargo, entre ellos Cándida, la quiosquera, sostenían que era cosa de los americanos, que esa mañana habrían estado espiándolo todo desde sus aviones invisibles. La mujer, a voces, había insistido en que muchas veces, mirando al cielo, había distinguido sus reflejos metálicos entre las nubes. Lo que pasaba, a fin de cuentas, había sentenciado la portera, siempre en palabras de Tasio, era que en estos tiempos de locura la modernidad estaba corriendo tanto que hasta los relojes, derrotados de puro esfuerzo, estaban dejando de funcionar.
-Esta fotografía la hice en Oña, un pueblecito de Burgos, hace algunos meses. El edificio del fondo es el monasterio de San Salvador. Hace algún tiempo debí subir la imagen en color. Ahora la he editado de nuevo y la he trabajado solo en escala de grises...
-Esta fotografía la hice en Oña, un pueblecito de Burgos, hace algunos meses. El edificio del fondo es el monasterio de San Salvador. Hace algún tiempo debí subir la imagen en color. Ahora la he editado de nuevo y la he trabajado solo en escala de grises...
miércoles, 17 de abril de 2013
La señorita C. y el bombero
Apertura f/5,6
Tiempo de exposición 1/800 segundos
Tiempo de exposición 1/800 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 105 mm.
Compensación de la exposición -0,70
La señorita C. se había enamorado de un bombero que escribía poesía.
Ante sus compañeros del parque móvil, el hombre nunca hablaba de su pasión por la poesía. Esos tipos duros nunca le habrían entendido.
Los martes y los jueves por la tarde, cuando se reunía en la tertulia de los poetas, jamás mencionaba que el oficio que le permitía vivir era el de bombero. Ellos, tan alejados del mundo real, se hubieran reído de él.
Ante la señorita C. actuaba indistintamente como bombero y como poeta, según las circunstancias, de modo que cuando paseaban por la ciudad y se cruzaban con algún conocido la señorita C. nunca sabía como tendría que comportarse. Llegó un momento incluso en que ya ni siquiera se atrevía a hablar. Tenía miedo de decir algo que no resultara conveniente.
Sometida a esa tensión tan intensa, unos meses después, la señorita C. comenzó a mostrar claros signos de estar enloqueciendo. Fue entonces cuando empezó a susurrar a todo el mundo que su amante la engañaba. Al parecer había descubierto que el bombero-poeta mantenía relaciones con la novicia Rosalía, una monja de clausura de las Clarisas de Santa María Magdalena que los fines de semana actuaba como domadora de tigres en el Circo de la Luna.
lunes, 8 de abril de 2013
Adolescentes en flor
Apertura f/5,6
Tiempo de exposición 1/2.500 segundos
Tiempo de exposición 1/2.500 segundos
Velocidad ISO - 500
Distancia focal 105 mm.
Compensación de la exposición -1,00
Maldita sea... Si ya sabía yo que no era buena idea participar en una carrera en la que dejan que corramos juntos chicos y chicas. Madre mía, como corre Macarena. Y que buena está con el pelo al aire y con esa camiseta y con esos pantaloncitos, tan azules, tan chillones. Está que se rompe. Y va la primera. Como corre la puñetera. A ver quién se atreve a adelantarla. Corremos todos mirándola. Estoy seguro de que si yo apretara un poco podría ganar la carrera. Todos los chicos, viendo como se mueve, corremos detrás de Macarena, acercándonos a ella pero sin pasarla. Faltaría más. Y las demás nenas, apelotonadas, corren todas al final. Claro, son más lentas que nosotros. Así que ahí está Macarena, en cabeza. Menudo cuadro hacemos. Maldita sea... No, si al final seguro que gana ella. Que buena está con esos pantaloncitos que chillan en azul. Yo, desde luego, no pienso adelantarla. No quiero que Macarena vaya a enfadarse conmigo. Faltaría más. Por menos de nada deja de hablarme. No quiero ni pensarlo. Uf, si ya sabía yo que no era buena idea dejar que chicos y chicas corriéramos juntos... Maldita sea... Está que se va a romper con esos pantaloncitos. Y como corre...
sábado, 23 de marzo de 2013
La fuga de Sophie
Apertura f/13
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 66 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 66 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
Sophie supo que algo iba mal. Al salir a
la calle 57 había visto que un agente, plantado ante el automóvil de Daniel,
estaba gesticulando. Todo sugería que lo estaba multando por haber aparcado en
un espacio prohibido. De inmediato, Sophie tomó su decisión. Con dos ágiles
movimientos de los pies se desprendió de sus zapatos de tacón y echó a correr
en dirección a la avenida Madison.
Al verla correr, Joe y yo tampoco lo
pensamos. Ni siquiera me di cuenta de que un policía estaba multando a Daniel.
Vi salir disparada a Sophie y decidí correr. Joe, más ágil, me precedía. Me llevaba la delantera por unos
diez metros. A uno, a fin de cuentas, le sobraban algunos años y muchos kilos y
no era capaz de mantener su endiablada velocidad.
Apenas llevaba medio minuto corriendo,
intentando acercarme a Joe, cuando tomé conciencia de que estaba a punto de
asfixiarme. Fue entonces, en ese momento de desesperación, cuando pensé
-¡maldita sea!- que uno ya no estaba para esas carreras. Unos segundos después,
a punto ya de caer derrumbado, fue cuando observé que dos policías, desde la
acera del otro lado, cruzaban la calle y se dirigían a Joe, que seguía
corriendo con la desesperación de quien bracea antes de morir ahogado. Al
verlos, me paré de inmediato. Quizás los agentes habían visto como Sophie
pasaba corriendo, doblando luego la esquina de la avenida Madison, y habían
pensado que Joe la iba persiguiendo. Era posible que ni siquiera hubieran
reparado en mi. Quizás se habían lanzado sobre Joe pensando que este quería
alcanzar a la mujer para hacerle daño.
Decidí pararme y me esforcé por
aparentar tranquilidad mientras recuperaba el aliento. Durante unos segundos
respiré todo lo pausadamente que pude. Llegó a parecerme, incluso, que el mundo
que me envolvía se paralizaba conmigo. Solo Joe y los policías parecían estar
vivos. Solo ellos se movían. La gente, contemplando la escena, había quedado
inmóvil. Estaba junto a un semáforo y al poco una anciana, con paso vacilante,
hizo ademán de cruzar la calle. Espere, señora – le dije. Yo le ayudo. Y con
amabilidad fingida la tomé del brazo y muy despacio, caminando juntos, la
conduje al otro lado. Mientras lo hacía, contemplaba como a unas decenas de
metros los policías aporreaban las piernas y la espalda de Joe, que en ese
momento ya estaba tirado en el suelo. Vi luego como uno de los agentes le
aprisionaba la columna con sus rodillas. Después sabría que le habían roto un
par de costillas.
La anciana y yo, mientras tanto,
seguíamos caminando lentamente. Cuando terminamos de cruzar la calle, solté su
brazo con amabilidad y ella me dirigió algunas palabras, supongo que de
agradecimiento, que ni siquiera escuché. Mi interés ahora era otro. Los
policías no me miraban y decidí que debía seguir a Sophie, aunque por motivos
obvios no debía correr. No quería despertar el recelo de los agentes y caminé a
paso normal por la calle 57 hasta alcanzar el cruce con la avenida Madison.
Antes había visto como Sophie doblaba la esquina y huía por ella, así que
decidí seguir sus pasos, ahora de nuevo corriendo, lejos ya de la mirada
policial.
Estuve trotando un par de minutos hasta
que supe que jamás podría alcanzarla. Antes había visto como la chica, tan
menuda y sin zapatos, corría a la velocidad del vértigo. Algunos instantes después,
entre jadeos cada vez más angustiosos, tuve que desistir.
Desde entonces han pasado cinco años.
Joe, esta mañana, me ha llamado. Le han soltado, con la condicional. De Daniel
nunca hemos vuelto a saber nada. Todo sugiere que se asustó y huyó quién sabe a
donde. La verdad es que nos olvidamos de él hace ya mucho tiempo. A quién
tenemos mucho interés en encontrar, sin embargo, es a Sophie, ese ángel
escapista experto en fugas. Era ella, a fin de cuentas, quien llevaba los
diamantes que habíamos robado en Tiffany.
lunes, 4 de marzo de 2013
Luna en el agua
Apertura f/5,6
Tiempo de exposición 1/160 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 90 mm
Compensación de la exposición -0,70
Tiempo de exposición 1/160 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 90 mm
Compensación de la exposición -0,70
Acaricio
tu boca, con mis dedos acaricio tu boca, perfilo tus labios como si los crease
con mis dedos, como si tus labios existieran ahora por primera vez, entonces, cierro
los ojos y todo se deshace y todo puede comenzar de nuevo, siento que tus
labios nacen cuando yo los dibujo, son mis dedos los que hacen nacer tu boca,
perfilo tus labios y los dibujo en tu rostro, y luego por un misterio mágico
esos labios coinciden plenamente con tu boca, que sonríe debajo de la boca que
mi mano ha creado.
Me miras, me miras de cerca, cada vez más cerca, y jugamos a ser cíclopes que se miran de cerca y nuestros ojos se agrandan, se aproximan, se unen, y respiramos aturdidos, y nos buscamos, nuestros labios se encuentran y luchan tibiamente, apoyando apenas la lengua en los dientes nos mordemos la boca, jugamos en unas oquedades en las que nuestros alientos vienen y van dejando un silencio y un perfume ambiguo. Ahora mi mano quiere tocar tu cabello, acariciar la frondosidad de tu pelo mientras nos besamos sintiendo que nuestras bocas están llenas de flores o de peces, de movimientos vivos, de oscuras fragancias. Y al mordernos, el dolor es dulce, y sin aliento nos sumergimos en un instante breve y terrible, y saboreamos esta muerte pasajera, tan bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
Me miras, me miras de cerca, cada vez más cerca, y jugamos a ser cíclopes que se miran de cerca y nuestros ojos se agrandan, se aproximan, se unen, y respiramos aturdidos, y nos buscamos, nuestros labios se encuentran y luchan tibiamente, apoyando apenas la lengua en los dientes nos mordemos la boca, jugamos en unas oquedades en las que nuestros alientos vienen y van dejando un silencio y un perfume ambiguo. Ahora mi mano quiere tocar tu cabello, acariciar la frondosidad de tu pelo mientras nos besamos sintiendo que nuestras bocas están llenas de flores o de peces, de movimientos vivos, de oscuras fragancias. Y al mordernos, el dolor es dulce, y sin aliento nos sumergimos en un instante breve y terrible, y saboreamos esta muerte pasajera, tan bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
(Este texto es una "traducción libre" de una versión italiana de un fragmento del capítulo séptimo de "Rayuela", de Julio Cortazar.)
domingo, 3 de febrero de 2013
Alicia y el Minotauro
Alicia sentía una mezcla extraña de fascinación y de miedo.
Acababa de escuchar los extraños rugidos que surgían de las entrañas de aquel
espacio de terror y sabía que en cualquier momento el Minotauro se
manifestaría. La culpa de todo la tenía aquel libro en el que se hablaba de
mitos antiguos en los que unos héroes olvidados luchaban con hombres-toros. Ahora,
en aquel agobiante pasadizo, Alicia podía oler el hedor que el monstruo había
impregnado en las paredes y cuando escuchó su rugido supo que se acababa el
tiempo. Tenía que actuar con rapidez. Antes, no obstante, decidió enfocar con
su linterna alumbrando lo desconocido. Pudo ver así como el débil rayo de luz,
antes de perderse en la obscuridad, iluminaba los ojos ensangrentados de furia
del Minotauro. El animal se le estaba acercando, avanzando a un trote lento,
calculando el golpe que habría de asestarle con su cornamenta. Alicia
palideció. Sintió que le flaqueaban las piernas. Era consciente de que con su
espada de madera no iba a poder enfrentarse al monstruo. Cada instante sentía
más miedo. En el último momento, cuando el fin era inminente, Alicia pulsó el
interruptor y su pequeña linterna se apagó. Mientras el último rayo de luz se
desvanecía se tiró al suelo y se tapó la cabeza con las manos. Unos instantes
después, pudo sentir que el Minotauro, mugiendo enloquecido, pasaba trotando a
su lado, desorientado ante la pérdida de luz y golpeando en su confusión con
sus cuernos el aire y las paredes de aquel espacio de tinieblas.
Antes de que el monstruo volviera sobre sus pasos, Alicia
supo lo que tenía que hacer. Abrió la puerta del armario y dando un salto
abandonó el reino del terror. Después, jadeando, apoyó su cuerpo contra la
puerta para que el monstruo no pudiera salir y dio dos vueltas de llave a la
cerradura. Ya solo le faltaba para estar a salvo dar un par de zancadas y
alcanzar su cama. Se introdujo en ella sin ninguna vacilación y tapó todo su
cuerpo, cabeza incluida, con esa manta tan querida que le protegía, en la
noche, de los monstruos.
martes, 25 de diciembre de 2012
Andrea y los pescadores
Apertura f/14
Tiempo de exposición 1/200 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
Tiempo de exposición 1/200 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 18 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
Andrea
contempla las aguas que se ondulan con el viento mientras siente el regusto
agridulce que impregna su boca. Después de lo que ha pasado, se siente
intranquila. Es consciente de que todo se ha complicado. Ahora, cuando ya es media
tarde, el sol desciende sobre el horizonte y está a punto de ser devorado por
las suaves barranqueras que llegan hasta las márgenes del lago. Con el reflejo
del astro en las aguas se ha creado una imagen que resplandece y en la que
tienen también cabida las tenues sombras de los árboles. Los tonos rojizos y
verdes, al conjuntarse, brindan una visión de ensueño. Contemplándola, ella
siente que su mente se está sosegando.
Unos
instantes después de hacerlo, se había dado cuenta, angustiada, de que en medio
del lago, en una barca, dos hombres ocupaban las últimas horas de la tarde en
pescar con caña. Todo se había desarrollado de un modo imprevisto y tenía miedo
de que aquellos pescadores hubieran contemplado lo que había sucedido. Luego,
Andrea ha estado sentada en el suelo rocoso más de una hora, intentando captar
algún posible gesto de los hombres que le permitiera intuir que saben algo,
pero esa señal no se ha producido. Ellos, ocupados en la pesca, no parecen
mostrar interés en lo que sucede en las orillas.
Ahora,
el sol está a punto de ocultarse y sus últimos rayos de luz, al incidir en las
nubes, producen unos tonos saturados de rojo que contribuyen con sus reflejos a
brindar una visión espectacular. Antes de irse, ella ha hecho incluso un par de
fotografías con su teléfono móvil. Se ha sentido atraída por esas nubes que
simulan mantenerse a flote sobre las aguas. La silueta oscura de la barca, a
contraluz, con los dos hombres faenando, potencia el dramatismo de la escena.
Tras
tomar las fotografías, Andrea fija su mirada por última vez en los pescadores y
se dirige luego a su coche, que cuando llegaron habían dejado aparcado en el
arranque de la pista forestal que conduce al lago. Sabe que a pesar de todo lo
que ha sucedido en los últimos meses, la ausencia de Alessandro le va a
resultar insufrible. Tiembla al pensar en que no sabe como se lo va a explicar
a los niños.
lunes, 10 de diciembre de 2012
Para un anuncio de café...
Apertura f/6,3
Tiempo de exposición 1/640 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 105 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR
Las
rosas lloran en silencio mientras él, con las tijeras de podar en la mano, se
les acerca canturreando. Se sienten condenadas. En el último momento, sin
embargo, algo sucede. Procedente de la ventana de la cocina un embriagador aroma
lo ha impregnado todo y las flores, al sentir su fragancia, intuyen
esperanzadas que puede producirse el milagro.
Es
entonces cuando ella le llama: “El café está listo, cariño…” Y le guiña un ojo,
con gesto cómplice, mientras la cafetera, despidiendo amor, humea. Y las rosas,
que comprenden que se han salvado, suspiran, y él, sonríe y se dirige al
encuentro con su amada. Ella y una taza de café Bahía, preludio del dulce gozo
de los sentidos, le esperan.
lunes, 26 de noviembre de 2012
Cuento fantástico
Apertura f/9
Tiempo de exposición 1/500 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 6 mm
Compensación de la exposición 0,00
HDR
Ha
decidido usted escribir un cuento fantástico. Enhorabuena por su decisión. Le
damos la bienvenida al mundo de la creación y confiamos en que estas
instrucciones le resulten útiles.
Ante
todo, previamente al proceso creador, debe usted dedicar muchas horas a leer y
debe hacerlo prestando interés a cada frase, a cada palabra, hasta que
encuentre algo que le haga sentir cierta emoción. Debe leer poesía, narrativa,
periódicos, folletos publicitarios, todo lo que caiga en su mano. Debe ser
consciente, mientras lee, de que la emoción que producen las palabras suele
estar escondida. Deberá buscarla.
En
algún momento, sentirá que algo le conmueve. Por ejemplo, usted se topa con un poema
que dice:
“No
fue un sueño,
lo
vi:
La
nieve ardía.”
Felicidades.
Acaba usted de encontrar la materia prima que le va a permitir crear. Ya puede empezar
a escribir el cuento. Lo iniciará, tal y como hace Georges Perec, con la frase
“Me acuerdo…”, a la que empalmará al arranque de la historia, que copiará de
ese poema que le ha conmovido:
“Me acuerdo de que no fue un sueño…”
Ahora,
para distanciarse del texto que está usando como inspiración, debe añadir algo
novedoso, una frase que ha de abrirle el camino a la culminación del cuento. En
este caso, podría ser:
“Lo sentí.”
En
este momento su imaginación se ha puesto a trabajar. No la moleste. Deje que haga
su trabajo. Es ella la que debe ocuparse de buscar un elemento final que
resulte irreal, imposible, maravilloso, fantástico. Da lo mismo que hable de
sirenas, minotauros o niños que son atacados por la caballería de los Estados
Unidos. Usted debe seleccionar alguna de las alternativas que su mente le
brinda. A modo de ejemplo, decide usar a la Diosa del Lago, y escribe lo
siguiente:
“La Diosa del Lago llegó en la noche y me amó.”
Magnífico.
Nuevamente le felicitamos. El proceso creador se está acercando a su término.
Su cuento está a punto de ser alumbrado. Bastará ahora con que una las tres
frases que previamente ha construido y el contenido final del relato vendría a
ser:
“Me
acuerdo de que no fue un sueño. Lo sentí. La Diosa del Lago llegó en la noche y
me amó.”
lunes, 11 de junio de 2012
Tiempo de silencios
Apertura f/22
Tiempo de exposición 1/6 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 40 mm
Compensación de la exposición -1,70
No usé trípode
Habían atravesado la avenida de las Platerías y al llegar al cruce de la avenida del Perú con el Gran Vial fue cuando todo reventó. Un semáforo cerrado y un tropel de coches parados obligaron a Dani a pisar el freno. Los calabreses, detrás de ellos, se bajaron del coche y comenzaron a disparar. Ellos, desde sus asientos, respondieron al ataque. Blanca, con su proverbial puntería, reventó los dos neumáticos delanteros del otro coche. “El Legal”, mientras tanto, apenas fue capaz de disparar un par de veces. Al momento, con el trajín de los balazos, los coches que les precedían empezaron a moverse, todos querían alejarse de aquel infierno. Dani, aprovechó el momento, dejó de disparar y aceleró a fondo. Mientras los traficantes, con las ruedas de su coche reventadas se hacían con otro vehículo a punta de pistola, ellos lograron huir encaminándose por la avenida del Mediterráneo a la sierra cercana. Los calabreses no tuvieron tiempo de ver como se desviaban por uno de los carriles de tierra que la circundan, por el que pronto se perdieron. Fue entonces cuando Dani, su ánimo más sosegado, pudo contemplar que Blanca, enloquecida, chillaba y lloraba. “El Legal”, mientras tanto, no decía nada, sencillamente porque estaba muerto. Una bala certera había atravesado su pecho. Dani siguió conduciendo durante horas por aquellos recónditos senderos de tierra. Cuando llegaron al embalse del Río Cortado ya tenían decidido que sus aguas servirían de lecho funerario para “el Legal”. Lo arrojaron aquella misma noche, con una piedra inmensa atada a sus pies.
Desde entonces han pasado dos años y el dolor de Blanca por
la muerte de “el Legal” se ha ido difuminando. Sin duda lo había amado, pero el
tiempo hace que el amor se olvide. De hecho, tras el atraco, ella y Dani ya
nunca se separaron. Ella habría de reconocerle que no hubiera sabido a donde ir
y que tenía miedo de los mafiosos. Ahora, incluso, pasado el tiempo, uno diría
que Dani siente que el cariño de Blanca lo va envolviendo y es que, ya se sabe,
hay una ley que proclama que con el roce termina surgiendo el cariño, y con el
tiempo quizás hasta el amor. Lo cierto es que para Dani había sido una
bendición que “el Legal” muriera en el tiroteo. Las matemáticas del padre
Bonilla indicaban que el reparto del botín, con uno menos a contar, se iba a
incrementar más que proporcionalmente ya que ellos ni siquiera sabían quien era
el soplón que había informado del posible golpe. Era algo que “el Legal” se
había tenido bien reservado. En lugar de repartir las ganancias entre cuatro lo
iban a hacer entre dos, Blanca y él.
Del mismo modo, sin el estorbo de “el Legal”, la posibilidad
de que Blanca terminara cayendo en sus brazos iba a mejorar de modo más que
proporcional. Antes, esa relación con la mujer y “el Legal” era triangular,
causando hondo dolor en Dani, atrapado desde su juventud por Blanca; ahora, el
triángulo había desaparecido y se había transformado en dos vidas que si bien
hasta entonces habían evolucionado en paralelo, era posible que al fin las
matemáticas fallaran y esas líneas paralelas lograran juntarse. De momento,
Dani cada día está más esperanzado en ese amor.
Lo que Blanca nunca llegará a saber es que la bala que
atravesó el corazón de “el Legal” no había salido del revolver de ningún
calabrés. Había sido Dani quien a sangre fría lo había ejecutado. Parece que el
tipo lo tenía todo matemáticamente calculado.
martes, 5 de junio de 2012
El clan de los calabreses
Apertura f/5,6
Tiempo de exposición 1/800 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 105 mm
Compensación de la exposición -1,00
Pronto, sin embargo, Dani supo que algo estaba saliendo mal.
Cuando habían transcurrido siete minutos fue cuando se escuchó el disparo.
Dani, sintiendo la presión de la sangre en las venas de su frente, decidió que
debía largarse, pero justo en ese momento “el Legal” y Blanca atravesaron la
puerta de la oficina y se dirigieron corriendo al coche. En circunstancias
normales deberían haber salido caminando, para no llamar la atención, pero el
trueno del disparo era la señal de que, sin duda, los acontecimientos se habían
precipitado. Cuando los dos subieron, Dani, con la misma precisión matemática
con que en otro tiempo había estudiado los logaritmos neperianos, fue soltando
el embrague y pisando simultáneamente el acelerador. El vehículo salió
disparado.
-Maldita sea –chilló “el Legal”- pero de donde ha salido ese
tipo con la pistola… Por qué demonios se le ha ocurrido meterse donde nadie lo
había llamado…
En ese momento, mientras Dani conducía, ninguno de los tres
podía sospechar que el tipo que había sacado el arma y al que Blanca había
descerrajado un tiro en la cabeza, no estaba en la oficina postal por
casualidad. Era un sicario contratado por los mafiosos, otra vez los calabreses,
para vigilar que la recogida del dinero por los vendedores de la droga se
desarrollara sin incidentes.
-Habéis cogido el sobre con la pasta –preguntó Dani.
-Claro –respondió Blanca-. Aquí deben estar los 500.000
euros. Ya sabes, una cuarta parte para cada uno y la otra para quién nos dio el
soplo. Tenemos para vivir tranquilamente unos cuantos años, sin ostentaciones,
sin sobresaltos, sin levantar sospechas.
Fue entonces cuando Dani, por el retrovisor, se dio cuenta de que otro coche se esforzaba
por alcanzarlos: “Creo que ese BMW –dijo- nos está siguiendo".
-Hijos de puta – gritó “el Legal”, tienen que ser los
malditos calabreses…
-Cómo que los calabreses –el rostro de Dani había cambiado
de color-, pero es que se os ha ocurrido robar a los calabreses… Estáis locos…
Los hijos de puta sois vosotros… Estamos perdidos…
Habían atravesado la avenida de las Platerías y al llegar al
cruce de la avenida del Perú con el Gran Vial fue cuando todo reventó. Un
semáforo cerrado y un tropel de coches parados…
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