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miércoles, 5 de noviembre de 2014

La diosa escorpión





Hace algunos años, como recuerdo de un viaje, compré una réplica de una lucerna romana en la que parecía reflejarse la influencia del antiguo Egipto. La pieza original posiblemente estuvo vinculada a las creencias isíacas, que estuvieron muy extendidas en las distintas provincias del imperio romano.

El cuerpo de la lucerna, que tiene cinco boquillas o piqueras por donde surgían las mechas que daban luz, reproduce un templo tetrástilo que está coronado por el disco solar, alusión al dios Ra. En su zona central se aprecia un escorpión con cabeza humana, posiblemente una representación de Serket, la diosa escorpión del antiguo Egipto, que fue identificada con Isis.

Serket, hija de Ra, era una divinidad muy querida por los egipcios ya que actuaba como protectora tanto de los vivos como de los muertos. Usualmente era representada como una mujer que lleva sobre su cabeza un escorpión o como un escorpión que tiene rostro de mujer. El amuleto de esta diosa solía estar presente en los hogares ya que servía de protección contra las picaduras de serpientes, escorpiones y en general de cualquier animal venenoso. Se pensaba también que Serket, en su acepción de “La que da el aliento de la vida” era quien se ocupaba de que los vivos pudieran respirar, lo que resultaba de especial trascendencia en el momento del nacimiento de los niños.

En la tumba de Nefertari, la diosa escorpión se manifiesta también como “Señora del Cielo”, es decir, como aquella divinidad que concede a los muertos un lugar en la Tierra Sagrada, para que, al igual que Ra, se puedan manifestar gloriosamente en el cielo.





viernes, 3 de octubre de 2014

El Tiempo Primero





Para entender la concepción que los egipcios tenían del mundo es preciso remitirnos a lo que ellos llamaban el Tiempo Primero, que vendría a ser un tiempo sagrado, intemporal, que habría existido antes del tiempo tal y como nosotros lo conocemos. En ese tiempo primigenio es cuando se habría producido el paso de la no existencia, simbolizada por Num, el abismo de aguas insondables, a la existencia. Fue entonces cuando Atum-Ra, el gran dios, tomó conciencia de si mismo y dio comienzo a la creación de los dioses y de todo lo que existe. Para los egipcios, ese Tiempo Primero sería el tiempo de Dios, de los dioses y de las relaciones arquetípicas que existen entre ellos. Sería el reino de los mitos y de las imágenes simbólicas. De algún modo, toda la mitología egipcia, desde el despertar de Atum a la vindicación de Horus y la redención de Osiris, se habría desarrollado en el Tiempo Primero.

Ese momento vendría a ser la Edad de Oro que precedió a la existencia de los hombres, que con ellos habrían de traer la rabia, el clamor y la disensión…





lunes, 16 de junio de 2014

Cuento egipcio de amor y muerte






Cuando dijo sus palabras, terminados los rituales de la Apertura de la Boca, el sacerdote Sem, que vestía una túnica blanca y cubría sus hombros con una piel de leopardo, penetró en las profundidades de la mastaba y se situó al lado del sarcófago donde los hombres habían depositado el cuerpo de Ahmosis. De una bolsa de cuero fue sacando puñados de polvo ocre que fue espolvoreando sobre la momia. El intenso color rojo del mineral había de permitir que el aliento de la vida retornara al difunto. El sacerdote sabía que un poder desconocido facilitaba que gracias al ocre los cuerpos, tras haber sido momificados en la Casa de la Muerte, se pudieran preservar eternamente de la descomposición.


Entonces, cuando el cuerpo quedó impregnado del polvo rojo, el sacerdote hizo una señal y Nofret, la esposa de Ahmosis, se acercó al sarcófago y colocó sobre él un ramillete de flores. Afuera, los hombres bailaban la danza mau mau y las plañideras, simulando desesperación, se golpeaban los pechos y se tiraban de los cabellos. Después, mientras Nofret chillaba, cuatro hombres rodearon el sarcófago y se dispusieron a esperar a que llegara la noche. Sería entonces cuando habrían de ser recitadas las fórmulas mágicas de las Cuatro Antorchas de Glorificación, con las que llegarían a su término los rituales. Todos eran conscientes de que gracias a ellos, en el nuevo amanecer, Ahmosis, convertido en un dios tras atravesar victoriosamente el inframundo y superar el juicio de Osiris, se elevaría al reino celeste de Ra y volvería a la vida en las Estrellas Imperecederas, creadas por el Gran Dios para que en ellas habitasen los hombres Justos de Voz. Allí, en la Campiña de las Felicidades, más allá de la niebla matutina, seguiría viviendo Ahmosis durante Millones de Años, junto a los espíritus glorificados que conocen los secretos del fuego, el viento, las nubes y los relámpagos.

Algunas noches después, Nofret soñó que Ahmosis la estaba amando. Le sentía feliz e intuyó que a partir de ahora, desde el más allá, él iba a seguir cuidando de ella. Algo después, cuando estaba a punto de amanecer y la noche se iba diluyendo, la mujer sintió que esa intuición de amor se confirmaba en la certeza. Nofret se había levantado y estaba contemplando las Estrellas Inmortales, que todavía lucían débilmente. Dirigió su mirada a Orión, la residencia de los dioses, y fue entonces cuando notó que el dulce aliento de la vida llegaba a su boca con todo su frescor. Fue así como supo que Ahmosis, desde el reino del Sol, la estaba contemplando.





lunes, 9 de junio de 2014

Atardecer





Todos los mayores han sido niños alguna vez…
Antoine de Saint-Exupery



Estos días pasados ha estado releyendo “El principito”. Después, esta tarde, cuando estaba editando esta fotografía que hice en el templo egipcio de Debod, reubicado en Madrid, no he podido sino preguntarme: “¿Que es lo que los niños estarán mirando con tanto interés?” Sin duda, están viendo algo en lo que yo no reparé, pero que a ellos les llamaba mucho la atención. Sin duda, como diría el zorro del cuento: “sólo se ve bien con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos.”





domingo, 25 de mayo de 2014

Cuando llega la noche





Al aproximarse la vejez, mi espíritu goza volando como un pájaro hacia los días de mi infancia. En mi memoria mi infancia brilla con un resplandor maravilloso, como si entonces todo hubiese sido mejor y más bello que ahora. Sobre este punto no hay diferencia entre ricos y pobres porque no hay ciertamente nadie, por pobre que sea, cuya infancia no encierre algún destello de júbilo y de luz al evocarla en sus viejos días.

Mi padre Senmut vivía cerca de los muros del templo, en el barrio bullicioso y pobre de la villa. No lejos de su casa se extendían los muelles de río arriba donde los barcos del Nilo descargaban sus mercancías. En los callejones estrechos los tugurios de vino y de cerveza acogían a los marineros, y había también…


Mika Waltari – Sinuhé el Egipcio





martes, 3 de abril de 2012

Hombres de bronce en Egipto

Imagen: Internet



Fue en este contexto de inquietud cuando los dodecarcas, en el transcurso de una de sus asambleas de amistad, celebrada en Sais, decidieron hacer libaciones en el templo de Ptah. Para ello, el Profeta del templo tenía preparadas doce copas de oro, una para cada uno de ellos. Inexplicablemente, cuando el sacerdote comenzó a repartir las copas entre los príncipes todos repararon en que solo había once copas, faltaba una, de modo que Psamético, que aguardaba su turno al final, sin pararse siquiera a reflexionar en lo que hacía, como movido por algún impulso divino, no dudó en usar su magnífico casco de bronce e hizo sus libaciones con esa copa improvisada. En ese momento, todos fueron conscientes de que de acuerdo con lo que el oráculo de Amón había establecido, Psamético debía ser el rey de la Tierra Negra.

Los otros once príncipes, no obstante, interpretaron el acto de Psamético como una acción impía y tras enfrentarse a él decidieron desterrarlo a los marjales del Delta, de modo que Psamético, al igual que Horus cuando era perseguido por Seth, se vio obligado a vivir oculto en las tierras bajas de nuestro país. Fue entonces cuando mi Señor, angustiado por los acontecimientos, decidió consultar el oráculo de Buto, que le hizo saber lo siguiente:

-La venganza –habría dicho el oráculo- habrá de venir del mar, del Dios del Mar, cuando este haga que en la costa aparezcan hombres de bronce.

Algunos meses después, el oráculo se cumplió. Un ejército de piratas helenos, revestidos con pesadas corazas de bronce, llegó a las costas del Delta. Algunos dijeron que eran ladrones; otros que eran mercenarios griegos que habían sido enviados por Giges, rey de Lidia, que habría recibido en sueños esa orden del propio Dios del Mar.

Con la ayuda de los guerreros de bronce, Psamético derrotó a los otros once príncipes, de modo que fue así como la Tierra Negra, de nuevo, pasó a ser gobernada por un solo rey, mi Señor, gracias a que yo, Meriamon, capitán de marinos, habia sido capaz de complacer los deseos de su corazón, tras viajar a Tartessos, el lejano Reino del Ocaso.

Todos los hombres de la Tierra Negra sabemos que Psamético, tras conseguir que los otros príncipes lo aclamaran como rey y contando con el apoyo de los helenos, que para entonces se habían establecido en Naucratis, no dudó en perseguir a los asiáticos hasta las tierras de la lejana Palestina, de modo que estos nunca más habrían de volver a pisar nuestro país. Psamético, mi Señor, se ocupó de que el silencio cubriera esos pasados años de vergüenza en que los hombres de Asiria habían dominado nuestra tierra. Las inscripciones que ellos habían grabado en los templos, fueron borradas, de modo que nadie ha conservado el recuerdo de su memoria. Desde entonces, aclamado como nuevo faraón de la Tierra Negra, todas las cosas se volvieron a hacer tal y como se había hecho en los tiempos precedentes, en los tiempos antiguos. Gracias a Psamético, mi Señor, el Orden y el Equilibrio de Maat volvieron a reinar en el valle del Nilo(6).


NOTAS

-6) En este relato, que ahora termina, hemos intentado respetar lo que las fuentes antiguas nos dicen acerca del contexto histórico en el que se enmarcan los orígenes del reinado de Psamético I (664-610 a.C.), faraón con el que arranca la dinastía XXVI.

martes, 27 de marzo de 2012

El casco de un rey

Imagen de Internet



Cuando las gentes supieron que el hijo de su rey había sanado un sentimiento de gozo embargó el espíritu de todos. Orisón, pleno de felicidad quiso mostrarme su gratitud. Me dijo que estaba en deuda con el mago que había sido enviado por el Príncipe de Sais y que cualquier cosa que le pidiera él me la otorgaría. Le hice saber entonces que Psamético, mi Príncipe, me había ordenado realizar el viaje para pedir al Rey de Tartessos que le fabricara un magnífico casco de bronce, que fuera envidiado por los propios dioses. En un sueño profético Amón, el Gran Dios, había transmitido a mi Señor que portando ese casco en su cabeza llegaría a reinar en la Tierra Negra.

Orisón me dijo:

-Mago que has llegado de las lejanas tierras del levante debes saber que me siento feliz al contemplar que Norax, gracias a tus conjuros, ha sanado de las quemaduras que le infirió el Dios de las Tormentas. Me dices que tu Príncipe, para cumplir los vaticinios de su dios, precisa de un casco de bronce como el que nunca haya sido visto por los ojos de los hombres. Yo me ocuparé de ello. Yo ordenaré a los alquimistas de mi palacio, a los hombres que funden y modelan el cobre, el estaño, el oro y la plata, que fabriquen para tu Señor un casco que nunca nadie haya soñado poseer. Utilizarán para ello el cobre que extraemos de las montañas de la Sierra Negra de Corduba y el estaño que compramos a nuestros aliados en la isla de Albión. Ordenaré que ese excepcional casco de bronce esté fabricado antes de que pasen treinta días.

La promesa de Orisón se cumplió y antes del plazo indicado nuestra nave abandonó el puerto de Tartessos. Tras presentar de nuevo nuestros respetos a los sufetes de Gádir dejamos atrás las aguas del Océano y las Columnas de Atlante e iniciamos el regreso a las tierras fértiles del valle del Nilo. Orisón, agradecido por los presentes que le habíamos entregado y por haber sanado a su hijo quiso, además de entregarnos el casco de bronce que Psamético habría de usar, regalarnos una cantidad tan inmensa de oro y de plata que una vez abarrotadas las bodegas de la nave decidió Albaal, con la plata que sobraba, fabricar unas nuevas anclas.

Cuando llegamos a las tierras del Nilo fuimos recibidos por el Príncipe, que manifestó su deseo de conocer si nuestra misión había tenido éxito. Cuando contempló el casco de bronce que habían fabricado los alquimistas de Tartessos se sintió feliz y me brindó su gratitud. Me hizo saber que en agradecimiento por haber logrado que se hiciera realidad todo aquello que él había deseado en su corazón ordenaría que se construyera para mi la más bella tumba que nunca los hombres hubieran visto en la Ciudad de la Muerte de Sais. Él, me dijo, ordenaría que los mejores constructores, canteros, carpinteros y pintores trabajaran en esa tumba y los sacerdotes lectores del templo de Amón se ocuparían de que mi Casa de la Eternidad estuviera revestida con palabras de poder que habrían de permitirme transitar, cuando me llegara el momento de la muerte, libre de preocupaciones, por el Inframundo y arribar en estado de bienaventurado al Reino Celeste de Amón.

En aquel tiempo sucedía que la Tierra Negra, tras haber sido liberada de los asiáticos, seguía sin ser regida por un rey. El país estaba dividido en doce partes que habían sido atribuidas a los doce príncipes más poderosos. Estos doce señores se habían dado entre si una ley que debía ser fielmente cumplida. Ante todo, se habían prometido que no habrían de guerrear entre ellos sino que debían contentarse con lo que cada uno tenía y debían esforzarse por mantener vínculos de amistad entre sus principados. Habían pactado que ninguno de ellos ansiaría ser el rey de los otros.

Sin embargo, mientras yo, Meriamon, capitán de marinos, navegaba a Tartessos había sucedido que el oráculo del dios Amón había hecho saber a los príncipes que era su deseo que el gobierno de la Tierra Negra fuera para aquel dodecarca que usando una copa de bronce hiciera libaciones a la divinidad en el templo de Ptah. En ese momento nadie había sabido interpretar el significado del oráculo, pero todos eran conscientes de que Amón quería que los hombres supieran de su deseo de que la Tierra Negra fuera de nuevo regida por un solo hombre, por un nuevo faraón...

martes, 20 de marzo de 2012

Orisón, Rey de Tartessos

Imagen: Antiqva

Dejamos atrás Gádir y costeando las tierras del Reino del Ocaso llegamos a la desembocadura del río Tartessos. Allí, aguas arriba, en una isla fortificada entre dos brazos del majestuoso río se alzaba la ciudad desde la que Orison, en un inmenso palacio que sostenían columnas de plata, regía aquel reino en el que ningún hombre de la Tierra Negra había puesto antes sus pies.

Cuando, con el aval de los sufetes gaditanos, fuimos recibidos por el Rey de Tartessos esté, complacido por la estatua de Isis y los demás presentes que Psamético había ordenado que pusiéramos a sus pies, nos dijo que él era hijo de Habis, el héroe que tras haber sido amamantado por una cierva había transmitido a los hombres los conocimientos de la agricultura, y que su abuelo fue Gargoris, que había descubierto el modo en que las gentes pueden obtener provecho de las colmenas.

Todo en su reino, que ocupaba ambas márgenes del río Tartessos hasta alcanzar las fuentes en que este río nace, en las montañas de plata próximas a Castulo, era prolífica riqueza. Nos dijo que era tanta la riqueza de minerales que había en su reino que en cierta ocasión “habiéndose incendiado una vez los bosques, estando la tierra compuesta de plata y oro, subió fundida a la superficie, por lo que todo el monte y colina era como un tesoro acumulado allí por una pródiga fortuna.” Pronto tuvimos ocasión de contemplar que era tanta la riqueza que se acumulaba en los pueblos de Tartessos que sus habitantes se servían de pesebres y de toneles de plata(4).

Sin embargo, a pesar de la colosal riqueza que acumulaba en su reino, Albaal y yo, en el encuentro que tuvimos con Orison, nos dimos cuenta de que el rey estaba entristecido. Pronto, por su propia boca, supimos la causa de ello. Nos dijo que su hijo Norax, un joven dotado de especial ingenio y valentía, había sufrido la descarga de un rayo, lanzado por el Dios de las Tormentas. Todo había sucedido cuando se encontraba cazando en el Cerro del Cobre. A media mañana, el día se había oscurecido y de súbito multitud de rayos habían sacudido los bosques. Uno de ellos había derribado de su montura al príncipe, que desde entonces sufría de dolorosas quemaduras que estaban destrozando su cuerpo y su espíritu.

Entonces, yo, Meriamon, capitán de marinos del Príncipe Psamético, hice saber al Rey de Tartessos que había sido educado en la Casa de la Vida y que conocía el modo en que los dioses hacen que sean curadas las quemaduras que puedan sufrir los hombres. Me dijeron que Norax estaba acostado en su cuarto de modo que pedí permiso para regresar a nuestra nave para recoger un papiro en el que el Profeta de la diosa Sekhmet del templo de Sais había reproducido diversos conjuros mágicos que todo servidor de nuestro Príncipe debía tener en su poder cuando llevaba a cabo alguna expedición que este le hubiera encargado.

Una vez que regresé con el papiro, me llevaron a la habitación del hijo del rey. Ordené que fuera quemado incienso y mientras su humo se elevaba a los cielos hice los ritos propiciatorios y leí las palabras de poder:

-Horus niño estaba en las marismas del Nilo. Fue entonces cuando el calor y la inflamación se abatieron sobre sus miembros. Nadie sabía la causa de este mal. Nadie sabía que era lo que le sucedía al niño. Isis, su madre, no estaba para conjurar el mal. Osiris, su padre, tampoco estaba. Hapy e Imset, que estaban al lado del niño, gritaron: “El hijo divino –dijeron- es todavía un niño de pecho, y el fuego es poderoso. No hay nadie que pueda salvarle de eso”. Entonces fue cuando Isis, su madre, salió del taller de tejido en el que ella había estado desliando tela. Y cuando vio a Horus dijo: “Ven Neftis, hermana mía. Teje tú el hilo de mi vestido y haz que pueda ir a ayudar a mi hijo. Yo sé como hacer que se extinga el fuego de su cuerpo. Con la leche de mis pechos conseguiré que su fuego se extinga. En mis pechos está la leche de curación. Yo, Isis, vierto mi leche sobre tus miembros, hijo mío, y tus heridas sanan. Yo, Isis, hago que el fuego se aleje de ti, a pesar de lo poderoso que era”.

Estas palabras de poder las dije yo, Meriamon, sobre cortezas de acacia, panecillos de cebada, granos uah cocidos, coloquintos cocidos y culantros cocidos. Con todo ello, había hecho antes una masa que había mezclado con leche de una madre que había alumbrado un hijo varón. Lo alisé con una rama de ricino y coloque con sumo cuidado sobre las heridas del príncipe(5).

Después, dejamos que Norax reposara en la noche en el sosiego de su habitación. Todos nos retiramos. A la mañana siguiente, supimos que las heridas habían sanado y que el fuego se había retirado. El poder de Isis, la Gran Maga, había triunfado sobre la fuerza de los rayos del Dios de las Tormentas. Del mismo modo que Isis había sanado a su hijo cuando esté enfermó de fuego en las marismas del Nilo, yo, Meriamon, usando el poder de la diosa, había salvado al hijo del Rey de Tartessos.


NOTAS

4) La frase entrecomillada: “habiéndose incendiado una vez los bosques, estando la tierra compuesta de plata y oro, subió fundida a la superficie, por lo que todo el monte y colina era como un tesoro acumulado allí por una pródiga fortuna.”, procede del geógrafo helenístico Estrabón, así como la noticia de que los antiguos habitantes de Tartessos eran tan ricos que se servían de pesebres y de toneles de plata.

5) La fórmula que Meriamon utiliza para sanar de las quemaduras al hijo del Rey de Tartessos es la receta mágico-médica para sanar a un niño de una quemadura que se nos ha transmitido en el llamado Papiro Médico número 10.059, conservado en el Museo Británico.

martes, 13 de marzo de 2012

El viaje al Reino del Ocaso

Imagen de Internet


Psamético, mi Señor, seguió hablando:

-Una nave de Hissan, el mercader más rico de Biblos, llegará al Delta del Nilo próximamente. Es mi deseo que te unas a esa nave que ha de llegar y que viajes en ella al Reino del Ocaso. Cuando tus pies pisen esas tierras debes conseguir de que con los más depurados minerales se fabrique un casco tan excelente que incluso los dioses lo codicien. Ese casco de bronce debe ser digno de ser portado por un dios o por un rey. Ese casco, Meriamon, será para mí. Solo yo, tu Señor, seré digno de portarlo en mi cabeza. Esto es lo que deseo que hagas.

Habían pasado cuarenta días cuando arribó al puerto el navío que Hissan de Biblos había brindado al Príncipe para esta expedición. Albaal, el capitán, me recibió en su camarote. Estaba sentado en su silla de mando, con la espalda vuelta hacia una ventana por la que se veía el mar. Mientras hablábamos de los peligros que nos acecharían en el viaje yo podía contemplar como las olas del poderoso mar parecían empapar su cuello con su espuma.

Abandonamos la Tierra Negra(1) el día tercero del segundo mes de Shemu(2). Llevábamos una estatua de la divina Isis que mi Señor deseaba regalar al Rey de Tartessos. No sabía entonces que la nave transportaba también una imagen de Astarté que los marinos fenicios habrían de entregar como tributo, durante el viaje, al Dios del Mar.

Albaal, el capitán de la nave, me dijo que el viaje al Reino del Ocaso habría de durar veintidós días con sus noches y que habríamos de hacerlo costeando las tierras de Libia siguiendo una ruta que solo conocían los marinos fenicios. Habría luego de saber que iríamos recalando en los puertos de varias ciudades aliadas de Biblos: Cirene, Leptis, Cartago y Tingis. También me dijeron que Cartago, emplazada en un promontorio frente a la isla de Sicilia, estaba situada a la misma distancia de Biblos que de Tartessos y que desde que las ciudades fenicias habían caído bajo el yugo de los asirios, Cartago era la gran metrópoli de este pueblo de mercaderes. Cuando, al fin, arribamos a Tingis me dijo Albaal que en las tierras que se veían al otro lado del mar se alzaban las Columnas de Atlante, que unían la tierra con el propio cielo.

Dos jornadas antes, buscando que el Dios del Mar nos concediera su auxilio para navegar por las aguas del Océano, Albaal había ordenado que se hicieran ofrendas de muchas cosas buenas a esta divinidad, de modo que una vasija de barro que contenía oro, plata, lapislázuli y turquesas fue arrojada a las aguas. También se ofrendó al dios una estatua de bronce de Astarté, la hija de Ptah, diosa irascible y violenta que habría de encargarse de entregar todos esos presentes al Dios del Mar. Todo ello complació a la divinidad y el propio Señor de los Dioses, Amón, a la mañana siguiente, nos confirmó que nuestra petición sería atendida brindándonos un majestuoso amanecer en el que las aguas del mar se manifestaron en una calma especial.

Traspasadas las Columnas de Atlante llegamos al mar Océano, a las aguas del Fin del Mundo. Era el Océano un mar que tenía otras olas y otros vientos muy distintos a los de los mares que conocían los hombres de la Tierra Negra. Albaal me dijo que nunca antes ningún egipcio había arribado a estos confines del mundo. Me dijo también que más allá de Tartessos, en la Tierra de las Nieblas, donde habitaban los cimmerios, estaba situada la entrada del Inframundo, enfrente justo de un santuario que esas gentes impías habían consagrado a la Dea Inferna.

Fue así navegando por unas aguas que solo los marinos fenicios conocían como arribamos al fin a Gádir, la ciudad del mar en la que sobre las islas Erytheia, Antipolis y Kotinousa estos hombres habían establecido su emporio comercial en las tierras del Fin del Mundo, en las inmediaciones del mítico Reino de Tartessos. Fue en estos apartados rincones donde Hércules había vencido al gigante Gerión, de tres cabezas. Albaal, el capitán de nuestra nave, me dijo que la isla principal se llamaba Erytheia debido a que los fenicios que la fundaron en los tiempos que siguieron a la guerra de Troya procedían de Tiro, en las inmediaciones del mar Eriteu(3). También me hizo saber que en circunstancias normales allí hubiera terminado nuestro viaje, ya que los comerciantes gaditanos eran quienes se ocupaban de negociar con los tartesios el intercambio de productos. En este ocasión, no obstante, Albaal, tras entregar a los sufetes que regían la ciudad los ricos presentes que Psamético, nuestro Señor, Príncipe de Sais, les concedía les hizo saber que debíamos proseguir nuestro viaje hasta arribar al palacio de Orison, el Rey de Tartessos, por ser ese el deseo de nuestro Señor. Complacidos con los abundantes presentes que Psamético les había otorgado, los magistrados de Gádir no se pusieron a nuestra petición...


NOTAS

1) Para los egipcios su país era la Tierra Negra, la tierra que ha sido fertilizada por las aguas del Nilo, por oposición a la estéril Tierra Roja del desierto.

2) La expedición en la que Meriamon alcanzó el Reino de Tartessos partió de Egipto el día tercero del segundo mes de Shemu (la estación de la Recolección), equivalente a nuestro 28 de mayo. El verano era la época más propicia para llevar a cabo los viajes marítimos en los tiempos antiguos.

3) El mar Eriteu, en cuyas inmediaciones se alzaba Tiro, la ciudad de donde provenían los fundadores de Gádir, es nuestro Mar Rojo.

martes, 6 de marzo de 2012

Meriamon en el Reino de Tartessos

Imagen de Internet


El Capitán de Marinos Meriamon, hijo de Ahmosis, Justo de Voz, dice: Os hablo a vosotros, gente toda, para hacer que conozcáis los favores que me fueron concedidos cuando vivía en la tierra. Yo fui recompensado por mi Señor, a la vista de todo el país, con el Oro del Valor y se me brindaron esclavos y esclavas, siendo dotado con mi Casa de la Eternidad. Yo, Meriamon había hecho todo aquello que el Príncipe había deseado que hiciera y la memoria de un hombre valiente es perpetuada por toda la eternidad. Yo fui un hombre que hice que aquello que mi Señor deseaba en su corazón se hiciera realidad. Lo que Meriamon hizo nunca será olvidado por los hombres.

Yo, el Capitán de Marinos Meriamon, fui un hombre que navegué por los mares del Reino del Ocaso. Fui un hombre justo. Fui un hombre clemente con aquel que me decía lo que había en su corazón. Fui un hombre preciso, igual que una balanza verdaderamente recta, como Thot. Fui silencioso con el irascible. Fui uno que se mezcló con el ignorante a fin de reprimir el enojo en el mundo.

En relación a esta capilla funeraria, mi Señor ordenó que fuera construida en este desierto de Abidos porque esta es la tierra santificada de los muertos. Es este un lugar glorioso desde los tiempos de Osiris, cuando Horus lo consagró a la memoria de sus antepasados, aquellos dioses que en otros tiempos, antes que los hombres, habían reinado en Egipto. Desde esta tumba, en este lugar sagrado, mi espíritu habrá de volar al cielo y se unirá, victorioso, al Pueblo del Sol.

¡Oh vosotros, hombres que vivís sobre la tierra y vosotros que todavía no habéis siquiera nacido, vosotros que vendréis a este desierto, que veréis esta tumba y pasaréis ante ella: venid. Yo, Meriamon, os conduciré al camino de la vida en el más allá, de modo que podáis navegar con buen viento, sin que quedéis varados, para que podáis alcanzar la morada de las generaciones, sin llegar a la aflicción.

Yo, el Capitán de Marinos Meriamon, soy un difunto excelente. No cometí faltas. Si escucháis mis palabras, encontraréis su excelencia. El buen camino es servir a Amón. Bendito aquel cuyo corazón le conduce a ello. Deseando servir a Amón y a mi Señor yo, Meriamon, navegué por mares lejanos por los que nunca antes habían navegado los hombres del valle del Nilo. Fue así como yo arribé a las tierras lejanas del Reino del Ocaso, allí donde está el océano en el que mueren los mares. Siguiendo los deseos del Príncipe, mis pies pisaron la tierra de ese Reino del Fin del Mundo que los marinos asiáticos llaman Tartessos.

Cuando mi Señor me llamó a su palacio ningún faraón reinaba en Egipto. Los asiáticos, que habían ocupado una parte del país, habían sido expulsados y las tierras habían sido repartidas en doce regiones que eran regidas por otros tantos príncipes. Mi Señor, Psamético, era el Príncipe de Sais. Había sido Sethos, un sacerdote del templo de Ptah, quien había conseguido liberar las tierras ocupadas, expulsando de ellas a los impíos asirios. Sethos, cuyo ejército era inferior al de los asiáticos, los había vencido usando sus conocimientos mágicos. Gracias a oscuros sortilegios consiguió que la noche que precedió a la batalla una oleada de ratas ocupase el campamento enemigo. Las ratas royeron los carcajes, las cuerdas de los arcos y las correas de los escudos, de modo que cuando amaneció los asiáticos se sintieron indefensos ante los soldados del mago. Desprovistos de sus armas, emprendieron la huida y fueron muchos los que murieron acuchillados.

Fue después, cuando las tierras liberadas se repartieron entre los doce principales príncipes, cuando mi Señor, Psamético de Sais, me hizo llamar. Me dijo:

-Quiero, Meriamon que hagas lo que voy a ordenarte. Mi corazón desea que viajes al Reino del Ocaso, más allá de los mares, y retornes trayendo un casco de bronce que haya sido fabricado con los más puros minerales de cobre y de estaño que nunca hayan sido vistos por los ojos de los hombres. Se que en las montañas de Tartessos existen espléndidas minas de cobre y que las gentes que pueblan aquel lejano país intercambian ese cobre y el estaño que compran en una isla llamada Albión, situada en el mar Hiperbóreo, con los marinos fenicios que navegan hasta aquellas tierras para comerciar...


NOTAS

-Doy comienzo ahora a la publicación de un nuevo “Cuento Egipcio”, que en esta ocasión he titulado “Meriamon en el Reino de Tartessos”. Está ambientado en los tiempos de Psamético I (664-610 a.C.), faraón con el que arranca la dinastía XXVI y en él pretendemos recrear el periplo de un navío fenicio que partiendo del Delta del Nilo habrá de navegar hasta las aguas del Océano Atlántico en busca de Tartessos, el legendario Reino del Fin del Mundo.

Tengo intención de publicar el relato en un total de cinco entregas, que iré subiendo al blog en las próximas semanas.

Conscientemente el texto está escrito como si se nos hubiera transmitido en un documento egipcio antiguo (supuestamente sería la biografía de Meriamon, escrita en las paredes de la cámara funeraria de su tumba). Si no entendéis algún detalle o tenéis alguna duda, decirlo en vuestros comentarios. Yo haré todo lo posible por resolverlas.

Espero que os guste…

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El dios único de los egipcios



En los “Textos de los Sarcófagos” de los antiguos egipcios, en el denominado “Libro de los dos caminos”, algunos de los sarcófagos contienen un conjuro que nos habla de las bases espirituales y materiales de la creación. En ese texto se sugiere la necesidad de hacer el bien en la tierra para resultar grato a la divinidad. En concreto, se argumenta que Dios no es quien ordenó a los hombres que hicieran el mal, sino que son ellos los que no le obedecen. Veamos ese texto en el que “Aquel cuyos nombres son secretos, el Señor de la Totalidad”, nos habla de sus buenas acciones en favor de la humanidad (Conjuro 1.130):

“... He hecho cuatro buenas acciones en el centro de las puertas del horizonte. He hecho los cuatro vientos, que cada hombre puede respirar en su tiempo (de vida). Éste es uno de mis dones. He hecho la Gran Inundación, para que el pobre igual que el grande tengan fuerza. Éste es uno de mis dones. He hecho cada hombre igual que su compañero (semejante). No les he ordenado que hagan el mal, son sus corazones los que desobedecieron lo que yo había dicho. Éste es otro de mis dones. Hice que sus corazones no dejaran de recordar el Occidente, para que hicieran ofrendas a los dioses de los nomos. Éste es otro de mis dones. Con mi sudor es con lo que he creado a los dioses, con el llanto de mis ojos a los hombres”.

En este viejo texto egipcio podemos destacar lo siguiente:

- La creencia en un Dios Primigenio que ha creado a los demás dioses y a los hombres. Este es uno de tantos escritos egipcios en los que aflora la idea de un Dios Único.

- Dios ha creado el aliento de la vida (los cuatro vientos que cada hombre puede respirar en su tiempo de vida).

- Dios hace que el Nilo se desborde cada año, llevando la fertilidad y la vida a las tierras de Egipto.

- Dios ha hecho semejantes a todos los hombres (una creencia, sin duda, muy avanzada para los tiempos en que nos movemos).

- Dios no aprueba que el hombre, contrariando sus indicaciones, haga el mal. El quiere que hagamos el bien.

- Dios, finalmente, nos aconseja que nuestros corazones no olviden que nuestro destino final es el Reino de Occidente (el mundo del Más Allá). Allí alcanzaremos una existencia inmortal.

Los “Textos de los Sarcófagos” se fechan en los tiempos del Reino Medio egipcio y son un claro antecedente de lo que hoy conocemos como “Libro de los Muertos”, que surgirá en en el Reino Nuevo.


Imagen: Antiqva Photo

martes, 31 de mayo de 2011

UN MUNDO DE TINIEBLAS




Habrían de saber pronto los hombres que el peligro que el oráculo de Hathor había vaticinado habría de materializarse en las cercanas aguas del Egeo cuando entró en erupción el volcán Thera, que causó la inmediata destrucción de la cultura cretense. La colosal explosión hizo que un inmenso hongo de cenizas cubriera el cielo. Dejó de ser de día y las tinieblas reinaron en el mundo. Los campos de cultivo, como devastados por una plaga de langosta, se consumieron. Muchas personas, sobre todo niños y ancianos, murieron asfixiados. En Egipto, una lluvia inusual que vomitó un mar de agua y ceniza sobre la Tierra Roja del desierto hizo que el Nilo se convirtiera en un río de sangre. El faraón, atemorizado ante lo que estaba sucediendo, quiso congraciarse con la divinidad y permitió que todos los esclavos fueran liberados. A cambio, ellos deberían dirigir sus plegarias a sus dioses para que el Sol volviera a brillar. Todos debían orar para que las desgracias cesaran.

Mucho tiempo después, los griegos habrían de afirmar que aquella colosal explosión que había destruido los palacios cretenses había sido producida por Vulcano, el dios del fuego, que habría recibido de Zeus la orden de fabricar en su fragua del inframundo los rayos más poderosos que nunca nadie hubiera podido contemplar. El gran dios deseaba poseer esos rayos para atemorizar a los hombres.

Los fortísimos golpes de Vulcano en su fragua habrían terminado ocasionando, según narrarían los poetas helenos, el derrumbe del techo del inframundo, que se habría desplomado siendo sus escombros consumidos por el fuego. La explosión que produjeron las llamas al llegar a la superficie de la tierra habría de sacudir las aguas del Egeo, aniquilando la vida en sus islas y causando un inmenso pavor a las gentes que poblaban sus riberas. Habrían sido, en suma, los terribles golpes de Vulcano, si creemos a los griegos, los que hicieron que el volcán Thera reventara.

Gracias a esa explosión descomunal, cuyas cenizas cubrieron de tinieblas todo el mundo conocido, causando en Egipto la muerte y el dolor, un pueblo de esclavos, los hebreos, acaudillado por Moisés, habría de arribar a la tierra que desde la noche de los tiempos su dios les tenía prometida.


NOTAS

Este cuento es una fabulación en la que hemos mezclado momentos históricos o míticos no coincidentes en el tiempo. Hemos de dejar constancia, no obstante, de que en 1948 el arqueólogo Claude Schaeffer descubrió entre los escombros del palacio real de Ugarit una tablilla de arcilla, que fue catalogada como KTU 1.78. En ella, en signos cuneiformes, alguien había escrito una inscripción en la que se hablaba de cierto suceso astronómico. Decía: “En el sexto segmento del día de la luna nueva del mes iyya, el Sol se escondió. Su portero es Resheph. Se examinaron dos hígados. ¡Peligro!”. En nuestro relato hemos reproducido ese texto, si bien adaptando su contenido al mundo egipcio. Citada tablilla fue fechada en el año 1192 a.C. Eran los tiempos terribles de las invasiones de los Pueblos del Mar. La explosión del volcán Thera (isla de Santorini) habría sucedido en torno al 1600 a.C.

La Profetisa de Hathor, la reverenciada Set-Net-Inheret, Único Ornato Real, fue también un personaje real. Según una estela fechada en el Primer Periodo Intermedio que fue hallada en Naga-Ed-Deir, esta mujer habría sido la esposa de Ibu, que fue un “Noble Hereditario, Príncipe, Canciller del Rey del Bajo Egipto, Compañero Único del Rey del Bajo Egipto, Sacerdote Lector, reverenciado ante el gran dios, Señor del Cielo, que hace lo que su señor desea cada día”. Cuando Ibu murió, Inheret le dedicó esa estela funeraria.


Imagen: Antiqva Photo

jueves, 26 de mayo de 2011

EL ORÁCULO DE HATHOR



Set-Net-Inheret, Único Ornato Real, reverenciada Profetisa de Hathor, había dejado escrita en una tablilla de arcilla su honda preocupación:

-En el sexto día de la luna nueva del mes de la Inundación, el Sol se ocultó. Su portero es Anubis. Se examinaron dos hígados. ¡Peligro!

Los hombres del valle del Nilo estaban poseídos por el miedo. En la Tierra de los Dioses se había producido un eclipse total de Sol. Parecía que había llegado el fin de todas las cosas. El Sumo Sacerdote de Amón había hablado:

-Anubis, el díos que cada anochecer abre al Sol el acceso al inframundo ha decidido que esta mañana el astro dios quede oculto a los ojos de los hombres. Nuestro rey ha ordenado que se sacrifiquen dos ovejas y que sus hígados sean estudiados por los augures. Estos, temblorosos, me han hecho saber que un inmenso peligro amenaza a nuestro país.

-Han afirmado –prosiguió el Sumo Sacerdote- que Amón, el gran dios, está ahora preso en el inframundo. Desprovistos de su luz, los hombres veremos como las plantas pierden el aliento de la vida. La Tierra Negra debe saber que está amenazada por el infortunio. Momentos de escasez y de hambre nos acechan.

-He podido contemplar –dijo la Profetisa Inheret, arrodillada ante su rey- que han de venir tiempos en que en los ríos correrá la sangre en lugar del agua. La langosta aniquilará las cosechas de los campos. Nuestros hijos morirán. Antes habremos de ver como la oscuridad lo ensombrece todo. Los días pasarán a ser noches. Apresado el Sol en el infierno, las tinieblas cubrirán la tierra.

Habrían de saber pronto los hombres que el peligro que el oráculo de Hathor había vaticinado habría de materializarse en las cercanas aguas del Egeo cuando entró en erupción el volcán Thera, que causó la inmediata destrucción de la cultura cretense…


(Continuará en una segunda parte…)


Imagen: Frente a la caldera del volcán Thera, en la isla de Santorini – Antiqva Photo

martes, 22 de marzo de 2011

DEL SOL Y SUS RAYOS

Antiqva Photo





Aquella mañana el cielo estaba nublado y el Sol hacía lo que buenamente podía para alcanzar la tierra con sus rayos. Contemplando las nubes, mientras paseaba, reparé en algo que me llamó la atención. Tenía la máquina digital a mano, de modo que disparé algunas fotografías.

Si os fijáis en esta imagen, técnicamente mediocre ya que enfoca directamente al Sol, podréis apreciar que en su zona central los rayos que descienden están delimitando la silueta de una etérea pirámide.

Aquí está la idea que fundamentó que los monumentos funerarios más conocidos de los egipcios adoptaran, hace ya casi 5.000 años, la forma piramidal. Para las gentes del valle del Nilo el Dios primigenio era Atum, que identificaban con el Sol (Ra) cuando este se manifestaba a los humanos. Vinculadas a ese culto al Sol los egipcios alzaron pirámides que habrían de permitir que los faraones, una vez que fallecieran, ascendieran al Reino Celeste. Las pirámides eran “maquinas” que permitían la ascensión del espíritu del rey en un viaje solar que habría de culminar cuando se integraran con Aquel que los había creado.

En un antiquísimo texto egipcio, que hoy conocemos como “La historia de Sinuhé”, se nos habla de ese proceso que ha de acontecer tras la muerte:

“En el año treinta de su reinado, en el mes tercero de la inundación, en el día séptimo, el rey del Alto y del Bajo Egipto Sehetepibra, el dios, subió a su horizonte. El dios voló hacia el cielo para unirse con Atum; el cuerpo divino se unió con el creador. La Residencia (palacio real) estaba en silencio y los corazones estaban de luto…”

Los egipcios, hace ya mucho tiempo, repararon en ese aspecto piramidal de los rayos del Sol desparramándose sobre la tierra y decidieron emprender la construcción de pirámides cuya cúspide estaba coronada por una piedra revestida con planchas de oro o bronce (el piramidión) que despedía un brillo intenso, símbolo del propio fulgor del Sol.

lunes, 8 de noviembre de 2010

MORIR EN EGIPTO





“Las aventuras de Sinuhé” es una de las obras maestras de la literatura del antiguo Egipto. Su protagonista es un hombre que atemorizado por los acontecimientos que envolvieron la muerte de Amenemhat I decidió huir de Egipto e inició una nueva vida en las tierras de Asia.

Llegado a la vejez, Sinuhé recibió noticias del faraón Sesostris que le pedía que retornase a Egipto. En el cuento el rey convencerá a su súbdito cuando le hable de la necesidad de todo egipcio de morir y ser enterrado en Egipto. Vamos a reproducir las palabras de Sesostris, siguiendo la versión del viejo cuento en la traducción de Jesús López:

“Vuelve a Egipto –dice el rey a Sinuhé- y verás la Residencia (real) en la que has crecido, olerás la tierra ante la gran Doble Puerta y te reunirás con los amigos. Hoy, ciertamente, has empezado a envejecer y has perdido la potencia sexual. Piensa en el día del entierro, en el partir hacia el estado de bienaventurado. Se te asignará una noche con ungüentos y bandas (de momia) (que provienen) de las manos de Tait. Se te hará un cortejo fúnebre el día del entierro: el sarcófago interior de oro, la cabeza (máscara) de lapislázuli; el cielo sobre ti, tu colocado en el ataúd; los bueyes te arrastrarán y los cantantes avanzarán delante de ti. Se ejecutará la danza de los muu, se leerá en voz alta (la lista) de las ofrendas (funerarias) y se matarán (animales) en la entrada de tu capilla. Tus pilares (de la tumba) construidos con piedra blanca, (estarán) en medio de (las tumbas) de los príncipes. No morirás en tierra extranjera… Durante mucho tiempo has recorrido la tierra, piensa en la enfermedad y vuelve (a Egipto).”

El cuento de Sinuhé finaliza, una vez que el protagonista ha regresado a Egipto, enumerando las previsiones funerarias que se han establecido para cuando llegue el momento de su muerte:

“Una tumba de piedra fue construida para mí –dice Sinuhé- en medio de las otras tumbas. El director del equipo de canteros de la tumba se encargó de su suelo, el jefe de los dibujantes dibujó, el jefe de los escultores grabó y los directores de trabajos que estaban a cargo de la necrópolis se ocuparon de ella (la tumba). Todo el mobiliario que se coloca (habitualmente) en la cámara funeraria se cuidó que (fuera colocado) allí.

Me fueron asignados servidores del Ka y me fue constituido un dominio funerario. Había en él tierras cultivadas con un huerto junto al lugar (funerario), como se hace para un Amigo de rango superior. Mi estatua estaba recubierta de oro, su falda de electro. Fue su Majestad quien ordenó que ello fuera hecho. No hubo (otro) hombre humilde por quien se hiciera lo mismo. Y yo gocé del favor del rey hasta que llegó el día de echar amarras.”


lunes, 20 de septiembre de 2010

DE LA VIDA Y DE LA MUERTE




Una vez que Senptah se ocupó de que la Sala Santa de Imhotep fuese adecuadamente embellecida, tal y como el dios le había pedido, su esposa quedó de nuevo encinta. El hijo varón nació el día en que se celebraba la festividad de este dios venerable y sus padres le pusieron el nombre de Pedibast. Se habían materializado, al fin, los deseos de Senptah y este Sumo Sacerdote y su bella esposa se sintieron felices. Taimhotep tenía entonces 26 años.

Quisieron los dioses, sin embargo, que esa felicidad fuese efímera. Sólo duró cuatro años, ya que la esposa del Sumo Sacerdote, cuando contaba solamente 30 años, habría de fallecer. Pedibast tenía sólo cuatro años cuando el cuerpo momificado de su madre fue enterrado en las arenas del estéril desierto rojo, en la necrópolis de Menfis. Para entonces, su espíritu había volado a los cielos.

Fue entonces cuando Senptah, iniciado en los Misterios de la Vida y la Muerte, tomó conciencia de que en su vida se había cumplido algo terrible de lo que Atum, el Dios Primigenio que lo había creado todo, ya había hablado en la noche de los tiempos. Senptah, arrodillado, orando entre lágrimas ante el cuerpo momificado de su amada Taimhotep, escuchó en su mente las palabras de Atum:

-A los dioses los creé de mi sudor, pero los hombres provienen de las lágrimas de mi ojo…”

Supo así Senptah que alguna ley eterna había establecido que el nacimiento de su hijo Pedibast, que tanto había deseado, tuviera que ser pagado con las lágrimas de sus ojos por la muerte de su amada esposa Taimhotep.

Los hombres que estudian los textos funerarios del antiguo Egipto saben que Taimhotep, en su inscripción funeraria, hizo saber a su esposo que a pesar de que ella había muerto él debía vivir y ser feliz. Le pedía que no dudara en alimentarse y cuidarse. Senptah debía vivir para si y para el hijo que tanto había deseado. Eso era lo que Taimhotep, desde el Reino Celeste, deseaba.

El Sumo Sacerdote, sin embargo, no hizo lo que Taimhotep le había pedido. Sólo un año después su cuerpo habría también de abandonar la vida. Las plegarías de los hombres de Menfis hicieron que su dolorido espíritu ascendiera al Reino Celeste y se integrara en el Disco Solar con Aquel que lo había creado.


Algunas notas

Aneck-Taui, donde estaba situada la Sala Santa en la que reposaba el cuerpo de Imhotep, era un barrio de Menfis.

La inscripción que hemos mencionado sobre la memoria de Imhotep en los libros se conserva en el Museo Británico.

Para la elaboración de este cuento hemos utilizado la información procedente de algunos documentos egipcios antiguos:

De un lado, la Estela de Taimhotep, de tiempos ptolemaicos, que también se conserva en el Museo Británico. Está mujer habría nacido en el año 73 a.C., en el año noveno del reinado de Ptolomeo XII (Neos Dionisios), en tanto que el hijo tan deseado habría nacido en el año 46 a.C., en el año sexto del reinado de Cleopatra VII.

Taimhotep habría fallecido en el año 42 a.C. Su esposo falleció un año después.

Hemos manejado también el texto de la denominada Estela del Sueño. Se trata de una estela de granito que tiene un peso de 15 toneladas. Fue erigida por Tutmosis IV en el año primero de su reinado (hacia 1400 a.C.). La estela se conserva entre las patas delanteras de la Esfinge de Giza.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

IMHOTEP, EL HOMBRE QUE FUE DIOS




Todo había comenzado algunos años antes. Senptah, Sumo Sacerdote de Ptah en Menfis, se sentía un hombre desgraciado. A pesar de que tenía 43 concubinas y a todas las había conocido del modo en que un hombre debe conocer a una mujer a la que ama, nunca había tenido un hijo varón.

Cierto día, Senptah vio a una mujer especialmente bella. Se llamaba Taimhotep y tenía 14 años. Senptah, cuando contempló su rostro, se sintió atraído por ella y pronto contrajeron matrimonio. Algunos años después, Taimhotep, en su estela funeraria, habría de dejar escrito:

-Este Sumo Sacerdote de Ptah me deseaba mucho, de modo que me quedé encinta de él varias veces, pero nunca alumbré a un hijo varón. Nacieron tres hijas. Recé junto con el Sumo Sacerdote a la Majestad de Imhotep, hijo de Ptah, dios venerable, grande en milagros, benévolo en sus acciones, que da un hijo a quien no lo tiene… El dios oyó nuestras plegarias, escuchó nuestras solicitudes. Y fue así como la Majestad de este dios vino donde este Sumo Sacerdote y le habló en un sueño revelador…

Senptah y Taimhotep sabían que Imhotep, cuando vivió en la Tierra Negra, había sido un hombre sabio que había alcanzado los más altos cargos del reino: Portasellos del Rey del Bajo Egipto, Uno Que Está Cerca de la Cabeza del Rey (Visir), Jefe de la Gran Mansión, Representante Real, Sumo Sacerdote del templo de Ra en Heliópolis y el Carpintero y el Escultor del Rey. Alcanzó una tan elevada sabiduría en su vida terrena que los hombres, cuando murió, no dudaron en proclamar que había sido un dios, hijo del divino Ptah. Pronto todos conocieron que Imhotep era un dios benevolente al que los hombres y las mujeres dirigían sus ruegos cuando deseaban tener un hijo. Todos los hombres de Egipto supieron así de las virtudes médicas de Imhotep y de su poder de fecundación.

Desde muy antiguo, esa sabiduría inmensa de Imhotep había llamado la atención de las gentes del valle del Nilo. Él había sido el arquitecto que construyó la Casa de la Eternidad del rey Dyoser, en Saqqara, una inmensa pirámide escalonada en diferentes alturas que había sido el primer edificio de tamaño colosal construido enteramente con sillares de piedra. Nunca antes se había hecho nada igual en Egipto. La pirámide construida por Imhotep, la primera que se alzó a los cielos en la Tierra Negra, era una escalinata inmensa que debía facilitar que el espíritu de Dyoser, cuando el rey muriera, ascendiera al Reino Celeste de Ra. Mucho tiempo después, los antiguos griegos habrían de reconocer que Imhotep no era sino la encarnación egipcia de Asclepios, el dios heleno de la Medicina.

Pasados los siglos, los hombres sabios de Egipto, al recordar la sabiduría inmensa que había envuelto la vida de Imhotep cuando había vivido como hombre en la tierra, habrían de dejar escrito:

-Un libro tiene más valor que una casa o una tumba en el desierto occidental. ¿Hay alguien como Imhotep? Hombres como él pudieron irse y sus nombres desvanecerse de la memoria, pero por sus escritos serán siempre recordados…

viernes, 10 de septiembre de 2010

EL SUEÑO DE SENPTAH




Habló entonces Atum: “A los dioses los creé de mi sudor,
pero los hombres provienen de las lágrimas de mi ojo…”

Libro egipcio de los Dos Caminos al mas allá
Textos de los Sarcófagos



Uno de aquellos días sucedió que Senptah llegó a Menfis a la hora del mediodía. Estaba cansado tras haber realizado un viaje y se acostó en el jardín buscando la dulce sombra de un sicomoro.

Fue entonces, en el momento en que el sol alcanzaba su cenit, cuando su mente vagaba por el mundo de los sueños, cuando sintió que Imhotep, el gran dios, hijo de Ptah, tomaba posesión de su cuerpo. Pudo así Senptah escuchar como la Majestad de este noble dios, de mismo modo en que un padre se dirige a su hijo, le hablaba a través de su propia boca. Le dijo:

-Mírame, obsérvame, Senptah, amado por Ptah, mi padre… Quiero que me escuches, hijo mío, soy Imhotep, tu padre. Me has pedido un hijo varón y yo he accedido a concederte eso que tu corazón desea. Yo te daré un hijo varón y toda la tierra que ilumina el Ojo de Ra se sentirá feliz. Tu mandíbula reirá plena de gozo. La mandíbula de Taimhotep, tu esposa, te acompañará en la risa. Debes saber que mi rostro lleva fijándose en ti desde hace muchos años. Mi corazón te pertenece y tú me perteneces a mí.

-Antes -prosiguió el dios-, debes escucharme. Quiero pedirte algo. Es mi deseo que te ocupes de que se haga un gran trabajo de embellecimiento en mi Sala Santa de Aneck-Taui, en el lugar de Menfis en el que reposa mi cuerpo momificado de hombre. Si cumples mi deseo, yo te recompensaré con un hijo varón.

-Quiero que tú hagas todo lo que está en mi corazón, pues sé que tú eres mi hijo y mi protector. Acércate, Senptah, siento que yo estoy contigo. Yo soy tu padre. Yo soy tu guía. Te pido que hagas que mi Sala Santa retorne a su esplendor de otros tiempos pasados. Es mi deseo que sea embellecida. Ocúpate de que todo vuelva a brillar del mismo modo en que reluce en el cielo la luz de Amón-Ra.

Cuando Imhotep hubo hablado, Senptah se despertó. Abrió los ojos y se postró de rodillas para adorar a este dios venerable. Esa misma tarde informó de la visión que había tenido a los Profetas del templo de Ptah, a los Jefes de los Secretos, a los Libadores Divinos y a los artesanos de la Casa del Oro. A estos, les ordenó que hicieran un trabajo excelente en la Sala Santa. Todo lo que Senptah ordenó fue realizado. Todo se hizo del modo en que Imhotep había deseado.

Ordenó luego Senptah que se realizara una ceremonia funeraria de Apertura de la Boca para Imhotep y se ocupó de que se llevara a cabo una gran ofrenda de todas las cosas buenas para este dios venerable. Después, alegró los corazones de todos los artesanos que habían trabajado otorgándoles cosas gratas a sus necesidades y sus sentidos. Feliz por todo ello Imhotep concedió que Taimhotep quedase encinta de un hijo varón...

sábado, 14 de agosto de 2010

EL SUEÑO DE SENPTAH

Ensoñación fotográfica




Uno de aquellos días sucedió que Senptah llegó a Menfis a la hora del mediodía. Estaba cansado tras haber realizado un viaje y se acostó en el jardín buscando la dulce sombra de un sicomoro.

Fue entonces, en el momento en que el sol alcanzaba su cenit, cuando su mente vagaba por el mundo de los sueños, cuando sintió que Imhotep, el gran dios, hijo de Ptah, tomaba posesión de su cuerpo. Pudo así Senptah escuchar como la Majestad de este noble dios, de mismo modo en que un padre se dirige a su hijo, le hablaba a través de su propia boca. Le dijo:

-Mírame, obsérvame, Senptah, amado por Ptah, mi padre… Quiero que me escuches, hijo mío, soy Imhotep, tu padre. Me has pedido un hijo varón y yo he accedido a concederte eso que tu corazón desea. Yo te daré un hijo varón y toda la tierra que ilumina el Ojo de Ra se sentirá feliz. Tu mandíbula reirá plena de gozo. La mandíbula de Taimhotep, tu esposa, te acompañará en la risa. Debes saber que mi rostro lleva fijándose en ti desde hace muchos años. Mi corazón te pertenece y tú me perteneces a mí.

-Antes -prosiguió el dios-, debes escucharme. Quiero pedirte algo…


(Estos días veraniegos vengo dedicando algo de tiempo a dar forma a dos nuevos “Cuentos Egipcios”… Uno de ellos se titulará “El fantasma del Valle de los Reyes”. Hace algún tiempo ya publiqué un pequeño fragmento en “Imágenes y palabras”. El otro cuento, del que ahora publico su inicio llevará por título “El sueño de Senptah” y girará en torno a la legendaria figura de Imhotep, el hombre que llegó a ser dios.

De momento, estoy dando forma a los dos cuentos… Espero ser capaz de terminarlos en estos próximos días…)

jueves, 5 de agosto de 2010

LOS EGIPCIOS Y SUS MISTERIOS




LOS EGIPCIOS Y SUS MISTERIOS


Tras unas semanas de ausencias vacacionales estamos de nuevo incorporados. Os invitamos a visitar un nuevo espacio que estamos creando en el que nos proponemos ir penetrando, en entregas sucesivas, en los "Misterios" de los antiguos egipcios, aproximándonos en la medida de lo posible a sus creencias sobre el hombre, su composición y su destino en el mas allá. Para ello, podéis "pinchar" en la imagen... Sed bienvenidos...