Joaquín Sabina, tan poeta como “canalla”, en el buen sentido de esa palabra, nos brindó hace algunos años una creación que permite evocar unos tiempos terribles de la historia, ya cada vez menos reciente, de nuestro país. Es esa canción que arranca hablando de:
“Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
“el género dentro por la calor”…
Cuando, envuelto en los recuerdos y la nostalgia, escucho esta canción no puedo sino evocar los años de mi infancia, de aquella infancia tan añorada en la que realmente nada teníamos salvo la felicidad “en estado puro”, privada de todo lo que pudiera ser meramente material. En aquellos tiempos, los niños de los barrios humildes, privados de posibles ornamentos materiales éramos felices casi al modo de los ángeles, si es que los ángeles han sido alguna vez felices, cosa que desconozco.
Debo aclarar que en nuestro hogar, tan pobre como feliz, nunca nos faltó un plato de comida. Mentiría si dijera que conozco lo que es pasar hambre. En aquellos hogares en donde, realmente, sintieran el hambre físicamente o faltara el amor de los padres, las cosas –sin duda- serían muy distintas.
Pues si, amigos, lo cierto es que en aquellos tiempos las cosas materiales brillaban por su ausencia, si bien los niños –al no haberlas conocido- tampoco las echábamos en falta. Sería imposible explicar esto a los niños de hoy. Ah, aquellos tiempos en que uno peleaba todas las tardes, durante un ratito, con “El Capitán Trueno” deseando arrebatarle a su enamorada, la bellísima Sigrid, aquella legendaria princesa vikinga…
Siempre que escucho la canción de Sabina acuden a mi mente pasajes de esa infancia feliz, que parecían haber quedado olvidados pero que sin duda quedaron bien “amarrados” en mi mente.
Parece, así, que estoy viviendo aquel anochecer de invierno en que mi madre y yo, como en tantos otros anocheceres, estamos acechando en las inmediaciones del Cine Capitol, esperando a que mi hermana salga de sus clases de “Corte y confección”, no sea que algún jovencito vaya a molestar, a esas horas, a la niña.
Parece, también, que estoy jugando a las chapas con aquellos muchachitos, compañeros de clase en la Escuela Nacional “Miguel de Cervantes”, que tienen las manos invadidas de sabañones, molesta enfermedad producida –según dicen algunos- por los fríos. Estamos jugando, protegidos del viento por un murete, en el patio de ese colegio, que todavía existe, que en los tiempos de la guerra había sido utilizado como centro de mando de las tropas italianas que vinieron a apoyar a los “nacionales”. Ah, cuantas mujeres de las Delicias, “muertas materialmente de hambre” se habían “liado” con esos soldados extranjeros buscando algo que poder comer. Sin duda, Dios las habrá perdonado, ¡faltaría más!
Parece –y sigo- que estoy viendo a mi padre, en una inmensa y fría sala de un hospital militar en el que se acumulan más de treinta camas con enfermos. Está, según se entra, en la parte de la derecha, al lado de una gran ventana y tiene en las manos un enorme tazón lleno hasta colmatar de aceite de ricino. Lo tiene que tomar, “sin dejar nada”, le acaba de decir una monja, ya que a la mañana siguiente va a ser operado, y tiene que “estar limpio”.
-“Anda, Leo –le dice a mi madre- iros ya, que no quiero que el niño me vea tomando esto…”
Parece, también, que ahora mismo, en una tarde de verano, estoy en la tienda de ultramarinos del Sr. Jonás. Mi madre está comprando algo y yo, al lado del mostrador de madera, me estoy comiendo trocitos de un bacalao salado que el tendero tiene expuesto encima de ese mostrador, a la altura de mi cabecita. Oh, que placer siento robando lonchitas de bacalao, que arranco con mis deditos y allí mismo me como pensando que nadie me está viendo. Posiblemente, el Sr. Jonás está haciendo la “vista gorda”. Mi madre, a fin de cuentas, es una buena clienta, de las que compran “al fiado” pero que luego, a fin de mes, pagan religiosamente.
En algún momento, mi madre ha pedido algún “comestible” de naturaleza más perecedera y el buen hombre invariablemente responde:
-“Si, señora Leo, ahora mismo te lo traigo, es que lo tengo dentro, en el fresco, porque aquí, con estos calores, ya se sabe…”
Y tan pronto como desaparece en el interior de la tienda, yo aprovecho para pegar otro tirón al bacalao y me llevo el despojo, rápidamente, a la boca, saboreando su intensa sensación salada.
Eran aquellos unos tiempos en que “habían pasado ya los nacionales…”. Si, son aquellos tiempos en que la gente de las Delicias, en sus habladurías, cuenta en voz baja que el Sr. X, el barbero del barrio, cuando acabó la guerra, había sido “mal fusilado” por los falangistas. Gracias a Dios se había podido salvar. Ya comenté algo de esto en:
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Ah, que tiempos…, podría seguir contando más cosas, pero debo dejarlo. Alguien dirá ahora que parece que esas cosas sucedieron hace cientos de años, pero no es así, no ha pasado tanto tiempo; de hecho, seguían pasando cuando uno era niño.
Un niño, me reitero, que tuvo una infancia tremendamente feliz, despojado de todo salvo de lo que es realmente importante: el inmenso Amor de su familia.
Todas estas cosas, y tantas otras similares, hacen que ese niño que quisiera seguir siendo, cuando escucha “De purísima y oro”, se ponga un poco sentimental.
Ese “canalla” de Sabina es el que tiene la culpa.
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