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lunes, 1 de junio de 2015

El sol de Andalucía

 
 
 
 
Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana.
 
Joaquín Sabina – Noches de boda
 
 
 
 
 

viernes, 8 de agosto de 2014

Donde la ciudad cambia de nombre





Aunque muera en verano
y tenga prisa en invierno,
la primavera sabe
que la espero en Madrid…

A mitad de camino,
entre el infierno y el cielo,
yo me bajo en Atocha,
yo me quedo en Madrid…


Joaquín Sabina – Yo me bajo en Atocha





sábado, 15 de diciembre de 2012

Cuentos de hadas

Apertura f/10 
Tiempo de exposición 1/40 s
Velocidad ISO – 200
Distancia focal 45 mm
Compensación de la exposición -0,70
HDR 


“Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina…”

Joaquín Sabina, Noches de boda 




La señorita C. recordaba que una vez había amado.Con eso le bastaba.


viernes, 15 de julio de 2011

Noches de boda




Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer ni mañana.

Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel…

Joaquín Sabina


Imagen: Antiqva Photo

jueves, 10 de febrero de 2011

DE LOS OLVIDOS




Cuando se despertó,
no recordaba nada
de la noche anterior,
“demasiadas cervezas”,
dijo, al ver mi cabeza,
al lado de la suya, en la almohada…
y la besé otra vez,
pero ya no era ayer,
sino mañana.
Y un insolente sol,
como un ladrón, entró
por la ventana.

Joaquín Sabina (Donde habita el olvido)
.
.
.
El otro día, cuando tomaba algunas fotografías en lo que fue antigua sinagoga de la Juderia de Córdoba, reparé en que un rayo de luz bellísimo entraba por una de las ventanas del patio de acceso al edificio e iluminaba con rabia una vieja escalera de madera... Entonces, me acordé de la canción de Sabina, ese canalla cuyas letras tanto me gustan...

domingo, 12 de abril de 2009

CÁNTAME UNA CANCIÓN AL OIDO...

Imagen. Antiqva



… con una condición:
que me dejes abierto el balcón
de tus ojos de gata…

Joaquín Sabina (Y nos dieron las diez)
.

jueves, 21 de agosto de 2008

CANCIÓN TRISTE



“Me abandonó,
como se abandonan
los zapatos viejos,
destrozó el cristal
de mis gafas de lejos,
sacó del espejo
su vivo retrato,
y, fui, tan torero,
por los callejones
del juego y el vino,
que, ayer, el portero,
me echó del casino
de Torrelodones.
Qué pena tan grande,
negaría el Santo Sacramento,
en el mismo momento
que ella me lo mande…”





¡Ay, amigo Joaquín, que dolor…! Este fin de semana “el Innombrado”, ese gato negro que está llegando ahora a su madurez, y Antiqva, por las noches, entristecidos, nos hemos tomado más de una copa de Pedro Ximénez, con los ojos húmedos, mientras mirábamos al cielo y contemplábamos las estrellas.

Y es que Natacha, la gata blanca, madre de “el Innombrado”, ha decidido “echarnos al mundo” a los dos y se ha largado, sin dejar sus señas, con sus dos nuevos gatitos blancos.

“El Innombrado”, amigo Joaquín, lloroso, intentaba explicarme el jueves pasado, por la noche, lo que había sucedido: “Hijo –le había dicho Natacha- ya estás hecho “todo un gato” y no te puedo seguir criando. Te tienes que buscar la vida tu solo. Lárgate –hijo-, te ha llegado la hora de hacerlo.”

“Pero mami, que estás diciendo…”

“Qué te largues de una vez, que una –decía cada vez con más energía Natacha- tiene más que de sobra con los dos “ositos” blancos que me han caído encima.”

Pero –según me contó el animal- la que se largó, sin dejar rastro, fue ella, llevándose, detrás, a los dos “ositos”. “Ah –le dijo cuando se alejaba con los críos- y le dices a Antiqva que su dudosa hospitalidad no nos sirve. Precisamos “pensión completa” todos los días y no solamente los fines de semana, como él nos ofrece.”

A la sombra de las estrellas, “El Innombrado”, estas noches pasadas, me seguía contando, siempre entre lágrimas, que él no había podido hacer nada. Su madre había tomado una decisión y se había largado, sin mirar atrás, quién sabe adonde.

Y aquí estamos, “El Innombrado” y Antiqva, tirados como “unos zapatos viejos”, consolándonos el uno al otro, en la noche, mientras nos tomamos unas copitas de vino dulce amontillado. Ahora mismo le estoy mirando, mientras el animal paladea las gotitas de riquísimo licor, con los ojos, eso si, empañados por la niebla.

Y es que “El Innombrado”, ese bello gato negro, me ha dicho que ha decidido, de momento, quedarse con nosotros, siempre que no le tengamos demasiado atosigado y que no le pongamos horarios cuando, por las noches, salga de parranda.

Y entre sorbo y sorbo de Pedro Ximénez hemos decidido cristianizarlo, que ya era hora. Y, claro, nada mejor que ponerle el nombre de su padre, animal que por cierto desapareció sin dejar ninguna pista hace ya demasiados meses (el padre de los “ositos” blancos es otro).

A partir de ahora, “el Innombrado”, ese gato negro que cada vez me parece más bello, ya tiene nombre, se llama, al igual que su papá: “Rubito”.

¡Pensar que nos quedan, al menos, 500 noches de lamentos en la oscuridad por Natacha y sus “ositos”!


ACLARACIÓN
Es triste, pero lo cierto es que el trasfondo de este cuento es plenamente real. Natacha y sus “ositos” blancos han desaparecido, en tanto que “Rubito” ha estado rondando nuestra casa, a todas horas, tan solitario como incansable, todo el fin de semana.


miércoles, 11 de junio de 2008

NIÑOS, ÁNGELES Y CANALLAS




Joaquín Sabina, tan poeta como “canalla”, en el buen sentido de esa palabra, nos brindó hace algunos años una creación que permite evocar unos tiempos terribles de la historia, ya cada vez menos reciente, de nuestro país. Es esa canción que arranca hablando de:

“Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
“el género dentro por la calor”…

Cuando, envuelto en los recuerdos y la nostalgia, escucho esta canción no puedo sino evocar los años de mi infancia, de aquella infancia tan añorada en la que realmente nada teníamos salvo la felicidad “en estado puro”, privada de todo lo que pudiera ser meramente material. En aquellos tiempos, los niños de los barrios humildes, privados de posibles ornamentos materiales éramos felices casi al modo de los ángeles, si es que los ángeles han sido alguna vez felices, cosa que desconozco.

Debo aclarar que en nuestro hogar, tan pobre como feliz, nunca nos faltó un plato de comida. Mentiría si dijera que conozco lo que es pasar hambre. En aquellos hogares en donde, realmente, sintieran el hambre físicamente o faltara el amor de los padres, las cosas –sin duda- serían muy distintas.

Pues si, amigos, lo cierto es que en aquellos tiempos las cosas materiales brillaban por su ausencia, si bien los niños –al no haberlas conocido- tampoco las echábamos en falta. Sería imposible explicar esto a los niños de hoy. Ah, aquellos tiempos en que uno peleaba todas las tardes, durante un ratito, con “El Capitán Trueno” deseando arrebatarle a su enamorada, la bellísima Sigrid, aquella legendaria princesa vikinga…

Siempre que escucho la canción de Sabina acuden a mi mente pasajes de esa infancia feliz, que parecían haber quedado olvidados pero que sin duda quedaron bien “amarrados” en mi mente.

Parece, así, que estoy viviendo aquel anochecer de invierno en que mi madre y yo, como en tantos otros anocheceres, estamos acechando en las inmediaciones del Cine Capitol, esperando a que mi hermana salga de sus clases de “Corte y confección”, no sea que algún jovencito vaya a molestar, a esas horas, a la niña.

Parece, también, que estoy jugando a las chapas con aquellos muchachitos, compañeros de clase en la Escuela Nacional “Miguel de Cervantes”, que tienen las manos invadidas de sabañones, molesta enfermedad producida –según dicen algunos- por los fríos. Estamos jugando, protegidos del viento por un murete, en el patio de ese colegio, que todavía existe, que en los tiempos de la guerra había sido utilizado como centro de mando de las tropas italianas que vinieron a apoyar a los “nacionales”. Ah, cuantas mujeres de las Delicias, “muertas materialmente de hambre” se habían “liado” con esos soldados extranjeros buscando algo que poder comer. Sin duda, Dios las habrá perdonado, ¡faltaría más!

Parece –y sigo- que estoy viendo a mi padre, en una inmensa y fría sala de un hospital militar en el que se acumulan más de treinta camas con enfermos. Está, según se entra, en la parte de la derecha, al lado de una gran ventana y tiene en las manos un enorme tazón lleno hasta colmatar de aceite de ricino. Lo tiene que tomar, “sin dejar nada”, le acaba de decir una monja, ya que a la mañana siguiente va a ser operado, y tiene que “estar limpio”.

-“Anda, Leo –le dice a mi madre- iros ya, que no quiero que el niño me vea tomando esto…”

Parece, también, que ahora mismo, en una tarde de verano, estoy en la tienda de ultramarinos del Sr. Jonás. Mi madre está comprando algo y yo, al lado del mostrador de madera, me estoy comiendo trocitos de un bacalao salado que el tendero tiene expuesto encima de ese mostrador, a la altura de mi cabecita. Oh, que placer siento robando lonchitas de bacalao, que arranco con mis deditos y allí mismo me como pensando que nadie me está viendo. Posiblemente, el Sr. Jonás está haciendo la “vista gorda”. Mi madre, a fin de cuentas, es una buena clienta, de las que compran “al fiado” pero que luego, a fin de mes, pagan religiosamente.

En algún momento, mi madre ha pedido algún “comestible” de naturaleza más perecedera y el buen hombre invariablemente responde:

-“Si, señora Leo, ahora mismo te lo traigo, es que lo tengo dentro, en el fresco, porque aquí, con estos calores, ya se sabe…”

Y tan pronto como desaparece en el interior de la tienda, yo aprovecho para pegar otro tirón al bacalao y me llevo el despojo, rápidamente, a la boca, saboreando su intensa sensación salada.

Eran aquellos unos tiempos en que “habían pasado ya los nacionales…”. Si, son aquellos tiempos en que la gente de las Delicias, en sus habladurías, cuenta en voz baja que el Sr. X, el barbero del barrio, cuando acabó la guerra, había sido “mal fusilado” por los falangistas. Gracias a Dios se había podido salvar. Ya comenté algo de esto en:
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Ah, que tiempos…, podría seguir contando más cosas, pero debo dejarlo. Alguien dirá ahora que parece que esas cosas sucedieron hace cientos de años, pero no es así, no ha pasado tanto tiempo; de hecho, seguían pasando cuando uno era niño.

Un niño, me reitero, que tuvo una infancia tremendamente feliz, despojado de todo salvo de lo que es realmente importante: el inmenso Amor de su familia.

Todas estas cosas, y tantas otras similares, hacen que ese niño que quisiera seguir siendo, cuando escucha “De purísima y oro”, se ponga un poco sentimental.

Ese “canalla” de Sabina es el que tiene la culpa.



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DE PURÍSIMA Y ORO



Academia de corte y confección,
sabañones, aceite de ricino,
gasógeno, zapatos topolino,
“el género dentro por la calor”.

Para primores galerías Piquer,
para la inclusa niños con anginas,
para la tisis caldo de gallina,
para las extranjeras Luis Miguel.

Para el socio del limpia un carajillo,
para el estraperlista dos barreras,
para el Corpus retales amarillos
que aclaren el morao de las banderas.

Tercer año triunfal, con brillantina,
los señoritos cierran “Alazán”,
y, en un barquito, Miguel de Molina,
se embarca, caminito de ultramar.

Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la ”señá” Cibeles,
cautivo y desarmado
el vaho de los cristales.
A la hora de la zambra, en “Los Grabieles”,
por Ventas madrugaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Celia, de Pemán y del bayón.

Enseñando las garras de astracán,
reclinada en la barra de “Chicote”,
la “bien pagá” derrite, con su escote,
la crema de la intelectualidad.

Permanén, con rodete Eva Perón,
“Parfait amour”, rebeca azul marino,
“Maestro, le presento a Lupe Sino,
lo dejo en buenas manos, matador”.

Y, luego, el reservao en “Gitanillos”,
y, después, la paella de “Riscal”,
y, la tarde del manso de Saltillo,
un anillo y unas medias de cristal.

“Niño, sube a la suite dos anisetes,
que, hoy, vamos a perder los alamares”,
de purísima y oro, Manolete,
cuadra al toro, en la plaza de Linares.

Habían pasado ya los nacionales,
habían rapado a la ”señá” Cibeles,
volvían a sus cuidados
las personas formales.
A la hora de la conga, en los burdeles,
Por San Blas descansaba el pelotón,
al día siguiente hablaban los papeles
de Gilda y del Atleti de Aviación.

J. Sabina – A. Oliver


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lunes, 26 de mayo de 2008

TE DESEO...





Que el maquillaje no apague tu risa,
que el equipaje no lastre tus alas,
que el calendario no venga con prisas,
que el diccionario detenga las balas.

Que las persianas corrijan la aurora,
que gane el quiero la guerra del puedo,
que los que esperan no cuenten las horas,
que los que matan se mueran de miedo.

Que el fin del mundo te pille bailando,
que el escenario me tiña las canas,
que nunca sepas ni cómo, ni cuándo,
ni ciento volando, ni ayer, ni mañana.

Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.
Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas, sean lunas de miel.

Que las ventanas no tengan complejos,
que las mentiras parezcan mentira,
que no te den la razón los espejos,
que te aproveche mirar lo que miras.

Que no se ocupe de tí el desamparo,
que cada cena sea tu última cena,
que ser valiente no salga tan caro,
que ser cobarde no valga la pena.

Que no te compren por menos de nada,
que no te vendan amor sin espinas,
que no te duerman con cuentos de hadas,
que no te cierren el bar de la esquina.

Que el corazón no se pase de moda,
que los otoños te doren la piel,
que cada noche sea noche de bodas,
que no se ponga la luna de miel.
Que todas las noches sean noches de boda,
que todas las lunas, sean lunas de miel.

Joaquín Sabina (Noches de boda)



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