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domingo, 28 de febrero de 2016

De los conventos





Ni las novicias más montaraces ni las más persuasivas habían logrado que dijera una palabra desde que la llevaron al convento. Una mañana, cuando estaba aguando la cal en el balde, oyó una música de cuerdas que parecía una luz más diáfana en la luz del desierto. Cautivada por el milagro, se asomó a un salón inmenso y vacío de paredes desnudas y ventanas grandes por donde entraba a golpes y se quedaba estancada la claridad deslumbrante de junio, y en el centro del salón vio a una monja bella que no había visto antes, tocando un oratorio de Pascua en el clavicémbalo. Eréndira escuchó la música sin parpadear, con el alma en un hilo, hasta que sonó la campana para comer. Después del almuerzo, mientras blanqueaba la escalera con la brocha de esparto, esperó a que todas las novicias acabaran de subir y bajar, se quedó sola, donde nadie pudiera oírla, y entonces habló por primera vez desde que entró en el convento.

-Soy feliz –dijo.

De modo que a la abuela se le acabaron las esperanzas de que Eréndira escapara para volver con ella…

Gabriel García Márquez – La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada





lunes, 12 de octubre de 2015

El gato que miraba las nubes





Y de pronto me encontré envuelto en las tinieblas del estudio. Sentí deslizarse debajo de mi mesa algo que no me pareció un cuerpo vivo sino una presencia sobrenatural que me rozó los pies, y salté con un grito. Era el gato con la hermosa cola empeñachada, su lentitud misteriosa y su estirpe mítica, y no pude evitar el calofrío de estar solo en la casa con un ser vivo que no fuera humano.

Gabriel García Marquez – Memoria de mis putas tristes





viernes, 21 de agosto de 2015

Esperando en Santorini





Ella le preguntó qué había del otro lado del mar, y él le contestó: “El mundo”.

Gabriel García Márquez – Del amor y otros demonios





viernes, 9 de mayo de 2014

Intimidades





El drama del desencantado que se arrojó a la calle desde el décimo piso, y a medida que caía iba viendo a través de las ventanas la intimidad de sus vecinos, las pequeñas tragedias domésticas, los amores furtivos, los breves instantes de felicidad, cuyas noticias no habían llegado nunca hasta la escalera común, de modo que en el instante de reventarse contra el pavimento de la calle había cambiado por completo su concepción del mundo y había llegado a la conclusión de que aquella vida que abandonaba para siempre por la puerta falsa valía la pena de ser vivida.


Gabriel García Márquez – El drama del desencantado





jueves, 24 de abril de 2014

Sueños





Ahora, junto al velador, me estaba mirando. Yo recordaba que antes también me había mirado así, desde aquel remoto sueño en que hice girar el asiento sobre sus patas posteriores y quedé frente a una desconocida de ojos cenicientos. Fue en ese sueño en el que le pregunté por primera vez: «¿Quién es usted?». Y ella me dijo: «No lo recuerdo». Yo le dije: «Pero creo que nos hemos visto antes». Y ella dijo, indiferente: «Creo que alguna vez soñé con usted, con este mismo cuarto». Y yo le dije: «Eso es. Ya empiezo a recordarlo». Y ella dijo: «Qué curioso. Es cierto que nos hemos encontrado en otros sueños»."


Gabriel García Márquez - Ojos de perro azul





martes, 22 de abril de 2014

Cuento con gato





"Luego lo invitó a sentarse en un canapé de cretona florida donde había un gato dormido, y le puso en la mesa de centro su colección de álbumes. Florentino Ariza empezó a hojearlos sin prisa, pensando más en sus pasos siguientes que en lo que estaba viendo, y de pronto alzó la mirada y vio que ella tenía los ojos llenos de lágrimas. Le aconsejó que llorara cuanto quisiera, sin pudor, pues nada aliviaba como el llanto, pero le sugirió que se aflojara el corpiño para llorar. Él se apresuró a ayudarla, porque el corpiño estaba ajustado a la fuerza en la espalda con una larga costura de cordones cruzados. No tuvo que terminar, pues el corpiño acabó de soltarse solo por la presión interna, y la tetamenta astronómica respiró a sus anchas.

Florentino Ariza, que no perdió nunca el susto de la primera vez, aun en las ocasiones más fáciles, se arriesgo a una caricia epidérmica en el cuello con la yema de los dedos, y ella se retorció con un gemido de niña consentida sin dejar de llorar. Entonces él la besó en el mismo sitio, muy suave, como lo había hecho con los dedos, y no pudo hacerlo por segunda vez porque ella se volvió hacia él con todo su cuerpo monumental, ávido y caliente, y ambos rodaron abrazados por el suelo. El gato despertó en el sofá con un chillido, y les saltó encima. Ellos se buscaron a tientas como primerizos apurados y se encontraron de cualquier modo, revolcándose sobre los álbumes descuadernados, vestidos, ensopados de sudor, y más pendientes de esquivar los zarpazos furiosos del gato que del desastre de amor que estaban cometiendo. Pero desde la noche siguiente, con las heridas todavía sangrantes, continuaron haciéndolo por varios años…"


Gabriel García Márquez – El amor en los tiempos del cólera





domingo, 2 de marzo de 2014

Tiempo de carnaval






Santiago Nasar tenía un talento casi mágico para los disfraces, y su diversión predilecta era trastocar la identidad de las mulatas. Saqueaba los roperos de unas para disfrazar a las otras, de modo que todas terminaban por sentirse distintas de sí mismas e iguales a las que no eran. En cierta ocasión, una de ellas se vio repetida en otra con tal acierto, que sufrió una crisis de llanto. “Sentí que me había salido del espejo”, dijo…


Gabriel García Márquez – Crónica de una muerte anunciada




jueves, 27 de febrero de 2014

De otros tiempos






El administrador le entregó la correspondencia. Metió el resto en el saco y lo volvió a cerrar. El médico se dispuso a leer dos cartas personales. Pero antes de romper los sobres miró al coronel. Luego miró al administrador.

-¿Nada para el coronel?

El coronel sintió el terror. El administrador se echó el saco al hombro, bajó el andén y respondió sin volver la cabeza:

-El coronel no tiene quien le escriba.

Contrariando su costumbre no se dirigió directamente a la casa. Tomó café en la sastrería mientras los compañeros de Agustín hojeaban los periódicos. Habría preferido permanecer allí hasta el viernes siguiente para no presentarse esa noche ante su mujer con las manos vacías. Pero cuando cerraron la sastrería tuvo que hacerle frente a la realidad. La mujer lo esperaba.

-Nada –preguntó.

-Nada –respondió el coronel.

El viernes siguiente volvió a las lanchas. Y como todos los viernes regresó a su casa sin la carta esperada. “Ya hemos cumplido con esperar”, le dijo esa noche su mujer. “Se necesita tener esa paciencia de buey que tú tienes para esperar una carta durante quince años.” El coronel se metió en la hamaca a leer los periódicos.

-Hay que esperar el turno –dijo-. Nuestro número es el mil ochocientos veintitrés.

-Desde que estamos esperando, ese número ha salido dos veces en la lotería –replicó la mujer.


Gabriel García Márquez - El coronel no tiene quien le escriba




sábado, 4 de enero de 2014

Tiempo de invierno






El invierno se precipitó un domingo a la salida de misa…

Gabriel García Márquez, Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo



viernes, 29 de noviembre de 2013

La bella y yo

Apertura f/6,3
Tiempo de exposición 1/800 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 105 mm.
Compensación de la exposición -0,7




Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la naturaleza que una mujer hermosa...

Gabriel García Márquez




Cuando vi que se acercaba con su mirada perdida en la ausencia supe que nunca antes había visto una mujer tan bella y lamenté que su presencia solo se manifestara durante unos segundos, los que pasaron hasta que llegó a mi lado. Después intuí, ni siquiera me atreví a volverme, que ella, diluida entre la gente, se alejaba. Durante ese instante en que todo sucedió, yo fui tan solo unos ojos que miraban y llegué a sentir que salvo nosotros no había nadie más en el mundo. Siempre me lamentaré de que nuestras miradas no llegaran a cruzarse.



lunes, 2 de septiembre de 2013

Crepúsculo

Apertura f/10
Tiempo de exposición 1/200 segundos
Velocidad ISO - 200
Distancia focal 18 mm.
Compensación de la exposición -0,3
HDR



El coronel comprobó que cuarenta años de vida común, de hambre común, de sufrimientos comunes, no le habían bastado para conocer a su esposa. Sintió que algo había envejecido también en el amor.

Gabriel García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba



-Esta imagen la hice a finales de agosto, cuando estaba anocheciendo, en un campo de maíz en las inmediaciones de la población cordobesa de Palma del Río. En aquel momento, el sol, amenazado por unas nubes que guardaban en sus entrañas todas las lluvias del mundo, desprendía unos tímidos rayos que simulaban una espectacular pirámide de luz. Horas después una tromba de agua causó inundaciones en diversos rincones del Valle del Guadalquivir.



viernes, 1 de agosto de 2008

LOS SUEÑOS DE LOS MUERTOS





El coronel la persiguió con una mirada completamente inconsciente. Ella habló en la penumbra cuando cerró la ventana.

-¿Usted sueña con frecuencia?

-A veces –respondió el coronel, avergonzado de haber dormido-. Casi siempre sueño que me enredo en telarañas.

-Yo tengo pesadillas todas las noches –dijo la mujer-. Ahora se me ha dado por saber quién es esa gente desconocida que uno se encuentra en los sueños.

Conectó el ventilador eléctrico. “La semana pasada se me apareció una mujer en la cabecera de la cama”, dijo. “Tuve el valor de preguntarle quién era y ella me contestó: Soy la mujer que murió hace doce años en este cuarto.”

-La casa fue construida hace apenas dos años –dijo el coronel.

-Así es –dijo la mujer-. Eso quiere decir que hasta los muertos se equivocan.

El zumbido del ventilador eléctrico consolidó la penumbra…

Gabriel García Márquez (El coronel no tiene quien le escriba)

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jueves, 19 de junio de 2008

PERPLEJO






Esta mañana, no sé porqué, he sentido la necesidad de escribir algo, quizás un cuento, cosa que acabo de terminar. Lo he titulado “VOCES Y SOLEDADES”. Estamos a 14 de junio de 2008.

Sucede que ayer, trasteando en la biblioteca, me topé con “El coronel no tiene quien le escriba”, de Gabriel García Márquez, e intuí que debía volver a leerlo, cosa que todavía no he hecho, salvo las dos primeras páginas, que son las que he reproducido en ese “cuento” que he escrito.

Esta mañana, cuando habíamos terminado de desayunar, tras haber dormido “como un lirón” y mientras estábamos sentados a la puerta de la casa, “tomando el fresco” y escuchando a los pájaros, de repente me ha venido a la mente esa idea de que debía escribir algo, quizás un cuento, en el que un hombre, en la noche, recibe un aviso sorprendente a través del cual, cuando reflexiona, termina arribando a esa novela de Gabo, de la que –por cierto- en ese primer momento todavía no había releído nada. Solamente esa idea había llegado a mi mente en esos primeros momentos. Las líneas que he reproducido en el “cuento”, que son con las que se inicia la novela, las he leído mientras las “copiaba”.

En fin, que uno, obediente, se ha sentado delante del ordenador y ha comenzado a escribir algo sin saber claramente que cosa debía hacer. Partía de la idea, solamente, de un hombre que recibe un aviso en la noche, y ese aviso le conduce a “El coronel no tiene quien le escriba”. Poco a poco, sin embargo, el relato, tan inesperado, ha ido tomando forma y al final, incluso, me ha terminado gustando.

A través de este cuento inesperado y extraño, cuyas primeras ideas me han venido “de golpe”, tras el desayuno, he terminado creando una historia en la que –al fin- uno se aconseja a si mismo que debe esforzarse por reflejar en la vida cotidiana, sin reparos, el amor inmenso que siente por una mujer.

La verdad es que ahora mismo, cuando escribo estas líneas, estoy un poco perplejo al ver las cosas que es capaz de hacer nuestra propia mente, casi sin ni siquiera pedirnos permiso. Creo, sin duda, que se trata de un buen ejemplo de eso que uno denomina “ensoñaciones”.

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ADICIONAL - Después de escribir estas líneas, uno, “poseído por la fiebre”, se ha entregado a “El coronel no tiene quien le escriba” y lo ha releído “de un tirón”. ¡Qué bellísima y triste historia, plena de desesperanza y soledades compartidas!



miércoles, 18 de junio de 2008

VOCES Y SOLEDADES

Cathleen Toelke




El hombre, aquella noche, se había despertado sobresaltado. Una voz, que quien sabe de donde procedía, le había dicho –de súbito- que: “el coronel sigue esperando”.

El hombre, algo aturdido, se había alzado a medias en la cama y alargando el brazo había tomado una botella de agua y bebido un par de sorbos. Aquello había terminado de despertarlo. Se sentía intranquilo. A pesar del brusco despertar no era consciente de que antes hubiera estado soñando. Cuando uno se despierta de golpe y está soñando, suele recordar el sueño, pero él no recordaba nada. Todo sugería que bruscamente, sin introducciones previas, alguien se había metido en su mente y le había grabado “a fuego” aquella enigmática frase: “el coronel sigue esperando…”

Desvelado, sin hacer ruido para no despertar a la mujer, el hombre se levantó y se encaminó al salón de la casa. Torpemente comenzó a rebuscar en su desordenada biblioteca. Al cabo de un rato terminó encontrando aquella edición de 1982 de una novela tremendamente sugestiva, que en sus años de joven maduro le había cautivado:

“El coronel –comenzaba aquel libro cuyas páginas amarillentas acusaban ya el paso de los años- destapó el tarro del café y comprobó que no había más que una cucharadita. Retiró la olla del fogón, vertió la mitad del agua en el piso de tierra, y con un cuchillo raspó el interior del tarro sobre la olla hasta cuando se desprendieron las últimas raspaduras del polvo de café revueltas con óxido de lata.

Mientras esperaba a que hirviera la infusión, sentado junto a la hornilla de barro cocido en una actitud de confiada e inocente expectativa, el coronel experimentó la sensación de que nacían hongos y lirios venenosos en sus tripas. Era octubre. Una mañana difícil de sortear, aun para un hombre como él que había sobrevivido a tantas mañanas como ésa. Durante cincuenta y seis años –desde cuanto terminó la última guerra civil- el coronel no había hecho nada distinto de esperar. Octubre era una de las pocas cosas que llegaban.

Su esposa levantó el mosquitero cuando lo vio entrar al dormitorio con el café. Esa noche había sufrido una crisis de asma y ahora atravesaba por un estado de sopor. Pero se incorporó para recibir la taza.

-Y tú –dijo.

-Ya tomé –mintió el coronel-. Todavía quedaba una cucharada grande.

En ese momento empezaron los dobles. El coronel se había olvidado del entierro. Mientras su esposa tomaba el café, descolgó la hamaca en un extremo y la enrolló en el otro, detrás de la puerta. La mujer pensó en el muerto.

-Nació en 1922 –dijo-. Exactamente un mes después de nuestro hijo. El siete de abril…”

Cuando terminó de leer las primeras páginas de aquella novela que hablaba de las soledades de un viejo coronel, el hombre –cerrando el libro- cerró también sus ojos. Recostado en la butaca, en la dormivela que acompaña a las madrugadas, intentaba encontrar alguna explicación a aquellas enigmáticas palabras que alguien le había dictado poco antes.

Estuvo así durante un tiempo cuya duración le resultaría imposible cuantificar. No fue capaz de encontrar ninguna explicación.

Volvió a abrir los ojos un par de horas después cuando escuchó que la mujer, que se había levantado, se acercaba por el pasillo. Mientras la miraba, escuchó como ella, sonriente, le decía:

-Vaya, he tenido un sueño encantador. Me habías hecho un rico café “de puchero”, de esos que ya nadie hace, y me lo habías llevado a la cama. Que bonito detalle, por tu parte. Pero claro, proseguía, solo era un sueño…

El hombre, mientras esbozaba una sonrisa tan complaciente como aturdida a su esposa, sentía –como el viejo coronel de la novela- esa extraña sensación de que algunos animales se estaban desarrollando en sus tripas. Esa voz del más allá, que quien sabe de donde venía y porqué lo hacía, también había sido escuchada por la mujer, si bien ella no había llegado a tomar conciencia clara.

La intranquilidad del hombre ante aquel doble aviso inesperado aumentó en un primer momento. No encontraba ninguna explicación a aquellas palabras, que se habían grabado en su mente utilizando medios que rompían las leyes usuales de la Psicología. Pronto, sin embargo, cuando habían pasado solamente unos minutos, ese sentimiento de temor ante lo desconocido se desvaneció. A través de un golpe de intuición, su mente, al fin, le había brindado una respuesta al enigma. Sentía, en efecto, que su alma le estaba diciendo que tenía que esforzarse por trasladar “a la vida cotidiana”, como en sus años de jóvenes, el amor intenso que sentía por aquella mujer, con la que había terminado, incluso, compartiendo los sueños.

Con los ojos levemente humedecidos, pero feliz, consciente de que tenía que esforzarse por trasladar lo que era obvio a las relaciones diarias, el hombre se levantó de la butaca y se encaminó a la cocina, en donde comenzó a trastear en los cajones de los armarios.

-¿Qué haces? –le dijo ella sorprendida.

-Busco un puchero, cariño, busco un puchero… –respondió él sonriendo.



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miércoles, 27 de junio de 2007

LOS GITANOS Y LOS FIERROS MÁGICOS

Niños de Las Alpujarras, asombrados, contemplan una sesión de cine en los tiempos de la II República española (Misiones Pedagógicas)
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Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que se padre lo llevó a conocer el hielo. Macondo era entonces una aldea de veinte casas de barro y cañabrava construidas a la orilla de un río de aguas diáfanas, que se precipitaban por un lecho de piedras pulidas, blancas y enormes como huevos prehistóricos. El mundo era tan reciente, que muchas cosas carecían de nombre, y para mencionarlas había que señalarlas con el dedo. Todos los años, por el mes de marzo, una familia de gitanos desarrapados plantaba su carpa cerca de la aldea, y con un grande alboroto de pitos y timbales daban a conocer los nuevos inventos. Primero llevaron el imán. Un gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión, que se presentó con el nombre de Melquíades, hizo una truculenta demostración pública de lo que él mismo llamaba la octava maravilla de los sabios alquimistas de Macedonia. Fue de casa en casa arrastrando dos lingotes metálicos, y todo el mundo se espantó al ver que los calderos, las pailas, las tenazas y los anafes se caían de su sitio, y las maderas crujían por la desesperación de los clavos y los tornillos tratando de desenclavarse, y aun los objetos perdidos desde hacía mucho tiempo aparecían por donde más se les había buscado, y se arrastraban en desbandada turbulenta detrás de los fierros mágicos de Melquíades. “Las cosas tienen vida propia- pregonaba el gitano con áspero acento-, todo es cuestión de despertarles el ánima.” José Arcadio Buendía, cuya desaforada imaginación iba siempre más lejos que el ingenio de la naturaleza, y aun más allá del milagro y la magia, pensó que era posible servirse de aquella invención inútil para desentrañar el oro de la tierra. Melquíades, que era un hombre honrado, le previno: “Para eso no sirve.” Pero José Arcadio Buendía no creía en aquel tiempo en la honradez de los gitanos, así que cambió su mulo y una partida de chivos por los dos lingotes imantados. Úrsula Iguarán, su mujer, que contaba con aquellos animales para ensanchar el desmedrado patrimonio doméstico, no consiguió disuadirlo. “Muy pronto ha de sobrarnos oro para empedrar la casa”, replicó su marido. Durante varios meses se empeñó en demostrar el acierto de sus conjeturas. Exploró palmo a palmo la región, inclusive el fondo del río, arrastrando los dos lingotes de hierro y recitando en voz alta el conjuro de Melquíades. Lo único que logró desenterrar fue una armadura del siglo XV con todas sus partes soldadas por un cascote de óxido, cuyo interior tenía la resonancia hueca de un enorme calabazo lleno de piedras. Cuando José Arcadio Buendía y los cuatro hombres de su expedición lograron desarticular la armadura, encontraron dentro un esqueleto calcificado que llevaba colgado en el cuello un relicario de cobre con un rizo de mujer.

En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el último descubrimiento de los judíos de Amsterdan. Sentaron una gitana en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al catalejo y veía a la gitana al alcance de la mano. “La ciencia ha eliminado las distancias”, pregonaba Melquíades. “Dentro de poco, el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra, sin moverse de su casa.”

Gabriel García Márquez (Cien años de soledad).