Hace muchos años, en unos “tiempos” en los que pasaban cosas que hoy es imposible que pasen, vivió en Sevilla una mujer que sentía tanta pasión por el Arte y la Arqueología que parece que en algún momento inconcreto de su vida habría de llegar a "enloquecer".
Vivía entonces la mujer en un palacio sevillano del siglo XVI y fruto de esa pasión decidió que en su casa habría de quedar gravado de manera indeleble todo aquello que en su vida ella había amado. Esta mujer pertenecía a la clase social más poderosa, la nobleza. Se trataba de la marquesa de Lebrija.
Cuando “enloqueció”, la mujer llegó a pensar que: “Tienen las casas fisonomía. Tienen las casas almas. Tienen algo indefinible nacido de una idea o de un sentimiento. Renovada y embellecida hoy, mi casa es abreviado compendio donde toda mi vida se ha condensado. Ella es el relicario donde he guardado los venerables tesoros de mis abuelos y los tesoros artísticos durante toda mi vida acumulados.”
Y es que la mujer, extraviada por esa pasión por el Arte, no tuvo ningún reparo en adquirir todos aquellos mosaicos romanos de cuya existencia tuvo conocimiento, ocupándose luego de su restauración y ordenando que se realizaran las obras necesarias para que esos mosaicos, que procedían de las cercanas ruinas de Italica, fueran instalados en los suelos de las habitaciones de su palacio.
Y ocurrió así que si los tratantes le hacían llegar un mosaico de forma octogonal, la mujer no dudaba en ordenar que los albañiles tiraran los muros internos de su casa para posteriormente alzar una sala de las mismas dimensiones y forma en la que habría de ser instalado ese mosaico… ¡Que podría uno comentar ante cosas como esta!
El resultado de esa obsesión por el Arte es que el Palacio de Lebrija, en su planta baja, tiene todos sus suelos decorados con pavimentos musivos romanos, que el viajero puede no solo admirar sino incluso pisar. No hay palabras para describir las sensaciones de Antiqva cuando en días pasados, disfrutando de unos días en Sevilla, tuvo de nuevo oportunidad de visitar este tan “enloquecido” lugar, en el que el alma de la marquesa había quedado, sin duda, atrapado.
Como mera anécdota no podemos sino mencionar que tras la visita al palacio, estuvimos almorzando en el cercano restaurante “San Marcos”, casi colindante. Allí, precisamente, había estado cenando Madona hace unas semanas, cuando estuvo en Sevilla con motivo de uno de sus conciertos.
En el momento de los aperitivos, Antiqva –siempre con sus rarezas- no dudó en olfatear un poco, a ver si algo de ella había quedado impregnado en el ambiente (como había sucedido con la marquesa y su palacio) pero no, todo sugiere que nada de la “cantante pop” había quedado reflejado por allí…
.