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lunes, 28 de diciembre de 2009

EL MONTE DE LAS ÁNIMAS

Imagen: Antiqva


El claustro del monasterio de San Juan de Duero, emplazado a pocos metros de este río tras haber salido de Soria por el puente medieval, es un espacio que se brinda al visitante envuelto en la magia y la irrealidad.

El monasterio, de estilo románico, fue fundado en el siglo XII por los caballeros hospitalarios de San Juan de Acre. Las arquerías entrelazadas de su claustro, dotadas de estremecedora belleza y que acusan la influencia de los alarifes del Islam, se alzan desnudas a los cielos casi gritando en el silencio de Castilla. Las envuelve un entorno mágico que no es sino lo que los sorianos denominaron el Monte de las Ánimas.

Aquí, en este paraje sobrecogedor, habría de ambientar Gustavo Adolfo Bécquer una de sus más populares leyendas. En otros tiempos, nos dejó escrito, este monte fue el escenario donde se desarrolló una sangrienta batalla entre los Templarios, que tenían su convento en el cercano monasterio de San Polo, y los nobles sorianos. Fue un enfrentamiento despiadado entre dos grupos de cristianos que tenían intereses contrapuestos. Desde entonces, como Alonso habría de decir a su prima Beatriz, todos sabían del peligro que entrañaba acercarse al Monte de las Ánimas en la noche de Todos los Santos, cuando los fantasmas de los muertos volvían a cabalgar con sus espadas ensangrentadas. Bécquer, en su narración, recreaba como Alonso habría de encontrar la muerte en una noche de terror cuando intentaba complacer una desafortunada petición de su prima.

Por un camino que transcurre en paralelo al río, que nace en San Juan de Duero y que tras dejar atrás San Polo conduce a la cercana ermita de San Saturio, gustaba de pasear Antonio Machado, de la mano de Leonor, la niña esposa, en sus felices años sorianos…


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martes, 23 de octubre de 2007

EL ESPÍRITU Y LOS SUEÑOS


¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

¿Será verdad que huésped de las nieblas,
de la brisa nocturna al tenue soplo
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?

¿Allí, desnudo de la humana forma,
allí, los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora, y aborrece y ama,
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante al que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?

¡Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros;
pero sé que conozco a muchas gentes
a quienes no conozco!

Gustavo Adolfo Bécquer (Rima LXXV)

martes, 16 de octubre de 2007

DULCE OTOÑO


En un otoño dulce, sentado en el jardín,
contemplo como el sol, más allá de la sierra,
tras el jazmín,
se funde con la tierra.

Los pájaros, por miedo de la noche,
bajan de las nubes.
Temen las tinieblas. Presurosos,
los veo entre las ramas.

Mi pensamiento,
clamor de ruidos de pájaros,
preso en la lectura,
volando está en un libro.
Es un poemario.

Anochece,
los pájaros callan,
cierro el libro.
Pienso en los hombres
que soñaron esos versos.
Recuerdo algunos:

Federico,
una España ilusionada,
asesinada;
Juan de la Cruz,
el hombre que alcanzó la Luz;
Góngora,
amigo, cultísimo,
de las bellaquerías;
Dámaso Alonso,
con él me acerco a Dios;
Berceo,
¡esa viejísima Castilla!;
Unamuno,
¡quijotesco don Miguel!;
Machado,
bondadoso maestro,
poeta de los sentimientos;
Ibn Hazm de Córdoba,
cantor del Amor;
Neruda,
las nuevas formas;
Fray Luis de Granada,
nos habló de la quietud;
Miguel Hernández,
perseguido por el rayo
en una España en guerra;
Gustavo Adolfo,
golondrinas, amor, leyendas;
y Juan Ramón,
continuo buscador del yo.

Con las palabras de estos hombres
mi espíritu, libre,
entre los versos vuela,
como el sol en el cielo,
como la luna,
como los pájaros bajo las nubes,
en este otoño delicioso,
en este dulce otoño.

domingo, 3 de junio de 2007

LA MUERTE


¿Vuelve el polvo al polvo?
¿Vuela el alma al cielo?
¿Todo es vil materia,
podredumbre y cieno?
¡No sé; pero hay algo
que explicar no puedo,
que al par nos infunde
repugnancia y duelo
al dejar tan tristes,
tan sólos, los muertos!

Rima LXXIII – Gustavo Adolfo Bécquer