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viernes, 17 de abril de 2009

EN UNA CALLE DE CÓRDOBA

Imagen: Antiqva


En una calle de Córdoba, una calle como tantas, con sus tiendas de postales y artículos para turistas, una heladería y dos bares con mesas en la acera y en el interior chillones carteles de toros, una calle con sus hondos zaguanes que desembocan en floridos jardines con su fuente de azulejos y sus jaulas de pájaros que callan abrumados por el bochorno de la siesta, uno que otro portón con su escudo de piedra y los borrosos signos de una abolida grandeza; en una calle de Córdoba cuyo nombre no recuerdo o quizá nunca supe, a lentos sorbos tomo una copa de jerez en la precaria sombra de la vereda.

Aquí y no en otra parte, mientras Carmen escoge en una tienda vecina las hermosas chilabas que regresan después de cinco siglos para perpetuar la fresca delicia de la medina en los tiempos de Al Andalus, en esta calle de Córdoba, tan parecida a tantas de Cartagena de Indias, de Antigua, de Santo Domingo o de la derruida Santa María del Darién, aquí y no en otro lugar me esperaba la imposible, la ebria certeza de estar en España.

En España, a donde tantas veces he venido a buscar este instante, esta devastadora epifanía, sucede el milagro y me interno lentamente en la felicidad sin término de aromas, recuerdos, batallas, lamentos, pasiones sin salida, por todos esos rostros, voces, airados reclamos, tiernos, dolientes ensalmos; no sé cómo decirlo, es tan difícil.

Es la España de Abul Hassan Al Husri, «El Ciego», la del bachiller Sansón Carrasco, la del príncipe Don Felipe, primogénito del César, que desembarca en Inglaterra todo vestido de blanco, para tomar en matrimonio a María Tudor, su tía, y deslumbrar con sus maneras y elegancia a la corte inglesa, la del joven oficial de albo coleto que parece pedir silencio en Las lanzas de Velázquez; la España, en fin, de mi imposible amor por la Infanta Catalina Micaela, que con estrábico asombro me mira desde su retrato en el Museo del Prado, la España del chofer que hace poco nos decía: «El peligro está donde está el cuerpo.» Pero no es sólo esto, hay mucho más que se me escapa.

Desde niño he estado pidiendo, soñando, anticipando, esta certeza que ahora me invade como una repentina temperatura, como un sordo golpe en la garganta, aquí en esta calle de Córdoba, recostado en la precaria mesa de latón mientras saboreo el jerez que como un ser vivo expande en mi pecho su calor generoso, su suave vértigo estival. Aquí, en España, cómo explicarlo si depende de las palabras y éstas no son bastantes para conseguirlo. Los dioses, en alguna parte, han consentido, en un instante de espléndido desorden, que esto ocurra, que esto me suceda en una calle de Córdoba, quizá porque ayer oré en el Mihrab de la Mezquita, pidiendo una señal que me entregase, así, sin motivo ni mérito alguno, la certidumbre de que en esta calle, en esta ciudad, en los interminables olivares quemados al sol, en las colinas, las serranías, los ríos, las ciudades, los pueblos, los caminos, en España, en fin, estaba el lugar, el único e insustituible lugar en donde todo se cumpliría para mí con esta plenitud vencedora de la muerte y sus astucias, del olvido y del turbio comercio de los hombres.

Y ese don me ha sido otorgado en esta calle como tantas otras, con sus tiendas para turistas, su heladería, sus bares, sus portalones historiados, en esta calle de Córdoba, donde el milagro ocurre, así, de pronto, como cosa de todos los días, como un trueque del azar que le pago gozoso con las más negras horas de miedo y mentira, de servil aceptación y de resignada desesperanza, que han ido jalonando hasta hoy la apagada noticia de mi vida.

Todo se ha salvado ahora, en esta calle de la capital de los Omeyas pavimentada por los romanos, en donde el Duque de Rivas moró en su palacio de catorce jardines y una alcoba regia para albergar a los reyes nuestros señores.

Concedo que los dioses han sido justos y que todo está, al fin, en orden. Al terminar este jerez continuaremos el camino en busca de la pequeña sinagoga en donde meditó Maimónides y seré, hasta el último día, otro hombre o, mejor, el mismo pero rescatado y dueño, desde hoy, de un lugar sobre la tierra.
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Alvaro Mutis (Una calle de Córdoba)


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domingo, 3 de junio de 2007

LAS MUJERES QUE AMÉ

Ysolina Gallego, Julio Romero de Torres
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Como soy muy viejo, he visto morir a todas las mujeres por quienes en otro tiempo suspiré de amor: De una cerré los ojos, de otra tuve una triste carta de despedida, y las demás murieron siendo abuelas, cuando ya me tenían en olvido. Hoy, después de haber despertado amores muy grandes, vivo en la más triste y más adusta soledad del alma, y mis ojos se llenan de lágrimas cuando peino la nieve de mis cabellos. ¡Ay, suspiro recordando que otras veces los halagaron manos principescas! Fue mi paso por la vida como potente florecimiento de todas las pasiones: Uno a uno, mis días se caldeaban en la gran hoguera del amor: Las almas más blandas me dieron entonces su ternura y lloraron mis crueldades y mis desvíos, mientras los dedos pálidos y ardientes deshojaban las margaritas que guardan el secreto de los corazones. Por guardar eternamente un secreto, que yo temblaba de adivinar, buscó la muerte aquella niña a quien lloraré todos los días de mi vejez. ¡Ya habían blanqueado mis cabellos cuando inspiré amor tan funesto!

Ramón del Valle-Inclán (Sonata de invierno. Memorias del Marqués de Bradomín).

miércoles, 30 de mayo de 2007

SOLEARES

Viva el pelo, Julio Romero de Torres



Anda que ya biene er día;
si esta flamenca no ispierta
ba a sé la perdisión mía.

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A los árboles blandeo,
a un toro brabo lo amanso,
y a ti flamenca no pueo.

...

Al hombre que está queriendo
jasta e noche en la cama
er queré le quita er sueño.

...

Abujitas y arfileres
le clabaran a mi nobia
cuando la yamo y no biene.

...

Tu mare es una judía,
pasa por la mía bera
no me da los güenos días.

...

Tengo yo un poso en mi casa
y yo me muero e se
poique la soga no arcansa.

...

Las soleares no son otra cosa que la copla común de cuatro versos octosílabos romanceados, siendo lo usual que sus letras sean tristes.

Hemos presentado una selección de soleares de tres versos, que hemos tomado de la Colección de Cantes Flamencos que publicó Antonio Machado y Álvarez (Demófilo). Estarían
emparentadas con las denominadas coplas de jaleo, se bien en estas últimas la letra es ordinariamente más alegre y los compases más animados.

miércoles, 23 de mayo de 2007

POEMA DE CÓRDOBA

Córdoba Judía

Córdoba Judía es una obra de Julio Romero de Torres que se integra en Poema de Córdoba, que en diversos paneles nos ofrece distintas versiones de la Córdoba guerrera, barroca, judía, cristiana, romana, religiosa y torera.


En el caso de Córdoba Judía actuó como modelo la gitana Amalia Fernández Heredia, la mujer que daba palmas en Alegrías. Se nos ofrece la estampa de una cordobesa de gran belleza que desprende una mirada de intensa complicidad al espectador. Como fondo de la composición Julio Romero nos ofrece una imagen simbólica de la Plaza de la Fuenseca, con una estatua del médico y filósofo judío Maimónides.


Llama la atención el modo en que el autor conoció a la modelo, Amalia la Gitana. El propio Julio nos ha transmitido que una tarde de mayo cuando se encontraba en el Casino de Labradores, en lo que hoy es Avenida del Gran Capitán, al paso de una hermosa mujer pudo escuchar como un tipo adinerado le decía a su criado: “A esa morena, trotámela”. El pintor, siempre al acecho de mujeres, como el ricachón, se le anticipó, dirigiéndose rápidamente a la joven: “A mí me gustaría pintarla a usted –le dijo-; soy Julio Romero”. Desde ese momento la gitana, que era muy conocida en los tablados de Córdoba, pasó a ser una de las musas de nuestro pintor, de modo que su colaboración duraría hasta la muerte de este.