
En penitencia perpetua por su pecado, la hermana M., todos los días, hasta que murió, fue obligada a tirarse al suelo, boca abajo, a la puerta del refectorio, para que todas sus compañeras tuvieran obligatoriamente que pisarla cuando se dirigían a esa sala para hacer sus comidas.
En sus memorias, la hermana M. dejó escrito que desde un primer momento apreció que muchas de las hermanas la pisaban con saña, pero otras, muy pocas, lo hacían con la delicadeza propia de un ángel que caminase de puntillas.