
El hombre, aquella mañana, tecleando en su ordenador, produjo al banco en el que prestaba sus servicios, nadie sabe como, un quebranto de 5.000 millones de euros.
Fue la ocasión que aprovechó otro banco competidor para en un certero “batir de mandíbulas” hacerse con la propiedad de aquel banco tan desafortunado.
Nunca se pudo averiguar lo que había sucedido. El empleado, abrumado, se defendía argumentando que la noche anterior había bebido, quizás, algo más de la cuenta.
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