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jueves, 7 de febrero de 2008

EXPULSANDO EL MAL




¡Desplómate, mujer de Asia,
que vienes del desierto!
¡Negra!
¿Qué vienes de las regiones montañosas!

Si eres una sirvienta, ven a su vómito.
Si eres una dama, ven a su orina.
Ven al moco de su nariz,
ven al sudor de su cuerpo.

Mis manos sobre este niño,
sobre él, son las manos de Isis,
cuando ella impuso las manos
a su hijo Horus.



Aclaraciones a esta fórmula mágica egipcia



El texto de este conjuro tenía como finalidad curar a un niño que está enfermo.

Pensaban los egipcios que la enfermedad estaba producida por un espíritu maligno que se había introducido en el cuerpo del enfermo.

El primer paso consistía en identificar a ese espíritu maligno, que puede ser el de una mujer asiática, del desierto, negra, etc.

Tanto si ese espíritu maligno es de una sirvienta fallecida, o de una dama, el mago emite una orden clara: debe abandonar el cuerpo enfermo del niño.

La salida del mal se puede producir a través de los vómitos del niño, su orina, su moco, su sudor, o en general de cualquiera de las posibles excrecencias que el cuerpo humano puede emitir.

El mago ha impuesto sus manos sobre el niño y ordena al espíritu maligno que abandone su cuerpo.

En la parte final del conjuro, el mago emite una fórmula que es usual en lo que podríamos llamar “magia simpática” egipcia: del mismo modo que Isis, la Gran Maga, impuso las manos sobre su hijo Horus y lo curó, igualmente el mago impone las suyas sobre el niño enfermo, que debe sanar también.

La magia egipcia establecía una relación de “simpatía” entre lo que sucede en el mundo de arriba, en el cosmos (Isis y Horus) y lo que acontece en el mundo inferior, en nuestro mundo (el mago y el enfermo). Lo que es válido en el cosmos era también de aplicación en Egipto.

La función esencial del mago, en suma, era conseguir que lo que servía para los dioses, en el cosmos, también resultara de utilidad para los hombres.