En aquel Instituto de Enseñanza Media, un vetusto edificio de ladrillo, que nuestro profesor de Ciencias Naturales había definido alguna vez como un “adefesio”, que se alza en la bellísima plaza de San Pablo, habría de pasar Antiqva, en aquellos tiempos en que soportaba con paciencia franciscana unas tan monótonas como insufribles clases de latín, un total de ocho años de su vida -¡casi nada!, dirán algunos- mientras varios de los hombres más sabios de la ciudad se esforzaban por transformarlo en un hombrecito que fuera capaz de asimilar algunos de los rudimentos de las Ciencias y las Letras.
En aquellos tiempos, en el Instituto solamente estudiábamos algunos privilegiados de las familias modestas. Intentaré explicarme. Los niños y jóvenes de las familias “con recursos” seguían sus enseñanzas en los colegios privados religiosos, en tanto que los que pertenecían a familias con “recursos escasos” simplemente no estudiaban, sino que eran enrolados directamente en el mundo laboral. Sin embargo, entre esas familias modestas algunos padres se empeñaban en que sus hijos “estudiaran”, y ese fue el caso de uno, que accedió al Instituto, cuyas enseñanzas eran gratuitas, debido a esa preocupación especial de sus padres.
Como solamente había una institución de enseñanza pública en la ciudad, a pesar de que entonces Valladolid debía contar con unos 200.000 habitantes, el Instituto tenía un régimen de ocupación estudiantil intensivo. Por las mañanas, acudíamos a clase los niños, y por las tardes, lo hacían las niñas. Entonces era impensable que niños y niñas pudieran estudiar “revueltos”. La enseñanza mixta era algo que las leyes no permitían.
En aquellos tiempos en que, obviamente, no existía Internet ni los teléfonos móviles, los jovencitos éramos conscientes de que en nuestros pupitres, por las tardes, se sentaban aquellas jovencitas con las que soñábamos, de modo que pasábamos momentos encantadores y plenos de sorpresas intercambiando mensajes con la esperanza de que a la mañana siguiente esas “notas de náufragos” hubieran merecido alguna respuesta.
Antiqva, por ejemplo, podía escribir unas palabras en un papelito y dejarlo en un lugar discreto del cajón del pupitre:
-“Hola, sabes que además de compartir este pupitre contigo, te amo…”
Y a la mañana siguiente, Antiqva podía encontrar, disimulado en el cajón, otro papelito similar:
-“Ay, yo también te quiero, amor de mi vida. ¿No me escribirías una poesía?...”
Entonces, las jovencitas eran realmente encantadoras. Y uno, claro, como loco, buscaba algunos versos bonitos en nuestra “Antología de la literatura española” (IV curso de Bachillerato, más o menos 15 años) y los dejaba, con la respiración entrecortada, en el cajoncito.
Y a la mañana siguiente:
-“Ay, amor mío, que versos más bonitos me has escrito… Me han encantado. Pero, por cierto, ten cuidado –cariño- que un tal Espronceda te los está copiando…”
Y así pasaban los días, sin que jamás llegáramos a conocer “realmente” a aquella adorable chiquilla que todo sugiere que se reía de uno, sin miramientos.
Ah, que encantadoras aquellas muchachitas que nunca llegaron a existir.
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