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viernes, 25 de julio de 2008

CUENTOS






Le sucede a uno, cuando decide escribir un cuento, que sabe como va a ser el inicio de la historia, pero sin embargo no tiene –usualmente- ni la más mínima idea de cómo terminara. De algún modo, cuando uno escribe algo inventado –cosa distinta ocurre con las cosas realmente vividas- uno no tiene demasiado claro quien es realmente el autor del cuento. “Si se sabe -dirá el lector de estas líneas-, el autor eres tú”, pero la verdad es que uno no tiene ninguna certeza acerca de donde procede esa, digamos, fuerza que permite que, finalmente, el cuento o la historia tenga un desarrollo y un final más o menos elaborado y coherente.

¿De donde proceden los cuentos?, esa es la pregunta que uno se hace. ¿Qué mecanismos ignotos se ponen en marcha cuando uno decide escribir una historia inventada?, ¿de donde procede la fuerza creadora?

Comento estas cosas a propósito de un cuento que con el título “PRESENCIAS” tengo intención de lanzar a la red en estos días próximos. De alguna forma, sentía la necesidad de escribir una historia que hablase del extravío de un sobre que, conteniendo un libro de poemas, había alguien enviado a otra persona por correo. Sabía como tenía que dar inicio al cuento pero desconocía como habría de desarrollarlo y terminarlo. A pesar de todo ello, sin embargo, la historia –pronto- fue cobrando vida “casi automáticamente”, de modo que al final uno quedó realmente sorprendido. ¿Cómo podía haber sospechado uno, siquiera, ese final tan “extraño” que tiene el cuento?.

Con estas líneas no pretendo justificar nada, sino –simplemente- dejar constancia de mi perplejidad ante estas situaciones que uno siente que realmente no es él mismo quien controla. Claro que, quizás, esto sea algo común a todas aquellas personas que deciden escribir “historias inventadas”. De hecho, Antonio Muñoz Molina –uno de mis novelistas de referencia- en su introducción a su obra “Córdoba de los omeyas” dejó escrito que:

“La escritura de un libro siempre es el fruto y el testimonio de una posesión. Se escribe, cuando se escribe de verdad, para librarse de una materia al mismo tiempo explícita y oscura que empezó a poseernos mucho antes de que reparásemos en ella, pero el mismo acto de escribir –del que esperamos, si no la libertad, sí al menos el alivio del punto final- agrava intensamente la posesión al ahondar en sus motivos y nos sumerge en un estado tóxico, de hipnosis y vigilia perpetua, de un gozo gradualmente ensimismado cuyos límites se aproximan a un sentimiento de dolor. Se empieza a escribir un libro como se emprende irreflexivamente un viaje o como se viven las primeras horas de un amor. No sabemos lo que ocurrirá en la página siguiente, ni cómo serán las ciudades que visitaremos, ni a dónde nos llevará este preludio tibio de ternura en el que nos aventuramos igual que en los recodos desconocidos de una calle nocturna. Lo único que sabe o sospecha el autor, el viajero, el amante, es que está siendo impulsado hacia un territorio donde no van a servirle sus normas usuales, y que valdrá la pena su temeridad en la medida en que descubra cosas que no pudo imaginar, no sólo paisajes o ciudades exteriores, sino galerías íntimas de su propia conciencia, islas vírgenes de su imaginación y de su mirada, incluso de su piel.”

“Amén”, digo yo.

Ah –amigos-, al fin sabemos de donde procede la inspiración que permite crear los cuentos: de nuestra propia imaginación. Claro que, ahora, uno se pregunta: ¿y de donde procede esa imaginación que permite que seamos capaces de crear “cosas” que ni siquiera habíamos sospechado?



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