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domingo, 14 de septiembre de 2008

HORI Y LA CONJURA DEL HARÉN (II)




Magia y muerte

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Cuando el Gran Profeta de Amón había anunciado la muerte del rey no había hecho sino confirmar algo que Hori había presentido la noche anterior, y es que Hori, desde hacía tiempo, venía escuchando rumores que hablaban de que algo estaba sucediendo en el Harén Real. En honor a la verdad, Hori siempre pensó que esas palabras que llegaban a sus oídos no eran sino habladurías, pero aquella noche Hori había “sentido” que el rey había sido asesinado.

El incierto temor de Hori había crecido el día en que el Jefe de los Escribas de la Biblioteca Real, estremecido, le había hecho saber que Hui, el amigo de la reina Teye, había tomado uno de los más poderosos libros de fórmulas mágicas de la biblioteca. Estaba también en su poder otro libro secreto, que solamente los grandes sacerdotes podían consultar, que contenía diversas instrucciones que habrían de permitir que quien lo leyese pudiera realizar poderosos actos de magia. Había sido la propia reina la que había ordenado que esos escritos fueran facilitados a Hui, pero Antef, el Jefe de los Escribas sabía que esos libros no deberían haber salido de la Biblioteca Real.

Tiempo después habríamos de saber que tras el estudio de esas fórmulas mágicas, cuyo conocimiento estaba prohibido a los hombres no iniciados, Hui había podido acceder al inmenso poder de Heka, el gran mago de la creación del mundo. Con esos conocimientos pudo hechizar a sus enemigos y luego cometió las más terribles perversidades que su siniestro corazón fue capaz de concebir.

Usando esos conocimientos mágicos Hui creó filtros amorosos con los que las mujeres del harén se ganaron la amistad de todos aquellos que convenía atraerse a la causa de la conjura; usando figuras mágicas de cera y amuletos con inscripciones terribles, Hui consiguió aterrorizar primero y enloquecer después a todos aquellos que no aceptaban doblegarse a sus pretensiones; y fue así, usando una poderosísima fórmula mágica, como había de conseguir que aquella noche en que triunfo el Caos, el Cuerpo del Rey encontrase la muerte.

Yo, Hori, iniciado en los Grandes Misterios, conozco los rituales mágicos que Hui llevó a cabo, dirigidos a los démones, para lograr esa finalidad tan perversa:

“Toma un papiro hierático o una lámina de metal y un anillo de hierro; coloca el anillo sobre el papiro y con un cálamo dibuja el borde interior y exterior del anillo; después cubre con tinta la circunferencia; después escribe en la circunferencia del anillo, sobre el papiro, el nombre y en la parte externa los signos mágicos; después , en la parte interna, lo que quieras que ocurra: “que muera el rey, Ramsés III” y después escribe esto: “Que la mente del rey quede atada y no se pueda oponer a esta orden. Que muera”. Luego pon el anillo sobre su propio círculo que hiciste y, eliminando la parte externa, cose el anillo hasta que éste quede enteramente cubierto.

Mientras pinchas signos mágicos con el cálamo y realizas la atadura, di: “Yo ordeno que muera el rey, Ramsés III: que no hable, que no se oponga, que no diga nada en contra, que no pueda mirarme de frente ni hablar contra mí, sino que me esté sometido”.

Después llevas el papiro o la lámina de metal, y el anillo a la tumba de uno que haya muerto prematuramente, haces un hoyo de cuatro dedos, lo pones dentro y dices: “Demon de muerto, quienquiera que seas, entrégame al rey, entrégame a Ramsés III, para que muera”. Después de enterrarlo, márchate. Esto lo harás mejor si la luna está menguante…”


Ante Isis-Merenaset

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Yo, Hori, que conocía los rumores que hablaban de la existencia de la conjura y que conocía estas fórmulas mágicas por haber sido iniciado en los Misterios, no pude sino llorar aquella noche en que estando la luna menguante presentí en mis sueños que el Cuerpo del Dios había dejado de respirar y que su espíritu, alejándose de los hombres, se estaba elevando a los Cielos.

Esa noche, Hori –entre lágrimas- en la penumbra, pudo hablar con el espíritu del que había sido su Señor. Le prometí ante Amón-Ra, nuestro Dios Primigenio, y ante Osiris, el Señor de la Balanza, que Hori, que sabía que había sido asesinado, haría todo lo que estuviera en su mano para conseguir que la conjura de Teye y Pentaur fuese descubierta. Hori no ayudaría a que el Caos reinara en Egipto sino que se esforzaría para que cayese sobre los conjurados el peso de la Regla Divina que rige en el cosmos desde el Momento Primero de la Creación.

Fue así como Hori, presa de temor decidió, puesto a los pies de Isis-Merenaset, la Gran Esposa Real, informarle de todo lo que sabía. Hablé con la diosa y le hice saber de las ambiciones de Teye, que conjurada con Hui, Supervisor del Ganado Real, pretendía que el caos triunfara en la Tierra Negra. Aprovechando los conocimientos mágicos de Hui, aquellos Grandes Criminales pretendían imponer como Señor de los egipcios a Pentaur, el hijo de Teye. La diosa, que me escuchaba con gesto impasible, me pidió alguna prueba de mi acusación. Hice pasar a Antef, el Escriba Jefe de la Biblioteca Real, que esperaba en la antesala y este confirmó ante la reina que era cierto que Hui tenía en su poder diversos libros secretos de magia a los que nunca debería haber podido acceder. Teye, con su gran influencia, había conseguido que los libros le fueran entregados. Nada ni nadie se podía entonces oponer a las pretensiones de la Segunda Esposa del Dios.

Isis nos hizo despedir. Antes había expresado su agradecimiento a Hori por su lealtad. Le hizo saber, también, que pronto tendría noticias de ella. Era consciente de que debía actuar con celeridad ya que grupos de alborotadores habían comenzado a producir disturbios en Tebas.
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(Continuará...)

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