
El dios se manifiesta
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La reina, conocedora de los Misterios de la Vida y de la Muerte, sabía lo que tenía que hacer. Hizo llamar a todos los profetas de los templos de la ciudad y a los más poderosos magos de la corte. Todos ellos, siguiendo lo que ella les había ordenado, procedieron a invocar al espíritu del rey fallecido, y este, atraído por la fuerza inmensa de esa petición, decidió bajar del Reino Celeste y manifestarse en majestad a los hombres. La luz que radiaba del dios era tan inmensa que ningún hombre podía soportar su visión. Tendidos todos en el suelo, con los ojos cerrados, escucharon sus palabras.
El dios les hizo saber que había sido asesinado, pero que él, Glorificado ahora en el Cielo de Amón-Ra nunca hubiera podido entrometerse en la vida de Egipto de no haber sido expresamente invocado por los hombres de la Tierra Negra. Solo en casos excepcionales en que la maldad y el caos estuvieran a punto de triunfar podía admitir el Dios Primigenio que los dioses ayudasen a los hombres. En circunstancias normales los egipcios cuentan con la ayuda de su rey, el dios viviente, que vela por su cuidado. En estos momentos, sin embargo, estando el país sin su Señor y amenazado por el caos, Amón-Ra había accedido a que Ramsés III, invocado por sus sirvientes, se manifestara a los hombres.
Y en su revelación ordenó el espiritu Glorificado del rey que se constituyese un tribunal que habría de juzgar a los Grandes Criminales que estaban involucrados en la sedición. Antes todos ellos habrían de ser detenidos, lo que se haría de inmediato por los oficiales del ejército. Hory, al que la reina Isis se lo había pedido, fue uno de los responsables de la captura de todos los criminales que en aquellos momentos estaban en Tebas. Incluso Pentaur, el hijo del Cuerpo del Dios fue también arrestado.
Desde el más allá, Ramsés III, en su revelación ordenó que el tribunal estuviese integrado por doce hombres buenos. Entre ellos fue designado Hory junto a dos supervisores del Tesoro, cinco mayordomos del Palacio, dos escribas, un mando militar y un adjunto al Rey. Todos ellos, todos los jueces que habríamos de juzgar a los Grandes Criminales, éramos hombres que habíamos sido considerados amigos por el rey asesinado.
Y dijo el espíritu del dios:
“Decid a esos doce hombre buenos que he elegido que deben juzgar a esos criminales que son la abominación de la tierra. Decidles que deben prestar atención y deben cuidar de no permitir que nadie inocente sea castigado erróneamente.”
Y el espíritu del que había sido nuestro Señor en la Tierra Negra nos hizo saber que toda la responsabilidad del juicio habría de recaer sobre nosotros, sobre los jueces, ya que él, Ramsés, había sido ya Glorificado ante el Gran Dios y declarado exento de falta alguna durante toda la eternidad. Ramsés deseaba que la justicia se hiciera triunfar en Egipto pero había indicado que la responsabilidad de cualquier posible acto de injusticia que pudiéramos cometer los jueces sería algo de lo que solo nosotros seríamos responsables. Nada de lo que nosotros –hombres buenos- pudiéramos hacer que resultase indigno a los ojos de Maat podría serle imputado a él.
Juicio y castigo
La reina, conocedora de los Misterios de la Vida y de la Muerte, sabía lo que tenía que hacer. Hizo llamar a todos los profetas de los templos de la ciudad y a los más poderosos magos de la corte. Todos ellos, siguiendo lo que ella les había ordenado, procedieron a invocar al espíritu del rey fallecido, y este, atraído por la fuerza inmensa de esa petición, decidió bajar del Reino Celeste y manifestarse en majestad a los hombres. La luz que radiaba del dios era tan inmensa que ningún hombre podía soportar su visión. Tendidos todos en el suelo, con los ojos cerrados, escucharon sus palabras.
El dios les hizo saber que había sido asesinado, pero que él, Glorificado ahora en el Cielo de Amón-Ra nunca hubiera podido entrometerse en la vida de Egipto de no haber sido expresamente invocado por los hombres de la Tierra Negra. Solo en casos excepcionales en que la maldad y el caos estuvieran a punto de triunfar podía admitir el Dios Primigenio que los dioses ayudasen a los hombres. En circunstancias normales los egipcios cuentan con la ayuda de su rey, el dios viviente, que vela por su cuidado. En estos momentos, sin embargo, estando el país sin su Señor y amenazado por el caos, Amón-Ra había accedido a que Ramsés III, invocado por sus sirvientes, se manifestara a los hombres.
Y en su revelación ordenó el espiritu Glorificado del rey que se constituyese un tribunal que habría de juzgar a los Grandes Criminales que estaban involucrados en la sedición. Antes todos ellos habrían de ser detenidos, lo que se haría de inmediato por los oficiales del ejército. Hory, al que la reina Isis se lo había pedido, fue uno de los responsables de la captura de todos los criminales que en aquellos momentos estaban en Tebas. Incluso Pentaur, el hijo del Cuerpo del Dios fue también arrestado.
Desde el más allá, Ramsés III, en su revelación ordenó que el tribunal estuviese integrado por doce hombres buenos. Entre ellos fue designado Hory junto a dos supervisores del Tesoro, cinco mayordomos del Palacio, dos escribas, un mando militar y un adjunto al Rey. Todos ellos, todos los jueces que habríamos de juzgar a los Grandes Criminales, éramos hombres que habíamos sido considerados amigos por el rey asesinado.
Y dijo el espíritu del dios:
“Decid a esos doce hombre buenos que he elegido que deben juzgar a esos criminales que son la abominación de la tierra. Decidles que deben prestar atención y deben cuidar de no permitir que nadie inocente sea castigado erróneamente.”
Y el espíritu del que había sido nuestro Señor en la Tierra Negra nos hizo saber que toda la responsabilidad del juicio habría de recaer sobre nosotros, sobre los jueces, ya que él, Ramsés, había sido ya Glorificado ante el Gran Dios y declarado exento de falta alguna durante toda la eternidad. Ramsés deseaba que la justicia se hiciera triunfar en Egipto pero había indicado que la responsabilidad de cualquier posible acto de injusticia que pudiéramos cometer los jueces sería algo de lo que solo nosotros seríamos responsables. Nada de lo que nosotros –hombres buenos- pudiéramos hacer que resultase indigno a los ojos de Maat podría serle imputado a él.
Juicio y castigo
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Fue entonces, cuando Pentaur, Hui y tantos otros intrigantes habían sido detenidos, cuando un grupo de mujeres del harén que habían estado relacionadas con algunos de ellos urdieron la intriga horrible que habría de causar gran dolor a algunos de esos hombres buenos, Hori entre ellos, que Ramsés había designado como jueces.
Esas mujeres solicitaron entrevistarse con algunos de los jueces y con algunos oficiales del ejército. Acudimos a esa entrevista Pai-Bes, Mayordomo del Palacio; Mai, Escriba de los Archivos; Tai-Nakhet, Oficial de Infantería; Nanai, Oficial de Policía, y Hori, Portaestandarte de Infantería.
No sabíamos entonces que las mujeres lo único que pretendían era utilizar los poderes de la magia sobre nosotros para lograr que nuestros corazones, en lugar de buscar la verdad en el juicio, actuaran en complicidad con los Grandes Criminales que habían intentado alterar el orden del mundo.
Y las mujeres, malvadas, consiguieron con su magia alterar la conciencia de los cuatro hombres buenos que junto a Hori habían acudido a la entrevista. Los cuatro habrían de sufrir luego las consecuencias de ese acto de indignidad. Solamente Hori habría de poder escapar de la intriga.
Todos los Grandes Criminales fueron juzgados por los hombres buenos, por los amigos del rey asesinado. Solamente Teye, la esposa del dios, quedó al margen de las decisiones de los hombres. Habría de ser juzgada por el propio Ramsés. Nada podemos decir de lo que a ella le sucedió. Solo los dioses lo saben. Nunca más se la vio en la tierra.
Fueron juzgados un total de quince criminales. En los archivos se encuentran los nombres de los declarados culpables, que Hori no puede reproducir. Baste decir que Pentaur, el Gran Usurpador, y Hui, el Gran Mago del Mal, entre otros, fueron condenados a muerte, de modo que se les dejó solos en la sala y se les conminó a que ellos mismos acabaran con su vida. Ningún hombre quiso manchar sus manos matando a esos Grandes Criminales sino que se les forzó a que ellos mismos dispusieran de su vida. Muchos otros condenados, que habían actuado como cómplices en la intriga, fueron castigados con la ablación de sus narices y orejas. Desde entonces, poseídos por la vergüenza, jamás se les habría de ver fuera de sus casas.
Fue entonces, cuando Pentaur, Hui y tantos otros intrigantes habían sido detenidos, cuando un grupo de mujeres del harén que habían estado relacionadas con algunos de ellos urdieron la intriga horrible que habría de causar gran dolor a algunos de esos hombres buenos, Hori entre ellos, que Ramsés había designado como jueces.
Esas mujeres solicitaron entrevistarse con algunos de los jueces y con algunos oficiales del ejército. Acudimos a esa entrevista Pai-Bes, Mayordomo del Palacio; Mai, Escriba de los Archivos; Tai-Nakhet, Oficial de Infantería; Nanai, Oficial de Policía, y Hori, Portaestandarte de Infantería.
No sabíamos entonces que las mujeres lo único que pretendían era utilizar los poderes de la magia sobre nosotros para lograr que nuestros corazones, en lugar de buscar la verdad en el juicio, actuaran en complicidad con los Grandes Criminales que habían intentado alterar el orden del mundo.
Y las mujeres, malvadas, consiguieron con su magia alterar la conciencia de los cuatro hombres buenos que junto a Hori habían acudido a la entrevista. Los cuatro habrían de sufrir luego las consecuencias de ese acto de indignidad. Solamente Hori habría de poder escapar de la intriga.
Todos los Grandes Criminales fueron juzgados por los hombres buenos, por los amigos del rey asesinado. Solamente Teye, la esposa del dios, quedó al margen de las decisiones de los hombres. Habría de ser juzgada por el propio Ramsés. Nada podemos decir de lo que a ella le sucedió. Solo los dioses lo saben. Nunca más se la vio en la tierra.
Fueron juzgados un total de quince criminales. En los archivos se encuentran los nombres de los declarados culpables, que Hori no puede reproducir. Baste decir que Pentaur, el Gran Usurpador, y Hui, el Gran Mago del Mal, entre otros, fueron condenados a muerte, de modo que se les dejó solos en la sala y se les conminó a que ellos mismos acabaran con su vida. Ningún hombre quiso manchar sus manos matando a esos Grandes Criminales sino que se les forzó a que ellos mismos dispusieran de su vida. Muchos otros condenados, que habían actuado como cómplices en la intriga, fueron castigados con la ablación de sus narices y orejas. Desde entonces, poseídos por la vergüenza, jamás se les habría de ver fuera de sus casas.
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(Continuará...)
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